El Camino. Introducción parte 5. Por Giorgos Metalinos.

4. La división del cristianismo

De vez en cuando, las herejías eran la causa de excisiones de grupos cristianos, saliendo del Cuerpo de la Iglesia. Incluso durante la primera Iglesia, con grupos como los gnósticos, los montanistas, los monarquistas, los sabelianos, los marcionistas, los cátaros (puros), los monofisitas, etc. A estos, finalmente se añadieron los arrianos, los nestorianos, etc. Más especialmente, los territorios orientales de “Bizancio” abrazaron el monofisismo, más bien por política en vez de por puras razones dogmáticas, y así se excindieron a sí mismos creando las “iglesias” monofisitas, -en otras palabras, herejías-, muchas de las cuales aún existen hasta nuestros días. Otras pequeñas herejías aparecieron durante el siglo IX, pero también más tarde. Sin embargo, la mayor y más trágica división en la Iglesia aconteció en los siglos IX y XI, a causa de las pretensiones expuestas por los papas de Roma. El trono del obispo en la Antigua Roma cayó bajo la influencia del mundo franco, y políticamente, se opuso a Nueva Roma-Constantinopla. Esta tensión creció durante la época de Carlomagno (768-814 d.C.). Entre 1014 y 1046 d. C., los francos lograron asediar el trono papal y poner en él a un papa franco, allanando así el camino para el cisma.

El espíritu del papismo se expresó sistemáticamente con la introducción de conceptos tales como la “primacía papal” y la “infalibilidad papal”, ya en el siglo IX. Por supuesto, hay una clase de “primacía” en la Iglesia, pero es la “primacía de la verdad”, y no una primacía en jurisdicción o poder. Así, uno veía obispos de ciudades oscuras en la antigua Iglesia imponiéndose como portadores de la Verdad Ortodoxa. Por otro lado, la primacía del poder romano expresó la demanda de la jurisdicción universal, primeramente sobre la Iglesia (=primacía eclesiástica), pero más tarde también sobre la esfera política (=el papa, ¡también como fuente de poder político!). Muy recientemente, el papa actual, Benedicto XVI, no dudó en declara que la ortodoxia es una…. Iglesia deficiente (!!!!), ¡¡porque no ha reconocido la primacía secular papista!!.

Con este doble rol, la primacía papal fue un escándalo y una ruptura en la tradición de la Iglesia. El papa se presentaba como “episcopus episcoporum” (el obispo de los obispos), la fuente de todo poder hierático y eclesiástico, la cabeza infalible de la Iglesia y representante de Cristo en la tierra (“Vicarius Christi in Terra”). Esta exigencia, que alcanzó su apogeo en el siglo IX, también se expresó con acciones políticas. Para empezar, los papas se distanciaron de Bizancio, habiéndose puesto a sí mismos bajo la “protección” de los reyes francos, asistiendo así al establecimiento del imperio occidental y al debilitamiento del Imperio oriental, que se consiguió plenamente más tarde. Contemporáneamente, los francos crearon el Estado Papal en Italia (754 d. C.), que continua siendo financiera y políticamente poderoso hasta nuestros días. El carácter político del papismo también implicó la dramática alteración del significado de “Iglesia”, el alejamiento “de facto” del cristianismo.

Sin embargo, estuvo implicada otra importante razón dogmática, que era la arbitraria inserción, por el sínodo Franco del 809 d. C. (durante el tiempo de Carlomagno), de la frase “y del Hijo” (FILIOQUE), en el Símbolo de la fe. Esto no fue simplemente un asunto teológico-filosófico; de hecho, tuvo explícitas repercusiones eclesiológicas y sociales. Los Francos condenaron a todo el Oriente Ortodoxo (que no aceptaba el FILIOQUE), como heréje, una acción que también el papismo explotó para asegurar su primacía, ya no unido al Oriente.

La diferenciación entre “Oriente” y “Occidente” en el área de la fe y la tradición fue tal que cualquier tolerancia por parte del Oriente ya no era posible. Según P. Evdokimov, “mientras que la Ortodoxia es experimentada como un perpetuo Pentecostés, del que ha surgido el principio de formación de una autoridad colectivo-sinodal, en Occidente, Roma se ha confirmado como un perpetuo Pedro, un solo líder y representante (vicario) con todas las autoridades de Cristo”. Con la cristianización de la Ley Romana en Occidente, se forjó una teocracia papista, que se expresaba como “un cesarismo papal”. Sin embargo, en Oriente, tanto las autoridades clericales como políticas eran percibidas como dones de Dios a Su Pueblo; algo como un ministerio dual -gemelo, para ser exactos- para el pueblo de Dios, no dejando así lugar para una prevalencia unilateral y pretenciosa de una autoridad en detrimento de la otra.

El primer gran Cisma entre Oriente y Occidente tuvo lugar en el 867 d. C., en un tiempo en el que los tronos episcopales de las dos Iglesias estaban ocupados por dos poderosas personalidades: el Papa Nicolás I (858-867 d. C.), y el Patriarca Focio (+ 886 d. C.). Una seria acción contra-canónica del Papa Nicolás, en Bulgaria -perteneciente a la Iglesia de Constantinopla-, dio lugar a tal cisma, porque fue el primer claro intento de imposición de la primacía papal como una autoridad universal. Pero el cisma fue completado en 1054 d. C., cuando llegó a su fin. Una delegación del Papa León IX apareció audazmente en Constantinopla como controladora y acusadora de la Iglesia de Oriente, acusándola como la cuna de todas las herejías. El 16 de julio de 1054 d. C., irrumpieron en el templo de Agia Sofia durante la hora de la Liturgia, y sobre el Santo Altar depositaron un libelo en el que excomulgaban a toda la Iglesia Ortodoxa, por razones insubstanciales. El Patriarca de aquel tiempo era Miguel Cerulario, una personalidad igualmente fuerte. Un sínodo llevado a cabo el 20 de julio del mismo año, anatematizó el libelo y a sus autores, pero no al papa, dejando de esta forma una puerta abierta, con la esperanza de suavizar en un futuro las diferencias. El ejemplo de Constantinopla iba a ser seguido por los demás patriarcados, generalizando así el cisma. Por supuesto, las relaciones ya se habían vuelto tensas, dado que desde 1014 ambas Iglesias se habían eliminado unas a otras de sus dípticos litúrgicos. Esto significaba que se habían excluído mutuamente de cualquier comunión eclesiástica.

Tras el gran y definitivo cisma de 1054, cada uno de los dos segmentos del cristianismo siguió su propio camino separado. Su diversificación se había vuelto ahora totalitaria. Desde este punto en adelante es de donde llegamos a discernir entre Iglesia Ortodoxa Oriental e Iglesia Latina Papista Occidental o Católica Romana.

La correcta caracterización para la Ortodoxia es: Católica (=universal, y la plenitud de la Verdad), Ortodoxa, porque el término “católico” es históricamente precedente, y coindice con San Ignacio el Teóforo (siglo II). El término “ortodoxo” (=la recta creencia) es posterior (siglo IV), pero es utilizado como el término previo, para discernir a la Iglesia de las herejías. El cristianismo de Occidente -en la forma del papismo-, fue alterado en su esencia, a pesar de los muchos elementos tradicionales que ha preservado. Muy especialmente, con su teología escolástica, pierde su carácter espiritual y trascendeltal, y se transformó en una magnitud más endocósmica, al organizarse como un Estado. La secularización del papismo fue ya un hecho, con su representación filosófica y legalista de la Fe.

Finalmente, la brecha entre Oriente y Occidente cultivó el odio y así, unos dos siglos después del cisma final (en el año 1204 d. C.), uno era testigo de lo más inaudito: ¡Constantinopla siendo conquistada por los “cristianos” del Papa, durante la 4ª Cruzada!.

Así pues, se instauró un Patriarcado Latino en Constantinopla, mientras también se organizaba un metódico intento de subyugar el Oriente ortodoxo (algo que continuaría durante la ocupación turca [ss. XV-XIX], por las multitudes de misioneros papistas y las diversas órdenes monásticas del papismo). Esto fue perseguido más elaboradamente por medio del caballo de Troya papista conocido como Unia (desde 1215 en adelante), que incluso hasta nuestros días, en un momento de diálogo con el cristianismo occidental, continua operando en Oriente, en favor del papismo, creando así otros problemas, especialmente en los países ortodoxos de Europa Oriental y del Medio Oriente.

Sin embargo, la fractura de la familia cristiana no se detuvo ahí. La alienación del papismo del genuíno espíritu del Evangelio y su secularización condujo a abusos que literalmente alteraban la esencia de la antigua tradición (véase la Santa Inquisición, las indulgencias, la acumulación de poder político y riquezas, etc.). Esta alienación del cristianismo occidental fue incapaz de ser tolera aun por los cristianos orientales. El renacimiento de literalidad, los desarrollos socio-políticos en Europa -pero más que nada la desacreditación del papismo tras sus disputas con líderes seculares por la adquisición de poder (lucha por la investidura)-, todo esto condujo a la “revolución” de la Reforma (protestantismo) en el siglo XVI, que tuvo lugar por primera vez en el mundo cristiano “duro como uña” de Alemania.

Sin embargo, en su empeño por corregir el cristianismo de su tiempo, los protestantes, con su desenfrenado liberalismo, no sólo rechazó los abusos del papismo, sino también mucha de la esencia del cristianismo (por ejemplo la santa tradición, el sacerdocio, los sacramentos, el rango de obispo, etc.), y así se despojaron a sí mismos del verdadero carácter de Iglesia. Hoy en día hay un número infinito de ramificaciones heréticas protestantes, de las que sólo el Luteranismo y el Anglicanismo han preservado elementos de la antigua tradición eclesiástica -por ejemplo el rango de obispo, algunos de los sacramentos, etc.- pero han perdido la espiritualidad de la Iglesia unida. Sin embargo, la mayor parte de las confesiones protestantes se han distanciado tanto del espíritu de la verdadera Iglesia, que presentan un cristianismo que está literalmente desfigurado y alterado.

El protestantismo, con su multitud de variaciones, fue incapaz (o sus líderes no lo quisieron) de volver a la Ortodoxia, para descubrir el cristianismo del Evangelio. Por el contrario, desde el siglo XVII en adelante, se hicieron intentos sistemáticos por parte de diversas ramas protestantes para subyugar la espiritualidad del Oriente Ortodoxo, en el marco del trabajo misionero protestante por todo el mundo. Sin embargo, esta obra misionera tampoco fue independiente de las aspiraciones políticas, como por ejemplo con las actividades de los calvinistas holandeses en Constantinopla en el siglo XVII, durante el tiempo del Patriarca Cirilo Loukaris V (1621-1638). En sus luchas contra el papismo, los protestantes intentaron vencer sobre el Patriarcado Ecuménico, mientras que simultáneamente intentaban protestantizarlo y por medio de él, a toda la Ortodoxia.

Se llevó a cabo un intento análogo en el siglo XIX, pero no por parte de calvinistas puros; por el contrario, fue mediante otras numerosas confesiones protestantes de Europa (Inglaterra, Alemania, Suiza), y de América. La acción comenzaba ahora en un territorio ortodoxo -específicamente en el heleno- por medio de diversas sociedades bíblicas protestantes, con intenciones paralelas a las de las demás sociedades misioneras protestantes (ver la exposición detallada del profema en el estudio del Padre G. D. Metallinos: “El asunto de la traducción de la Santa Biblia al lenguaje neo-heleno en el siglo XIX”, Atenas 1977). Carecte de la tradición de la Iglesia antigua y bajo la influencia del espíritu secular y casi anti-clerical europeo de los siglos XVIII y XIX, la teología protestante fue conducida a un liberalismo incontinente y en muchos casos, terminó incluso en una negación del Cristo histórico. Por otro lado, la “teología” de la “muerte de Dios” también fue el fruto del pensamiento protestante y constituye la quintaesencia (hablando socialmente) de la Europa y el mundo occidental de hoy.

En 1870, durante el Concilio Vaticano I, un gran número de obispos papistas bajo el teólogo alemán, el profesor Ignatius Döllinger, recharazon reconocer la infalibilidad papal -habiéndola visto como algo anti-tradicional y anti-bíblico- y por tanto crearon una nueva rama del cristianismo, “el Viejo Catolicismo”, que les condujo muy de cerca a la Ortodoxia. Esta es la razón por la que se llevaron a cabo intentos durante el siglo previo para su unión con la Ortodoxia, que, sin embargo, nunca han dado fruto.

El desarrollo del Movimiento Ecuménico en el siglo XX y los diálogos teológicos entre el mundo papista y protestante con la Ortodoxia pueden haber generado un espíritu de amistad y colaboración social imperante en nuestros días y nuestra era; sin embargo, también son indicativos de la distancia que el mundo cristiano occidental mantiene con respecto a la Fe y la vida de la Ortodoxia, que es la Fe y la ida de la antigua Iglesia unida. Esto será aparente en los siguientes capítulos.

El único camino para reunir al mundo cristiano es un “regreso” dinámico al periodo de la antigua unidad (hasta el siglo IX).

Traducido por Psaltir Nektario Belmonte

cristoesortodoxo.com



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