¿debemos obedecer a un padre espiritual o lider de la iglesia inadecuado?

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¿Debemos obedecer a nuestro padre espiritual cuando no lleva una correcta forma de vida ortodoxa?

¿Qué nos enseñan nuestro pasado eclesiástico sobre el tema de la obediencia a nuestro padre espiritual cuando se trata de una cuestión de fe, ya sea de naturaleza dogmática, o bien esté relacionada con los santos cánones? ¿Debemos obediencia indiscriminada a nuestro padre espiritual cuando se opone a la Tradición de la Iglesia, o no? ¿Llevamos el estigma de la “desobediencia” ante Dios, o somos “cubiertos” permaneciendo obedientes a Cristo de acuerdo con la Tradición infalible de la Iglesia? Estas son las preguntas que intentaremos responder en este artículo.

0. Introducción.

1. Nuestro padre espiritual debe ser la mejor elección posible en todos los sentidos.

2. Puesto que el padre espiritual es “del tipo y está en el lugar de Cristo”, no puede aceptar las herejías.

3. Está prohibida la indiferencia o silencio sobre temas de herejía por parte del padre espiritual.

4. Lo que dice la Santa Biblia sobre la desobediencia loable.

5. Según los santos cánones, el monje debe alejarse de la obediencia a un higumeno hereje.

6. San Juan Crisóstomo recomienda la desobediencia a los líderes eclesiásticos heréticos.

7. La “escalera” clarifica que el monje que es humilde puede contradecir a los padres en materias de fe.

8. El modelo ejemplar de San Gregorio de Decápolis.

9. La enseñanza de San Simeón el Nuevo Teólogo.

10. San Ignacio Briantchaninov a favor de la obediencia cautelosa.

0. Introducción.

En cuanto a las cuestiones sobre la fe, el tema de la obediencia al propio padre espiritual (un tema particularmente delicado, y desconocido para muchos) está contenido en el tema general de la obediencia al propio obispo, pues la relación entre el padre-confesor espiritual y el fiel cristiano no puede considerarse independiente de la del fiel cristiano con el obispo de la comunidad eclesiástica; un padre espiritual no guía a los fieles cristianos mediante una ley personal que dependa de su sacerdocio, sino por medio de una orden escrita por el obispo local, según la forma en la que lo definen los santos cánones, y más concretamente por el canon 50 del santo concilio local de Cartago (1). Así, cualquier cosa que haya sido mencionada en los artículos previos sobre el tema del obispo y la interferencia de los laicos en materias de fe, en su mayoría debe ser aplicada aquí.

En otras palabras, si los fieles cristianos, basándonos en el ejemplo de los santos que vivieron durante el transcurso de la historia eclesiástica, así como por el ejemplo establecido por los santos cánones, tienen el derecho a desafiar a los obispos herejes y a romper la comunión con ellos (abandonando también sus congregaciones), como ha sido establecido principalmente por el canon 31º de los apóstoles y el canon 15º del Primero-Segundo concilio, tienen aún mayor derecho a distanciarse a sí mismos de los padres espirituales impenitentes que persisten en el desarrollo de su phromena heterodoxo (mentalidad).

Si el obispo, en cuyo nombre el padre espiritual prescribe el misterio de la orientación de los fieles cristianos de Dios, a saber, el sacramento del arrepentimiento y de la confesión, no es infalible “ex officio”, cuánto más este prescrito padre espiritual, que comparte la gracia del sacerdocio en menor grado que el del obispo y no es, por lo tanto, infalible.

1. Nuestro padre espiritual debe ser la mejor elección posible en todos los sentidos.

Muy a menudo, encontramos a los líderes de nuestra Iglesia recordándonos el deber de la obediencia a los obispos, a los presbíteros y a sus mandatos, y sin embargo, el rebaño desconoce en su mayoría el tipo de personas que nuestros clérigos, que dirigen el camino, están destinados a ser.

San Nicodemo el Aghiorita, en su gran y edificante obra espiritual Prácticas Espirituales, escribe lo siguiente cuando se refiere a San Basilio el Grande: “Examina la diligencia que has puesto intentando encontrar un buen padre espiritual, pues ¿qué otra gran necesidad tienes más que encontrar un buen guía para tal viaje al que te embarcas, lleno de peligros, como el del camino al cielo? […]. Ahora, mi hijo amado, considera en qué gran peligro te encontrarás si no sólo no buscas tan digno hombre espiritual para guiarte correctamente a tu salvación y para sanarte bien de tus pasiones y pecados, sino que terminarás incluso evitando a tal hombre […]. Así pues, San Basilio el Grande (Reglas sumarias 229) (2), también habla y dice: ‘De la misma forma que la gente no muestra las dolencias del cuerpo a todos o para los que conocen por casualidad, sino que solamente las muestran a los que tienen experiencia en el remedio, de forma similar, la confesión de los pecados debe realizarse frente a aquellos que puedan curarlas, según está escrito: “Los fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles” (Romanos 15:1, Straubinger); en otras palabras, vosotros las llevaréis con vuestra diligencia’” (3).

Con relación a lo anterior, el padre Ioanis R. provee la siguiente interpretación: “Por supuesto, el padre espiritual debe estar ya en estado de iluminación, para que pueda también inducir a los demás a este estado de iluminación y conducirlos al bautismo por agua (llamado la absolución de los pecados) y al bautismo por el Espíritu, que es la visitación del Espíritu Santo en el corazón del que es bautizado y la iluminación del corazón del hombre” (4).

En consecuencia, si el anciano (el padre espiritual) confesor necesita llevar la mejor vida posible y ser capaz de dar la mejor enseñanza posible, ¿cuánto más necesita poseer los mínimos requerimientos, el “abc”, es decir, guardar la pureza de la Ortodoxia?.

2. Puesto que el padre espiritual es “del tipo y está en el lugar de Cristo”, no puede aceptar las herejías.

El grado de importancia en la prevención y la lucha contra la herejía puede ser deducido del hecho de que toda la enseñanza dogmática de la Iglesia no ha sido formada por la contemplación filosófica sino tras su confrontación con las herejías, que siempre han amenazado la senda de la Ortodoxia, la única que puede curar la naturaleza humana del pecado: “Los padres cambiaron la terminología algunas veces y adaptaron su terminología para encontrar el uso de los términos exactos, dependiendo de la necesidad del tiempo. No hicieron esto para ser capaces de comprender la enseñanza de la Iglesia de forma mejor, sino para combatir las herejías que surgían. Así, la comprensión de la enseñanza de la Iglesia viene de la iluminación y zeosis y no del fermento filosófico o filológico y de la contemplación de la enseñanza filosófica en sí misma. El propósito del dogma, que es formulado por los padres, no es su propia comprensión, sino la unión del hombre con Dios” (5).

Así, vemos que la aceptación de la herejía por los clérigos destruye la naturaleza terapéutica de su teología pastoral. “De la misma forma que en la medicina no es posible permitir a un ‘curandero’ el tratar a los pacientes, así mismo es imposible que un hereje trate la curación de las almas de los hombres. Puesto que es un hereje, no conoce y no puede proporcionar el tratamiento” (6). Por supuesto, lo mismo puede decirse de un clérigo que es incapaz y no le importa discernir la Ortodoxia de la herejía, a saber, “la medicina de la charlatanería”, pues es simplemente una cuestión de tiempo y de falacia para los malos espíritus para que sus hijos espirituales caigan en el engaño. San Ignacio Briatchaninov dice: “Mediante la aceptación de las falsas enseñanzas (es decir, un falaz concepto sobre Dios) y por la distorsión de la enseñanza dogmática y ética que Dios mismo nos reveló, se logra la corrupción del espíritu a causa del impacto e interferencia de esas falsas enseñanzas. De esta forma, el hombre termina convirtiéndose en un hijo del maligno” (7).

En consecuencia, si la relación entre el padre-confesor espiritual y el fiel cristiano tiene como objetivo el proveer una imagen real de la relación entre Cristo y los fieles cristianos, como la “Escalera” de San Juan del Sinaí menciona en consecuencia (“No consideres menor tu obligación de confesar tus pecados en presencia del que te ayuda [es decir, de tu padre espiritual], con humildad y contrición, y piensa que lo estuvieran haciendo frente a Dios mismo) (8), entonces la disrupción de la relación entre el padre espiritual y Cristo, a causa de la herejía del padre espiritual, obliga a los fieles cristianos a buscar otro padre espiritual de profundo juicio ortodoxo o, en caso de que los fieles crean que todavía hay alguna esperanza de que su padre espiritual vuelva al dogma profundo, a evitar al menos atacar la posición falaz y el consejo de su padre espiritual. Según San Gregorio de Nisa, que “tacha de hereje” sin ninguna duda al que ha sido cortado de la fe salvífica y está sin cabeza, como Goliat, al que se le cortó la suya por su propia espada que se afilaba contra la verdad, separándose así mismo de la verdadera Cabeza” (9). ¿Cómo podrá enseñar tal padre espiritual la salvación a otros? Si desarrolla una mentalidad herética, se separa de la Cabeza mística de la Iglesia, Cristo.

No olvidemos que, según el bienaventurado Juan de la “Escala”, la transmisión de la Ortodoxia es el objetivo principal del padre espiritual. En sus exhortaciones dirigidas a los pastores, encontramos al santo diciendo lo siguiente: “Sobre todo, deberíais transmitir la fe íntegra y los dogmas piadosos como un legado para vuestros hijos, para que no sólo vuestros hijos, sino también vuestros nietos puedan guiarse hacia el Señor caminando por la vía de la Ortodoxia” (10).

Así, si el padre espiritual hereje ahuyenta a los fieles cristianos que tienen una mentalidad ortodoxa, entonces el daño recae sobre este padre espiritual incrédulo y enfermo, pues nuestra Iglesia enseña que nuestra obediencia a los padres espirituales debe tener a Cristo en mente.

3. Está prohibida la indiferencia o silencio sobre temas de herejía por parte del padre espiritual.

Por lo tanto, basado tanto en la evidencia antes mencionada como en la experiencia eclesiástica, se hace obvio que el peligro de la herejía no sólo yace esperando el establecimiento de la aceptación completa y oficial de los dogmas herejes de un padre espiritual (o de hecho, de un obispo), sino que también yace esperando la creación de un entorno enconado con a) indiferencia a los problemas de la herejía (que es una transgresión pecadora, y una negligencia) y/o b) un intento de disuasión de cualquier oposición a la herejía (es decir, las declaraciones conocidas y totalmente inaceptables de “no hablar sobre asuntos de fe”, o “no hablar sobre el anticristo sino sobre Cristo”, y así sucesivamente, que ascienden a posiciones muy conocidas en la historia de la Iglesia, a menudo sostenidas por los censurables e indiferentes líderes de todos los tiempos). Como un paréntesis, mencionamos que también es un mandato de los padres el preparar a nuestros hijos espirituales para la llegada del anticristo (11).

Sin lugar a dudas, el Antiguo Testamento reprocha a los pastores del antiguo Israel que eran indiferentes a la protección de su rebaño. El Antiguo Testamento nos cuenta característicamente lo siguiente, por boca del profeta Ezequiel: “Por mi vida, dice Dios, el Señor, que por cuanto mi grey ha sido depredada, y mis ovejas han sido presa de todas las fieras del campo, por falta de pastor; pues mis pastores no cuidaban de mis ovejas, sino que los pastores se apacentaban a sí mismos y no apacentaban a mi grey, por lo tanto, oíd, oh pastores, la palabra de Dios. Así dice Dios, el Señor: ‘Heme aquí contra los pastores; demandaré mis ovejas de su mano y no permitiré que apacienten mi grey; ni tampoco se apacentarán en adelante los pastores a sí mismos; puesto que Yo libraré mis ovejas de su boca, y no les servirán ya de pasto’” (12).

En el Nuevo Testamento vemos a Cristo criticando a los “ángeles”, es decir, a os obispos de Pérgamo y Tiatira, incluso más duramente porque aunque ellos alimentaban a su rebaño de una forma admirable, no obstante permitieron que los herejes nicolaítas y los falsos profetas (Jezabel) dañaran a su rebaño: “Pero tengo contra ti que toleras a esa mujer Jezabel, que dice ser profetisa y que enseña a mis siervos y los seduce para que cometan fornicación y coman lo sacrificado a los ídolos” (13). Por otro lado, alaba al reprochable (en algunos temas) “ángel” de Éfeso porque reconoció a los falsos profetas y odió las obras de los herejes nicolaítas: “Esto empero tienes: que aborreces las obras de los nicolaítas, que yo también aborrezco” (14).

En la práctica, los santos padres reprobarían o encontrarían formas para evitar la práctica de los emperadores de prohibir las conversaciones en materia de Fe, una práctica que pretendía la preservación de la paz política y la unidad del imperio entre ortodoxos y herejes. Durante el transcurso de una de estas discusiones sobre cuestiones cristológicas con el hereje monotelita, entonces patriarca de Constantinopla, Pirro, encontramos a San Máximo el Confesor anulando este silencio en materia de fe que había sido forzado desde el exterior, y respondiendo a Pirro con las siguientes palabras: “¿Qué, entonces? ¿Sólo porque Dios nos llamó a tomar conciencia de su verdad a causa de la intención de nuestros corazones, que Dios conocía de antemano, estas (cosas erróneas) que han sido comunicadas a algunas personas en cuanto a esto, tanto de forma escrita como por palabra, no deberían ser examinadas con gran detalle por amor a toda esa gente que, como sucede, pasan sobre ellas sin poner atención, o incluso si ponen atención son más propensas a errar? PIRRO: Si el examen se propone esto, entonces es necesario hacerlo así. Velar por la seguridad de los que son más inocentes constituye la imitación del divino amor por el hombre” (15). Esta postura de San Máximo sólo puede ser interpretada como una oposición a la política de silencio impuesto sobre las discusiones cristológicas que se habían establecido con éxito por el decreto “Typos” (648 d. C.) dictado por el emperador monotelita Constancio II (16).

Consecuentemente, es inadmisible guardar silencio en materia de fe cuando las almas están en peligro a causa de la herejía.

Mencionemos algunos ejemplos sencillos pero relevantes:

a) En nuestros días se observa un renacimiento del origenismo, un neo-origenismo oculto, en forma de exoneración académica de la teología herética de Orígenes, por sus engaños (s. III). Según sus enseñanzas, Orígenes supuestamente no había sido un verdadero hereje pues, según el caso, la Iglesia lo habría condenado mientras aún vivía y no tras su muerte. Supuestamente, su condena durante el cuarto Concilio Ecuménico (año 553), se produjo en gran medida como un intento por ejercer la “diplomacia eclesiástica” para apaciguar los espíritus de los poderosos teólogos anti-origenistas y para restaurar la paz en la Iglesia, particularmente en Tierra Santa, donde la disputa teológica y general entre origenistas y ortodoxos había tomado un giro muy desagradable desde el tiempo de la muerte de San Sava (año 532). A esta enseñanza neo-origenista, que ha infectado a muchos escritos teológicos académicos principalmente, incluso a la enseñanza oral de los teólogos académicos, no debemos olvidar añadir la presentación del engaño origenista para la restauración de todo como un “theologumen” (es decir, como una cuestión que aún es teológicamente incierta). Los santos padres nos advirtieron claramente a no aceptar este engaño sobre la restauración de todo (es decir, que el infierno de los demonios y de los pecadores impenitentes llegará con el tiempo a su fin), pues esto nos hundirá completamente en el pecado, ya que, supuestamente, el infierno no es eterno y consecuentemente, por supuesto, no necesitamos tener miedo de esto. Por el contrario, San Juan Clímaco dice claramente: “Estemos todos atentos, y especialmente los que hemos experimentados caídas, para que nuestro corazón no se afecte con la enfermedad del impío Orígenes. Pues esta detestable enfermedad, expuesta por supuesto por la misericordia de Dios, es bienvenida para todos aquellos que son lujuriosos” (17). Este es un ejemplo característico de cómo una latente herejía en el cuerpo eclesiástico puede destruir las almas.

b) El conocido libro “Imitación de Cristo”, obra del monje latino Tomás de Kempis, aún es propuesto como un material de lectura edificante para el alma para muchos creyentes cristianos de Grecia, una obra que ha logrado convertirse en un best seller y cuya circulación ha alcanzado en algún momento el segundo lugar tras la Santa Biblia.

Sin embargo, así es como San Ignacio Briatchaninov juzga la espiritalidad de este libro: “Y un ejemplo típico de libro ascético escribo por un autor que en el momento de escribirlo se encontraba en el estado de engaño conocido como “aponoia” (falta de mentalidad ortodoxa y absoluta desvergüenza), podría ser “Imitación de Cristo”, de Tomás de Kempis. Suena como una especie de sutil sensualismo y soberbia que estimula una forma de hedonismo en la gente llena de pasiones, que son cegadas por ellas, a lo cual confunden como un ‘anticipo de la gracia divina’. ¡Ay, almas miserables! ¡Ay, ciegos! […]. Vemos a Francisco de Asís, Ignacio de Loyola y muchos otros ascetas latinos conducidos a un terrible engaño demoníaco análogo al que cayeron los Malpas, y sin embargo los latinos sitúan a estos entre sus santos” (18).

Si tal escrito de la espiritualidad latina ha alcanzado tal peligroso punto de aceptación pública y propagación en un país ortodoxo, gracias a la ignorancia o indiferencia de los padres espirituales, ¿cuántos más países ortodoxos serán imbuidos con tal espiritualidad herética si no hablamos abiertamente contra los peligros de la espiritualidad occidental herética, racional y emocional?.

4. Lo que dice la Santa Biblia sobre la desobediencia loable.

La observación explícita del apóstol Pablo a los Gálatas (Gálatas 1:8-9) (hecha de hecho usando dos veces la acentuación: “como hemos dicho, así digo de nuevo ahora”), a no aceptar ninguna innovación en la predicación del Evangelio, incluso si esta procede de un ángel del cielo o de los mismos apóstoles, elimina abiertamente cualquier noción de “primacía” en manos de individuos sobre la Tradición dentro de la Iglesia (ya que ni si quiera los apóstoles pueden cambiar su Evangelio a posteriori, pues es “de lo alto”), y además sólo nos proporciona suficiente guía sobre lo que sucede cuando nos encontramos obligados a mostrar obediencia a la fe de la Iglesia: debemos de quien altere el antiguo kerygma evangélico (“sea anatema”).

Con relación a otro versículo: “Obedeced a vuestros prepósitos y sujetaos, porque velan por vuestras almas como quienes han de dar cuenta” (Hebreos 13:17, Straubinger), cualquiera puede atender a otro punto digno de mención: el razonamiento tras la obediencia mostrada a “vuestros prepósitos”, es decir los líderes, es que “velan por vuestras almas”; la obediencia no está exenta de condiciones previas. Si, basado en nuestra experiencia eclesiástica, llegamos a la conclusión de que estos prepósitos descuidan su deber, que no cuidan de la salvación de las almas de los que se les han confiado y que ignoran los peligros espirituales y sobre todo el peligro de la herejía, entonces el deber de la obediencia a ellos es abrogado.

Como se ha dicho en consecuencia: “En primer lugar, la Santa Biblia distingue entre buenos y malos pastores, entre verdaderos y genuinos pastores, maestros y profetas por un lado, y falsos pastores y falsos profetas, por otro […]; la obediencia no es indiscriminada sino discriminada” (19).

5. Según los santos cánones, el monje debe alejarse de la obediencia a un higumeno hereje.

En la sección del “Pidalion” (esa monumental y reputada colección de los santos cánones complicada por San Nicodemo el Agiorita) donde el santo clarifica el número de razones por las que un monje puede abandonar su monasterio, encontramos mencionada entre ellas la situación en la que el higumeno es un hereje. Refiriéndose a San Basilio el Grande, el santo añade: “Ahora, San Basilio el Grande (Grandes Reglas, 36), perdona a cualquiera la salida de su monasterio sólo por una razón, es decir, cuando (el higumeno) ha sufrido la ruina espiritual, algo que, según (San Basilio) debe ser revelado en primer lugar a los que tienen poder para corregirlo, y si no pueden corregirlo, entonces (el monje) debe separarse de su compañía, no sólo como si abandonara a sus hermanos, sino como a extraños”, y continúa con el resto de las edificantes admoniciones para el alma (20).

En este caso, también es evidente que si el padre espiritual es un hereje (o es pro-hereje, dependiendo también del grado de su aceptación a la herejía) no sólo no le debemos obediencia, sino que imperativamente debemos distanciarnos de él.

6. San Juan Crisóstomo recomienda la desobediencia a los líderes eclesiásticos heréticos.

San Juan Crisóstomo, que está considerado por nuestra Iglesia como “un instrumento inspirado por Dios y un océano inagotable de dogmas” (21), cuando interpreta el mandato apostólico sobre la obediencia y la sumisión a los líderes, a los higumenos (literalmente, la palabra significa líderes, “vuestros prepósitos”), “Obedeced a vuestros prepósitos y sujetaos”, hace las siguientes clarificaciones: “Por ventura alguien puede decirnos que (a parte de la anarquía y la indisciplina) hay un tercer mal, es decir, cuando el guía (de la Iglesia) es malo. También lo sé, y este mal no es pequeño, sino que es mucho peor incluso que la anarquía, pues es mejor no ser guiado por nadie, en vez de ser guiado por alguien malo. Pues el primero (subordina) a muchos a la vez que salvaba, y por otro lado estaba en peligro él mismo, pero el último sin duda permanecerá en peligro, siendo conducido al abismo. Así, ¿cómo dice “obedecer a vuestros prepósitos y sujetaos”?. Después de haber mencionado anteriormente a “aquellos cuya fe debéis seguir, teniendo en cuenta el resultado de sus vidas”, entonces dice “obedeced a vuestros prepósitos y someteos”. Entonces preguntáis, ¿qué sucede cuando este es astuto y no le obedecemos? ¿De qué forma decimos “astuto”? Si tal es este en la fe, evitadlo y alejaos de él, no sólo si es un hombre o si incluso es un ángel venido del cielo (Gálatas 1:8). Si es así a causa de la vida que lleva, entonces no os preocupéis […]. Sin embargo, no pongáis atención a su vida, sino a sus palabras, pues nadie puede ser dañado por su ethos. ¿Por qué? Porque es sencillo para que todos lo vean, e incluso si es astuto más de mil veces, nunca enseñará cosas astutas. Pero cuando sea astuto en la fe, no es esto obvio para todos ni la astucia detendrá su enseñanza. Pues incluso las palabras “no juzguéis para que no seáis juzgados”, se refieren a la vida de alguien y no a la fe” (22).

7. La “escalera” clarifica que el monje que es humilde puede contradecir a los padres en materias de fe.

En la obra de San Juan del Sinaí, la “Escala”, esta grandiosa obra espiritual que ha sido caracterizada como “una obra maestra del ascetismo oriental” en la que “la obediencia tiene un lugar fundamental en la virtud” (23), se clarifica que se permiten las excepciones a la regla. El bienaventurado Juan menciona característicamente lo siguiente sobre la virtud de la humildad: “No encuentres odio, o cualquier clase de contradicción o cualquier rastro de indisciplina asociada al que está unido a (esta virtud), a no ser que estemos tratando asuntos de fe” (24).

8. El modelo ejemplar de San Gregorio de Decápolis.

San Gregorio de Decápolis, cuya memoria celebramos el 20 de noviembre, y que brilló con su vida durante la segunda mitad del siglo VIII en Decápolis de Isauria, se distinguió por su limosna, su postura sin pretensiones, su obediencia, su humildad y su mansedumbre, ya en sus años de adolescencia, y continuó distinguiéndose igualmente por estas virtudes más tarde, cuando se convirtió en monje. El biógrafo del santo narra que mientras la madre del santo no lo disuadía de convertirse en monje, sin embargo, ella se convenció para entrar en la comunidad de otro monasterio donde su hermano carnal también residía, para luchar espiritualmente juntos, y para que el uno se consolara con la presencia del otro. El biógrafo continúa la narración diciéndonos cómo resultó que el higumeno del monasterio se había convertido en un hereje: “Con el fin de dar consentimiento a la voluntad de su madre, Gregorio fue al monasterio cuyo abad resultó ser un hereje, de alma miserable, y cuando el santo se dio cuenta de esto, no pudo soportarlo, siendo como era un ferviente defensor de la piedad, y lo probó en presencia de toda la comunidad; y (el higumeno), estando lleno de rabia, golpeó al santo, el cual salió del monasterio con sus heridas aún recientes en su cuerpo. Así, acudió a otro monasterio en estado aún sangrante, cuyo higumeno, llamado Simeón, era pariente de su madre, y que también era el archimandrita de todos los monasterios de Decápolis” (25).

9. La enseñanza de San Simeón el Nuevo Teólogo.

El sublime San Simeón el Nuevo Teólogo, de quien no podemos decir aquí tanto como quisiéramos, nos dejó algunas de sus maravillosas e inspiradas enseñanzas de su divino Eros, pero también una enseñanza que reprueba el estado del clero de su tiempo. Se cree que San Simeón comenzó una importante revolución espiritual. El padre Ioanis R. escribe: “…hubo un tiempo en la Iglesia en el que la gente era ordenada como clérigo, de tal modo que en la Iglesia antigua no habría sido adecuado promocionar entre los laicos […]. En otras palabras, no tenían la preparación espiritual necesaria pare recibir las santas órdenes. San Simeón el Nuevo Teólogo se rebeló contra esta situación irregular y probó con éxito el porqué la Iglesia lo llamó el Nuevo Teólogo. Desde su tiempo hasta el tiempo de San Gregorio Palamás, tuvo lugar un gran conflicto en la Iglesia con relación al tema de las calificaciones necesarias para la elección de obispos. A causa de la controversia hesicasta, como se llegó a conocer, que fue resuelta por la adopción de la teología de San Simeón el Nuevo Teólogo, se ordenó finalmente que los obispos de la Iglesia deberían ser elegidos de entre el rango de los monjes que siguieran la tradición, iluminación y zeosis hesicasta” (26).

Así, San Simeón, que es un santo y gigante espiritual de tales proporciones épicas que fue la tercera persona en nuestra Iglesia a la que se le asignó el titulo de Teólogo, tras haber hecho tan importante contribución por su enseñanza ascética, también nos dejó una enseñanza de particular y característica importancia para nuestro tema: “Rogad a Dios con oraciones y lágrimas para que os envíe un guía que sea desapasionado y santo. Al mismo tiempo, estudiad también las divinas Escrituras por vosotros mismos y particularmente los prácticos escritos de los santos padres, para que examinando las enseñanzas y obras de vuestro maestro y líder con estos (escritos) podáis ser capaces de ver y comprender (sus enseñanzas). Y aquellas enseñanzas que estén de acuerdo con las Escrituras, deberíais adoptarlas y llevarlas con devoción en vuestra mente, mientras que las que estén adulteradas y sean extrañas, deberíais aprender a percibirlas como tales y alejaros de ellas, para no ser engañados. Y sabed esto: muchos mentirosos y falsos maestros vendrán en estos días” (27).

Otra enseñanza, análoga a la mencionada antes, fue salvada en la vida (es decir, en la biografía) de San Simeón, por su discípulo, San Nicetas Stezatos. Cercano al tiempo de su muerte, San Simeón aconsejó a sus discípulos obedecer al sucesor, el higumeno Arsenio, en todo, sólo con una posible excepción: “No toméis de forma errónea sus palabras y hechos, pero en caso de que estuviera en oposición al consenso de los padres, deberíais inclinar vuestras cabezas ante él por el momento. Después, aquellos de vosotros que sobrepaséis a los demás en años, vida, experiencia y palabras, notificadle en privado la razón para impedir la aplicación de sus palabras, de acuerdo con la regla de San Basilio el Grande (27a). Por el bien de Dios, deberíais soportarlo cuando sea doloroso o amargo, sin contradecirlo o repudiarlo, pues el que contradice o lo rechaza, rechaza la autoridad de Dios, como dice Pablo (Romanos 13:2). En verdad, cuando no ha tenido lugar ninguna transgresión de los mandamientos de Dios, de los cánones o las reglas apostólicas, debéis obedecerle en todo y someteros a él como si fuera el Señor mismo. Sin embargo, en las cosas del Evangelio de Cristo y de las leyes de la Iglesia que tengan el peligro de ser anuladas, no sólo no debéis someteros a él cuando os amonesta u os manda, sino incluso a ningún ángel que viniera del cielo y que os evangelice cosas diferentes de las que los testigos oculares del Logos os han evangelizado” (28).

10. San Ignacio Briantchaninov a favor de la obediencia cautelosa.

Este conmemorado y celebrado santo y teólogo de la Iglesia rusa del siglo XIX, sobre el que ya hemos mencionado, dedica un capítulo entero en su valioso libro “Una ofrenda al monaquismo contemporáneo”, sobre el tema de “La obediencia a un padre espiritual”. Entre otras muchas referencias, cita de los padres lo que encontramos mencionado en el tema de la obediencia indiscriminada a los padres espirituales impuros, y hace importantes aclaraciones y anotaciones: “La obediencia hace la subordinación entre el que obedece y al que obedece. La Santa Biblia dice: ‘Y así se encelaban los animales a la vista de las varas’ (Génesis 30:39, Straubinger) […]. Alguien podría decir: la fe del subordinado puede reemplazar la insuficiencia del padre espiritual. ¡Qué error! ¡La fe, en verdad salva. La fe causa daño en la mentira y en el engaño diabólico! Esto es dicho por el apóstol. Y de los que voluntariamente peligra, dice: “…para los que han de perderse en retribución de no haber aceptado para su salvación el amor de la verdad. Y por esto Dios les envía poderes de engaño, a fin de que crean la mentira, para que sean juzgados todos aquellos incrédulos a la verdad, los cuales se complacen en la injusticia” (2ª Tesalonicenses 2:10-12, Straubinger) […]. En nuestros tiempos, observamos una degeneración general del cristianismo. […]. Y es una gran bendición para nosotros, y un gran gozo, el que se nos haya dado la posibilidad de ser alimentados con las migajas que caen de la mesa espiritual de los padres. Las migajas no constituyen el verdadero y adecuado alimento, pero pueden (aun no sin dejarnos con un sentimiento de privación y de hambre), salvarnos de la muerte espiritual” (29).

Guardemos bien en nuestras manos estas “migajas” que caen de las enseñanzas patrísticas, así como las expuestas anteriormente, para salvarnos del caos teológico así como del relativismo y la sujeción a la herejía, permaneciendo firmemente desobedientes a cualquier tipo de pseudo-obediencia pro-herética. La homilía de San Efrén el Siro sobre la Segunda Venida de Cristo es formidable: “¡Ay de los que contaminan la santa fe con herejías o que se unen a sí mismos a los herejes!” (30), si esto sucede en los laicos, o incluso más así, si sucede en los clérigos (I).

Notas

1. San Nicodemo el Agiorita, Pidalion, edición Vas. Rigopoulos, Tesalónica, 2003, p. 488.

2. San Basilio el Grande, Reglas sumarias 229, PG 31, 1236A.

3. San Nicodemo el Agiorita, Ejercicios Espirituales, Ejercicio III 4, edición V. Rigopoulos, Tesalónica 1991, p. 320 (y notas). El extracto tomado de San Basilio el Grande es una traducción.

4. Protopresbítero y profesor de Universidad Ioanis R., Teología Patrística, redacción por el monje agiorita Damasceno, edición Parakatatheke (depósito), Tesalónica 2004, p. 176ff.

5. Ibíd., p. 70ff.

6. Ibíd., p. 203ff.

7. San Ignacio Briatchaninov, Una ofrenda al monaquismo contemporáneo, tomo III, edición Santa Metrópolis de Nicópolis, Preveza 1995, p. 203.

8. San Juan del Sinaí, La Escala, Homilía IV, Sobre la obediencia 58, edición Santo Monasterio de Paraclete, Horopos Atica, 1994, p. 95.

9. San Gregorio de Nisa, Homilía contra Eunomio 12, PG 45, 912.

10. San Juan del Sinaí, Sobre el Pastor 97, edición Santo Monasterio de Paraclete, Horopos Atica, 1994, p. 402 (PG 88, 1201A).

11. San Cirilo de Jerusalén, Catequesis para los iluminados 15, 18 PG 33, 896A.

12. Ezequiel 34:8-10

13. Apocalipsis 2:20

14. Apocalipsis 2:6

15. San Máximo el Confesor, Discurso a Pirro, PG 91, 333C. D (traducción)

16. Cf. J. Phidas, Historia eclesiástica, tomo I, Atenas 1994, p. 747.

17. San Juan del Sinaí, “La Escala”, Homilía V, Sobre el arrepentimiento 29, op. Cit. p. 133, PG 88.

18. San Ignacio Brianchaninov. Op. Cit. tomo I, edición Santa Metrópolis de Nicópolis, Preveza 1993, p. 136ff.

19. Protopresbiterio Teodoro Zisis, Mala obediencia y santa desodebiencia, ΦίληΟρθοδοξία (Mi amiga Ortodoxia) 11, edición “Bryennios”, Tesalónica 2006, pp 21, 23.

20. San Nicodemo el Agiorita, Pidalion, op. cit. p. 341, nota 1.

21. Grandes Vísperas, 13 de noviembre, Kekragarion I

22. San Juan Crisóstomo, Homilía sobre la Carta a los Hebreos, 34, 1. PG 63, 231.

23. Introducción a “La Escala” de San Juan del Sinaí, op. cit. p. 5.

24. Ibíd., Homilia 25, Sobre la humildad 9, p. 268.

25. Matthew Langis, obispo de Oinoe, El gran sinaxario de la Iglesia Ortodoxa, tomo XI, Atenas 1991, p. 537ff.

26. Protopresbítero Ioanis R., op.cit. p. 104ff.

27. San Simeón el Nuevo Teólogo, Capítulos de práctica y teología 32, por P. Christoy en EPE (librería de los padres griegos) Filocalía de los padres népticos y ascéticos 3, ediciones patrísticas Gregorio Palamás, Tesalónica, p. 242 (traducción).

27a. San Basilio el Grande, Las grandes reglas 27, PG 31, 988A.B.

28. San Nicetas Stezatos, Vida de Simón 66, por P. Christou, en EPE Filocalía de los padres neópticos y ascéticos 19, ediciones patrísticas Gregorio Palamás, Tesalónica, pp. 146-147.

29. San Ignacio Briantchaninov, op.cit. tomo I, p. 141, 143, 146ff.

30. San Efrén de Siria, Homilía sobre la Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo por el devoto Efrén de Siria, Obras, Tomo IV, edición “El jardín de la Panagia”, Tesalónica 1992, p. 26.

(I) Para un análisis más amplio sobre el tema de la obediencia y desobediencia en materia de fe, ver también la primera parte informativa del libro Mala obediencia y Santa Desobediencia del profesor y protopresbítero Teodoro Zisis, Mi amiga Ortodoxia 11, edición “Bryennios”, Tesalónica 2006.

 Traducido por P.A.B

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Categorías:Hogar cristiano, paternidad espiritual

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