La resurrección de Lázaro por San Juan Crisóstomo

Resurrección deLazaro

HOMILÍA LXII (LXII)

Había un enfermo, por nombre Lázaro, de Betania, aldea de María y de Marta su hermana. María era la que ungió al Señor con perfumes (Jn 11:1)

MUCHOS HOMBRES, cuando caen en enfermedad o en pobreza u otro parecido sufrimiento, se perturban porque ignoran que eso es lo más propio de los amigos de Dios. Lázaro era uno de los amigos de Dios, y estaba enfermo. Así lo aseguraban los mensajeros: Señor, el que tú amas está enfermo. Pero tomemos la historia de más arriba. Dice el evangelista: Había un enfermo, por nombre Lázaro, de Betania. No sin motivo dice de dónde era Lázaro, sino por la razón que luego explicará. Por mientras, tratemos del texto presente. Útilmente indica quiénes eran las hermanas, y en especial María, que de algún modo sobresalía entre ellas; pues añade: María era la que ungió al Señor con perfume. En este punto algunos suscitan una cuestión acerca de por qué el Señor le permitió a esta mujer ungirlo. Conviene ante todo que sepas no ser esta María ninguna de aquellas de que hablan Mateo y Lucas, sino otra honesta mujer. Aquéllas eran mujeres cargadas de pecados; ésta, en cambio, era honrada y fervorosa, puesto que cuidó de recibir a Cristo en hospedaje. Cuenta el evangelio que también las hermanas de Lázaro amaban al Señor. Y sin embargo, permitió                  Jesús                       que    Lázaro  muriera.

¿Por qué habiendo enfermado su hermano no proceden ellas como el centurión o el Régulo que fueron a encontrar a Cristo, sino que le envían un mensajero? Porque en absoluto confiaban en Cristo y le eran muy familiares. Por otra parte, eran débiles mujeres y las impedía el sufrimiento. Que no procedieran así por menos aprecio de Cristo, luego lo demostraron. Y que esta María no fuera la otra pecadora, es manifiesto. Pero preguntarás: ¿por qué a esa otra la recibió Cristo? Para perdonarle su maldad, para mostrar El su benevolencia y para que aprendas que no hay enfermedad alguna que supere su bondad. No te fijes únicamente en que la recibió,                        sino          además       en           que          la         transformó.

Mas ¿por qué trae a cuenta el evangelista esta historia? Mejor pregunta: ¿qué es lo que quiere enseñarnos cuando dice: Y Jesús amaba a Marta y a su hermana María y a Lázaro? Que jamás nos indignemos ni llevemos a mal el que varones virtuosos y amigos de Dios caigan enfermos. El que amas está enfermo. Querían con esto mover a Cristo a compasión, porque aún lo tenían por sólo hombre, como se deduce de las palabras de ellas. Pues le dicen: Si hubieras estado aquí no habría muerto.

Y no le dijeron: Lázaro está enfermo; sino: El que amas está enfermo. ¿Qué dice Cristo?: Esta enfermedad no es para muerte, sino para gloria de Dios; para que sea glorificado por ella el Hijo de Dios. Advierte cómo de nuevo a una misma gloria la llama suya y del Padre. Porque habiendo dicho: de Dios, añadió: Para que sea glorificado por ella el Hijo de Dios. Esta enfermedad no es para muerte. Habiendo El de permanecer ahí aún dos días, manda a los mensajeros que se vuelvan y lleven la noticia. En este punto es de admirar que las hermanas de Lázaro, habiendo oído semejante recado, y habiendo luego visto morir a su hermano, no se dieron por escandalizadas por haber sucedido la cosa al revés; sino que se acercaron a Jesús y no pensaron que hubiera mentido. En cuanto a la partícula para no es causal, sino que únicamente significa el hecho; pues la causa de la enfermedad fue otra. Cristo se aprovechó de ella para la gloria de Dios.

Después de haber dicho eso, permaneció aún dos días en el lugar en donde estaba. ¿Por qué se quedó? Para dar tiempo a que Lázaro muriera y fuera sepultado; y así nadie pudiera decir que lo había resucitado cuando aún no moría, sino que estaba solamente adormecido, desvanecido, traspuesto, pero no muerto. Por tal motivo se queda todo el tiempo suficiente para que puedan decir: Ya huele mal. Luego dice a sus discípulos: Vamos a Judea. ¿Por qué, pues nunca acostumbró decirlo de antemano, ahora lo anuncia? Porque los discípulos estaban llenos de terror. Por semejante disposición de ánimo les anuncia de antemano el viaje, para que no se turben de inmediato. Y ¿qué le dicen los discípulos? Hace poco trataban de lapidarte los judíos ¿y otra vez vas allá? Temían por El, pero mucho más por sí mismos; pues aún no eran perfectos. Por lo cual Tomás, empujado y sacudido por el temor, exclama: Vamos a morir con El. Al fin y al cabo era el más débil en la fe y más incrédulo     que       los        otros.

Observa cómo Cristo con sus palabras los fortalece: ¿Acaso no son doce las horas del día? Dijo esto por uno de dos motivos: o bien para enseñarnos que no debe temer quien no tiene conciencia de algo malhecho, puesto que el castigo es para quienes proceden mal (de modo que nosotros nada tenemos que temer pues no hemos hecho nada digno de muerte); o bien han de entenderse sus palabras como si dijera: Quien ve la luz del día procede con seguridad, pero si ese tal así procede, mucha mayor seguridad tendrá quien va conmigo y no se aparta.

Con estas palabras los alentó; y apuntó además la necesidad de subir a Judea. Y una vez que puso en claro que no irían a Jerusalén, sino a Betania, añadió: Lázaro nuestro amigo duerme y yo voy a despertarlo. Como si les dijera: No voy yo ahora a discutir y trabar disputas con los judíos, sino para despertar a nuestro amigo. Le dicen los discípulos: Señor, si duerme curará. Y no lo dijeron sin motivo, sino tratando de impedirle a Jesús que partiera. Como si le dijeran: ¿Dices que está dormido? Entonces nada te obliga a ir allá. Pero Jesús les había dicho: nuestro amigo, para manifestarles ser necesario ir El allá.

Como ellos todavía se mostraron tardos, finalmente les habló con claridad diciendo: Ha muerto. Había hablado en la otra forma para evitar el fausto; pero como ellos no lo entendieron, continuó: Ha muerto. Y me alegro por vosotros. ¿Cómo es eso: por vosotros? Pues os lo he profetizado estando ausente; de modo que cuando Yo lo resucite no habrá lugar a ninguna sospecha. ¿Adviertes cómo los discípulos aún eran imperfectos y no conocían el poder de Jesús tal como convenía? Pero esto les venía del temor que les turbaba el ánimo.

Y habiendo dicho: duerme, añadió: Y yo voy a despertarlo. Pero cuando dijo: Ha muerto, no añadió: Voy a resucitarlo. Porque no quería adelantar en palabras lo que iba a confirmar con sus obras; enseñándonos continuamente que debemos huir de la vanagloria y no hacer promesas a la ligera y en vano. Si procedió de otro modo en el caso del centurión, pues le dijo: Yo iré y lo curaré, lo hizo para que quedara en claro la fe del centurión. Y si alguno preguntara por qué los discípulos pensaban que se trataba del sueño y no sospecharon que Lázaro ya había muerto cuando Jesús les dijo: Yo voy a despertarlo (pues al fin y al cabo era una necedad pensar que Jesús recorrería quince estadios solamente para despertarlo), responderé que sin duda creyeron que se trataba de un enigma, como muchas otras                 cosas              que            Jesús    les        había    dicho.

En resumidas cuentas, todos los discípulos temían el asalto de los judíos, pero en especial Tomás. Por lo cual exclamó: Vamos también nosotros a morir con El. Afirman algunos que Tomás en realidad anhelaba la muerte; pero la cosa no va por ahí. Más bien hablaba movido de temor. Cristo no lo increpó, pues todavía le toleraba su debilidad; pero al fin vino a ser el más esforzado de los discípulos y de una fortaleza insuperable. Y es cosa que causa admiración ver que aquel a quien antes de la cruz lo contemplamos así tan débil, después de la cruz y de la resurrección lo encontremos como el más fervoroso de todos en la fe: ¡tan grande es el poder de Cristo! El que no se atrevía a subir a Betania con Cristo, ese mismo, sin estar presente Cristo, recorrió, puede decirse, todo el orbe; y anduvo entre naciones sanguinarias que trataban de quitarle la vida.

Pero, en fin, si Betania distaba solos quince estadios, que son dos mil pies, ¿cómo pudo ser que Lázaro llevara ya cuatro días de muerto? Es que Jesús se detuvo ahí dos días; y el día anterior le había llegado la noticia, y al cuarto día se presentó en Betania. Esperó hasta ser llamado, y no se presentó sin que lo llamaran, para que ninguno sospechara nada. Tampoco fueron a llamarlo las hermanas que Él amaba, sino que le enviaron otros mensajeros. Estaba Betania como a unos quince estadios. Por aquí se deja entender que muchos judíos se habían presentado ahí para consolar a las hermanas. Pero ¿cómo podían los judíos consolar a personas amadas de Jesús? Porque ya habían determinado que si alguno confesaba a Cristo se le echara de la sinagoga. Pues sin duda lo hacían o por la magnitud de la desgracia o porque, siendo ellas de más alta clase social que ellos, las respetaban; o tal vez los que fueron a Betania no eran de los perversos, pues muchos de ellos creyeron. El evangelista anota el pormenor como una confirmación de la real muerte      de                                                      Lázaro.

¿Por qué Marta salió al encuentro de Jesús sin la compañía de su hermana? Quería estar aparte con El y comunicarle la noticia de la muerte. Pero en cuanto Cristo le inspiró la buena esperanza, corrió ella enseguida y llamó a María; y ésta se presentó a Cristo, todavía en pleno luto. ¿Adviertes la grandeza del amor? Esta es aquella María de la que Cristo dijo: María escogió la mejor parte. Preguntarás por qué ahora Marta aparece más ardorosa. No era ella más fervorosa que María; sino que ésta no había oído la llegada de Cristo. Marta era más débil en la fe, y por eso le dijo a Jesús: Señor, ya huele mal: ya lleva cuatro días. En cambio, María, aun cuando nada había oído, no se expresó así, sino que creyó al punto y dijo: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Observa cuán grande es la virtud de estas mujeres aun teniendo aún débil su opinión acerca de Jesús. Porque habiendo visto a Jesús no se desatan al punto en llantos y gemidos, como solemos hacer nosotros cuando vemos que algunos conocidos se acercan para darnos su condolencia; sino que al punto admiran al Maestro. Ambas creían ciertamente en Cristo, pero aún no del modo que convenía. Aún no tenían perfecto conocimiento de que Él era Dios, ni de que obraba milagros por su propio poder y autoridad. Ambas cosas se las enseñará ahora Cristo. Es manifiesto que no poseían semejante conocimiento perfecto, puesto que tras de decirle: Si hubieras estado aquí nuestro hermano no habría muerto, añadieron: Pero todo cuanto pidas a Dios te lo concederá. Hablan de Él como de un varón eximio y dotado de virtud. Mira lo que Cristo les responde: Resucitará tu hermano, como refutando aquello de: Todo cuanto pidieres. Porque no dijo Jesús: Yo pediré; sino ¿qué?: Resucitará tu hermano. Si le hubiera dicho: ¡Oh mujer! ¿todavía tienes tus miradas en la tierra? Yo no necesito de auxilio ajeno. Yo todo lo hago con mi propio poder; sin duda que se habría molestado y ofendido Marta. En cambio, con decir: Resucitará tu hermano, tomó un camino intermedio y según lo que se siguió le dejó ya entender lo que le quería decir. Pues como ella replicara: Sé que resucitará en el último día, Jesús le manifiesta más claramente su poder diciendo: Yo soy la resurrección y la vida; expresando así que no necesita de ajeno auxilio, puesto que Él es la vida. Si necesitara de auxilio ajeno ¿cómo sería El la resurrección y la vida? No lo dijo así tan             claramente,                pero         lo        dio        a          entender.

Como Marta había dicho: Toda cuanto pidieres, Él le replica: Quien cree en Mí aun cuando haya muerto, vivirá; declarando de este modo ser El quien da todos los bienes y que es a Él a quien es menester pedir. Y todo el que vive y cree en Mí no morirá para siempre. Mira en qué forma eleva el pensamiento de Marta. Porque no se investigaba únicamente acerca de la resurrección de Lázaro, sino que era necesario que Marta y los demás que con ella se hallaban presentes supieran lo de la resurrección. Por lo cual, antes de resucitar a Lázaro, Jesús lo explica con sus palabras.

Por otra parte, si Él es la resurrección y la vida, no se halla circunscrito a un lugar, sino que puede sanar en donde quiera. Si las hermanas le hubieran dicho como el centurión: Ordénalo tan sólo con tu palabra y quedará curado mi siervo, Jesús lo habría hecho; pero como lo llamaban y le suplicaban que fuera y Él se acomodó a ello, con el objeto de sacarlas de la opinión débil en que lo tenían. Así fue a Betania. Sin embargo, aun atemperándose de esa manera, todavía demuestra que tiene poder para dar la salud aun estando ausente. Tal es el motivo de que tarde en ir. El milagro hecho sin más ni más, no habría tenido la fama que tuvo, si Lázaro no hubiera          ya        olido     mal.

¿Cómo sabía Marta eso de la resurrección futura? Había ella oído a Cristo muchas cosas acerca de la resurrección; pero ahora quería ver una resurrección. Observa cómo aún anda con sus pensamientos terrenos. Como oyera a Cristo decir: Yo soy la resurrección y la vida, no le contestó: Pues bien, resucítalo; sino ¿qué? Yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios. ¿Qué le replica Cristo?: Todo el que cree en Mí aun cuando haya muerto, vivirá; es decir: si ha muerto con esta muerte temporal. Y todo el que vive y cree en Mí, no morirá; es decir, con aquella otra muerte.

Como si le dijera: Puesto que Yo soy la resurrección y la vida, no te turbes aun cuando tu hermano haya muerto, sino cree. Porque esa muerte no es muerte. Por de pronto la ha consolado respecto de lo acaecido y le ha dado esperanzas, ya afirmando que Lázaro resucitará, ya añadiendo: Yo soy la resurrección; ya también insinuando que aun en el caso de que resucite y tenga que morir de nuevo, ningún mal le acontecerá. De modo que, en último término, no es temible esta muerte. Como si le dijera a Marta: Ni Lázaro ha muerto ni vosotras moriréis. ¿Crees esto? Y ella: Yo creo que Tú eres el Cristo, Hijo de Dios, que has venido a este mundo.

Paréceme que la mujer no entendió la palabra de Cristo. Comprendió que algo grande se decía, pero no lo abarcó todo. Por eso, como se le preguntara de una cosa, ella responde de otra. Pero en fin, por de pronto tuvo la ventaja de olvidar su duelo. Tal es la fuerza de las palabras de Cristo. Por eso precedieron las palabras y siguióse la consolación. La benevolencia para con el Maestro no daba lugar a sentir en exceso el suceso presente. De manera que ayudadas de la gracia aquellas mujeres       ya                           discurrían    con                         su                 pensamiento.

Pero actualmente, aparte de otras enfermedades, también ésta se ha apoderado de las mujeres: que en su luto y llanto usan de ostentación; desnudan sus brazos, se arrancan los cabellos, se abren en surcos las mejillas: unas por verdadero dolor y otras por ostentación; y aun otras con ánimo impúdico descubren sus brazos en presencia de los hombres. ¿Qué es lo que haces, oh mujer? En plena plaza vergonzosamente te desnudas, tú que eres miembro de Cristo; y esto en público y entre varones ¿Te arrancas los cabellos, rasgas tus vestidos, lanzas altos alaridos y danzas en derredor del muerto y representas a las antiguas ménades locas y crees           que              así              no                        ofendes      a   Dios?

¿Qué locura es ésta? ¿Acaso no se burlarán los gentiles? ¿No pensarán que todas nuestras verdades son simples fábulas? Porque dirán: No existe la resurrección; los dogmas de los cristianos son ridículos, son engaños fraudulentos. Puesto que entre ellos las mujeres lloran a sus muertos como si tras de esta vida ya nada hubiera, y no hacen caso de sus Libros sagrados. Demuestran ellas que todo eso es pura ficción. Si creyeran de verdad que sus muertos en realidad no han muerto, sino que han sido trasladados a una vida mejor, no los llorarían como si ya no existieran, ni se macerarían en esa forma, ni lanzarían esos gritos llenos de incredulidad, diciendo: Ya no te veré más; no te podré recuperar. De modo que entre los cristianos todo es fábula; y si no creen en lo que constituye lo principal de todos los bienes, sin duda que mucho menos creen en sus demás cosas sagradas y venerandas.

Los gentiles no son todos tan afeminados, sino que hay entre ellos muchos virtuosos. Cierta mujer gentil, como cayera su hijo muerto en una batalla, lo único que preguntó al punto fue cómo quedaba la república. Otro filósofo premiado con una corona, como oyera que un hijo suyo había muerto por la patria, se quitó la corona y preguntó: ¿cuál de los dos? Y en cuanto supo cuál era, se ciñó de nuevo la corona. Muchos gentiles en honor de sus dioses entregaron sus hijos y sus hijas para ser sacrificados. Los espartanos exhortaban a sus hijos a volver de la batalla con sus escudos o ser traídos muertos sobre sus escudos. Me da vergüenza que así piensen y obren los gentiles, mientras que nosotros obramos en forma inconveniente. Los que nada saben de la resurrección proceden como si creyeran en ella; y los que la creen proceden como si la desconocieran.

Muchos hay que por humanos respetos hacen lo que no hacen por Dios. Las mujeres más ricas no se arrancan los cabellos ni desnudan sus brazos, cosa sumamente reprobable, no que no los desnuden, sino que no lo hagan por virtud, sino únicamente para no parecer desvergonzadas. La vergüenza les cohíbe el duelo ¿y el temor de Dios no se lo cohíbe? Pero ¿cómo no ha de ser en extremo reprobable tal cosa? Es pues conveniente que lo que las ricas hacen porque son ricas, lo hagan también por el amor de Dios las que son pobres. Pero ahora todo sucede al revés: aquéllas son virtuosas por vanidad, mientras que estas otras por pusilanimidad proceden en forma inconveniente. ¿Qué será lo peor en esta diferencia?

Todo lo hacemos por respeto humano. Y profieren ellas expresiones colmadas de necedad y ridiculas. Cierto que el Señor dice: Bienaventurados los que lloran, pero es acerca de quienes lloran por sus pecados; pero acá nadie llora con esa clase de llanto ni se cuida de si su alma perece. No es eso lo que se nos ordenó que hiciéramos, pero lo hacemos. Preguntarás: ¿de modo que al hombre no le es lícito llorar? No es eso lo que prohíbo, sino esos golpes y esos llantos descompasados. No soy cruel ni feroz, no soy inhumano. Sé que la naturaleza es vencida y que así lo exige la diaria costumbre. No podemos no llorar. Así nos lo mostró Cristo: lloró a Lázaro. Haz tú lo mismo: llora, pero suave, pero prudentemente, pero con temor de Dios. Si así lloras, no lloras como quien no cree en la resurrección, sino como quien mucho  se                   duele      de        una       separación.

También a quienes se ausentan lejos los lloramos, pero no como quien no tiene esperanza. Llora, pues, también tú, pero como si simplemente enviaras por delante al que se va. No digo esto como quien lo ordena, sino atemperándome a la humana flaqueza. Si el que murió era pecador y había frecuentemente ofendido a Dios, hay que llorarlo por cierto. Más aún, no sólo hay que llorarlo, ya que esto ninguna utilidad le acarrea, sino que debemos poner por obra lo que pueda ayudarle, como son las limosnas y donaciones. Y debemos alegramos de que ya se le haya quitado toda ocasión de pecar. Y si varón justo, debemos alegrarnos de que ya esté seguro y libre de la incertidumbre de su estado futuro. Si es joven, debemos alegrarnos de que prontamente haya sido arrebatado de los males de esta vida; y si anciano, de que haya disfrutado largamente de la vida, que es lo que más suele anhelarse.

Pero tú, haciendo a un lado todas estas cosas, incitas al llanto a las esclavas como si eso fuera un honor para el difunto, cuando en realidad es el colmo del desdoro. Honor del difunto son no los llantos, ni los gritos, sino el canto de los salmos y de los himnos sagrados y sobre todo la vida excelente. Pues ido de acá, morará con los ángeles aunque no tenga funerales. Y quien muere como un malvado, nada lucra con que esté presente en sus exequias la ciudad íntegra.

¿Quieres honrar a tu difunto? Echa mano de otras cosas: limosnas, beneficios, servicios. ¿Qué ganancia proviene de tantos lloros? Pero… yo he sabido de algo más grave: que abundan mujeres que mediante el llanto incitan a sus amantes y con la vehemencia de llantos de esposa se logran fama de amorosas. ¡Oh diabólica invención! ¡Oh satánico artificio! ¿Hasta cuándo seremos tierra y ceniza? ¿Hasta cuándo seremos carne y sangre? ¡Levantemos las miradas al cielo, pensemos en las cosas espirituales! ¿Cómo redargüiremos a los gentiles? ¿Cómo hablaremos con ellos acerca de la resurrección? ¿Cómo acerca de la virtud? ¿Con qué seguridad podemos vivir? ¿Ignoras que de la tristeza se origina la muerte? El dolor ensombrece la mente y no sólo no deja ver las cosas como son, sino que trae consigo otro grave daño. Dolor como ése es ofensa de Dios y con él nada conseguimos ante Dios, ni ayudamos al difunto; mientras que en la forma explicada, agradamos a Dios y nos ensalzan los hombres.

Si no nos entregamos al abatimiento, eso pronto nos quitará las reliquias de la tristeza; pero si nos indignamos, eso nos torna esclavos del dolor. Si damos gracias a Dios no nos doleremos. Dirás: pero ¿cómo es posible que no llore quien ha perdido a su hijo, a su hija o a su esposa? Yo no digo que no se lloren, sino que no se lloren sin tasa. Si pensamos que fue Dios quien nos los quitó, y que al fin y al cabo eran mortales, podremos rápidamente consolarnos. Indignarse por eso es propio de quienes exigen más de lo que da la naturaleza. Has nacido hombre, has nacido mortal: ¿por qué te dueles de lo que naturalmente tenía que suceder?

¿Te dueles acaso de tener que comer para conservar la vida? ¿Acaso exiges vivir sin comer? Pues bien, procede respecto de la muerte del mismo modo, y no busques no morir siendo mortal. Eso es cosa ya determinada. No te duelas, no te maceres, soporta lo que es suerte común estatuida para todos. Duélete de tus pecados: ese es llanto excelente y grande virtud. Llorémoslos continuamente para que alcancemos el gozo en la otra vida, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

HOMILÍA LXIII (LXIII)

Todavía no había llegado Jesús a la aldea, sino que estaba aún en el sitio en donde lo encontró Marta. Los judíos y los demás que estaban con ella, etc. (Jn 11:30-31)

GRAN BIEN es la filosofía; pero la nuestra, no la pagana. Porque la pagana se reduce a fábulas y cuentos; y semejantes fábulas en modo alguno son verdadera filosofía, puesto que todos ellos hacen por alcanzar la gloria vana. De modo que es un gran bien la filosofía que aun para esta vida nos presta utilidad. El que desprecia las riquezas, ya en este mundo recoge el fruto, pues queda libre de cuidados inútiles y superfluos. El que pisotea la gloria vana, recibe ya en esta vida su recompensa, pues de nadie es siervo, sino libre con verdadera libertad. El que anhela las cosas celestiales recibe desde acá su premio, pues estima en nada las cosas presentes y fácilmente supera la tristeza.

Pues bien: aquí tenemos a una mujer que ejercita semejante filosofía y recibe desde luego su recompensa. Mientras todos estaban sentados en torno de ella en duelo y llanto, María no esperó a que el Maestro llegara; y no puso los ojos en la dignidad suya, ni su duelo la contuvo. Porque quienes sufren duelos semejantes suelen andar enfermos de otra enfermedad, consistente en el anhelo de ser honrados por los que se hallan presentes. No procedió así María; sino que apenas oyó que se acercaba Jesús, al punto corrió a su encuentro. Jesús aún no había llegado a la aldea, pues se acercaba despacio para no dar la impresión de que se apresuraba para obrar el milagro, sino que venía porque se le había llamado.

Esto es lo que quiere significar el evangelista cuando dice que María se levantó al punto. O también manifiesta con esto que ella quiso adelantarse a recibir a Jesús. Y salió al encuentro de Cristo no sola, sino con los judíos que estaban en su casa. Por lo demás prudentísimamente le indicó su hermana en secreto la llegada del Maestro, para no perturbar la reunión. Tampoco María declaró el motivo de alejarse, pues muchos tal vez se habrían apartado. En cambio ahora todos acompáñanla como si fuera al sepulcro a llorar; y aun tal vez esto mismo es una prueba           más dela         muerte  real      de        Lázaro.

Y se echó a sus pies. Era más fervorosa que su hermana. No temió a la turba ni las sospechas y opinión que muchos de aquellos judíos tenían de Jesús, puesto que muchos de ellos eran enemigos y decían: El que abrió los ojos del ciego ¿cómo no pudo impedir que éste muriera? Pero María hizo a un lado todas las consideraciones humanas y sólo se cuidó del honor del Maestro. Y ¿qué le dice?: ¡Señor! ¡si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto! ¿Qué le contesta Cristo? Aún no habla con ella ni le dice lo que había dicho a Marta; pues la turba era numerosa y no era el momento oportuno para esos discursos. Sino que se modera y se abaja y declarando tener verdadera naturaleza humana, llora mesuradamente, y mientras va           retardando                                    el                                               milagro.

Grande iba a ser el prodigio y tal como raras veces lo había realizado, y mediante el prodigio muchos habían de creer. Por tal motivo atrae multitud de testigos. Si lo hubiera obrado estando ausente la turba, no lo habrían creído y no les habría aprovechado. Se acomoda, pues, a ellos para no perder aquella pieza de caza. Y demuestra tener naturaleza humana, puesto que llora y se turba. Suele el duelo conmover los afectos humanos. Pero enseguida, desechando semejantes afectos (pues tales los indica la expresión: se estremeció en su espíritu), dominó la turbación y preguntó: ¿En dónde lo habéis colocado? Se dominó para no preguntar llorando. Mas ¿por qué lo pregunta? Para en nada adelantarse El, sino saberlo todo y hacerlo todo a ruegos de ellas, y quitarle así toda duda al milagro. Le dicen: Ven y ve. Y lloró Jesús. ¿Adviertes cómo aún no da indicio alguno de que resucitará al difunto, sino que se acerca no como para llamar a la vida, sino para llorarlo? Así lo significan los judíos, pues decían: ¡Ved cómo lo amaba!

Pero algunos de entre ellos decían: El que abrió los ojos del ciego ¿no pudo impedir que éste muriera? De modo que ni aun en la desgracia reprimían su perversidad. Pero Jesús va a obrar algo más admirable con mucho. Porque es con mucho más admirable llamar a la vida después de la muerte, que alejar la muerte cuando ésta amenaza. De modo que calumnian a Jesús precisamente por lo que debían admirarlo. Sin embargo, confiesan que abrió los ojos del ciego; y cuando convenía quedar estupefactos, lo acusan de no hacer este otro milagro. Ni sólo por aquí se demuestra la perversidad de su ánimo, sino además porque, cuando aún no había llegado al sepulcro ni había procedido a nada, se adelantan a acusarlo, sin esperar a ver cómo termina el suceso. ¿Ves cuán a fondo tenían corrompido su juicio?

Llegó, pues. Jesús al sepulcro; y de nuevo refrenó sus afectos. Mas ¿por qué tan de propósito refiere el evangelista que lloró Jesús una y otra vez y se conmovió y se refrenó? Para que entiendas que verdaderamente se revistió de nuestra carne. Y como claramente había dicho de Él este evangelista muchas cosas y más altas que cualquiera otro de ellos, ahora refiere cosas más humildes que los otros acerca de la naturaleza humana de Jesús. Juan nada refirió de su muerte, ni de que estuvo triste y en agonía, sino que postró por tierra a los que lo iban a aprehender. De modo que lo que de humano en esos pasajes omitió, lo suple ahora aquí refiriendo el llanto de Jesús. Hablando de su muerte Cristo nada humano dice, sino: Tengo potestad para entregar mi vida. Por tal motivo los otros evangelistas refieren muchas cosas muy humanas acerca de Él, probando así la verdad de su encarnación. Lo que Mateo con la agonía, la perturbación, el sudor de sangre persuade, eso mismo lo persuade aquí Juan con el llanto. Si Jesús no hubiera tenido nuestra naturaleza, no lo habría sobrecogido el llanto una y dos veces.

¿Qué hace Jesús? No se defiende de la acusación. ¿Qué necesidad había de refutar con palabras a los que enseguida con obras iba a refutar? Era este modo de proceder menos molesto, y por otra parte podía ponerlos en mayor vergüenza. Les dice: ¡Quitad la losa! ¿Por qué no lo llamó a él y le ordenó levantarse del sepulcro estando ausente? Más aún: ¿por qué no lo resucitó estando aún colocada la losa? Pues quien tenía potestad para levantar con su voz un cuerpo muerto y animarlo de nuevo, más fácilmente con sola su palabra habría podido remover la losa. El que al difunto atado con cintas e impedido lo hizo caminar con sola su palabra, con mucha mayor facilidad habría podido remover la losa. Pero ¿qué digo? Pudo hacer todo eso estando  ausente.                          ¿Por                     qué               no                lo               hizo?

Fue para que los mismos judíos fueran testigos del milagro y no dijeran lo que dijeron en otra ocasión acerca del ciego: Este es, éste no es. Porque ahora las manos mismas y la presencia de Jesús ante el sepulcro daban testimonio de ser Lázaro mismo en persona. Si no hubieran ido los judíos al sepulcro, pensarían luego que se trataba de un fantasma, o que era otro hombre y no el Lázaro que veían. Ahora, en cambio, habiendo venido al sepulcro y removido por sus manos la losa y desatado al muerto de sus ataduras por mandato de Jesús, y habiéndolo reconocido por sus vestidos los amigos que lo habían sacado del sepulcro, y el no haberse apartado las hermanas y el haber dicho una de ellas: Ya huele mal, pues lleva cuatro días, todo ese conjunto era suficiente para cerrar la boca de los testigos perversosque                  quisieran     negar            el         milagro.

Tal fue el motivo de que Jesús ordenara que removieran la losa del sepulcro, demostrando así ser El quien resucitaba a Lázaro. Por igual motivo pregunta: ¿Dónde lo habéis colocado? Para que quienes le contestaron: Ven y ve, y lo condujeron al sepulcro, no pudieran aseverar haber sido otro que Lázaro el resucitado. Y que así la voz y las manos dieran testimonio: la voz diciendo: Ven y ve; las manos removiendo la losa y desatando las cintas. Y también la vista y el oído: éste oyendo aquella voz, y aquélla viéndolo salir del sepulcro. Y además el olfato fuera también testigo, pues percibió el mal olor; y así Marta exclamó: Ya huele mal, pues lleva cuatro días. Por tal motivo razonablemente afirmé que aquella mujer no había comprendido el sentido de la palabra que Cristo le dijo: Aun cuando hubiere muerto vivirá. Mira lo que ahora dice, como si por el largo tiempo la resurrección ya no pudiera verificarse. Y ciertamente era cosa estupenda resucitar un cadáver ya corrompido de cuatro días. A los discípulos les dijo: Para que sea glorificado el Hijo de Dios, hablando de Sí mismo. Pero a la mujer le dice: Verás la gloria    de        Dios,                         refiriéndose   al                      Padre.

¿Observas cómo la diferencia de oyentes es causa de la forma diversa de hablar? A la mujer le trae a la mente lo que a ella le había dicho, como si le arguyera de haberlo ya olvidado. O bien, para no herir a los circunstantes, le dice: ¿No te dije que si creyeres verás la gloria de Dios? De modo que la fe es un bien grande; grande en verdad y origen de muchos otros bienes; hasta el punto de que por ella pueden los hombres llevar a cabo obras divinas en nombre de Dios: Si tuviereis je, les había dicho, diréis a este monte: pásate allá y se trasladará. Y también: El que cree en Mí, las obras que Ya hago las hará también El y aún mayores que éstas. ¿Cuáles son esas obras mayores? Las que luego hicieron los discípulos. La sombra de Pedro resucitó un muerto. Fue porque de ese modo más aún se exaltaba el poder de Cristo. Pues no era tan admirable que El viviendo obrara milagros, como el que, una vez muerto, otros en su nombre pudieran hacerlos mayores.

Eso resultaba un argumento nada dudoso de su resurrección; y tal que si los hombres la hubieran contemplado, no le hubieran dado fe mayor como luego se la dieron. Porque podían haber dicho que se trataba de un fantasma. Pero los que veían que a sólo su nombre se verificaban milagros mayores que aquellos de cuando Él vivía entre los hombres, en absoluto no podían dejar de creer en ella, a no ser que estuvieran enteramente locos. Es pues la fe un bien grande cuando procede de un ánimo fervoroso, un amor grande y un corazón ardiente. Ella es la que nos presenta como verdaderos filósofos; ella es la que nos descubre la humana bajeza; ella, haciendo a un lado los discursos humanos, trata de las cosas del cielo. Más aún: lo que a la humana sabiduría le es imposible alcanzar, ella lo alcanza y abundantemente       lo         rectifica.

Apeguémonos a la fe y no fiemos nuestros intereses a humanos discursos. Pregunto yo: ¿cuál es la causa de que los gentiles no pudieran encontrar nada de la verdad? ¿Acaso no conocían aquella ciencia profana? ¿Por qué no pudieron vencer a unos pescadores y fabricantes de tiendas de campaña? ¿No fue acaso porque aquéllos se apoyaron del todo en la razón, mientras que éstos todo lo referían a la fe? Y así – superaron a Platón y a Pitágoras y a todos los otros que anduvieron vagando de error en error. Vencieron a los astrólogos, a los matemáticos, a los geómetras, a los aritméticos y a todos los instruidos en cualquiera otra disciplina; y los superaron hasta tal punto que ellos aparecen como verdaderos sabios, y los otros como necios y                                                                                                                     delirantes.

Advierte cómo ellos afirmaron ser el alma inmortal; y no sólo lo afirmaron, sino que lo persuadieron; mientras que aquellos sabios al principio ni siquiera sabían qué cosa fuera el alma. Y una vez que lo encontraron y la distinguieron del cuerpo, se dividieron en sus opiniones. Y unos decían ser incorpórea, otros que era un cuerpo que se disolvía y moría. Y luego afirmaron que el cielo era un ser viviente y un dios, mientras los pescadores afirmaban, y así lo persuadían, que era obra y creación de Dios. Pero no es cosa de admirar que los gentiles usen de los naturales raciocinios; pero que quienes parecen ser fieles cristianos se encuentre que son vivientes irracionales, esto sí que es cosa de lamentar. Y por tal motivo también éstos han caído en error, de manera que unos afirman conocer a Dios como El mismo se conoce, cosa que ninguno de los gentiles se atrevió a decir; otros aseveran que Dios no puede engendrar sino mediante las pasiones, y no le conceden mayor perfección que a los hombres; otros aseguran que de nada sirve la vida virtuosa ni las rectas instituciones. Pero el tiempo no nos permite ahora refutarlos.

Que la fe correcta de nada sirva si la vida es pecaminosa, lo declaran Cristo y Pablo, quienes sobre todo cuidaron de la vida virtuosa. Cristo cuando enseña: No todo el que me dice: ¡Señor, Señor entrará en el reino de los cielos! Y también: Muchos en aquel día me dirán: Señor ¿acaso no profetizamos en tu nombre? Entonces yo les diré: No os conozco. Apartaos de mí vosotros, obradores de maldad. Quienes no cuidan de sí mismos fácilmente incurren en la perversidad aun cuando su fe sea correcta. Pablo, escribiendo a los hebreos, les advierte y amonesta: Mirad de alcanzar la paz con todos y la santificación, sin la cual nadie gozará                         del                         favor                         de                         Dios.

Llama santificación a la castidad; de manera que cada cual se contente con su propia esposa y no vaya a otra. Porque quien no se contenta con la suya no puede salvarse; sino que perecerá, aun cuando tenga otras innumerables buenas obras. Es imposible que un fornicario entre en el reino de los cielos; y en aquel caso ya no se trata de simple fornicación, sino de adulterio. Así como la mujer casada si se une a otro que a su esposo comete adulterio, así el varón casado, si se une con otra que su esposa, es adúltero. Semejante hombre no heredará el Reino de los Cielos, sino que caerá en la gehena. Oye lo que de tales hombres dice Cristo: Su gusano no muere y el fuego no se apaga. Porque no tiene perdón eso de que teniendo el consuelo de su esposa, la injurie admitiendo otra mujer.

Si muchos se abstienen del uso de su mujer para ayunar o para entregarse a la oración ¿cuán grande castigo y fuego no echará sobre sí quien, no contento con su esposa, admite a otra mujer? Si a quien ha repudiado a su mujer no le es lícito casarse y unirse con otra, pues sería adulterio, ¿cuán grande no será el pecado de quien teniendo su propia mujer admite a otra? Que nadie permita que semejante enfermedad se apodere de su corazón, sino arránquela de raíz. Al fin y al cabo, con ella más se daña a sí mismo que a su esposa.

Tan grave y tan indigno de perdón es este pecado que si la mujer, contra la voluntad de su marido, aun siendo éste idólatra, se separa de él, Dios la castiga; mientras que si se separa de él por adúltero, no la castiga. ¿Adviertes qué mal tan grave sea este género de pecados? Dice Pablo: Si alguna mujer está casada con un marido no cristiano, y éste se aviene a convivir con ella, no repudie al marido No dice lo mismo acerca de la adúltera, sino ¿qué?: Si alguno repudia a su mujer -a no ser que se trate de concubinarios- la pone en trance de ser adúltera. Puesto que el matrimonio hace de los esposos un solo cuerpo, el que se une a una meretriz se hace un cuerpo con ella. Pero entonces ¿cómo una mujer honesta, que es miembro de Cristo, recibirá a semejante hombre? ¿Cómo unirá consigo a uno que es miembro                          de       una       meretriz?

Observa lo admirable de esto. La que cohabita con el esposo infiel no es impura (pues dice Pablo: Queda santificado el marido infiel en la mujer); pero de la meretriz no dice eso, sino ¿qué?: ¿Profanaré yo los miembros de Cristo y los haré miembros de una meretriz? En el primer caso, habitando el infiel con la fiel, permanece ahí la santidad; pero en el segundo, desaparece. Porque es grave, es muy grave pecado la fornicación y acarrea un suplicio sin término.

Pero aun en esta vida semejante pecado trae consigo infinitos males. Lleva el adúltero una vida miserable, peor que la del ya condenado a la muerte; pues se introduce en una casa ajena a escondidas y temblando; y a todos los tiene por sospechosos, así sean esclavos como libres. Os ruego, en consecuencia, que desterréis esa enfermedad; y si en esto no obedecéis, no penetréis más en los sagrados dinteles. Porque de ningún modo conviene que las ovejas roñosas y enfermas convivan con las que están sanas: ¡es necesario apartarlas del redil hasta que sanen! Somos miembros de Cristo. No nos convirtamos en miembros de una meretriz. No es la iglesia un lupanar, sino un sitio de reunión. Si eres miembro de una meretriz, no te presentes en la iglesia, para que no manches con tu injuria este lugar sagrado. Aun cuando no existiera la gehena ni hubiera castigo alguno, tras de los pactos matrimoniales, tras de las lámparas nupciales, tras del uso correcto del lecho y la procreación de tus hijos, tras de tan íntima convivencia ¿cómo no te avergüenzas?      ¿Cómo              no                   te         ruborizas?

¿Ignoras acaso que quienes, después de muerta su mujer se desposan con otra, son reprendidos por muchos; y esto aun cuando no hayan de sufrir castigo alguno? Y tú, en cambio, ¿viviendo aún tu esposa te introduces a otra? ¿Qué incontinencia es ésta? Aprende lo que de ella se asevera en la Escritura: El gusano de ellos no muere y el fuego no se extingue. Horrorízate de tales amenazas. Teme el castigo. No es tan grande acá el placer como es allá grande el suplicio. ¡Que nadie se haga reo de semejantes penas! Al contrario: ojalá que practicando la pureza, veamos a Cristo y gocemos de los bienes prometidos. Ojalá que todos los consigamos, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, con el cual sea la gloria al Padre juntamente con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

HOMILÍA LXIV (LXIII)

Y Jesús levantando sus ojos al Cielo, dijo: ¡Padre! te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que siempre me atiendes, pero por el pueblo que me rodea he dicho esto, etc. (Jn 11:41-42)

REPETIRÉ ahora lo que muchas veces he dicho: Cristo atiende más a nuestra salvación que a su propia dignidad. No busca decir grandes cosas, sino cosas que puedan acercarnos a Él. Por tal motivo dice pocas cosas grandes y sublimes, y aun éstas sub-oscuramente, mientras que con frecuencia trata en sus discursos de otras humildes y humanas. Como éstas sobre todo atraían a los oyentes, de ellas usó con más frecuencia. Pero tampoco se mantiene en sólo éstas, para no causar daño a los que más tarde creerían en El; aunque tampoco las calla, para no escandalizar a los contemporáneos.

Quienes ya se habían despojado de los pensamientos terrenos, podían por una sola verdad altísima comprender todo lo demás; pero quienes permanecían apegados a lo de acá abajo, si no le hubieran escuchado con frecuencia esas cosas más humanas, nunca se le habrían acercado. Aun así, no permanecen firmes, a pesar de haber oído tantas y tan bellas cosas, sino que lo quieren lapidar y lo persiguen e insultan e intentan darle muerte y lo llaman blasfemo; y cuando habla de su igualdad con Dios, dicen: Este hombre blasfema; y cuando afirma: Tus pecados te son perdonados, lo llaman poseso y endemoniado.

También cuando dijo que quien obedeciera sus palabras será superior a la muerte, aseveraron lo mismo. Y cuando afirmó: Yo estoy en el Padre y el Padre está en Mí, finalmente se le separaron. También se escandalizan cuando asevera haber bajado del Cielo. Ahora bien, si estas afirmaciones, aunque raras veces proferidas, no las soportaban, claro es que con dificultad le hubieran prestado atención si continuamente les hubiera hablado de sublimes misterios. Si les dice: Como me lo ordenó mi Padre, así hablo; y: Yo no he venido de Mí mismo, entonces sí lo creen, como claramente lo dijo el evangelista: Cuando decía estas cosas, muchos creyeron en El. Si pues el hablarles a lo humano los atraía y el hablarles a lo divino los apartaba ¿no sería extrema locura pensar que eso humano no fue una obra de acomodarse a la capacidad del auditorio? Así, en otra ocasión, cuando quería decir algo sublime, calló y declaró la causa de callar diciendo: Para que no los escandalicemos,    echa     tu         anzueloal                                         mar.

Ahora bien, esto es exactamente lo que aquí hace. Puesto que una vez que dijo: Yo ya sabía que siempre me atiendes, añadió: Pero lo he dicho por la turba que me rodea, para que crean. ¿Es acaso esto opinión mía? ¿Se trata de una conjetura humana? Cuando alguno no se deja persuadir ni porque, como está escrito, ellos se escandalizan si se les hablaba de cosas sublimes, éste tal, oyendo a Cristo afirmar que habla de cosas más bajas y humanas para no escandalizar ¿cómo va a sospechar que Cristo habla conforme a la naturaleza de la encarnación y no por un cierto atemperarse a sus oyentes? Así cuando vino aquella voz de lo alto, dijo El: No ha venido por Mí esta voz, sino por vosotros

Ahora bien: al que es grande se le permite decir de sí cosas más humildes; pero al que es de baja condición no se le tolera decir cosas altas y grandes de sí mismo. Porque aquello primero corresponde a un cierto modo de atemperarse y acomodarse a la debilidad de los oyentes y, más aún, proviene de un cierto ejercicio de humildad. En Cristo, eso tiene lugar para que todos vean que realmente se revistió de nuestra carne, y para enseñar a sus oyentes que jamás se han de decir de sí mismo cosas grandes; y además, porque se le creía contrario a Dios y no se le creía venido de Dios y sospechaban que traspasaba la Ley y porque lo envidiaban y lo odiaban, pues decía ser igual a Dios. En cambio, para que quien es de baja clase hable de sí cosas grandes, no puede haber motivo razonable, sino que todo se achacará a su ignorancia, a su impudencia y a una audacia que no tiene perdón.

En resumen: ¿por qué habla de Sí cosas humildes y humanas el que es de aquella sublime e inefable substancia? Pues por los motivos que ya expusimos y también para que no se le creyera Ingénito. Parece que Pablo temía eso mismo, por lo cual dice: Excepto aquel que le sometió todas las cosas Pues el solo pensarlo sería una impiedad. Si fuera menor que el Padre y de otra substancia ¿acaso no habría hecho cuanto hubiera podido para quitar la opinión contraria? Ahora, en cambio, hace todo lo contrario; y dice: Si no hago las obras de aquel que me envió no me creáis A Y cuando dice: Yo estoy en el Padre y el Padre está en Mí nos declara la igualdad de ambos. En cambio, si fuera menor, habría convenido apartar firmemente semejante opinión y nunca afirmar: El Padre está en Mí y Yo en el Padre; ni tampoco: Somos una misma cosa; ni: El que me ve a Mí ve a mi Padre.

Pero sucede todo al revés. Porque tratándose del poder decía: Yo y el Padre somos una misma cosa; y tratándose de la facultad de hacer algo, decía: Pues así como el Padre resucita los muertos y les da la vida, así el Hijo da la vida a los que quiere. Cosas todas que no podría hacer si fuera de otra substancia. Y en caso de que las pudiera hacer, no debía decirlo para que no pensaran que El y el Padre eran una sola substancia y la misma. Si con el objeto de que no piensen ser El adversario de Dios dice a veces aun cosas que como Dios no le convienen, mucho más conveniente era que en este otro caso procediera así.

Mas, por el contrario, cuando dice: Para que honren al Hijo como honran al Padre; y cuando afirma: Las obras que El hace también igualmente las hago Yo; y cuando asevera ser El la resurrección y la vida y que es luz del mundo, todas esas expresiones son propias de quien se iguala con el Padre y confirman la opinión que en ese sentido se tenía de Él. ¿Has observado en qué forma se defiende cuando lo acusan de traspasar la Ley, mientras que la creencia de ser El igual al Padre no sólo no la combate, sino que la confirma y afianza? Así por ejemplo, cuando los judíos le dicen: Blasfemas y te haces a ti mismo Dios, Él lo confirma y prueba con la igualdad                       de                las             obras         con       el         Padre.

Pero ¿qué digo del Hijo? También el Padre, que no se revistió de carne, procede del mismo modo. Porque también El toleró que se dijeran de El muchas cosas a lo humano, para la salvación de los oyentes. Aquella voz: ¡Adán! ¿en dónde estás?; y aquella otra: Para saber si realmente han obrado conforme al clamor que ha llegado hasta Mí; y también: Ahora conozco que temes a Dios; y luego: A ver si acaso escuchan; y: ¡Quién hiciera que siempre fuera así el corazón de este pueblo!, y además: No hay dioses iguales a tu Señor; y muchas otras expresiones que pueden reunirse del Antiguo Testamento parecen indignas de la majestad de Dios. Así acerca de Acab se escribe: ¿Quién me engañará a Acab? El ponerse Dios en comparación con los dioses gentiles y declararse superior a ellos es cosa indigna de su Majestad, por una parte; pero por otra parte todas esas expresiones son muy dignas. Porque demuestran ser tan grande su benignidad, que por nuestra salvación no se desdeña de expresiones menos convenientes a su altísima dignidad.

Por lo que mira a Cristo, el haberse hecho hombre y haber tomado forma de siervo y usar de expresiones más humildes y humanas y usar viles vestidos, cosas son indignas si se atiende a su majestad; pero muy dignas de El si se atiende a su bondad y a las inefables riquezas de su benignidad. Pero hay otro motivo para semejantes expresiones. ¿Cuál es? Que al Padre los judíos lo conocían y confesaban, pero a Él no lo conocían. Por eso con frecuencia recurre al Padre, pues éste sí les era bien conocido, como si El mismo no fuera digno de fe aún, no precisamente por lo que Él era, sino a causa de la necedad y debilidad de los oyentes.

Tal es el motivo de que niegue y diga: ¡Padre! te doy gracias porque me has escuchado. Pero si El da la vida a quienes quiere y lo hace al igual que el Padre ¿por qué ora?… Tiempo es ya de venir a la explicación de este pasaje. Quitaron, pues, la losa del sepulcro en donde yacía el cadáver. Y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: ¡Padre! te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que siempre me atiendes, pero lo he dicho por el pueblo que me rodea, a fin de que crean     que       Tú        me            has       enviado.

Preguntemos a un hereje: ¿Acaso Jesús resucitó al muerto por haber alcanzado gracia con sus ruegos? Si fue así, entonces ¿cómo obró otros milagros sin necesidad de oraciones, como cuando imperó diciendo: ¡Demonio! ¡a ti te ordeno! ¡sal de éUfi y también: Toma tu lecho y vete;9 y: Quiero, sé limpio; y: Tus pecados te son perdonados; y al mar: ¡Calla, enmudece!? Si necesita de súplicas para obrar los milagros ¿qué más tiene que los apóstoles? Pero aun los apóstoles no siempre obraban los prodigios con súplicas, sino que, sin rogar, simplemente usaban del nombre de Jesús. Y si su solo nombre tan gran poder tenía ¿por qué El necesita de oraciones? Si hubiera necesitado de súplicas, su nombre no habría tenido tan gran poder.

Y cuando creó al hombre ¿de qué súplicas echó mano? ¿Acaso había o no ahí una plena igualdad?: Hagamos al hombre. ¿Quién sería más débil que El si hubiera necesitado rogar? Pero consideremos ya el ruego que usa: ¡padre! te doy gracias porque me has escuchado. ¿Quién jamás ha orado en esa forma? Antes que otra cosa alguna, comienza diciendo: Te doy gracias, con lo que demuestra que no necesita rogar. Ya sabía yo que siempre me atiendes. Dijo esto no porque le faltara poder, sino indicando la unidad de voluntades.

Pero entonces ¿por qué usó esa forma de quien suplica? Oye no a mí, sino a Él, que dice: Por la turba que me rodea, para que crean que Tú me has enviado. No dijo: Para que sepan que soy menor que Tú y que necesito del favor de allá arriba y que sin oración nada puedo hacer; sino: Para que crean que Tú me has enviado. Todo esto significa su oración si la tomamos así sencillamente. No dijo: Me has enviado débil, consciente de que soy tu siervo y que de Mí nada puedo; sino que dejando a un lado todo eso, para que nada sospeches de esa inferioridad, expresa el motivo verdadero de su oración. Como si dijera: Para que no se me tenga como adversario de Dios; para que no digan: Este hombre no viene de Dios; para declarar que todo se ha hecho conforme a la voluntad del Padre. Si yo fuera contrario a Dios, la obra no          sehabría   llevado  a          cabo.

La expresión: Me has escuchado, es frecuente entre amigos e iguales. Ya sabía Yo que siempre me atiendes. Como si dijera: Para hacer mi voluntad no necesito rogar; pero lo digo así para que se persuadan de que Tú y Yo, Padre, no tenemos sino una sola voluntad. Entonces ¿por qué suplicas? En bien de los más rudos. Y dicho esto, clamó con fuerte voz. ¿Por qué no dijo: ¡En el nombre de mi Padre, ven afuera!; por qué no dijo: ¡Padre, resucítalo! sino que, omitiendo todo eso y tomando la actitud de quien suplica, enseguida con el milagro mismo demuestra su propia autoridad? Porque es propio de su sabiduría demostrar humildad en sus palabras y poder en sus obras. Como no podían acusarlo sino diciendo que no venía de Dios, y así engañaban a la multitud, con sus palabras demuestra abundantemente que sí viene de Dios, pero lo hace en el modo que lo pedía la rudeza                                            de                                  los                                  oyentes.

Podía haber demostrado su concordia con el Padre de otro modo, manteniendo su dignidad; pero la turba no podía levantarse tan alto. Dijo, pues: ¡Lázaro! ¡Ven afuera! Se realiza lo que había predicho: Llega la hora en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios y los que la escuchen vivirán. Para que no pienses que su poder le viene de otro, de antemano te lo avisó, y ahora con las obras lo comprueba. Y no dijo: ¡Resucita!, sino: ¡Ven afuera! hablando al muerto como si estuviera vivo. ¿Qué podrá compararse con este poder? Y si esto no lo hizo por propio poder ¿en qué es superior a los apóstoles que dicen: Por qué os fijáis en nosotros, como si con nuestro poder hubiéramos hecho andar a éste? 11 Si Jesús no procedía por propio poder ¿por qué no añadió lo que los apóstoles afirmaban de sí mismos? Habrían ellos demostrado mayor virtud y sabiduría que Jesús, pues rechazaban la vana gloria. En otra ocasión ellos exclamaron: ¡Varones! ¿por qué hacéis esto? Nosotros somos hombres lo mismo que vosotros ¿O es que los apóstoles, que no obraban por propio poder, se expresaron así para persuadirlo a los demás; mientras que Jesús, si eso hubiera pensado de Sí mismo, no habría combatido la opinión de los que lo tuvieran como Dios, salvo el caso de haber hecho el milagro por propio poder? Pero ¿quién se atreverá a decir tal cosa?

Cristo se expresa de otra manera y dice: Lo he dicho por la turba que me rodea, para que crean. De modo que si la turba ya hubiera creído, no había necesidad de rogar. Pero por otra parte, si no era indigno suyo el rogar, ¿por qué había de achacarles la causa a otros? ¿Por qué no dijo: Para que crean que no soy igual a Ti? Porque era lo propio, dada aquella opinión, hacer esta declaración. Cuando se pensaba que El traspasaba la Ley, aunque ellos nada decían, El profirió su sentencia: No penséis que he venido a abrogar la Ley, mientras que acá al revés, confirma la opinión de su igualdad con el Padre.

En una palabra: ¿qué necesidad había de rodeos ni de enigmas? Bastaba con que hubiera dicho: No soy igual al Padre, y el negocio estaba concluido. Objetarás: pero ¿acaso no dijo: Yo no hago mi voluntad? Sí, pero lo dijo hablando oscuramente a causa de la rudeza de los oyentes; que fue el mismo motivo de rogar acá en nuestro caso. Y ¿qué significa: Porque me escuchaste? Es como si dijera: nada hay contrario entre Tú y Yo. De modo que así como la expresión: Me has escuchado no significa que El no tuviera poder -pues si esto fuera así no habría únicamente impotencia, sino además ignorancia, ya que supondría que antes de la súplica ignoraba El si Dios lo escucharía; y si lo ignoraba ¿cómo pudo decir: Voy a despertarlo y no dijo: Voy para rogar a mi Padre que lo resucite?-, de modo que, repito, así como aquella expresión no denota debilidad, sino concordia, así acá significa lo mismo: Siempre me atiendes. O este es el sentido, o habría que decir que se expresó así a causa de lo que la turba pensaba.

Pero si ni ignoraba ni era impotente, queda en claro que pronunció semejantes palabras por humildad, para que a lo menos por la hipérbole y exceso de humillación te veas obligado a creer y confesar que no habló conforme a su dignidad divina, sino conformándose con la opinión de los oyentes. Pero ¿qué oponen los enemigos de la verdad? No fue por causa de los oyentes, sino para mostrar que sobresalía en excelencia, por lo que dijo: Me has escuchado. Más esto no habría sido mostrar excelencia, sino obrar con excesivo abajamiento; y declarar que no era otra cosa sino simplemente hombre. Puesto que suplicar no es propio de Dios, ni de quien se asienta en el mismo trono de Dios.

¿Adviertes, pues, cómo no hubo otro motivo de proceder en esa forma, sino la incredulidad de las turbas? Observa ahora cómo el hecho mismo da testimonio de su poder. Llamó al muerto y éste ese presentó ligado aún. Enseguida, para que no se creyera ser un fantasma, pues presentarse así ligado parecía no menos admirable que resucitar, Ordenó que lo desataran, para que llegándose a él lo palparan y se convencieran de que era el mismísimo Lázaro. Y añadió: Dejadlo caminar. ¿Observas cuán ajeno está del fausto? No lo lleva consigo; no le ordena seguirlo, para no parecer que hace ostentación: ¡tan grande modestia practicaba!

Un milagro tan estupendo, unos lo admiraban; otros fueron a referirlo a los fariseos. ¿Qué hacen éstos? Debiendo admirarse y quedar estupefactos, entran en consulta para ver cómo darán muerte al que Jesús había resucitado. ¡Oh necedad! Al que en cuerpos ajenos había superado la muerte, pensaban que lo entregarían a la muerte; y decían: ¿Qué hacemos? Porque este hombre hace muchos milagros. Lo llaman hombre todavía, tras de haber recibido tan gran demostración de su divinidad. ¿Qué hacemos? Lo que debía hacerse era creer en El, reverenciarlo, adorarlo y no tenerlo en adelante por simple hombre. Si lo dejamos así suelto todos van a creer en él. Y vendrán los romanos y destruirán nuestro pueblo y nuestra ciudad. ¿Qué es pues lo que piensan hacer? Quieren concitar al pueblo, como si estuviera en peligro por la tiranía que prevén. Como si dijeran: Si los romanos saben que éste trae y lleva a las turbas, nos tendrán como sospechosos, y vendrán y     destruirán         nuestra            ciudad.

Pero yo pregunto: ¿Por qué así? ¿Acaso El predicaba la revuelta? ¿No ordenaba que se pagara el tributo al César? ¿Acaso no huyó cuando lo querían proclamar rey? ¿Acaso no llevaba una vida humilde y sin fausto, sin casa y sin las otras comodidades? Es que decían ellos semejante cosa no temerosos sino envidiosos. Y les aconteció lo que menos esperaban: los romanos dominaron la nación y capturaron la ciudad precisamente porque ellos dieron muerte a Cristo. Los hechos de Cristo estaban exentos de toda sospecha. Quien curaba a los enfermos y ordenaba obedecer a las autoridades, en realidad no ansiaba otra cosa sino combatir la tiranía. Pero ellos objetan: lo deducimos por los casos anteriores. Mas aquellos otros proclamaban la rebelión; Jesús, al contrario. ¿Ves cómo lo que dicen no es sino una simulación? ¿En qué se parecía Cristo a los anteriores caudillos? ¿Iba rodeado de guardias? ¿Llevaba carros de guerra? ¿Acaso no buscaba los desiertos? Pero ellos, para no parecer que hablaban movidos por una enfermedad de su alma, dicen que la ciudad entera peligra y que se ponen asechanzas a toda la nación         y          que                             temen            lo                      peor.

¡No fue esa la causa de que os pusierais en actividad! Lo contrario de eso fue lo que originó la actual cautividad y también antiguamente la babilónica y la del tiempo de Antioco. No sobrevinieron porque hubiera entre vosotros adoradores de Dios, sino porque había impíos que irritaban a Dios: eso fue lo que os perdió. Pero a esa enfermedad se le da el nombre de envidia: enfermedad que una vez cegado el entendimiento, ya nada deja ver que honorable y decoroso sea. ¿Acaso no enseñó Cristo que debíamos ser mansos? ¿No dijo que heridos en la mejilla derecha presentáramos la otra? ¿No enseñó que debíamos soportar las injurias? ¿No ordenó que tuviéramos más empeño en padecer los males que otros lo tienen en causarlos? Pero todo esto ¿es propio de quien anhela la tiranía? ¿No lo es más bien dequien                             la        combate?

Pero, como ya dije, grave cosa es la envidia y anda llena de disimulo. Ella ha colmado de males sin cuento al universo. Por su causa andan repletos los tribunales de gentes sujetas a juicio. De ella nacen el amor al dinero y la vanagloria, el ansia de los principados y la soberbia. Por ella están infestados los caminos y los mares de ladrones y de piratas. De ella nacen en el mundo las matanzas y anda el género humano destrozado. De ella se originan cuantos males ves. Ella se ha introducido en las iglesias. Ella desde hace ya mucho tiempo dio origen a males infinitos. Ella metió por todas partes la codicia de riquezas, y todo lo revuelve, y corrompe la justicia; pues dice la Escritura: Presentes y regalos ciegan los ojos de los sabios; como bozal en la boca ahogan los reproches.

La envidia convierte a los libres en esclavos. De ella predicamos diariamente, pero sin provecho. Nos tornamos peores que las fieras, robamos los bienes de los pupilos, despojamos a las viudas, injuriamos y dañamos a los pobres y añadimos lamentos a lamentos. ¡Ay de mí que han desaparecido los varones píos de la tierra! 15 No nos queda sino llorar y repetir cada día los mismos consejos y avisos. Sólo nos queda verter lágrimas. Así lo hizo Cristo. Tras de haber hecho muchas advertencias a Jerusalén, pero no haber éstas aprovechado en nada a los judíos, lloró su ceguedad. Esto hicieron los profetas y esto hacemos ahora nosotros. Tiempo es de lágrimas, de gemidos, de llantos. Oportuno es decir: Llamad a las plañideras y mandad por las más hábiles, y entonen una lamentación.” Quizá de este modo podamos apartar enfermedad semejante, de aquellos que construyen soberbias mansiones y se proporcionan campos que son fruto de rapiñas.

¡Tiempo es de llorar! Pero llorad conmigo vosotros los que habéis sido despojados, los que habéis sufrido el daño: juntad mis lágrimas a vuestro duelo. Pero… ¡no! ¡Lloremos mejor a esos otros! No os causaron daño a vosotros, sino a sí mismos se destruyeron. Porque vosotros, en recompensa de la injusticia que os hicieron, recibiréis el Reino de los Cielos; pero para ellos su recompensa será la gehena. Mejor es sufrir daño que causarlo. Lloremos, pero no con llanto humano, sino tomado de la Escritura: llanto con que los profetas se dolieron. Lloremos amargamente con Jeremías y digamos: ¡Ay de vosotros los que juntáis casa con casa y anexionáis campo a campo hasta ocupar todo el sitio y quedaros solos en medio del país! ¡Han de quedar desiertas muchas casas, grandes y hermosas, pero sin habitadores! Lloremos con Nahún y digamos con él: ¡Ay del que edifica su casa sin justicia! O mejor aún llorémoslos como lo hizo Cristo con los judíos, y digamos: ¡Ay de vosotros, ricos, pues ya tenéis acá vuestra recompensa y consuelo! No cesemos de llorar de esta manera; y si no es indecoroso, lloremos también          la                            tibieza        de                      nuestros      hermanos.

No lloremos al que ya murió, sino al ladrón, al avaro, al codicioso de riquezas, al insaciable. ¿Por qué llorar sin fruto a los que ya murieron? Quizá mientras nosotros los lloramos ellos ríen. Pero también esto es digno de llanto, pues ríen de lo que debieran llorar. Si con nuestro llanto esos envidiosos se conmovieran, bueno sería dejar de llorar, pues con nuestro llanto estarían ya en camino de salvación y de enmienda. Pero como yacen en tierra postrados, sin conmoverse, persistamos nosotros en nuestro duelo y lloremos no sólo a los ricos, sino además a los que codician    las                 riquezas,      a          los        avaros.

No son malas las riquezas, puesto que podemos y conviene que las usemos para bien de los necesitados; pero la avaricia es un mal que engendra tormentos eternos. Lloremos, pues. Quizá se logre alguna enmienda. Si no se libran los que ya cayeron en mal semejante, quizá haya otros que cuiden de no caer en él. Haga el Señor que se libren de semejante enfermedad y que ninguno de nosotros caiga en ella; para que todos juntos consigamos los bienes prometidos, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Extrato del libro “Homilías sobre el Evangelio según San Juan” por San Juan Crisóstomo, editorial Ciudad Nueva.

 

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