Vi la Santa Luz, parte 3

 

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  1. MI PRIMERA PEREGRINACIÓN

El padre Mitrofanis se detuvo durante unos momentos y bajó su cabeza. Levantó sus manos cruzadas, que descansaban sobre su pecho, y con ellas se cubrió sus ojos. Permaneció así durante un momento y entonces continuó.

“Después de que sonaran las campanas, vi movimiento en todo el personal del patriarcado. Allí había personal con uniforme especial. A continuación había novicios con su hábito monástico y gorros. Entonces, las campanas sonaron de nuevo, y dieciocho obispos y sacerdotes empezaron a bajar hacia la entrada de la Iglesia de la Resurrección.

Me quedé sin habla ante esta visión. Con reverencia y admiración, seguí a lo que parecía ser las Huestes celestiales de ángeles y arcángeles alineados para glorificar a Dios. Todo el orden sacerdotal formaba una procesión angélica aquí en la tierra para el oficio de Vísperas.

Antes de que pudiera darme cuenta, también me encontraba dentro de la Santa Iglesia de la Resurrección. Impacientemente, buscaba con mis ojos a derecha e izquierda para ver dónde estaba la tumba de Cristo. Cerca estaba el venerable monje, padre Artemio.

“Padre”, le pregunté, “¿dónde está la Tumba de Cristo?”. “Aquí, hijo mío”, respondió. Y con su mano derecha señaló una pequeña pero alta estructura, como una capilla, construida con magnificencia y grandeza.

A la entrada de la capilla vi que la gente entraba reverentemente para adorar allí. Por encima de la entrada del Santo Sepulcro habían lámparas sagradas encendidas y ardiendo con aceite puro de oliva. Las conté. Había 34 kantilia (lámparas).

Cuando el padre Artemio me vio mirándolas, me explicó: “Hijo mío, aquí hay gente de diferentes lenguas y nacionalidades con sus propias interpretaciones del cristianismo. Todos tienen derecho aquí, y todos luchan para quitar a los ortodoxos su autoridad sobre el Santuario. De las lámparas doradas encendidas, 14 pertenecen a los ortodoxos, 13 pertenecen a los armenios y 7 a los latinos (católicos romanos). El padre Artemio me indicó que siguiera adelante.

Me acerqué con gran temor. Mis rodillas temblaban. Me agaché y entré en el primer santo del Santo Sepulcro. Allí, ante mí, encima de una especie de pequeña columna había un trozo de piedra en una vitrina de cristal. Le pregunté al monje que había allí, si era tan amable de decírmelo. Él respondió: “Este es un trozo de la losa de piedra que el ángel hizo rodar de la Tumba. Sólo se salvó un trozo. El resto, trozo a trozo, se lo llevaron reyes y príncipes, gobernadores y gente sencilla. Sólo quedó esta pequeña parte y ha sido preservada a través de los tiempos como una santa reliquia. Ahora es utilizada como altar durante la Divina Liturgia”.

Levanté mis ojos para examinar más de cerca el entorno sagrado. Vi más kantilias doradas encendidas, alineadas unas al lado de otras. Mientras estaba allí mirándolas, el monje continuó: “¿Ves estas lámparas de aquí?. Cinco pertenecen a los ortodoxos, que las encienden todos los días. Las otras cinco pertenecen a los latinos. Cuatro pertenecen a los armenios y la que cuelga sola pertenece a los coptos de Egipto”.

Tras detenernos en la primera parte de la capilla, avancé con asombro al entrar en el santuario interior, donde estaba la Tumba. Aquí, la segunda entrada era muy pequeña en comparación con la primera.

La altura de la puerta era más baja, lo cual hacía imposible entrar en posición vertical. Por tanto, una persona tenía que inclinarse hacia delante para poder entrar.

Momentáneamente, mis ojos vieron una inscripción sobre el dintel, que decía:

“¿Por qué buscas entre los muertos al que está vivo? Ha resucitado”.

Estas eran las palabras que el ángel dirigió a las mujeres miróforas la mañana de Pascua. Sentí como si el mismo ángel se apareciera ante mí, y me mostrara el lugar donde los discípulos habían enterrado a Cristo. Avancé con la cabeza inclinada, frente a la tumba sagrada. Temblando, caí de rodillas y me puse a rezar. No pude evitar que mis lágrimas cayeran sobre la Tumba de Cristo.

“Esto”, dije, “es el fin de un largo y agonizante viaje. Estaba aquí, no en mi imaginación, sino en realidad. Estuve arrodillado mucho tiempo mientras las lágrimas de mi gratitud caían libremente para dar gracias al que me había traído aquí”.

Tras mi veneración con la cabeza inclinada, me volví hacia atrás y salí con un temor abrumador. Cuando salí de la Tumba de Cristo, encontré al padre Artemio esperándome. En aquel momento, mi vivo deseo era visitar el Gólgota, donde Cristo fue crucificado. Era la hora del oficio de Vísperas en la sagrada Iglesia de la Resurrección. Multitud de personas estaban congregadas esperando para asistir. El padre Artemio me miraba, y viendo mi impaciencia, me llevó de la mano hasta donde estaba el Calvario.

Inmediatamente me encontré ante una subida muy alta de paso escarpado. Ascendí sin dificultad. Cuando llegué a la cima, allí, ante mí, se representaba el Cristo Crucificado. Mientras estaba viendo Su Santo rostro cayendo a la diestra, mis ojos se fijaron en el apenado rostro de Su Santa Madre y en el de San Juan. Lo que contemplé, hizo que se agitara tanto mi corazón y mi alma, que nuevamente mis ojos se llenaron de lágrimas.

Me conmoví tanto que pensé que iba a desmayarme. Parecía, más allá de toda acreencia, que estaba realmente aquí, en el lugar del sacrificio del Cordero e Hijo de Dios. Aquí probé el dolor y la pena de la Santa Theotokos y del discípulo amado. Aquí estaba experimentando el Divino Sacrificio por la salvación de la humanidad.

Cuando me recuperé de las abrumadoras emociones que surgieron en mí, me arrodillé y recé. Una fragancia parecía surgir de la Cruz. Alguien debe ser extremadamente sensible a la divinidad del Lugar para detectar la dulce y delicada esencia que es signo de la gloria de Dios. Aquí, el peregrino, en esta sobrecogedora escena del Calvario, es transportado al mundo celestial.

Habiendo expresado mi profunda devoción, humildemente ofrecí una enorme gratitud al que había sido crucificado por mi salvación. Me fui con reverencia y profunda humildad. El oficio de Vísperas ya había empezado y podía escuchar el primer himno mientras se estaba cantando. Me acerqué al ambón del cantor y empecé a acompañarle con mi voz. No puedo olvidar con cuánto sentimiento cantaba esta primera tarde los himnos de nuestra Iglesia “Señor, a Ti te clamo” (Salmos 141).

Las vísperas de aquel día aún están en mi alma y a menudo las revivo en mi mente.

Cuando todo el mundo salió, me quedé casi solo para disfrutar de la belleza y la santidad de todo lo que había dentro de la iglesia. Mientras me disponía a salir, un santo asceta anciano se acercó a mí. Tenía una frágil figura, y un cuerpo casi esquelético se ocultaba dentro de su vestidura de monje. Su presencia evocaba un profundo respeto. Lo recuerdo como una sombra más que como una persona.

Era el padre Gerasimos, el sacristán del Santo Sepulcro. Él protegía todo lo que era santo y sagrado tal como es preservado hoy por el Patriarcado de Jerusalén, desde diferentes vestiduras sagradas, hasta cálices bizantinos. La posición y el oficio del sacristán del Santo Sepulcro es muy significativa y requiere un gran sentido de responsabilidad para la custodia de todas las reliquias. El padre Gerasimos empezó a hablar conmigo. Me preguntó de donde venía y que tenía planeado hacer. Brevemente, le conté sobre mi origen y la historia de mi vida. Entonces, le revelé mi sueño y mi anhelo. Le conté la PROMESA que había hecho de servir en el Santo Sepulcro y ser uno de sus guardianes.

Cuando terminó nuestra conversación, hice tres postraciones ante el santo hombre. Besé su mano y añadí: “Santo padre, quisiera pedirle un favor. ¿Podría escucharme en confesión, por favor?”.

El padre Gerasimos aceptó con mucha dulzura y en aquel mismo día hice mi primera confesión en Tierra Santa. Desde entonces, sentí en mi interior una sensación de paz y seguridad, porque tenía un padre espiritual, un Don del cielo, una Bendición de Dios.

El padre Gerasimos me acogió con mucho amor y afección. El Sacramento de la Confesión creó en mi vida un gran y santo lazo espiritual. Tras mi penitencia, el padre Gerasimos me preguntó: “¿Quieres quedarte conmigo?”.

“Con todo mi corazón, santo padre”, respondí, “y serviré donde me ordene, en cualquier lugar de Tierra Santa. Por amor a Cristo viajé muchos kilómetros atravesando innumerables adversidades”.

Cuando el padre Gerasimos escuchó mi petición, me aceptó y me hizo novicio. Le obedecí y cumplí todos sus mandatos. Una inimaginable calma interior también sobrecogió mi ser y sentí una profunda alegría. No puedo recordar nunca a mi padre espiritual amargado. Practiqué una gran obediencia y realicé toda labor que me imponía para mi progreso espiritual.

Pasaron seis meses desde aquel día. No supe lo que había fuera de la Iglesia de la Resurrección (si ni tan siquiera había una ciudad), porque nunca intenté visitarla y conocerla. No tenía ningún otro pensamiento, ni me preocupaba por saber cómo era el resto de Jerusalén. Nunca tuve curiosidad por explorar los alrededores. Sólo me ocupaba de una cosa: de la obediencia a mi geronta. Mi preocupación se volvió enteramente hacia los oficios de vigilia, a los ayunos y a las oraciones. Sólo esto tomó posesión de mí. Sólo a esto se disponían mis preocupaciones. Finalmente, el canto a Dios fue la quintaesencia de mi vida espiritual.

  1. MI ASIGNACIÓN

El padre Mitrofanis continuó: “Todo este tiempo seguí un riguroso periodo de prueba. Un día, se me notificó que fuera al Patriarcado. Se me dijo que se me anunciaría algo especial.

Toda mi vida y mi conducta habían sido conocidas por el Patriarca Damianos I. ¿Por qué quería verme?. Muchas preguntas surgieron en mi cabeza y me preguntaba qué tendría el padre reservado para mí. ¿Quería descargarse de mí?. ¿Hice algo malo y no era consciente de ello?. ¿Quería anunciarme algo en mi favor o algo contra mí?. Con estos pensamientos me preparé para lo peor.

Con un escolta, nos dirigimos hacia el Patriarcado. Fui conducido ante el santo patriarca, que estaba sentado en su escritorio. “Hijo mío”, me dijo cuando me vio, “tu conducta en el Patriarcado, tu obediencia y toda tu vida ha llegado a mis oídos”. Desde hoy te asigno como GUARDIÁN del Santo SEPULCRO. Debes realizar tus deberes con celo y devoción. Debes servir en el Santo Sepulcro con fe y auto negación, y que el Señor Omnisciente te recompense en Su Reino celestial. Con la bendición de Dios y mis oraciones, avanzarás en virtud. Que Dios te acompañe, hijo mío”.

Tras hacer mis postraciones, besé la mano del santo patriarca, le di las gracias con evidente emoción y me fui. No podía parar las lágrimas que surgían de mí. Por fin se cumplía mi sueño. ¡Quién podría haber creído que yo, sin un mínimo de educación y con limitadas capacidades y habilidades, sería un día honrado con tal santo deber!. ¡Cómo decidió el patriarca ni tan siquiera elegirme a mí!. Sólo Dios lo sabe. Hice mi PROMESA y hoy se me ha considerado digno de realizarla. Te doy gracias, Señor, te doy gracias.

El asombro y la alegría llenaron mi ser y seguía diciendo: “¡yo, guardián de la Tumba de Cristo!”. ¡Qué sorprendente pensamiento encontrarse en tal encomienda!. La posición es envidiable y muchos sueñan con ello. Pero sólo los que son llamados por Dios son dignos de ello. Yo mismo me sentía indigno y atribuía todo el asunto a un milagro.

La historia de este deber tiene sus raíces desde el tiempo en que Cristo fue enterrado y los guardias fueron dispuestos allí para vigilar: “No sea que sus discípulos vengan a robarlo y digan al pueblo: ¡Ha resucitado de entre los muertos!” (Mateo 27:64).

Sólo a los de fe ortodoxa se les permite el privilegio de este noble y exaltado llamamiento. Por tanto, los no ortodoxos no se encuentran entre los que guardan la Tumba de Cristo.

Y el padre Mitrofanis continuó contándonos: “Desde aquel día en que se me concedió el más grande y honrado deber, di gracias a Dios a cada hora e intenté, en todo lo posible y con todo sacrificio, ser consecuente con mis responsabilidades. Como guardián de la Tumba de Cristo debía estar alerta ante cualquier irreverencia o desacralización inesperada. Multitud de fieles, así como de cristianos no ortodoxos de todas partes del mundo venían como peregrinos a la Tumba Sagrada. Venían, y sin que nadie les obligara, o les sugiriera, o les compeliera, caían de rodillas y adoraban. Encenderían una o más velas para expresar su devoción y su amor a Cristo, el Salvador Resucitado.

Millones de velas se encienden durante el año. Ningún otro santuario del mundo atrae a tantos peregrinos. Es una veneración interminable a la Tumba vivificadora, al Gólgota y al Pesebre del Nacimiento de Cristo. Los fieles se preguntan qué atrae a tal multitud de gente, donde todos se arrodillan y adoran una Tumba vacía.

“Grande eres, oh Señor, y tus obras son maravillosas”, dijo el padre Mitrofanis, e hizo la señal de la cruz. ¡Su experiencia le permitió ver muchas cosas y ser testigo de signos, lágrimas y oraciones de muchísimos fieles!. Continuó diciendo: “El guardián de la Tumba es también responsable de la ceremonia de la Santa Luz que se pasa a toda la gente, como bendición divina y celestial, cada año en el Sábado Santo. Esta bendición también es disfrutada por los no ortodoxos que aceptan la autenticidad de la fe. Hay quienes, por ignorancia o incredulidad, niegan la autenticidad de la Ortodoxia. Como resultado, ahora ha miles de cismas y herejías por todo el mundo”.

  1. MI NUEVO GERONTA (Padre espiritual)

Desde el día de mi nombramiento, se me asignó otro padre espiritual, el padre Anatolios, un anciano asceta y guardián del Sepulcro que sería responsable de mí como geronta. Obedecía todos sus mandatos. Era estricto y no se comprometía con nada que fuera en contra de su conciencia y su deber. No le gustaban las contradicciones y no daba la bienvenida a los dudosos con sus ociosas preguntas. Cuando daba una orden, quería que fuera cumplida con obediencia y humildad, las dos características distintivas de un monje devoto.

Por tanto, empecé en silencio y en oscuridad a hacer todo lo que me pedía. Dejé de ser conspicuo y quise que mis servicios fueran hechos de la forma más secreta y humilde posible. Estando dedicado a Dios, practiqué la sumisión y la humillación. Estas se convirtieron en una segunda naturaleza mía. Muy pronto fui revestido en la ceremonia de ordenación monástica.

La solemne iniciación grabó en mí la seriedad del nuevo papel y de mi misión y deberes. Durante los ritos, el patriarca Damianos I, me cambió el nombre de Miltiades al de siervo de Dios Mitrofanis, y fui tonsurado. Ahora, yo tenía el mismo nombre de una figura destacada del Patriarcado de Constantinopla al servicio de Cristo.

Durante un momento, el padre Mitrofanis mostró que quería terminar su historia. Estaba preocupado de que hubiera cansado a sus oyentes, pero estábamos esperando con impaciencia escuchar más y seguir la historia de su vida. Lo más importante es que queríamos que nos contara cómo fue capaz de vislumbrar la Santa Luz. Resumió su narración y de nuevo todos nosotros volvimos a ser sus oyentes, que con fe y confianza escuchábamos todas sus palabras.

Con ardiente anticipación, quisimos conocer el milagro de la Santa Luz que se produce todos los Sábados Santos. El fenómeno de una Luz Divina que aparece en el límite del Sacrosanto Sepulcro llenaba nuestras mentes con asombro y admiración y quizá con tintes de duda.

¿Cómo podía encenderse esta Luz sin la intervención humana?

¿Podía ser una ilusión o era un fraude presente? ¿Podían haber secretos solamente conocidos por pocas personas?. ¿Podía ser que los del exterior, fuéramos engañados?. Todas estas, y muchas preguntas más, agitaban nuestras dudas.

Durante siglos, la gente de todas los credos han buscado explicaciones para la mística pidiendo respuestas responsables, auténticas y reales. Para nosotros, era una gran oportunidad. Tratábamos de aprender, puesto que el padre Mitrofanis había ganado nuestra confianza. Durante cincuenta y siete años completos había sido guardián del Santo Sepulcro. No podíamos dejar que esta oportunidad se nos escapara. Le pedimos que continuara contándonos todo lo que sabía, todo lo que vio.

  1. LA SANTA LUZ: EL CONTINUO MILAGRO DE LOS SIGLOS

El padre Mitrofanis vio nuestro deseo y persistencia. Se conmovió por nuestro ferviente deseo. Vio con qué atención escuchábamos. Mientras pensaba si continuaba o se detenía, de repente la invisible Gracia Divina lo visitó e iluminó su rostro. Sus ojos claros se convirtieron es espejos brillantes. Nos miró con mucha afección y continuó. “La Santa LUZ”, nos dijo, “no está definida. Nadie puede localizarla o contenerla. Es ilimitada e interminable. En el pasado, tanto como puedo recordar, muchos han escrito sobre la Santa Luz. Chrysostomos Papadopoulos la menciona en su libro “La historia de la Iglesia de Jerusalén”. También, sobre el mismo tema, T. P. Themelis escribió con el título “La ceremonia de la Santa Luz”, sobre el centésimo centenario de la sagrada Iglesia de la Resurrección. Si mi memoria no me falla, Adamantios Koraes escribió el libro “Diálogo sobre la Santa Luz en Jerusalén”.

Grande y digna de veneración era la carta de Nicéforo Theotokos a Mihailo Lariseon, que preguntó sobre la Santa Luz. En el Capítulo de 1457 hay una importante disertación sin publicar sobre “La Luz del Sepulcro”, de Neófito Kafsokalivitis. Se han escrito muchas otras obras, de las cuales no me acuerdo ahora”.

Estábamos verdaderamente asombrados por su memoria y conocimiento sobre la Santa Luz, pero interrumpió nuestra admiración cuando nos dijo: “Siento no poder discutir con vosotros tanto los aspectos históricos como científicos de la Santa Luz. Os contaré lo que me ha enseñado mi experiencia durante tantos años. Os describiré con detalle todo lo que pude ver con mis propios ojos. Mi fe en Dios era y es infinita. Me elevó a la cima de la Gracia Divina. Llenó un tremendo espacio vacío en mi corazón que estaba lleno de dudas, pensamientos y preguntas sobre la LUZ.

Cuánta gente, incluso hoy en día, siente un vacío en su ser que los atormenta.

Misteriosamente, de alguna manera fui hecho digno y tuve una visión de la Santa Luz. Entonces, el enorme vacío que se cernía sobre mí, desapareció. No había rastro de duda que atacara mi mente. La Gracia de la Santa Luz me permitió ser testigo de un hecho que raramente es capaz de experimentar de primera mano.

En 1925, cuando se me encomendó servir como guardián de la Tumba de Cristo, estaba obsesionado con la pregunta: ¿Qué es la Santa Luz?. En aquel tiempo, la Pascua estaba próxima. Hasta entonces, en los años pasados, permanecí alejado del Santo Sepulcro. Era un observador, como lo era cualquier otra persona. Era un peregrino entre miles de peregrinos. pero ahora, las cosas habían cambiado radicalmente. Ya no era un espectador indiferente, sino fiel. Era responsable de todo lo que tuviera lugar según el orden y el oficio de la Santa Luz. El padre Anatolios, mi austero padre espiriutal, no aceptaba ninguna desobediencia a sus órdenes, ni permitía que se vislumbraran vacilaciones y dudas. Cuando llegó finalmente la Santa Semana de la Pasión del Señor, me dijo con estricto tono de voz: “Escucha y pon atención en cuanto a lo que debes preparar para la mañana del Sábado Santo. A las 9 en punto tomarás 5 kilos de cera pura de abeja que habrá sido bendecida de ante mano durante cuarenta días durante los Divinas Liturgias diarias. Está destinada sólo para el oficio de la Santa Luz. Calentarás la cera con un utensilio especial, que está apartado para este propósito. La cera caliente se utilizará para sellar la entrada de la Tumba hasta que llegue el momento en que entre el Patriarca.

A las 10 en punto escucharás un golpeteo rítmico. Guardias especiales seleccionados, con uniformes tradicionales, y con sus largos estandartes de madera, despejarán el camino a través de la multitud de gente. De esta manera, la procesión con el Patriarca y un séquito de sacerdotes se dirigirán hacia la Iglesia de la Resurrección. Todos permanecerán con temor ante la belleza y esplendor de la marcha ceremonial hacia la casa de Dios. La fe ortodoxa considera que es propio honrar a nuestro Señor Jesús Cristo con el más fino esplendor y belleza.

Durante un momento, el padre Anatolios se detuvo y entonces recalcó: “Padre Mitrofanis, veo que te estás dejando llevar por lo que te estoy contando. Es hora de parar. Más tarde escucharás más, pero ahora debes asegurarme de que estás listo para llevar a cabo toda la responsabilidad en el Santo Sepulcro. Es la primera vez en muchos años que no tomaré parte sirviendo en esta ceremonia. Llevarás a término tu misión con extremo cuidado y atención. De lo contrario, si fallas, tú, así como yo, que te he confiado este servicio, deberemos abandonar el Patriarcado. Ten mucho cuidado, padre Mitrofanis”.

Le aseguré que estaba prestando atención precisamente a cada detalle. Tras convencerlo de la verdad de mis palabras, continuó: “Entonces, el patriarca entrará en la Santa Iglesia de la Resurrección. Siguiéndole estarán los líderes de otros dogmas, los armenios, los latinos, los abisinios, los coptos, y los sirios, que irán al Trono Patriarcal, todos en fina, unos detrás de otros, para besar la mano del Patriarca. Siguiendo este orden establecido, entonces tienen derecho a recibir la Santa Luz de manos del patriarca. Este hecho significativo es un reconocimiento oficial de que sólo la Ortodoxia posee la VERDAD y la Tradición Apostólica en su plenitud. Los armenios quisieron una vez obtener el derecho a ser los únicos en entrar en el Sepulcro para la ceremonia de la Santa Luz.

Cuando escuché este hecho sorprendente, pregunté con mucha angustia: “Santo geronta, ¿cómo podían querer desplazar a los ortodoxos de esta honrada posición de tantos años como sucesores de Cristo y de Sus apóstoles?”.

Él respondió así: “No, he aquí lo que sucedió. Cuando en el año 1517 los árabes ocuparon Jerusalén, los armenios sacaron ventaja de su presencia. Se acercaron al gobernador musulmán y con presentes de oro, pidieron que se les permitiera el privilegio de recibir la Santa Luz. Esto pidieron y esto consiguieron. También le imploraron que a los ortodoxos se les prohibiera la entrada al Santo Sepulcro para el sagrado ritual”.

Hasta entonces, tales órdenes eran desconocidas y sin precedentes. Los cambios inesperados dieron lugar a una tristeza y angustia inimaginable entre los fieles ortodoxos. Amaneció el Sábado Santo y la Santa Iglesia de la Resurrección fue cerrada a todos los ortodoxos. Incluso tampoco se permitió entrar al patriarca y al clero. Con ellos, se reunieron huestes de peregrinos ortodoxos de todas partes del mundo. En aquel día hubo mucho llanto y lamento. Todos los fieles, con lágrimas, rezaran a Dios para que previniera esta injusticia inaudita. Se entristecieron por las acciones inesperadas de los armenios contra los ortodoxos. Precisamente, por encima del recinto de la Iglesia de la Resurrección, el emir musulmán se había sentado en el pináculo de un minarete. Eligió este lugar para ver todos los movimientos. Fue vencido por la angustiosa pregunta: “¿Qué pasará ahora?”. Por esta razón, estaba siguiendo todo movimiento con plena atención.

El patriarca estaba arrodillado en la entrada de la Santa Iglesia. Llevaba en su mano el manojo de treinta y tres velas y rezaba. Las lágrimas caían de su rostro mientras suplicaba a Dios:

“Señor, Tú que aborreces la injusticia, escucha las oraciones de tus hijos. Haz que Tu gloria aparezca con Tu milagro y no prives de Tu Santa Luz a Tu pueblo fiel”.

El padre Anatolios estaba observándome y dijo: “Estoy seguro de que has visto la columna del lado izquierdo de la entrada a la Iglesia. Seguramente has notado que hay una división vertical ennegrecida en una parte de la columna. Ha estado así durante más de 400 años.

“He observado este detalle, padre”, dije, “e incluso algo más. Lleno de asombro me incliné para examinarla con detalle y descubrí una delicada fragancia surgiendo de esta columna de piedra, la misma fragancia que continuamente sale del Gólgota, donde estuvo la Cruz”.

En ese fatídico sábado de 1517, la Divina Luz no visitó el Santo Sepulcro, donde estaban los armenios esperando. En vez de eso, ante los ojos asombrados del clero y de los peregrinos, la Santa Luz, resplandeciendo brillantemente, golpeó la columna con el sonido de un feroz viento. Instantáneamente, la columna se dividió y se ennegreció cerca de la parte inferior. Las oraciones del patriarca y de su pueblo habían sido escuchadas.

Muchos de los que no creen, preguntan: “¿La Santa Luz despide humo y ennegrece todo lo que toca?”. No olvides que la Santa Luz no deja de tener la misma cualidad que una llama común y que cualquier llama tiene humo.

“Entonces, ¿por qué es llamada la Santa Luz?”.

“Porque procede de la Santa Tumba espontáneamente, sin intervención humana. Es concedida por medio de la gracia del Espíritu Santo, que aparece como una brillante luz al principio y entonces, como “lengua de fuego”, como en el día de Pentecostés, a los discípulos de Cristo”.

Cada año, en la hora justa en la que esta Luz aparece en la Santa Tumba, una NUBE puramente blanca se presenta ante el patriarca. Cuando aparece un intenso resplandor luminiscente, entonces levanta con fe y piedad las velas que sostiene. De repente, maravillosa e inconcebiblemente se encienden.

Ahora, ¿puedes imaginar qué tuvo lugar en el patio de la Iglesia?. Todos los fieles, el clero, los asistentes, salieron corriendo clamando con altas voces y doxologías. Las campanas de la Iglesia empezaron a sonar jubilosamente. Toda la naturaleza, todo, el cielo y la tierra, todos entonaban himnos de gloria y de acción de gracias al Verdadero Dios. Es prácticamente imposible describir la alegría y felicidad de aquel día.

Después, se hizo un acto de auto-sacrificio que ha sido registrado históricamente. El emir musulmán, que estaba siguiendo todo el hecho desde lo alto del minarete, se transformó en un testigo entusiasta de la Ortodoxia. Tan pronto como vio este milagro, gritó en voz alta:

“¡Grande es la fe de los cristianos!. Ahora creo en Cristo Resucitado. Lo adoro como Verdadero Dios”.

Al mismo tiempo, con este reconocimiento y esta declaración, saltó desde el minarete al vacío al patio de la Santa Iglesia. ¡Y he aquí el milagro!. No le pasó nada. No sufrió ninguna lesión tras su caída. Los musulmanes estaban avergonzados. Tan pronto como escucharon la confesión y observaron el valor del emir, se precipitaron sobre él, lo cogieron, y lo decapitaron en el acto. Lo consideraron un traidor a la fe del Islam. Mahoma no quería traidores en sus filas. Los cristianos reunieron con gran amor y cuidado el cuerpo del mártir que fue bautizado con su propia sangre. Lo enterraron como un fiel hijo de la Ortodoxia y como mártir de Cristo. Sus santos restos se conservan y se guardan en el Santo Monasterio de la Gran Panagia (La Santísima Virgen María)”.

“¿Y a los armenios, geronta?. ¿Qué les pasó?”

“Los armenios, después de este disgusto, salieron de la Iglesia y desaparecieron. Pasó mucho tiempo hasta que reaparecieron en Tierra Santa. Nunca más han inatentado desplazar a los ortodoxos del Santo Sepulcro.

Ahora, puesto que has escuchado algo que no conocías hasta ahora, escucha y pon atención a lo que debes hacer en tu papel de servidor de la Tumba. Debes llevar a buen término tu misión.

Después de la Divina Liturgia en la Iglesia de la Resurrección el Sábado Santo, el patriarca bendice a los dirigentes de otras fes. Entonces se dirige a la entrada del Santo Sepulcro. Allí alrededor están las máximas representaciones del gobierno civil, y militares de alto rango de las inmediaciones, y de diferentes partes del mundo.

Desde las 10 de la mañana del Sábado Santo, hasta las 11, se hace una rigurosa búsqueda de cualquier instrumento o utensilio que pueda encender, dentro del Santo Sepulcro. Encima de este santo monumento de la Ortodoxia, cuelgan 43 lámparas que están encendidas día y noche.

13 pertenecen a los ortodoxos; 13 pertenecen a los latinos.

13 pertenecen a los armenios y 4, a los coptos monofisitas.

Todas ellas forman una cortina de oro. Son como las huestes celestiales portadoras de antorchas, suspendidas sobre la Tumba de Cristo. Dentro del Santo Sepulcro, a última hora, sólo los representantes autorizados de los armenios, los latinos y los coptos, junto con los ortodoxos, entran en la Tumba con el fin de apagar las 43 lámparas. Se toman precauciones para que, en ningún momento, ni por error ni intencionalidad, permanezca encendida ninguna lámpara o para que nada sospechoso esté presente.

Tras una completa y exhaustiva búsqueda hecha en el Santo Sepulcro, se hace una segunda y una tercera búsqueda para asegurarse de que ninguna persona, ni nada prohibido, esté dentro de la Tumba. Sólo entonces salen los inspectores.

En ese momento, a las 11 en punto, el proceso para el sellado de la Tumba está listo para empezar. La cera caliente bendecida ahora se utilizará para asegurar y sujetar dos cintas puramente blancas en forma de X sobre la puerta del Santo Sepulcro.

Después de que se haya puesto la cera en las cuatro esquinas de las cintas, entonces, en el centro exacto donde se cruzan las cintas, se depositará más cera. El resto de ella será puesta alrededor de la puerta. Finalmente todos los puntos serán sellados con el sello oficial del Patriarcado.

Estos procedimientos nos recuerdan los desesperados esfuerzos de los líderes judíos, que querían sellar la Tumba del Señor de la Vida. Hicieron todos los esfuerzos posibles para tomar todas las medidas que pudieron para guardad a Cristo muerto. Fueron al gobernador romano de Jerusalén, Poncio Pilato, para recibir permiso según la ley. Así, le dijeron los fariseos: “Señor, recordamos que aquel impostor dijo cuando vivía: ‘A los tres días resucitaré’. Manda, pues, que el sepulcro sea guardado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos vengan a robarlo y digan al pueblo: ‘Ha resucitado de entre los muertos’, y la última impostura sea peor que la primera. Pilato les dijo: ‘Tenéis guardia. Id, guardadlo como sabéis’. Ellos, pues, se fueron y aseguraron el sepulcro con la guardia, después de haber sellado la piedra” (Mateo 27:63-66).

Tras el sellado de la Tumba, tiene lugar una magnífica y majestuosa procesión tres veces alrededor del Santo Sepulcro. A la cabeza están los estandartes patriarcales, los servidores del altar llevando velas, cruces y emblemas de los querubines. El patriarca sigue con una hueste de sacerdotes revestidos con ornamentos dorados. Alrededor se pueden escuchar los cantos de los himnos bizantinos con sus tonos sagrados. Los peregrinos que observan esta solemne procesión se sienten transportados al cielo. Más bien, el cielo desciende a la tierra y a cada peregrino, e incluso brevemente, se convierten en ciudadanos del Reino celestial.

Al final de la tercera vuelta, el patriarca se pone frente a la entrada del Santo y Vivificador Sepulcro. Ante todos los oficiales y los peregrinos, el Patriarca es cacheado de nuevo por vigilantes. Cualquier sospecha de algo capaz de producir luz dentro del Santo Sepulcro, debe ser erradicada. Entonces, el patriarca, ataviado con la Santa Estola (epitrajil), y la casulla episcopal (Omoforio), está listo para entrar en el Santo Sepulcro. Precisamente a las 12 del medio día del Sábado Santo, se cortan las cintas de la entrada y se rompen los sellos y se abre la puerta.

El padre Anatolios me dijo: “Ten cuidado de poner cuidadosamente sobre la losa de mármol de la Tumba Vivificante, la santa lámpara (apagada) con esta caja dorada especial”.

En este punto, apareció una extraña expresión sobre el rostro tranquilo del padre Mitrofanis. El tono de su voz cambió de repente. Estaba reviviendo todo lo que discutió con su geronta. Y con gestos que expresaban la perturbación de su alma, nos contó:

“Tan pronto como escuché ‘lámpara’, una gran nube de duda surgió en mi mente. ¡Vela!, me dije a mí mismo. ¿Qué hace una lámpara en la Santa Tumba, puesto que la Santa Luz desciende del cielo?”. La vacilación y la interminable batalla de dudas era evidente en mis ojos. Como un rayo de luz, mi rostro quedó sorprendido. El triste anuncio del mandato de mi geronta, era inesperado. Mi geronta, el padre Anatolios, vio mi vacilación, pero no prestó atención y continuó: “Tras esto, pondrás en la Tumba el Santo Libro que se guarda en la sacristía del Santo Sepulcro. Precisamente, en la página en la que se encuentran las santas oraciones de la Santa Luz, allí pondrás una vela gruesa”.

Al escuchar el segundo mandato y las palabras “gruesa vela”, la fe que tenía desapareció. Una nube oscura de incredulidad intentó cubrir mi alma.

“¿Vela?”, pregunté con asombro y desmayo. ¿Cuál es la necesidad de la vela?. Casi no había terminado mi exclamación de duda, y como un rayo en tiempo de tranquilidad, escuché la voz estricta y severa de mi geronta.

“¿Dónde está tu fe?”. ¿Dónde está tu obediencia, que es la mayor virtud de un monje?. ¿Dónde está tu piedad?. ¿Las has perdido todas?. Has escuchado “vela” y ya está vencido por la incredulidad. El maligno ha luchado contigo y te ha conquistado. Ha puesto en ti pensamientos de impiedad e irreverencia. ¿No sabes que nuestra Ortodoxia se sostiene por la fe, y la fe de los cristianos sufre en cualquier prueba o esfuerzo?. Ten cuidado de no perder tu alma. Ten cuidado, padre Mitrofanis, ten cuidado… No juegues con lo divino. Debes obedecerme con devoción y prudencia y hacer todo lo que te diga. No traiciones nuestra fe sin mancha”.

Con seriedad, se levantó de su silla: “¿Tienes algo que preguntar ahora?”.

“No”, le respondí. Hice una postración y besé su mano.

“Ve, y que Dios esté contigo. Hazlo todo con precisión y en el orden correcto”.

  1. PASCUA SIN ALEGRÍA

“Recuerdo”, continuó el padre Mitrofanis, “que dentro de mí, tras mi encuentro con el padre Anatolios, un enorme vacío se apoderó de mí. La presencia de la “lampara” y de la “vela” me torturaban. Estaba luchando contra estas dos. Como dos gigantes que luchan para que uno gane al otro, del mismo modo, dentro de mí había una lucha similar, interminable y parecida. La fe resistía a la incredulidad, la realidad a la duda, y los hechos tangibles en un oscuro juego a expensas de los fieles del mundo, me produjeron una confusión dolorosa. Aquí estaban los visitantes no deseados (los demonios), donde uno no tolera a los otros. La fe estaba dentro de mí, inquebrantable como el granito. Sin embargo, la duda empezó a perforar y devorar sus fundamentos y llevarla persistentemente a la ruina. La fe en Dios es viva por cosas visibles e invisibles, pero siempre creyente.

Como dijo el apóstol Pablo: “La fe es la sustancia de lo que se espera, la prueba de lo que no se ve” (Hebreos 11:1). Por otro lado, la duda intenta con su presencia, alterar, desarraigar y destruir todo lo santo y divino que es creado por medio de la gracia de Dios en el alma del hombre.

“Con estos hechos y los recuerdos del drama de mi vida, se abría el telón de la Semana Santa. El primer himno solemne de la Iglesia se escuchó para inspirar a los verdaderos creyentes. Con su profundo significado, condujo a toda alma a participar en la Pasión del Salvador. “En este día, los sublimes sufrimientos brillan sobre el mundo como una Luz de salvación”. Mientras tanto, los peregrinos empezaron a llegar en gran número para poder observar y participar en la Pasión, y después regocijarse en la Resurrección de Cristo. Yo, al mismo tiempo, emprendí mis obligaciones. Mientras un día sucedía al siguiente y el Viernes Santo estaba cerca, y después el Sábado Santo, yo sufría un gran temor. Me preguntaba a mí mismo: ¿Seré capaz de llevar a cabo satisfactoriamente todo lo que mi geronta espera de mí?. Me faltaba experiencia, y el valor me había abandonado. Después de casi dos meses de ayuno estricto acompañado de obligaciones persistentes y exigentes, sentí que estaba a punto de sucumbir. Sin embargo, el pensamiento de mi voto de servicio, me revivía.

Cuando llegó el Sábado Santo, revisé mis obligaciones. La cera para sellar estaba lista para ser preparado como me dijo mi geronta. Obtuve las cintas blancas que serían usadas para sellar la Tumba. Finalmente preparé la santa lámpara y puse la gran vela gruesa en la página apropiada del Libro de Santas Oraciones. Todo este tiempo estuve a merced del agotamiento. Unas rodillas débiles y una sudoración profusa fueron el resultado de mi temor y ansiedad por mi consecución final.

Continué trabajando fervientemente en mis tareas. Las dificultades de las responsabilidades urgentes me presionaban sin piedad. Todo parecía estar aliado contra mí y amenazándome. ¿Sobreviviría hasta el final o me abandonarían mis fuerzas?. Conquistado por el pensamiento del éxito o del fracaso, las últimas horas de la fase crítica de mi misión estaban a punto de llegar. Con ayuda de Dios (pues yo carecía de las fuerzas necesarias para continuar), todo, hasta el último detalle, estaba a punto. Cuando se comprobó el Santo Sepulcro por última vez y todo estuvo cuidadosamente dispuesto, completé las disposiciones finales. Puse la santa lámpara en una caja dorada especial, y el Santo Libro de oraciones con la vela gruesa entre las páginas indicadas. Entonces, me fui.

El Santo Sepulcro fue sellado. Comprobé por última vez todo y me puse cerca de la entrada. Tras la última vuelta de la procesión, a las 12 en punto justo del mediodía, la Tumba fue abierta cuando el sello de cera y las cintas fueron quitadas de la puerta. El primero en entrar fue el patriarca. Fue seguido por el sacerdote armenio, que como asistente, iba a observar todo movimiento del patriarca y entonces esperar en la cámara exterior. El Patriarca entró en el santuario interior.

Después de lo que parecía un lento intervalo, de repente la Santa LUZ hizo su aparición resplandeciendo en todo el espacio y en todas direcciones en la Santa Iglesia de la Resurrección. Mientras la luz revoloteaba y tocaba las mechas de las lámparas y velas, muchas se encendían misteriosamente.

Todos se alegraron. Los rostros resplandecían con el resplandor de la Santa LUZ. Sólo yo vivía en un mar de duda agonizante. Luchaba con mi fe y contra mi incredulidad. El gozo de la Resurrección y de la Santa Luz estaban ausentes en mi alma. Tuve que forzar mi rostro para expresar una amarga sonrisa. Continuamente me decía a mí mismo y me repetía constantemente: “¡Gente, simple e ignorante!. Si supierais que dentro del Santo Sepulcro había una lámpara y una vela, ¿os alegraríais?”.

Entonces, en la puerta de la cámara exterior apareció el patriarca con manojos de velas todas encendidas con la Santa Luz. Los prelados latinos y armenios recibieron cada uno sus velas para pasar la Luz a sus fieles. Cuando el prelado ortodoxo se acercó a recibir su manojo  de velas, fue llevado a hombros de los peregrinos por la Iglesia de la Resurrección, donde todos esperaban encender sus velas con la Santa LLAMA. Al mismo tiempo, se podía escuchar el canto del himno de victoria Pascual, la conquista de la VIDA sobre la Muerte: ¡Cristo ha resucitado!. ¡Christos Anesti!. ¡En verdad ha resucitado!.

La alegría de la gente era tremenda. Con alegría celestial, las campanas de la iglesia proclamaban la llegada de la LUZ divina a todos los rincones de la tierra. El resonar vibrante de las campanas declaraba la UNA y ÚNICA VERDAD de la fe ortodoxa: el triunfo de la VIDA = CRISTO, sobre la Muerte = el maligno.

Aunque la alegría tremente me rodeaba, yo seguí complaciéndome en mis enturbiados pensamientos sobre la autenticidad de la Santa LUZ. Las dudas que tenía, carcomían mi alma.

“Os aseguro”, nos dijo el padre Mitrofanis, “que vivía una Pascua sin alegría, una miserable y la que nunca quise haber experimentado”.

Sin embargo, una especie de chispa infinitesimal me dio un astuto sentido de satisfacción. Puesto que era responsable de los preparativos de la Santa LUZ, debía ser el primero en entrar en el santuario interior para recoger las cosas que ya no se necesitaban. Debía ponerlos en su lugar adecuado para protegerlos contra la profanación de gente de otras religiones, de los débiles en la fe y de los gobernados por la duda o la envidia.

Para mi sorpresa, había algo que había cambiado mis oscuros sentimientos perplejos. Disolvió los fantasmas de duda que pululaban en mi cabeza. La lámpara estaba encendida, y la vela que me causaba el mayor recelo, estaba tal y como la había dejado.

Estaba precisamente en el mismo lugar en el que la puse. Me pregunté a mí mismo: “¿Porqué está la vela sin tocar?. ¿Por qué no se encendió?. ¿Para qué era necesaria la vela?. ¿Qué propósito tenía y por qué mi geronta me ordenó ponerla en la página de las Santas Oraciones?”.

Otra pregunta vino a añadirse a la primera. Contribuía al fortalecimiento de mi pequeña alegría. Era el pensamiento del sacerdote armenio que seguía de cerca cualquier movimiento del patriarca. ¿No vería ninguna sospecha existente?.

Una voz austera censuraba mi alma inquieta y repetía con severidad:

“Los que creen no dudan. Los que creen no comprueban lo que es sagrado y santo.

Los que creen no se perturban por ‘velas’ o sospechas sin base. Los milagros están más allá de toda explicación y no debemos sospechar de ellos, porque es imposible investigarlos. La investigación no tiene cabida en los milagros. Los milagros están por encima de las leyes naturales. Son celestiales. Son visitas divinas. ¿Qué hay imposible para Dios, padre Mitrofanis?. ¿Qué hay imposible?. Las cosas que son imposibles para el hombre, son posibles para Dios, reconoció el Hijo de Dios, Cristo mismo.

Una segunda voz surgió con poder para interceptar cualquier atisbo de fe que saliera de mí. Todo era una mentira y su eco sonaba horriblemente en la zona más impenetrable de mi alma. Todo era un engaño. Algo desconocido tenía lugar para que no llegara a reconocerlo en ese momento. ¿Qué hacía la ‘vela’ dentro del Santo Sepulcro si se ha producido un milagro?. O, ¿qué se supone que hacía allí la “lámpara”?. Esa ‘vela’, esa ‘lámpara’, me decía a mí mismo. Debía saber por todos los medios para qué era necesaria la ‘vela’, y para qué estaba la ‘lámpara’ dentro de la Tumba de Cristo. Sin embargo, la primera voz resurgía con más fuerza.

“¿No ves la ‘vela’ con tus propios ojos, padre Mitrofanis?. ¿Cómo podía encenderse sin el menor signo de carbón en la mecha?. ¿O quieres acusar al patriarca, a los prelados y a los sacerdotes del Santo Sepulcro de ser unos engañadores?”.

“¿Cómo podía ser esto posible, cuando se hace una búsqueda tan minuciosa y completa en el interior del Sepulcro?. ¿Qué sucede con el sacerdote armenio que estaría extremadamente alerta mientras se inspeccionaba para encontrar algún objeto con el que encender una llama, como un mechero, cerillas o cualquier instrumento de fricción?. El patriarca mismo es sometido a un examen físico exhaustivo desde la cabeza a los pies, mientras que las costuras y dobleces de sus vestiduras son sometidas también a escrutinio, así como su calzado”.

(Todas estas precauciones las toman los no ortodoxos para asegurar la veracidad del milagro. Sin embargo, se dice que hay un lado cuestionable que subyace en la razón de una búsqueda escrupulosa. Si se detectara algún fraude, esto daría motivos para desacreditar la autoridad absoluta de los ortodoxos como los únicos y verdaderos sucesores de Cristo y Sus enseñanzas. En tal caso, las otras fes tendrían las pruebas para obligar a los ortodoxos a renunciar a su posición autoritaria como guardianes de los lugares relacionados con la existencia del Señor sobre la tierra).

 

Traducido por psaltir Nektario B.

para cristoesortodoxo.com

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