Divina Maternidad, parte 3

Kursk

 

La Theotokos, con su consentimiento, ha recapitulado en ella a toda la humanidad

 

La gloria de María

La insistencia de la tradición sobre el papel de Deípara de Dios correspondiente por derecho a la Virgen María no debe ser comprendido como una reducción “machista” del papel de la mujer. Hemos visto que la Theotokos ha recapitulado en ella, con su consentimiento, a toda la humanidad. Esta actitud era, en sí misma, suficiente para glorificarla por encima de todos los hombres creados. Su papel, por tanto, no se detuvo en el momento preciso de la Natividad. El hecho de dar a luz al Hijo de Dios en la carne fue asumido y cumplido hasta sus últimas consecuencias.

En efecto: este papel en la Encarnación ha establecido a la Virgen María en una relación absolutamente única frente a su Creador. Al nacer de ella, Dios eligió entablar con una mujer una relación única de amor e intimidad, tomando su carne para hacer su propia carne, tomando su sangre para desarrollar su vida humana, alimentándose de su leche, y regocijándose con su sonrisa materna, llevándole todo el amor de un hijo por su madre. Así, a través de ella, a través de este amor totalmente puro e instintivo, se unió con toda la humanidad y con toda la creación. El movimiento de ternura y amor que los une a los dos es la imagen y la recapitulación del amor entre Dios y el hombre, entre Dios y el mundo.

Por tanto, es a toda la humanidad, radiante de gloria y majestad, a quien la Theotokos personifica en el icono de la Natividad, en una actitud extraordinaria de hieratismo y plenitud en la maternidad.

Para comprender mejor este inmenso papel correspondiente por derecho a una mujer en la economía de la salvación, conviene explorar el significado de la figura de la Madre en la tradición judía, y ver a continuación cómo fue bautizado este significado en la Nueva Alianza.

La gloria materna

La importancia de la Madre en el Antiguo Testamento es muy grande. Josy Eisenberg señala que la religión judía “ha conservado simultáneamente el papel matriarcal y patriarcal” (Josy Eisenberg, La mujer en el tiempo de la Biblia, Ed. De la Seine, p. 55). Así, todo hombre se define con relación a su padre, haciendo seguir su nombre con la expresión “hijo de…”, y con el nombre de su padre. Los judíos se nombran así: “Samuel ben Aarón”, o “Sara bat Aarón”.

“En cambio, por un lado, no es considerado como judío el que tiene una madre judía; por otro lado, se recurre al matronimio en algunas oraciones particularmente patéticas y vitales: en la fiesta de Yom Kippur, en una invocación solemne donde se reza por el perdón y la vida, en la oración pronunciada ante la Torah por una persona gravemente enferma. Así, la madre judía es el último recurso, el intercesor supremo, fuente de todo amor, pues ella ha dado la vida, y ella es quien puede obtener la preservación o la prolongación” (Josy Eisenberg, op. cit. Ibíd..).

La maternidad reviste, pues, una importancia espiritual muy grande e importante en la Biblia. Representa la plenitud de la mujer, pero también, la plenitud del amor entre el hombre y la mujer. Un pasaje de la Biblia manifiesta con una fuerza singular el gozo profundo en la maternidad: la risa de Sara, la mujer de Abraham, a quien Dios concede el gozo de dar a luz a Isaac tras una larga vida de esterilidad. Esta risa, quizá única en toda la Biblia, parece hacerse visible a través de la gran exultación del icono de la Natividad.

“Pecador me concibió mi madre”

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Sin embargo, esta visión real de la maternidad debe ser templada. Desde la caída y la expulsión de Adán y Eva fuera del jardín del Edén, la maternidad está ligada al sufrimiento y a la muerte. Una de las maldiciones dirigidas por Dios a Eva, concierne al alumbramiento con dolor. Está ligada de la misma forma a la maldición de Dios sobre el suelo. De hecho, toda gestación, toda creación, todo alumbramiento, se encuentran manchados de muerte, de término, y no pueden mostrarse sin una parte de sufrimiento y dificultad por la caída.

Para Josy Eisenberg, el lazo entre la sexualidad y la muerte, entre Eros y Thánatos, es ajeno al alma judía. Esta idea provendría de los griegos, y el moralismo, o al menos el pesimismo de San Pablo sobre este tema, sería influencia del helenismo.

Por tanto, este mismo autor reconoce que el ritual de purificación de la madre y la presentación del hijo en el templo, cuarenta días después del nacimiento, está justamente ligado al reino de la muerte, que refuerza el lazo vital de la maternidad y del nacimiento del niño. Este ritual mosaico, que se ha transmitido a la Iglesia Ortodoxa, aspira a purificar a la madre y al hijo de la mancha ligada al acto del alumbramiento. Todo ser que nace en condiciones de este mundo caído está condenado a muerte. (Toda idea de mancha en el Antiguo Testamente debe ser comprendida como una presencia de la muerte y del sufrimiento tras la Caída. Por eso, los rituales de purificación tienen un sentido, tanto médico y corporal, como espiritual, siendo indisociables los dos aspectos, material y espiritual, en la Biblia). La armonía extraordinaria del cuerpo que nace y que es llamado a embellecerse aún más en el crecimiento y el florecimiento, también está llamado a degradarse para terminar en la corrupción de la tumba. Del mismo modo, toda vida en la tierra está expuesta al sufrimiento, pero también a las imperfecciones, a los actos contrarios a Dios y al amor, a esta realidad resumida bajo el término genérico de “pecado” en la Biblia. Por eso, el rey David, escribe en el Salmo 50, donde clama su arrepentimiento y su esperanza de ser perdonado y restaurado por Dios: “Porque en la culpa nací, y pecador me concibió mi madre”.

  1. Lo que precede permite comprender que esta iniquidad no está ligada al acto sexual en sí mismo, sino a la condición caída de todo nacimiento humano, a la injusticia que reina en todo el mundo como signo de la presencia de la muerte.

El alumbramiento virginal de Cristo

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Este sentido caído de la maternidad no debería, por tanto, aplicarse al icono de la Natividad. En efecto, el nacimiento del Salvador se cumplió de forma milagrosa, fuera de las leyes de la naturaleza, en la virginidad de María. La tradición más antigua considera que la virginidad de la Theotokos no fue alcanzada por este nacimiento, “dejándola virgen y pura, antes y después del parto”, como lo canta un himno del oficio bizantino. El modo de este nacimiento, como hemos visto, fue totalmente misterioso.

La maternidad de la Virgen es mucho más real, mucho más majestuosa, justamente, por el hecho de que Aquel que nació de ella, de una forma tan milagrosa, no fuera alcanzado por el pecado. No fue concebido en la iniquidad, pues se hizo semejante a los hombres en todo, a excepción del pecado. Nacido incorruptible, Cristo escapa al reino de la muerte, y su nacimiento de la Virgen es el signo precursor de la realidad última del Reino, tal y como lo conoceremos todos tras la resurrección final. En esta eternidad de la tierra nueva y de los cielos nuevos de los que se habla en el Apocalipsis, no habrá ya partos con dolor, y la creación y la gestación de toda novedad, no estarán ya manchados por la muerte, pues su reino destruido.

 

Fuente: 

Traducido por psaltir Nektario B.

© Marzo 2015

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