Viaje al cielo parte 1, capítulo 1. Sobre el amor de Dios

 

 

Sobre el amor a Dios

Amados cristianos, todos los cristianos dicen: “¿Cómo no amaremos a Dios?”, o “¿a quién amaremos, sino a Dios?”. Esto es muy cierto, “¿cómo no amaremos a Dios?”. Y asimismo, “¿a quién amaremos, sino a Dios?”. Dios es el bien supremo, increado, sin principio, sin fin, existente y sin cambio. Así como el sol siempre resplandece, así como el fuego siempre calienta, así mismo Dios es bueno por naturaleza. Él es, y siempre hace, el bien, pues “Uno solo es el bueno” (Mateo 19:17). Dios hace el bien incluso cuando nos castiga, pues nos castiga para poder corregirnos. Él nos golpea para poder tener misericordia de nosotros, nos da penas para consolarnos verdaderamente. Pues “el Señor corrige a quien ama, y a todo el que recibe por hijo, le azota” (Hebreos 12:6). Entonces, ¿cómo puede alguien no amar un bien tan grande como Dios? Dios es nuestro Creador. Él nos creó de la nada. No existíamos, y he aquí, vivimos, nos movemos y tenemos el ser. Sus poderosas manos nos formaron y nos crearon. Él nos creó, oh hombres, no como a las demás criaturas, insensatas e irracionales. Nos creó por Su propio consejo divino especial, “Hagamos al hombre” (Génesis 1:26). De otras criaturas se dice: “Porque Él lo mandó y fueron creados” (Salmos 148:5), pero no así con el hombre. ¿Y entonces qué?. Dice: “Hagamos al hombre”. ¡Oh santo, oh amado Consejo! El Dios Tri-Hipostático, Padre, Hijo y Espíritu Santo, dijo del hombre, “Hagamos al hombre”. ¿Qué clase de hombre?. Él dijo: “a imagen nuestra, según nuestra semejanza” (Génesis 1:26). ¡Oh maravillosa bondad de Dios para con el hombre! ¡Oh exaltado honor del hombre! ¡El hombre fue creado por Dios a imagen y semejanza de Dios!. ¿A qué criatura ha concedido Dios tal honor? No conocemos ninguna igual. Fue concedida al hombre y fue honrado con la imagen de Dios. ¡Oh amada y hermosa creación de Dios, el hombre, imagen de Dios!. El hombre la lleva en sí mismo como un sello real. Así como se honra al rey, así es su retrato. Así como a Dios el Rey Celestial le es debido todo el honor, así mismo a Su imagen, el hombre. Dios derramó su bondad sobre nosotros, en nuestra creación, oh cristiano. Entonces, ¿cómo no amaremos a Dios?.

Caímos y perecimos. No podemos lamentarnos suficientemente por esto: “Porque el hombre no permanece en su opulencia; desaparece como los brutos” (Salmos 48:13). Pero incluso así, Dios, que ama a la humanidad, no nos abandonó, sino que encontró un maravilloso medio para nuestra salvación. Nos envió a su Hijo Unigénito para salvarnos y reunirnos con Él. “Porque así amó Dios al mundo: hasta dar su Hijo único, para que todo aquel que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16). Entonces, ¿cómo no amaremos a Dios, que nos ama tanto? Así como le llamamos: Dios es el Amante de la humanidad, así mismo el hombre debe ser un amante de Dios. Pues no se puede dar otra cosa a cambio del amor, mas que amor y gratitud.

Dios es nuestro abastecedor. Piensa por nosotros y nos cuida. Nos da nuestro alimento, vestido y hogar. Su sol, su luna y sus estrellas nos dan luz. Su fuego nos calienta y cocinamos nuestra comida con él. Su agua nos lava y nos refresca. Sus bestias nos sirven. Su aire nos aviva y nos mantiene vivos. En una palabra, estamos rodeados por sus bendiciones y amor, y sin ellas no somos capaces de vivir ni un momento. Entonces, ¿cómo no amaremos a Dios, que nos ama tanto?. Amamos a un hombre que hace el bien; pues tanto más debemos amar a Dios que hace el bien, de quien somos creación, y todo lo que podamos poseer. Toda la creación, y el hombre mismo, es posesión de Dios. “De Dios es la tierra y cuanto ella contiene” (Salmos 23:1).

Dios es nuestro Padre. Le rezamos y decimos: “Padre nuestro que estás en el cielo”, y lo que continúa. Entonces, ¿cómo no amaremos a Dios el Padre? Los buenos hijos aman necesariamente a su padre. Entonces, si queremos ser verdaderos hijos de Dios, y sin hipocresía Le llamamos Padre, entonces también debemos amarle como Padre.

Verdaderamente, todos dicen: “¿cómo no amaremos a Dios?”. El amor, como toda virtud, debe residir también en nuestro corazón. Si el amor no reside en el corazón, entonces no existe. Dios no dice: “amad, sed humildes, sed compasivos, implorad, clamadme”, y todo lo demás, a nuestros labios, sino a nuestro corazón. Entonces, el amor, la humildad, la compasión, la oración y todo lo demás, debe residir en el corazón. Y si no mora en el corazón, inevitablemente saldrá de él como una eructación del estómago. Un fuego oculto se revela a sí mismo por su calor, y un bálsamo fragante, por su aroma. Así, David mostró el santo amor que tenía por Dios mediante sus dulcísimos himnos a Él. “Te amo, Señor, fortaleza mía, mi peña, mi baluarte, mi libertador, Dios mío, mi roca, mi refugio, broquel mío, cuerno de mi salud, asilo mío” (Salmos 17:2-3), y en otros muchos lugares. Aunque el amor pueda estar oculto en el corazón, no se puede ocultar, sino que se muestra a sí mismo por medio de signos externos.

Traducido por psaltir Nektario B.

© Enero 2016

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Categorías:San Tikon de Zandonsk, viaje al cielo

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