Viaje al cielo, parte 1, capítulo 2. Los signos del amor a Dios.

Sobre el amor a Dios, continuación

Pero veamos cuales son los signos del amor de Dios, para que no tengamos una idea falsa del amor, en vez del amor en sí. En nada se engaña tanto el hombre a sí mismo como en el amor. Los signos de este amor son:

  1. Dios mismo lo indica, diciendo: “El que tiene mis mandamientos y los conserva, ese es el que me ama” (Juan 14:21). Pues el que verdaderamente ama a Dios, se guardará de todo lo que es repugnante a Dios, y se apresurará a cumplir todo lo que complace a Dios. Por lo tanto, guarda sus mandamientos. De esto se deduce que aquellos cristianos que descuidan los mandamientos, no aman a Dios. Tales son los malvados y los que hacen daño a otros de cualquier forma. Tales son los libertinos, adúlteros y profanadores. Tales son los ladrones, los bandidos, los atracadores y todos los que se apropian injustamente de los bienes de otros. Tales son los calumniadores y aquellos que maldicen a otros. Tales son los astutos, los deshonestos, los engañadores, los mentirosos e hipócritas. Tales son los hechiceros y los que los llaman. Todos estos, ni aman la Ley de Dios, ni aman a Dios. Se aman a sí mismos y a sus propios apetitos, pero no a Dios ni a Su santa Ley.
  1. Un signo manifiesto del amor a Dios es una sincera alegría en Dios, pues nos regocijamos en lo que amamos. Del mismo modo, el amor de Dios no puede existir sin alegría, y cuando un hombre siente la dulzura del amor de Dios en su corazón, se regocija en Dios. Pues una virtud tan dulce como el amor no puede sentirse sin regocijo. Así como la miel endulza nuestra garganta cuando la probamos, así alegra nuestro corazón el amor de Dios cuando “gustamos y vemos cuán bueno es el Señor” (Salmos 33:9). Tal alegría en Dios la encontramos en muchos lugares de la Santa Escritura y se refleja sobre todo en los santos salmos. Esta alegría es espiritual y celestial, y es un anticipo de la dulzura de la vida eterna.
  1. El que verdaderamente ama a Dios desdeña al mundo y todo lo que hay en él, y se afana por Dios, su amado. Tiene como nada el honor, la gloria, las riquezas, y todas las comodidades de este mundo que los hijos de esta era buscan. Para él, sólo basta Dios, el increado y más amado bien. Sólo en Él encuentra el perfecto honor, gloria, riqueza y comodidad. Para él, sólo Dios es la perla de gran precio, por la que tiene todo lo demás como poco y escaso. Ese tal no desea nada en el cielo ni en la tierra más que Dios. Tal amor lo encontramos en las palabras del Salterio: “¿Quién hay para mí en el cielo sino Tú? Y si contigo estoy, ¿qué podrá deleitarme en la tierra?. La carne y el corazón mío desfallecen, la roca de mi corazón es Dios, herencia mía para siempre” (Salmos 72:25-26). Usa el alimento, la bebida, el vestido y todo lo demás, sólo por necesidad, y no por placer sensual.

De esto se deduce que el que ama al mundo, no ama a Dios. Según el testimonio del apóstol: “Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1ª Juan 2:15). Tales son los que encuentran placer sólo en el orgullo y la pompa de este mundo, en casas fastuosas, en ricos carruajes, en mesas suculentas y abarrotadas, en vestir ricos y costosos vestidos, para ser glorificado y admirado por todos, y todo lo demás. Tales personas aman “todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida” (1ª Juan 2:16), que son repugnantes a Dios, pero no aman a Dios.

  1. El que verdaderamente ama a Dios tiene a Dios en su mente, y Su amor hacia nosotros, y Sus beneficios. Vemos esto incluso en el amor humano, pues a menudo recordamos al que amamos. Así que el que ama a Dios, Lo recuerda, piensa en Él, encuentra consuelo en Él, y se cautiva por Él. Pues allí donde está su tesoro, allí también está su corazón (Mateo 6:21). Para el que verdaderamente ama a Dios, el invaluable y amado tesoro es Dios. Por lo cual, también recuerda a menudo Su Santo Nombre, y con amor. Así, el corazón lleno del amor de Dios revela signos exteriores de amor. Por eso vemos que los que olvidan a Dios, no lo aman, pues el olvido es un signo manifiesto de no amar a Dios. El que verdaderamente ama a Dios nunca puede olvidar a su amado.
  1. El que ama, no desea estar nunca separado de la persona a la que ama. Muchos cristianos desean estar con Cristo el Señor cuando Es glorificado, pero no quieren estar con Él en el deshonor y el reproche, ni llevar su cruz. Le piden poder estar en Su Reino, pero no desean sufrir en el mundo, y de este modo muestran que su corazón no es recto y que no aman verdaderamente a Cristo. Y a decir verdad, se aman a sí mismos más que a Cristo. Por esta razón, el Señor dice: “Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de Mí” (Mateo 10:38). Se conoce a un verdadero amigo, en la desgracia. Es nuestro verdadero amigo, el que nos ama, y el que no nos abandona en la desgracia. Así mismo, el que verdaderamente ama a Cristo es el que permanece con Cristo en este mundo, se adhiere a Él en su corazón, soporta sin quejarse la cruz con Él, y desea estar con Él, inseparablemente en el siglo venidero. Tal persona es la que dice a Cristo: “Mas para mí la dicha consiste en estar unido a Dios” (Salmos 72:28).
  1. Un signo del amor de Dios es el amor al prójimo. El que ama verdaderamente a Dios, ama a su prójimo. El que ama al que ama, ama lo que él ama. La fuente del amor al prójimo es el amor a Dios, pero el amor a Dios es conocido por el amor al prójimo. De este modo se hace aparente que el que no ama a su prójimo, no ama tampoco a Dios. Así lo enseña el apóstol: “Si alguno dice: ‘Yo amo a Dios’, y odia a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios, a quien nunca ha visto. Y este es el mandamiento que tenemos de Él: que quien ama a Dios ame también a su hermano” (1ª Juan 4:20-21).

Queridos cristianos, arrepintámonos y alejémonos de la vanidad del mundo, y purifiquemos nuestros corazones con arrepentimiento y contrición, para que el amor de Dios pueda morar en nosotros. “Dios es amor, y el que permanece en el amor, en Dios permanece, y Dios permanece en él” (1ª Juan 4:16).

¿Por qué debemos amar a Dios?

Dios es el supremo bien del que surge todo bien, y toda la bendición que es y siempre será.

Sin Dios, toda bienaventuranza es maldición y aflicción, la vida es muerte, y la alegría y la dulzura son amargura. Vivir con Dios es la felicidad en la desgracia, la riqueza en la pobreza, la gloria en el deshonor y el consuelo en la pena. Sin Dios, no puede haber verdadero descanso, paz y consuelo.

Por lo tanto amadlo como vuestro bien supremo y bienaventuranza, amadlo por encima de toda criatura, por encima de padre y madre, por encima de mujer e hijos, por encima de vosotros mismos. Unios sólo a Él en vuestro corazón, y por encima de todo , deseadlo sólo a Él, porque Él es vuestro bien eterno y bienaventuranza, sin la que ni hay vida ni bienaventuranza en esta era o en la venidera.

Toda criatura de Dios es buena, pero su Creador es incomparablemente mejor. Así pues, amad y desead este bien como existente, sin principio, sin fin, siempre existente, y sin cambio, de Quien todas las criaturas son creadas buenas.

Traducido por psaltir Nektario B.

© Enero 2016

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Categorías:San Tikon de Zandonsk, viaje al cielo

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