Vi la Santa Luz, parte 4/5

epa02699556 An Eastern Orthodox Christian with his burning candles during the miracle of the Holy Fire as a shaft of light enters the rotunda and he passes the Tomb of Christ (R) in the Church of the Holy Sepulchre in Jerusalem on 23 April 2011, the day before Easter. The fire comes forth from a hole in the Tomb of Christ and quickly spreads among the faithful in the church and then outside through Jerusalem and even to foreign countries. The miracle is recorded as happening each year since 1106 and is considered by believers to be the flame of the Resurrection power, as well as the fire of the Burning Bush of Mount Sinai.  EPA/JIM HOLLANDER

 

  1. EL PLAN MÁS ATREVIDO DE MI VIDA

Entonces se apoderó de mí un nuevo impulso persistente. Debo saber, debo ver qué sucede dentro de la Tumba cerrada de Cristo. Me invadió el deseo de presenciar con mis propios ojos y de primera mano qué era lo que sucedía allí. Como otro inseguro Tomás, tenía que ver por mí mismo para saber qué sucede para que produzca el milagro de la LUZ.

Estas últimas palabras del padre Mitrofanis alimentaron nuestro agónico suspense sobre lo que tenía en mente. Su fe tambaleante y sus serias preguntas empezaron a afectar también nuestras propias creencias religiosas. Tenía que contarnos más. Estábamos en un dilema: creer o no creer. Buscábamos restaurar nuestra fe.

El padre Mitrofanis notó nuestra angustia cuando vio cuán descorazonados estábamos. “No desesperéis. Sólo escuchad y glorificad a Dios. Recordad que yo era joven, sólo tenía 25 años cuando todo esto pasó”.

Aunque estaba perturbada, mi fe en la Santa Luz permanecía siempre viva en Cristo. Creía firmemente a pesar de mis dudas. En lo profundo de mi alma reinaba la cama. Una gracia celestial parecía flotar por encima de mí constantemente. Pero mis ganas de ver con mis propios ojos dentro de la Tumba cerrada no habían desparecido. Era algo que anhelaba presenciar fervientemente. Sabía que era algo extremadamente difícil y humanamente imposible, a menos que una circunstancia inesperada me permitiera contemplar el milagro.

Mis pensamientos y mi angustia eran vistos por Dios. Él sabía cuán incesante era mi anhelo. Por esta razón me concedió hechos inesperados. Permitió que sucedieran incidentes para fortalecer mi fe. Creó condiciones para que pudiera ser testigo del milagroso fenómeno y predicar eventualmente Sus maravillas.

Entonces algunos pensamientos extravagantes comenzaron a germinarse en mi cabeza.

Puesto que yo, como guardián, soy responsable del Santo Sepulcro, podría pedir un permiso especial para permanecer dentro de la Santa Tumba. Sin embargo, esto sería imposible e inalcanzable. Las regulaciones eran muy estrictas. Por tanto, era una locura incluso atreverme a preguntar. El que escuchara mi absurda petición, me despediría con severidad.

Entonces, debía ocultarme dentro del Santo Sepulcro. Esto parecía enteramente imposible, ya que ni hay espacio ni un rincón en el que esconderme, y evitar el escrutinio de los sacerdotes que investigan antes de la aparición de la Santa LUZ.

Otro tremendo obstáculo sería la ausencia en mi puesto. ¿Cómo podría estar en otro lugar en el momento crítico?. Si hubiera una forma inesperada para ocultarme dentro de la Tumba Vivificante, mi ausencia traicionaría mi responsabilidad como guardián. Justo antes del gran evento soy uno de los últimos en salir de la Tumba, y al término, soy el primero en entrar para acompañar fuera al patriarca.

Con estos pensamientos me atormentaba día y noche. Mis pensamientos siempre eran los mismos, constantes y firmes, sin absoluta renuncia por mi parte.

Debo ver con mis propios ojos.

Debo saber qué sucede dentro de la Tumba cerrada, debo, debo….

Y este “debo”, permanecía constantemente incumplido. No había forma de apaciguarlo o alejarlo. Sólo UNO conocía este anhelo mío, Dios, que conoce incluso cuantos son los cabellos de nuestra cabeza.

Aunque mi deseo estaba más allá de la realidad y era imposible cumplirse, aún creía. Me decía: “Dios no me dejará sufrir en la ignorancia. Él resolverá mi perplejidad y me permitirá tener una primera visión de la Santa Luz”.

  1. EL HECHO INESPERADO

Pasaban los días y no podía hacer nada más que complacerme en el ensueño de mi deseo. Mientras hacía guardia en el Santo Sepulcro, fiel en mis obligaciones, mi corazón me dolía por mis dudas con respecto a la Santa LUZ. Allí donde venía velas apagadas de los peregrinos, recordaba la “vela” gruesa del Santo Libro de Oración. Verdaderamente sufría por mi obsesión con el hecho trascendental.

El padre Mitrofanis se detuvo; permaneció en silencio durante unos minutos. Inmediatamente sus ojos se llenaron de alegría mientras al sentir que revivía por una oleada de fortaleza. Su rostro brillaba con la gracia. En su rostro apareció una amplia sonrisa. “Escuchad”, nos dijo, “lo que el Señor misericordioso me dejó en el almacén”.

Un día, un incidente inesperado cambió toda mi vida. En la pequeña cúpula del Santo Sepulcro colgaban las 43 lámparas. Y sucedió algo terrible. Por la gracia divina, Dios hizo que la cuerda que sostenía una de las cuatro hileras de lámparas doradas se rompiera. ¡Qué calamidad!. Todos se sorprendieron grandemente. Hubo un tremendo desorden y una gran confusión.

Sin embargo, tras la caída de las lámparas, se llenó un espacio vacío de mi alma. Ese hecho inesperado dio solución a mi agonía. El plan más audaz de mi vida iba a cumplirse. Los incesantes “debo” iban a hacerse realidad.

Tras conseguir algo para encaramarme, traté de quitar la cuerda rota. Y, ¡qué descubrí!. Debajo de la cúpula, en un rincón a la izquierda había una pequeña recesión, un nicho imperceptible. Era tan pequeño que a duras penas podía contener a una persona. Mi primer pensamiento fue que si pudiera ocultarme en este pequeño espacio, todo mi escepticismo podría disolverse. Este nicho era desconocido para todos. Me podría proporcionar un punto de visión para observar qué sucede con respecto a la Santa LUZ.

Con motivo de esta revelación, me di cuenta de algo muy significativo. Contemplando el imperceptible “cielo” formado por las 43 lámparas, todo el espacio por encima del Santo Sepulcro estaba cubierto con espeso hollín negro. Esta negrura se formaba por el continuo arder de las luces de las vigilias y las incontables velas encendidas como humildes ofrendas en la Tumba de Cristo. Esto contribuía a la gruesa capa de carbón de la pequeña cúpula que se convirtió en una bendita base para mi plan. Esto me proveyó un medio para ayudar a resolver mi dilema, ya fuera para restaurar mi fe completamente, o en el peor de los casos, para perderla por completo.

Después de este descubrimiento inesperado, fui a ver a mi geronta, el padre Anatolios. Tras describirle la terrible acumulación de hollín en la cúpula, expresé mi deseo de eliminar las muchas capas de carbón acumuladas allí. Le conté que es imposible darse cuenta de la cantidad de polvo y hollín que recubre la cúpula. Esta condición totalmente inaceptable permanece invisible a causa de las lámparas. Añadí que es terriblemente peligroso, porque con una gran posibilidad de que una parte del hollín se desprendiera, este caería sobre la Tumba. Ahora, si sucede durante el momento en el que no hay Divina Liturgia, pues bien. Pero, ¿y si sucede durante la Liturgia?. Añadí muchas otras justificaciones, aunque siempre, con la intención de lograr mi plan. Sin embargo, cada vez que mencionaba mi voluntad de limpiar la cúpula, mi geronta me ofrecía una firme negativa.

“Tal acto, nunca”, decía con un tono de voz severa. “No tales manejos de un solo lado”. Los de otras fes, los armenios, los latinos y los coptos, plantearán inconvenientes inesperados. Exigirán derechos y peticiones irracionales que darán lugar a resultados imprevistos e indeterminados”.

Tras el rechazo de mi geronta, que era principalmente responsable, yo, como su asistente, me conformé.

Me fui, no con la intención de desviarme de mi plan, sino de regresar con más perseverancia. Mi petición, hecha por segunda vez, y con el mismo propósito, tuvo como resultado la misma negativa firme e inmutable. Mi plan, en su primera etapa, era eliminar el hollín en la parte que no se veía de la Santa Tumba. La segunda parte de mi plan, era idear un esquema, para ocultar el interior del Santo Sepulcro. Quería estar seguro de ver con mis propios ojos lo que sucedía con respecto a la leyenda del milagro de la Santa Luz. Hablar y predicar la verdad, o ser contado entre los que no creen y los que declaran que todo es un truco, una burla, una historia falsa y muchas cosas semejantes.

  1. EL PASO FINAL PARA EL ÉXITO DE MI PLAN

Tras muchos días de suplicarle a mi geronta, el padre Anatolios, me despedía con su rechazo habitual. Finalmente, encontré una nueva forma de lograr mi plan. Era un paso desesperado, muy atrevido y peligroso, pero muy efectivo. Debéis tener en cuenta que la Divina Liturgia se oficia en la sagrada Tumba todos los días. Los santos utensilios (la patena, el cáliz, los velos y otros utensilios), están puestos sobre la losa de mármol que cubre la Tumba. por tanto, el Santo Sepulcro se usa como una Mesa de Oblación, como un altar para los Santos Dones. En todas las Divinas Liturgias, el jerarca celebrante o el sacerdote, está de rodillas.

Esto presentaba una oportunidad favorable. Preparé en secreto un trozo de tela, una especie de toldo o baldaquín, para que tuviera las dimensiones del Sepulcro. Entonces coloqué clavos especiales listos para recibir este baldaquín improvisado con pequeños ganchos. Después, quité el hollín de la cúpula y la rocié por los lados de las lámparas, para que al menor movimiento, cayera. Este hollín empezaría a caer sobre el sacerdote celebrante durante la preparación o celebración de la Divina Liturgia.

Mi plan estaba dispuestos de tal forma que forzara a mi geronta a estar de acuerdo con él: es decir, era absolutamente necesario quitar este polvo negro. Ahora estaría convencido y me permitiría seguir adelante y limpiar la cúpula de la Santa Tumba. Yo, mientras tanto, prepararía mi lugar oculto en el niño para poder ver el milagro de la Santa LUZ.

Un día, cuando todo estaba preparado, el sacerdote ortodoxo entró para celebrar la Divina Liturgia. Cuando empezó a preparar la Liturgia, por la gracia divina, mi plan se puso en acción. Un pequeño movimiento de la lámpara fue capaz de sacudir el polvo negro que cayó sobre el mármol de la Tumba.

Entonces, el sacerdote celebrante comenzó a protestar y a culparme a mí. Quería hacer caer la responsabilidad y su indignación sobre mis espaldas, diciendo que yo era responsable de tal accidente.

Yo, con calma y apatía acepté toda la culpa. No dije nada. Inmediatamente me acerqué como si yo no supiera nada de lo que había sucedido. Tan pronto como me mostró la ceniza que caía de las lámparas de la Santa Tumba, permanecí escéptico por un momento. Entonces desplegué el baldaquín y lo puse sobre los clavos para que colgara bajo las lámparas e impidiera que cayera más hollín sobre el altar.

Hablaba diciéndome a mí mismo: “Sólo vosotros sois los responsables, todos vosotros, uno tras otro, porque no me permitisteis limpiar este polvo negro”. Al mismo tiempo, la Liturgia de los ortodoxos llegó a su fin.

El sacerdote armenio llegó para celebrar su liturgia, pero Yo, al mismo tiempo había quitado el baldaquín. Ahora, las 43 lámparas eran libres para que dejaran caer el hollín. Entonces, nuevamente sucedió como si una mano invisible moviera las lámparas y el hollín negro cayera continuamente. El sacerdote armenio, a causa de su condición, se vio forzado a salir. No podía celebrar en absoluto. Los latinos se sometieron a la misma prueba. Al mismo tiempo, estos hechos fueron conocidos por todos. Cuando las otras fes se convencieron de que era difícil celebrar la Divina Liturgia, se fueron. Al día siguiente se formularon decisiones precisas. Todos ellos, los ortodoxos, los armenios, los latinos y los coptos, decidieron que el Santo Sepulcro debía ser limpiado. Mi alegría era inimaginable. Mi plan estaba tomando forma. Su ejecución era segura. Mi geronta me llamó y me dijo: “Tenías razón. Sin embargo, no era fácil para mí tomar la iniciativa de que limpiaras la cúpula. Sabes muy bien que las otras fes también tienen derechos y privilegios. No era fácil para nosotros decidir solos. Ahora que todos están convencidos de que es necesario limpiar el lugar, sigue adelante y continúa con tu trabajo”.

Hice mi postración, le di las gracias, besé su mano y me fui.

Qué contento estaba, diciendo poco. El éxito de mi plan estaba por cumplirse más allá de lo que yo esperaba. Sin demora, comencé mi hercúleo trabajo.

El hollín estaba dispuesto en capas gruesas, como en una antigua chimenea nunca limpiada. Toda la cúpula de la Tumba estaba oculta en esta basta suciedad negra. Cualquiera podía darse cuenta de que durante más de 150 años ninguna mano había tocado o intentado quitar la mancha. Después de un intento personal sobrehumano y la gran labor que ejercí, me esperaba una gran sorpresa. Desde lo profundo del hollín debajo del polvo negro, había un hermoso icono-mosaico bizantino, una rara obra e arte, de Cristo Resucitado con dos ángeles celestiales con vestiduras blancas sentados en la Tumba. Allí, con ellos, estaban las mujeres miróforas, María Magdalena, María, la madre de Santiago y Salomé, y la Santísima Theotokos. Una multitud de ángeles llenaba el fondo de esta obra maestra única. La disposición de las piedras de todos los colores disponía una escena especialmente conmovedora que dejaba sin aliento. Sin embargo, lo más asombroso era el hecho de que esta santa obra de arte estuviera situada en el mismo lugar en el que sucedieron estos hechos divinos.

Después de completar mi fatigoso trabajo, las visitas comenzaron de nuevo. Toda persona que entraba en la Tumba era presa del asombro y la alegría. La limpieza del espacio y el reluciente icono-mosaico de la Resurrección, llenaban de admiración y entusiasmo a todos los visitantes. Al mismo tiempo, yo era felicitado por todos.

Mi geronta, el padre Anatolios, se llenó de satisfacción especial por mi habilidad para eliminar de la Tumba tal cantidad de suciedad. No tenía ni idea de lo que tenía en el almacén para el futuro próximo, la siguiente Pascua. No sabía que durante el tiempo en el que limpiaba la Tumba, tracé con detalle un esquema temerario con detalles exactos que quedaba por ser ejecutado.

De todos los visitantes, el patriarca fue quien expresó la mayor satisfacción. Pidió mi presencia, y me honró, en reconocimiento por mis esfuerzos, con una medalla del patriarcado. Fue verdaderamente un gesto inusual , porque este símbolo religioso que representa a los santos Constantino y Elena era dado sólo en ocasiones muy especiales. Esta condecoración del año 1926, me estimuló.

Pasaron los días y las semanas, y finalmente pasaron delante de mí los meses hasta que llegó la Gran Cuaresma del año 1926. Mi plan, a pesar de lo peligroso y temerario que era, debía ser ejecutado a toda costa en secreto y con toda precaución. Sin embargo, había una tremendo obstáculo, mi ausencia. ¿Cómo era posible para mí, no estar presente el Sábado Santo?. ¿Quién prepararía todos los procedimientos para la ceremonia?. Naturalmente, estaba mi geronta, el padre Anatolios. Sin embargo, el día que comencé mis obligaciones como guardián de la Tumba, él se retiró y tomó otras obligaciones en otro lugar del que no podía irse tan fácilmente. ¿Cómo podría dejar su propia misión, y hacerse cargo de mis obligaciones?.

“Sin embargo”, me decía a mí mismo, “si algo inesperado sucediera, si durante estos días me pusiera enfermo, si no fuera capaz de moverme y salir del hospital o de mi celda, si me fuera imposible servir durante la ceremonia de la Santa Luz, por cualquier razón seria, ¿qué haría él?. ¿No se ofrecería para cubrir la vacante y llevar a cabo mis obligaciones?”.

Estos pensamientos diferentes, uno tras otro, me atormentaban temerosamente. Mi plan debía ser ejecutado. El nicho estaba listo y tenía la posibilidad de protegerme y mantenerme completamente fuera del alcance de la vista. La única cosa que quedaba era idear una razón plausible para mi ausencia durante el Sábado Santo. Mi geronta debía saberlo. Pero necesitaba una excusa seria. Tuve algunos pensamientos. Estudié circunstancias improbables, que me parecían de alguna forma justificadas, y finalmente me acerqué a mi geronta con gran temor y duda.

“Padre santo”, le dije, “he recibido una carta de Grecia, informándome de que durante la Semana Santa, un pariente mío, un coronel, vendrá a visitarme. Se quedará unos pocos días y se irá el Sábado Santo. Me pone en una difícil situación con una petición. Me ha pedido que le ayude con su partida porque no conoce el idioma ni los lugares de aquí. Le prometo que durante el servicio de la Santa LUZ, al menos hacia el final, estaré presente. Sin embargo, estaré ausente el Sábado Santo por la mañana hasta ese momento. ¿Me da su bendición, geronta?”.

Cuando escuchó mi petición, se levantó de su silla, y con una austeridad sin precedentes, me dijo: “Siempre pides las cosas más difíciles e inapropiadas. El día del Sábado Santo estamos literalmente ahogados con tareas y responsabilidades, ¿y me pides estar ausente?. Lo único que te pido es que no me repitas lo que me estás diciendo ahora”.

Sus palabras fueron estrictas. El tono de su voz no permitía ninguna discusión. Con su negativa, me fui. Sin embargo, al día siguiente, regresé con gran vacilación. Durante el transcurso de nuestra discusión, que se desarrolló sobre diferentes temas, repetí mi petición. La respuesta fue una firme negativa. Pero se repitió este tema todos los días hasta el final de la Gran Cuaresma. Entonces, mis ruegos estuvieron acompañados con lágrimas, y mis lágrimas, con fervientes oraciones. Rezaba a Dios para que iluminara a mi geronta y me diera permiso para estar ausente.

Vencí tras mi perseverancia y mis continuas oraciones. Inesperadamente, en vez de su negativa, me dijo: “¿Prometes que durante el momento de la Santa LUZ estarás presente?”.

“Si”, respondí con certeza, pues estaba seguro de esto. “Entonces, vete con mi bendición. Que Dios te acompañe”.

¿Qué podía añadir a la respuesta de mi geronta?. ¿Mis sentimientos?. ¿Mi alegría?. ¿Mi agonía?. ¿El temor que me conquistó?. ¿Qué?. Pues tras esta decisión, iba a comenzar la ejecución de mi plan final.

Durante aquellos días, (el inicio de la Semana Santa), multitud de peregrinos comenzaron a llenar la Cuidad Santa. Mientras todo estaba dispuesto en mi mente febril, crecía la agitación en mi corazón y las palpitaciones en todo mi cuerpo llegaban a un punto insoportable. La fase final de mi plan aún permanecía sin solución. ¿Cómo y de qué forma subiría al nicho sin ser visto?. Naturalmente, utilizaría alguna especie de escalera. Sin embargo, después, ¿cómo quitaría esta escalera?. No me sería posible subir y al mismo tiempo quitarla. La dificultad sólo la resolvería y alguien quitara la escalera después de que yo subiera a mi lugar oculto. Sin embargo, quienquiera que fuera, sabría que yo estaría en el Santo Sepulcro. Sabría que alguien estaba oculto en el lugar que estaba estrictamente prohibido. El resultado sería terrible. Ya fuera consciente o inconscientemente, revelaría mi paradero. Inmediatamente lo sabrían los responsables. Tendría consecuencias imprevistas. La Ortodoxia sufriría la vergüenza a ojos de los otros credos. La decepción desmoronaría la confianza de la gente en sus creencias. Si todo fracasara, yo seguiría encadenado a obsesivas preguntas y dudas en lo que concierne a la Santa LUZ y mi fe.

  1. LA SOLUCIÓN INESPERADA AL DILEMA

Con todos estos pensamientos me sentí tentado a abandonar todo mi plan, porque los riesgos que corría podían destruir mi objetivo. En el peor momento de mi desesperación, llegó la solución a mi mente. Me acordé de una persona de buen corazón, amable e inocente. Para él sería imposible concebir mis planes, y mucho menos, imaginar la jugada más hábil y audaz de mi vida. Por tanto, decidí acercarme a él.

Esta persona era el portero de la Santa Iglesia de la Resurrección que, cada día, con el uso de una escalera, abría la gran puerta de la Santa Iglesia, por la mañana, y la cerraba por la noche. Era el padre Nikandros, fiel en su deber, que gozaba del respeto y la veneración de todos. Se caracterizaba por su obediencia y su humildad ejemplar. Este simple monje era muy amado, siempre dispuesto, y nunca se negaba a servir a nadie. Me acerqué a él, y tranquilamente, con natural indiferencia, le dije:

“Padre Nikandros, necesito pedirle un favor. Sobre medianoche, después de los oficios del Gran Viernes, ¿me ayudaría con su escalera para poder inspeccionar las lámparas del Santo Sepulcro?. También necesito comprobar las lámparas de la Santa Piedra. Puesto que soy responsable, quiero evitar cualquier descuido durante el servicio de la Santa LUZ.

Tengo la sensación de que algo no esté como deba, y quiero comprobar todas las lámparas con la escalera. No es necesario que espere hasta que termine. Usted cogerá la escalera y podrá irse. Cuando lo compruebe todo, será fácil para mi bajar. Tengo una forma. No se preocupe”.

El padre Nikandros, sin ningún signo de sospecha sobre lo que yo iba a hacer, aceptó mi petición.

  1. VI LA SANTA LUZ

Eran exactamente las 12:30 de la medianoche del Gran Viernes hacia el Sábado Santo del año 1926. Mis necesidades consistían en una linterna y un pequeño recipiente con agua, a penas suficiente para saciar mi sed durante las largas horas de confinamiento en el nicho. Estaba seguro de que mi plan sería coronado con éxito. Mi confianza inicial cambió gradualmente a cierto temor, pero predominaba ahora la determinación.

Cuando todo estaba preparado, llamé al padre Nikandros, que sin retraso trajo la escalera. La aseguré, subí y le dije: “Llévese la escalera. Tan pronto como acabe, bajaré”. Y así fue. No estoy en posición, ni tengo fortaleza para describiros mis sentimientos y el estado psicológico en el que me encontraba. Las horas que viví en esa inolvidable situación, lleno de temor y respeto, son indescriptibles.

El gran milagro de los Siglos

Al principio, el sudor frío me mojó de la cabeza a los pies. Todo mi cuerpo temblaba y empecé a temblar. Me sentí como alguien que iba a ser ejecutado. Entonces, experimenté un excesivo gran temor, como nunca lo había sentido antes. Incluso hasta hoy aún busco encontrar la razón para aquel pánico. No puedo dar explicación. Mi sensación de impotencia y desconcierto no tenía precedentes. Al mismo tiempo, dentro de mí, una fuerte, intensa y amenazante voz de censura, me llevaba constantemente a la confusión. ¿Quién más se había atrevido a algo similar en el transcurso de los siglos en el cristianismo?. Si, por alguna razón, te sorprenden allí, ¿qué harás?. ¿Qué justificación darás? ¿Qué excusa te atreverás a pronunciar?. ¿Qué, padre Mitrofanis?”.

A pesar de esos horribles pensamientos que me aterrorizaban, mi perseverancia no desistí. Debía resolver mis dudas. ¿Por qué debería vivir cada día con preguntas y dudas?. Para mi propia satisfacción, quería verificar lo que pasaba, ya fuera llamado un milagro o un engaño, necesitaba saberlo para que pudiera vivir el resto de mi vida en paz y confianza. Sin embargo, debía estar debilitado, porque mi fuerte persistencia, muy pronto estaba en decadencia y mi arrepentimiento se estaba estableciendo.

Empecé a arrepentirme de las cosas que había hecho hasta aquel momento. Sentí que algo me decía forzosamente: “¡Baja rápidamente!. ¿Por qué te enredas en tal situación?. Aún estás a tiempo. En un momento, empezará la Divina Liturgia. Terminará a las 4 de la madrugada. Inmediatamente, vendrán los armenios, y su oficio durará horas. Te verás obligado a estar continuamente en silencio, sereno y en calma. ¿Aguantarás?. Y si no, ¿entonces qué?. Después de los armenios, vendrán los latinos. Hasta las 6:15 de la mañana, cuando terminen su liturgia, no podrás hacer ningún movimiento o sonido. ¿Y si algo te molesta en la garganta y te ves obligado a toser?. ¿Entonces qué?. ¿Y bien?. ¡Ay de ti, y tres veces, ay de ti!. ¿Qué será de ti, padre Mitrofanis?”.

Empecé a lamentarme por mi decisión precipitada e imprudente. Me reprochaba a mí mismo continuamente y me decía repetidamente: “Todo el mundo cree. ¿Quién eres tú para no creer?. Piensa en las consecuencias si te descubren. ¡En qué terrible y difícil posición te encontrarás entonces!”.

Mientras todos estos pensamientos perforaban mi conciencia, mis ojos estaban pegados a mi reloj. Los minutos me parecían días y las horas parecían durar años. Las agujas del reloj, como en venganza por mi imprudencia, rechazaban moverse.

Finalmente, eran las dos en punto de la madrugada del Sábado Santo, cuando el sacerdote ortodoxo vino llegó al Santo Sepulcro para comenzar la Divina Liturgia. Tras la adoración ortodoxa, justamente a las 4 de la mañana, llegó el sacerdote armenio y comenzó inmediatamente su liturgia.

La insoportable fatiga de estar en una posición restringida agravada por la vigilia prolongada, afectó mi escucha. Todo sonido reverberaba por todo mi palpitante y febril cuerpo. La agotadora tensión y el agotamiento de los días previos combinado con la fatiga y la monotonía constantes me llevaron a tener unos mareos inimaginables. Finalmente, terminó el servicio armenio y llegaron los latinos. Para mantenerme alerta y despierto, seguí y observé muy de cerca lo que ocurría durante la duración de cada liturgia. Vi panes sin levadura, delgados y redondos, utilizados como Cuerpo de Cristo, en vez del pan que usamos los ortodoxos. Con la respiración calmada, me senté pacientemente. La necesidad de toser era innecesaria ya que tenía buena salud, pero mi boca estaba seca por la agonía. Sólo de vez en cuando ponía un poco de agua en mis labios para refrescarlos y humedecerlos.

A las 6:15 de la mañana del Sábado Santo, el último de los latinos se fue y el Santo Sepulcro fue entregado a mi geronta, el padre Anatolios.

Imaginaos el sobresalto que habría tenido si hubiera sabido que estaba allí a su alcance. En verdad, ¿qué habría pasado?. ¡Qué terrible reacción podría surgir si supiera que mis ruegos y lágrimas eran una monstruosa mentira, una mentira a la que me vi forzado a recurrir para pacificar mi duda!.

Inmediatamente, empezaron los preparativos, que en otras circunstancias yo habría el primero en llevarlas a cabo. El padre Anatolios apagó, una tras otra, las 43 lámparas del Santo Sepulcro. Entonces, fue a la entrada de la Tumba, donde estaba la Santa Piedra. Allí se ocupó de tener el sello de cera listo.

No hubo retraso en esta preparación, porque a las 11 en punto, se haría la búsqueda de cualquier instrumento capaz de encender. Inmediatamente después, las puertas de la Tumba serían selladas. Exactamente a las 12 del medio día, el Santo Sepulcro sería abierto. Cada Sábado Santo, esta rutina era hecha con atención en cada detalle. Yo estaba al tanto de todos los movimientos. A las 11 en punto, cuando la Tumba fue sellada, yo estaba completamente a oscuras. Encendí la linterna que tenía conmigo y vi en la Tumba la santa lámpara. La vi, esperando que una mano invisible le diera LUZ. Junto a ella, vi el Libro de Oración cerrado, excepto por una gruesa vena entre algunas páginas que permitiría un fácil acceso a las suplicas especiales. Apagué la linterna. Mi agonía llegaba a su clímax. Recé a Cristo.

“Señor, Tú conoces las razones de mi decisión de estar en este improbable apuro. Todo surgió por las dudas que me atormentan y me debilitan en mi fe. He imitado a tu elegido y amado Tomás. No quiso creer cuando los otros discípulos le confirmaron Tu Resurrección. En su lugar, él quiso ver por sí mismo y tocar tus heridas, y entonces, convencerse.

Yo, más débil que Tu incrédulo Tomás, te suplico ver con mis ojos lo que tiene lugar con respecto a la Santa LUZ. Oh Señor, Tú conoces mi fe, tal y como es. Mi amor no escapa a Tu omnisciencia. Mi Señor y Dios, hazme digno de ver lo que sucede para que la fe reemplace a la incredulidad. Además, incluso Tus discípulos te pidieron seguridad aunque fueron testigos de innumerables milagros. Ellos dijeron: “Añádenos fe” (Lucas 17:5)”.

 Cuando terminé mi oración, encendí de nuevo la linterna para ver la Santa Tumba. La luz caía precisamente sobre la vela. “Oh, esa vela”, dije. “¿Qué está haciendo aquí esta vela?”. En un momento, interrumpí mi monólogo, porque noté que la puerta del Santo Sepulcro se abría. Con un rápido vistazo, vi que eran exactamente las 12 en punto del medio día. La agonía empezó a vencerme de nuevo, y mi corazón multiplicaba sus latidos tan rápidamente que pensé que se saldría de mi pecho. Sentí una fuerte presión sobre mí. Estaba a punto de desmayarme. Intenté controlarme con todas mis fuerzas y dar valor a mi tembloroso cuerpo. El sonido de los pasos dentro de la primera cámara de la Santa Piedra me sobrecogió. Durante un breve momento, noté la silueta del patriarca, que se agachó con el fin de entrar en el espacio de la Tumba Vivificante.

Mi excitación había alcanzado un punto temible. Sin embargo, estaba tan inmerso en un silencio interminable que a penas podía escuchar mi propia respiración. De repente se oyó el silbido de un viento suave. Era similar a una fina brisa de viento. E inmediatamente una visión inolvidable, una LUZ azul llenó toda la Tumba. Aquella LUZ azul daba vueltas y vueltas, como un fuerte torbellino, cuya fuerza puede desarraigar los árboles más altos, cogerlos y lanzarlos. La inquieta LUZ azul giraba a la velocidad del rayo y luego los movimientos fueron más lentos.

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Dentro de la luz vi muy claramente al patriarca. Las gotas de sudor caían por su rostro. Mientras estaba de rodillas, puso su dedo en la abertura del santo libro donde estaba la “vela”. Mientras tanto, colocó sobre la Tumba cuatro manojos, cada uno con 33 velas. Cuando la misteriosa LUZ cambió a un brillo estable, el patriarca abrió la página de la “vela” y empezó a leer las oraciones.

Entonces, la calmada LUZ azul, comenzó un movimiento inquieto. Era un torbellino inimaginable e indescriptible, más fuerte que el primero. Inmediatamente, comenzó a cambiar su color a una LUZ totalmente blanca, como en la Transfiguración de Cristo (Mateo 17:2). Gradualmente, la LUZ blanca empezó a tomar forma de un disco, brillante como el sol, y se detuvo inmóvil precisamente sobre la cabeza del patriarca. Vi al patriarca coger con sus manos los manojos de velas. Los levantó y esperó. Estaba esperando la llegada de la esquiva LUZ de Dios. Mientras levantaba sus manos lentamente, no muy por encima de la altura de su cabeza, instantáneamente, como si estuviera tocando un horno encendido, la santa lámpara y los cuatro manojos de velas se encendieron. En un instante, ese disco brillante desapareció ante mí.

Mis ojos se llenaron de lágrimas. Sentí escalofríos en mi columna mientras todo mi cuerpo ardía. Tuve la sensación de que me envolvían las llamas salvajes de un horno incandescente. Todo mi cuerpo estaba empapado de sudor, mientras que mi mente, mi corazón y mi alma parecía paralizados por la revelación celestial de la Santa LUZ.

El patriarca, profundamente conmovido, y en estado de gozo, salió. Por reverencia al santo espacio de la Tumba, inclinó su cabeza y salió hacia atrás para entrar en la cámara de la Santa Piedra. En sus manos estaban los manojos de velas encendidas por las llamas de la divina LUZ. ¡Aquí estaba la evidencia de la Gracia en su gloria!.

Ahora era el momento para que el primer manojo de velas fuera presentado al prelado ortodoxo. Por alegría, fue llevado a hombros de los fieles para llevar  la LUZ a toda la Iglesia de la Resurrección. De su mano, la LUZ pasó a toda la gente, que clamaba tener sus velas encendidas por la santa LLAMA.

Los prelados armenios, los latinos y los coptos recibieron sus manojos de velas encendidas, y a su vez, distribuyeron la santa LLAMA a sus seguidores.

Las campanas de la Santa Iglesia de la Resurrección comenzaron a sonar jubilosamente mientras que toda la gente, eufórica y jubilosa, empezó a cantar con fervor himnos de alabanzas y gratitud a Cristo Resucitado.

El repique de campanas, que sonaba como las trompetas del cielo, proclamaba a los fieles el mensaje de la Resurrección, “¡que el Señor en verdad ha resucitado!”.

Durante el momento de gran alegría y con la excitación de la gente entusiasta, vi una oportunidad. Sin perder tiempo y tras un rápido vistazo, salté del nicho y bajé al espacio de la Santa Tumba. inmediatamente cogí la santa lámpara y el santo libro de oraciones del que era responsable, así como de la gruesa “vela” que había sido usada sólo como marcador de la página de oraciones. En un momento, aparecí ante mi geronta, el padre Anatolios. Él, asombrado por mi inesperada presencia, me preguntó: “¿Cómo has llegado aquí, padre Mitrofanis?”. “¿No me vio, geronta?. Estaba cerca de usted. Estaba a su lado. Prometí que estaría aquí a tiempo y aquí estoy!”.

Ahora, amigos míos, si podéis poneros en mi lugar, y si podéis percibir la gama de sensaciones que percibió mi alma, entonces, dejadme comparar dos Pascuas para vosotros, la de 1925 y la de 1926. Así como fue grandísima la tristeza que sentí en la Pascua del año anterior, así fue mucho mayor la alegría que sentí en la Pascua siguiente. Así como mi fe era inconmovible el pasado Sábado Santo, mucho más ferviente y fuerte fue en la Pascua siguiente. Allí donde mis ojos se volvían, en cualquier dirección, dentro y fuera de la Iglesia de la Resurrección, en todos lados veía ante mí, la LUZ Azul Celestial. La veía inquieta y vibrante con una increíble velocidad.

En todas partes escuchaba su débil pero penetrante torbellino, y sentía su delicado aliento fresco tocándome. Su gracia celestial me ensombrecía. La visitación del Espíritu Santo me llenaba, aunque me sentía tan indigno.

Inmediatamente, todo mi ser fue transportado a la habitación superior de Sión, allí donde los discípulos estaban reunidos y esperaban el don de lo alto, del Espíritu Santo.

El temor que se apoderó de mí, llenaba mi alma con un gozo inexpresable y mantenía mi mente en el Divino Hecho. Mediante mi imaginación seguí la visión celestial. Continuamente veía la inquieta presencia de la misteriosa y ultramundana LUZ azul llenando la Santa Tumba con su resplandor único, iluminando todo el entorno. Vi su blanca transformación y su cambio a un brillante disco de un día de verano.

Nuevamente regresé a la habitación superior de los discípulos. Traje a mi mente la infinita quietud y su espera. De repente, escuché que “ sobrevino del cielo como un viento que soplaba con ímpetu” (Hechos 2:2).

Sí, la habitación superior se transformó en un lugar para el descenso del Espíritu Santo. Para mí, la Santa Tumba sustituyó a la habitación superior. Allí, “en forma de lenguas de fuego”, aquí, en la Santa LUZ. Allí, la gracia se distribuyó a los discípulos, aquí, a la multitud de los fieles.

Pasó mucho tiempo. Sin embargo, no tenía el poder o la intención de despedir de mi mente la visión celestial. El maravilloso gozo no se iría de mi alma. Continuamente repetía: “Gloria a Ti, oh Dios”. A veces, mientras pensaba en la paciencia de Dios, con vergüenza y remordimiento, me reprendía a mí mismo por las dudas y por mi persistencia en ser testigo para creer. En Su infinito Amor, Él me concedió lo que quería y satisfizo el anhelo de mi alma.

Otros también han visto la Santa LUZ, en el santo día de Sábado Santo, mas sin embargo, no de la misma forma. Cada uno, según el grado de su fe, es hecho digno de esta visión. Algunos ven la Santa LUZ como un rayo de luz similar a un relámpago. Otros, ven la Santa Tumba rodeada de llamas. Otros, vez una pequeña LUZ, como la de una estrella brillante.

También hay no creyentes que van durante el Sábado Santo a la Iglesia de la Resurrección y piden ver la Santa Luz. Esta gente ingenua no comprende que todo depende de la fe. Puesto que no creen, malinterpretan y hablan despectivamente de todo lo que ocurre. Esto refleja el vacío en sus almas. Todo lo que quieren, es discutir con los que creen.

  1. MI CONCIENCIA CULPABLE Y MI CONFESIÓN

“Alguien pensaría”, continuó el padre Mitrofanis, “que el mismo gozo y los mismos sentimientos espirituales me seguirían para siempre. Yo pensaba que la vida seguiría como de costumbre, sin que yo mencionara a nadie lo que hice y lo que contemplé. Sin embargo, después de varios días, mi alegría fue desplazada por un penoso e incesante remordimiento. Eventualmente me afligí con una tenaz melancolía que parecía luchar contra mí y extinguir mi gozo sublime. Poco a poco, estos sentimientos opuestos empezaron a despertar en mí una conciencia culpable, tan fuerte, que no era capaz de eliminarnos y encontrar algún grado de serenidad.

¡Qué he hecho!, me decía a mi mismo. ¿Qué hice tan irreflexivamente? ¿Cómo pude atreverme a algo tan estrictamente prohibido como para ocultarme en la capilla del Santo Sepulcro?. ¿Qué hay de todas las mentiras que utilicé para triunfar en mi plan?. ¿No es esto otro temible pecado?.

“Sí, un temible pecado”, una voz extraña se oyó resonar en todo mi ser.

“¿Y qué debo hacer?”.

“Debes ir a la confesión”, repetía la voz. “Debes ir a la confesión y debes ir al patriarca mismo”.

Inmediatamente tomé una firme decisión. Sin embargo, era presa del temor y me detuve en mi resolución.

Con estos sentimientos de mi lucha personal interna, la alegría se fue completamente de mí. Las lágrimas surgieron en mí y lloraba todo el tiempo. Durante cuarenta días estuve luchando por conquistar el temor y la consternación que me atormentaba. Cada día me acercaba a la puerta del patriarca, dispuesto a llamar. Sabía que debía avanzar hacia mi arrepentimiento, pero el temor y las palpitaciones siempre me hacían volverme. Este temor era tan poderoso e inflexible que me impedía obrar mi decisión.

Mis hermanos monjes se dieron cuenta. Estaban preocupados. El semblante triste de mi cara y las continuas lágrimas me traicionaron. Todos querían saber cuál era el problema. Se acercaban a mí para saber la razón de mi angustia. Cuando escucharon que algo serio me había pasado, me aconsejaron ir a la confesión. Les dije que debía ir al patriarca. Me aconsejaron un padre confesor más capaz, pero yo era firme sobre confesar con el santo patriarca.

No pasó mucho tiempo antes de que mi insana condición fuera conocida por el patriarca. Cuando escuchó de otros que yo quería visitarle, inmediatamente envió un mensaje diciéndome que me recibiría. Ahora, sólo quedaba la determinación y el valor para fortalecerme para el encuentro.

Tenía que poner fin a mi prolongada angustia. Por esta razón, y sin más retraso, decidí visitar al santo padre.

Me acerqué a la oficina del patriarca lentamente y con gran vacilación. El terror se apoderó de mí. No sabía a qué me enfrentaba. Mi corazón comenzó a latir furiosamente. Mis rodillas temblaban. Finalmente, levanté mi mano para llamar a la puerta y tímidamente, por decirlo así, entré. Hasta ahora, la necesidad de retirarme había disminuido y sentía que en ese momento podía cumplir un deber que mi conciencia me había impuesto. Tan pronto como me puse frente al santo geronta, me puse de rodillas y comencé a llorar, tanto, que era incapaz de hablar. “Acércate, hijo mío”, escuché decir al patriarca. “¿Por qué tantas lágrimas?. ¿Has matado a alguien?. Acércate. La confesión y el arrepentimiento sincero lo absuelve todo. Cristo fue crucificado para permitir que todos, justos e injustos, se arrepintieran de sus pecados y entraran en Su Reino. La confesión es un gran sacramento”.

Cuando escuché estas consoladoras palabras, “que la confesión y el arrepentimiento sincero lo perdona todo”, me fortalecí. El peso que oprimía mi alma se fue, tan pronto como pude decir: “santo padre, preferiría mil veces haber matado a alguien que lo que he hecho”.

Cuando el patriarca escuchó estas palabras, me preguntó con asombro y aún, con solicitud: “¿QUÉ ES EL FUEGO SANTO entonces, hijo mío, que has hecho y has creado en mí tal suspense?. ¿QUÉ ES EL FUEGO SANTO?. Confiesa para que tu conciencia pueda aliviarse y tu alma sea liberada del dolor de la culpa”.

Mi santo geronta, tracé un peligroso y prohibido plan. Lo que hice, y las mentiras que dije para triunfar fueron tremendas. Viví semanas y días en agonía y temor. Tras tener éxito y superar muchos obstáculos, me oculté dentro del Santo Sepulcro. Nadie, absolutamente nadie, lo supo.

Tras escuchar mi confesión, el patriarca estaba tan asombrado que su rostro cambió de color y sus ojos expresaron una temible inquietud. Se levantó de su silla, con sus manos levantadas y con una voz de temor, exclamó: “¿Cómo te atreviste a tal acato, hijo mío?”. Mi trémula voz respondió: “Para apaciguar mis dudas y para apartar mi alma de la incredulidad, santo padre. Tenía que ver por mí mismo la autenticidad de la Santa LUZ. Quería comprobar por mí mismo la aparición espontánea de la Divina LUZ”.

Aunque debía tener una mirada atemorizada en mi rostro, sentí calma y mi respuesta, con optimismo, fue convincente. Por mi parte, no se hacía evidente ninguna expresión de desesperación.

El santo geronta, recuperándose de la inesperada y sorprendente revelación, pronto se calmó. Cogió su silla y se sentó de nuevo.

Surge una analogía de toda esta escena. Así como un mar tempestuoso despierta el temor y la desesperación en los que navegan, así me sentía cuando tuve mi encuentro con el santo geronta. Sin embargo, cuando la tormenta se calma y prevalecen las aguas tranquilas, así fue cuando el patriarca recuperó su compostura. Con gentil afección paternal, y también con gran perplejidad, me preguntó: “¿Cómo fuiste capaz de ocultarte en el Santo Sepulcro, ya que no hay ningún espacio para ocultar nada?”.

“Santo padre, lo conseguí escondiéndome en un nicho que descubrí. ¿Recuerda cuánta confusión y dificultad hubo con la necesidad de la limpieza inmediata de la Santa Tumba?. Emprendí esta tarea increíblemente difícil. Puesto que hice todo lo posible para llevar a término esta obra, descubrí un pequeño espacio en un rincón bajo la cúpula. Con gran dificultad podía ocultarse una persona pequeña. Yaciendo en un lado con gran esfuerzo para no caer, permanecí allí oculto desde medianoche del Santo Viernes. Llevaba conmigo un poco de agua y una pequeña linterna que utilizaba de vez en cuando. Quería saber porqué la vela que estaba en la página del santo libro era necesaria.

En un momento determinado, sin darme cuenta, y mientras temblaba de miedo, accidentalmente apreté el botón de la linterna, y de repente, hubo una iluminación instantánea del Santo Sepulcro. Usted se dio cuenta, lo sé”.

“¡Sí, hijo mío. Sí!. Me di cuenta de esto y me sobrecogió el temor. De hecho, mencioné este incidente en el santo sínodo durante su reunión”.

“Por esta razón, santo geronta, y por todo lo que he hecho, tenía que confesar. Ya no podía soportar el pecado de mi conciencia”.

“Tras esto, ¿qué viste, hijo mío?”, me preguntó el santo geronta.

“Santo geronta, vi la Santa LUZ”. Se la describí con gran detalle, y todo lo que contemplé. El patriarca se hacía continuamente la señal de la cruz y glorificaba a Dios. Con lágrimas en los ojos, me dijo:

“Yo no vi absolutamente nada, hijo mío. Y lo que te voy a confiar ahora, no lo repetirás a nadie hasta que yo muera”.

Cuando, por la gracia de Dios, soy hecho digno de recibir la Santa LUZ de la Tumba de Cristo Resucitado, me pasa lo siguiente.

Cuando mi conciencia está tranquila y nada ocupa mis pensamientos, nada que tenga el poder de ensombrecer mi tranquilidad y mi devoción por Dios, se apodera de mí un inexpresable gozo. Tan pronto como entro en la Santa Tumba, leo unas pocas líneas del Libro de Oración. Cuando levanto los manojos de velas para la invocación de la LUZ, entonces, por la Gracia de Dios, las lámparas, así como las velas, están encendidas.

Pero si la calma no me acompaña, y no tengo la preparación adecuada y mi devoción a Dios, no tengo ese gozo increíble. Entonces, tan pronto como me inclino para entrar en la Santa Tumba, veo ya la lámpara encendida, y de ella, enciendo las velas.

Vete, por tanto, hijo mío, con mi bendición. Que Dios, que te ha hecho digno de ver la Santa LUZ, esté siempre contigo”.

Después de mi confesión, recibí la bendición. Besé con mucha humildad la santa mano del patriarca y me fui. Desde entonces, he estado lleno de paz y de calma. Desde aquel día continué con firme fe y devoción mis obligaciones. Todos los días daba gracias y glorificaba a Dios.

 

Traducido por psaltir Nektario B.

para cristoesortodoxo.com

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