Vi la Santa Luz, parte 5/5

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  1. LA SEGUNDA REPETICIÓN INÚTIL DE MI ACTO

Pasó el tiempo y los años se sucedieron uno tras otro. Tras mi confesión, la visión de la Santa Luz permanecía inalterada en mi mente y en mi corazón. Nadie conocía mi secreto, excepto el santo patriarca. El Sacramento de la Confesión es inviolable, y por eso, no había forma posible de que fuera revelado.

El año siguiente, 1927, mi geronta, el padre Anatolios, mostraba síntomas de fatiga y signos amenazadores de vejez. Sin embargo, continuaba manteniendo su actitud cordial, gentil y tranquila. Su serenidad procedía de su sentido de humildad en todos sus esfuerzos y ofrecimientos en Tierra Santa para gloria de Dios y de la Fe Ortodoxa.

La poca fortaleza que tenía, gradualmente lo abandonaba, y en pocos días partió hacia el Señor, a Él, que concede a todos según sus obras.

La vida siguió como de costumbre. Cada día realizaba mis tareas con gozo y entusiasmo. Cada Pascua me llenaba con la gloria y la gracia de la Resurrección. Sin embargo, no estaba totalmente satisfecho. Parecía estar buscando la bendición de la Santa LUZ en la forma en la que la había experimentado mediante la Divina dispensación del Sábado Santo del año 1926. Cada año, cuando llegaba ese día, revivía el misterioso fenómeno como lo contemplé entonces. Con ansia intenté contemplar de nuevo incluso el menor rayo de lo que se me apareció en aquel tiempo. Lo único que podía ver ahora era a los prelados dando la Santa LUZ a los miles de peregrinos. Echaba de menos la experiencia en la santidad prohibida del Santo Sepulcro.

Debo admitir que me daban alegría muchos hechos, particularmente aquel en el que el jerarca ortodoxo, con la Santa Luz, era llevado a hombres de los fieles por la Iglesia de la Resurrección. Cuando todos tenían sus velas encendidas, entonces los jóvenes árabes cristianos de Belén se agregaban a la alegría ferviente. Con una costumbre preservada de generación en generación, esto es lo que ellos hacían:

Varios jóvenes del grupo se ponían a hombros unos de otros y formaban una pirámide. Multitudes llenas de regocijo seguían esta formación, cantando con el acompañamiento de un silbido especial, que proclamaba este verso:

¡Aquí está la LUZ,

Aquí está la VERDAD,

Y aquí está la VIDA eternamente!

Todos seguían con un exuberante entusiasmo recitando himnos a la Santa LUZ. Estas antiguas alabanzas se han perpetuado hasta el tiempo presente. En este océano de júbilo se podía escuchar el estribillo al final de cada verso:

“Cristo es nuestro

Nació en nuestra aldea, Belén”.

Los acontecimientos y sonidos a su alrededor revivían en mí, recuerdos agitadores de mi alma. La aparición de la Santa LUZ impactaba claramente en mí lo que hice y lo que vi en el año 1926, cuando estaba oculto en el nicho sobre el Santo Sepulcro.

La multitud de gente cantando y las campanas sonando por toda la tierra, liberaban una gama de mis sentimientos más ocultos. Por encima de todo nunca dejé de ofrecer mis acciones de gracias (Gloria a Dios, gloria a Dios), por todas las bendiciones que me concedió tan generosamente.

Alguien pensaría que debería estar agradecido y satisfecho, pero cinco años después, deseaba ver de primera mano, la divina LUZ una vez más.

La operación general y supervisión del servicio de la Santa LUZ estaba en mis manos. Decidí trazar el mismo plan, y en el año 1931, me oculté de nuevo en el niño, para ver una vez más la venida de la Santa LUZ.

Todo se hizo en completo secreto y con absoluto éxito. Cuando llegó ese santo momento y el patriarca entró en la Santa Tumba, por alguna razón sufrí un lapso de visión. Cuando fui capaz de ver de nuevo para continuar mi vigilante atención, vi la santa lámpara encendida y las velas encendidas en manos del patriarca.

Me dije a mí mismo: “Pides demasiado, padre Mitrofanis. Dios no es alguien al que se le tiente con deseos, caprichos y dudas. Él te concedió más de lo que merecías cuando buscabas aliviar tu incredulidad. Cuando la duda puso un icono de oro en tu alma, ÉL no te abandonó. Te probó que está cerca de ti y te sigue. Si quieres disfrutar de esta misma bendición, esfuérzate y lucha para obtener Su Reino celestial. Allí, verás con tu fe la gracia celestial de la LUZ. Los elegidos del Reino del cielo verán a Dios mismo, frente a frente. Donde preside la fe, todos verán la fuente de la Santa LUZ.

En este mundo, debemos creer que mediante la fe, vivirás, padre Mitrofanis, mediante la fe te moverás y mediante la fe tendrás tu ser. Por tanto, avanza sin más pruebas peligrosas e inútiles”.

  1. OTRO TESTIGO NARRA

El padre Mitrofanis continuó: “Viví con estos pensamientos y decisiones hasta el mismo momento en el que os estoy hablando. Aun tan indigno como era, la gracia de Dios y Su paciencia me permitieron la última experiencia sobre esta tierra. Esto lo encerré en mi alma sin que nadie participara. El Sacramento de la confesión selló e secreto y lo guardé desde 1926 hasta 1938, el año en el que el patriarca Damianos se durmió en el Señor. Entonces sentí libertad para expresarme. Estaba libre de los lazos de la confesión, porque el santo geronta me había dicho: “Lo que te voy a confiar ahora, no lo dirás nunca a nadie, hasta que yo muera”.

Entonces, comenzó una nueva era para mí. Siempre que se me daba la oportunidad y el pensamiento de que podía impartir la fe a mis oyentes, revelaba todo lo que Dios me permitió ver.

Todos los días la gente que tenía el mismo escepticismo y las incertidumbres que yo había tenido, acudía a mí. Todo lo aparentemente velado o difícil de definir, genera preguntas y anhelos para el apoyo espiritual. Los Misterios (Sacramentos) de la Iglesia se preocupan de lo divino, y en última instancia, mediante la profunda fe, de la unión con Dios. Finalmente la humildad y la reverencia invitan a la Gracia de Dios a iluminar y eliminar las nubes oscuras de las vacilaciones. Sin embargo, hay hermanos de Tomás que “deben ver para creer”.

“Un tal caso”, continuó el padre Mitrofanis, “apareció de nuevo. Había un monje abisinio que vivía en Tierra Santa. Su nombre era desconocido para mí pero su rostro y su figura permanecerán inolvidables en mi mente. Durante treinta años estuvo atormentado por el misterio de la Santa LUZ. Tenía un profundo anhelo de ver lo que tenía lugar durante el servicio del Sábado Santo. Suplicaba y oraba a Dios. Trazó astutos planes, pero siempre se quedaban sin realizar. No era una cuestión simple pasar los ojos vigilantes de los guardias y de los responsables de la Tumba. Así, se resignaba en su deseo incumplido de ser testigo del milagro”.

En 1960, el obispo Atenagoras, como vicario del patriarca, fue a oficiar la ceremonia de la Santa LUZ. Por la intervención divina, desconocida en sí misma, el monje abisinio aprovechó una oportunidad de cierta confusión, y entró sin ser visto y permaneció sin moverse dentro del pequeño habitáculo de la Santa Piedra. El color oscuro de su piel lo hacía invisible y se hizo uno con la oscuridad del entorno. Antes de que se diera cuenta, fue encerrado dentro cuando la Tumba fue sellada. Se puso de rodillas en un rincón y permaneció muy quieto. Ninguno de los inspectores notó su presencia. Cuando el prelado ortodoxo recibió su manojo de velas encendida, el patriarca estaba listo para dar los manojos de velas a los prelados latinos y armenios. Sólo entonces se notó al incógnito ilegal.

La indignación de estos prelados no tenía precedentes. Ellos temieron por sus privilegios. Empezaron a golpear al desafortunado monje abisinio, pero permaneció tranquilo durante este repentino ataque. Fue como un mártir que, mientras sangraba y sufría penalidades, mantenía una extraña tranquilidad.

“¡Golpeadme”, decía, “tanto como queráis!. Colgadme. Matadme. Cortadme en trozos. Se me ha otorgado la bienaventuranza, que durante treinta años buscaba con todo mi corazón. Sí, vi al patriarca rodeado por una divina LUZ, brillante en su resplandor. Vi toda la Tumba radiantemente iluminada. Ahora soy feliz. Si muero en este momento, moriré en un mar de gozo celestial y de bendición divina”.

Tras este reconocimiento, esta posición valiente y la fe inquebrantable del monje abisinio, los indignados protectores de sus prerrogativas detuvieron su ataque. No prestaron atención a la presencia y al propósito del monje. Nada conmovía sus almas, ni siquiera la fe ardiente de este devoto asceta.

Sólo les preocupaba una cosa, la pérdida de sus derechos dentro de los límites del Santo Sepulcro.

  1. EL MÁRTIR, GUARDIÁN DE TIERRA SANTA. UN NUEVO MÁRTIR

“Mucha gente”, añadió el padre Mitrofanis, no conoce ni los trabajos ni los sacrificios que se hacen por guardar los santos lugares de Tierra Santa. Sólo escuchan sobre el Santo Sepulcro. No conocen cómo son guardados este y otros lugares, y cómo son preservados. Unas pocas centésimas de pulgada constituyen los límites de los inimaginables esfuerzos que hacen los herejes para forzarlos y ocuparlos. Una ligera indiferencia por parte del guardián, o un insignificante descuido son suficientes para que otros credos subyuguen el espacio para adquirir derechos, pedir privilegios, y finalmente controlar sin tener en cuenta a los predecesores ortodoxos.

Debe quedar claro que en toda la Tierra Santa, los otros credos, es decir, los “cristianos” no ortodoxos (armenios, latinos, coptos y protestantes), tienen sus propios derechos de propiedad sobre sus respectivos santuarios, iglesias, capillas, monasterios y retiros. Además, hay mezquitas con sus minaretes para musulmanes, y sinagogas para judíos.

Nadie interfiere en su autoridad sobre esto.

La constante rivalidad entre los ortodoxos y los herejes no debería existir. En su lugar, debería haber respeto y consideración por la infalible precedencia de los ortodoxos que, como herederos de Cristo y de Su Santa Iglesia Apostólica, han guardado las enseñanzas sin corrupción durante 2000 años.

Los mártires de la Ortodoxia y los guardianes han hecho lo posible para que la gente de todos los credos y creencias visiten y adoren en Tierra Santa. Las Santas Órdenes, con espíritu de servicio, con celo y ardor, salvaguardan y mantienen la santidad de todos los santuarios consagrados, monumentos, reliquias, artefactos y todo lo que invite a la veneración. Lo mínimo que se les debe es paz, buena voluntad y no interferencia.

El servicio de la Hermandad del Santo Sepulcro de Jerusalén es incalculable, especialmente últimamente, con la formación del Estado hebreo y el soporte hostil contra Grecia. “Las amenazas”, continuó el padre Mitrofanis, “las llamadas telefónicas anónimas, con el propósito de atemorizar a los monjes, se han multiplicado para hacer salir a los ortodoxos. El motivo es que los santos lugares sean abandonados para que algunos puedan ser convertidos en hoteles y otros sean convertidos en atracciones turísticas manejadas por empleados estatales asalariados, sin tener en cuenta lo espiritual”.

Uno de los mártires recientes que pagó con su vida, su amor por Cristo, fue el padre Filomeno. Era un guardián leal del santo santuario del pozo de Jacob, en Samaria. Sufrió una horrible muerte perpetrada por desconocidos. Amplias pruebas señalaban a los judíos como los asaltantes del monje-mártir. El pueblo ortodoxo de todo el mundo, se alzó contra este espantoso crimen.

(Grecia, durante los años de la ocupación germana fue, sin ninguna duda, defensora de los judíos perseguidos. Los cristianos ortodoxos griegos arriesgaron sus vidas para protegerlos y ocultarlos. Muchas familias griegas sufrieron destrucciones porque ayudaban a los judíos. Es lamentable que, a su vez, los judíos hayan masacrado a inocentes monjes cristianos ortodoxos griegos de Tierra Santa).

Con profunda indignación y con profundo lamento por el asesinato del padre Filomeno, los cristianos ortodoxos de la comunidad griega de Londres publicaron una protesta en memoria del mártir. Aquí tenéis un extracto:

“Un mártir reciente de Cristo es el padre Filomeno, un sacerdote ortodoxo que nació en Lefkosia, Chipre, el 15 de octubre de 1913. Era el hermano gemelo del padre Elpidios, que es un monje asceta de la Santa Montaña del Athos. Ambos, a la edad de 14 años, dedicaron sus vidas a Cristo.

El padre Filomeno se alistó en la Hermandad de Santo Sepulcro en 1934. sirvió en la antigua ciudad de Sicar, en Samaria, a los pies del Monte Guerizim, donde hoy se encuentra la ciudad de Neapolis (Nablus). Allí está el pozo que fue excavado por Jacob y donde tuvo lugar el famoso diálogo entre Cristo y la mujer samaritana (Juan 4:1-42).

En la noche del 29 de noviembre de 1979, unos criminales entraron en el santuario, cogieron al gentil monje, lo maltrataron y lo torturaron. Ante sus hijos profanaron la capilla, la Cruz y el Tabernáculo del Santo Altar. Después lo amordazaron con su estola y lo golpearon con un hacha en forma de cruz. Le sacaron su único ojo sano y le ocultaron el otro. También rompieron su mandíbula inferior  cortaron los dedos de su mano derecha. Con el hacha golpearon su pie izquierdo. Al salir del santuario, lanzaron una granada del ejército judío, que lo destruyó todo.

La policía fue avisada, pero hasta hoy no se conoce quien y cuántos eran los asesinos, pero es seguro que eran judíos.

No se permitió a los representantes del patriarca rezar cerca del santo cuerpo del monje, que finalmente fu entregado a ellos seis días después.

El funeral tuvo lugar en la iglesia patriarcal de Santa Tecla, por los padres de la Hermandad. Fue enterrado allí cerca de otros hermanos fallecidos.

Los compatriotas chipriotas del padre Filomeno han sufrido a manos de los judíos durante siglos. En el año 115, los judíos mataron a 240.000 griegos chipriotas para tomar posesión de la isla. Sin embargo, los cristianos no se rindieron. Debe hacerse saber que muchos clérigos de Chipre sirven en Tierra Santa para preservar y proteger todos los sagrados lugares y cosas que se preservan allí”.

Con este epílogo, la comunidad griega de Londres terminaba la declaración y rendía tributo al nuevo mártir de la Ortodoxia, el padre Filomeno. Para estos mártires, guardianes y defensores de la Ortodoxia, elevamos nuestras oraciones fervientes:

“Señor, Tú que naciste, fuiste crucificado, moriste como hombre, fuiste enterrado y resucitaste de entre los muertos para nuestra salvación, Cristo nuestro verdadero Dios, preserva y fortalece a los fieles y humildes guardianes de Tus Santos Lugares, para gloria de Tu Santo Nombre”.

CONCLUSIÓN

Desde el tiempo de la Resurrección del Señor hasta hoy, existe división entre la gente con respecto a la divina Persona de Cristo. Algunos son seguidores; algunos son enemigos de nuestro Señor, y en medio, están los que son tibios. En cualquier caso, todos pueden beneficiarse leyendo la historia de las experiencias del padre Mitrofanis.

Para los escépticos se provee una oportunidad para reflexionar y hacer un examen de conciencia. Para los que creen, esta historia fortalece su fe y refuerza más grandemente el amor por Cristo Resucitado. Para los dudosos y para los tibios, el relato de la columna resquebrajada por la LUZ, del padre Mitrofanis, puede encender una chispa de creencia y reconsideración de Dios, de SU AMOR, y SUS milagros.

  1. La columna resquebrajada

En el lado izquierdo de la entrada a la Iglesia de la Resurrección, hay tres columnas, una al lado de otra. Una de las columnas está oscurecida y agrietada en la parte inferior. Un relato histórico confirma cómo llegó a resquebrajarse esta columna.

Durante el reina de Salim II, desde el año 1517 en adelante, los armenios quisieron ser los únicos en recibir la Santa LUZ en vez de los ortodoxos, que era quienes la recibían tradicionalmente. En aquel tiempo ocurrió un milagro insólito que nadie fue capaz de discutir.

El contemporáneo que duda podría responder con este argumento aparentemente lógico: “La columna está realmente agrietada y ennegrecida por el humo. ¿Cómo puede provenir el humo de esta LUZ?. La Santa LUZ es la presencia de Dios. Este hecho no es casual ni ninguna confabulación. Los infieles son ciegos a los milagros. Puesto que Dios es Omnisciente, no puede conocer o definir la Voluntad de Dios.

Dios también es LUZ, VIDA y poder VIVIFICANTE. Mediante este poder ilumina y preserva la vida en toda la creación. Pero la LUZ y la fuente de la LUZ (Santiago 1:17), no son sólo el Padre. La LUZ también es el Hijo (Juan 8:12). La LUZ también es el Espíritu Santo, y por esta razón el apóstol San Pablo exhorta a los fieles a caminar en la LUZ del Espíritu Santo (Efesios 5:9).

Vemos a Dios el Padre aparecer como LUZ y como NUBE resplandeciente, y también como fuego con humo. Cuando Moisés ascendió al Monte Sinaí para recibir las tablas de la Ley, hubo rayos y relámpagos, y una gruesa nube sobre la cima, y el Monte Sinaí estaba envuelto en humo porque el Señor descendió sobre él como fuego, y el humo de allí ascendió como el humo de un horno. (Éxodo 19:16-18).

El incrédulo pregunta: “¿Santa LUZ con humo?”. Dios no acepta nuestras órdenes sobre cómo debería aparecer. Dios es independiente. En la columna, se reveló a Sí Mismo “como fuego” con humo, “como el humo de un horno” para testimonio de los incrédulos. En el Monte Sinaí todo está carbonizado y ennegrecido “por los rayos” hasta hoy. Entonces, ¿por qué no debería de estarlo la columna de la entrada de la Iglesia de la Resurrección?.

El incrédulo responde de nuevo: “Esto es un engaño que los sabios han creado para engañar a los ingenuos. Sin embargo, los ‘ingenuos’ no son pocos en número. Son los millones de almas fieles de todo el mundo. Para ellos, la columna es la conciencia y la fe común, de la que surgió la Santa LUZ y luego estalló en una Llama divina para marcar el pilar bendito.

  1. Los heterodoxos

Antes del servicio de la Santa LUZ (cada Sábado Santo), todos los heterodoxos, (los armenios, latinos, coptos y sirios), junto con los ortodoxos, se acercan con gran humildad para venerar al patriarca, el jerarca que preside de la Ortodoxia. Los no ortodoxos lo reconocen como representante de la verdadera fe y como padre santo de la Iglesia de Jerusalén, la Iglesia, cuyo primer jerarca fue Santiago, el hermano del Señor.

Los heterodoxos aceptan al patriarca con espíritu de sumisión y obediencia. Le conceden respeto y honor. Besan con postración su mano derecha. Ahora viene la pregunta:

“Entonces, ¿es posible para los heterodoxos dar su consentimiento a una ‘representación’ fraudulenta de la LUZ para engañar a los siete o diez mil crédulos peregrinos?. No, los heterodoxos reconocen sin reservas la VERDAD de la Santa LUZ.

Por tanto, hay mucho que decir sobre a autenticidad del milagro del Sábado Santo. Es un hecho indiscutible que los creyentes de otros credos participan fervientemente en este pináculo de la celebración de la Pascua.

LA INVESTIGACIÓN

Para eliminar cualquier posibilidad de engaño, los heterodoxos mismos realizan una exhaustiva y extremada inspección dentro y fuera del Santo Sepulcro en busca de cualquier cosa que pueda encender materiales combustibles.

Además, el patriarca es sometido a una búsqueda corporal exhaustiva en presencia de mucha gente. Por tanto, ¿quién puede ignorar la autenticidad de la Santa LUZ tras los estrictos exámenes de todos los procedimientos?.

Se debe recordar que cuando el patriarca está finalmente listo para entrar en el Santo Sepulcro, no entra solo. Está acompañado por un clérigo armenio monofisita, que sigue cada movimiento con estricta vigilancia a fin de evitar cualquier cosa llamativa en el desarrollo.

Sin embargo, hasta el día de hoy, y después de veinte siglos, no se ha escuchado nada perjudicial, ni se escuchará la menor calumnia a expensas de la VERDAD de la Santa LUZ. Si de vez en cuando se propagan falsos rumores sobre la verdad del milagro, la Verdad prevalece y se disipa la falsedad.

TESTIGOS OCULARES

Multitud de gente devota con una fuerte y ardiente fe ha visto la divina LUZ. Cada uno, según la medida de su fe, es hecho digno de ser testigo de su manifestación. Hay similitudes sorprendentes en las descripciones de lo que los testigos perciben cuando aparece la LUZ. Alguien podría preguntarse si la gente de diferentes edades y géneros, quizá experimente ilusiones o alucinaciones. Los incrédulos declaran que sólo los que están psicológicamente desequilibrados tienen delirios sobre la LUZ que declaran ver.

Ciertamente no es un caso de histeria colectiva como se evidencia por el hecho de que en cada celebración de la Resurrección en Jerusalén, miles de peregrinos llegan con anticipación al glorioso evento. Cuando la Santa Luz se ve resplandecer en todos los lugares, dentro y fuera del Santo Sepulcro, dentro y fuera de la Iglesia de la Resurrección, en el Gólgota e incluso fuera del área, hay más allá de esta la comprensión, un estallido de entusiasmo, y todos parecen disfrutar de un espíritu de exaltación por el misterioso fenómeno.

DUDAS JUSTIFICADAS

Ahora se alza una extraña cuestión. ¿Qué explicación se puede dar a la realidad de que un gran número de personas realmente vea la Santa LUZ, y sin embargo al patriarca que preside le sea negada la visión del fenómeno?.

El celebrante de los misterios de Dios raramente es hecho digno de ver lo que realiza, porque si lo fuera, sería presa de tal temor y terror que quedaría realmente mudo.

Cuando el Profeta Zacarías, durante la hora del incienso, vio al arcángel Gabriel en pie cerca del altar del templo, y “Zacarías se turbó y lo invadió el temor” (Lucas 1:12).

¡Imaginad qué pasaría si un celebrante viera el lado invisible de lo que sucede durante la Oblación en la Santa Mesa o en cualesquiera otros misterios realizados en al Iglesia!. Estaría perplejo exponiendo lo indescriptible. Tal fue el caso de San Pablo y su visita al tercer cielo.

Otra duda razonable que el lector podría tener, es el intento del padre Mitrofanis por contemplar un milagro. Hoy en día alguien podría ocultarse fácilmente en el nicho y, estando de acuerdo con el patriarca, presentar una “llama”. Sin embargo, la colaboración para tal acuerdo secreto no es un asunto simple. El escrutinio exigente de las premisas, evita tal riesgo.

La empresa arriesgada y audaz llevada a cabo por el padre Mitrofanis, estuvo motivada por la creencia y la incredulidad que le asediaban constantemente. Su temerario empeño se hizo porque pensaba que expondría un engaño. Sin embargo, su verificación del milagro reveló su potencial para convertirse en maestro de la Verdad de la Santa LUZ, la Verdad que era posible para silenciar tanto a escépticos como a agnósticos.

Mientras residía en un hogar de ancianos de Tesalónica, el padre Mitrofanis se reunió con el autor. El padre Mitrofanis, rebosante de la gracia celestial, se preparó para encontrarse con la eterna Luz, nuestro Señor Jesús Cristo, en la Nueva Jerusalén.

EPÍLOGO

Un sueño noble de cualquier cristiano es viajar a Tierra Santa. Una vez se ha cumplido, incluso bajos circunstancias difíciles, y ha regresado a la comodidad de su hogar, sucede algo inexplicable, incluso años más tarde. Su mente y su corazón son consumidos con el deseo de volver a visitar y adorar de nuevo en los lugares santificados por la presencia de Cristo hace 2000 años.

Por supuesto, hay los que van simplemente por curiosidad como turistas. Si existe una chispa de fe, también ellos desarrollarán el deseo de volver.

Los fieles cristianos que viven una vida espiritual y regresan a la Tumba Vivificante de su Maestro crucificado, son tocados por las palabras del ángel: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?. No está aquí; ha resucitado” (Lucas 24:5-6).

El lugar que el ángel menciona es el centro de la salvación del hombre. De esta Tumba emana toda la Gracia y la Misericordia de Dios para la humanidad. Para la persona de fe, este lugar santísimo del planeta Tierra, no crea dudas, ni provoca vacilaciones o preguntas. Simplemente, hay una creencia en Aquel que fue enterrado y resucitó como vencedor sobre la muerte. El apóstol Pablo dijo: “Y si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe” (1ª Corintios 15:17).

 

Los enemigos de la Iglesia, los perseguidores y calumniadores del cristianismo, permanecen en silencio ante la indiscutible realidad del esplendor y la grandeza de la Santa LUZ. A pesar de todo lo que digan o hagan, esta LUZ resplandece en todo el universo. Los devotos peregrinos la transportan como una bendición celestial a los lugares más lejanos y la preservan durante todo el año, brillando en sus iglesias y en sus hogares.

Sin embargo, la Santa LUZ no es sólo la fuente de la Gracia divina en Tierra Santa. Es el fenómeno primario que atrae como un imán a todas las almas creyentes. La presencia de Dios en la persona de un humilde Maestro, lo bendijo todo: el sol, el aire, los árboles, las aguas, la tierra, las montañas y las quebradas, las calles y los caminos. Todo lugar nos cuenta la existencia de Cristo aquí, y también sobre sus milagros.

Cada año, gente de todo el mundo se reúne en Jerusalén para encontrar la paz, el gozo y la inspiración. Anhelan estar presentes para participar en la Divina Pasión, ascendiendo por los pasos escarpados hacia el Calvario, y para lamentarse por el sacrificio de nuestro Señor Jesús Cristo en la Cruz. Los que se acercan a la Tumba como lo hicieron las Mujeres Miróforas, se convierten en portadores de honor, amor y lealtad al Señor muerto y enterrado. Finalmente, reciben la Gracia de Cristo Resucitado, el conquistado de la muerte y del pecado.

Durante el servicio de la Santa LUZ, hay una continua y firme oración por la unidad de toda la humanidad. En esta celebración, Dios ilumina las almas receptivas para aceptar y creer en la Verdadera y Pura Fe. La realización de esto dará lugar a la realización de las palabras del Señor: “Y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Juan 10:16). El cumplimiento de “Venga Tu Reino, será evidente cuando las divisiones y discordias surgidas por los cismas, herejías y sectas, sean abandonadas.

Traducido por psaltir Nektario 

para cristoesortodoxo.com

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