Vestimenta cristiana y arreglo personal

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 Pregunta:

Visitando un par de vuestras parroquias, he notado que las mujeres cubren su cabeza en la iglesia. Le pregunté al sacerdote sobre esto cuando la visité. Me explicó que las mujeres cubren sus cabezas en la iglesia, no cortan su pelo muy corto y no usan pantalones o ropa ajustada incluso fuera de la iglesia… También me dijo que los hombres suelen llevar bigote o barba y que visten con manga larga… No quiero ser irrespetuoso pero, ¿qué tiene que ver esto con la Ortodoxia? No hay ninguna enseñanza eclesiástica sobre estos temas de elección personal, hasta donde yo sé. Soy una mujer y tengo pelo corto, visto pantalones casi siempre (no en la iglesia). Pero esto me suena un poco fanático y extraño. Mi párroco dice que es pintoresco y que está tomado de los protestantes fundamentalistas, lo cual me sorprende. Quizá podría decir algo sobre este hecho de la Tradición Ortodoxa.

 Respuesta:

Esta cuestión surge muy a menudo en la Iglesia. No es fácil responder, pues la correcta conducta cristiana se basa en la buena intención de los cristianos, por su deseo de cumplir y seguir los preceptos de los padres de la Iglesia. Los preceptos de la Iglesia nunca fuerzan a un cristiano a cumplir normas vacías, sino que sirven como guía para los que, intuitivamente, comprenden la plenitud de la fe, lo cual nos lleva a una forma de vida en la que incluso la forma de comer, caminar, hablar, vestirnos y arreglarnos nos conduce a nosotros y a los de nuestro alrededor a una vida muy elevada, haciendo de nosotros una gente particular y una gente apartada del mundo (Tito 2:14, Juan 15:19). Así, durante siglos, los hombres y mujeres ortodoxos han seguido un estilo de vestir que refleja el ethos de una cristiandad vivida en parte sobre la tierra y en parte en el cielo. Tradicionalmente, las mujeres han evitado cortar su pelo, llevar ropa masculina (pantalones y otras prendas de vestir que enfaticen el cuerpo)* o el adornarse a sí mismas con excesivas joyas y maquillaje. También los hombres han sido llamados a vestir modestamente, evitando llevar su pelo de forma que parezcan afeminados, y a mantener al menos un bigote, para así evitar la misma impresión afeminada. Los cristianos ortodoxos se han adherido a estas tradiciones porque expresan una fe viva, no porque sea exigida la fidelidad a tales costumbres y tradiciones por parte de la Iglesia, o porque constituyan como tales, temas de confesión. Las llevan a cabo en esa libertad que todos encontramos en Cristo, y que no es una traba, sino un yugo libero que nos ayuda a avanzar en el cultivo razonable de las semillas de la vida cristiana.

Habiendo dicho esto, hay, por supuesto, un nivel en el que el desafío intencionado de las costumbres y tradiciones de la Iglesia, a veces refleja una conducta equivocada en la vida espiritual y en el espíritu mundano que frustra el crecimiento en Cristo. Esto es especialmente cierto en una época en la que hombres y mujeres, pero especialmente las mujeres, ponen sus preferencias personales y derechos obtenidos contra las costumbres eclesiásticas, pensando de alguna forma que los derechos humanos (y especialmente los de las mujeres), que la Iglesia respeta y defiende, tienen prioridad sobre la sumisión a la Iglesia y a sus tradiciones. Sometiéndose voluntariamente a la Iglesia, ni el hombre ni la mujer abandonan sus derechos personales, sino que se les pone en primer plano en el reino de la humildad y obediencia que constituye la Iglesia. Si los derechos humanos son sagrados en el mundo, son sublimados cuando son abandonados libremente en el reino eclesiástico de la humildad. Así, nuestra libertad en Cristo se hace sumisión victoriosa y se auto eleva, se reafirma y se defiende. Por otro lado, cuando un alejamiento lejos de la humildad y la modestia conduce a otros hacia el pecado, como a menudo sucede con la apariencia inmodesta y la forma de vestir (después de todo, “sex appeal” y estilo no son cosas separadas, y más aún en el mundo de la moda femenina), entonces, sean cuales sean las intenciones de uno, se corre el riesgo de escandalizar a los demás. Aquí, la intención se convierte en una cuestión secundaria y la falta de discreción y prudencia condena a un transgresor de la iglesia por el daño traído sobre otros.

Si todo esto parece ser simplemente un tema de fanatismo enconado por parte de tradicionalistas “fundamentalistas” (una acusación muy popular en estos días), señalemos que el testimonio patrístico y canónico de la Iglesia es inequívoco estableciendo reglas que llaman, tanto a hombres como mujeres, a un estricto estándar de modestia, con especial atención a la vestimenta de la mujer, su adorno y arreglo personal. Y este testimonio conducirá a cualquier cristiano prudente a creer que la prescripción de la Iglesia contra la vestimenta inmodesta y el arreglo personal en las mujeres (ya sea usando pantalones, vestidos ajustados y ropa que insinúe demasiado o un cabello excesivamente corto, estilizado y adornado), es cualquier cosa menos fundamentalista. La enseñanza eclesiástica sobre este asunto es prudente, moderada y digna de elogio. Tampoco se puede argumentar razonadamente que la práctica de la mujer de cubrir su cabeza durante la oración sea degradante o primitiva. Es una parte de la tradición, y se une a la mujer, una vez más, a la liberación sumisa que es la libertad en Cristo, y le aporta un estado de gran gloria, ampliando las palabras de San Pablo (1ª Corintios 11:15), que incluso el cabello adorne su cabeza. En esta sumisión, ella es uno con el hombre cristiano, pues en su tranquila obediencia a la Iglesia, también aprende y se basa en su testimonio ejemplar. A continuación, se exponen unos cuántos representantes patrísticos y pasajes canónicos sobre el tema de la modestia en la vestimenta y en el aseo personal cristiano, y sólo varios de los muchos que se podrían citar.

En su vigésimo sexta homilía sobre I Corintios (Patrología Griega, vol. LXI, cols. 219-220), San Juan Crisóstomo, citando la declaración de San Pablo: “Mas si la mujer deja crecer la cabellera es honra para ella, porque la cabellera le es dada a manera de velo” (1ª Corintios 11:15, Straubinger), puntualmente señala que esta interpretación “no es desconocida incluso para los bárbaros”. Se observa, además, que “es una vergüenza para una mujer cortarse el cabello o raparse la cabeza”. Con respecto a la controversia que surge de la prescripción de San Pablo de que las mujeres cubran su cabeza en la Iglesia, escribe: “‘Y si… (el cabello)… se ha dado como un velo’, dicen, ‘¿qué necesidad hay de poner otra cubierta?’. Pues no sólo la naturaleza, sino también su propia voluntad tomará parte en su reconocimiento de sumisión’”. En resumen, el divino Crisóstomo, uno de los más grandes padres de la Iglesia, apoya el deseo de San Pablo de que una mujer cristiana no debería cortar y raparse el cabello, mientras señala que la obediencia de cubrir su cabeza en la oración es un acto de sumisión a Dios y a la Iglesia. Además, advierte de que ignorar estas cosas “perturban las mismas leyes de la naturaleza” y demuestran un espíritu de “la temeridad más insolente”.

En su octava Homilía sobre I Timoteo (ver Patrología Griega, vol. LXII, cols. 540-542), San Juan Crisóstomo también nos habla sobre la admonición de San Pablo de que las mujeres se vistan y se adornen con modestia, prohibiendo la joyería excesiva, la decoración y los vestidos resplandecientes (1ª Timoteo 2:9). “Sin embargo, Pablo, exige algo más de las mujeres”, señala: “Que se adornen así mismas con ropa decorosa, con pudor y modestia, no con peinados desorbitados, u oro, o perlas, ni con vestidos costosos, sino (como corresponde a las mujeres que profesan la piedad), con buenas obras”. Elaborando este pasaje, pregunte: “¿Pero cuál es esta vestidura modesta? Es esa que las cubre completamente y correctamente, no con adornos superfluos, pues sólo uno es apropiado, mientras que el otro no lo es”. Dirige a las mujeres que ignoran estas guías, algunas palabras severas que dan que pensar: “¿Os acercáis a orar a Dios con el pelo estilizado y con joyas de oro? ¿Habéis venido a bailar, a un matrimonio, o a una fiesta de disfraces? Tales vestidos modernos y costosos pueden ser aceptables allí, pero aquí (en la iglesia) ninguno de ellos es aceptable. Venís aquí a orar y a suplicar el perdón de vuestros pecados… Esas no son las vestimentas de una persona suplicante… La que se lamenta y llora no se cubre con joyas de oro. Eso no es más que un teatro y una hipocresía. ¡Dios no puede ser burlado! Ese es el atuendo de actores y bailarines… Nada de eso es apropiado para una mujer modesta, que debe adornarse con el pudor y la modestia”.

Sobre estos temas, el testimonio canónico de la Iglesia tampoco está en silencio. El canon 96º del Concilio in Trullo dice: “Aquellos que se han revestido de Cristo por medio del bautismo, han prometido imitar Su vida. Por ello, aquellos que arreglan y adornan los cabellos de sus cabezas con trenzados artificiales, para detrimento de quienes los observan y tientan a las almas no afirmadas, paternalmente les ofrecemos una medicina por medio de la correspondiente penitencia. Con ello los guiamos como a niños y les enseñamos a vivir sobriamente, para que dejando la vanidad y agitación de la carne dirijan su mente incesantemente hacia la vida bienaventurada y eterna, y que así gocen de una pura existencia con temor; que se acerquen a Dios, en tanto sea posible, por medio de la purificación de la vida; y que adornen más al ser interno que al hombre externo con virtudes y maneras buenas e intachables. Que no lleven sobre sí ningún vestigio de los vicios que provienen del enemigo. Si, a pesar de este canon, alguien así actuare: que sea excomulgado”. (Ver Pidalion, o The Rudder, Tesalónica: B. Regopoulos, 1982, p. 305).

Comentando la “Interpretación” de este canon, San Nicodemo Agiorita señala el hecho que provee la excomunión (la suspensión de la Santa Comunión por un periodo de tiempo, especificado por el propio confesor) “para aquellos cristianos que arreglan el cabello de su cabeza, y lo peinan y lo moldean, haciendo alarde, incitando a aquellas almas que son débiles y fáciles de conducir por el mal camino”, señalando que esta admonición cae igualmente sobre hombres y mujeres. Hace hincapié en que los cristianos deben comportarse de forma inocente y pura, evitando toda vanidad y falsedad, adornando el alma con la virtud, y dejando de lado las señales malignas que conllevan el arreglo elegante del cuerpo. (Ibíd., pp. 304-306).

Una vez más, aunque los cánones de la Iglesia no tienen la intención de violar nuestra libertad en Cristo o formar nuestra fe por medio de reglas muertas que no reconozcan las buenas intenciones de los que a veces yerran y las excepciones de las reglas que encuentran en el reino de la discreción pastoral, los comentarios de San Nicodemo deberían servir como un recordatorio para todos de que las costumbres y tradiciones de la Iglesia no son cosas que podamos tratar libremente como simplezas, ni, de hecho, la opinión personal, la mera conveniencia o un abuso de condescendencia pastoral nos debería conducir a una forma de vida que sirva como fuente de escándalo para los demás y para violar las normas de la sobriedad a las que todo cristiano está llamado. Por supuesto, ni que decir tiene que, apoyando las formas tradicionales de arreglo personal y los códigos de vestimenta de la Iglesia, nunca deberíamos juzgar o condenar a ningún fiel que se desvíe de ellas. Deberíamos dirigirnos a ellos con atención y evaluar a cada individuo por la cualidad de su vida cristiana. En cuanto a las personas que abiertamente desafían las costumbres y tradiciones con tenacidad, haciendo “excusas por los pecados”, y que se niegan, al menos, a reconocer su debilidad, que líderes de la Iglesia resuelvan el asunto. Los fieles no deberían hacer de tales cosas una cuestión de rigidez en las reglas y de división, para que también ellos se conviertan en una fuente de escándalo y obren verdaderamente de forma sectaria, ganándose la condena inapropiada atribuida a los tradicionales por parte de los innovadores que desearían eliminar todo lo que es dificultoso en la fe como si fuera algo fundamentalista.

* Con respecto al “travestismo”, o el estilo de vestir que resta importancia a la distinción entre hombres y mujeres, el testimonio del Antiguo Testamento es digno de mención aquí: “La mujer no se vista de hombre, ni lleve el hombre vestido de mujer; porque quien tal hace es objeto de abominación para el Señor, tu Dios” (Deuteronomio 22:5, Straubinger). Esta misma prescripción está contenida también en los cánones de la Iglesia; ver el canon 13º del Concilio de Gangra (340) y el canon LXII del Sexto Concilio Ecuménico (Pidalion, op. cit., pp. 401, 275, respectivamente).

Ver también la fascinante homilía de San Nicolás Velimirovich en los Prólogos de Ochrid, vol. III, pp. 183-185.

A continuación, dicha homilía:

“En lugar de perfume, habrá hediondez, en lugar de ceñidor, una soga, en lugar de cabellos rizados, calvicie, en lugar de vestidos suntuosos, una túnica áspera, en lugar de hermosura, marca de fuego” (Isaías 3:24).

Estas son las palabras sobre las mujeres extravagantes y caprichosas, sobre las hijas de Sión que se han vuelto arrogantes y “andan con el cuello erguido y guiñando los ojos, y caminan meneando el cuerpo, al son de las ajorcas de sus pies” (Isaías 3:26). ¿Qué fue lo que hizo de las hebreas unas mujeres orgullosas? ¿Fue su virtud? La virtud no hizo nunca a nadie orgulloso pues, de hecho, la virtud es una cura contra el orgullo. ¿Fue la fuerza de un pueblo y la estabilidad de un estado? No, por el contrario. El profeta predice exactamente la esclavitud inminente de las personas y la destrucción del estado. Y, como una de las principales causas de la esclavitud y la destrucción, el profeta cita la extravagancia inútil, la falta de espiritualidad y las mujeres caprichosas. Por tanto, ¿qué las hizo tan orgullosas y arrogantes? Los ornamentos y los collares de piedras preciosas y perlas, los abalorios y las orquillas, las ligas y los vestidos, los perfumes y los añillos, las tiaras y los espejos. ¡He aquí lo que hace que se sientan orgullosas! Exactamente, esto es una expresión de su orgullo ignorante, pero la verdadera causa de su orgullo no es nada espiritual. Pues de la carencia espiritual procede la soberbia y la mezcla externa de colores que las mujeres usan para cubrir sus cuerpos es sólo una manifestación de su orgullo ignorante. ¿Qué será de todo esto, al final? Hedor, desarreglo, calvicie y fuego. Esto sucederá cuando la gente caiga en la esclavitud. Como suele ocurrir: primero, el espíritu se esclaviza por el cuerpo, y así, el cuerpo es esclavizado por un enemigo externo.

Por tanto, esto será hasta entonces, cuando el conquistador ineludible de nuestro cuerpo muera. El buen olor no ayudará en la tumba, el reino del hedor. Tampoco habrá necesidad de faja para una columna desnuda (el esqueleto), ni tampoco el pelo trenzado protegerá el cráneo de la calvicie, ni la belleza se salvará de la quema. Este es el destino ineludible de los que procuran su belleza, los ricos más saludables y las mujeres más extravagantes. Pero esta no es la mayor desgracia. La mayor desgracia es que las almas de estas mujeres, con su hedor, su desarreglo, su calvicie y su quema se pondrán delante de Dios y de las huestes celestiales de los más bellos y justos ángeles de Dios. Pues el hedor del cuerpo denota el hedor del alma por sus vicios depravados; un cuerpo desarreglado denota la insaciabilidad del cuerpo por los placeres corporales; la calvicie del cuerpo denota la calvicie del alma de buenas obras y pensamientos puros; la quema del cuerpo denota la quema de la conciencia y de la mente.

Oh, cuán terrible es la visión de Isaías, hijo de Amós, terrible entonces e incluso terrible hoy; terrible porque es cierta.

Oh Señor purísimo, ayuda a las mujeres que se protegen con la señal de Tu Cruz, para que puedan acordarse de sus almas y limpiarlas antes de tu Justo Juicio, para que sus almas, junto con sus cuerpos, no se conviertan en un hedor eterno.

Traducido por P.A.B

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Categorías:familia ortodoxa, Hogar cristiano

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