Visión ortodoxa de la evolución parte 2/2

Icono sobre la creación de las criaturas

Icono sobre la creación de las criaturas

 

Bienaventurado padre Seraphim Rose

Bienaventurado padre Seraphim Rose

La ciencia y la Revelación Divina

¿Cuál es la fuente de nuestro verdadero conocimiento del mundo primordial, y cómo difiere de la ciencia? ¿Cómo sabe San Gregorio el Sinaita lo que sucede a los frutos maduros del paraíso, y por qué la ciencia natural es incapaz de descubrirlo? Ya que amas a los santos padres, creo que ya sabes la respuesta a esta pregunta. Sin embargo, te daré una respuesta basada no en mi propio razonamiento, sino sobre la indiscutible autoridad de un santo padre de suprema vida espiritual, San Isaac el Sirio, que habló de la ascensión del alma a Dios sobre la base de la experiencia personal. Describiendo cómo se eleva el alma al pensamiento de la era futura de incorruptibilidad, San Isaac el Sirio escribe: “Y a partir de aquí la mente ya se alza al estado que procedió a la creación del mundo, cuando no existía la materia, ni el cielo, ni la tierra, ni los ángeles, ni nada que tuviera existencia, y al estado en que Dios, único por su propia voluntad, lo trajo todo, de repente, de la nada a la existencia, y toda cosa apareció ante Él en un estado de perfección” (Homilía 25).

Como puedes ver, San Gregorio el Sinaita y otros santos de gran vida espiritual fueron capaces de comprender el mundo primordial, estando en un estado de divina contemplación que sobrepasa los límites del conocimiento natural. San Gregorio el Sinaita mismo afirma que los “ocho grandes temas de contemplación” en un estado de suprema oración son los siguientes:

1.) Dios, 2.) El rango y la posición de las huestes celestiales, 3.) La composición de las cosas visibles, 4.) El esbozo para el descenso del Verbo, 5.) La resurrección universal, 6.) La terrible segunda venida de Cristo, 7.) El tormento eterno y 8.) El Reino celestial.

¿Por qué debería incluir “la composición de las cosas visibles” junto con otros temas de contemplación divina, con relación a la esfera del conocimiento teológico y no la ciencia? ¿No es porque exista un aspecto y estado de la creación que esté fuera del conocimiento natural y pueda ser visto, como San Isaac el Sirio mismo vio la creación de Dios, sólo en contemplación y por la gracia de Dios?

En otro lugar San Isaac el Sirio describe la diferencia entre el conocimiento natural y la fe que conduce a la contemplación: “El conocimiento natural es el límite de la naturaleza, mientras que la fe procede más allá de la naturaleza. El conocimiento no osa tolerar nada destructivo a la naturaleza, sino que la evita; por la fe, muchos entraron en el fuego, suprimieron el ardiente poder del fuego, y pasaron a través de él indemnes, y anduvieron por las olas como por tierra firme. Y todo esto está por encima de la naturaleza, es contrario a los caminos del conocimiento y se ha demostrado que esta última es deficiente en todos sus medios y leyes… No hay conocimiento que no esté limitado por la escasez, no importa lo mucho que se enriquezca, mientras que los tesoros de la fe no pueden ser contenidos ni en la tierra, ni en el cielo” (Homilía 25).

¿Entiendes ahora qué está en juego en el argumento entre la comprensión patrística del libro del Génesis y las enseñanzas evolutivas? Los últimos intentos por comprender los misterios de la creación de Dios por medio del conocimiento de la naturaleza y la filosofía mundana, ni siquiera permitían que hubiera algo en estos misterios que los colocara más allá de las posibilidades de este conocimiento, mientras que el libro del Génesis es un relato de la creación de Dios, vista en contemplación divina por el profeta Moisés, y lo que ha visto está confirmado por la experiencia personal de los padres posteriores. Y aunque la revelación es muy superior al conocimiento natural, aun así sabemos que no puede haber ninguna contradicción entre la verdadera Revelación y el verdadero conocimiento natural. No hay desacuerdo entre el conocimiento de la creación contenida en el libro del Génesis, expuesta a nosotros por los santos padres, y el conocimiento veraz de la creación obtenido por la ciencia moderna a partir de la observación pero, por supuesto, hay un conflicto indisoluble entre el conocimiento contenido en el libro del Génesis, y las vacías especulaciones filosóficas de los científicos modernos que no están iluminados por la fe, concerniente al estado del mundo durante el transcurso de los seis días de la creación. Por lo tanto, puesto que hay un genuino conflicto entre el libro del Génesis y la filosofía contemporánea, si deseamos conocer la verdad, debemos aceptar las enseñanzas de los santos padres y rechazar las falsas opiniones de los filósofos científicos.

Concerniente a la genuina visión patrística del mundo primigenio, creo que te he mostrado suficiente sobre estas visiones, que a primera vista parecen increíbles para el cristiano ortodoxo cuya comprensión del libro del Génesis ha sido oscurecida por la filosofía científica moderna. Lo más asombroso es, probablemente, el hecho de que los santos padres entiendan el texto de la Sagrada Escritura “como está escrito”, y no nos permitan interpretarlo libre o alegóricamente. Muchos “eruditos” cristianos contemporáneos se han acostumbrado a asociar esta interpretación con el fundamentalismo protestante, pero está claro cuán profundísima es la genuina interpretación patrística con relación a la de los fundamentalistas, que nunca han escuchado sobre la divina contemplación y cuya interpretación coincide sólo accidentalmente a veces con la patrística.

El cristiano ortodoxo moderno puede entender cómo la incorruptibilidad del mundo primigenio sigue estando fuera del alcance de la investigación científica, si se analiza el hecho de la incorruptibilidad como está representada mediante la acción de Dios incluso en nuestro presente mundo corrupto. No podemos encontrar una mayor manifestación de esta incorruptibilidad más que en la Santa Theotokos, de quien cantamos: “Que sin mancha engendraste a Dios el Verbo…”. San Juan Damasceno señala que esta incorruptibilidad está fuera de las leyes de la naturaleza en dos formas: “… pues sin un padre, que está por encima de las leyes naturales del alumbramiento… y sin dolor, que está por encima de la ley del nacimiento”. ¿Qué debería decir un cristiano ortodoxo cuando un moderno ateo, bajo la influencia de la filosofía moderna, insiste en que tal incorruptibilidad es imposible, y reclaman que los cristianos crean sólo lo que pueda ser probado u observado científicamente? ¿No debería salvaguardar su fe, que es el conocimiento mediante la revelación, y decir al pseudo-científico que es imposible saber o entender este hecho de la incorruptibilidad como una acción sobrenatural de Dios?

Existe otra cuestión relativa a la situación del mundo primigenio que debería surgir en tu mente: ¿y qué decir sobre esos “millones de años” de la existencia del mundo que la ciencia “conoce como hecho”? Mi carta ya es demasiado larga y no puedo discutir esta cuestión aquí, pero en otra carta examinaré también esta cuestión, incluyendo las deficiencias del método del radiocarbono y otros sistemas “absolutos” de datación, y mostraré que estos “millones de años” no son solo un hecho sino una materia de filosofía. Esta idea no surgió hasta que, bajo la influencia de la filosofía naturalista, la gente empezó a creer en la evolución, y si la evolución es cierta, entonces el mundo debe tener millones de años (ya que la evolución nunca ha sido observada, es imaginada sólo con la suposición de que los incontables millones de años pueden producir procesos que son demasiado “lentos” para que los científicos modernos pudieran observarlos). Si examinas esta cuestión objetivamente y sin pasión, separando las genuinas pruebas de las suposiciones y la filosofía, verás que no hay hecho factible que pudiera hacernos creer que la tierra tenga más de 7500 años.

Resumiendo la enseñanza patrística a cerca del mundo primigenio, no puedo encontrar nada mejor que citar las divinas palabras de un santo padre que destacó en la oración, por lo cual toda la Iglesia Ortodoxa lo llama el “Teólogo”. Y Eso es San Simeón el Nuevo Teólogo. En su 45ª Homilía, dice lo siguiente basado en la tradición patrística: “En el principio, Dios, antes de plantar el Edén y antes de crear al primer hombre, durante el transcurso de cinco días creó la tierra y todo lo que hay en ella, y el cielo y todo lo que está en él, y en el sexto día creó a Adán y lo dispuso como amo y gobernante sobre toda la creación visible. El paraíso aún no existía en aquel tiempo. Pero este mundo de Dios era igual a un paraíso, aunque material y físico. Y Dios lo entregó en manos de Adán y todos sus descendientes…”. Y el Señor Dios plantó un jardín al este del Edén… Y el SEÑOR Dios hizo brotar de la tierra todo árbol agradable a la vista y bueno para comer” (Génesis 2:8-9), con diferentes frutos que nunca abandonó y nunca dejó de producir, pues siempre eran frescos y dulces y con ellos dio un gran placer al primer hombre creado. Pues era necesario dar delicias incorruptibles a aquellos cuerpos del primer hombre creado que eran incorruptibles… Adán fue creado con un cuerpo incorruptible, aunque material y aún no espiritual, y fue situado por Dios el Creador como un rey inmortal sobre el mundo incorruptible, no sólo sobre el Edén sino también sobre toda la creación bajo el cielo…

Después de la transgresión de Adán, Dios no condenó al Edén… sino que condenó al resto de la tierra que también era incorruptible y todo lo producido para ella… Aquello que fue hecho corrupto y mortal por la transgresión del mandamiento, en toda justicia viviría en una tierra corrupta y comería alimentos corruptos… Más tarde, también todas las criaturas, cuando vieron que Adán había sido expulsado del paraíso, no desearon obedecerle, pues era un criminal… Pero Dios restringió a todas estas criaturas con su poder, y por su misericordia y bondad no les permitió que precipitarse sobre el hombre, sino que mandó a toda la creación permanecer en servidumbre con él, habiendo sido hecho corrupto, y servir al hombre corrupto para quien habían sido creados, para que cuando el hombre fuera renovado y fuera espiritual, incorruptible e inmortal, toda la creación, situada por Dios en servidumbre con el hombre, se hiciera libre por esta servidumbre, y fuera renovada junto con él y se convirtiera en incorruptible y espiritual…

Los cuerpos de los hombres no deberían ser los primeros en ser revestidos con la gloria de la resurrección y llegar a ser incorruptibles; toda la creación fue creada primeramente incorruptible, y más tarde, el hombre fue tomado y creado de ella, y así de nuevo, la creación debería ser la primera en ser incorruptible, y sólo entonces los cuerpos de los hombres deberían ser renovados y hechos incorruptibles, para que todos los hombres pudieran nuevamente ser incorruptibles y espirituales, y habitaran en una morada incorruptible, eterna y espiritual… ¿Ves que toda la creación fue la primera incorruptible y creada por Dios para morar en el paraíso? Pero más tarde se hizo corrupta y fue situada por Dios bajo la servidumbre de la humanidad.

También debes saber cómo será glorificada toda la creación y brillará resplandeciente en la nueva era. Pues cuando sea renovaba, no será la misma como cuando fue creada en el principio. Pero será, según el divino Pablo, justo igual que nuestros cuerpos… Por el mandato de Dios, toda la creación, en el tiempo de la resurrección universal, no será como si hubiera sido creada de forma material y física, sino que será creada de nuevo y convertida en una gran morada inmaterial y espiritual, sobrepasando toda percepción sensual”.

¿Puede haber una enseñanza más clara sobre el estado del mundo primigenio antes de la transgresión de Adán?

 

La naturaleza del hombre

Y ahora llego al final y la más importante cuestión que surge de la teología ortodoxa por la moderna teoría de la evolución: la naturaleza del hombre y en particular, la naturaleza del primer hombre creado, Adán. Digo que esta es la “cuestión más importante” surgida por la evolución porque la doctrina del hombre, la antropología, toca más de cerca a la teología, y aquí, quizá, se haga más posible identificar teológicamente el error del evolucionismo. Es bien sabido que la Ortodoxia enseña de forma muy diferente al catolicismo romano con relación a la naturaleza del hombre y la gracia divina, y ahora trataré de demostrar que el punto de vista teológico sobre la naturaleza del hombre que está implícito en la teoría de la evolución, no es el punto de vista ortodoxo del hombre, sino que está más cerca a la visión católica romana, y esto es sólo una confirmación del hecho de que la teoría de la evolución, lejos de ser enseñada por ningún padre ortodoxo, es simplemente un producto de la mentalidad apóstata occidental e incluso, a pesar del hecho de que originalmente era una “reacción” contra el catolicismo romano y el protestantismo, tiene sus raíces profundas en la tradición escolástica papista.

La visión de la naturaleza humana y la creación de Adán que estableces en tu carta están muy influenciadas por tu opinión de que Adán, en su cuerpo, era un “animal evolucionado”. Esta opinión no la has obtenido de los santos padres (pues no puedes encontrar un solo padre que crea esto, y ya te he mostrado que, de hecho, los padres creían “literalmente” que Adán fue creado del barro y no de ninguna otra criatura), sino de la ciencia moderna. Veamos entonces, antes de todo, la visión patrística ortodoxa de la naturaleza y el valor del conocimiento secular y científico, y en particular con relación al conocimiento teológico y revelado.

Esta visión patrística fue muy bien establecida por el gran padre hesicasta, San Gregorio Palamás, que se vio obligado a defender la teología ortodoxa y la experiencia espiritual, precisamente, contra un racionalista occidental, Barlaam, que deseaba reducir la experiencia espiritual y el conocimiento del hesicasmo a algo alcanzable por la ciencia y la filosofía. Respondiéndole, San Gregorio establece principios generales que son aplicables también en nuestros días, cuando los científicos y los filósofos piensan que pueden comprender los misterios de la creación y de la naturaleza del hombre mejor que la teología ortodoxa. Escribe: “El principio de la sabiduría es ser lo suficientemente sabio para distinguir y preferir a la sabiduría que es inferior, terrenal y vana, la que es verdaderamente útil, celestial y espiritual, que procede de Dios y conduce a Él, y que obra conforme a Dios en los que la adquieren”.

San Gregorio enseña que la última sabiduría sola es buena en sí misma, mientras que la primera es buena y mala: “Incluso si uno de los padres dice lo mismo que los de fuera, la concordancia es sólo verbal y el pensamiento es muy diferente. El primero, de hecho, tiene, según Pablo, “la mente de Cristo”, mientras que el último expresa lo mejor de un razonamiento humano”. Del conocimiento secular, escribe San Gregorio, “no podemos esperar absolutamente ninguna precisión cualquiera en el conocimiento de las cosas divinas, pues no es posible extraer de él ninguna enseñanza cierta sobre los temas de Dios”.

Y este conocimiento también puede ser perjudicial y luchar contra la verdadera teología: “El poder de esta razón entra en pugna contra los que aceptan las tradiciones con simplicidad de corazón; desprecia los escritos del Espíritu, tras el ejemplo de hombres que los han tratado descuidadamente y han establecido la creación contra el Creador”.

Sería muy difícil encontrar un mejor relato que este sobre cómo los modernos “evolucionistas cristianos” han intentado obrar creyéndose a sí mismos más sabios que los santos padres, usando el conocimiento secular para interpretar la enseñanza de la Sagrada Escritura y los santos padres. ¿Quién puede dejar de apreciar que el espíritu racionalista y naturalista de Barlaam es muy similar al del moderno evolucionismo?

Pero nota que San Gregorio habla del conocimiento científico que, en su propio nivel, es cierto; se convierte en falso sólo porque se rebela contra el mayor conocimiento de la teología. ¿Es la teoría de la evolución incluso cierta científicamente?

Ya he hablado de la naturaleza dudosa de la evidencia científica de la evolución en general, y ahora debo decir algo específicamente sobre la evidencia científica sobre la evolución humana, puesto que ya he empezado a tocar el ámbito de la teología ortodoxa. Ahora debo preguntarte una cuestión científica elemental: ¿cuál es la evidencia de la “evolución del hombre”?.

Las evidencias arqueológicas científicas de la “evolución del hombre” consisten en: el Hombre de Neandertal (muchos especimenes); el Hombre de Pekín (muchas calaveras); los hombres llamados Java, Heidelberg, Piltdown (hasta hace unos 20 años), y los últimos hallazgos en África (todos extremadamente fragmentados). La evidencia arqueológica total de la “evolución del hombre” puede ser contenida en una caja del tamaño de un pequeño cofre, y proceden de partes muy distantes de la tierra, sin ninguna indicación fiable de posible edad relativa (y mucho menos absoluta), y sin ninguna indicación de cómo estos diferentes “hombres” estaban conectados entre sí, si por descendencia o parentesco.

Además, uno de estos “antepasados evolutivos del hombre”, el “Hombre de Piltdown”, se descubrió hace 20 años que había sido un fraude deliberado. Es un hecho interesante que Teilhard de Chardin fuera uno de los “descubridores” del “Hombre de Piltdown”, un hecho que no encontrarás en muchos libros de texto o en biografías sobre él. “Descubrió” el diente canino de su criatura fabricada, un diente que ya ha sido teñido con la intención de causar decepción con relación a su edad cuando fue encontrado. No tengo evidencias para decir que Teilhard de Chardin participara conscientemente en el fraude; pienso que lo más probable es que fuera víctima del autor material del fraude, y que estaba tan ansioso por encontrar pruebas sobre la “evolución del hombre” en la que ya creía que simplemente no prestó atención a las dificultades anatómicas que este “hombre” burdamente fabricado presentaba para cualquier observador objetivo. Y sin embargo en los libros de texto evolutivos se plasmó antes el descubrimiento del fraude, y el Hombre de Piltdown fue aceptado como un ancestro evolutivo del hombre sin ninguna duda; este “cráneo” es ilustrado incluso y se establece confidencialmente que “combina las características humanas con otras mucho más retrasadas”. Esto, por supuesto, es sólo lo que se requiere para un “eslabón perdido” entre el hombre y el mono, y por eso el fraude de Piltdown fue compuesto precisamente como una mezcla de huesos de hombre y mono.

Tiempo después, este mismo Teilhard de Chardin participó en el descubrimiento, y sobre todo en la “interpretación” del “Hombre de Pekín”. Se encontraron muchos cráneos de esta criatura, y fue el mejor candidato que había sido encontrado hasta entonces como “el eslabón perdido” entre el hombre moderno y el mono. Gracias a su “interpretación” (pues para entonces se había establecido ya una reputación como uno de los principales paleontólogos del mundo), el “Hombre de Pekín” también entró en los libros de texto como un antepasado del hombre, desdeñando por completo el hecho incontestable de que los huesos del hombre moderno fueran encontrados en el mismo lugar, y para los que no tenían prejuicios “evolutivos” estaba claro que este “Mono de Pekín” fue usado como alimento por los seres humanos (pues había un agujero en la base de cada cráneo del “Hombre de Pekín” por el cuál se habían extraído los cerebros).

Si quieres examinar objetivamente todas las evidencias fósiles de la “evolución del hombre”, creo que verás que no hay pruebas concluyentes o evidencias remotamente razonables sobre esta “evolución”. Se cree que la evidencia es una prueba para la evolución humana porque los hombres quieren creerla; creen en una filosofía que requiere que el hombre haya evolucionado de criaturas similares al mono. De todos los “hombres” fósiles sólo el Hombre de Neandertal y, por supuesto, el Hombre de Cromagnon, (que es simplemente el hombre moderno) parecen ser genuinos; y es simplemente el “Homo Sapiens”, no diferente del hombre moderno del que los hombres modernos son diferentes entre sí, una variación dentro de una clase definida de especies. Nota por favor que los dibujos del Hombre de Neandertal en los libros de textos evolutivos son la invención de artistas que tienen una idea preconcebida de cómo debería haber sido el “hombre primitivo”, basada en la filosofía evolutiva.

Creo que he dicho suficiente, no para mostrar que puedo “desmentir” la “evolución del hombre” (pues, ¿quién puede probar o desmentir nada sin tal fragmentada evidencia?), sino para indicar que debemos ser muy críticos de hecho con las interpretaciones de tan sesgada evidencia. Dejemos a nuestros modernos paganos y sus filósofos estar excitados con el descubrimiento de nuevos cráneos, huesos o incluso un simple diente, sobre los que los periódicos declaren en sus titulares: “Encontrado un nuevo ancestro del hombre”. Esto no es incluso el ámbito del vano conocimiento; es el ámbito de las fábulas modernas y los cuentos de hadas modernos, de una sabiduría que verdaderamente se ha vuelto asombrosamente estúpida.

¿Hacia dónde se vuelve el cristiano ortodoxo si desea aprender la verdadera doctrina de la creación del mundo y del hombre? San Basilio nos lo dice claramente: ¿Cuál es, pues, mi finalidad hablando así? Es, pues, porque nos proponemos examinar el bello orden del universo y contemplar el mundo, no según los principios de la sabiduría del mundo, sino según las instrucciones que Dios dio a Moisés su siervo, hablándole en persona, y no por figuras; y es necesario que los que son celosos de ser espectadores de grandes temas, hayan ejercitado su espíritu para comprender los maravillosos espectáculos de los que son testigos.” (Hexaemeron VI, 1).

Ahora veremos que la visión evolutiva sobre el origen del hombre en realidad no solo no nos enseña sobre el origen del hombre, sino que nos presenta una falsa imagen, como tú mismo pruebas cuando te ves obligado a exponer esta enseñanza para defender la idea de la evolución.

Exponiendo tu punto de vista sobre la naturaleza del hombre, basada sobre una aceptación de la idea de la evolución, escribes: “El hombre no es una imagen de Dios por naturaleza. Por naturaleza, es un animal, un animal evolucionado, polvo de la tierra. Es una imagen de Dios sobrenatural”. Y nuevamente: “El aliento de vida de Dios transformó el animal en hombre sin cambiar una característica anatómica de su cuerpo, ni tan solo una célula”. Y otra vez: “No me sorprendería si el cuerpo de Adán fuera en todos los aspectos el cuerpo de un mono”.

Ahora, antes de examinar la enseñanza patrística sobre la naturaleza del hombre, admitiré que la palabra “naturaleza” puede ser un poco ambigua, y que cualquiera puede encontrar pasajes en los que los santos padres usan la expresión “naturaleza humana” en la forma que se usa en un discurso común, refiriéndose a la naturaleza humana caída cuyos efectos observamos cada día. Pero hay una mayor enseñanza patrística, una doctrina específica, otorgada por revelación divina, que no puede ser entendida o aceptada por nadie que crea en la evolución.

La doctrina ortodoxa de la naturaleza humana se expone muy concisamente en las Instrucciones Espirituales de Abba Doroteo. Este libro es aceptado por la Iglesia Ortodoxa como el libro de texto básico de la espiritualidad ortodoxa. Es muy significativo que la doctrina ortodoxa sobre la naturaleza humana se exponga desde las primeras páginas de este libro, pues esta doctrina es el fundamento de la completa vida espiritual ortodoxa.

¿Cuál es esta doctrina? Abba Doroteo escribe en las primeras palabras de su primera instrucción: “En el principio, cuando Dios creó al hombre, lo situó en el paraíso y lo adornó con todas las virtudes, dándole el mandato de no probar del árbol que estaba en medio del paraíso. Y así permaneció allí en el gozo del paraíso, en oración, en visión, en toda gloria y honor, teniendo el profundo sentido y estando en la misma condición natural en la que fue creado. Pues Dios creó al hombre según su propia imagen, es decir, inmortal, amo de todo, y lo adornó con todas las virtudes. Pero cuando transgredió el mandato, comiendo del fruto del árbol que Dios le había mandado no probar, entonces fue expulsado del paraíso, se apartó de su condición natural, y cayó en un estado contra natura, y entonces permaneció en pecado, en el amor por la gloria, en el amor por los gozos de aquel tiempo y otras pasiones, y fue dominado por ellos, pues se convirtió a sí mismo en esclavo por la transgresión. (El Señor Jesucristo) aceptó nuestra verdadera naturaleza, la esencia de nuestra constitución, y se convirtió en un nuevo Adán, en la imagen de Dios que creó al primer Adán; renovó la condición natural e hizo de nuevo profundos los sentidos, como eran en el principio”.

La misma doctrina es expuesta por otros padres ascéticos. Así, Abba Isaías enseña: “…En el principio, cuando Dios creó al hombre, lo situó en el paraíso y lo proveyó con profundos sentidos que permanecieron en su orden natural; pero cuando obedeció al engañador, todos sus sentidos fueron cambiados a un estado antinatural, y entonces fue expulsado de su gloria”. Y el mismo padre continúa: “Y así he aquí el que desea volver a su condición natural cortando sus deseos carnales, para situarse en la condición según la naturaleza de su mente”.

Los santos padres enseñan claramente que cuando Adán pecó, el hombre no se limitó a perder algo que había sido añadido a su naturaleza, sino que su naturaleza misma era cambiada, corrompida, al mismo tiempo que el hombre perdía la gracia de Dios. Los divinos oficios de la Iglesia Ortodoxa, que son la base de nuestra enseñanza dogmática ortodoxa y vida espiritual, también enseñan claramente que la naturaleza humana que ahora observamos no nos es natural, sino que ha sido corrompida.

También se puede notar que toda nuestra concepción ortodoxa de la encarnación de Cristo y nuestra salvación por medio de Él está ligada a una comprensión propia de la naturaleza humana como era en el principio, a la que Cristo nos ha restaurado. Creemos que un día viviremos con Él en un mundo muy semejante al mundo que existió entonces en esta tierra, antes de la caída de Adán, y que nuestra naturaleza será entonces la naturaleza de Adán, incluso mayor, porque todo lo material y cambiable será entonces dejado atrás.

Y ahora debo mostrarte además que incluso tu doctrina sobre la naturaleza humana como es ahora en este mundo caído, es incorrecta, y no es según la doctrina de los santos padres. Quizá es un resultado erróneo por tu parte, pues escribes: “Aparte de Dios, el hombre no es nada en su propia naturaleza, porque su naturaleza es el polvo de la tierra, igual que la naturaleza de los animales”. Puesto que crees en la filosofía de la evolución, estás forzado a creer que la naturaleza humana es sólo una naturaleza animal inferior, como de hecho estableces, o mejor, divides la naturaleza humana artificialmente en dos partes: la que es de la “naturaleza” y la que es de Dios. Pero la verdadera antropología ortodoxa enseña que la naturaleza humana es una, y es la que tenemos de Dios; no tenemos alguna naturaleza “de los animales” o “del polvo”, que es diferente de la naturaleza con la que Dios nos ha creado. Y por lo tanto, incluso la naturaleza humana corrompida y caída que tenemos ahora no es “nada de nada”, como dices, sino que aún preserva en algún grado la “bondad” con la que Dios la creó. He aquí lo que Abba Doroteo escribe de esta doctrina:

Tenemos, naturalmente, las virtudes que nos ha dado Dios. Pues cuando Dios creó al hombre, sembró las virtudes en él, como también dijo: ‘Creemos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza’. Se dijo: ‘A nuestra imagen’, refiriéndose a las virtudes. Y el Señor dice: ‘Sed misericordiosos como vuestro padre celestial es misericordioso’, y en otro lugar: ‘Sed santos, pues yo soy santo’. Consecuentemente, por naturaleza, Dios nos concedió las virtudes. Pero las pasiones no nos pertenecen por naturaleza, puesto que no tienen ninguna sustancia o composición; así como la oscuridad por sí misma no tiene sustancia ni ser, como dice San Basilio, sino un estado de aire creado por la ausencia de luz, así las pasiones no nos son naturales, pero el alma en su amor por el placer, habiéndose apartado de las virtudes, inculca las pasiones en sí misma y las fortalece contra sí misma” (Instrucción XII).

Además, estas virtudes dadas por Dios aún ejercen por sí mismas incluso en nuestro estado caído. Esta es la importante enseñanza ortodoxa de San Juan Casiano, que así refutó el error del bienaventurado Agustín, que de hecho creía que el hombre, a parte de la gracia de Dios, no era “nada de nada”. San Juan Casiano enseña en su Décimo Tercera Conferencia: “Que la raza humana tras la caída, realmente no perdió el conocimiento del bien, esto es afirmado por el apóstol Pablo… E incluso a los fariseos, el Señor dijo que ellos podían conocer la verdad. No habría dicho esto, si no hubieran podido discernir lo que estaba en su razón natural. Por lo tanto, nadie pensaría que la naturaleza humana es sólo capaz de obrar el mal”.

Del mismo modo, con relación al justo Job, San Juan Casiano pregunta si “conquistó las diversas insidias del enemigo a parte de con su propia virtud, o sólo con la asistencia de la gracia de Dios”, y responde: “Job lo conquistó por su propia fuerza. Sin embargo, la gracia de Dios no abandonó tampoco a Job; por temor a que el tentador lo cargara con tentaciones por encima de sus fuerzas, la gracia de Dios le permitió ser tentado tanto como la virtud del tentado podía soportar”.

De nuevo, con relación al patriarca Abraham: “La justicia de Dios deseaba probar la fe de Abraham, no la que el Señor había infundido en él, sino la que él mostraba por su propia voluntad”.

Por supuesto, la razón por la que el bienaventurado Agustín (y después de él, el catolicismo romano y el protestantismo) creía que el hombre no era nada sin la gracia, era que tenía una concepción incorrecta de la naturaleza humana, basada en un punto de vista naturalista. La doctrina ortodoxa, por otro lado, de la naturaleza humana como fue creada en el principio por Dios y es ahora incluso preservada en parte en nuestro estado caído, nos previene de caer en ningún falso dualismo entre lo que es “del hombre” y lo que es “de Dios”. Para estar seguro, todo lo bueno que tiene el hombre proviene de Dios, y no menos su verdadera naturaleza. El hombre no tiene “naturaleza animal”, así como nunca la ha tenido; tiene solamente la completa naturaleza humana que Dios le otorgó en el principio, y que incluso ahora no ha perdido enteramente.

¿Es necesario señalarte la multitud de claras evidencias patrísticas que la “imagen de Dios”, que es encontrada en el alma, se refiere a la naturaleza del hombre y no a algo añadido desde fuera? Basta citar el maravilloso testimonio de San Gregorio el Teólogo, mostrando cómo el hombre, por su constitución, yace entre dos mundos, y es libre para seguir cualquier lado de su naturaleza que desee:

No entiendo cómo llegué a estar unido al cuerpo y cómo, siendo la imagen de Dios, llegué a estar mezclado con la suciedad. ¡Qué sabiduría es revelada en mí, y qué gran misterio! ¿No fue por esto por lo que Dios nos condujo a esta guerra y lucha con el cuerpo, para que siendo parte de la divinidad, no podamos ser altivos y exaltarnos a causa de nuestra dignidad, y no podamos desdeñar al Creador, sino que podamos siempre dirigir nuestra mirada hacia Él, y así nuestra dignidad pueda ser salvaguardada en los límites a causa de la enfermedad que se nos ha unido? ¿Para que podamos saber al mismo tiempo, somos igualmente inmensos y pequeños, terrenales y celestiales, temporales e inmortales, herederos de la luz y la oscuridad, dependiendo del lado hacia el que nos inclinamos? Así fue establecida nuestra constitución, y esto, hasta donde puedo ver, fue para que el barro terrenal pudiera humillarnos si pensáramos exaltarnos a causa de la imagen de Dios” (Homilía 14).

Esta imagen de Dios que posee el hombre por naturaleza no estaba completamente perdida incluso en los paganos, como enseña San Juan Casiano; no se ha perdido incluso hoy en día, cuando el hombre, bajo la influencia de la filosofía moderna y el evolucionismo, está intentando transformarse en una bestia sub-humana; y así incluso ahora, Dios espera la conversión del hombre, y espera su despertar a la verdadera naturaleza humana que tiene en su interior.

Esto me lleva al punto más importante de tu interpretación de la enseñanza del padre portador de Dios de nuestro propio tiempo, San Serafín de Sarov, contenida en su famosa “Conversación con Motovilov”.

San Serafín dice: “Muchos explican que cuando en la Biblia se dice que Dios sopló el aliento de vida en el rostro de Adán, el primer hombre creado, que fue creado por Él del barro de la tierra, esto significa que hasta entonces no había ni alma ni espíritu en Adán, sino sólo la carne creada del barro de la tierra. Esta interpretación es errónea, pues el Señor creó a Adán del barro de la tierra con la constitución que el santo apóstol Pablo describe: “Y vuestro espíritu, vuestra alma y vuestro cuerpo sean conservados sin mancha para la Parusía de nuestro Señor Jesucristo” (1ª Tesalonicenses 5:23, Biblia Straubinger).

Y todas estas partes de nuestra naturaleza fueron creadas del barro de la tierra, y Adán no fue creado muerto, sino con un ser activo como el de todas las demás criaturas de Dios que vivían sobre la tierra. El punto es que si el Señor no hubiera soplado después en su rostro el aliento de vida (es decir, la gracia de nuestro Señor Dios, el Espíritu Santo…), Adán habría permanecido sin tener en él el Espíritu Santo que lo eleva a la dignidad semejante a la de Dios. Sin embargo, fue creado perfecto y superior a todas las demás criaturas de Dios como corona de la creación sobre la tierra, pero habría sido igual que todas las otras criaturas que, aunque tienen cuerpo, alma y espíritu, cada una según su especie, sin embargo no tienen el Espíritu Santo en ellas. Pero cuando el Señor Dios sopló en el rostro de Adán el aliento de vida, entonces, según la palabra de Moisés, Adán se convirtió en un alma viva, esto es, completamente y en toda forma igual a Dios y, como Él, por siempre inmortal”.

Esta es una de las citas patrísticas que tú das y que parece sostener tu opinión de que el hombre era primeramente una bestia, y entonces (tiempo después) recibió la imagen de Dios y se convirtió en hombre. De hecho, debo decirte que has malinterpretado completamente la enseñanza de San Serafín, que no es la enseñanza que la doctrina de la evolución enseña. Esto puedo mostrarlo citando las claras enseñanzas de otros santos padres y la del mismo San Serafín.

En primer lugar, debemos tener claro que cuando San Serafín habla del hombre como ser compuesto de “espíritu, alma y cuerpo”, no está contradiciendo a muchos otros santos padres que hablan de la naturaleza humana como meramente “alma y cuerpo”; simplemente hace una distinción entre los diferentes aspectos del alma y habla de ellos de forma separada, como muchos otros santos padres también lo hacen. En segundo lugar, diciendo que el “aliento de vida” que Dios sopló en el rostro de Adán es la gracia del Espíritu Santo, no está contradiciendo a muchos santos padres que enseñan que el “aliento de vida” es el alma, sino que sólo está dando, quizá, una interpretación más profunda y precisa de este pasaje de la Escritura. Pero, ¿en realidad hace la distinción racionalista que tú haces entre la naturaleza del hombre que existía “antes” de este aliento, y la gracia que le fue comunicada por él? ¿Acepta la teología ortodoxa la dicotomía que la enseñanza católica romana hace entre “naturaleza” y “gracia” como si el hombre supiera todo lo que debe saber acerca de estos dos grandes misterios?

No. La teología ortodoxa no conoce tal rígida dicotomía sobre el tema: ¿pertenece la inmortalidad al alma humana por naturaleza o por gracia? ¿Qué pertenece al primer hombre creado, Adán, por naturaleza, y qué por gracia? No hagamos falsas distinciones racionalistas, sino admitamos que no entendemos totalmente este misterio. Naturaleza y gracia proceden ambas de Dios. La naturaleza del primer hombre creado, Adán, era tan exaltada que sólo podemos entenderla débilmente ahora por nuestra propia experiencia de gracia, que nos ha sido otorgada por el Segundo Adán, nuestro Señor Jesucristo; pero el estado de Adán fue también más elevado de lo que podamos imaginar, incluso desde nuestra propia experiencia de gracia, pues aun su grandiosa naturaleza fue hecha sin embargo más perfecta por la gracia, y fue, como dice San Serafín, “completamente y en toda forma igual a Dios, y, como Él, por siempre inmortal”.

Lo que está absolutamente claro, y lo que nos es suficiente saber es que la creación del hombre (su espíritu, alma y cuerpo, y de la divina gracia que perfeccionó su naturaleza) es un solo acto de creación, y no puede ser dividido artificialmente, como si una parte fuera la “primera” y otra la “última”. Dios creó al hombre en gracia, pero ni las Santas Escrituras, ni los santos padres nos enseñan que su gracia llegara más tarde que la creación de la naturaleza del hombre. Esta enseñanza pertenece al escolasticismo medieval latino.

Para estar convencidos de esto sólo tenemos que examinar cómo nos instruyen los santos padres para interpretar la narrativa sagrada del Génesis en este punto. La respuesta nos es resumida por San Juan Damasceno: “Con sus propias manos, Dios creó al hombre de naturaleza visible e invisible, con su propia imagen e igualdad: de la tierra formó Dios su cuerpo, y por su propio aliento le dio un alma racional y la comprensión, que finalmente decimos que es su divina imagen… Por otra parte, el cuerpo y el alma fueron formados al mismo tiempo, no uno antes y el otro después, como pretenden los desvaríos de Orígenes” (Exposición sobre la Fe Ortodoxa II, 12).

Aunque San Juan Damasceno habla del aliento de Dios como el alma, no enseña de forma diferente a San Serafín, que habla del aliento como la gracia del Espíritu Santo. San Juan Damasceno habla escasamente de la gracia en la creación del hombre, ya que esta gracia se entiende que ha estado presente en todo el proceso de la creación, primeramente en la creación de la imagen de Dios (el alma) que, como enseña, es parte de nuestra naturaleza. San Gregorio de Nisa también habla de la creación del hombre sin poner mucha atención a qué viene “de la naturaleza” y qué viene “de la gracia”, sino que simplemente termina sus escritos con estas palabras: “Regresemos todos a la aparente divina gracia con la que Dios creó al hombre en el principio, diciendo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza” (Sobre la formación del hombre, XXX, 34).

San Juan Damasceno y otros, hablando del aliento de Dios como el alma, examinan este tema de una forma un tanto diferente a la de San Serafín, pero está claro que las enseñanzas de todos estos padres concernientes a la creación del hombre y, en particular, con relación a la cuestión de si es posible según la narrativa del Génesis concluir con una diferencia de tiempo entre la “formación” y el “aliento” del hombre, son una y la misma. San Juan Damasceno habla por todos los padres cuando señala que esto (es decir, la formación y el aliento) ocurrió “al mismo tiempo, no uno antes y el otro después”.

San Juan Damasceno, en particular, rechaza la herejía de Orígenes con relación a la “preexistencia” de las almas. Pero había también una herejía opuesta, que enseñaba sobre la “preexistencia” del cuerpo humano, exactamente como enseñan los “evolucionistas cristianos”. Esta herejía fue especialmente refutada por San Gregorio de Nisa.

Habiendo examinado la falacia de Orígenes con relación a la “preexistencia de las almas”, San Gregorio continúa: “Otros, sin embargo, manteniendo el orden descrito por Moisés concerniente a la formación del hombre, declaran que el alma llegó en un segundo momento después del cuerpo. Puesto que Dios (dicen ellos), habiendo tomado primero barro de la tierra, creó al hombre, y sólo entonces lo creó como un ser vivo por el soplo de su aliento divino, sobre esta base intentan demostrar que el cuerpo debe ser preferido al alma, que entró en un cuerpo ya creado. El alma (dicen ellos), fue creada para el cuerpo, para que el hombre no fuera una creación inmóvil y sin vida… Pero la enseñanza de ambos es igualmente inaceptable” (Sobre la formación del hombre XXVIII).

Rechazando concretamente la enseñanza de la “preexistencia de los cuerpos”, San Gregorio dice: “Y creo que nuestra verdadera enseñanza debe estar en medio de estas suposiciones. Esto significa que no deberíamos creer que, de acuerdo con la falsedad helénica, nuestras almas, que giraban con el universo, se sobrecargaron con el pecado y, siendo incapaces de seguir el ritmo de rotación de las capas polares, cayeron en la tierra; tampoco debemos afirmar que el hombre fuera creado por el Verbo como una estatua de arcilla, y luego el alma fuera creada para esa estatua (pues en ese caso nuestra naturaleza inteligente sería menos preciosa que una estatua hecha de arcilla). Puesto que el hombre, compuesto de alma y cuerpo, en una única entidad, debemos asumir un único principio en su composición… Según los apóstoles, nuestra naturaleza está comprendida por la mente como una dualidad: hombre físico y hombre místico. Así, si una parte fuera preexistente y otra apareciera después, esto significaría una deficiencia en el poder del Creador, como si fuera incapaz de una creación instantánea de todo el ser, teniendo que dividir la labor y cuidando de cada mitad a su vez” (Sobre la formación del hombre XXIX).

¿Necesitamos más pruebas de que el “Dios” de los “cristianos evolucionistas” es precisamente un Dios inadecuado para realizar la labor completa, y que la razón para inventar la enseñanza evolutiva era explicar el universo sobre la base de la no existencia de Dios, o siendo incapaz de crear el mundo en seis días por su Sola Palabra?

Aquellos que creen en el Dios adorado por los cristianos ortodoxos nunca habrían pensado en la evolución.

Es bastante obvio que San Serafín entendió el texto del libro del Génesis de forma diferente a la que tú interpretas. Otras partes de su “Conversación con Motovilov” muestran que San Serafín contempló la creación y la naturaleza de Adán en la misma forma que toda la tradición patrística.

Así, inmediatamente después del lugar que has citado, están las siguientes palabras que no mencionas: “Adán fue creado de forma que no fuera afectado por los elementos creados por Dios; por eso, no podía ser ahogado por el agua, ni quemado por el fuego, ni tragado por los abismos de la tierra, ni perjudicado por ninguna acción del are. Todo le estaba sujeto…”.

Esta es una exacta descripción de la incorruptibilidad del cuerpo de Adán en el momento de la creación, cuando estaba sujeto a reglas que eran diferentes a las “leyes de la naturaleza” de hoy, que encontrarás imposibles de aceptar, puesto que crees, junto con la filosofía moderna, que la creación material fue “natural”, es decir, corruptible, incluso antes de la caída de Adán.

Y de nuevo dice San Serafín: “Y tal sabiduría, poder, fortaleza y otras buenas y santas cualidades, también las concedió el Señor Dios a Eva, habiéndola creado, no del barro de la tierra, sino de la costilla de Adán en el gozo del Edén que había plantado en medio de la tierra”. ¿Crees en la creación de Eva a partir de la costilla de Adán como un hecho histórico, como todos los santos padres? No, no puedes, porque desde el punto de vista de la filosofía evolutiva esto es un absurdo; ¿por qué el “Dios” de la evolución desarrollaría el cuerpo de Adán de los animales “de forma natural” y crearía a Eva de forma milagrosa? ¡El “Dios” de la evolución no obra tales milagros!

Vamos a examinar ahora concretamente la visión patrística ortodoxa del cuerpo del primer hombre creado, Adán, que, según la enseñanza evolutiva, habría sido corruptible, como el mundo corruptible del que “evolucionó”, y que podría haber sido, como afirmas, incluso el cuerpo de un mono.

Las Escrituras nos enseñan claramente que “Dios creó al hombre incorruptible”. San Gregorio el Sinaita dice: “El cuerpo, nos lo dicen los teólogos, ha sido creado incorruptible, igual como resucitará, y el alma ha sido creada sin pasiones, pero así como el alma tuvo la libertad para pecar, así también el cuerpo, para ser corruptible”. Y de nuevo: “El cuerpo incorruptible será terrenal, pero sin secreciones ni obesidad, siendo indescriptiblemente transformado en una entidad espiritual, para que sea a la vez barro y celestial. Así como fue creado en el principio, así resucitará, con el fin de corresponder a la imagen del Hijo del Hombre”.

Notemos aquí que el cuerpo en la siguiente vida aún será “de barro”. Contemplando el barro corruptible de este mundo caído, nos hacemos humildes, pensando en esta parte de nuestra naturaleza, pero cuando pensamos en el barro incorruptible del mundo nuevamente creado, con el que Dios creó a Adán, brillamos con la majestad de incluso la parte menos inefable de la Creación de Dios.

San Gregorio el Teólogo ofrece una interpretación simbólica de los “vestidos de pieles” con las que el Señor vistió a Adán y Eva tras su transgresión, significando que nuestro cuerpo actual es diferente al del cuerpo del primer hombre creado, Adán. “Adán es revestido con vestidos de pieles, es decir, con una carne mortal”. San Gregorio el Sinaita también dice: “El hombre fue creado incorruptible, y resucitará igual. La corruptibilidad ha sido engendrada por la carne. Comer y vomitar el exceso, llegar la cabeza erguida y dormir tumbado, estos son atributos naturales de animales y bestias, entre los que también nos encontramos nosotros; habiendo sido hechos por nuestra transgresión igual a los animales, hemos perdido las cualidades otorgadas por Dios y hemos cambiado de seres sabios a animales, de creaciones divinas a bestias” (Discursos sobre los mandamientos, 8:9).

Concerniente al estado de Adán en el Edén, San Juan Crisóstomo enseña lo siguiente: “El hombre vivía sobre la tierra como un ángel, siendo un cuerpo, pero no teniendo necesidades corporales; como un rey, vestido con vestiduras púrpuras y coronado con una diadema, disfrutaba libremente de su morada celestial, teniéndolo todo en abundancia… Hasta la caída, las primeras personas vivían en el Edén como ángeles, no estaban sujetos a la lujuria o a otras pasiones, no estaban sobrecargados con necesidades corporales, incluso no tenían necesidad de estar cubiertos con vestiduras” (Discurso sobre el Libro del Génesis XIII,4; XV:4)

San Simeón el Nuevo Teólogo también habla claramente del primer hombre en el Edén y su estado final en la eternidad: “Si ahora, después de que hemos trasgredido el mandato y hemos sido condenados a muerte, la humanidad se ha incrementado hasta tal punto, ¿imaginas cuánta gente habría habido, si todos los nacidos después de la creación del mundo no hubieran muerto? ¡¿Y qué vida habrían vivido, siendo inmortales e incorruptibles, ajenos al pecado, al dolor, a las preocupaciones y a los afanes opresivos?! ¡Y cómo, tras sobresalir guardando los mandamientos, habrían resucitado a una gloria perfecta y, siendo transformados, se habrían acercado más a Dios, y el alma de cada persona se habría hecho más radiante, reflejando la indescriptible luz de la divinidad! Y este cuerpo sensual y grotesco se convertiría en inmaterial y espiritual, por encima de todos los sentidos, mientras que el gozo y la alegría con la que habríamos sido colmados entonces con la comunión unos con otros, verdaderamente habría sido indescriptible e imposible de entender para la mente humana… La vida de las primeras personas en el Edén no estaba sobrecargada con el trabajo y oprimida por la desgracia. Adán fue creado con un cuerpo incorruptible, aunque uno material, y no aún espiritual… Sobre nuestro cuerpo, dice el apóstol: “Sembrando cuerpo natural, resucita cuerpo espiritual; pues si hay cuerpo natural, lo hay también espiritual” (1ª Corintios 15:44), y es resucitado, no igual que el cuerpo del primer hombre antes de la transgresión, es decir, material, sensual, cambiante, teniendo necesidad de alimento sensual, sino resucitado en un cuerpo espiritual, tal como era el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo después de la resurrección, el cuerpo del segundo Adán, el primer nacido de entre los muertos, que es incomparablemente superior al cuerpo del primer hombre creado, Adán” (Homilía 45).

Nuestra experiencia con nuestro cuerpo corruptible nos hace imposible entender el estado incorruptible del cuerpo de Adán que, como sabemos, no tenía necesidades corporales, que comía de todos los árboles del Edén sin producir ningún desecho, y que no tenía necesidad de dormir (hasta que un acto directo de Dios le hizo caer dormido, para que Eva fuera creada de su costilla). ¡Y cuán incapaces somos de comprender el estado de nuestros cuerpos exaltados en la era futura! Pero según la enseñanza de la Iglesia sabemos suficiente para refutar a los que creen que estos misterios deben ser comprendidos por medio de la ciencia y de la filosofía. El estado de Adán y el mundo recién creado ha sido siempre excluido del conocimiento científico por la barrera de la transgresión de Adán, que cambió la verdadera naturaleza de Adán y toda la creación, y del mismo modo, la naturaleza del conocimiento mismo.

La ciencia moderna conoce sólo lo que observa y lo que puede deducir razonablemente a partir de sus observaciones; sus conjeturas con relación a la temprana creación no son ni grandiosas y menos importantes que los mitos y las fábulas de los antiguos paganos. El verdadero conocimiento de Adán y el mundo recién creado (hasta donde se nos permite saber) es accesible sólo por medio de la revelación divina en la divina contemplación de los santos.

Conclusión

Todo lo que he dicho en esta carta, extraído estrictamente de los santos padres, será una sorpresa para muchos cristianos ortodoxos. Los que han leído algo de los santos padres quizá se pregunten por qué no lo han escuchado antes. La respuesta es simple: si hubieran leído mucho a los santos padres, habrían encontrado esta doctrina ortodoxa de Adán y la creación, pero han estado interpretando los textos patrísticos hasta ahora por medio de los ojos de la ciencia moderna y la filosofía, y por lo tanto, han cegado la verdadera enseñanza patrística.

Estaba muy interesado por leer en tu carta que expones la correcta enseñanza patrística de que “la creación de Dios, incluso la naturaleza angélica, tiene siempre, en comparación con Dios, algo material. Los ángeles son incorporales en comparación con nosotros, que somos hombres biológicos. Pero en comparación con Dios son también materiales y criaturas corporales”. Esta enseñanza, que es expuesta muy claramente en los padres ascéticos como San Macario el Grande y San Gregorio el Sinaita, nos ayuda a entender el tercer estado de nuestro cuerpo, el que tenía el primer hombre creado, Adán, antes de su transgresión. Del mismo modo, esta doctrina es esencial en nuestro entendimiento sobre la actividad de los seres espirituales, ángeles y demonios, incluso en el presente mundo corrupto. El gran padre ortodoxo ruso del siglo XIX, el obispo San Ignacio Briantchaninov, dedica un volumen entero de sus obras (volumen 3) a este tema, comparando la auténtica doctrina patrística ortodoxa con la moderna doctrina católica romana, como se expuso en las fuentes latinas del siglo XIX. Su conclusión es que la doctrina ortodoxa sobre estas materias (sobre ángeles y demonios, cielo e infierno, y el paraíso), aunque por una parte nos ha sido transmitida por la sagrada tradición, sin embargo es muy precisa en la parte que debemos conocer, pero la enseñanza católica romana es extremadamente indefinida e imprecisa. La razón de esta indefinición no es difícil de encontrar: tiempo atrás, el papado comenzó a abandonar la enseñanza patrística, entregándose a la influencia del conocimiento mundano y la filosofía, y así, a la ciencia moderna. Incluso ya en el siglo XIX el catolicismo romano tenía una cierta enseñanza propia sobre estos temas, pero se había acostumbrado a aceptar lo que la “ciencia” y su filosofía decían.

Por desgracia, nuestros cristianos ortodoxos actuales, y no menos los que han sido educados en los “seminarios teológicos”, han seguido en esto a los católicos romanos y han llegado a un estado similar de ignorancia en cuanto a la enseñanza patrística. Por eso, incluso los sacerdotes ortodoxos son extremadamente ignorantes acerca de la enseñanza ortodoxa sobre Adán y el primer mundo creado, y aceptan ciegamente lo que la ciencia dice sobre estas cosas. El profesor I. M. Andreyev (teólogo y doctor en medicina y psicología) expresó de forma impresa la misma idea que he intentado comunicarte antes, y que parece más alejada de la comprensión de los que se acercan a los santos padres desde la sabiduría de este mundo en vez de lo contrario. El profesor Andreyev escribe: “El cristianismo ha visto el estado presente de las cosas como el resultado de una caída en el pecado. La caída del hombre cambió toda la naturaleza, incluyendo la naturaleza de la materia misma, que fue maldecida por Dios”.

El profesor Andreyev piensa que Bergson y Poincare han vislumbrado esta idea en los tiempos modernos, pero por supuesto, son sólo nuestros santos padres ortodoxos los que han hablado claramente y con autoridad sobre esto.

La vaga enseñanza del catolicismo romano (y aquellos cristianos ortodoxos que están bajo la influencia occidental sobre este tema) sobre el paraíso y la creación tiene profundas raíces en el pasado de la Europa occidental. La tradición escolástica católica romana, incluso en el apogeo de su esplendor medieval, ya enseñó una falsa doctrina de hombre, y una que indudablemente allanó el camino para la última aceptación del evolucionismo, primero en el apóstata Occidente, y luego en las mentes de los cristianos ortodoxos que no son suficientemente conscientes de su tradición patrística y que así, han caído bajo esta extraña influencia. De hecho, la enseñanza de Tomás de Aquino, a diferencia de la enseñanza patrística ortodoxa, en su doctrina del hombre es muy compatible con la idea de evolución que defiendes.

Tomás de Aquino enseña que: “En el estado de inocencia, el cuerpo humano era en sí mismo corruptible, pero podía ser preservado de la corrupción por el alma”. De nuevo: “Pertenece al hombre engendrar hijos, a causa de su cuerpo natural y corrupto”. Y de nuevo: “En el paraíso, el hombre fue como un ángel en su mente espiritual, pero sin embargo llevando una vida animal en su cuerpo. El cuerpo del hombre era indisoluble, no a causa de ningún vigor intrínseco de inmortalidad, sino a causa de su fuerza sobrenatural dada por Dios al alma, con la que era capaz de preservar el cuerpo de toda corrupción mientras permaneciera sujeto a Dios. Este poder de preservar el cuerpo de la corrupción no era natural al alma, sino un don de la gracia”.

Esta última cita muestra claramente que Tomás de Aquino no sabe que la naturaleza del hombre fue cambiada después de la transgresión. Tan lejos está Tomás de Aquino de la verdadera visión ortodoxa del primer mundo creado que sólo lo entiende, así como lo hacen los modernos “evolucionistas cristianos”, el punto de vista del mundo caído; y así es forzado a creer, en contra del testimonio de los santos padres ortodoxos, que Adán durmió naturalmente en el paraíso y que expulsó materia fecal, como signo de corrupción: “Algunos dicen que en este estado de inocencia el hombre no habría tomado más que el necesario alimento, para que no hubiera tenido nada superfluo. Esto, sin embargo, es inadmisible de suponer, pues dan a entender que no habría habido materia fecal. Por eso había necesidad de expulsar el excedente, y sin embargo dispuesto por Dios para no ser impropio”.

¡Cuán débil es la visión de los que intentan entender la creación de dios y el paraíso cuando su punto inicial en su observación cotidiana es el presente mundo caído!

Así, en una palabra: según la doctrina ortodoxa, que procede de la visión divina, la naturaleza de Adán en el paraíso era diferente de la naturaleza humana presente, tanto en el cuerpo como en el alma, y esta naturaleza exaltada fue perfeccionada por la gracia de Dios; pero según la doctrina latina, que está basada en las deducciones racionalistas de la presente creación corrupta, el hombre es naturalmente corruptible y mortal, como lo es ahora, y su estado en el paraíso era un don especial y sobrenatural.

He citado todos los pasajes de la autoridad heterodoxa, no para discutir sobre los detalles de la vida de Adán en el paraíso, sino primeramente para mostrar cuán lejos se corrompe la visión patrística maravillosa de Adán y del primer mundo creado cuando alguien se acerca al conocimiento de este mundo caído. Ni la ciencia ni la lógica pueden decirnos algo acerca del paraíso, y sin embargo muchos cristianos ortodoxos están tan intimidados por la ciencia moderna y su filosofía racionalista que tienen miedo de leer seriamente los primeros capítulos del Génesis, sabiendo que los modernos “sabios” encuentran muchas cosas ahí que son “dudosas” o “confundidas” o necesitan ser “reinterpretadas”, o que uno puede tener la reputación de ser un “fundamentalista” si se atreve a leer el texto simplemente “como está escrito”, como lo han leído todos los santos padres.

El instinto del sencillo cristiano ortodoxo es sensato cuando retrocede ante la “sofisticada” visión moderna de que el hombre desciende del mono y de cualquier otra criatura menor, o incluso (como tú dices) que Adán pudiera haber tenido el verdadero cuerpo de un mono. La santidad ortodoxa sabe que la creación no es como la describen los sabios modernos por su vana filosofía, sino como Dios la reveló a Moisés, “no con enigmas”, y como los santos padres la han vislumbrado en visión. La naturaleza del hombre es diferente a la naturaleza del mono y nunca se ha mezclado con ella. Si Dios, por el bien de nuestra humildad, hubiera deseado hacer tal mezcla, los santos padres, que vieron la verdadera composición de las cosas visibles en sus divinas visiones, lo habrían sabido.

¿Hasta cuándo permanecerán los cristianos ortodoxos bajo el cautiverio de esta vana filosofía occidental?

Se ha dicho mucho sobre el “cautiverio occidental” de la teología ortodoxa en los siglos recientes; ¿cuándo nos daremos cuenta de que es mucho más drástico el “cautiverio occidental” en el que todos los cristianos ortodoxos se encuentran hoy en día, siendo prisioneros indefensos del “espíritu de los tiempos”, de la corriente de dominación de la filosofía mundana que se absorbe en el mismo aire que respiramos, y de la sociedad apóstata que odia a Dios?

Los sofisticados y sabios del mundo se ríen de los que llaman a la evolución una “herejía”. Ciertamente, la evolución no es, estrictamente hablando, una herejía, ni tampoco es el hinduismo, estrictamente hablando, una herejía, pero al igual que el hinduismo (con la que de hecho está relacionada, y que tuvo influencia en su desarrollo), el evolucionismo es una ideología profundamente ajena a la enseñanza del cristianismo ortodoxo, y que implica tantas doctrinas y actitudes erróneas que sería mucho mejor si fuera una herejía y pudiera, por lo tanto, ser fácilmente identificable y combatible. El evolucionismo está estrechamente ligado con la mentalidad apóstata del podrido “cristianismo occidental”; es un vehículo del completo “nuevo cristianismo” en el que el diablo está intentando sumergir a los últimos verdaderos cristianos. Ofrece una explicación alternativa de la creación a la expuesta por los santos padres; permite a un cristiano ortodoxo, bajo su influencia, leer las Santas Escrituras y no entenderlas, “ajustando” automáticamente el texto para adaptarlo con la “sabiduría moderna”. Nuestra única sabiduría procede de los santos padres, y todo lo que la contradice es una mentira, incluso si se hace llamar “ciencia”.

Padre Serafín Rose.

 

Traducido por psaltir Nektario B. (P.A.B)

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