Prelest y los ancianos espirituales, parte 2/3

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  1. La revelación de los pensamientos

La revelación o confesión de los pensamientos, según el obispo San Ignacio Briantchaninov, “fue, con toda probabilidad, instituida por los mismos apóstoles” (Santiago 5:16), y fue practicada generalmente en el antiguo monaquismo, como es claramente evidente en los escritos de los santos Juan Casiano, Juan Clímaco, Barsanufio el Grande, Abba Doroteo y, en una palabra, en todos los escritos patrísticos sobre el monaquismo. Sin embargo una condición indispensable para practicar la confesión de pensamientos es un monje que haya sido educado en esta práctica y haya alcanzado cierto grado de perfección espiritual.

San Juan Casiano el romano dice: “Es beneficioso revelar los pensamientos propios a los padres, no solo a cualquier padre, sino a los ancianos espirituales, no a causa de su venerable edad y su pelo gris, sino a causa de su discernimiento. Muchos hombres, movidos por la vejez de un anciano espiritual, le confiesan sus pensamientos, pero en vez de ser sanados, sufren daño causado por la incompetencia de su confesor” (7), “pues no todos, ni por cualquier medio, pueden tomar sobre sí los “pensamientos que le son confesados” (San Barsanufio y San Juan) (8). San Efrén el Sirio previene: “Si aún no estás, en gran medida, inflamado por el Espíritu Santo, no aspires a escuchar los pensamientos de otros hombres” (9). “Un confesor debe arder con el fuego de la gracia, para que este fuego pueda quemar la maldad de los pensamientos y las pasiones de otros hombres, y para que la gracia y la confesión no puedan romper, sino más bien unir mucho más la cadena de relaciones morales entre él y los hombres que hacen una confesión. Un anciano espiritual que es llamado a escuchar confesiones, ‘juzga según el Espíritu de Dios que permanece en él’” (10). “Padre, dime lo que te revelará la gracia del Espíritu Santo, y sana mi alma” (Patericón Palestino) (11): estas son las palabras con las que un monje arrepentido se dirige al asceta. La gracia del Espíritu Santo era, a saber, el poder que impartía a un anciano espiritual su autoridad interior para escuchar la confesión de pensamientos y para curarlos.

Esta práctica, según San Ignacio Briantchaninov, “es de beneficio extraordinario para el alma: ningún otro simple esfuerzo ascético mortifica las pasiones con tal facilidad y poder como este. Las pasiones se retiran de aquel que las confiesa sin piedad” (12).

“El que oculta sus pensamientos no se sanará” (Santos Barsanufio y Juan). “No ocultes tus pensamientos, confusiones o sospechas… Pues los demonios se regocijan por el hombre que oculta sus malos o buenos pensamientos” (San Isaac). “Rechazando la vergüenza, siempre debemos revelar a nuestros ancianos espirituales todo lo que tiene lugar en nuestro corazón” (San Juan Casiano). “Un pensamiento maligno se debilitará inmediatamente después de ser confesado. E incluso antes de que la penitencia sea impuesta, el abominable dragón huirá, como si fuera sacado a la fuerza de su oscura cueva subterránea hacia la luz del día por el valor de la confesión, y ahora se expusiera en su desgracia” (San Juan Casiano). “El pensamiento perverso es el inicio y la raíz de las transgresiones; cuando se oculta, se convierte en un acto de las tinieblas” (San Teodoro el Estudita) (13).

La revelación de los pensamientos es el arma más poderosa en las manos de un padre espiritual y un anciano espiritual. El autor de estas líneas frecuentemente fue testigo del anciano espiritual del monasterio de Optina, el hiero-esquema-monje Anatolio (Potapov), recibiendo las confesiones de los pensamientos de los monjes. Esta escena dispuso una impresión muy fuerte. Llenos de atención concentrada y reverencia, los monjes acudían al anciano espiritual, uno detrás de otro. Se arrodillaban cuando recibían su bendición, e intercambiaban unas pocas frases cortas con él. Algunos pasaban rápidamente, otros permanecían unos momentos. Se podía sentir que el anciano espiritual los trataba con amor paternal y autoridad. Ocasionalmente recurría a un modo externo de tratamiento, como suaves palmaditas en la frente del monje penitente, probablemente para combatir los molestos pensamientos. Todos los monjes abandonaban al anciano espiritual en paz y consolados. Esto tenía lugar dos veces al día, por las mañanas y por las tardes. Verdaderamente, la vida en Optina no estaba asediada por los problemas, y todos los monjes tenían una disposición atenta, incluso tierna; algunos eran alegres, otros, estaban profundamente concentrados. Se tiene que ver con los propios ojos el resultado de la revelación de los pensamientos para entender su significado plenamente. Un antiguo monje describió con las siguientes palabras el estado de santo júbilo experimentado por un hombre tras haber confesado sus pensamientos: “Estaba lleno de gozo inconmensurable, sentía mi mente purificada de cualquier deseo pecaminoso. Me deleitaba en una pureza que no puedo describir. La verdad misma es el testigo de esto; fui fortificado por la firme fe en Dios y por su gran amor… Me volví impasible e incorporal, envuelto en la iluminación de Dios, habiendo sido creado por Su voluntad” (Patericón Palestino, II, pp, 95-96) (14).

El Abba San Doroteo (+ 620), cuando enseñaba sobre el temor de Dios, hablaba sobre el bendito estado que alcanzaba cuando revelaba sus pensamientos a su anciano espiritual: “Estaba libre de todo sufrimiento, de toda ansiedad. Si tenía algún pensamiento inquietante, lo escribía en una tabla (porque estaba acostumbrado a escribir mis preguntas antes de acudir al anciano); y a penas terminaba de escribir, sentía el beneficio y el alivio, llegando a ser profundamente grande la despreocupación y la paz en mí. Sin entender el poder de la virtud, y habiendo escuchado que debemos, por medio de una gran tribulación, entrar en el Reino de Dios, estaba preocupado de que no tuviera sufrimientos. Revelé este pensamiento a mi anciano espiritual, y él dijo: “No te aflijas, no tienes nada de qué preocuparte. El que obedece a los padres, goza de la libertad de las preocupaciones, y de la paz” (15).

El obispo San Ignacio Briantchaninov dice que los monjes que viven por la regla de San Nilo de la Sora, que se someten a la guía de las Santas Escrituras y a los escritos de los santos padres, y tienen la costumbre de confesar sus pensamientos, pueden compararse a los hombres que ven y viven, mientras que los que hacen caso omiso a tal forma de vida, son igual que los ciegos, igual que los cadáveres” (16).

  1. Características de un anciano espiritual

En la literatura ascética, cuando se elige a un guía espiritual, se aconseja no buscar grandes dones en él, o habilidad para realizar milagros, o don de profecía, etc., sino elegir al que tenga experiencia en la actividad espiritual, que haya alcanzado personalmente la purificación de las pasiones: pues incluso un hombre de pasiones puede poseer dones espirituales… San Macario de Egipto dijo: “Quizá alguien tenga la gracia, y sin embargo su corazón no sea puro. Esto es porque algunos hombres sólo pueden caer: no pensaban que el humo y el pecado estuvieran habitando en ellos junto con la gracia” (17).

Sólo un hombre que haya atravesado exitosamente el camino de la labor espiritual, puede conducir a otros por este camino.

Un monje que haya recibido, sin esfuerzo particular, el don de la gracia a causa de la pureza de su alma, que haya perseverado desde la niñez, no puede tener la capacidad para guiar a otros. Puesto que no está familiarizado con los caminos del mal por su propia experiencia, no conoce la lucha contra las pasiones, y por tanto, no percibe el mal en otros. Hubo casos en los que tales ancianos, siendo santos, perjudicaron a sus discípulos e incluso “los condujeron al engaño”.

Para dirigir a otros, se necesita el don de discernimiento: “Este arte está a medio camino de la santidad”, dijo el anciano Leonid de Optina. Un verdadero anciano espiritual tiene el don de discernimiento.

El obispo Ignacio habla de estos dones, de esta forma: “San Juan Casiano el Romano dice que los padres egipcios, entre los cuales floreció especialmente el monaquismo y produjo frutos asombrosos, afirman que ‘es bueno dar dirección espiritual y ser dirigido por aquellos que realmente son sabios’, y testifican que ‘esto es un gran don y gracia del Espíritu Santo’. Una condición indispensable de tal sumisión es un guía portador del espíritu que, por voluntad del Espíritu puede mortificar la voluntad caída de la persona sometida a él en el Señor, y también puede mortificar todas las pasiones causadas por la voluntad caída. La caída del hombre y la voluntad corrompida implican una tendencia a todas las pasiones. Es obvio que la mortificación de una voluntad caída, que es llevada a cabo tan sublime y victoriosamente por la voluntad del Espíritu de Dios, no puede ser hecha por la voluntad caída de un guía, cuando el guía mismo aún está esclavizado por las pasiones. ‘Si deseas renunciar al mundo y conocer la vida evangélica’, dijo San Simeón el Nuevo Teólogo a los monjes de su tiempo, ‘no te confíes a un maestro inexperto o apasionado, no sea que en lugar de la vida evangélica aprendas la vida diabólica. Pues la enseñanza de los buenos maestros es buena, mientras que la enseñanza de los malos maestros es mala. La mala simiente produce malos frutos. El ciego que intenta guiar a otros es un engañador, y los que lo siguen son lanzados al abismo de la destrucción, según la palabra del Señor: “Si un ciego guía a otro ciego, caerán los dos en un hoyo” (Mateo 15:14)….’. Aquellos ancianos espirituales que toman sobre sí el papel de los antiguos santos ancianos espirituales sin tener sus dones espirituales, deben saber que su intención, sus pensamientos e ideas sobre la gran labor monástica de la obediencia, son falsos; hagámosles saber que su actitud o su forma de pensar, su razón y conocimiento son autoengaño y prelest diabólico, que no puede hacer surgir un fruto correspondiente en la persona que es guiada por ellos.

“Si no hay un buen guía disponible”, continúa el obispo San Ignacio, “es mejor para un asceta estar sin ninguno, que no someterse a un inexperto… Es un terrible asunto tomar sobre sí los deberes (de la ancianidad espiritual) que sólo pueden ser llevados por mandato del Espíritu Santo y por la acción del Espíritu. Es algo terrible pretender ser una vasija del Espíritu Santo cuando al mismo tiempo no se han cortado las relaciones con el maligno, y la vasija aún siendo contaminada por la acción del maligno (es decir, ¡cuando la templanza aún no ha sido alcanzada!). Tal hipocresía es terrible. Es desastrosa tanto para uno mismo como para el prójimo; es algo criminal a ojos de Dios, es blasfemo…. ‘San Pimen el Grande ordenó que un penitente debía romper inmediatamente con un anciano espiritual si vivir con él resultaba ser perjudicial para el alma’. (Patrología Alfabética). Evidentemente esto significa que el anciano espiritual en cuestión estaba rompiendo la tradición moral de la Iglesia. Otro asunto es cuando no se perjudique al alma, y uno sólo esté perturbado por los pensamientos, que son obviamente diabólicos. No debemos ceder a ellos. Obran justo donde recibimos provecho espiritual, que es lo que los demonios quieren arrebatarnos” (18).

Un anciano que ha obtenido experiencia personal en la escuela de la sobriedad y la oración mental del corazón, que ha dominado así las leyes psicológico-espirituales, y que ya ha alcanzado personalmente la templanza, es capaz de guiar a un novicio en su “batalla invisible” en el camino a la templanza. Debe ser capaz de penetrar en lo más profundo del alma humana, ver el comienzo mismo del mal dentro de ella, junto con las causas de este inicio, diagnosticar una enfermedad y encontrar el método preciso para sanarla. Un anciano espiritual es un hábil médico espiritual. Debe ver claramente la “máscara interior” de este discípulo, es decir, el carácter de su alma y el grado de su desarrollo espiritual; debe poseer el don de discriminación y “discernimiento de espíritus”, porque en todo momento tiene que lidiar con el mal que intenta transformarlo en un ángel de luz. Como un hombre que ha alcanzado la templanza, un anciano espiritual normalmente tiene también otros dones espirituales: el de clarividencia, el de obrar milagros, el de profecía….

En el grado más alto de capacidad o competencia, como se ejemplificaba en San Serafín de Sarov, un anciano espiritual alcanza una completa y no restringida libertad para manifestar su actividad, pues no es él, sino Cristo quien mora en él (Gálatas 2:20); toda su actividad está en el Espíritu Santo, y por tanto siempre está en armonía con la Iglesia y sus instituciones.

La ancianidad espiritual no es un rango jerárquico de la Iglesia; es un tipo especial de santidad, y por tanto puede ser inherente a cualquiera. Un monje sin un rango eclesiástico puede ser un anciano espiritual, como, por ejemplo, fue el caso del padre Bernabé de la Hermita de Getsemaní, al inicio de su actividad en la guía espiritual. Un obispo también puede ser un anciano espiritual: por ejemplo, San Ignacio Briantchaninov, o San Antonio de Voronezh, el gran contemporáneo de San Serafín. Hubo también ancianos espirituales entre los sacerdotes: San Juan de Kronstadt y el padre San Jorge (el nuevo mártir) de la aldea de Chekriak. Finalmente, la ancianidad espiritual también puede ser asumida por una mujer, como por ejemplo la clarividente bendita Parasqueva Ivanovna, una loca en Cristo del monasterio de Diveyevo, sin cuyo consejo no se realizaba nunca nada en aquella comunidad monástica. También, las higumenas y las laicas pueden tener la función de ancianas espirituales.

Así, resumiendo, la ancianidad espiritual es un don especial de la gracia, un carisma ejercido bajo la guía directa del Espíritu Santo, una clase especial de santidad. Mientras que todos los miembros de la Iglesia están limitados a someterse a la autoridad de la Iglesia, ninguno está limitado a someterse a la autoridad de un anciano espiritual. Un anciano espiritual nunca se impone sobre nadie; uno siempre se somete a él voluntariamente. Sin embargo, una vez que uno encuentre a un anciano espiritual verdadero, e inspirado por la gracia, y habiéndose sometido a él, el discípulo debe obedecerle sin reservas, en todo, y su consejo debe ser seguido, porque por medio del anciano espiritual, se le está revelando directamente la voluntad de Dios. Y tal “obediencia monástica” (en la forma en la que era practicada en el antiguo monaquismo), es llamada por el obispo Ignacio como “un altísimo misterio espiritual” (19). Así mismo, no se requiere que nadie “investigue sobre un anciano espiritual”, pues una vez se ha pedido consejo, se debe seguir por la razón anterior.

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Si un asceta contemporáneo no puede encontrar un guía espiritual experimentado, no por culpa suya, si no a causa de una completa ausencia de este último, no por ello debe desanimarse y abandonar su empeño ascético. Según el consejo de San Nilo de la Sora, un monje de hoy en día debe recurrir a las Escrituras y a los escritos de los santos padres; no debe estar solo en esto, sino que debe buscar el “consejo en los hermanos más competentes, comparando al mismo tiempo su consejo con la Escritura” (20). Para alentar a los ascetas en su difícil situación, el obispo Ignacio les refiere el consejo de San Isaac el Sirio: “Un monje no debe dudar de que recibirá el don de la gracia divina, así como un hijo no duda de que recibirá la herencia de su padre. Esta herencia es suya por la ley natural”. El objetivo del monaquismo es la renovación por el Espíritu Santo, pero San Isaac llama al arrepentimiento y a la humildad como los medios para este objetivo, y aconseja a los monjes adquirir la habilidad de llorar por sí mismos y usar la oración del publicano. Sugiere que descubramos en nosotros mismos los suficientes pecados como para hacer que nuestra conciencia nos recuerde que no somos más que inútiles siervos y necesitados de misericordia. “La misericordia divina”, dice el santo, “viene por sí misma y cuando no pensamos en ella. Esto es así, pero sólo si el fundamento es puro y sin mancha” (21).

Aquí debemos repetir e insistir en que este esfuerzo ascético adecuado es imposible sin la oración de Jesús. Hablando de los que tienen miedo a empezar a practicar la oración de Jesús, el anciano espiritual Basil Polyanomerulsky (el maestro de San Paisios Velichkovsky) dice: “Los que no están familiarizados con esta oración por propia experiencia, piensan que tienen el don de discernimiento, y se justifican a sí mismos, o se podría decir, que no están dispuestos a aprender esta santa disciplina por tres razones o consideraciones. En primer lugar, la descartan por ser una característica exclusiva de hombres santos y templados. La segunda razón dada es la escasez de guías y maestros experimentados, y la tercera razón, el peligro de engaño. Sin embargo, estas razones son infundadas: la primera, porque la etapa inicial del progreso espiritual para los novicios consiste en el debilitamiento de las pasiones por la sobriedad de la mente y la vigilancia del corazón, es decir, la oración mental, como es propio de un alma activa. El segundo argumento es poco razonable e infundado porque en caso de falta de guías y maestros adecuados, la Santa Escritura es nuestro maestro. El tercer argumento implica el autoengaño: en vez de aprender sobre el engaño y las precauciones contra él por la Santa Escritura, estas mismas precauciones son malinterpretadas y presentadas como una base reticente para practicar la oración mental. Si temes practicar esta oración sin reverencia y simplicidad de corazón, debes saber que yo también lo temo por esta razón, pero no a causa de ninguna fábula sin sentido, según la cual “si escuchas al lobo, no vayas al bosque”. Debemos temer a Dios, pero sin alejarnos de Él o renunciar a Él a causa de este temor” (22).

La posición actual de la guía espiritual (dukhovnichestvo), como pronto veremos, se remonta a la antigua “ancianidad espiritual” monástica (starchestvo), y es su forma secundaria. A causa de la afinidad de estos dos fenómenos (la guía espiritual y la “ancianidad espiritual”) muchos sacerdotes menos experimentados, solo familiarizados teóricamente con la literatura ascética, siempre pueden tener la tentación a “exceder su autoridad”, a sobrepasar los límites de su posición como guías espirituales, para asumir el papel de un “anciano”, mientras que en realidad no comprenden en qué consiste la verdadera orientación de un “anciano espiritual”. Esta circunstancia está cargada de peligro y puede causar un daño irrevocable en las almas de sus pupilos espirituales. Es bien sabido que ha habido incluso casos de suicidio como resultado de tal daño infligido.

En la pseudo ancianidad espiritual, la voluntad de una persona está esclavizada por la voluntad de otra, contrariamente a lo señalado por el apóstol Pablo: “Comprados habéis sido por un precio grande; no os hagáis esclavos de los hombres” (1ª Corintios 7:23), y esta situación conlleva un sentimiento de opresión, desaliento o actitud malsana parcial al “anciano”. Una verdadera actitud llena de gracia con respecto a un anciano, aunque basada en una obediencia incondicional, no priva a la persona del sentimiento de gozo y libertad en Dios, porque no está en sumisión a la voluntad de un hombre, sino que, por medio de ella, lo está a la voluntad de Dios. Sabe por su propia experiencia que el anciano le muestra la mejor manera de salir de cualquier dificultad externa, o le ofrece la mejor cura para su enfermedad espiritual.

Mientras que el anciano espiritual lleno de gracia es el portador de la voluntad de Dios, el pseudo anciano espiritual eclipsa a Dios.

No se debe confundir la actividad de asesoramiento de los ancianos espirituales con la disciplina monástica y la autoridad de los superiores, o con la clase de esfuerzo ascético especial en el que un monje se somete a una completa obediencia externa con un “anciano espiritual” frecuente, severo y templado, abrazando conscientemente así, por decirlo de alguna forma, el martirio. Cualquier monje no es suficientemente fuerte para atravesar esta clase de mortificación de su voluntad, y puede causar gran angustia e indiferencia en la vida espiritual. No es un ejemplo a imitar, sino más bien una excepción digna de asombro.

El obispo Ignacio les dice a los novicios que obedezcan al superior o a otras autoridades monásticas, así como que obedezcan a “todos los padres y hermanos en asuntos que no entren en conflicto con la Ley de Dios, o con la regla y orden del monasterio, o con las directrices de las autoridades monásticas. Pero no obedecer en ningún caso lo que es malo… Buscad el consejo de padres y hermanos sensibles y virtuosos, pero aceptad su consejo con extrema precaución y discreción… ¡no os dejéis llevar por consejos que os impresionen grandemente al principio”, pues pueden atraeros a causa de vuestra inexperiencia o porque gratifica alguna pasión oculta en vosotros” (23).

La relación entre un consejero y un aprendiz difiere de la de un anciano espiritual y un novicio, un esclavo en el Señor, por quien el anciano espiritual asume completa responsabilidad. Un consejero no es responsable de su consejo si lo ha dado con temor de Dios y con humildad, no por propia voluntad sino porque le pidieron y exigieron que lo diera. Y el cumplimiento con el consejo recibido no es obligatorio: puede llevarse a cabo o no. “No ocultemos la palabra de Dios, sino démosla a conocer”, dice San Nilo de la Sora. “La Divina Escritura y las palabras de los santos padres son tan numerosas como las arenas del mar. Buscándolas diligentemente, las enseñamos a los que vienen a nosotros y que necesitan de ellas (a los que las piden o las requieren). Más correctamente, no somos nosotros quienes enseñamos, porque somos indignos de hacer eso, sino que son los benditos y santos padres quienes enseñan por la Divina Escritura”. “Ahí tenéis un modelo excelente para nuestra guía hoy en día”, concluye el obispo Ignacio.

Cierto sacerdote experimentado, hablando de la guía espiritual y señalando la diferencia entre la actividad consejera de los ancianos espirituales y la de los guías espirituales, se expresó como sigue: “Un guía espiritual dirige a alguien al camino de la salvación, mientras que un anciano espiritual lo conduce a lo largo de este camino”.

Traducido por psaltir Nektario B.

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Categorías:paternidad espiritual

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