Vi la Santa Luz, parte 2

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  1. EL ENCUENTRO INESPERADO

El recuerdo de este bello relato evangélico parecía disipar mi fatiga, pues me sentí reanimado y fortalecido para seguir. Tras una breve oración, me dije a mí mismo: “Sólo un pequeño sufrimiento y llegaré al final. Sólo un poco de valor, y podré cumplir mi promesa.

Continué siguiendo mi camino, y pronto llegué a Tiro, donde nuevamente, con alguna súplica, conseguí algo de comida. Tras un pequeño descanso, continué mi viaje, siempre tomando precauciones, para no ser detectado ni arrestado.

A una corta distancia de la ciudad, había una empinada cuesta por la que subí a las montañas, pues era necesario evitar caminos y áreas pobladas. Mi cansancio y fatiga se desvanecían mientras cantaba y rezaba a cada paso: “Aunque atraviese un valle de tinieblas, no temeré ningún mal, porque Tú vas conmigo” (Salmos 22:4).

De repente, siguiendo el camino, me encontré inesperadamente con un lugareño. No tenia tiempo para ocultarme. No era fácil, ni irme, ni evitar el encuentro. Una mano invisible me puso frente a frente con el extraño.

Mi encuentro con él fue tan repentino que, sin darme cuenta, me paré en seco. Le miré a los ojos con expresión de temor en mi rostro. Sentía la necesidad de huir, de darme la vuelta y correr, sin importar en qué dirección. Sin embargo, algo me detuvo y me hizo no intentar nada para evitar a este hombre.

Él se dio cuenta de mi apuro. Se detuvo y me miró sin decir nada. Los dos estábamos allí de pie, el uno esperando para ver si el otro abría primero la boca. Yo quería hablar, pero, ¿qué podía decir?. ¿En qué lengua debía dirigirme para saludarle? Si me preguntase, ¿cómo respondería?. Para mí, era uno de los momentos más difíciles de mi huída. Tras volver en mí, le saludé en lengua turca. Mientras tanto, intentaba mantener mi compostura. Mientras aún estaba perplejo sobre cómo reaccionar, escuché al lugareño saludarme también en turco.

El temor me conquistó, pero al mismo tiempo, también el júbilo. Con un sentimiento confuso de alivio, caí a sus pies. Empecé a besarlos y empecé a implorar: “Por favor, no me descubras, no me traiciones”, le decía una y otra vez.

“¿Quién eres tú?”, preguntó el lugareño.

“Soy un refugiado de Turquía. Los turcos masacraron a mis padres, a mis hermanos y a todos mis parientes. Soy el único que se salvó. Fui arrestado con muchos otros y fuimos hechos prisioneros para ser ejecutados. Milagrosamente, escapé del campo para salvarme. Quiero llegar a Tierra Santa, Jerusalén. Este es mi destino”. Cuando el lugareño escuchó mi súplica y conoció la dureza de mi vida, empezó a llorar. Con voz sollozante y asfixiada me contó su vida.

“Soy armenio. Viví como tú, y fui testigo de la masacre más brutal que el mundo haya conocido. Vi con mis propios ojos la ferocidad en su plena locura. También sufrí las persecuciones de los turcos. Todo lo que me has descrito, lo conozco. No temas. Te ayudaré en lo que pueda”.

Es imposible describir mi felicitad tras su confesión y la conversación con el lugareño. La extenuación de tantos días desapareció. Tuve la oportunidad de conversar en la lengua que conocía. El misericordioso Señor me guió para conocer a esta persona gentil. Todas las dudas y preguntas que tenía, serían respondidas. Ahora sabría claramente, y con seguridad, en qué dirección debía ir, qué peligros podrían aparecer y cuán lejos era la distancia que me separaba de mi meta. Le conté a mi amigo armenio todo lo relacionado con mi sueño y la distancia que me separaba de mi meta. Le conté mis sueños y mis planes.

Él me dijo claramente: “Si no te hubieras encontrado conmigo, te habrías cruzado plenamente con los guardias fronterizos. Tu fin habría sido trágico porque estos guardias están listos para disparar sin aviso previo, y sin interrogatorios o investigaciones. Cualquier cosa sospechosa dispone un ataque inmediato”.

Miré a lo alto del cielo y di gracias a Dios: “Señor, Tú has guiado mis pasos hasta ahora. Complácete en estar conmigo hasta el final. Suplico Tu protección. Que ruego que me defiendas y me dirijas”.

El anciano lugareño armenio levantó entonces su mano y señaló a una montaña muy alta y dijo: “Escalarás por allí, hijo mío. Entonces descenderás por el otro lado hasta llegar a Elma. Es un pueblo donde viven latinos y kurdos. Intenta no encontrarte con la policía. Que Dios te acompañe”.

Le di las gracias. Miré en la distancia la elevada montaña y empecé a moverme. Pasaron muchas horas; horas y horas de camino para llegar y escalar la montaña. Él me aconsejó cómo evitar a los guardias fronterizos. Al pie de la montaña había un valle interminable, y en un punto distinguí el pueblo de Elma. Definitivamente tenía que ir a través del pueblo para llegar a la ciudad de Akris, cerca de Haifa.

Caminé durante tres días y tres noches. El ascenso y descenso de las montañas destrozó completamente mis zapatos. Sin ninguna protección, tuve que andar entre zarzas, piedras afiladas y madera astillada. Sin embargo, nada impedía que el corzo corriera. Mis pies cansados tenían tal resistencia que pensé que estaba volando en vez de andar. El cansancio y la fatiga desaparecieron rápidamente cuando pensaba que estaba cerca de mi objetivo.

En la hermosa ciudad de Akris había una comunidad griega.

El lugareño armenio me aseguró esto cuando me conoció. Mi estancia allí iba a ofrecerme un cambio agradable. Me encontraría con gente con la que hablar y contar mis problemas. Esto restauraría mi fuerza y mi valor. Con estos pensamientos, todas las dificultades de mi vida parecían desaparecer.

Tras el esfuerzo y el viaje ininterrumpido de tres días y tres noches, llegué a Akris. Estaba seguro de que esta era la ciudad, pues desde lejos escuché el sonido de la campana de una iglesia. Mis ojos se llenaron de lágrimas.

  1. LA PATRULLA DE POLICÍA EN MI CAMINO

Aún no me había recuperado de mi excitación, cuando vi por entre la calle desierta a una patrulla de policía. No había ni hombres ni animales a la vista. La dificultad en la que me encontraba era grande. Mi sangre se congeló. Mis rodillas empezaron a temblar. Me quedé atónito y no sabía qué hacer.

Sin prestar atención a ningún temor, tomé valor. Sentí nuevamente una mano invisible dándome fortaleza. Recuperé mi compostura. Con un movimiento natural retrocedí un poco y susurré una oración apresurada: “Protégeme, Señor, protégeme en esta situación crítica”.

Mi paz era estable y tranquila, y mi movimiento era natural. La bolsa que llevaba a mi espalda y el bastón que llevaba me hacían parecer un pastor. No hice movimientos sospechosos. Caminé por la calle y pasé la patrulla. El peligro estaba fuera del camino antes de que me diera cuenta.

El cambio de mi ruta me llevó a otro pueblo muy pequeño con pocas casas. Estaba a las afueras de Akris. No quería atravesar el pueblo. Vi un lugar desierto y me encaminé hacia allí. En este camino había una cueva que, obviamente, había sido usada por pastores.

Aquella noche me quedé allí. Cesé todo movimiento y no se escuchaba nada que indicara la presencia de hombres o animales. Mi cansancio era tan grande que me quedé dormido. No sé durante cuanto tiempo dormí, pero cuando abrí los ojos, estaba amaneciendo, con la bienvenida del sol.

Mis planes originales se pospusieron. Puesto que no podía visitar Akris, mi objetivo ahora era Haifa.

Tuve que viajar durante tres horas a través de las montañas por empinadas pendientes, siguiendo caminos tortuosos y senderos estrechos, con gran dificultad. Viajé por terreno duro. En la distancia estaba la ciudad de Haifa. ¡Finalmente estaba en Palestina!.

  1. LAS PRIMERAS LETRAS GRIEGAS

En este punto, el padre Mitrofanis hizo un profundo suspiro. Su voz se sofocó. Las lágrimas salían de sus ojos y caían por sus dos huesudas y pálidas mejillas. Sin darnos cuenta de esto, los que escuchábamos con suspense y nos sobrecogíamos por sus sentimientos, nos hicimos participantes en aquel momento de sus ofrecimientos. Sus emociones se hicieron nuestras, y sus lágrimas llenaron nuestros ojos. La pena estremecía nuestro corazón y, llenos de expectación por escuchar más, le pedimos que continuara.

El padre Mitrofanis continuó: “Mi alegría era inmensa. Mi gratitud a Dios era grande. Por lo que me dio, me sacrificaría por Su amor. Debo cumplir mi PROMESA, servirle con todas mis fuerzas.

Con la ayuda de Dios, todo fue bien y la luz de mis sueños resplandeció. Unos pocos días más, seguí repitiendo, unos pocos días más y llegaré al lugar que tanto he anhelado. Y repitiendo estas palabras me apresuré a llegar a la ciudad. Me sentí bienvenido trasver las primeras casas. El mar, con sus olas en calma, dulce y tranquilamente anunciaban las palabras triunfales de mi llegada. Todo parecía estar sonriéndome. ¡Ojalá se supiera que era el único que había escapado por poco de ser ejecutado unos meses atrás!. Como un animal a punto de ser atrapado, huí para escapar de los infieles sedientos de sangre. Supe con gran fe que me encontraría en mi camino con alguien que hablara griego conmigo. Mientras me apresuraba, los recuerdos, los pensamientos y los sueños se precipitaban en mi mente. De repente, allí, en la ciudad de Haifa, apareció ante mí una hermosa e impresionante estructura. Con su fina y distintiva arquitectura, me parecía ser uno con la tierra, el mar y el cielo”.

Cuando más me acercaba a aquellos edificios, más me admiraba. En poco tiempo vi un letrero de mármol con letras doradas. Desde lejos podía ver los letreros que se representaban en tres lenguas: griego, árabe e ingles: “HOTEL JERUSALÉN, EL SANTO SEPULCRO”. Sólo el nombre “Santo Sepulcro” era suficiente para estremecerme. Un sudor frío heló todo mi cuerpo. Las lágrimas salían de mis ojos y humedecían mi rostro cansado. Me mareé y mi vista se oscureció. No podía ver nada y me desmayé. No sé durante cuánto tiempo estuve desmayado. Cuando me desperté, me levanté y de nuevo mi las letras griegas del letrero. Después me aseguré de que eran reales y no un fingimiento de mi imaginación. Empecé a hacer reverencias y a arrodillarme. Debí hacer esto unas cuarenta veces y entonces me levanté.

Di unos pasos hacia delante para encontrar la entrada al hotel. Entonces escuché una conversación en griego. Palabras griegas, lengua griega… ¿Un sueño o realidad?. Mi alegría era tan grande que mi cansancio, mis sufrimientos y fatigas se borraron de mi mente.

¿Dónde estaba mi cansancio?. ¿Dónde estaba mis pies sangrientos?. ¿Dónde estaba mi hambre y mi sed?. ¿Y el temor y las noches sin dormir?. Todo se esfumó. Anduve unos pasos. Las vestimentas rasgadas y descoloridas de mi encarcelamiento, mis zapatos destrozados, mis doloridos pies, todo mostraba el rastro de mi desgracia. Al primer hombre con el que me encontré lo saludé en griego. Estas primeras palabras en mi propia lengua sonaron como el dulce sonido de la campana en mis oídos.

“¿De dónde vienes, muchacho?”, me preguntó el gentil hombre. “De muy lejos”, respondí, y mis ojos se llenaron de lágrimas. Esta persona era en manager del hotel. Me dio la bienvenida y no tenía ni idea de su importante posición.

“Dime, ¿de dónde vienes?”, insistió de nuevo con un tono serio e impositivo.

“De Turquía”, respondí, “de la matanza de Asia Menor, donde fui capturado por los turcos y fui llevado a prisión.

Iba a ser ejecutado, pero hice una escapada desesperada. Tras arduas y formidables andanzas, he llegado a este lugar, donde he escuchado las primeras palabras griegas. Durante un mes he viajado a pie y quiero seguir para poder llegar a Tierra Santa. Hice una gran PROMESA y debo cumplirla.

Mi nuevo amigo estaba emocionado. Sin embargo, mientras pasaban los minutos de nuestra conversación, mi presencia se conoció en poco tiempo. En un rato, ya no era un desconocido para este gentil hombre. Otros griegos, asistentes, y empleados del hotel empezaron a acercarse. Su interés se acrecentó en poco tiempo mientras me encontraba rodeado por un gran número de personas que me preguntaban para conocer algo seguro de boca de alguien que sufrió y sobrevivió a los desastrosos hechos de Asia Menor. Las noticias del salvajismo contra la población griega en Turquía no sólo eran lentas en llegarles, sino que a menudo se distorsionaban. Nadie conocía exactamente la tragedia o la crueldad de las persecuciones, ni sobre la carnicería de mujeres inocentes y niños, y en general de toda la gente griega que estaba indefensa, sin armas ni aliados.

El martirio del cristianismo primitivo y el de este siglo sólo eran conocidos por unos pocos. Las noticias de estas tragedias eran guardadas en secreto por razones políticas. Las persecuciones, el temor, y el terror sufrido por los ortodoxos del siglo XX, no sólo igualó, sino que sobrepasó a las que se infligieron durante el mandato del Imperio Otomano desde 1453 hasta 1821.

“Era el 28 de octubre de 1923”, continuó el padre Mitrofanis, “una fecha inolvidable, el día de mi llegada al primer lugar de libertad.

Todos mis compatriotas empezaron a rodearme con mucho amor y afección. Me trajeron ropa nueva para vestirme y zapatos nuevos para calzar mis doloridos pies. Tomé un baño caliente, que me limpió y me reanimó. Mis nuevos amigos dispusieron una suntuosa mesa ante mí con deliciosa comida, y finalmente me dieron una cama limpia para que mi cuerpo torturado y enfermo se recuperara y se recostara.

¡Un océano de amor!. Después de tantos años, ¡cómo podía abrumarme por un trato tan gentil!.

El padre Mitrofanis miró hacia arriba y dijo: “En mis oraciones de aquella noche pedí a Dios que recompensara a esa agradable gente que me proveyó tan amoroso cuidado”. Tras una pausa continuó: “A la puesta del sol, las campanas de la iglesia del Profeta Elías comenzaron a sonar para Vísperas. Esta iglesia y el hotel, pertenecían a la jurisdicción de la Hermandad del Santo Sepulcro, cuya misión era servir a la comunidad griega en los aspectos espirituales y de adoración, así como en otras diferentes necesidades.

Pronto llegó la congregación de cristianos ortodoxos y empezó el oficio de Vísperas. Tímidamente me acerqué al lugar del cantor, y comencé a cantar en voz baja.

Cuando el cantor me escuchó, me pidió que continuara. Le di las gracias y seguí sus indicaciones, turnándome en el canto con él. Tras el oficio, la gente vino a conocerme y a interesarse por mis infortunios. Incluso el obispo Keladion pidió verme.

El obispo era una figura ascética, ornado grandemente con dones divinos, y entre ellos se contaba el discernir los corazones de los que estaban cerca de él. Invariablemente juzgaba con rectitud a cualquier persona que veía. No se equivocó sobre mi presencia. Inmediatamente conjeturó el celo religioso que yo tenía a pesar de mi edad. Quiso hablar conmigo sobre las cosas que había escuchado sobre mí.

Yo, con miedo y lleno de respeto por el clero, cuando escuché que el obispo quería verme, comencé a reaccionar reaciamente. Por mi cabeza pasaron diferentes pensamientos. “¿Cómo me pondría frente al obispo?”, me preguntaba. “¿Qué querrá el obispo de mí?. Quizá Dios lo haya iluminado y quiere ayudarme a llevar a cabo mi deseo ardiente de servir en Tierra Santa”.

Lleno de agonía y vergüenza, acudí a él con un custodio. Era la primera vez que iba a la oficina del obispo. Se abrió la puerta de la gran, imponente y hermosa sala de recepción. En las paredes había retratos con estilizados y adornados marcos con imágenes de los patriarcas que habían servido en el pasado. Detrás del escritorio del obispo, habían iconos del Señor y de la Santísima Theotokos. El suelo estaba cubierto con sencillas alfombras. Las sillas de la habitación con sus tallas bizantinas estaban simétricamente situadas en el gran salón. La atmósfera de la habitación creaba en el visitante una sensación de temor y reverencia.

El obispo me hizo un gesto: “Ven, hijo mío. ¿Quién eres?. Tu voz es hermosa y melodiosa, encantadora, como la del ruiseñor que alaba a Dios con himnos durante la tranquila noche de primavera. He sabido que eres un refugiado, que sufrió muchas desgracias y me conmoví cundo escuché sobre tus pruebas. Te ruego que te sientes conmigo. Mi afección paternal y mi amor ilimitado te rodeará siempre. Estarás a mi diestra”.

En ese momento, no sabía que pensar sobre esas inesperadas palabras. Me adelanté unos pasos, y cuando me acerqué a él, incliné mi cabeza al suelo en veneración y al levantarme besé su mano”.

“Hijo mío, tal humildad no es necesaria”. Yo le respondí: “Esto no es algo momentáneo. Desde mi niñez, mis piadosos padres me enseñaron a mostrar respeto a los obispos y sacerdotes de nuestra Santa Iglesia”.

El obispo permanecía en silencio mientras escuchaba.

Pude ver que estaba pensando algo muy profundamente. Levantó sus ojos, me miró y me dijo: “Hijo mío, aprecio tu carácter y tengo en consideración las cosas que tus padres inculcaron en tu alma. Quiero que te quedes conmigo. Aquí vivirás confortablemente. Cantarás y servirás a Dios, a quien amas tanto”.

Pensé que mis oídos me engañaban. Era increíble lo que estaba escuchando. He aquí que soy un joven iletrado, sin elevada educación, y sin habilidades especiales. ¿Qué quiere este obispo de mí que me promete tanto?. Instintivamente abrí mi boca, y con el apropiado respeto, le dije: “Su Gracia, le doy las gracias y me conmuevo por su interés paternal y su amor. Sin embargo, tengo que cumplir la promesa de mi vida. La promesa es una: llegar a Tierra Santa. He pasado por el “fuego y la espada”, por peligros y sufrimientos inimaginables, hambre y sed. He pasado noches sin dormir y he andado interminablemente. Pero el Señor me dio fuerza y valor para sobrevivir. Es algo maravilloso cómo Dios me ha traído hasta aquí. Los salmos expresan las pruebas que he soportado. Ahora, ¿cómo no voy a cumplir mi PROMESA?. Todo lo que he pedido, Dios no me lo ha negado. ¿Cómo puedo renegar de la PROMESA que he hecho en Su Santo Nombre?. Se lo agradezco, pero mi decisión permanece constante y firme. Quiero cumplir mi objetivo aunque sea en el último momento sobre la tierra”.

Ante la firmeza de mi carácter y la finalidad de mi resolución, el obispo, lleno de emoción, no quiso presionarme más. Nuestro encuentro, incluso sólo algunos minutos, me dio la oportunidad de ver muchas cosas. Inmediatamente entendió mi propósito, y rápidamente llegó a sus conclusiones. Me miró de forma paternal, y me dijo: “Hijo mío, admiro la determinación de tu noble decisión. Aprecio tus principios. No quiero ser un obstáculo en tu fin. Si sirves a Cristo aquí, en Sus Santos lugares, el mismo servicio ofrecerás al patriarcado. Espero que consigas tu propósito final”.

  1. JERUSALÉN. LA CIUDAD DE DIOS.

Con esas palabras, el obispo terminó el asunto de su propuesta. Abandonó su intento de persuadirme para quedarme en Haifa, en el Metoquion. Después de nuestra conversación, continué los preparativos para mi partida. Era 1 de noviembre de 1923, el día que marcaba el inicio de resto de mi vida, una vida bendecida con la riqueza de la gracia de Dios. Mi viaje en tren hasta la Ciudad Santa se desarrolló sin incidentes y fue placentero, ya que disfrutaba con anticipación de mi nueva existencia. Finalmente, en pocas horas, llegué a Jerusalén, la más santa de las ciudades.

Verdaderamente, ¿cómo puedo contar las impresiones de este primer día?. Mis pensamientos y aspiraciones al final se convirtieron en una increíble realidad.

Ahora, cualquier pasaje bíblico de la vida de Cristo se haría más vivo en mi mente y sería más intenso para mí.

Era asombroso pensar que mis sueños y deseos estaban próximos a realizarse. Mi corazón exultaba de gozo sabiendo que mi PROMESA se cumpliría.

Entramos por la parte amurallada de la ciudad, por la puerta de David, cerca de donde, una vez, estuvo el palacio real de David.

Un sacerdote ortodoxo de habla árabe estaba allí esperando para recibirnos. Las estrechas calles sólo acogían a los peatones. Para movernos, nos veíamos obligados a andar por las incontables subidas y bajadas de las calles empedradas hasta llegar al patriarcado.

Eran las 2 de la tarde cuando la campana de la Santa Iglesia de la Resurrección empezó a sonar y a escucharse por toda la ciudad. Del mismo modo que una cinta graba el sonido y lo preserva durante años, así mismo aún puedo escuchar esas alegres campanas repicando con su sagrado e imponen

Traducido por psaltir Nedktario

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