Nuestro lugar en el mundo y la esperanza para el mundo

 

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Extracto del libro “The Orthodox Church, its Faith, Worship and life” por Rev. Antonios Alevisopoulos.

 

El mundo entero es la creación de Dios y por lo tanto, es bueno por naturaleza; el mal no tiene una existencia ontológica. El mal natural es el resultado de la discordia que se creó tras la caída del hombre; incluso la muerte es un medio de educar al hombre para hacerle volver a la comunión con Dios. El mal moral, el pecado, no tienen su causa en la naturaleza del hombre, sino en la disposición del hombre.

Por la caída del hombre, toda la naturaleza fue arrastrada a la servidumbre por la corrupción. Dios, sin embargo, en la persona de Su Verbo encarnado o Logos entró en la realidad del mundo y lo renovó. Por Su muerte, resurrección y ascensión, guió al hombre, por quien se había encarnado, a la vida de incorrupción e inmortalidad, y lo exaltó a la altura de la gloria de Dios el Padre.

Esta gloria, que durante la segunda venida de nuestro Señor será nuestra posesión, es prefigurada en la vida de la Iglesia, y especialmente en la vida de los santos. Los cuerpos de los santos, las sagradas reliquias, están rodeadas por la gracia santificante de Dios y son una fuente de bendiciones divinas y milagros (4º Reyes 13:21; Eclesiástico 18:14). La gracia honor y gloria que Dios concede a las reliquias de los santos constituyen un anticipo y una prefiguración de la transfiguración del hombre y el de toda la creación. Esta misma gracia envuelve a los santos incluso durante su vida, y puede ser discernida en algunos como calidez, en otros como luz, o mediante varias energías milagrosas, que son bendiciones para el hombre. Incluso los objetos materiales en la vida de la Iglesia son portadores de la gracia de Dios.

La presencia de la gracia y la gloria de Dios en el hombre y en la creación material prefiguran la liberación de toda la creación de la servidumbre de la corrupción y garantizan la certeza de nuestra esperanza en la vida incorruptible. La santificación del mundo se originó en el río Jordán durante el bautismo de nuestro Señor. Los himnos de nuestra Iglesia sobre el día de la Teofanía y las oraciones de la Gran Santificación de las Aguas, revelan la nueva realidad del mundo: “Hoy la tierra y el mar participan en el gozo del mundo y el mundo se llena de alegría”, testifica la oración de San Sofronio de Jerusalén.

Cristo bendijo las aguas del Jordán, las orillas del río y toda la creación: “Tú, oh Señor, siendo bautizado en el Jordán, santificaste sus aguas”, “Habiendo santificado las aguas del Jordán, rompiste el poder del pecado”, “Hoy la creación es iluminada, hoy todo se regocija, tanto lo celestial como lo terrenal”, testifica la himnología de nuestra Iglesia.

Mediante la participación de la creación material en la adoración divina de la Iglesia y en la alabanza y doxología de Dios, se expresa la esperanza de la incorrupción. En la Divina Liturgia toda la creación es tomada y se convierte en una nueva creación en Cristo. Es el pan y el vino que se convierten en el Cuerpo y Sangre de Cristo, las lámparas los iconos, la Santa Cruz, y todos los objetos materiales participan de algún modo en la Divina Liturgia. El agua, el aceite, el incienso, las palmas, las flores, e incluso la cosecha de la semilla de la tierra es bendecida, y todo el mundo recupera lo que se había perdido por la caída del hombre: la unidad interna, la correcta relación con Dios, que es una relación eucarística, una relación de ofrecimiento en la que todas las cosas son remitidas y ofrecidas a Dios, que se convierte de nuevo en el centro del mundo.

La entera unidad de la creación que ofrece “con una sola voz” la doxología al Dios Trino se expresa al final de la oración de la Gran Bendición de las Aguas: “… que con los elementos, los hombres, los ángeles y con todas las cosas visibles e invisibles magnifican tu santísimo Nombre, junto con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén”. Así, el hombre abandona su autonomía y su uso egoísta de la creación de Dios, y nuevamente encuentra su lugar correcto en el mundo y su ministerio “real” y “sacerdotal” (Génesis 1:28; 2:15).

El cristiano no rechaza este mundo, ni lo considera como algo negativo. No es llamado a abandonar el mundo, sino a servir o a ser liturgo en él. Cristo quiere que sus fieles estén en el mundo, para ser “la sal de la tierra” y “la luz del mundo” (Mateo 5:13-14). Si nuestro mundo es insípido y sin sabor, y está en la oscuridad, se sucede un proceso de desintegración, y así, esto significa que los cristianos no sirven “como la sal de la tierra” y “como la luz del mundo”. Así pues, no debemos buscar la causa de la desgracia del mundo en otros.

Esto implica que los cristianos tengan en el mundo la responsabilidad de la preservación y santificación de la creación de Dios, una labor que surge del servicio que Dios deposito en el hombre en el paraíso (“… para cultivar y preservar”, Génesis 2:15). Un cristiano no puede ser indiferente a los problemas del mundo; debe trabajar para conducir nuevamente al mundo de vuelta a su relación doxológica con Dios. Esto significa que el uso del mundo no puede tener como centro la santificación del ego del hombre y las “necesidades” que constantemente crea el hombre.

El verdadero creyente no atribuye absoluto y exclusivo valor a las necesidades de esta vida ni a las habilidades del hombre. No interviene en la creación de Dios de una forma autónoma, independiente de la voluntad de Dios y de forma egocéntrica; siente que es responsable de la creación. No busca el conocimiento y usa la creación de Dios “incondicionalmente”. Los fieles no usan los poderes del mundo de una forma que no sea la bendecida por Dios y contraria al balance y armonía con la creación y la unidad del mundo de Dios.

El creyente ortodoxo sabe que el hombre, después de la caída, cesó de ofrecer la creación a Dios como doxología, es decir, practicando sus deberes sacerdotales frente a la creación; fue él quien condujo la creación a la servidumbre de la corrupción. Sin embargo, con la Iglesia adquiere la experiencia de libertad para esta servidumbre. Con esta experiencia es ahora llamado a volver al mundo con la seguridad de la transfiguración y salvación de toda la creación. Habiendo adquirido nuevamente con el sentido litúrgico su correcta relación con la creación y su correcto lugar en él, es llamado a practicar su servicio como sacerdote del mundo.

Esta transfiguración del hombre y la creación en la Iglesia, no es aún “el nuevo cielo” y “la nueva tierra”. Esto será una realidad durante la Segunda Venida de Cristo. Por eso, la esperanza cristiana “no es de este mundo”. Cualquier concepto mesiánico que mire hacia un establecimiento de un reino terrenal y de la creación del paraíso sobre la tierra, es ajeno al espíritu de Cristo.

Los cristianos respetan las autoridades del mundo y se someten a las leyes humanas que no van contra su esperanza cristiana (Romanos 13:1-8; Hechos 3:30). No predican un “evangelio” conforme a las aspiraciones y propósitos de este mundo. Este es el mensaje salvador de la Iglesia para un mundo que tiene un carácter exclusivamente inter secular y que no puede discernir otra dimensión vertical en esta vida. Por esta razón el monaquismo ortodoxo, con su carácter ascético y su orientación celestial, ofrece a nuestra sociedad un gran servicio. Muestra al hombre contemporáneo, que está exclusivamente orientado hacia la dimensión horizontal, la dimensión vertical que está en el centro de la vida monástica.

Así, los monjes constituyen los indicadores de la realidad del cielo, mientras que los hombres que viven en el mundo no pueden captarla fácilmente. El monaquismo abre el camino a la experiencia absoluta de la vida en Cristo: un camino de ascetismo y obediencia que es seguido durante toda la vida hasta el fin, un camino que es al mismo tiempo peligroso para los que fracasan siendo humildes y firmes en el amor que “no busca lo suyo propio”. Esta vida de los monjes constituye una continua vocación para la disposición del hombre contemporáneo y una excelente prefiguración de la vida futura

Esta anticipación de la nueva vida crea en los cristianos la convicción de que aquí en la tierra somos extraños y forasteros, y que atravesando esta vida caminan hacia el verdadero hogar (Hebreos 11:13-16). El creyente tiene sus ojos siempre fijos en el cielo y considera la muerte como la última etapa de su viaje, su “transición” o nacimiento a la vida futura.

Creemos que después de la separación del cuerpo, las almas de los justos están en las manos de Dios ( Sabiduría 3:1), y esperan la resurrección de los cuerpos para que puedan convertirse “totalmente” en participantes del amor y la gloria de Dios. Por el contrario, las almas de los pecadores que en sus vidas rechazaron el amor de Dios y la comunión con Él y con los hermanos, y que tuvieron como único centro de referencia su “ego”, son privados de este amor, pues su egoísmo no les permite aceptarlo.

La Segunda Venida de Cristo traerá la resurrección general; nuestros cuerpos serán revestido de incorrupción e inmortalidad. Los justos resucitarán a la vida, los pecadores a la condenación. Será el juicio general del mundo; el amor de Dios juzgará al hombre según la disposición con la que lo asumió, es decir, si lo acepta o lo rechaza.

El Señor desea la salvación de todos los hombres, y su regreso a su verdadero hogar: al amor y comunión con el Dios Trino. A esto lo llamamos Paraíso. Con esta palabra no nos referimos a una realidad material, sino espiritual. Las Santas Escrituras comparan esta comunión a la relación entre el Novio y la Novia, y su unión es comparada al matrimonio (Apocalipsis 19:7).

Los hijos del reino estarán eternamente unidos a Cristo y vivirán absolutamente la condición de ser “uno con Cristo”; entonces seremos en Él participantes por la gracia en Su unidad con el Padre (“Yo en mi Padre y vosotros en mi” [Juan 14:20]). Los que viven en esta vida encerrados en sí mismos, los que no se regocijan viendo el rostro de su hermano serán privados de este gozo. Por su propia voluntad han elegido su tormento eterno.

La Segunda Venida de Cristo es para los fieles el cumplimiento de su esperanza, así como es la llegada del Novio para la Novia. Por eso, la preparación para la recepción de la venida de Cristo constituye la preocupación principal de esta vida.

Pero, ¿cuándo vendrá el Señor? Los cristianos no se prestan a hacer suposiciones sobre una fecha específica. Son vigilantes y se preocupan por estar preparados en cualquier momento, pues el Señor vendrá de repente, cuando nadie lo espere (Mateo 24:13-33; Hechos 1:7). El Señor mismo nos advierte a protegernos a nosotros mismos de los falsos profetas que serán obreros de la astucia y la traición. Aparecerán exteriormente con la forma de Cristo o de un ángel (Mateo 24:4-5, 23-27; 2ª Corintios 11:13-15). Su enseñanza no será la misma que la de Cristo; así, el conocimiento del verdadero y real Cristo es necesario para evitar el error o el engaño.

 

Traducido por P.A.B

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Categorías:Protopresbítero Antonio Alevizopoulos

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