No presumas de tu pretendida cualidad de justo, por San Teófano el Recluso

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San Teófano el Recluso

No presumas de tu pretendida cualidad de justo (1)

(homilía en ocasión del Domingo del Fariseo y el Publicano)

 

¡He aquí que vuelven las semanas preparatorias a la Gran Cuaresma! ¡Gracias sean dadas a Dios que nos ha permitido vivir hasta este tiempo saludable! Recemos para que nos ayude a sacar beneficio según sus benevolentes disposiciones con nosotros. En el fondo, con respecto a esto, no pienso que deba decir gran cosa, pues no es la primera vez que vivís este tiempo, y más de una vez se os ha explicado el significado de estas semanas. Se os ha mostrado qué lección hay que sacar y seguramente, más de una vez, habréis sentido cómo se pueden vivir para edificación, o por el contrario, para su perdición. ¿Tenemos, pues, necesidad de grandes discursos? ¿No basta con decir: mis hermanos y padres, haced como os inspire vuestra conciencia, como os lo enseña vuestra experiencia, de modo que todo sirva para vuestra edificación y para la salvación de vuestras almas?

Dado esto, no querría dejaros sin ningún recuerdo, aunque fuese muy general, de las prescripciones que permiten vivir este tiempo con la mira de la salvación.

Hay enfermos que van a restablecer su salud con aguas termales. Piensan ya en su viaje futuro y se preparan con gran cuidado, para llegar deprisa y sin estorbos hasta las aguas benéficas y para aprovechar al máximo el tiempo impartido en el tratamiento. Así, también para nosotros, se anuncia el momento de la cura, la cura de nuestras almas: la Santa Cuaresma. Nosotros, por igual, vamos a bañarnos en las aguas de las lágrimas del arrepentimiento y consumir el remedio supremo: el cuerpo y la sangre de nuestro Señor. También nos es necesario prepararnos y, siendo el alma superior al cuerpo, nuestros cuidados deben ser mucho más intensos y más eficaces.

En un primer momento, no es necesario cargarse demasiado. Cuidemos solamente de penetrar las intenciones de nuestra madre la Iglesia y de reproducir en nosotros las disposiciones preparatorias que preconiza. Durante el transcurso de la Cuaresma, trabajemos para purificar nuestra conciencia y rectificar nuestros caminos. Y como el éxito de nuestros esfuerzos depende del grado de emoción de nuestros corazones por el arrepentimiento, la Iglesia nos dispone con antelación a esta emoción del corazón, buscando despertarla en nosotros y reafirmarla por diversos medios. Hoy, por la parábola del fariseo y del publicano, nos nuestra que el camino más corto para alcanzar el arrepentimiento es ahogar en nosotros la vanagloria del fariseo y enraizar en nuestro corazón el grito de arrepentimiento del publicano: ¡Oh Dios, ten piedad de mi, pecador (2)! El próximo domingo, con la parábola del hijo pródigo, la Iglesia nos enseñará que el hombre (sea cual sea el grado de su decadencia), que se vuelve con un corazón humilde y contrito hacia el Señor, clamando: “No soy digno de ser llamado hijo tuyo, recíbeme como a uno de tus siervos (3)”, será recibido en los brazos del Padre celestial, rico en misericordia. Y si se trata de aquel cuya alma está demasiado curtida, es demasiado insensible, la Iglesia, para contristarlo, le presenta el Juicio final. Así, si se trata de alguien que se ha curtido en su estado de pecado y que prefiere este estado natural sin imaginar nada mejor, la Iglesia le recuerda la caída de los ancestros para despertar en su corazón el recuerdo de la alegría perdida y el deseo de encontrarla: le hace comprender cuán grande era esta alegría, y porqué es conveniente echarla de menos y esforzarse en que vuelva al poseedor.

¡Tales son las intenciones de la Iglesia de Dios! ¡Penetradlas y seguid las instrucciones de nuestra madre llena de solicitud!

Para hoy, y para toda la semana que sigue, sacaremos nuestra lección del publicano y del fariseo. Es corta: no presumas de tu cualidad de “justo”, sino que, por el contrario, y a pesar del gran número de tus buenas acciones, pon tu esperanza de salvación en la bondad de Dios y clama desde el fondo de tu corazón: “Oh Dios, ten piedad de mi, pecador”.

Viendo al fariseo siendo objeto de una censura, no creáis que las obras de justicia, de piedad, de caridad y de extrema templanza no sirvan de nada ante los ojos de Dios. ¡No!. El Señor ha reprendido al fariseo, no por sus acciones, sino por haber mostrado su vanidad por estas, por haber puesto toda su esperanza en ellas olvidando los pecados en los que forzosamente tenía parte. Así mismo, viendo al publicano, no vayáis a creer que los pecados no sean nada ante Dios. ¡No!. El Señor alaba al publicado, no por haberse puesto, por sus pecados, en el estado del que no es digno de levantar los ojos al cielo, sino que, habiéndose él mismo conducido a esta situación por su mala conducta, se lamenta por ello, se entristece y espera encontrar su liberación en la misericordia divina. El Señor lo alaba por este regreso, por su humildad y su aflicción que lo hacen exclamar: “Oh Dios, ten piedad de mí, pecador”.

Tomando así ejemplo de los dos personajes, sacamos esta lección: trabaja, obra por el Señor con celo siguiendo toda la gama de Sus preceptos, y pon la esperanza de tu salvación entera y únicamente en la misericordia divina. Nunca conseguirás estar siempre, y en todo, libre de faltas ante Dios, y por eso, sea cual sea tu supuesta excelencia, no ceses de clamar desde el fondo de tu corazón: “Oh Dios, ten piedad de mí, pecador”.

Tal es la lección; inscribidla en vuestro corazón. Para ayudaros, haced esto: dejad desfilar rápidamente, en vuestro espíritu, toda vuestra vida y ved si en ella hay pecados, pecados de palabra, de obra o pensamiento. ¡Oh, ciertamente, se encontrarán una gran cantidad! Y si es así, ¿cómo no clamaréis esto?: “Oh Dios, ten piedad de mí, pecador”.

Reunid a continuación, en vuestro espíritu, todas vuestras buenas obras, o más bien, aquellas que en vuestra vanidad consideráis como buenas y ved: ¿son tan numerosas como las otras? ¿Cuánto habríamos podido, y cuánto habríamos debido hacer durante los trescientos sesenta y cinco días del año, y qué hemos hecho realmente? Muy poco, y este “poco”, ¿hay que exponerlo, clamando: no soy como los otros hombres (sobre todo cuando, frente a este “poco”, están las malas acciones, las cuales son innumerables)? Pues en las veinticuatro horas de los trescientos sesenta y cinco días, ¿cuántas horas hay que no lleven la impronta de un pecado cualquiera? Teniendo conciencia de esto, ¿cómo no exclamar?: “Oh Dios, ten piedad de mí, pecador”.

¿Este “poco”, es puro? ¿Se ve en cada una de estas raras buenas acciones el reflejo de la gloria de Dios? Llevándolas a cabo, ¿no pensamos en nosotros mismos y en los hombres más que en Dios? Y si es así, ¿cómo atribuirles el menor premio, y cómo, considerándolas, podemos alzar nuestros ojos diciendo: “no soy como los otros hombres”? ¡No!. Volved hacia vuestras obras el espejo imparcial de la justicia inscrita en la palabra de Dios, y será difícil pensar que vuestra conciencia no os empuje a suplicar: “Oh Dios, ten piedad de mí, pecador”.

Quizá, haya alguien entre vosotros que, en su vanagloria, diga en alta voz: “no soy como los otros hombres”, pues raros son, me parece, los que no caen en el engreimiento de sí mismos, que no dicen nada, sino cuyo corazón está atravesado por pensamientos que hacen gran caso de sus esfuerzos y de sus actos frente a los demás. Este sentimiento de autosatisfacción también es malo. Conviene sentir, y sentir profundamente, que no valemos nada, y que no podemos apoyarnos en nada que venga de nosotros. No tenemos más que un solo apoyo, la misericordia de Dios. Nuestra autosatisfacción debemos expulsarla. Un santo asceta, cada vez que un pensamiento le asediaba diciendo: “esto que has hecho aquí, y allí, está bien”, sospechaba que era una adulación del demonio y respondía: “Maldito seas con tu ‘bien’”. Así hacía este santo hombre y nosotros debemos hacer igual.

En la moral, no hay cosa peor que el contentamiento de uno mismo. Ataca el sentimiento de contrición y lo enfría. Así como el fuego es incompatible con el agua, así la contrición es incompatible con el sentimiento del mérito propio. Así como la parálisis alcanza a los órganos del movimiento, así la vanagloria socava todo impulso para el bien. Así como un rocío malo mata las flores más bellas, la complacencia hacia uno mismo, mentirosa, mata en nosotros lo que es bueno. ¡Elegid, pues, hermanos míos, lo que es bueno, y rechazad lo que es malo!.

En los himnos litúrgicos, el fariseo engreído de sí mismo es comparado al pasajero de un poderoso navío en el mar y el humilde publicano a un hombre navegando en una pobre barca. “Al primero, el huracán lo ha engullido lanzándolo hacia las rocas del orgullo, mientras que la calma profunda de la humildad y el viento ligero de los suspiros del arrepentimiento han conducido al segundo, sano y salvo, hacia el refugio de la justificación divina”. En estos himnos, el fariseo es comparado incluso a un viajero que va en un carro y el publicano, a un hombre que va a pie. “Así, este último, asociando la humildad a la compasión, ha adelantado al primero, cuya ruta estaba obstruida por las piedras de su orgullo”.

Cuando escuchéis estos reproches, hermanos míos, haced todos los esfuerzos posibles para alcanzar el objetivo. Que el mar sean vuestras lágrimas, que la barca sea vuestra aflicción, los vientos, vuestros suspiros, y la voz del publicano, vuestra guía en la navegación. Y ciertamente, alcanzaréis el refugio de la misericordia divina y pondréis el pie en la orilla de la justificación, donde disfrutaréis de la dulce paz de la conciencia en el perdón sin límites de Dios.

¡Que la bondad ilimitada de Dios pueda concedernos a todos este bien supremo! Amén.

Notas

  1. San Teófano el Recluso, Las puertas de la penitencia, Moscú, 2002, pg. 9
  2. Lucas 18:13
  3. Lucas 15:19

 

Fuente: Le Grand Carême. Lectures orthodoxes pour chaque jour ». Textes rassemblés par Bernard Le Caro, avec la participation de Matthieu Malinine, éditions des Syrtes, Paris, 2012, 300 p.

Traducido por psaltir Nektario B.

© Febrero de 2015

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