Tratado sobre los ángeles, San Ignacio Briantchaninov. Parte 3

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Tras la muerte (como más tarde tras la resurrección general), todos los cristianos dignos de la bienaventuranza eterna entran en comunión estrecha con los ángeles y los ven, puesto que sus almas (y más tarde sus cuerpos glorificados e inmortales) son similares a la de los ángeles, según el testimonio del Evangelio. Para que los hombres puedan ver a los ángeles, es necesaria una transformación interna, transformación en la cual los ángeles no tienen por su parte ninguna necesidad. En el siglo venidero, tras la resurrección de los muertos, los hombres serán como los ángeles de Dios en el Cielo (Mt. 22:30). Serán parecidos a los ángeles y serán hijos de Dios, siendo hijos de la Resurrección (Luc. 20:36). De estas palabras del Salvador y de otros extractos de las Santas Escrituras, se destaca que la morada de los ángeles se encuentra en el cielo, y particularmente en el tercer cielo donde los ángeles más elevados permanecen ante el trono de Dios, rodeados de la innumerable armada celestial (Is. 6; Apo. 4:5). Sin embargo, todos los ángeles no han guardado su dignidad original. Numerosos fueron aquellos que cayeron. Les conocemos ahora bajo los horribles nombres de satán, diablo, demonios, ángeles de las tinieblas y ángeles caídos.

La caída de los ángeles caídos es anterior a la del hombre: cuando nuestros ancestros estaban todavía en el Paraíso, los ángeles caídos, ya expulsados del cielo, erraban en el aire, siendo el dominio de los demonios exiliados y tenebrosos. Los ángeles caídos fueron en antaño encontrados culpables en el cielo de una revuelta contra Dios.

El instigador de este amotinamiento fue uno de los más bellos de los querubines, más rico que los otros en dones divinos. El Espíritu Santo inspiró al profeta Isaías de llorar su caída: ¡Cómo caíste del cielo, astro brillante, hijo de la aurora! ¡Cómo fuiste echado por tierra, tú, el destructor de las naciones! Tú que dijiste en tu corazón: “Al cielo subiré; sobre las estrellas de Dios levantaré mi trono; me sentaré en el Monte de la Asamblea, en lo más recóndito del Septentrión; subiré a las alturas de las nubes; seré como el Altísimo.” Pero ahora has sido precipitado al scheol, a lo más profundo de la tierra (Is 14:12-15).

Dios condenó al profeta Ezequiel a llorar sobre el rey de Tiro, que la Biblia compara al querubín caído, y nombrado más allá “querubín” en el texto citado por San Juan Casiano. San Andrés de Creta y San Juan Casiano ven en este rey al principal ángel caído. Es a él a quien los llantos inspirados del profeta hacen inmediatamente pensar: Y vino a mí la palabra del Seór, diciendo: Hijo de hombre, entona una elegía sobre el rey de Tiro, y dile: Así habla el Señor: Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría y de acabada hermosura. Vivías en el Edén, jardín de Dios; toda clase de piedras preciosas formaban tu vestido: el sardio, el topacio, el diamante, el crisólito, el ónice, el jaspe, el zafiro, el carbuncio, la esmeralda y el oro. Tus tambores y tus flautas estuvieron a tu servicio en el día en que fuiste creado. Eras un querubín ungido para proteger; Así Yo te había constituido; estabas en el monte santo de Dios y caminabas en medio de piedras de fuego. Perfecto fuiste en tus caminos desde el día de tu creación, hasta que fue hallada en ti la iniquidad. Con el gran aumento de tu comercio llenóse tu corazón de violencias y pecaste; por tanto te profané (echándote) del monte de Dios; y te destruí, oh querubín protector, de en medio de las piedras de fuego. Engrióse tu corazón a causa de tu hermosura; corrompiste tu sabiduría con tu esplendor; por eso, te arrojé al suelo y te di en espectáculo a los reyes. Por la multitud de tus maldades, y por las injusticias de tu comercio profanaste tu santidad; por eso hice salir fuego de en medio de ti, un fuego que te consumió, y te convertí en ceniza sobre la tierra, ante los ojos de todos lo que te ven. (Ez. 28: 11-18). Estas palabras del profeta no serían de ninguna forma atribuidas al rey de Tiro. Esta ciudad fue fundada por los paganos y siguió en la iniquidad de forma permanente. Es, por lo tanto, imposible que su rey haya sido garantía de la perfección, una corona de la belleza, ni que haya sido puesto en el Paraíso entre los querubines. No debe parecer extraño que el Señor pida llantos por el ángel caído. Nuestro Dios, en su infinita bondad, nos revela así su gran misericordia y su compasión por la criatura perdida. El hombre mismo, cuando la gracia sobrenatural del Espíritu Santo lleva en él una abundante misericordia, no puede no compadecerse por todas las criaturas sumisas a la perdición, aunque sean los enemigos más empedernidos del género humano, es decir los demonios. Engañado y endurecido por su orgullo y su presunción, el querubín caído sedujo y entrenó para seguirle a multitud de ángeles, y entre ellos a numerosos ángeles de grados superiores de la jerarquía celeste. El archiestratega Miguel se elevó de inmediato contra satán revelado que se convirtió libremente en el padre y jefe del mal, y hubo una guerra en el cielo. Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón. Y el dragón y sus ángeles combatieron pero no fueron los más fuertes y su lugar no fue hallado en el cielo (Apo. 12: 7-8). Su cola arrastró al tercio de las estrellas del cielo y los echó sobre la tierra (Apo. 12:4). El número de adeptos del sedicioso es tan importante que la Escritura, que compara aquí a los ángeles con las estrellas del cielo, evalúa a aquellos que se dejaron arrastrar por la cola de la serpiente (es decir, que consintieron obedecerle) al tercio de los astros celestes. Bajo señal de Dios, satán fue precipitado de lo alto del cielo con sus adeptos. Al mismo tiempo, los santos ángeles que permanecieron fieles a Dios fueron afirmados en el bien por la gracia divina, y se hicieron completamente impermeables al mal, que no era el caso anteriormente. Tras aquello, el combate entre los ángeles de la luz y los ángeles de las tinieblas no disminuye, puesto que estos últimos, en su incansable testarudez, no cesan de armarse contra Dios. La caída del diablo fue instantánea y rápida: Yo veía, dijo el Logos Eterno, a Satanás caer como un relámpago del cielo (Luc. 10:18). Por tanto, esta pronta caída no le hizo consciente de su impotencia ni de la Omnipotencia de Dios, tanto su entenebrecimiento como su caída interior eran profundas. Privado de la gracia de Dios, perdió la integridad de su propia naturaleza y fue profundamente deteriorado, a tal punto que las Escrituras le comparan a los animales, e incluso al más malvado y al más astuto de entre ellos: la serpiente. Es así como se le califica tanto en el Antiguo como en el Nuevo testamento (Gen. 3:1 ; Apo. 12:9).

Tras su caída, el principal ángel caído se convirtió en el jefe de los espíritus que él mismo había arrastrado a la perdición, y estos últimos le asisten desde entonces en el reino de las tinieblas y del mal. Los diversos dones naturales de los ángeles de luz perduran en los ángeles de las tinieblas. Más grandes son los dones, más grande es el mal, puesto que estos seres están únicamente dirigidos hacia el mal. Los Padres enseñan que entre los demonios, se puede distinguir al maestro supremo, a los príncipes, los subordinados, los demonios más o menos poderosos, más o menos malvados. Satán es una palabra hebraica que significa enemigo o adversario; diablo es el equivalente en griego. La palabra griega demonio significa espíritu o genio, pero no se emplea más que para señalar al ángel caído. Estas palabras corresponden todas con el ruso.

Los ángeles de las tinieblas expulsados del cielo se instalaron bajo los cielos, en un lugar que la Escritura y los Padres llaman “aire”. Esto es por lo que los habitantes de este espacio se llaman también espíritus, poderes y príncipes del aire.

El jefe de los ángeles caídos no se limitó a su propia caída, provocó también la del hombre, tras la cual su situación se deterioró todavía más: fue completamente rechazado, totalmente extranjero a todo el bien y privado de toda posibilidad de regresar al bien.

Antes de la caída de Adán, ya erraba en compañía de los otros demonios en el desierto situado bajo los cielos, presa de un terrible y tenebroso vacío interior debido a la privación de la gracia divina. La primera pareja humana disfrutaba de las bienaventuranzas del Paraíso y Dios en su inefable misericordia, permitió a satán penetrar en el Paraíso a fin de ver la bienaventuranza de las nuevas criaturas creadas y, si era posible, regresar a la bienaventuranza, reconocer su pecado, y arrepentirse, lo que constata lo fácil que era para el Creador de reemplazar una criatura que se había hecho a sí misma indigna libremente por una criatura razonable y aguda. El caso del ángel caído no estaba en ese momento completamente perdido. Desgraciadamente, cuando visitó el Edén, envidió terriblemente a los hombres nuevos creados y se empleó a hacerles salir del Paraíso, para incorporarles a ellos y a sus descendientes, a la asamblea innumerable de demonios. Su proyecto triunfó y los hombres rechazaron obedecer a Dios, y se sumaron a su homicida. Su nombre de homicida le fue dado por las Santas Escrituras porque el hombre, inmediatamente privado de la gracia divina tras su caída, moría por su alma. Este nuevo estado no le permitió más de permanecer en el Paraíso. Una vez precipitado a la tierra, maldito a causa de su pecado, se sumó al diablo y engendró otros hombres cuya alma fue igualmente llevada a la muerte por el demonio, y que se sumaron también a él. El castigo infligido a los hombres a través de Adán es terrible!. Pero el castigo del ángel caído, su homicida, fue todavía más terrible!. En efecto, el hombre conservó todavía su esperanza de salvación, porque se había equivocado, y se dio cuenta de su pecado nada más cometerlo. Por el contrario el diablo, este consciente criminal empedernido, perdió toda esperanza de salvación. El Señor dijo a la serpiente: “Por haber hecho esto, serás maldita como ninguna otra bestia doméstica o salvaje. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje; éste te aplastará la cabeza, y tú le aplastarás el calcañar”. (Gen. 3:14-15).

La primera parte de esta sentencia abajó al diablo al grado del género animal, es decir, que le privó de todos los pensamientos elevados que conducen a las criaturas razonables al conocimiento de su destino. Todas las fuerzas de su ser son en adelante dirigidas hacia el mal y al éxito criminal del siglo presente. El pensamiento de su caída le es extraño, se enorgullece de su estado, se regocija de sus crímenes, añade sin tregua otros nuevos a los antiguos, no retrocede ante ninguna fechoría, conspira la pérdida de hombres, progresa en la blasfemia y en su animosidad hacia Dios. Y aún peor, se vanagloria y enorgullece de todo ello. Toda la asamblea de demonios comparte su estado, lo reconoce como soberano absoluto, y reniegan de Dios, el Verdadero Soberano.

La segunda parte de la sentencia no es menos terrible para el orgulloso espíritu de las tinieblas. Puesto que soñaba con ser igual a Dios, se dijo que su victoria sobre el hombre no estaba completa, que se puso enemistad entre él y el Hijo de la Mujer, y que la posteridad de este hombre que menosprecia, le aplastará la cabeza. En este combate, todas las oportunidades de victoria están, por lo tanto, a favor del hombre, incluso si el diablo mantiene todavía la posibilidad de ganar una batalla hiriendo el talón de su adversario. Sobre la tierra, la visión de las serpientes nos recuerda concretamente la maldición pronunciada por Dios contra la antigua serpiente. El Nuevo Testamento califica al diablo de antigua serpiente, para distinguirla de las serpientes terrestres que terminan desapareciendo de la superficie de la tierra por la muerte. Esta antigua serpiente existe en efecto inmutablemente hasta el presente. Para su muerte eterna, el diablo espera la segunda venida de Cristo.

Después de la caída de Adán, la actividad espiritual de los hombres está íntimamente ligada a la de los ángeles caídos y a la de los ángeles de la luz. El hombre es el objeto de sus incesantes combates. Se encuentra constantemente situado, por así decirlo, entre la esperanza de la salvación conducida por los ángeles y una eventual perdición tramada por los ángeles caídos.

Traducido por hipodiácono Miguel P.

Agosto de 2015

para cristoesortodoxo.com

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