Matrimonio: el gran sacramento

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Matrimonio: el gran sacramento

 

Por el archimandrita Emilianos de Simonospetra, Monte Athos

Sermón expuesto en la Iglesia de San Nicolás, Trikala, Grecia, 17 de enero de 1971.

Nadie pone en día que el día más importante en la vida de una persona, después de su nacimiento y su bautismo, es el de su matrimonio. No sorprende, entonces, que objetivo principal y el trastorno mundano de las principales instituciones contemporáneas sea precisamente el de aplastar el misterio honorable y sagrado del matrimonio. Para muchas personas, el matrimonio es una oportunidad clara para los placeres y la diversión. Sin embargo, la vida es un asunto muy serio. Es una lucha espiritual, una progresión hacia una meta, el cielo. El momento más crucial, y el significado más importante de esta progresión es el matrimonio. No es permisible para nadie evitar los lazos del matrimonio, ya sea por llegar a la conclusión de un matrimonio místico como dedicación a Dios, ya sea la conclusión de un sacramento con un cónyuge.

Hoy vamos a ocuparnos principalmente del matrimonio sacramental. Consideraremos cómo puede contribuir el matrimonio a nuestra vida espiritual, con el fin de continuar con el tema de nuestra conversación anterior (1). Sabemos que el matrimonio es una institución establecida por Dios. Es “honorable” (Hebreos 13:4). Es un “gran misterio” (Efesios 5:32). Una persona soltera pasa por la vida y la deja, pero una persona casada, vive y experimenta la vida en plenitud.

Uno se pregunta lo que la gente de hoy en día piensa sobre la sagrada institución del matrimonio, este “gran misterio” bendecido por nuestra Iglesia. Se cansan, y es como si dos cuentas corrientes o dos intereses comerciales se estuvieran fusionando. Dos personas que se unen sin ideales, dos ceros, se podría decir. Pues dos personas sin ideales, sin una misión común, no son más que dos “ceros”. “Me casé para vivir mi vida”, escuchamos decir a la gente, “y no estar encerrado entre cuatro paredes”. “Me casé para disfrutar mi vida”, dicen, y luego entregan a sus hijos, si tienen hijos, a una mujer extraña para que puedan ir al teatro, al cine, o cualquier otra reunión más mundana. Y así, sus casas se convierten en hoteles a los que regresan por la tarde, o mejor dicho, después de medianoche, después de haber disfrutado de su diversión y cuando necesitan descansar. Tales personas están vacías por dentro, y en sus hogares se siente un vacío real. No encuentra allí ninguna gratificación, y por eso se apresuran y acuden de aquí para allá, intentando encontrar su felicidad.

Se casas sin conocimiento, sin un sentido de la responsabilidad, o simplemente porque desean casarse, o porque piensan que deben hacerlo para ser buenos miembros de la sociedad. Pero, ¿cuál es el resultado? Lo vemos cada día. Los fracasos matrimoniales nos son familiares a todos. Un matrimonio mundano, como se entiende hoy en día, sólo puede tener una característica, el asesinato de la vida espiritual de una persona. Así, debemos sentir que, si fracasamos en nuestro matrimonio, hemos fracasado más o menos en nuestra vida espiritual. S tenemos éxito en nuestro matrimonio, también tenemos éxito en nuestra vida espiritual. Éxito o fracaso, progreso o ruina, en nuestra vida espiritual, empieza con nuestro matrimonio. Y puesto que esto es un tema muy serio, consideremos algunas de las condiciones necesarias para un matrimonio feliz y verdaderamente cristiano.

Para tener un matrimonio exitoso, debemos tener la educación apropiada desde una temprana edad. Así como un niño debe estudiar, así como aprende a pensar, y tiene interés en sus padres o su salud, así también debe estar preparado para ser capaz de tener un matrimonio con éxito. Pero en el tiempo en el que vivimos, nadie está interesado en preparar a sus hijos para este gran misterio, un misterio que jugará el papel más importante en sus vidas. Los padres no están interesados en él, a excepción de la dote, o en otros asuntos financieros, en los que están profundamente inmersos.

El niño, desde temprana edad, debe aprender a amar, a dar, a sufrir privación, a obedecer. Debe aprender a sentir que la pureza de su cuerpo y alma es un tesoro valioso que debe ser valorado y apreciado como la niña de sus ojos. El carácter del niño debe ser formado adecuadamente, para que se convierta en una persona honesta, valiente, decisiva, sincera, alegre, y no en una criatura media, autocompasiva, que constantemente se lamenta de su destino, una voluntad débil y sin ningún poder de pensamiento o fuerza. Desde una edad temprana, el niño debería aprender a tener interés en un tema u ocupación particular, para que mañana esté en posición de sostener a su familia, o, en caso de una chica, para que también ayude, si es necesario. Una mujer debe aprender a ser un ama de casa, incluso si tiene una educación. Debería aprender a cocinar, a coser, a bordar. Pero, mi buen padre, tú quizás me digas que todo esto es evidente por sí mismo. Sin embargo, pregunta a parejas casadas, y verás cuántas mujeres que están a punto de casarse no saben nada de llevar una casa.

Por otro lado, una vez que hemos llegado a cierta edad, la elección de un compañero para nuestra vida es una cuestión que no debería postergarse. Tampoco deberíamos tener prisa porque, como dice el refrán, “el que pronto se casa, pronto se desespera”. Pero no deberíamos retrasarlo, porque el retraso es un peligro mortal para el alma. Como regla, el ritmo normal de la vida espiritual empieza con el matrimonio. Una persona soltera es como alguien que intenta vivir permanentemente en un pasillo: no parece saber para qué son las habitaciones. Los padres deberían tener interés en la vida social del niño, pero también en su vida de oración, para que la hora bendita llegue como un don enviado por Dios.

Naturalmente, cuando se trata de elegir una pareja, tendrá en cuenta la opinión de sus padres. ¿Cuán a menudo han sentido los padres cuchillos atravesando sus corazones cuando sus hijos no les preguntan sobre la persona que será su compañera en la vida? El corazón de una madre es sensible, y no puede soportar semejante golpe. El niño debe discutir temas con sus padres, porque ellos tienen una intuición especial que les permite estar al tanto de las cosas que les conciernen. Pero esto no significa que el padre o la madre deban presionar al niño. En última instancia, debe tener la libertad para tomar su propia decisión. Si presionáis a vuestro hijo a casarse, os considerará responsables si la cosa no sale bien. Nada bueno viene de la presión. Debéis ayudarlo, pero también debéis permitirle elegir a la persona que él prefiera o ame, pero no a alguien a quien compadezca o de quien sienta lástima. Si vuestro hijo, después de conocer a alguien, os dice: “Siento pena por esta pobre alma, me casaré con ella”, entonces sabréis que estáis ante el umbral de un matrimonio avocado al fracaso. Sólo la persona a la que él prefiera o ame, puede estar al lado de vuestro hijo. Tanto el hombre como la mujer, deben estar atraídos el uno por el otro, y realmente deben querer vivir juntos, de forma interna, sin prisas. Sin embargo, en este tema es imposible presionar a nuestros hijos. A veces, a causa de nuestro amor, sentimos que son nuestras posesiones, que son de nuestra propiedad, y que podemos hacer lo que queramos con ellos. Y así, nuestro hijo se convierte en una criatura incapaz de vivir, ya sea casada o soltera.

Por supuesto, el proceso de familiarizarse, que es un tema delicado, pero del que muchas veces somos descuidados, debería tener lugar antes del matrimonio. Nunca deberíamos estar satisfechos con conocer al otro, especialmente si no estamos seguros de nuestros sentimientos. El amor no debería cegarnos. Debería abrir nuestros ojos, para ver a la otra persona como es, sin sus fallos. “Es mejor coger un zapato de tu propia casa, incluso si tiene piedras”,dice el proverbio popular. Esto es, es mejor escoger a alguien a quien ya conoces. Y la familiaridad siempre debe estar vinculada al compromiso, que es un tema igualmente difícil.

Cuando le sugerí a una joven que debería pensar seriamente sobre si debería continuar su compromiso, me respondió: “Si lo rompo, mi madre me matará”. Pero, ¿qué clase de compromiso es ese, si no hay posibilidad de romperlo? Estar comprometido no significa necesariamente estar casado. Significa que estoy siendo testigo de si debería casarme con la persona con la que estoy comprometido. Si una mujer no está en posición de romper su compromiso, no debería comprometerse, o mejor aún, no debería seguir adelante con el matrimonio. Durante el compromiso, debemos tener cuidado especialmente. Si lo tenemos, tendremos menos problemas y menos decepciones después de la boda. Alguien dijo una vez que, durante el periodo en que se conoce el uno al otro, deberíais aferraros a vuestro corazón firmemente con ambas manos, como si fuerais un animal salvaje. Sabéis cuán peligroso es el corazón: en vez de conducir al matrimonio, puede conduciros al pecado. Existe la posibilidad de que la persona que habéis elegido os vea como un simple juguete, o como un cepillo de dientes que puede ser probado. Después podréis deprimiros y llorar. Pero entonces será demasiado tarde, porque vuestro ángel resultará estar hecho de arcilla.

No elijáis a una persona que malgasta su tiempo en clubs, pasándolo bien, y desperdiciando su dinero en viajes y lujos. Ni tampoco deberíais elegir a alguien que, como os daréis cuenta, oculta su egocentrismo bajo sus palabras de amor. No elijáis a una mujer como esposa que sea como la pólvora, para que tan pronto le digas algo, ella arda en llamas. Ella no es buena como esposa.

Por otra parte, si queréis tener un verdadero éxito matrimonial, no os acerquéis a aquel muchacho o muchacha que sea incapaz de dejar a sus padres. El mandato de Cristo es claro: “Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer” (Marcos 10:7). Pero cuando veas a la otra persona atada a su madre o a su padre, cuando veas que les obedece con la boca abierta, y está lista para hacer todo lo que le dicen, aléjate de ella. Está emocionalmente enferma, es una persona inmadura psicológicamente, y no serás capaz de crear una familia con ella. El hombre al que elijáis por marido debe ser animoso. Pero, ¿cómo puede ser animoso cuando no se ha dado cuenta, no ha entendido, no ha digerido el hecho de que la casa de sus padres es simplemente un jarrón en el que le pusieron, para ser sacado más adelante y transplantado en otro lugar?

También, cuando vayáis a elegir un marido, estad seguras de que no es un tipo insociable, en cuyo caso no tendrá amigos. Y si hoy no tiene amigos, mañana le será difícil tenerte como su amiga y compañera. Estad alerta contra los murmuradores, los que se quejan y las personas tristes, porque son como pájaros abatidos. Estad alerta contra los que se quejan todo el tiempo: “No me quieres, no me comprendes”, y toda clase de cosas. Algo de estas criaturas de Dios no es adecuado. Estad alerta también contra los fanáticos religiosos y los excesivamente piadosos, es decir, aquellos que se molestan por cosas triviales, que son críticos con todo y son hipersensibles. ¿Cómo se puede vivir con una persona así? Esto sería como sentarse sobre una zarza de espinos. Tened cuidado también con los que ven el matrimonio como algo malo, como una forma de encarcelamiento. Los que dicen: ¡Nunca, en toda mi vida, he pensado en casarme!.

Estad atentos con algunos pseudo-cristianos, que ven el matrimonio como algo sórdido, como un pecado, que agachan la mirada cuando escuchar decir algo al respecto (2). Si os casáis con alguno de estos, será como una espina en vuestra carne, y una carga para su monasterio si se convierte en monje. Estad atentos con los que piensan que son perfectos, y que no encuentran en sí mismos ningún defecto, mientras encuentran constantemente faltas en los demás. Estad atentos con los que piensan que han sido elegidos por Dios para corregir a los demás.

Hay otro asunto muy serio al que también deberíais prestar atención: la herencia. Conoced bien al padre, la madre, el abuelo, la abuela, al tío. También deberían estar presentes ahí las condiciones básicas. Por encima de todo, prestad atención a la fe de la persona. ¿Tiene él o ella fe? ¿tiene principios la persona en la que estáis pensando en convertir en vuestro compañero de vida? Si Cristo no significa nada para esta persona, ¿cómo vas a ser capaz de entrar en su corazón? Si no ha sido capaz de valorar a Cristo, ¿cómo crees que te valorará a ti? La Santa Escritura dice al marido que la mujer debería ser “de tu pacto” (Malaquías 2:14), esto es, de tu fe, tu religión, para que pueda unirse contigo a Dios. Sólo entonces podrás tener, como dicen los padres de la Iglesia, un matrimonio “con el consentimiento del obispo” (3), esto es, con la aprobación de la Iglesia, y no simplemente una licencia formal.

Discute las cosas de antemano con tu padre espiritual. Examina cada detalle con él, y él permanecerá a tu lado como un verdadero amigo, y cuando alcances tu meta deseada, entonces tu matrimonio será un don de Dios (cf. 1ª Corintios 7:7). Dios da su propio don a cada uno de nosotros. Él conduce a una persona al matrimonio y a otra a la virginidad. No es que Dios haga la elección diciendo: “tú ve aquí” y “tú ve allí”, sino que nos da el valor de elegir lo que desea nuestro corazón, y el valor y la fuerza para llevarlo a cabo.

Si eliges a tu cónyuge de esta forma, entonces da gracias a Dios. Ponla en contacto con tu padre espiritual. Si no tienes uno, los dos deberéis elegir un padre espiritual juntos, que será vuestro guía, vuestro padre, el que os recordará y os mostrará a Dios.

Tendréis muchas dificultades en la vida. Tendréis una multitud de discusiones. Os rodearán las preocupaciones y el sostén de vuestra vida cristiana no será fácil. Pero no os preocupéis. Dios os ayudará. Haced lo que esté en vuestro poder. ¿Podéis leer un libro espiritual durante cinco minutos al día? Entonces leedlo. ¿Podéis rezar durante cinco minutos al día? Rezad. Y si no disponéis de cinco minutos, rezad dos. El resto es asunto de Dios.

Cuando veáis dificultades en vuestro matrimonio, cuando veáis que no progresáis en vuestra vida espiritual, no desesperéis. Pero tampoco os contentéis con el posible progreso que hayáis hecho. Levantad vuestro corazón a Dios. Imitad a los que lo han dado todo por Dios, y haced lo que podáis para ser como ellos, aunque lo único que podáis hacer sea tener el deseo de corazón de ser como ellos. Dejad la acción a Cristo. Y cuando avancéis en este camino, verdaderamente sentiréis cuál es el propósito del matrimonio. De otra forma, como un ciego que deambula, así también deambularéis en la vida.

Entonces, ¿cuál es el propósito del matrimonio? Os diré tres de sus principales objetivos. En primer lugar, el matrimonio es un camino doloroso. La compañía del hombre y la mujer es llamada un “yugo compartido” (syzygia), esto es, los dos juntos trabajan con una carga compartida. El matrimonio es un viaje juntos, una porción de dolor compartida y, por supuesto, un gozo. Pero, por lo general, de seis cuerdas que suenan en nuestra vida como una nota triste, sólo una es alegre. El hombre y la mujer beberán de la misma copa de las agitaciones, de la tristeza y del fracaso. Durante la ceremonia del matrimonio, el sacerdote da a los recién casados a beber de la misma copa, llamada la “copa común” (4), porque llevarán juntos la carga del matrimonio. La copa también se llama de “unión” (5), ya que se unen juntos para compartir las alegrías y las tristezas de la vida.

Cuando dos personas se casan, es como si estuvieran diciendo: Vamos a ir juntos hacia adelante, de la mano, en los buenos y malos momentos. Tendremos horas oscuras, horas de dolor, llenas de cargas, horas monótonas. Pero en la profunda noche, seguiremos creyendo en el sol y la luz. ¡Oh, mis queridos amigos! ¿Quién puede decir que su vida no ha estado marcada por momentos difíciles? Pero no es poca cosa saber que, en los momentos difíciles, en tus preocupaciones, en tus tentaciones, te sostiene la mano de la persona amada. En el Nuevo Testamento todos los hombres tendrán sufrimiento, especialmente los que están casados.

“¿Estás desatado de mujer?”, lo cual significa: ¿no estás casado?, pregunta el apóstol Pablo. “No busques mujer. Si te casares, no pecas; y si la doncella se casare no peca. Pero estos tales sufrirán en su carne tribulaciones, que yo quiero ahorraros” (1ª Corintios 7:27-28). Recordad: desde el momento en que os caséis, no pecáis, dice, sufriréis mucho, sufriréis y vuestra vida será una cruz, pero una cruz en la que florecen flores. Vuestro matrimonio tendrá su gozo, sus sonrisas, sus cosas buenas. Pero durante los días resplandecientes, recordad que todas las bellas flores ocultan una cruz, que puede surgir en vuestro día resplandeciente en cualquier momento.

La vida no es una fiesta, como piensa alguna gente, y tras contraer matrimonio caen del cielo a la tierra. El matrimonio es un vasto océano, y no sabéis hacia donde os arrastrará. Tomad a la persona a la que habéis elegido, con temor y temblor, con demasiado cuidado, y después de un año, dos, cinco, descubriréis que os ha engañado.

Es un adulterio en el matrimonio el pensar que es un camino que conduce a la felicidad, como si fuera una negación de la cruz. El gozo del matrimonio, para un marido y una mujer, es ponerse manos a la obra, y juntos, ir hacia adelante por el camino escarpado de la vida. ¿No has sufrido? Entonces no has amado, dice cierto poeta. Sólo los que realmente sufren, pueden amar. Y por eso, la tristeza es una característica necesaria del matrimonio. “El matrimonio”, en palabras de un antiguo filósofo, “es un mundo embellecido por la esperanza, y fortalecido por la desgracia”. Al igual que se forja el acero en la fragua, así mismo, una persona es probada en el matrimonio, en el fuego de las dificultades. Cuando veis vuestro matrimonio a distancia, todo parece maravilloso. Pero cuando estáis juntos, veis cuántos momentos difíciles tiene.

Dios dice que “no es bueno que el hombre esté solo” (Génesis 2:18, Straubinger), y así, dispuso una compañera a su lado, alguien que le ayudara durante su vida, especialmente en sus luchas de fe, porque para salvaguardar su fe, debía sufrir y soportar mucho dolor. Dios envía su gracia para todos nosotros. Sin embargo, la envía cuando ve que estamos dispuestos a sufrir. En cambio, algunas personas sólo ven obstáculos y huyen. Se olvidan de Dios y de la Iglesia. Pero la fe, Dios y la Iglesia, no son una prenda que pronto podamos cambiar cuando empezamos a sudar.

Así pues, el matrimonio es un viaje a través de las penas y las alegrías. Cuando los dolores parecen abrumadores, es entonces cuando debemos recordar que Dios está con nosotros. Él llevará vuestra cruz. Es él quien puso las coronas del matrimonio en vuestras cabezas. Pero cuando pedimos a Dios algo, no siempre nos dará la solución de inmediato. Nos conducirá hacia adelante muy lentamente. En algún momento, tardará años. Tendremos que experimentar dolor, o de lo contrario, la vida no tendría sentido. Pero tened buen ánimo, porque Cristo sufre con vosotros, y el Espíritu Santo “está intercediendo Él mismo por nosotros con gemios que son inexpresables” (Romanos 8:26).

En segundo lugar, el matrimonio es un viaje de amor. Es la creación de un nuevo ser, una nueva persona para que, según dice el Evangelio, “sean los dos una sola carne” (Mateo 19:5). Dios une dos personas, y las hace una sola. De esta unión de dos personas, que están de acuerdo para sincronizar sus pasos y armonizar los latidos de su corazón, surge un nuevo ser humano. Por medio de este amor profundo y espontáneo, uno se hace presencia, una realidad viva, en el corazón del otro. “Estoy casado” significa que no puedo vivir un solo día, unos pocos minutos sin el compañero de mi vida. Mi marido, mi mujer, es parte de mi ser, de mi carne, de mi alma. Él o ella me complementa. Él o ella es el pensamiento de mi mente. Él o ella es la razón por la que late mi corazón.

Las parejas intercambian anillos para mostrar que, intercambiando las vidas, permanecerán unidos. Cada uno lleva un anillo con el nombre del otro escrito en él, que se coloca en el dedo cuya vena se dirige directamente al corazón. Esto es, el nombre del otro está escrito en su corazón. Se podría decir que uno da la sangre de su corazón al otro. Él o ella encierra al otro en el núcleo de su ser.

“¿Qué hacer?”, preguntaba un novelista una vez. Se sorprendió: “¿Qué hago?”. ¡Qué extraña pregunta! Amo a Olga, mi mujer”. El marido vive para amar a su mujer, y la mujer vive para amar a su marido.

Lo más fundamental en el matrimonio es el amor, y el amor une a dos personas en una. Dios aborrece la separación y el divorcio. Quiere la unidad ininterrumpida (cf. Mateo 19:3-9; Marcos 10:2-12). El sacerdote toma los anillos del dedo izquierdo, los pone en el derecho, de nuevo los pone en el izquierdo, y finalmente los pone nuevamente en la mano derecha. Empieza y termina con la mano derecha, porque esta es la mano con la que obramos principalmente. También significa que el otro tiene ahora mi mano. No hago nada que mi cónyuge no quiera. Me veo obligado con respecto al otro. Vivo para el otro, y por esta razón, tolero sus faltas. Una persona que no puede aguantar a otra, no puede casarse.

¿Qué quiere mi cónyuge? ¿Qué le interesa? ¿Qué le produce bienestar? También esto debería interesarme y complacerme. También busco oportunidades para concederle pequeños gustos. ¿Cómo puedo complacer hoy a mi marido? ¿Cómo puedo complacer hoy a mi mujer? Esta es la pregunta que una persona casada debe hacerse cada día. Ella está preocupada por los problemas de su marido, sus intereses, su trabajo, sus amigos, para que puedan tenerlo todo en común. Con gusto, le da paso a ella. Puesto que él la ama, se va a la cama el último y se levanta el primero por la mañana. Mira a sus padres como a los suyos propios, y los ama y está dedicado a ellos, porque sabe que el matrimonio es difícil para los padres. Eso siempre los hace llorar, porque los separa de sus hijos.

La mujer expresa su amor por su marido mediante la obediencia. Es obediente a él exactamente como la Iglesia lo es para Cristo (Efesios 5:22-24). Es su felicidad el hacer la voluntad de su marido. La inaptitud, la obstinación y la queja son los ejes que talan el árbol de la felicidad conyugal. La mujer es el corazón. El hombre es la cabeza. La mujer es el corazón que ama. En los momentos de dificultad del marido, ella permanece a su lado, como la emperatriz Teodora permaneció con el emperador Justiniano. En sus momentos de júbilo, ella intenta alzarlo a mayores alturas e ideales. En tiempos de dolor, ella permanece a su lado como si fuera un sublime y pacífico mundo que le ofrece tranquilidad.

El marido debería recordar que su mujer le ha sido confiada a él por Dios. Su mujer es un alma que Dios le ha concedido, y un día debe devolverla. Él ama a su mujer como Cristo ama a la Iglesia (Efesios 5:25). Él la protege, cuida de ella, le da seguridad, particularmente cuando está en dificultades, o cuando está enferma. Sabemos cuán sensible puede ser el alma de una mujer, y por eso el apóstol Pedro exhorta a los maridos a honrar a sus mujeres (cf. 1ª Pedro 3:7). El alma de una mujer está herida, a menudo es insignificante, cambiante, y de repente puede caer en la desesperación. Así, el marido debe estar lleno de amor y de ternura, y hacer de ella su gran tesoro. El matrimonio, mis queridos amigos, es un pequeño bote que navega por las olas y entre las rocas. Si perdéis vuestra atención un momento, encallará.

Como hemos visto, el matrimonio es, ante todo, un viaje de sufrimiento; segundo, un viaje de amor, y tercero, un viaje al cielo, una llamada de Dios. Es, como dice la Santa Escritura, “un gran misterio” (Efesios 5:32). A menudo hablamos de siete “misterios”, o sacramentos. A este respecto, un “misterio” es un signo de la presencia mística de alguna verdadera persona o hecho. Un icono, por ejemplo, es un misterio. Cuando lo veneramos, no veneramos la madera o la pintura, sino a Cristo, a la Theotokos o al santo que se representa místicamente. La Santa Cruz es un símbolo de Cristo, que contiene su presencia mística. El matrimonio también es un misterio, una presencia mística, no a diferencia de estos. Cristo dijo: “Porque allí donde dos o tres están reunidos por causa mía, allí estoy Yo en medio de ellos” (Mateo 18:20). Y donde dos personas están casadas en nombre de Cristo, se convierten en el signo que contiene y expresa a Cristo mismo. Cuando veáis a una pareja que es consciente de esto, es como si estuvierais viendo a Cristo. Juntos, son una teofanía.

Por eso, también las coronas se ponen en la cabeza durante la ceremonia de bodas, porque el novio y la novia son una imagen de Cristo y de la Iglesia. Y no sólo esto, sino todo en el matrimonio es simbólico. Las velas encendidas simbolizan a las vírgenes prudentes. Cuando el sacerdote coloca estas velas en las manos de los recién casados, es como si se les estuviera diciendo: Esperad a Cristo como las vírgenes prudentes (Mateo 25:1-11). Y también simbolizan las lenguas de fuego que descendían el día de Pentecostés, y que eran, en esencia, la presencia del Espíritu Santo (Hechos 2:1-4). Los anillos permanecen sobre el altar, hasta que son cogidos por el sacerdote, que muestra que el matrimonio tiene su principio en Cristo, y su final en Cristo. El sacerdote también une sus manos, para mostrar que es Cristo mismo quien los une. Es Cristo quien está en el corazón del Misterio y en el centro de sus vidas (6).

Todos estos elementos de la ceremonia del matrimonio, son sombras y símbolos que indican la presencia de Cristo. Cuando estáis sentados en algún sitio y de repente veis una sombra, sabéis que alguien viene. No lo veis, pero sabéis que está allí. Os levantáis temprano por la mañana y veis el horizonte rojo en el este. Sabéis que, en poco tiempo, saldrá el sol. Y en efecto, detrás de la montaña, el sol comienza a aparecer.

Cuando veáis vuestro matrimonio, a vuestro marido, vuestra mujer, el cuerpo de vuestro compañero, cuando contempléis vuestros problemas, todo esto en vuestro hogar, sabed que son signos de la presencia de Cristo. Es como si escucharais los pasos de Cristo, como si Él se acercara, como si estuvierais a punto de escuchar Su voz. Todas estas cosas son las sombras de Cristo, y nos revelan que Él está con nosotros. Sin embargo, es cierto que a pesar de sus cuidados y preocupaciones, sentimos que está ausente. Pero podemos verlo en la sombra, y estamos seguros de que está con nosotros. Por eso es por lo que no había ningún oficio matrimonial separado en la Iglesia antigua. El hombre y la mujer simplemente iban a la iglesia y recibían la Santa Comunión juntos. ¿Qué significa esto? Que en adelante su vida es una vida en Cristo.

Las guirnaldas, o las coronas de boda, son también símbolos de la presencia de Cristo. Muy especialmente, son símbolos del martirio. El marido y la mujer son revestidos con las coronas para mostrar que ya se han convertido en mártires por Cristo. Decir que “estoy casado” significa que “vivo y muero por Cristo”. “Estoy casado”, significa que deseo y tengo sed de Cristo. Las coronas son también un signo de realeza, y así, el marido y la mujer son rey y reina, y su hogar es un reino, un reino de la Iglesia, una extensión de la Iglesia.

¿Cuándo comenzó el matrimonio? Cuando el hombre pecó. Antes de esto, no había matrimonio, no en el sentido actual. Fue sólo después de la caída, después de que Adán y Eva fueron expulsados del paraíso, cuando Adán “conoció” a Eva (Génesis 4:1), y así comenzó el matrimonio. ¿Por qué entonces? Para que pudieran recordar su caída y su expulsión del paraíso, y buscaran el volver allí. Así, el matrimonio es un regreso al paraíso espiritual, la Iglesia de Cristo. “Estoy casado” significa, entonces, que soy un reino, un verdadero y ferviente miembro de la Iglesia.

Las coronas también simbolizan la victoria final que se alcanzará en el reino del cielo. Cuando el sacerdote toma las coronas, dice a Cristo: “lleva sus coronas a tu reino”, llévalos a tu reino, y guárdalos allí, hasta la victoria final. Y así, el matrimonio es un camino: se inicia en la tierra y termina en el cielo. Es una unión juntos, un lazo con Cristo, que les asegura que les conducirá al cielo, para estar siempre con Él. El matrimonio es un puente que nos conduce de la tierra al cielo. Es como si el sacramento dijera: Por encima y más allá del amor, por encima y más allá de tu marido, de tu mujer, por encima de los hechos cotidianos, recordad que estáis destinados al cielo, que habéis sido establecidos en un camino que os conducirá allí sin fallo. El novio y la novia se dan la mano el uno al otro, y el sacerdote los toma a los dos y los lleva alrededor de la mesa, rodeándola y cantando. El matrimonio es un movimiento una progresión, un viaje que terminará en el cielo, en la eternidad.

En el matrimonio, parece que se unan dos personas. Sin embargo, no son dos, sino tres. El hombre contrae matrimonio con la mujer, y la mujer contrae matrimonio con el hombre, pero los dos juntos también contraen matrimonio con Cristo. Y así, son tres los que toman parte en el misterio, y los tres permanecen juntos en la vida.

En la danza alrededor de la mesa, la pareja es conducida por el sacerdote, que toma el papel de Cristo. Esto significa que Cristo nos ha tomado, nos ha rescatado, nos ha redimido, y nos ha hecho suyos. Y este es el “gran misterio” del matrimonio (cf. Gálatas 3:13).

En latín, la palabra “misterio”, fue traducida con la palabra “sacramentum”, que significa “juramento”. Un matrimonio es un juramento, un acto, una unión conjunta, un vínculo, como hemos dicho. Es un vínculo permanente con Cristo.

Entonces, “estoy casado”, significa que encadeno mi corazón a Cristo. Si lo deseáis, podéis casaros. Si lo deseáis, no os caséis. Pero si os casáis, este es el significado que el matrimonio tiene en la Iglesia Ortodoxa, que os trajo al ser. “Estoy casado”, significa que soy esclavo de Cristo.

Notas

  1. Es decir, “Vida espiritual”, que aparece más adelante, pp. 147-163.

(*) Ver, por ejemplo, San Juan Crisóstomo, Homilía a los Colosenses, 12:6. “¿Qué vergüenza hay en lo que es honroso? ¿Por qué os ruborizáis en lo que no es deshonesto? Haciendo eso, calumniáis la raíz de nuestro nacimiento, que es un don de Dios”. (PG 62.388).

  1. Ignacio de Antioquía, Carta a Policarpo (PG 5.724B)

  1. Simeón de Tesalónica, Diálogos 277 (PG 155.508B).

  1. C. Kallinikos, El templo cristiano y sus ceremonias (Atenas, 1968), 514.

  1. San Gregorio el Teólogo, Carta 193: “Pongo juntas las manos de ambos y las pongo a su vez en manos de Dios” (PG 37.316C).

 

archimandrite aimilianos

Archimandrita Aimilianos de Simonopetra (Monte Athos)

 

Traducido por  psaltir Nektario B.

Enero 2015 ©

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Categorías:Archimandrita Aimilianos, familia ortodoxa, Hogar cristiano

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