Una respuesta a una buena disposición con respecto a la Iglesia Latina

 

Staretz ambrose

 

 

Sobre la injusta jactancia de los papistas con relación a la dignidad imaginaria de su Iglesia

 

Esta carta fue escrita por San Ambrosio de Optina en un tiempo en el que la clase educada de Rusia leía más sobre religión en francés que en su ruso nativo. Las relaciones con personas de otras confesiones a menudo causaban en la gente duda sobre su propia fe ortodoxa. La carta no es menos útil hoy para aquellos que se debaten entre la diferencia entre la Iglesia Católica Romana y la Iglesia Ortodoxa.

 

 

En vano se maravillan algunos ortodoxos de la propaganda actual de la Iglesia de Roma, y el desinterés fingido y la actividad de los misioneros latinos, así como el celo de las hermanas de la misericordia y erróneamente atribuyen a la Iglesia latina tal importancia, como si por su apostasía de la Iglesia Ortodoxa, tuviera necesidad de buscar la unificación con ella. Con un riguroso examen, esta opinión prueba ser falsa, y la enérgica actividad latina no solo no provoca sorpresa, sino que, por el contrario, provoca una profunda tristeza en los corazones de las personas bien pensantes que entienden la verdad.

 

La Iglesia Ortodoxa de Oriente, desde los tiempos apostólicos hasta ahora,  observa sin cambio y sin incorrupción por las innovaciones tanto el Evangelio como las enseñanzas apostólicas, así como la Tradición de los Santos Padres y las resoluciones de los concilios ecuménicos, en los que, hombres portadores de Dios, habiéndose reunido de todas las partes del mundo, en una forma conciliar compusieron el divino Símbolo de la Fe Ortodoxa (el Credo), y después de haberlo proclamado en alta voz al universo entero, en perfecto y cabal sentido, prohibieron bajo pena de terribles castigos cualquier añadido que se le hiciera, cualquier abreviación, alteración o cambio de cualquier letra de ella. La Iglesia Romana hace tiempo que acudió a la herejía y a la innovación. Ya con San Basilio el Grande, algunos obispos de Roma fueron condenados por él en su carta a Eusebio de Samosata, el cual decía: “No saben y no quieren saber la verdad, sino que discuten con los que les proclaman la verdad, reafirmando su herejía”.

 

El apóstol Pablo nos exhorta a separarnos de los perjudicados por la herejía y a no unirnos con ellos, diciendo: “Al hombre sectario, después de una y otra amonestación, rehúyelo, sabiendo que el tal se ha pervertido y peca, condenándose por su propia sentencia” (Tito 3:10-11). La Iglesia Católica (universal) Ortodoxa, no solamente dos veces, sino multitud de veces, intentó razonar con la iglesia romana loca, pero, a pesar de todos los intentos por convencerla, esta se mantuvo constante en su manera errónea de pensar y obrar.

Ya en el siglo VII, fue concebida en la Iglesia de Occidente la falsa filosofía de que el Espíritu Santo procede del Hijo. Al principio, algunos papas se alzaron contra este nuevo razonamiento, al que calificaron de herejía. El papa Dámaso proclamó en una resolución conciliar: “El que opine rectamente sobre el Padre y el Hijo pero impropiamente sobre el Espíritu Santo es un hereje” (Encíclica 5). Otros papas, como León II y Juan VIII, también afirmaron lo mismo. Pero muchos de sus sucesores, habiendo sido arrastrados por derechos de dominio y encontrando muchos beneficios mundanos para sí mismos en esto, se atrevieron a modificar el dogma ortodoxo sobre la procesión del Espíritu Santo, contrario a las decisiones del Séptimo Concilio Ecuménico, y también contrario a las claras palabras del mismo Señor en el Evangelio: “Cuando venga el Intercesor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de Mí” (Juan 15:26).

 

Pero así como un error, que no se considera error, siempre arrastra a otro en su camino, y un mal engendra otro, así sucedió lo mismo con la Iglesia de Roma. Esta incorrecta filosofía de que el Espíritu Santo procede también del Hijo, habiendo apenas aparecido en Occidente, a continuación dio a luz otras filosofías similares, e instituyó poco a poco otras novedades, en su mayor parte contrarias a los mandamientos del Salvador expuestos con claridad en el Evangelio, tales como la aspersión en vez de la inmersión en el misterio del Bautismo, la exclusión de los laicos del Cáliz divino y el uso de pan sin levadura en lugar de pan con levadura en la Eucaristía, y la exclusión en la Divina Liturgia en la invocación del Santísimo, Vivificador y Obrador Espíritu. También se introdujeron novedades que violaban los antiguos ritos apostólicos de la Iglesia, tales como la exclusión de los niños bautizados en la Crismación y recepción de los Santísimos Misterios, la exclusión de los hombres casados al sacerdocio, la declaración del papa como infalible y como la única voz de Cristo. En este sentido, se anuló por completo el antiguo oficio apostólico que lleva a cabo casi todos los misterios y las instituciones eclesiásticas, oficio que antes había sido preservado por la antigua y santa Iglesia Ortodoxa de Roma, siendo en aquel tiempo el miembro más honrado de la Santa Iglesia Católica y Apostólica (Encíclica 5, ítem 12).

 

Sin embargo, la principal herejía de la Iglesia de Roma no está en la forma, sino en la acción, no en el dogma prefabricado de la supremacía, o más bien, en la orgullosa lucha por el dominio de los obispos de Roma sobre los otros cuatro patriarcas orientales. Por el bien de este dominio, los partidarios de la Iglesia Romana situaron al papa por encima de los cánones y los fundamentos de los Concilios Ecuménicos, creyendo en su infalibilidad. Pero la historia da testimonio veraz en cuanto a lo que es la infalibilidad papal. Sobre el papa Juan XXIII, se estableció la decisión del Concilio de Constanza que deponía a este papa: “Ha sido probado que el Papa Juan es un pecador empedernido e incorregible, y era y es un hombre inicuo, acusado justamente de homicida, envenenador y otra serie de crímenes, un hombre que a menudo, y persistentemente, ante varios dignatarios clamó y argumentó que el alma humana muere y se consume junto con el cuerpo humano, igual que las almas de los animales, y que la voluntad muerta de ninguna manera resucita en el último día”. Los actos ilegales del papa Alejandro VI y sus hijos fueron tan monstruosos que, en opinión de sus contemporáneos, este papa estaba tratando de establecer el reino del maligno en la tierra, y no el Reino de Dios. El papa Julio II se deleitaba con la sangre de los cristianos, armando constantemente, para sus propios fines, una nación cristiana en contra de otra (Conversación Espiritual, nº 41, 1858). Hay otros muchos ejemplos que testifican las grandes caídas y falibilidades de los papas, pero no hay tiempo para hablar ahora de ellos. Con tal evidencia histórica de deterioro a través de la herejía y la caída de sus papas, ¿es una garantía para los papistas la gloria de la falsa dignidad de la Iglesia Romana? ¿Es justo que deba rebajarse a la Iglesia Ortodoxa de Oriente, cuya infalibilidad no se basa en un solo representante, sino en el Evangelio y en las enseñanzas apostólicas, los cánones y las decisiones de los Siete Concilios Ecuménicos y los Nueve Locales? En estos concilios fueron hombres inspirados por el Dios Santo, reunidos de todas partes del mundo cristiano, los que establecieron todo lo relativo a los requisitos y necesidades espirituales de la Iglesia, de acuerdo con las Sagradas Escrituras. Por lo tanto, ¿se comportan los papistas lógicamente cuando, en aras de objetivos mundanos, colocan a la persona de su papa por encima de los cánones de los Concilios Ecuménicos, considerando al papa como mucho más infalible?.

 

Por todas estas razones expuestas, la Iglesia Católica de Oriente rompió su comunión con la Iglesia local de Roma, que se había alejado de la verdad y de los cánones de la Iglesia Católica Ortodoxa. Así como los obispos romanos habían comenzado con soberbia, también terminaban con soberbia. Intensificaron sus argumentos que alegaban que la Iglesia Católica Ortodoxia se había apartado supuestamente de su Iglesia local. Pero esto es incorrecto y hasta ridículo. La verdad da testimonio de que la Iglesia de Roma se había apartado de la Iglesia Ortodoxa. Aunque en aras a la imaginaria rectitud papista se promoviera la idea de que en el momento de la unión con la Iglesia Católica Ortodoxa, su patriarca fuera el primero y principal entre los cinco patriarcas, esto, ciertamente, fue solo por el bien del Imperio Romano, y no a causa de ningún mérito espiritual o autoritario sobre los demás patriarcas. Es un error que se llamara a su Iglesia como “católica”, es decir, universal. Una parte no puede ser llamada el todo; la Iglesia de Roma, antes de su separación de la Ortodoxia, comprendía solo una quinta parte de la única Iglesia Católica. Especialmente, desde que rechazó las decisiones de los Concilios Ecuménicos, la Iglesia de Roma no debería ser llamada católica, como continúa siendo en su incorrecta teoría.

 

Para algunos, la enorme cantidad y extensa distribución de partidarios de la Iglesia latina es llamativa; luego, ¿aquellos que desconfiadamente comprenden la verdad intencionada no tendrían razón en que la Iglesia Latina sea llamada ecuménica o católica? Pero esta visión es extremadamente errónea, porque en ningún lugar de la Escritura existen derechos espirituales especiales adscritos al gran número y la gran cantidad. El Señor claramente mostró que la señal de la verdadera Iglesia Católica no consiste en el gran número y la cantidad cuando dijo en el Evangelio: “No tengas temor, pequeño rebaño mío, porque plugo a vuestro Padre daros el Reino” (Lucas 12:32). Hay otro ejemplo en la Sagrada Escritura que no favorece a la cantidad. A la muerte de Salomón, el reino de Israel fue dividido en presencia de su hijo, y la Escritura presenta diez tribus como si se hubieran separado, mientras que dos, habiendo permanecido fieles a su deber, no se separaron. Así, la iglesia latina en vano intenta probar su corrección por su multitud, cantidad, o extensa distribución.

 

En los Concilios Ecuménicos, fue diseñada por los Santos Padres una indicación completamente diferente de la Iglesia Ecuménica, es decir, determinada por el concilio: creer en la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica, y no simplemente como una iglesia universal o presente en todas partes. Aunque la Iglesia de Roma tiene seguidores en todas partes del mundo, como no mantuvo inviolados los decretos católicos y apostólicos, sino que se desvió hacia la innovación y la filosofía incorrecta, ya no pertenece para nada a la Iglesia Una, Santa y Apostólica.

 

Los bien dispuestos hacia los latinos también razonan de forma extremadamente errónea que, en primer lugar, tras la apostasía de Occidente de la Ortodoxia, es como si algo se hiciera insuficiente en la Iglesia Católica. Esta insuficiencia fue reemplazada tiempo atrás por la Sabia Providencia, siendo la base en el Norte de la Iglesia Ortodoxa de Rusia. En segundo lugar, piensan que, supuestamente, en aras de la previa antigüedad y tamaño de la Iglesia de Roma, la Iglesia Ortodoxa necesitaba la unión con ella. Sin embargo, hablamos no de juicios humanos, sino del juicio de Dios. El apóstol Pablo claramente dice: “¿O en qué coinciden la luz y las tinieblas?” (2ª Corintios 6:14), es decir, la luz de la verdad de Cristo nunca puede ser combinada con la oscuridad de la herejía. Los latinos no quieren abandonar su herejía, y persisten, como lo testifican las palabras de San Basilio el Grande habiéndolo demostrado ellos durante tantos siglos: “No saben y no quieren saber la verdad, sino que discuten con los que les proclaman la verdad, reafirmando su herejía”, como se ha indicado anteriormente.

 

En lugar de entretenerse con los pensamientos mencionados antes, los que apoyan a los latinos harían mejor en pensar lo que se dice en los salmos: “Aborrecí la sociedad de los malvados, y con los impíos no tuve comunicación” (Salmos 25:5), y compadecer aquellos que, por el dominio y la avaricia y otros objetivos y ventajas mundanas, escandalizaron a casi todo el mundo por la Inquisición y las astutas intrigas de los Jesuitas, e incluso ahora ultrajan y abusan de los ortodoxos en Turquía por medio de sus misioneros. Los misioneros latinos no se preocupan en convertir a la fe cristiana a los turcos, sino que se esfuerzan por desviar del verdadero camino a los ortodoxos griegos y búlgaros, usando en sus propósitos toda clase de medios y sistemas desagradables. ¿No es esto astucia, y no es maliciosa esa astucia? ¿Sería prudente buscar la unidad con tal pueblo? Por la misma razón, ¿debería alguien sorprenderse por la diligencia y el fingido desinterés de tales personajes, es decir, de los misioneros latinos y las hermanas de la misericordia? Son ascetas francamente lamentables. Se esfuerzan por convertir y llevar a la gente, no a Cristo, sino a su papa.

 

¿Qué podríamos decir en respuesta a estas preguntas: puede ser la Iglesia latina y otras religiones ser llamadas el Nuevo Israel y el arca de la salvación? ¿Y cómo puede alguien entender la Eucaristía de esta Iglesia de Roma? Solo la Iglesia de los verdaderos creyentes, a salvo de las herejías heréticas, pueden ser llamados el Nuevo Israel. El Santo Apóstol San Juan el Teólogo dice: “De entre nosotros han salido, mas no eran de los nuestros, pues si de los nuestros fueran, habrían permanecido con nosotros. Pero es para que se vea claro que no todos son de los nuestros” (1ª Juan 2:19). Y San Pablo dice: “Uno el Señor, una la fe” (Efesios 4:5), es decir, una es la verdadera fe, y no cualquier creencia es buena; y sobre los que se han separado a sí mismos de la única y verdadera Iglesia por su pensamiento temerario, el apóstol Judas escribe: “En el último tiempo vendrán impostores que se conducirán según sus impías pasiones. Estos son los que disocian, hombres naturales, que no tienen el Espíritu” (Judas 18-19). Así, ¿cómo pueden estos, que son ajenos al espíritu de la verdad, ser llamados el Nuevo Israel? O, ¿cómo pueden ser llamados refugio de salvación para nadie, cuando tanto uno como otro no pueden efectuarse sin la gracia del Espíritu Santo?.

 

En la Iglesia Ortodoxa, se cree que el pan y el vino, en el misterio de la Eucaristía, se transubstancian por la invocación y la venida del Espíritu Santo. Pero los latinos, como se mencionaba anteriormente, consideran esta invocación innecesaria y la excluyeron de la liturgia. Por lo tanto, el que entiende, que entienda acerca de la Eucaristía de los latinos.

 

Y otra pregunta: si, como es dicho, excepto por la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica, como es llamada la Iglesia Ortodoxa, la salvación en otras religiones es imposible, entonces, ¿por qué esta verdad no es predicada abiertamente en Rusia? A esta pregunta la respuesta es muy simple y clara. En Rusia la tolerancia religiosa está permitida, y los heterodoxos ocupan puestos importantes; los mandatarios de las provincias y distritos de las ciudades son a menudo heterodoxos; los comandantes de regimiento y batallones frecuentemente son heterodoxos. Cada vez que un sacerdote empieza a proclamar abiertamente que fuera de la Iglesia Ortodoxa no hay salvación, los religiosos heterodoxos de rango se sienten ofendidos. Por tal situación, el clero ortodoxo ruso adquirió el habito arraigado y característico de hablar sobre este tema evasivamente. Por esta razón, y por la continua interacción con los heterodoxos, pero más por las lecturas de sus obras, quizá algunos empezaran a ser lacios en sus pensamientos sobre la esperanza de salvación en otras religiones.

 

A pesar del espíritu de mansedumbre, amor a la paz y la paciencia de los pastores y seguidores de la Iglesia Ortodoxa, en Occidente se han publicado durante los siglos precedentes por seguidores de diferentes credos cristianos, y sobre todo en nuestra época, una multitud de libros sobre la enseñanza de la Iglesia Oriental que no solo serían difíciles de evaluar, sino que serían difíciles de enumerar. Y aunque tales libros en general están llenos de calumnias, fábulas, invenciones y mentiras evidentes, y sobre todo venenosas telarañas mentales, con el propósito obvio de formar en Europa un espíritu hostil hacia la Iglesia de Oriente, y en especial a nuestro hogar, han sacudido, así, la fe de nuestra Iglesia Ortodoxa, para seducir a sus seguidores y desviarlos del camino de la verdad. Pero como se publican con nombres tentadores, y en formatos agradables, con tal pulcritud tipográfica que inconscientemente atraen la curiosidad de los lectores, no pocos se encuentran en nuestro país, en el que penetran por caminos oscuros, y teniendo una comprensión superficial de los temas de la doctrina cristiana, no pueden dejar de conducir a pensamientos contrarios a los de la recta verdad. Los escritores de la Iglesia latina se han armado ahora contra los ortodoxos, proclamando la supremacía de su papa y de su Iglesia Romana local en todos los gobiernos e iglesias locales y naciones del mundo. Predominan en el momento actual la ocupación de los Jesuitas en Francia, que con la omnipresencia de la lengua francesa, están intensificando una especie de febril actividad por medio de obras en ese idioma para implantar su pensamiento en todas partes en contra de la doctrina y la estructura jerárquica de la Iglesia de oriente, no avergonzándose de ello y creando las ficciones más atroces, mentiras obvias, y la distorsión descarada de la verdad histórica. Muchos ortodoxos estudiosos y con educación académica, leyendo estas obras en lengua francesa, y no leyendo en su propia lengua rusa las propias obras de la fe ortodoxa, pueden fácilmente creen el fino hilado de las mentiras en vez de la verdad, que no conocen bien.

 

Para aquellos que desean conocer con detalle las razones por las que los papistas se han desviado tan lejos de la Ortodoxia, es conveniente leer una obra publicada recientemente por Avdii Vostokok (finales del siglo XIX) sobre las relaciones de la Iglesia de Roma con otras iglesias. En la segunda parte de su libro se disponen pasajes particularmente sorprendentes sobre el juramento de los obispos latinos a su papa y las calumnias de los papistas contra los ortodoxos (p. 49, 60 y 137).

 

San Ambrosio de Optina.

 

Traducido por P.A.B

 

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Categorías:Papismo, Santos padres de Óptina

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