¿Cuál es el signo del verdadero cristiano?

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¿Cuál es el signo del verdadero cristiano?

 

Por San Anastasio el Sinaita

 

 

 

San Anastasio era sacerdote y abad del monte Sinaí. Su celo por la verdad le llevó a viajar por Egipto, Arabia y Siria, combatiendo los errores de los acefalitas y eutiquianos. Sus escritos muestran, no sólo un meticuloso dominio de la Santa Escritura y un amplio conocimiento de los escritos de los padres de la Iglesia y otros escritores cristianos, sino también una erudición clásica y una base sólida de la filosofía aristotélica. De su prolífica producción, las obras más importantes son “Guía contra los acefalitas” y “Respuestas a preguntas”. De esta última es de la que se ha traducido el presente texto. San Anastasio murió a una edad muy avanzada, en el año 686 (1).

Pregunta: ¿Cuál es el signo del verdadero cristiano?

Respuesta: Algunos dicen la correcta fe y las obras piadosas. Sin embargo, Jesús no define al verdadero cristiano en esos términos. Es posible que alguien tenga fe y buenas obras, y presuma de esto, y no sea un perfecto cristiano. Un cristiano es una verdadera morada de Cristo, uniendo a esto las buenas obras y la piadosa creencia. La verdadera fe está muerta sin las obras, así como las obras sin la fe. Por lo tanto, debemos mantenernos limpios de malas acciones para que no se pueda decir de nosotros: “Profesan conocer a Dios, más con sus obras le niegan” (Tito 1:16), por lo que el Señor dice: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y en él haremos morada” (Juan 14:23).

¿A caso no aprendemos de esto que la morada del alma está cimentada sobre la correcta fe y las buenas obras, y así Dios mora en ellas: “Habitaré en ellos” (2ª Corintios 6:16)? ¿No señala también el apóstol esto cuando dice: “Probaos vosotros mismos, para saber si tenéis la fe. Vosotros mismos examinaos. ¿O no reconocéis vuestro interior como que Jesucristo está en vosotros?” (2ª Corintios 13:5)? ¿Entonces no sabrá el maligno si el Maestro de la morada, Cristo, está o no en vuestra mente? Cuando te ve enojado, o gritando, o jurando, o usando lenguaje grosero, o culpando a alguien, o abusando de alguien, o haciendo reproches a alguien, o condenando, u odiando, o tratando a alguien injustamente, o siendo vanidoso, o jactancioso, o riendo en exceso, o estando eufórico, o no rezando habitualmente y no recordando la muerte, entonces sabe que Dios, tu protector y tu sostén, no está en tu alma. Y así, el maligno entra como un ladrón, no encontrando la divina luz en tu corazón, y saquea la morada de tu alma, y tu último estado se vuelve peor que el primero.

Según el Deuteronomio: “Ahora, oh Israel, ¿qué es lo que el Señor, tu Dios, te pide, sino que temas al Señor, tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que le ames, y que sirvas al Señor tu Dios?” (Deuteronomio 10:12).

Según David: “El Señor ama a los que odian el mal” (Salmos 96:10). “El Señor conserva a todos los que le aman, y extermina a todos los impíos” (Salmos 144:20). Y: “Tú no eres un Dios que se complazca en la maldad; el malvado no habita contigo, ni los impíos permanecen en tu presencia” (Salmos 5:5-6).

Según Isaías: “Dice el Señor: ‘Por cuanto este pueblo se me acerca sólo con su boca, y sólo con sus labios me honra, mientras su corazón está lejos de Mi, y el temor que me tienen no es más que un mandamiento de hombres, cosa aprendida de memoria” (Isaías 29:13). “Me buscan día tras días y se deleitan en conocer mis caminos, como si practicasen la justicia, y no hubiesen abandonado la ley de Dios” (Isaías 58:2). Y: “Cuando extendéis vuestras manos, cierro ante vosotros mis ojos, y cuando multiplicáis las oraciones, no escucho; vuestras manos están manchadas de sangre. Lavaos, purificaos; quitad de ante mis ojos la maldad de vuestras obras; cesad de obrar el mal. Aprender a hacer el bien, buscad lo justo, poned coto al opresor, haced justicia al huérfano, defended la causa de la vida” (Isaías 1:15-17).

Según Salomón: “El camino del malvado es abominación para el Señor, el cual ama a aquel que sigue la justicia” (Proverbios 15:9). Y: “Lejos está el Señor de los malvados, mas oye la oración de los justos” (Proverbios 15:29).

Según el Eclesiástico: “No te hagas, en vez de amigo, enemigo del prójimo; porque el hombre malvado tendrá por herencia el oprobio y la ignominia, particularmente todo pecador envidioso, y de lengua doble. No te dejes llevar de pensamientos altivos, a modo de un toro; no sea que tu animosidad se estrelle por causa de tu locura; y coma esta tus hojas, y eche a perder tus frutos, y vengas a quedar como un árbol seco, en medio del desierto. Porque el alma maligna, arruinará aquel en quien reside, le hará objeto de complacencia para sus enemigos, y le conducirá a la suerte de los impíos” (Eclesiástico 5:1-4). “Porque la misericordia y la ira están con el Señor; puede aplacarse y puede descargar su enojo. Así como usa misericordia, así también castiga; Él juzga al hombre según sus obras. No escapará el pecador de su latrocinio, y no se retardará al hombre misericordioso el premio que espera” (Eclesiástico 16:12-14).

Según las Constituciones Apostólicas: “Por tanto, el que vaya a ser bautizado, debe hacerse extraño a la maldad, abstenerse de pecar, ser amigo de Dios, enemigo del maligno, heredero de Dios, y coheredero de Cristo, renunciando al maligno, sus demonios y sus obras; tiene que ser casto, puro, santo, amante de Dios, un hijo de Dios, orando como un hijo al Padre y diciendo así según la costumbre de los fieles: Padre nuestro, que estás en el cielo… (2), para que no pueda llamar a Dios Padre indignamente, y este le reproche, como a Israel, el primogénito que una vez escuchó que: “El hijo honra al padre, y el siervo a su amo. Ahora bien, si Yo soy Padre, ¿dónde queda mi honra?” (Malaquías 1:6). Pues la gloria de los padres es la santidad de sus hijos, y el honor de un amo es el temor de sus siervos” (3).

Según San Gregorio de Nisa: ‘Sobre la oración del Padre nuestro’: “El que es bueno no tiene en su naturaleza el convertirse en el padre de una maligna voluntad, ni el santo en uno que ha contaminado su vida; ni el que es inmutable, en el que cambia constantemente; ni el que está vivo en un muerto por el pecado; ni el puro en alguien contaminado y desfigurado por las pasiones; ni el generoso en un miserable; ni el que se encuentra en el bien, en el que se involucra en el mal. Si alguien que se mira a sí mismo ve que aún necesita limpieza y reconoce en su conciencia su ser lleno de contaminación y crímenes malignos y, antes de limpiarse a sí mismos de estos y otros males similares, se presenta en la familia de Dios llamándolo Padre, siendo realmente injusto, si llama al Justo, siendo impuro, sus palabras serían un insulto y una burla, como si estuviera nombrando a Dios como el Padre de sus propia vileza. Pues la palabra “padre” indica la causa del que llega a existir por él.

“Por lo tanto, un nombre que con una mala conciencia llama a Dios su padre, no hace otra cosa más que culpar a Dios como autor y causa de su propia maldad. Pues la luz no tiene comunión con la oscuridad, dice el apóstol. Sin embargo, la luz se asocia con la luz, el justo con el justo, el incorrupto con el incorrupto. Sin embargo, sus opuestos se relacionan con los de su propia clase. ‘Un árbol bueno no puede llevar frutos malos’ (Mateo 7:18)”.

“Entonces, si alguien que es débil de corazón, quiere mentir, como dice la Escritura, y se atreve a usar las palabras de la oración, hagámosle saber que el padre al que llama no es el celestial, sino por el contrario, el infernal, pues es un mentiroso y se convierte en el padre de la mentira, en la que este está. Es pecado y el padre del pecado. Por esta razón, los que están sujetos a las pasiones son llamados hijos de la ira, y el apóstata de la vida es llamado hijo de perdición”.

“¿Os gustaría conocer las propiedades del carácter maligno? Son la envidia, el odio, la calumnia, la vanidad, la avaricia, la pasión lujuriosa y la enfermedad del amor propio. Estas y otras por el estilo caracterizan la forma del adversario. Si alguien cuya alma está infectada con estas manchas fuera a clamar al Padre, ¿qué clase de padre le escucharía? Claramente el que tenga parentesco con el que lo llama, y este no es el celestial, sino el infernal. Aquel que tiene las características familiares reconocerá la relación familiar. Así, la oración de un hombre malvado, mientras persista en su maldad, se convertirá en una invocación al maligno. Cuando abandone su maldad y viva inocentemente, su voz clamará al buen Padre”.

El mismo Gregorio, al monje Libio: “Si alguien se somete al nombre de Cristo, pero no muestra una vida que corresponda a este nombre, hace una mentira del nombre. Pues no es posible que el Señor no sea justicia, pureza y verdad, y alejamiento de todos los males, ni es posible para un cristiano no mostrar que comparte estas cualidades”.

San Cirilo de Jerusalén: ‘Catecismo’: “No es beneficioso para nosotros ser llamados cristianos si no correspondemos con nuestras obras. Pues está escrito: “Si fuerais hijos de Abraham, haríais las obras de Abraham” (Juan 8:39).

San Juan Crisóstomo: ‘Sobre Mateo’: “Cualquiera que llame a Dios, Padre, con esta pequeña palabra, confiesa el perdón de los pecados, la redención del castigo, la justificación, santificación, liberación, adopción como hijo, el parentesco con el Unigénito, y la obtención del Espíritu. Tampoco es posible que alguien llame a Dios, Padre, si no es partícipe de todo lo bueno, y no se ha convertido en un hijo de Dios. “Porque todos cuantos son movidos por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios” (Romanos 8:14). Así, cualquiera que llame a Dios, Padre, debería demostrar un comportamiento apropiado para no parecer indigno del parentesco. “Nadie puede servir a dos señores…. a Dios y  Mammon” (Mateo 6:24).

“No filosoféis demasiado, pues Dios lo declaró una vez y para todos, y dijo que es imposible que el servicio a uno sea compatible con el servicio a otro. Así que no digáis que es posible. Pues, cuando alguien te dice que te apoderes (de la propiedad de otros) y otros te dicen que te liberes de lo que tienes, uno dice ser casto, el otro fornicador, uno dice que comas y bebas, el otro que ayunes y ejerzas el autocontrol; uno dice que desprecies las cosas de este mundo, el otro, que te aferres a ellas, uno te maravilla con paredes de mármol y edificios, el otro no valora estas cosas, sino que persigue la filosofía, ¿cómo es posible que estos sean compatibles entre sí?”.

“Aquí llama a Mammon amo, no a causa de su propia naturaleza, sino a causa de la miseria de los que se inclinan y se someten a ella. Así, el apóstol llama al vientre un dios, no a causa de ningún mérito de tal amo, sino de la miseria de los que le sirven”.

San Basilio el Grande: sobre “Los ascetas”: “Si creemos al Señor cuando dice: ‘Todo el que comete pecado, es esclavo del pecado’ (Juan 8:34), y de nuevo: ‘Vosotros sois hijos del diablo, y queréis cumplir los deseos de vuestro padre’ (Juan 8:44), vemos que él (el pecador) no sólo está en unión, sino que es un esclavo (del maligno) y llama padre y maestro al que hace sus mismas obras. El apóstol también da testimonio de esto, diciendo: ‘¿No sabéis que si a alguien os entregáis como esclavos para obedecerle, esclavos sois de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, sea de la obediencia para justicia?’ (Romanos 6:16). Tampoco esté muerta la fe, así como el cuerpo sin el espíritu está muerto. Y de nuevo: “Tu crees que Dios es uno. Bien haces. También los demonios creen, y tiemblan” (Santiago 2:19). El Señor pregunta: ¿por qué me llamáis Señor, y no hacéis lo que os digo? Nosotros, que somos gobernados por el Señor, debemos confesarle también por nuestras acciones, no teniendo pecado que nos sentencie o nos gobierne, para que no se diga de nosotros que: “lo lisonjeaban con su boca, y con su lengua le mentían” (Salmos 77:36).

“Escuchemos al apóstol decir: “No os hagáis ilusiones. Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los que viven de rapiña, heredarán el reino de Dios” (1ª Corintios 6:9-10). Y de nuevo: “Porque tened bien entendido que ningún fornicario, impuro o avaro, que es lo mismo que idólatra, tiene parte en el reino de Cristo y de Dios. Nadie os engañe con vanas palabras, pues por estas cosas descarga la ira de Dios sobre los hijos de la desobediencia. No os hagáis, pues copartícipes de ellos” (Efesios 5:5-7). Si tuviéramos que estar entre ellos, los que proclamamos creer, que esperamos el reino, no seríamos partícipes del Rey, sino que estaríamos asociados a los enemigos del Rey”.

“Si hemos conocido a Cristo, hemos conocido la Verdad. Si conocemos la verdad, viviremos en verdad, por nuestras obras. De otra forma, cuando venga de nuevo, pondrá nuestra heredad con los incrédulos, diciendo: ‘En verdad, os digo, no os conozco’ (Mateo 25:12). No nos ayudará exclamar: Señor, Señor. Incluso los demonios creen con fe ciega.

San Juan Crisóstomo: ‘Sobre el ayuno’: “Como el incienso, suba hacia Ti mi oración, sea la elevación de mis manos el sacrificio vespertino” (Salmos 140:2). Mirad vuestras manos y examinadlas. Y si no tienen nada robado o profanado, decid esto con audacia: “Como el incienso, suba hacia Ti mi oración”. Si habéis robado algo, o cometido algo prohibido, no claméis, no alcéis vuestras manos hasta que cese vuestra miseria. Incluso si, con el permiso de Dios, sois capaces de alzar vuestras manos, vuestra oración, estando profanada, no puede ascender de ninguna forma al cielo, sino que escucharéis: “Cuando extendéis vuestras manos, cierro ante vosotros mis ojos, y cuando multiplicáis las oraciones, no escucho” (Isaías 1:15).

San Juan Crisóstomo: ‘Sobre Mateo’: “Conozcamos las cosas que contaminan al hombre. Conozcámoslas y evitémoslas. Incluso en la iglesia vemos que muchos intentan guardar tal costumbre, haciendo un esfuerzo por venir con ropa limpia, lavando sus manos y sus pies, pero ni siquiera piensan en presentarse ante Dios con un alma limpia. Diciendo esto, no prohíbo a nadie lavar sus manos y su boca, sino que querría que las lavaran como es propio. No sólo con agua, sino, en vez de agua, con virtudes. Lo que contamina las manos es el robo, las malas acciones, los ataques a nuestro prójimo. Lo que contamina la boca es la blasfemia, el abuso, la lengua soez, la obscenidad, la burla, el insulto.”

“Entonces, si sois conscientes de no haber cometido o pronunciado ninguna de estas cosas, ni estáis contaminados con ninguna de estas inmundicias, venid con confianza. ¿O habéis recibido estas inmundicias miles de veces? ¿Laváis vuestras manos y vuestra lengua, pero lleváis en ellas la suciedad nociva y mortal? Decidme, si tuvierais estiércol y fango en las manos, ¿os atreveríais a orar? Seguro que no. Sin embargo, no hay nada malo en estas, mas en las otras hay muerte y destrucción. ¿Cómo es que mostráis piedad en lo irrelevante, pero indiferencia en lo que está prohibido? Entonces, se diría, ¿no deberíais orar? Se debería, pero no en un estado impuro y con tal suciedad. Entonces, ¿qué se debería hacer? Limpiaros a vosotros mismos. ¿Cómo y de qué forma? Llorando, gimiendo, dando limosna, confesando, pidiendo perdón a aquellos que habéis ofendido, reconciliándoos. Con esto, limpiad vuestra lengua, para no airar a Dios más grandemente.

“Si alguien tuviera que tocar vuestros pies con las manos llenas de barro, no sólo no le escucharíais, sino que incluso lo expulsaríais con vuestro pie. Entonces, ¿cómo os atrevéis a acercaros así a Dios? La lengua del que reza es la mano con la que abrazamos las rodillas de Dios. Por tanto, no las contaminéis, para que no pueda deciros: “La muerte y la vida están en poder de la lengua; cual sea su uso, tales serán los frutos que se comen” (Proverbios 18:21). Por vuestras palabras seréis justificados o condenados. No os atreváis a orar después de estar en compañía de vuestra esposa, sino que tras la conversación injuriosa e insultante y otras maldades debéis extender vuestras manos para limpiarlas correctamente. ¿Decidme, cómo no tembláis clamando a tan terrible y magnífico nombre? ¿No habéis escuchado a San Pablo decir: “Deseo, pues, que los varones oren en todo lugar, alzando manos santas sin ira ni disensión” (1ª Timoteo 2:8)?.

San Juan Crisóstomo: ‘Sobre San Juan’: “El Señor nos dice que la fe no nos procura ningún beneficio si nuestra vida permanece corrupta: “No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán en aquel día: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre lanzamos demonios, y en tu nombre hicimos cantidad de prodigios?’. Entonces les declararé: ‘Jamás os conocí’” (Mateo 7:21-23). ¿Qué utilidad tiene la fe si el Señor no nos conoce? Cuando no hacemos la voluntad de Dios, estamos en la trampa del maligno. Y, como el gorrión, aun si no está completamente atrapado, sino sólo por una pata, incluso así está en poder del cazador, y así también sucede con nosotros. Aun cuando no estemos completamente enredados, sino sólo con respecto a nuestra fe o nuestra vida, estamos en poder del maligno, “pues cada cual es esclavo del que lo ha dominado” (2ª Pedro 2:19).

San Juan Clímaco: “El que proclama tener verdadera fe, pero comete pecado, es como un rostro sin ojos. Por el contrario, el que no tiene fe, pero es bueno en sus obras, es como un agua vertida y echada en una vasija con agujeros”.

Marcos el Monje: “Algunos, sin cumplir los mandamientos, piensan que tienen una fe justa. Otros, cumpliendo (los mandamientos) esperan el reino como su desierto. Ambos dejan pasar el reino”.

Máximo el Monje: de ‘Capítulos ascéticos’: “Un cristiano persigue la sabiduría en las siguientes tres cosas: los mandamientos, el dogma y la fe. Los mandamientos liberan la mente de las pasiones, el dogma conduce al conocimiento de la verdad, y la fe a la contemplación de la Santa Trinidad, a quien pertenece toda gloria, honor y adoración, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos”.

Notas

1. Arzobispo Filaret de Chernigov: Historical Study of the Church Fathers (en ruso), vol. 3, p. 178.

  1. Constituciones Apostólicas, 3:18.
  1. Constituciones Apostólicas, 7:24.

 

 

De Orthodox Life, vol. 41, nº 5 (septiembre – octubre, 1991), pp. 14-20.

 

Traducido por psaltir Nektario B. (P.A.B)

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Categorías:Enseñanzas de los Santos Padres, San Atanasio el Sinaita

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