La elevación del pan en honor a la Santísima Theotokos

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Por San Máximo el Griego

 

El Hijo Unigénito y Verbo de Dios, que se hizo hombre por nosotros (aunque no tenía pecado), se sometió voluntariamente a la crucifixión, muerte y sepultura para que nuestra naturaleza humana, que el padre del mal hizo salir del paraíso en la antigüedad, pudiera ser realzada. Sin embargo, Cristo resucitó, y fue elevado a su gloria primitiva, y así envió al Consolador, el Espíritu Santo, a sus discípulos y apóstoles. Tras la ascensión al cielo del Dios-Hombre-Verbo, los testigos y siervos del Señor fueron al aposento alto, como nos dice San Lucas, y tras recibir el Espíritu Santo, no estaban dispuestos a descuidar la predicación de la Palabra de Dios con el fin de servir así las mesas. Por eso nombraron diáconos en su lugar. Cuando los predicadores de la salvación se sentaban a la mesa, ponían un pan sobre un pequeño mantel, que era la porción del Salvador, similar a las que Él había comido cuando aún estaba encarnado entre ellos, antes de su pasión.

 

Cuando los santos apóstoles se levantaban de la mesa, el mayor y primero entre ellos tomaba el pan en sus manos, lo levantaba y proclamaba: “Grande es el Nombre”. Los otros discípulos del Verbo respondían: “de la Santa Trinidad”. Entonces el diácono que estaba sirviendo la mesa decía: “Gloria a Ti en el nombre de Cristo el Salvador”. Y los apóstoles respondían de nuevo: “Gloria a Ti, Dios nuestro, Gloria a Ti”. El nombre de la Santa y Consubstancial Trinidad sin principio se mencionaba de nuevo y “gloria a Ti Dios nuestro, gloria a Ti” dos veces, a causa de los dos elementos, la divinidad y la humanidad, las dos energías y las dos naturalezas, y la su perfecta unión en el Dios-Hombre-Verbo.

 

Los santos apóstoles realizaban este rito tanto cuando estaban juntos como cuando estaban separados, después de haber salido a predicar a todas las naciones. En la Dormición de la Santísima, Purísima, Siempre Virgen María, Incorrupta, Madre del Verbo, la Renovación de nuestra raza, la más Honorable y Sublime de todos los conceptos celestiales, el Vaso elegido de Dios, los apóstoles, que estaban en los confines del mundo conocido, fueron llevados en las nubes y trasladados a Getsemaní para ofrecer sus servicios en el entierro del purísimo cuerpo de la Theotokos del Verbo. Por la voluntad de Dios, que lo ve y lo dispone todo, el santo y gran apóstol Tomas no estaba con los otros en el entierro, del mismo modo que cuando el Salvador se apareció a sus discípulos tras las puertas cerradas, después de su resurrección, y les dio la paz, no creyendo a los otros discípulos y compañeros.

 

A causa de su buena incredulidad, nos enseñó, tocando los purísimos miembros del cuerpo del Salvador, las costillas y las manos, que debemos creer que Él, que sufrió la pasión mientras aún estaba entre nosotros, es de hecho el Dios perfecto. Y así, también en este caso, por la inefable e inexpresable voluntad del que ordena todas las cosas y lo gobierna todo, Tomás no estaba presente en el funeral de la Theotokos. Llegó tres días después, llevado en una nube, e inmediatamente se apresuró a la tumba, junto con los otros apóstoles, para venerar el cuerpo receptor de vida de la Theotokos por el cual a toda la raza humana se le concedió la salvación y la correcta fe.

 

Así como el Dios encarnado resucitó de entre los muertos, así mismo el santo cuerpo de su madre fue llevado al reino celestial. De vuelta a la tumba, los apóstoles hablaron con Tomás, el predicador de la verdad, sobre cómo fue trasladado el cuerpo de la Theotokos en una nube al cielo. Ellos recordaron las palabras del himno de la Theotokos, sus milagros y su descanso final en la tumba. Por su parte, él contó las persecuciones, las tentaciones y las penurias que había sufrido en su viaje. Nombró las ciudades, cuyos residentes llegaron a creer por su predicación, y también les contó lo que había visto cuando fue llevado en la nube. Les contó todo esto. Entonces fueron a comer y más tarde empezaron a elevar la porción que se había puesto en honor a Cristo el Salvador.

 

Cuando el diácono que ofrecía este rito tomó este pan en sus manos, lo alzó y dijo: “Grande es el Nombre”, y los apóstoles respondieron: “de la Santa Trinidad”. Y el diácono dijo: “Gloria a Ti, Dios nuestro, gloria a Ti”, los apóstoles respondieron: “¡Cuán inefables y magníficos son tus misterios, oh Cristo nuestro Rey, por los cuales realizas milagros!”. Deseando satisfacer el deseo del apóstol Tomás de ver a la Santísima y Siempre Virgen Theotokos, Tú le permitiste verte y a tu Santísima Madre, y todos los poderes celestiales y todos los que han dormido en todo tiempo ascendieron de la tierra al cielo. Los apóstoles miraban con temor a nuestra Señora y a su Hijo Unigénito. Y en vez de decir: “Gloria a Ti, Dios nuestro, gloria a Ti”, clamaron: “Santísima Theotokos, ayúdanos”, y los demás apóstoles dijeron: “Por sus intercesiones, oh Dios, ten misericordia de nosotros y sálvanos”. Desde entonces, esta elevación de la “Panagia”, nuestra Santísima Señora, se ha celebrado en conmemoración de la Theotokos misma.

 

Y así celebramos la elevación de la “Panagia” cuando lo alzamos de la mesa, para la santificación de nuestras almas y cuerpos. ¿Quién puede alabar de forma correcta sus innumerables milagros, que aún se realizan en este día? Si fuéramos capaces de concentrar la elocuencia de todos los oradores en una sola boca y en una sola voz, aún no seríamos capaces de encontrar una forma para contar los secretos de sus maravillas, que lleva a cabo en tierra y mar: las enfermedades desaparecen, los demonios huyen, los prisioneros son liberados de su amarga esclavitud, los oprimidos se liberan de la miseria que les oprime. Y de lo que hemos visto y oído, cualquiera que levanta un dedo, una piedra, o una planta en su memoria, su nombre recibe la misma liberación de las tribulaciones como aquel que eleva el pan en honor a la Santísima y Siempre Virgen María, la Theotokos.

 

Su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, tomó el pan en sus manos y dijo: “Tomad, comed: esto es mi cuerpo” y “haced esto en conmemoración mía”. Cristo es la cabeza, por lo cual, los que participan de este gran misterio, si lo reciben dignamente, recibirán su gloria y se convertirán en herederos del reino por su gracia.

 

Los que instituyeron los sacramentos se complacían en confirmar que, a causa de este pan que se eleva en honor del santo nombre de la Theotokos, podremos ser librados de todo mal y podremos tomar parte de su santo cuerpo. Y, gracias a su protección, podremos ser liberados de los tormentos eternos y ser dignos de las bendiciones eternas, por sus oraciones y por las de los santos de todos los tiempos. Amén.

 

 

Fuente:

Traducido por psaltir Nektario B. (P.A.B) 

 

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Categorías:San Máximo el Griego, theotokos

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