Viaje al cielo, parte 1, capítulo 3. Recordar el amor de Dios.

 

 

Sobre el recuerdo de Dios en todo lo posible

En todo lugar y en todo lo posible, recordar al Señor vuestro Dios y Su santo amor por nosotros. Todo lo que veis en el cielo, en la tierra y en vuestra casa os abre los ojos al recuerdo del Señor vuestro Dios y a Su santo amor. Estamos envueltos en el amor de Dios. Toda criatura de Dios nos da testimonio de Su amor por nosotros. Cuando veáis la creación de Dios y hagáis uso de ella, decios a vosotros mismos: Esta es la obra de las manos del Señor mi Dios, y fue creada por mí. Estas luminarias del cielo, el sol, la luna y las estrellas, son creaciones del Señor mi Dios, e iluminan a todo el mundo y a mí. Esta tierra en la que vivo, que da fruto para mí y mi ganado, y todo lo que pueda haber en ella, es la creación del Señor mi Dios. Esta agua que me refresca a mí y a mi ganado es una bendición del Señor. Este ganado que me sirve es la creación del Señor y Él me lo dio para servirme. Esta casa en la que vivo es bendición de Dios y me la dio para mi reposo. Esta comida que pruebo es un don que Dios me ha dado para el fortalecimiento y el consuelo de mi carne débil. Este vestido con el que me revisto me lo dio el Señor mi Dios para conservar mi cuerpo desnudo. Y así con todo.

Este icono es la imagen de Cristo, la imagen de mi Salvador, que vino por mí a este desafortunado mundo para salvarme, pues había perecido, y sufrió y murió por mí, y así me redimió del pecado, del diablo, de la muerte y del infierno. Adoro su inefable amor por el hombre.

Este icono es la imagen de la Theotokos, la imagen de esta Toda Santa Virgen, que dio a luz en la carne sin semilla a Jesús Cristo, mi Señor y Dios. ¡Bendita entre todas las mujeres es la Madre que llevó a Dios encarnado, y bendito es el fruto de su vientre (Lucas 1:42)!. ¡Bendito es el vientre que llevó a mi Señor, y los pechos de los que se amamantó!.

Este es el icono del Precursor, es la imagen del gran profeta que fue enviado por Dios ante el rostro de mi Salvador Jesús Cristo, a quien predicó al pueblo cuando ya había venido al mundo, y le señaló diciendo: “He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29), y fue hecho digno de bautizarle en las aguas del río Jordán.

Este es el icono del apóstol, es la imagen del discípulo de mi Salvador, que le vio en persona, que fue con Él, que le vio obrar milagros, que le escuchó predicar, que lo vio sufrir por la salvación del mundo, y levantarse de entre los muertos y ascender al cielo. Este es el icono del mártir, es la imagen del luchador que resistió incluso hasta verter su sangre por el honor de mi Salvador Jesús Cristo, y que no escatimó ni siquiera su propia vida por Su Nombre, y estableció nuestra piadosa fe como verdadera, vertiendo su propia sangre.

Esta palabra, la Sagrada Escritura que escucho, es la palabra de Dios, es la palabra de Su boca. La boca de mi Señor habló esto, y por medio de ella, mi Dios me habla: “Mejor es para mí la Ley de tu boca que millares de oro y plata” (Salmos 118:72). ¡Oh Señor, concédeme oídos para escuchar Tu santa palabra!.

Esta santa casa, la iglesia en la que estoy, es el templo de Dios en el que se ofrecen oraciones y glorificaciones a Dios en común, por parte de todos los fieles, mis hermanos. Estas voces, esta glorificación y oración común son las voces por las que se elevan himnos, acciones de gracias, alabanzas y glorificación al santo nombre de mi Dios.

Este hombre consagrado, el obispo o sacerdote, es el siervo más cercano de mi Dios, que le ofrece oraciones por mí, pecador, y por todo el mundo. Este hombre, el predicador de la Palabra de Dios, es el mensajero de Dios, que me hace conocer el camino de la salvación y al resto del pueblo, mis hermanos.

Este hermano mío, cada hombre, es la amada criatura de mi Dios, y al igual que yo, es una criatura creada a partir de la imagen y semejanza de mi Dios. Y habiendo caído, ha sido redimido, al igual que yo, por la sangre del Hijo de Dios, mi Salvador, y es llamado a la vida eterna por el Logos de Dios. Debo amarle como la criatura amada de mi Dios, amarle como me amo a mí mismo. Y no debo hacerle nada que yo mismo no ame, y debo hacerle lo que deseo para mí mismo, pues es lo que Dios me mandó. En una palabra, toda ocasión y toda cosa puede y debe inspiraros a un amoroso recuerdo del Señor vuestro Dios, y debe mostraros Su amor por vosotros, pues incluso Su castigo procede de Su amor por vosotros. Según la Escritura: “El Señor corrige a quien ama” (Hebreos 12:6). Así pues, recordad en todo lugar, en toda ocasión y en todas las cosas, el nombre del Señor vuestro Dios. Guardaos de no olvidar a vuestro Benefactor cuando disfrutéis de Sus beneficios, para que no parezcáis ingratos a Él, pues el olvido de un benefactor es un signo claro de ingratitud.

Sobre la gratitud a Dios

Dios es vuestro creador, libertador, supremo benefactor y buen proveedor. Él os creó, así como también os da todo lo bueno, pues sin Su bondad no podríais vivir ni siquiera un minuto. No veis a vuestro Benefactor con estos ojos, pero veis los beneficios que os ha dado. Veis el sol, la luna y Sus estrellas que os iluminan. Veis el fuego que os calienta y cocina vuestra comida. Veis el alimento que os satisface, veis la vestidura con la que se cubre vuestro cuerpo desnudo. Veis otras incontables bendiciones que Os dio para vuestras necesidades y comodidades.

Así pues, viendo y recibiendo estas bendiciones, recordar a vuestro invisible Benefactor en todo lugar y siempre con amor, y dadle gracias por todos Sus beneficios con un corazón puro. La mayor y más elevada de todas Sus bendiciones es que por Su buena voluntad, Cristo, Su Hijo Unigénito, vino a nosotros y nos redimió por Su preciosa Sangre, y sufrió por el maligno, el infierno y la muerte. En esta obra nos mostró Su inefable bondad hacia nosotros. Así, debemos contemplar siempre con fe esta gran obra de Dios tan incomprensible a la mente, y recordar a Dios, que tanto nos amó, tan indignos como somos. Debemos darle gracias con todo nuestro corazón, adorarlo, alabarlo, cantarle himnos y glorificarlo con todo nuestro corazón y labios. “Bendito sea el Señor, el Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, al suscitarnos un poderoso Salvador, en la casa de David, su siervo” (Lucas 1:68-69).

Vosotros, también, debéis recordar siempre esta gran obra de Dios y maravillaos por ella, y dar gracias a Dios desde el fondo de vuestro corazón, y vivir como complace a Dios, que vino al mundo a salvar a los pecadores, para que no le ofendáis con vuestra ingratitud. Él desea salvaros, pues vino al mundo por vosotros, y sufrió y murió en Su santa carne. Por eso, debéis cumplir Su santa voluntad y tener cuidado por la salvación de vuestras almas con toda diligencia. Dad gracias a Dios, y vivid  en el mundo humildemente, con amor, mansa y pacientemente, como Él mismo vivió. También desea lo mismo de vosotros.

Sobre la complacencia a Dios

Esforzaos por complacer a Dios con fe y obediencia, esto es, haced lo que Él desea y lo que le complace, y no hagáis lo que no desea y no le complace. Sin obediencia, cualquier cosa que pueda hacer un hombre no complacerá a Dios.

Traducido por psaltir Nektario B.

© Enero 2016

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Categorías:San Tikon de Zandonsk, viaje al cielo

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