El no juzgar es la salvación sin esfuerzo

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El no juzgar es la salvación sin esfuerzo

 

Por el arcipreste Valery Lukianov

 

 

El pecado de juzgar a los demás es algo que se encuentra muy frecuentemente en las acciones humanas, porque se puede caer en él muy fácilmente: la censura de otras acciones humanas se puede pronunciar sin ningún esfuerzo especial e incluso comporta cierto placer. Al juzgar a alguien, una persona puede inventar así una excusa para sí misma, adormeciendo su conciencia con la autoestima de pensar que no hay una condena real, sino que justamente culpa y acusa el vicio del culpable. Aunque no nos fijamos en nuestras propias debilidades y defectos que excusamos generosamente en nosotros mismos, sin embargo condenamos severamente los mismos vicios en otros. “La auto alabanza y la condena de otros, son las cosas más comunes en nosotros. El maligno corazón, la podredumbre de la corrupción, proclama sin embargo: ‘No soy como el resto de ellos’. Y cuántas formas de decir esto hay más allá de lo debido” (Obispo San Teófano el Recluso). “He visto a algunos cometer los más graves pecados en secreto y sin exposición, y en su supuesta pureza, han arremetido con dureza contra personas que han tenido una pequeña caída en público” (San Juan Clímaco, Paso 10:13).

Se ha dicho mucho del ejemplo de la vida cotidiana, expuesto por su beatitud el metropolita Anthony: “Id al más estricto de los monasterios donde cincuenta monjes rezan y leen la palabra de Dios, mientras el padre Steward, desde la mañana hasta la noche se queja de las coles, las cebollas y el pescado; sobresalía más que los hermanos en la oración y la contemplación, pero en aras a la obediencia espera en las mesas… Y sin embargo entre los que esperaban en la mesa, e incluso siendo el primero entre ellos, estaba San Esteban el Apóstol. No lo hiráis con las rocas de los juicios…” (Collected Works, vol. II, p. 192).

Los jueces civiles no reciben remuneraciones pequeñas, pues se encuentran embarcados en la tarea nada sencilla de investigar los asuntos de otros. Entonces, ¿por qué se puede presentar alguien tan dispuestamente como el juez severo de otros hombres? No hay una respuesta, y cada uno de nosotros tampoco busca sentirlo: no deseamos conocernos a nosotros mismos. A alguien se le preguntó: ¿Qué es lo más difícil para ti?. Contestó: “Conocerse a uno mismo”. “¿Y qué es lo más fácil?”. “Ver los fallos de nuestros prójimos”. Por esta razón, una persona puede divagar una hora entera sobre los defectos de los demás, pero sobre sus propios pecados no puede decir ni tan siquiera algunas pocas palabras cuando viene a la confesión. “El que toma conciencia de sus propios pecados ha controlado su lengua, pero una persona habladora no ha llegado a conocerse a sí misma como debería” (La Escala 11:4). “El que se conoce a sí mismo, cuando peca abiertamente, dice: ¡Ay de mí! Así como los demás pecan hoy, ¿no pecaré yo mañana?” (Abba Doroteo, Sermón 6). “Los pecados de los que culpamos a nuestro prójimo, ya sea corporal o espiritualmente, son los mismos en los que caeremos nosotros mismos. Esto es cierto” (La Escala, 10:9). Por eso, el fino conocedor del corazón, San Isaac el Sirio, concluyó: “El que llega a contemplarse a sí mismo, llegará, en lo alto, a ver a los ángeles”.

La injuria del pecado del juicio es, de hecho, grande, pues este pecado genera innumerables y perniciosas consecuencias: rompe los lazos entre amigos, alienta peleas entre familiares, implanta la envidia en la gente, desacredita el buen nombre de una persona. De hecho, si alguien escucha alguna difamación sobre otro, ¿puede estar en posición de pensar bien sobre él? ¿A caso no será propenso a denigrarlo en su mente y condenarlo? ¿Y esto complace a Dios? Pongamos atención a la facilidad con la que un calumniador comienza a tocar la debilidad de un prójimo; tan pronto como se da cuenta de que estamos de acuerdo con su condena, inmediatamente vienen a su boca miles de palabras y cubre de vergüenza a la desgraciada víctima con oprobio desde la cabeza hasta los pies. Y el oyente, muy a menudo, no solo no detiene la conversación pecadora, sino que incluso añade algo a esto.

Entonces, ¿cómo hemos de luchar con este pecado que es tan ampliamente predominante?

¿O no sabéis que el Señor considera el no juzgar tal virtud, que promete el perdón de todos los pecados y la reconciliación con Él, y la liberación del juicio y el tormento eterno: “No juzguéis, para que no seáis juzgados” (Mateo 7:1, Straubinger), “Si, pues, vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial os perdonará también” (Mateo 6:14, Straubinger). El recuerdo de este testimonio evangélico debe conducir a nuestros pensamientos a nuestro fin terrenal, a disponernos ante el terrible y justo juicio de Dios.

Si Dios no juzga a nadie, como dice la Escritura, sino que ha dado todo el juicio al Hijo (Juan 5:22), y si el Hijo de Dios vino a la tierra a salvar a los pecadores, diciendo así: “Yo no juzgo a nadie” (Juan 8:13, Straubinger), entonces, ¿cómo puedes tú solo juzgar a aquel a quien el Señor desea salvar? Él no juzga, sino que muestra misericordia.

“Conocí a un hombre que pecaba abiertamente”, cuenta San Juan Clímaco, “y se arrepintió en secreto; lo condené por libertino, pero era casto ante Dios, habiéndole propiciado una sincera conversión” (Paso 10:6). Añade: “Comenzarás a ser cauteloso antes de juzgar al pecador, si recuerdas siempre que Judas estaba en la compañía de los discípulos de Cristo, y el ladrón estaba en la compañía de los asesinos, pero es algo maravilloso cómo en un simple instante intercambiaron sus lugares” (Paso 10:4). Quizá se te mostraran las heridas de tus hermanos para que pudieras preocuparte por ellos, así como el samaritano cuidó de aquel que fue herido por los ladrones. ¡Oh, amados hermanos, recordad estas palabras: “La amistad está escrita sobre la piedra, la enemistad sobre el agua!”.

Considerad las siguientes circunstancias: el juicio penetra en el corazón mediante frívolas conversaciones sobre otros, ya sea de visitantes, o en sociedad, o, desgraciadamente, en la iglesia. Sabiendo donde se está llevando a cabo, aléjate con cuidado de tal lugar. Así, también con frívolas conversaciones (cuando conozcas a alguien en cualquier lugar, ya sea huésped o tu propia familia) adopta inmediatamente una actitud “defensiva” y no profieras críticas dudosas de tus prójimos.

Un padre aconsejó a su hijo espiritual tener siempre una pequeña piedra en la mano, y “tan pronto abras tu boca ociosamente, toma entonces la piedra y lánzala, y aleja la conversación imperceptiblemente hacia algún otro tema inofensivo. Entonces ganarás a tu prójimo como a un amigo y paz para tu corazón”. La maravillosa Escala Espiritual dice sobre esto: “El que conoce la fragancia del fuego de lo alto, huye de una reunión de hombres como una abeja del humo, pues así como la abeja es ahuyentada por el humo, así el hombre es entorpecido por las compañías” (Paso 11:11).

La virtud de no criticar está estrechamente vinculada con el don del silencio, que es comparado con un metal puro y precioso: el hablar es plata, el silencio es oro, pues el silencio es el misterio del siglo venidero. El comportamiento tranquilo y silencioso son los grandes adornos del cristiano. San Nilo el Ayunador aconseja: “No busquéis con avidez las amplitudes de la vida, pues es mejor buscar el camino angosto y estrecho. Por esta razón, se nos han dado dos oídos, y una lengua, para que podamos escuchar más para nuestra salvación de lo que decimos”. Cuán justa es también la enseñanza ética de San Gregorio el Dialoguista: “Es más meritorio soportar el insulto en silencio, que conquistarlo con una respuesta”. Y el venerable Padre Serafín añade: “Nadie se ha arrepentido nunca del silencio”. Así, se hace evidente el porqué se han dedicado tantas páginas de salvíficas obras de patrística a la consideración del silencio.

Así, el juicio a nuestros prójimos pertenece solamente al Señor Dios, mientras que a nosotros nos sería más apropiado y mejor mantener el silencio cuando vemos las caídas de nuestros hermanos y huir de las reuniones frívolas. Los días de nuestras vidas no son muchos; el tiempo pasa y la eternidad está inevitablemente cercana a nosotros con cada hora que pasa. Y, ¿cuándo obtendremos el arrepentimiento de nuestra propia injusticia? Oh amigos, mirad en vuestras propias almas, “pues si alguien pudiera ver sus propios vicios con atención sin la máscara del amor propio, no se preocuparía de nadie más en esta vida, considerando que no tendría tiempo suficiente para dolerse por sí mismo, incluso aunque fuera a vivir cien años, e incluso si llegara a ver un entero Río Jordán de lágrimas surgiendo de sus ojos. He observado tal dolor y no encontré en él ni un rastro de calumnia o crítica” (San Juan Clímaco, Paso 10:10).

No estar al tanto de los propios pecados, pero sí de los demás, es el resultado de una diabólica tentación y sugerencia, pues en palabras de Clímaco: “Los demonios, tan asesinos como son, nos empujan a pecar. O si no lo hacen, consiguen que juzguemos a los que persisten en pecar, para que puedan contaminarnos con la mancha con la que nosotros mismos estamos condenando a otros” (Paso 10:11). En verdad, a veces es mejor pecar que juzgar al pecador, pues el pecado humilla al alma, mientras que las críticas nos hacen iguales al maligno.

El cristiano está obligado, no solo a vigilarse con cuidado, sino también de no avergonzarse nunca de reprender al que calumnie a otro en su presencia. “Es mejor decirle: ‘¡Para, hermano!. Caigo en los más graves pecados cada día, y entonces, ¿cómo puedo criticarlo?’, y de esta manera conseguirás dos cosas: te sanarás a ti mismo y a tu prójimo con una escayola” (La Escala, 10:7).

Seguramente todos hemos experimentado el sentimiento de remordimiento de conciencia cuando vemos a alguien al que hemos juzgado, morir, y así se hacen incapaces de hacer objeciones a nuestras palabras. Cuán a menudo nos encontramos empezando a recordar, no lo malo, sino lo bueno que era el que estaba tan molesto con nosotros, y que de repente fallece. Escuchad la siguiente historia que es especialmente instructiva: “Un joven fue por vez primera a un cementerio. Leyó con interés los epitafios laudatorios que había en los monumentos y en las tumbas. Tras haber leído diez inscripciones se giró asombrado hacia su padre: ‘Papá, dice, ¿dónde están enterrados los malos?’”…

El objetivo de la vida es estar espiritualmente vivo y morir a los sentidos. Un hermano acudió al Abba Macario y le dijo: “Abba, dime una palabra edificante sobre cómo salvarme”. El anciano le dijo: “Ve al cementerio e injuria a los muertos”. El hermano fue, los insultó y les tiró piedras. Cuando regresó le contó al anciano lo que había sucedido. El anciano le preguntó: “¿Y te dijeron algo?”. “Nada”, replicó. El anciano le dijo: “Vuelve mañana y alábalos”. El hermano fue y alabó a los muertos, diciendo: “Apóstoles, santos, justos”. Entonces volvió al anciano y dijo: “Los he exaltado”. El anciano le preguntó: “¿Y no te respondieron nada?”. El hermano dijo: “Nada”. El anciano le dijo: “Has visto cuánto los has injuriado y no te dijeron nada, y cuánto los has alabado y no te han dicho nada. Así, si quieres ser salvado, sé como los muertos y no pienses sobre los insultos ni las alabanzas de la gente, y podrás ser salvado”.

Sin embargo, aunque somos llamados a no criticar, ¿significa esto que no podemos exponer los errores en general? ¿No dijo el Señor: si tu hermano peca ante ti, entonces ve y repréndelo? Esto es algo completamente diferente, esto es, reprender los pecados de un hermano para su corrección. El Señor nos manda decir a los demás sus vicios para que podamos ser partícipes en la salvación de un pecador. Sólo debemos no ser severos en la discusión y no reprenderlo con ira; debemos aligerar compasiva y mansamente su alma cargada de pecados, no por nuestra condena, sino con el temor de Dios. El gran bien que podéis hacer por un hermano caído o por alguien que os ha calumniado es ofrecer una oración por él. “Si verdaderamente amas a tu prójimo, como dices, entonces ora secretamente y no te burles de este hombre, pues esta es la clase de amor que es aceptable al Señor” (La Escala, Paso 10:4).

En un amplio sentido, el cristiano no debería guardar silencio cuando la verdad es pisoteada o cuando las enseñanzas de la Iglesia son atacadas. Con todo nuestro poder y con todas nuestras habilidades, cada uno según su rango y llamamiento, los cristianos deberían enfrentarse a los poderes del mal, denunciarlos, amonestarlos, mediante sermones, palabras o escritura.

Generalmente hablando, hay diferentes grados para censurar al prójimo. Abba Doroteo enseña: “Una cosa es calumniar, otra juzgar, y otra menospreciar. Censurar significa decir a alguien: esta persona ha mentido, o ha perdido su temperamento, o ha caído en la fornicación, o ha hecho algo de esta clase. Pero condenar significa decir: esta persona es una mentirosa, un loco furioso, un fornicador. Pues así, se juzga la disposición de su alma, dando sentencia a toda su vida. El menosprecio significa no sólo juzgar a otro sino despreciarlo, esto es, mirarlo de arriba abajo y estar disgustado con él como si fuera alguna clase de inmundicia: este ya está juzgando y es mucho más destructivo” (Homilía 6).

“Del mismo modo los que somos muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo, pero en cuanto a cada uno somos recíprocamente miembros” (Romanos 12:5, Straubinger), así deberíamos sufrir unos por otros, ayudarnos unos a otros, especialmente en la tarea de la salvación. Cuanto más cercanos estemos a los demás, más cercanos estamos a Dios. En sus penetrantes sermones, Abba Doroteo menciona una maravillosa ilustración de la unidad unos con otros: “Suponed que el mundo es un circulo y en el centro del círculo está Dios; los radios, esto es, las líneas rectas que van desde el centro del círculo hasta uno de sus lados, son los caminos de la vida humana. Así, cuando más lejos van los santos en el círculo en su deseo de estar cerca de Dios, así se hacen más cercanos a los demás, y cuanto más cercanos están unos de otros, más cercanos están a Dios, y viceversa”. (Homilía 6).

De todo lo que hemos dicho, se puede sacar la conclusión de que cada persona debe aprender a no criticar, como el método más fácil para la salvación, pues en verdad, como dice el sabio: El no juzgar es la salvación sin esfuerzo. Como confirmación de esto, hemos mencionado un ejemplo de El Prólogo, en el que se relata sobre un monje que comía y venía tanto como quería y no deseaba rezar. Sólo tenía una virtud, que nadie conocía: no juzgaba a nadie más que a sí mismo. Antes de morir se volvió extremadamente feliz, para que los hermanos que vinieran a decirle adiós y pedir su perdón notaran esto y preguntaran: ¿Realmente no tienes miedo a morir?”. Y él respondía: “Perdonadme, fui descuidado, pero sin embargo no he juzgado a nadie, y por eso un ángel del Señor me mostró mis pecados y rompió la lista diciendo que podría ir al Señor en paz sólo por esto, pues no juzgué a nadie”. Y descansó en paz.

Este monje fue elevado a tales alturas por esta sola virtud, entonces, ¿qué se puede decir de los que “lucharon la buena batalla” y no juzgaron? ¡Cuán dulce será el premio celestial por estas virtudes terrenales! Esforcémonos también en adelante, mientras aún respira en nosotros la vida terrenal, para obtener, aunque sea en pequeña medida, la perfección en el espíritu por los desprecios de las vanidades y la aspiración de las alturas.

De Orthodox Life, vol. 38, nº 1, pp. 21-26. Traducido del ruso en Pravoslavnaya Rus, nº 23, 14-03-1987.

 

Traducido por psaltir Nektario B.

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Categorías:familia ortodoxa, juzgar

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