La llamada del Evangelio al monaquismo

Russian-Orthodox-Monks-Zagorsk-1958-Cornell-CapaMagnum-Photos-courtesy-of-the-International-Center-of-Photography

 

 

“Si quieres ser perfecto, vete a vender lo que posees, y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; y ven y sígueme” (Mateo 19:21).

En el cristianismo tradicional, la vida monástica es vista como un “estándar” o “norma” de la vida evangélica (1), pues lucha por cumplir no sólo aquellos mandamientos que son comunes a todos los cristianos, sino también los diferentes “consejos” que Él dio a los que están dispuestos a aceptarlos. Estos consejos incluyen la renuncia a las posesiones terrenales: “Si quieres ser perfecto, vete a vender lo que posees, y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; y ven y sígueme” (Mateo 19:21); la renuncia al matrimonio y a la vida familiar: “Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el reino de los cielos. El que pueda entender, entienda” (Mateo 19:12). “Y todo el que dejare casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o mujer, o hijos, o campos por causa de mi nombre, recibirá el céntuplo y heredará la vida eterna” (Mateo 19:29); y la renuncia a los negocios del mundo (tanto como sea posible) que puedan distraer o entorpecer la búsqueda de lo “necesario”, la salvación de la propia alma: “No os preocupéis, por consiguiente, diciendo: ‘¿Qué tendremos para comer? ¿Qué tendremos para beber? ¿Qué tendremos para vestirnos?’” (Mateo 6:31). “Porque, ¿de qué sirve al hombre, si gana el mundo entero, mas pierde su alma?” (Mateo 16:26). Se pueden encontrar ideas parecidas en muchos diferentes lugares por todos los Evangelios. Marta y María, que son consideradas santas en la Iglesia Ortodoxa, son reconocidas por la literatura patrística como “tipos” de cristianos en el mundo (Marta) y de monjes (María). Nuestro Señor reprende a Marta por su denuncia fuera de lugar contra su hermana indulgente: “¡Marta, Marta! Tú te afanas y te agitas por muchas cosas. Una sola es necesaria. María eligió la buena parte, que no le será quitada” (Lucas 10:41-42). El “negocio” de Marta (incluso en su servicio al mismo Señor) no puede reemplazar la “buena parte” que María ha elegido, sentada silenciosamente a los pies del Señor. El monaquismo es llamado a menudo “vida angélica” porque prefigura místicamente el futuro, la vida celestial, donde los resucitados serán “como los ángeles”, sin preocupaciones terrenales. “Los hijos de este siglo toman mujer, y las mujeres son dadas en matrimonio; mas los que hayan sido juzgados dignos de alcanzar el siglo aquel y la resurrección de entre los muertos, no tomarán mujer, y las mujeres no serán dadas en matrimonio, porque no pueden ya morir, pues son iguales a los ángeles” (Lucas 20:34-36).

San Pablo, en la primera carta a los corintios, explica más detalladamente porqué nuestro Señor aconseja a los “que pueden aceptarlo”, permanecer solteros:

“Mi deseo es que viváis sin preocupaciones. El que no es casado anda solícito en las cosas del Señor, por cómo agradar al Señor; mas el que es casado, anda solícito en las cosas del mundo, buscando cómo agradar a su mujer, y está dividido. La mujer sin marido y la doncella piensan en las cosas del Señor, para ser santas en cuerpo y espíritu; mas la casada piensa en las cosas del mundo buscando cómo agradar a su marido. Esto lo digo para vuestro provecho, no para tenderos un lazo, sino en orden a lo que más conviene y os une mejor al Señor, sin distracción. Pero si alguno teme deshonor por causa de su hija doncella, si pasa la flor de la edad y si es preciso obrar así, haga lo que quiera, no peca. Que se casen. Mas el que se mantiene firme en su corazón y no se ve forzado, sino que es dueño de su voluntad y en su corazón ha determinado guardar a su doncella, hará bien. Quien, pues, case a su doncella, hará bien, mas el que no la casa, hará mejor” (1ª Corintios 7: 32-38).

La viuda, “sin embargo será más feliz si permanece así, según el parecer mío, y creo tener también yo espíritu de Dios” (1ª Corintios 7:40).

Aunque, según el Evangelio, la vida monástica siempre ha sido reconocida por la Iglesia y los fieles como la “mejor” forma, el matrimonio cristiano también tiene la bendición de Dios, y puede ser el vehículo para la santificación y salvación de los cónyuges. Como dice San Gregorio el Teólogo, en su “Discurso sobre el Santo Bautismo”: “No deshonramos el matrimonio porque demos mayor honor a la virginidad” (2). Se debería entender también, que la objetiva superioridad del monaquismo no significa que los monjes sean por tanto “mejores” por la virtud de su forma de vida, que los demás cristianos. De hecho, es muy incorrecto pensar en el monaquismo como una especie de sociedad “exclusiva” compuesta de una “élite” espiritual. El monaquismo es arrepentimiento, y las puertas están abiertas a todos los que quieran entrar en ella, ya sean ladrones, prostitutas, pródigos o justos. Cualquier persona puede ser un monje. Algunos vienen a la vida monástica en su juventud, otros en la vejez, algunos llevando una vida muy independiente y aventurera, algunos, después de llevar una vida muy protegida. En cuanto a porqué la gente elige el monaquismo, San Juan Clímaco dice esto: “Todos los que han abandonado voluntariamente las cosas del mundo, han hecho esto realmente en aras al reino futuro, o a causa de la multitud de sus pecados, o por amor a Dios. Si no les movieron ninguna de estas razones, su retiro del mundo es irracional” (3). Califica esto un poco después, diciendo:

“No aborrezcamos o condenemos la renuncia a causa de las circunstancias… He visto semilla caída casualmente sobre la tierra y llevar mucho fruto provechoso… También he visto a una persona venir a un hospital con algún motivo aparente, pero la cortesía y dulzura del médico le ha vencido, y el que trata con un adusto, se deshace de la oscuridad que yace en sus ojos. Así, para algunos, lo que no era intencionado era más fuerte y más seguro que lo que era intencionado en otros” (4).

Así, no hay una regla general según la cual los que deberían ser monjes puedan distinguirse de los que no deberían. Se convierten así en monjes los que libremente quieren estar así, que conscientemente alejan los pensamientos de un matrimonio o una carrera y eligen perseverar con paciencia en las dificultades de la vida monástica. La renuncia monástica al mundo tiene lugar en dos niveles, según se indica por las palabras de San Pablo: “…el mundo para mí ha sido crucificado y yo para el mundo” (Gálatas 6:14). El primer nivel de renuncia, cuando un hombre “crucifica el mundo para sí”, es de lejos el más fácil. Abba Doroteo explica: “El mundo es crucificado para un hombre cuando un hombre renuncia al mundo para hacerse solitario, y deja a los padres, la riqueza, las posesiones, los negocios comerciales, y el dar regalos” (5). Habiendo crucificado el mundo para sí mismo, el hombre empieza a darse cuenta que el mundo aún está en él, en forma de pasiones. Entonces, debe intentar “crucificarse así mismo para el mundo”, una lucha mucho más difícil. “¿Cómo puede un hombre crucificarse para el mundo? Cuando, siendo liberado de lo externo empieza el combate contra los placeres, contra el deseo de tener cosas, contra su propia voluntad, y conduce a la muerte a sus malignas pasiones. Entonces él mismo se crucifica para el mundo y ya se puede decir con el apóstol que el mundo está “crucificado para mí, y yo para el mundo” (6). Una verdadera vida monástica no puede empezar para el novicio hasta que verdaderamente llegue a conocerse a sí mismo y pueda hacer frente a la realidad del mal en su propio corazón. Esto puede sonar simple, pero a menudo es muy penoso y un viaje muy difícil hasta este punto. Si está dispuesto a aceptar el hecho de que es una criatura caída, entonces hay esperanza de que pueda empezar una genuina vida espiritual para él. El monje debe ser como la prostituta arrepentida de los Evangelios, que “colocándose detrás de Él, a sus pies, y llorando con sus lágrimas bañaba sus pies y los enjugaba con su cabellera; los llenaba de besos y los ungía con el ungüento” (Lucas 7:38), muy consciente de sus propios pecados, pero también llena de amor por su Salvador, que “no he venido a llamar justos, sino pecadores” (Mateo 9:13). Un monje es aquel que es consciente de sus pecados y se arrepiente, pero que también espera, como la prostituta, escuchar las palabras dirigidas a ella: “Por lo cual, te digo, se le han perdonado sus pecados, los muchos, puesto que ha amado mucho” (Lucas 7:47).

El gran padre del desierto del siglo IV, San Macario de Egipto, explica además estas dos renuncias:

“Cuando un hombre ha transgredido el mandamiento, y ha sido exiliado del paraíso, ha sido atado de dos formas y con dos diferentes cadenas. Una está en esta vida, en los asuntos de esta vida, y en el amor al mundo, es decir, el amor a los placeres carnales y la lujuria, el amor a la riqueza, a la gloria, y a las posesiones, a la mujer y los hijos, a los padres, al país, a lugares particulares, a la vestidura y a otros placeres de los sentidos, de los que la palabra de Dios le ofrece desligarse por su propia elección… En consecuencia, tan pronto como el hombre escuche la palabra de Dios, y haga el esfuerzo y aleje los asuntos de esta vida y las cadenas de este mundo, y niegue todos los placeres carnales, y se aleje de esto, entonces, cuando asista constantemente al Señor y le dé todo su tiempo, estará en una posición para descubrir la sugerencias de los espíritus de la maldad, y tendrá otra nueva lucha frente a él… Pero esta lucha puede ser reducida a nada por la gracia y el poder de Dios… Pero, sin embargo, si un hombre se enreda en las sutilezas de los sentidos por medio de los asuntos de este mundo, y se atrapa mediante varias cadenas terrenales… no se da cuenta de cómo descubrir que hay otra lucha, golpes y pelea dentro (7).

Habiendo renunciado al mundo en el primer sentido, el monje está en disposición de luchar contra la causa del mal en el mundo, el mal en su propio corazón.

La barrera quiliástica

La mente materialista de nuestra sociedad tiene dificultad con esta simple, pero profunda, llamada del Evangelio a rechazar los caminos del mundo, una llamada que toma su forma más perfecta y radical en el monaquismo. La fe en la realidad de Dios, el reino futuro y la caída de nuestro mundo han sido reemplazados con la fe en el “progreso” y la “perfección” mediante la propia educación, la ciencia, y las apropiadas medidas sociales. Una fe real y viva que está dispuesta a sacrificar la seguridad mundana y la comodidad, es rara en nuestro rico país, incluso entre los cristianos. Aunque nuestra sociedad no condena abiertamente el cristianismo, su materialismo y riqueza han asesinado la fe más efectivamente que la directa persecución del cristianismo por el comunismo.

Un golpe actual contra el monaquismo tradicional argumenta que los monjes deberían volver a las ciudades, porque las ciudades son los “desiertos” de la era moderna. Sin embargo, las ciudades siguen siendo lo que siempre han sido, centros de comercio y cultura, y de aprendizaje del vicio, llenas de magníficos edificios y otras estructuras, escaparates de los mejores y peores hombres que se pueden producir. El monje busca poner tras ellos lo que es temporal y que pertenece al hombre caído, y por lo tanto, siempre ha buscado el desierto del mundo. El desierto es la propia creación de Dios, donde se le puede contemplar mediante su obra. La confusión sobre lo que es el hombre y lo que es Dios es la principal característica del pensamiento secular moderno.

Así, puesto que los primeros pasos del monaquismo no son entendidos hoy en día, no es sorprendente que su profundo sentido y fin permanezca oculto al entendimiento de los hombres modernos, especialmente para aquellos que conviven en tales sociedades materialistas como las de occidente. En una entrevista de la revista Epiphany (8), el benedictino David Steindl-Rast establece que el fin del cristianismo es transformar nuestro presente mundo caído y la sociedad en el “otro mundo”, especialmente mediante los políticos. Los monjes son representados intentando transformar el pequeño rincón del mundo rodeado por los muros de su monasterio en un “cielo sobre la tierra”. Los que se involucran en “trabajar por la paz” intentan hacer lo mismo, pero en un sentido más amplio y por eso, se sugiere que se hace a una escala más efectiva. Pero hay un malentendido fundamental aquí (*): no habrá “cielo sobre la tierra”, ni una resolución final de la batalla entre el bien y el mal, hasta la Segunda Venida de Cristo. “¿Pensáis que vine aquí para poner paz en la tierra? No, os digo, sino división” (Lucas 12:51-52). El cristianismo no busca crear una futura utopía terrenal; intenta salvar almas ahora, preparándolas para vivir en el reino celestial. La no aceptación rebelde, a nivel personal, de las circunstancias de nuestro mundo caído hace una vida cristiana casi imposible. Estas circunstancias incluyen la existencia de la enfermedad y la muerte, la injusticia que prevalece en el mundo, y la disputa causada por las pasiones de la codicia, la lujuria, el odio, el miedo, etc. El milagro del cristianismo es que Dios nos ha dado el poder para salvar nuestras propias almas mediante estas circunstancias caídas, si realmente lo hacemos así y pedimos su ayuda. Mediante una resistencia como la de Cristo es como podemos adquirir las virtudes y la gracia de Dios. Entonces, estas circunstancias se convertirán en los instrumentos de nuestra santificación. Pablo alienta a los que están casados a soportar pacientemente las debilidades del otro; los que son esclavos, a dar servicio ferviente a sus amos; los que son amos, a luchar con el amor de la autoridad. No aconseja a los que están oprimidos por las circunstancias de nuestro mundo caído a alzarse en rebelión, sino a vencer el “mal” de nuestro estado caído mediante el “bien” del amor a Dios y al hombre, y mediante la práctica de las virtudes. Por supuesto, también es nuestro deber reemplazar el mal exterior con el bien interior en lo que podamos, para que los que son débiles no desesperen (pero con la idea de salvar almas, no con crear una utopía terrenal)

La arena del corazón

Esto se aplica igualmente a los monasterios. Los monasterios no están destinados a ser utopías. Son la arena en la que los hombres, habiendo aceptado el hecho de su estado caído, trabajan para ser sanados del mal en sus propios corazones. La maldad exterior de las sociedades son el producto del mal en los corazones de los hombres, y no al revés. “Porque del corazón salen pensamientos malos, homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias” (Mateo 15:19). Como explicaba antes San Macario, habiendo renunciado al mundo, el monje está en posición de luchar con su propio mal, no sólo con sus síntomas. Es precisamente en estos santos que, con la ayuda de Dios, han purificado sus corazones, a los que nos acercamos más para ver un “cielo sobre la tierra”. Esto es especialmente cierto en los santos ermitaños, quienes a menudo exhibieron una armonía con la naturaleza con la que no pueden rivalizar los modernos ecologistas. “…porque ya está la realeza de Dios en medio de vosotros” (Lucas 17:21), no en alguna sociedad utópica, ya sea dentro o fuera del monasterio.

La esencia de la vida monástica tiene relación con la limpieza del corazón de las pasiones que separan al hombre de Dios, haciéndolo receptivo a su gracia, a la llegada de su Venida. Estaría más allá del alcance de este breve artículo el explicar este camino con detalle, pues es una entera ciencia en sí misma, compleja y sin embargo divinamente simple. Se alienta al lector interesado a buscar y leer algunos de los textos clásicos monásticos. Tales como la Escala mística, de San Juan Clímaco (9), los Discursos de Abba Doroteo (10), o el más contemporáneo, “Arena”, del obispo Ignacio Briantchaninov (11). Las vidas de los santos monjes, encontradas en tales libros como el “Paraíso de los padres” (12) (sobre los monjes egipcios del siglo IV) o la “Tebaida del norte” (13) (que trata sobre los padres y madres monásticos más recientes del desierto ruso) no son menos iluminadoras; en estos se puede ver cómo los principios cristianos se han aplicado a la vida real. Estas vidas han inspirado a incontables cristianos en sus propios caminos hacia la salvación.

 Por la monja Bridgit

Notas

  1. Es decir, basado en los Evangelios.

  1. Padres nicenos y post-nicenos, segundas series, vol. VII, trad. Edwin Hamilton Gifford, D. D. (Eerdmans Publ. Co., Grand Rapids, Michigan, 1983), p. 365.

  1. La Escala mística, de San Juan Clímaco (Holy Transfiguration Monastery, Boston, Massachussets, 1978), p. 4.

  1. Ibíd.., p. 8.

  1. Discourses and Sayings, de San Doroteo de Gaza, trd. De Eric. P. Wheeler (Cistercian Publications, Kalamazoo, Michigan, 1977), p. 85.

  1. Ibíd., . 85.

  1. Spitirual homilies, de San Macario de Egipto, tr. de A. J. Mason (Eastern Orthodox Books, Willits, California, 1974), pp. 168-169.

  1. Epiphany Journal, Primavera, 1985, p. 62-73.

  1. La Escala Mística, op. cit.

  1. Discourses and Sayings, op. cit.

  1. The Arena: An offering to contemporany monasticism, del Obispo Ignacio Briantchaninov, tr. de Archimandrita Lazarus (Holy Trinity Monastery, Jordanville, Nueva York, 1983).

  1. The Paradise of de fathers, de Palladius, tr. E. A. Wallis Buge (St. Nectarius Press, Seattle, Washington, 1980).

  1. The Northern Thebaid, de Ivan M. Kontzevitch (St. Herman Press, Platina, California, 1975).

(*) Sobre este tema, ver la conocida pero espléndida obra “The monastic life”, del metropolita Cipriano de Oropos y Fili. Para cualquiera interesado en el verdadero monaquismo ortodoxo, este libro debe ser leído.

De la Introducción a la Abadesa Thaisia: Una autobiografía (Platina, CA: St. Herman of Alaska Brotherhood Press, 1989). La abadesa Thaisia fue hija espiritual de San Juan de Kronstadt. Sus “Cartas a un principiante” es un texto clásico para novicios monásticos y contiene una fuente de sabiduría de la que los cristianos ortodoxos que aún viven en el mundo, también pueden beber.

Traducido por psaltir Nektario

Enero de 2015©

Anuncios


Categorías:monaquismo

Etiquetas:, , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: