Veneración ortodoxa de la Toda Santa Theotokos. Parte 5

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Intentos de iconoclastas por disminuir la Gloria de la Reina de los cielos; Son avergonzados

Después del tercer concilio ecuménico, los cristianos comenzaron aún con más fervor, tanto en Constantinopla como en otros lugares,a apresurarse en poner sus esperanzas en la mano intercesora de la Madre deDios y pudieron comprobar que no fue en vano.Ella manifestó su ayuda con innumerables personas enfermas, indefensas, y endesgracia. Muchas veces apareció como defensora de Constantinopla frente a los enemigos externos; una vez incluso mostró, a San Andrés el loco en Cristo, su maravillosa protección sobre el pueblo que estaba rezando por la noche en el templo de Blanquerna.

La Reina del Cielo les dio a los emperadores bizantinos la victoria en las batallas, por lo que tenían la costumbre de tomar con ellos, en sus campañas, Su Icono de la Hodigitria (Guía). Fortaleció a los ascetas y a los celosos de la vida cristiana en sus batallas contra las pasiones y debilidades humanas. Iluminó e instruyó a los Padres y Maestros de la Iglesia, incluyendo al mismo San Cirilo de Alejandría cuando estuvo dudando en reconocer la inocencia y santidad de San Juan Crisóstomo. La Virgen Purísima puso en boca de los compositores de la Iglesia grandes himnos, en numerosas ocasiones incluso haciendo grandes cantantes de renombre a hombres poco talentosos que no tenían don de la canción, pero que se mostraban grandes y piadosos trabajadores como fue el caso de San Romano el Melodo. ¿Es, por tanto, sorprendente que los cristianos se esforzaran en magnificar el nombre de su constante Intercesora? Se establecieron fiestas en su honor, se le dedicaron maravillosos himnos, y Sus imágenes fueron reverenciadas.

Pero la malicia del príncipe de este mundo, armó a los hijos de la apostasía una vez más para elevar batalla contra el Emanuel y Su Madre en esta misma Constantinopla, que reverenciaba entonces, de la misma forma que hizo anteriormente Éfeso, a la Madre de Dios como su intercesora. No atreviéndose al principio a hablar abiertamente en contra del Campeón General, deseaban disminuir su glorificación prohibiendo la veneración de los iconos de Cristo y de Sus santos, llamando a esto el culto a los ídolos. La Madre de Dios, entonces, fortaleció también a los celosos de la piedad en la batalla por la veneración de las imágenes,  manifestando muchas señales a través de sus iconos y curando la mano cortada de San Juan de Damasco, que escribió en defensa de los iconos.

La persecución contra los que veneraban a los Iconos y a los Santos terminó de nuevo con la victoria y triunfo de la Ortodoxia, pues la veneración dada a los iconos asciende a los que están representados en ellos; y los santos de Dios son venerados como amigos de Dios por la gracia Divina que habitaba en ellos,de acuerdo con las palabras del Salmo: “Lo más preciado para mí son Tus amigos”.La Purísima Madre de Dios fue glorificada con un honor especial en la tierra y en el cielo, y Ella, incluso en los días en los que se burlaban de los santos iconos, manifestó a través de ellos tantos maravillosos milagros que aún hoy los recordamos con contrición. El himno “En Ti toda la creación se regocija, Oh Tú que eres llena de gracia”, y el icono de las Tres Manos nos recuerdan la curación de San Juan Damasce no a través de este icono; la representación del icono de la Madre de Dios de Iveron nos recuerda la milagrosa liberación de los enemigos por este icono, que fue arrojado al mar por una viuda que no pudo salvarlo.

Ninguna persecución en contra de los que veneran a la Madre deDios y a todo lo que está ligado a Su memoria,pudo disminuir el amor de los cristianos por Su Intercesora. Se estableció la norma de que cada serie de himnos en los Oficios Divinos debía terminar con un himno o un verso en honor de la Madre de Dios (son los llamados “Theotokia”). Muchas veces al año, los cristianos de todos los rincones del mundo se reúnen en la iglesia, como ya hacían anteriormente, para alabar su nombre,darle gracias por el favor mostrado, y para implorar misericordia.

Pero, ¿podría el adversario de los cristianos, el diablo, que anda rondando como león rugiente, buscando a quien devorar (I Pedro 5:8), permanecer siendo un espectador indiferente a la gloria de la Inmaculada? ¿Podría reconocer su derrota  y dejar de librar guerras contra la verdad a través de los hombres que hacen su voluntad? Y así, cuando todo el universo resonaba con la buena noticia de la fe de Cristo, cuando en todas partes se invocaba el nombre de la Toda Santa, cuando la tierra estaba llena de iglesias, cuando las casas de los cristianos se adornaban con iconos que la representan, entonces apareció y se comenzó a difundir una nueva falsa enseñanza sobre la Madre de Dios. Esta falsa enseñanza es peligrosa en el hecho de que muchos no llegan a comprender inmediatamente en qué medida socava la verdadera veneración de la Madre de Dios.

Celo no conforme al Conocimiento (Romanos 10:2)

La corrupción por parte de los latinos, por medio del recién inventado dogma de la “Inmaculada Concepción”, de la verdadera veneración de la Santísima Madre de Dios y Siempre Virgen María.

Cuando fueron reprendidos aquellos que censuraban la vida inmaculada de la Santísima Virgen, así como aquellos que negaban Su Perpetua Virginidad, aquellos que negaban Su dignidad como Madre de Dios, y aquellos que desdeñaban Sus iconos, cuando la gloria de la Madre de Dios había iluminado el universo entero, apareció una enseñanza que aparentemente exaltaba extremadamente a la Virgen María, pero que en realidad negaba todas sus virtudes.

Esta enseñanza es la llamada “Inmaculada Concepción de la Virgen María”,y fue aceptada por los seguidores del trono papal de Roma. La enseñanza es esta: “la Toda bendecida Virgen María en el primer instante de su concepción, por la gracia especial de Dios Todopoderoso y por un privilegio especial, por el bien de los futuros méritos de Jesús Cristo, Salvador del género humano, fue preservada exenta de toda mancha de pecado original “(Bula del Papa Pío IX en relación con el nuevo dogma). En otras palabras, la Madre de Dios desde su misma concepción fue preservada del pecado original y, por la gracia de Dios, se colocó en un estado en el que era imposible para ella tener pecados personales.

Los cristianos no habían oído hablar de esto antes del siglo IX, cuando por primera vez el abad de Corvey, Pascasio Radbertus, expresó la opinión de que la Santísima Virgen fue concebida sin pecado original. Al principio, desde el siglo XII, esta idea comenzó a extenderse entre el clero y los fieles de la iglesia occidental, que ya se había alejado de la Iglesia Universal y por lo tanto ya había perdido la gracia del Espíritu Santo.

Sin embargo, no todos los miembros de la iglesia de Roma estaban de acuerdo con la nueva enseñanza. Hubo una diferencia entre los teólogos más renombrados de Occidente, los pilares, por así decirlo, de la Iglesia latina. Tomás de Aquino y Bernardo de Claraval lo censuraron decisivamente, mientras que Duns Escoto lo defendía. De los maestros, esta división llegó a sus discípulos: los monjes dominicos latinos, siguiendo a su maestro Tomás de Aquino, predicaron en contra de la doctrina de la Inmaculada Concepción, mientras que los seguidores de Duns Scoto, los franciscanos, se esforzaron por implantarlo en todas partes. La batalla entre estas dos corrientes continuó durante el transcurso de varios siglos. Tanto en uno como en otro lado había entre sus filas, aquellos que eran considerados entre los católicos como las más grandes autoridades.

No fue de ayuda para decidir la cuestión el hecho de que varias personas declararan que habían tenido una revelación de lo alto concerniente al tema en disputa. La monja Bridget [de Suecia], renombrada en el siglo XIV entre los católicos, habló en sus escritos acerca de las apariciones que tuvo de la Madre de Dios, la cual le había dicho que había sido concebida inmaculadamente, sin pecado original. Pero su contemporánea, la aún más famosa ascética Catalina de Sienna, afirmó que en su Concepción la Santísima Virgen participó en el pecado original, y que concerniente a esto, ella había recibido una revelación de Cristo mismo (Véase el libro de A. Lebedev Arcipreste, Diferencias en la Enseñanza de la Santísima Madre de Dios en las Iglesias de Oriente y Occidente).

Así pues, no hubo sobre el fundamento de los escritos teológicos, ni sobre el fundamento de manifestaciones milagrosas que se contradecían entre sí, algo que pudiera hacer distinguir al rebaño latino, por un largo tiempo, donde estaba la verdad. Los papas romanos hasta Sixto IV (final del siglo XV) se mantuvieron al margen de estas disputas, y sólo este Papa en 1475 aprobó un servicio en el cual se expresó con claridad la doctrina de la Inmaculada Concepción; y varios años más tarde prohibió una condena a los que creían en la Inmaculada Concepción. Sin embargo, incluso Sixto IV todavía no se había decido a afirmar que esa fuera la enseñanza inquebrantable de la Iglesia; y por esa razón, habiendo prohibido la condena de los que creen en la Inmaculada Concepción, tampoco condenó a los que creían lo contrario.

Mientras tanto, la enseñanza de la Inmaculada Concepción obtenía cada vez más partidarios entre los miembros de la iglesia romana. La razón de esto fue el hecho de que parecía más piadoso y agradable a la Madre de Dios el hecho de darle tanta gloria como fuera posible. La lucha de la gente por glorificar a nuestra intercesora celestial, por un lado, y la desviación de los teólogos occidentales en especulaciones abstractas que llevaron sólo a una verdad aparente (escolástica),  por otro lado, y finalmente, el patrocinio de los papas de Roma después de Sixto IV, todo esto llevó a que la opinión sobre la Inmaculada Concepción que fue expresada por Pascasio Radbertus en el siglo IX, fuera ya la creencia general de la Iglesia latina en el siglo XIX.  Sólo quedaba proclamarlo definitivamente como enseñanza de la iglesia, lo cual fue hecho por el Papa romano Pío IX durante un servicio solemne el 8 de diciembre de 1854, cuando declaró que la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen era un dogma de la Iglesia Romana. Así, la iglesia romana añadió otra desviación más a la enseñanza que se había confesado mientras era miembro de la Iglesia Católica y Apostólica, cuya fe ha sido mantenida hasta ahora inalterada y sin cambio por la Iglesia Ortodoxa. La proclamación del nuevo dogma satisfizo las grandes masas de personas que pertenecían a la iglesia de Roma, que con sencillez de corazón pensaron que la proclamación de la nueva enseñanza en la iglesia serviría para mayor gloria de la Madre de Dios, a quien por este nuevo dogma estaban haciendo un regalo, por así decirlo. También satisfizo la vanagloria de los teólogos occidentales que defendieron y trabajaron en ello. Pero sobre todo la proclamación del nuevo dogma fue rentable para el mismo trono romano, ya que después de haber proclamado el nuevo dogma por su propia autoridad, a pesar de que siguió el dictado de las opiniones de los obispos de la iglesia romana, el Papa romano por este mismo hecho se apropió abiertamente para sí mismo el derecho de cambiar la enseñanza de la iglesia romana y situó su propia voz por encima del testimonio de la Sagrada Escritura y de la Tradición.Una consecuencia directa de esto fue el hecho de que, a partir de entonces, los papas romanos fueran “infalibles”en materia de fe, que de hecho este mismo Papa Pío IX proclamó igualmente como dogma de la Iglesia de Roma en 1870.

Así fue la enseñanza de la cambiada Iglesia de Occidente después de haber abandonado la  comunión con la Verdadera Iglesia. Se introdujeron en la misma, nuevas y recientes enseñanzas, pensando que con esto glorificaría aún más la Verdad, pero en realidad distorsionándola. Mientras que la Iglesia Ortodoxa confiesa humildemente lo que ha recibido de Cristo y de los apóstoles, la iglesia romana se atreve a añadir a la misma, a veces desde un celo no conforme al conocimiento (cf. Rom. 10:2), y a veces desviándose en las palabrerías profanas y en las objeciones de la seudociencia. (I Tim. 6:20). No podía ser de otra forma. Que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia (Mateo 16:18) fue una promesa que se hizo únicamente a la Verdadera Iglesia Universal; pero a los que se han alejado de ella se cumplen las palabras: como el sarmiento no puede por sí mismo llevar fruto, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en Mi (Juan 15:4).

Es cierto que en la definición del nuevo dogma se dice que no se está estableciendo una nueva enseñanza, sino que sólo se proclama como parte de la iglesia lo que siempre existió en ella y que fue sostenido por muchos Santos Padres, extractos de cuyos escritos se citan. Sin embargo, todas las referencias citadas sólo hablan de la santidad excelsa de la Virgen María y de su carácter inmaculado, y se le dan diferentes nombres que definen su pureza  y su poder espiritual; pero en ninguna parte hay palabra alguna que haga referencia al carácter inmaculado de su concepción. Mientras tanto, estos mismos Santos Padres en otros sitios dicen que sólo Jesús Cristo es completamente puro de todo pecado, mientras que todos los hombres, que nacen de Adán, son dados a luz con una carne sujeta a la ley del pecado.

Ninguno de los antiguos Santos Padres dice que Dios, de forma milagrosa, purificó a la Virgen María mientras todavía estaba en el seno materno; y sin embargo muchos indican directamente que la Virgen María, al igual que el resto de los hombres, soportó una batalla contra el pecado, de la que obtuvo la victoria sobre las tentaciones y que posteriormente se salvó gracias a su Divino Hijo.

Los comentaristas de confesión latina igualmente dicen que la Virgen María fue salvada por Cristo. Pero entienden esto en el sentido de que María fue preservada de la mancha del pecado original en vista de los futuros méritos de Cristo (Bula sobre el Dogma de la Inmaculada Concepción). La Virgen María, de acuerdo con sus enseñanzas, recibió de forma anticipada, por así decirlo, el don que Cristo había traído a los hombres por medio de Sus sufrimientos y Su muerte en la Cruz. Por otra lado, al hablar de los tormentos que la Madre de Dios tuvo que soportar al pie de la Cruz de Su Hijo Amado, y en general de todas las penas con las que se llenó la vida de la Madre de Dios, las consideran una adición a los sufrimientos de Cristo y consideran a María como nuestra Corredentora.

Según el comentario de los teólogos latinos, “María está asociada con nuestro Redentor como Corredentora” (ver Lebedev, op. Cit. P. 273). “En el acto de Redención, Ella, de cierta manera, ayudó a Cristo” (Catecismo del Dr. Weimar). “La Madre de Dios”, escribe el Dr. Lentz, “llevó el peso de su martirio no sólo con valentía, sino también con alegría, a pesar de que tenía el corazón roto” (mariología del Dr. Lentz). Por esta razón, ella es “un complemento de la Santísima Trinidad”, y “al igual que su Hijo es el único intermediario elegido por Dios entre Su Majestad ofendida y  el hombre pecador,  así también,  la Jefa Mediadora colocada por Él entre Su Hijo y nosotros, es la Santísima Virgen”. “En tres aspectos, como Hija, como Madre y como Esposa de Dios, la Santísima Virgen es exaltada con cierta igualdad con el Padre, con cierta superioridad sobre el Hijo y con cierta cercanía con el Espíritu Santo” (“La Inmaculada Concepción “, Malou, obispo de Brouges).

Así, de acuerdo a la enseñanza de los representantes de la teología latina, la Virgen María, en la obra de Redención, es colocada cara a cara con el mismo Cristo y exaltada a una igualdad con Dios.Ya no se podría ir más lejos.Si todo esto nose había formulado definitivamente como dogma de la iglesia romana hasta ese momento, por medio del papa romano Pío IX, que dio el primer paso en esta dirección, se mostró la dirección para el futuro desarrollo de dicha enseñanza que posteriormente sería reconocida por toda su iglesia, y por lo tanto,  indirectamente confirmó la enseñanza antes citada sobre la Virgen María.

Así, la iglesia romana, en sus esfuerzos por exaltar a la Virgen Santísima, va por el camino de Su completa deificación. E incluso hoy en día sus autoridades llaman a María “un complemento de la Santísima Trinidad”, es de esperar, por lo tanto, que se venere a la Virgen como a Dios.  Dichas autoridades están construyendo un nuevo sistema teológico usando como cimientos la doctrina filosófica de Sofía,  La sabiduría, como un tipo de poder especial que vincula la Divinidad y la creación. Del mismo modo, desarrollando la enseñanza de la dignidad de la Madre de Dios, desean ver en Ella una Esencia de lo que correspondería a una especie de punto medio entre Dios y el hombre. En cierto modo son más moderados que los teólogos latinos, pero en otros, si me disculpas, ya los han superado. Al tiempo que niegan la doctrina de la Inmaculada Concepción y de la ausencia del pecado original, también enseñan la ausencia total de cualquier pecado personal en la persona de la Virgen María, viendo en ella una intermediaria entre el hombre y Dios, como a Cristo: en la persona de Cristo apareció en la tierra la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Logos Pre-eterno, el Hijo de Dios; mientras que el Espíritu Santo se manifiesta a través de la Virgen María.

En palabras de uno de los representantes de esta tendencia[1], cuando el Espíritu Santo vino a morar en la Virgen María, Ella adquirió “una vida diádica, humana y divina, es decir, se deificó completamente, puesto que en su ser hipostático se manifestó la vivificadora y creadora revelación del Espíritu Santo “(Arcipreste Sergei Bulgakov, La Zarza que arde sin consumirse “the Unburnt Bush”, 1927, p. 154). “Ella es la perfecta manifestación de la Tercera hipóstasis” (Ibid., p.175), criatura creada, y al mismo tiempo no siendo más una criatura”(P.191). Este esfuerzo hacia la deificación de la Madre deDios ha de ser observado principalmente en Occidente, donde al mismo tiempo, por un lado,varias sectas de carácter protestante están teniendo gran éxito, junto con las principales ramas del protestantismo, el Luteranismo y el Calvinismo, que en general niegan la veneración de la Madre de Dios y su advocación en la oración.

Pero podemos decir con las palabras de San Epifanio de Chipre: “Se hace un daño equiparable en ambas herejías, tanto cuando los hombres degradan a la Virgen como cuando, por el contrario, la glorifican más allá de lo debido” (Panarion “contra los coliridianos”). Este Santo Padre acusa a los que le dan una adoración casi divina: “Deja que María mantenga su honor, pero vayamos a ofrecer adoración al Señor” (misma fuente). A pesar de que María es un instrumento escogido, fue una mujer por naturaleza, no distinguiéndose en nada de las demás. Aunque la historia de María y la Tradición relatan que se le anunció a su padre Joachim en el desierto, “Tu mujer ha concebido,” esto no se hizo sin unión marital ni sin semilla de hombre” (misma fuente). No hay que venerar a los santos por encima de lo debido, sino que se debería reverenciar a su Soberano. María no es Dios, y no ha recibido el cuerpo del cielo, sino de la unión del hombre y la mujer; y conforme a la promesa, como Isaac, de que ella fue dispuesta a participar en la Divina Economía. Pero, por otro lado, no dejes que nadie se atreva a ofender irreflexivamente a la Santísima Virgen” (San Epifanio,” Contra los Antidicomarionitas “).

La Iglesia Ortodoxa, aunque exaltando grandemente a la Madre de Dios en sus himnos de alabanza, no se atreve a atribuirle lo que no ha sido nunca expuesto sobre ella ni en la Sagrada Escritura ni en la Tradición. “La verdad es ajena a toda exageración, así como a toda subestimación. Le da a todo su justa medida así como su lugar apropiado” (Obispo Ignacio Brianchaninov). Al glorificar el caracter inmaculado de la Virgen María y la valiente manera en la que soportó sus penas durante su vida terrenal, los Padres de la Iglesia, por su parte, rechazaron la idea de que fuese intermediaria entre Dios y el hombre en el sentido de la Redención conjunta con Ellos de la raza humana.

Hablando de la preparación de la Santísima Virgen María para morir junto a su Hijo y sufrir con Él por el bien de la salvación de todos, el famoso Padre de la Iglesia de Occidente, San Ambrosio, obispo de Milán, añade: “Pero los sufrimientos de Cristo no necesitaban ningún tipo de ayuda, como el Señor mismo profetizó acerca de esto mucho antes: Miré, mas no había quien me auxiliase, busqué, pero nadie vino a sostenerme. Mi brazo les salvó, y mi cólera sobrevino  (Is. 63:5). “(San Ambrosio, “En cuanto a la crianza de la Virgen y sobre la Siempre Virginidad de María Santísima”, cap. 7).


Este mismo Santo Padre enseña acerca de la universalidad del pecado original, del cual  sólo Cristo es una excepción. “De todos los nacidos de mujer, no hay uno sólo que sea perfectamente santo, aparte de Nuestro Señor Jesús Cristo, quien de un modo nuevo y especial de alumbramiento inmaculado, no experimentó corrupción terrenal” (San Ambrosio, Comentario sobre Lucas, cap. 2). “Sólo Dios está sin pecado. Todos los nacidos en la forma usual de la mujer y el hombre, es decir, de la unión carnal, quedan bajo el juicio del pecado. En consecuencia, Él, que no tiene pecado, no fue concebido de esta manera” (San Ambrosio, Ap. Aug. “sobre el matrimonio y la concupiscencia”). Un solo Hombre, el intermediario entre Dios y el hombre, está libre de las ataduras del nacimiento pecaminoso, porque nació de una virgen, y porque al haber nacido no experimentó la mancha del pecado” (San Ambrosio, ibid. , Libro 2: “Contra Juliano”).

Otro reconocido maestro de la Iglesia, especialmente venerado en Occidente, el bienaventurado Agustín, escribió: “En cuanto a los demás hombres, excluyendo a Aquel que es la piedra angular, no veo para ellos posibilidad alguna de poder llegar a ser templos de Dios y para que Dios more en ellos aparte del renacimiento espiritual, que necesariamente debe ser precedido por el nacimiento carnal.

Por lo tanto, no importa lo mucho que pensemos acerca de las embarazadas y de los niños que aún están en los vientres maternos; ya estimemos que son o que no son capaces de recibir algún modo de santificación, y ya deduzcamos esto del Evangelista Juan, quien aún antes de ser dado a luz exultó en el gozo, cosa que no pudo realizarse sino por obra del Espíritu Santo, o ya lo deduzcamos de Jeremías, a quien dice el Señor: Antes de que salieses del seno te santifiqué (Jer. 1:5),  no importa cuánto pueda esto servirnos o no como base para pensar que los niños en esta condición son capaces de adquirir cierta santificación, en cualquier caso, no cabe duda de que la santificación por la cual todos nosotros juntos y cada uno de nosotros por separado nos hacemos templos de Dios sólo es posible para aquellos que hayan renacido espiritualmente, y dicho renacimiento siempre presupone un nacimiento. Sólo aquellos que ya hayan nacido, pueden unirse con Cristo y permanecer en unión con este Cuerpo Divino que hace a Su Iglesia el templo viviente de la Majestad de Dios” (Bendito Agustín, Carta 187).

Las citas anteriores de los antiguos maestros de la Iglesia testifican que en el mismo Occidente la enseñanza que ahora se extiende,  ya fue rechazada. Incluso después de la apostasía de la Iglesia Occidental, Bernard, que en Occidente fue reconocido como una gran autoridad, escribió, “Estoy asustado viendo como algunos de vosotros deseáis cambiar el estado de asuntos importantes, introduciendo  un nuevo festival desconocido para la Iglesia, en desacuerdo con la razón, injustificado por la antigua tradición. ¿Realmente somos más doctos y más piadoso que nuestros padres? diréis: «Se debe glorificar a la Madre de Dios tanto como sea posible.» Esto es cierto, pero la glorificación dada a la Reina del Cielo exige discernimiento. Esta Virgen Real no tiene necesidad de falsas exaltaciones, pues posee para sí misma verdaderas coronas de gloria y signos de dignidad. Glorifica la pureza de su carne y la santidad de su vida. Maravíllate en la abundancia de dones de esta Virgen; venera su Divino Hijo; exalta a aquella que concibió sin conocer concupiscencia y dio a luz sin conocer dolor. Pero, ¿qué más se podría añadir a estas dignidades? La gente dice que se debería venerar la concepción que precedió al glorioso alumbramiento; pues si no hubiera precedido la concepción, el nacimiento tampoco habría sido glorioso. Pero, ¿qué diríamos si alguien por la misma razón exigiera el mismo tipo de veneración para el padre y la madre de la Santísima Virgen María? Se podría igualmente exigir lo mismo para sus abuelos y bisabuelos, hasta el infinito. Por otra parte, ¿cómo puede no haber pecado en un lugar donde se produjo concupiscencia? Tanto más, no vayamos a decir que la Santísima Virgen fue concebida del Espíritu Santo y no del hombre. Yo digo decididamente que el Espíritu Santo descendió sobre ella, pero no que el Espíritu Santo vino con Ella.”

“Yo digo que la Virgen María no podía ser santificada antes de su concepción, por cuanto ella no existía. Si, aún más, no podía ser santificada en el momento de su concepción a causa del pecado que es inseparable a la concepción, entonces sólo queda por creer que fue santificada después de ser concebida en el vientre de su madre. Esta santificación, si  aniquilase el pecado, sólo santificaría su nacimiento, pero no su concepción. A nadie le ha sido dado el derecho de ser concebido en santidad; sólo el Señor Jesús Cristo fue concebido por el Espíritu Santo, y sólo Él es Santo desde su misma concepción. Excluyéndole a Él, es a todos los descendientes de Adán a los que debe ser referido lo que uno de ellos dice de sí mismo, tanto con sentimiento de humildad como por reconocimiento de la verdad: he aquí que fui concebido en iniquidad (Sal. 50:7) ¿Cuánto puede uno pretender que esta concepción sea santa, cuando no intervino el Espíritu Santo, sin mencionar que vino de concupiscencia? La Santísima Virgen, por supuesto, rechaza esa gloria que, evidentemente, glorifica el pecado. Ella no puede en modo alguno justificar una innovación inventada pese a la enseñanza de la Iglesia, una innovación que es la madre de la imprudencia, la hermana de la incredulidad, y la hija de frivolidad” (Bernard, Epístola 174, citado, así como referencias del Bendito Agustín, de Lebedev). Las palabras citadas anteriormente revelan claramente tanto la novedad como lo absurdo del nuevo dogma de la Iglesia romana.

La enseñanza de la impecabilidad completa de la Madre de Dios (1) no se corresponde con la Sagrada Escritura, donde se menciona en repetidas ocasiones la impecabilidad del Único Mediador entre Dios y los hombres, el hombre  Cristo Jesús (I Tim 2:5); y en Él no hay pecado (I Juan 3:5); Él, que no hizo pecado, y en cuya boca no se halló engaño (I Pedro 2:22); Uno que, a semejanza nuestra, ha sido tentado en todo, aunque sin pecado (Hebreos 4:15); Por nosotros hizo Él pecado a Aquel que no conoció pecado (II Cor. 5:21). Pero con respecto al resto de los hombres se dice, ¿quién puede sacar cosa limpia de lo inmundo? Nadie lo puede (Job 14:4). Dios da la evidencia del amor con que nos ama, por cuanto, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Mucho más, pues, siendo ahora justificados por su sangre, seremos por Él salvados de la ira. Pues, si como enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más después de reconciliados seremos salvados por su vida. (Romanos 5:8-10).

(2) Esta enseñanza también contradice la Sagrada Tradición, que está contenida en numerosos escritos Patrísticos, en los que se menciona la santidad excelsa de la Virgen María desde su mismo nacimiento, así como su purificación por medio del Espíritu Santo durante Su concepción de Cristo, pero no en Su propia concepción por Santa Ana. “No hay nadie que no tenga mancha delante de Ti, aunque su vida no sea más que un día, sólo en Ti está la salvación, Jesús Cristo Dios nuestro, Tú que apareciste en la tierra sin pecado, y en Quien ponemos toda nuestra confianza para obtener la misericordia y el perdón de los pecados” (San Basilio el Grande, Tercera Oración de Vísperas de Pentecostés). “Pero cuando Cristo vino a través de una pura, virginal, no desposada, temerosa de Dios, Madre sin mancha, sin matrimonio y sin padre, y en la medida en que convenía que Él naciera, purificó la naturaleza femenina, rechazó la amargura de Eva y derrocó las leyes de la carne“(San Gregorio el Teólogo,” Elogio de la virginidad “). Sin embargo, incluso entonces, como ya comentaron los Santos Basilio el Grande y Juan Crisóstomo, (ella) no fue colocada en un estado en el que era incapaz de pecar, sino que continuó teniendo cuidado de su salvación y venció todas las tentaciones (San Juan Crisóstomo, Comentario sobre Juan, Homilía 85, San Basilio el Grande, Epístola 160).

(3) La enseñanza de quela Madre de Diosfue purificadaantes de su nacimiento, y así pudo nacer de ella el Puro Cristo, no tiene sentidoporque si elPuroCristopudiera nacersólo sila Virgennacierapura (sin mancha), también sería necesario quesus padres fueran purosdel pecadooriginal,y  ellos, a su vez, tendrían que haber nacido de padres purificados, y continuaría así hasta llegar a la conclusión de que Cristono podría haberseencarnadoa menos que todossusantepasados enla carne, hasta Adáninclusive,hubieransido purificadospreviamentedel pecado original.Pero entoncesno habríahabido ningunanecesidad dela Encarnaciónde Cristo, ya que Cristo descendió a la tierracon el fin deaniquilarel pecado.

(4) La enseñanza de que la Madre de Dios fue preservada del pecado original, asimismo como la enseñanza de que fue preservada por la gracia de Dios de los pecados personales, hace a Dios despiadado e injusto; porque si Dios pudiera preservar a la Virgen María del pecado y purificarla antes de su nacimiento, entonces ¿por qué, pues, no purifica a otros hombres antes de su nacimiento, sino que les deja en el pecado? De ello se desprende que Dios salva a los hombres al margen de su voluntad, predeterminando a algunos, antes de su nacimiento, a la salvación.

(5) Esta enseñanza, que aparentemente tiene el objetivo de exaltar a la Madre de Dios, en realidad niega por completo todas Sus virtudes. Después de todo, si María, aún en el vientre de Su madre, cuando ni siquiera podía desear nada, ya fuera bueno o malo, fue preservada por la gracia de Dios de toda impureza, y después por esa misma gracia fue preservada del pecado, incluso después de su nacimiento, entonces,¿en qué consiste Su mérito? Si Ella pudo haber sido colocada en el estado de ser incapaz de pecar, y por lo tanto no pecó, entonces ¿para qué la glorificó Dios? si Ella, sin ningún tipo de esfuerzo, y sin haber tenido ningún tipo de impulsos por el pecado, se mantuvo pura, entonces ¿por qué fue coronada más que cualquier otra persona? No hay victoria si no hay adversario.

La rectitud y la santidad de la Virgen María se manifestó en el hecho de que, siendo”humana con pasiones como nosotros”, de tal manera amó a Dios y de tal manera se entregó a Él, que por Su pureza fue exaltada muy por encima del resto de la raza humana. Para ello, después de haber sido previamente conocida y elegida, fue digna de ser purificada por el Espíritu Santo que vino sobre Ella, y de concebir a Aquel que es el Salvador del mundo. La enseñanza de la impecabilidad dada por la gracia a la Virgen María niega Su victoria sobre las tentaciones; de una vencedora que es digna de ser coronada con coronas de gloria, esto la convierte en un instrumento ciego de la Providencia de Dios.

Esto no es una forma de exaltarla y de darle mayor gloria, sino un menosprecio a Su persona, por medio de este “regalo” que le fue dado por el Papa Pio IX y por el resto de personas que pensaron que podían glorificar a la Madre de Dios buscando nuevas “verdades”. La Santísima Virgen María ya fue grandemente glorificada por Dios mismo, tanto ha sido exaltada Su vida en la tierra y Su gloria en el cielo, que ninguna invención humana podría añadir nada a Su honor y gloria. Todo lo que la gente inventa por su propia cuenta sólo oscurece Su rostro de sus ojos. Hermanos, mirad, pues, no haya alguno que os cautive por medio de la filosofía y de vana falacia, fundadas en la tradición de los hombres sobre los elementos del mundo, y no sobre Cristo, escribió el apóstol Pablo por medio del Espíritu Santo (Col. 2:08).

Tal “vana falacia” es la enseñanza de la Inmaculada Concepción por Santa Ana de la Virgen María, que a primera vista se la exalta, pero que en realidad la menosprecia. Al igual que toda mentira, es una semilla del “padre de las mentira” (Juan 8:44), el diablo, que con dicha enseñanza ha logrado blasfemar a la Virgen María. Junto con dicha enseñanza también deben ser rechazadas todas las otras enseñanzas que vienen de la misma o que se parecen a ella. El esfuerzo por exaltar a la Santísima Virgen a una igualdad con Cristo le atribuye torturas maternas en la Cruz e igual importancia a los sufrimientos de Cristo, así pues el Redentor y la “Corredentora” sufrieron por igual, de acuerdo a las enseñanzas papistas, o incluso que “la naturaleza humana de la Madre de Dios en el cielo junto al Dios-Hombre Jesús conjuntamente revela la imagen completa del hombre” (Arcipreste S. Bulgakov, The Unburnt Bush, p. 141), esto también es una vana falacia y una seducción de la filosofía. En Cristo Jesús, no hay varón y mujer (Gálatas 3:28), Cristo ha redimido a toda la raza humana; por lo tanto, en Su Resurrección igualmente hizo “bailar de alegría a Adán y regocijó a Eva” (Kontakio del Domingo de los Tonos Primero y Tercero), y por su Ascensión el Señor levantó a la totalidad de la raza humana.

Del mismo modo que la Madre de Dios es un “complemento de la Santísima Trinidad” o una “cuarta hipóstasis”; que “el Hijo y la Madre son una revelación del Padre a través de la segunda y tercera Hipóstasis”; que la Virgen María es “una criatura que ha dejado de ser una criatura” todo esto es el fruto de la vana y falsa sabiduría que no está satisfecha con lo que la Iglesia ha sostenido desde tiempos Apostólicos y que además se esfuerza en glorificar a la Santísima Virgen más de lo que Dios la ha glorificado.

He aquí las palabras de San Epifanio de Chipre cumplirse: Algunos insensatos en su opinión sobre la Siempre Virgen se han esforzado y se esfuerzan por ponerla en el lugar de Dios” (San Epifanio, “Contra los Antidikomarionites”). Pero lo que se le ofrece a la Virgen de forma insensata, en lugar de alabarla, se torna blasfematorio; y la Toda Inmaculada rechaza la mentira por ser la Madre de la Verdad (Juan 14:6).

[1] La tendencia de los Sofistas.

Traducido por hipodiácono Miguel P.

en 2014 ®

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Categorías:San Juan Maximovicht, theotokos

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