Vida de San Espiridón, obispo de Trimitun

saint spyridon

 

Introducción

¿Cómo se “introduce” la vida de un santo? No hay mejor introducción que los himnos y las oraciones que la Iglesia dirige a ese santo en particular que ha “hallado gracia ante Dios”. Por medio de la oración nos acercamos a Dios, a su purísima Madre, a todos los santos, en una comunión íntima. No es suficiente con estar al tanto de estos santos; debemos llegar a conocerlos realmente.

En los oficios de vísperas y maitines por San Espiridón el 12/25 de diciembre, encontramos referencias a su carácter gentil, sus humildes principios y un gran número de milagros que obró. El Akacisto al santo da mayores detalles sobre estos hechos; sin embargo, todas estas oraciones asumen que los fieles que las leen y escuchan ya están familiarizados con la vida y hechos de este popular y querido obispo de la primitiva Iglesia.

¿Quién era este obispo, mencionado en cada oficio de la litia junto a San Nicolás? ¿De dónde era? ¿Por qué es tan importante y tan eminente entre otros santos obispos? ¿Qué hizo en su vida que fue tan extraordinario? ¿Por qué es llamado “taumaturgo”?

Ya que San Espiridón no dejó ningún tratado escrito sobre la fe, o incluso cartas que pudieran haber hablado de su vida, obras y enseñanzas, las respuestas a estas preguntas deben venir de otras fuentes.

La vida del santo es examinada totalmente en los extensos relatos hagiográficos de la antigua Iglesia. Las siguientes páginas están basadas en una traducción hecha de la versión cirílica rumana de “Vietiile Sfintilor” (Vidas de los Santos) del mes de diciembre, publicado en 1811 en el monasterio de Neamt, Rumanía.

Originalmente se pensó que fuera eso, sólo una traducción de un texto; sin embargo, durante el transcurso de la traducción, se hizo obvio que el elaborado y florido estilo que el hagiógrafo anónimo utilizó necesitaría alguna adaptación para presentar una forma más legible, más adecuada para el lector de hoy. No se ha omitido nada del texto cirílico, sino todo lo contrario, pues se han añadido parágrafos y páginas para proporcionar explicaciones pertinentes e información con la esperanza de clarificar el texto y los puntos de la creencia ortodoxa.

Fuentes consultadas para alguna información adicional incluyen el himno Akacisto a San Espiridón, el breve relato de su vida en el Proloagele, Volumen 1, publicado en Craiova, Rumanía, en 1991, así como los oficios y sinaxario para la fiesta del día del santo. Cualquier escrito de personas o hechos de los primeros tres siglos y medio de la Iglesia es, como siempre, debido a la Historia de la Iglesia de Eusebio, que es señalado en muchos lugares de esta breve exposición.

Se extiende una pequeña nota de agradecimiento a la reverenda madre abadesa Nazaria del monasterio de Varatic, en Rumanía, por ofrecerme ampliamente su hospitalidad en el monasterio y proveerme así la atmósfera y la posibilidad de traducir y escribir este pequeño escrito.

Madre Casiana

Gran cuaresma de 1993

La vida de San Espiridón

Taumaturgo y obispo de Trimitun

 

Traducida y adaptada (con información adicional añadida) por la Madre Casiana.

San Espiridón ha sido siempre uno de los santos más queridos en la Iglesia Ortodoxa durante muchos siglos. El clero y los laicos, por igual, pueden identificarse con este santo obispo. Fue compasivo, pero firme y amoroso; un pastor humilde, obispo y confesor de la fe durante los tiempos de la persecución, y un destacado maestro de la Ortodoxia en el Concilio de Nicea. No permitió que su rango episcopal lo alejara de los fieles de su diócesis, sino que permaneció unido verdaderamente a su pueblo, amándolo como un verdadero padre. Obró muchos milagros, tanto durante su vida como tras su reposo, incluso hoy en día.

Este santo padre nació en la isla de Chipre. No se da una fecha de su nacimiento en el relato hagiográfico de su vida, pero sin embargo, considerando que ya era obispo en el tiempo del primer Concilio de Nicea del año 325, se puede asumir con seguridad que nació en la segunda mitad del siglo III.

Sus padres eran gente sencilla, y educaron a su hijo en un hogar humilde y piadoso donde el amor a Dios abundaba. En su juventud, Espiridón fue pastor, vigilando los rebaños. Más tarde, incluso como pastor, continuó pastoreando las ovejas. No fue un joven ambicioso, ansioso por una posición en la sociedad, sino que estaba contento con la vida tranquila de trabajo y oración. Los himnos cantados en su fiesta lo comparan a un gran número de figuras del Antiguo Testamento, diciendo que era gentil como el profeta David, que también fue pastor en su juventud; al igual que el patriarca Jacob, también fue humilde de corazón; como el gran patriarca Abraham, mostró su hospitalidad con todos; tenía la inocencia de Job y la bondad de Moisés.

Espiridón se casó a la edad legal; de nuevo, sin embargo, el largo relato de su vida en los escritos de la Iglesia antigua ha silenciado hasta el nombre de su mujer. Tuvieron varios hijos, uno de los cuales, una hija llamada Irene, más tarde aparecería como figura en un milagro obrado por este santo. Como marido y padre, Espiridón continuó viviendo una vida de complacencia a Dios.

Algunos relatos testifican que la mujer de Espiridón murió siendo aún joven; otros no hacen mención de ella para nada, e incluso otros mencionan a San Espiridón como uno de aquellos obispos antiguos de la Iglesia que, de hecho, estaba aún casado durante el tiempo de su episcopado.

El canon de la Iglesia Ortodoxa sobre los obispos, que son exclusivamente elegidos de entre los monjes o el clero célibe, ha estado en vigor durante muchos siglos, pero sin embargo, en los primeros años del cristianismo se puede apreciar que una serie de hombres casados podían ser elegidos para el episcopado. Esta regla para la candidatura de los obispos, que son elegidos entre los célibes, monjes o clero viudo no era estrictamente aplicada o considerada como norma hasta después del tiempo de la vida de San Espiridón. De hecho, la mención más temprana que obligaba al celibato de los obispos no es encontrada hasta doscientos años más tarde. En su Historia de la Iglesia, el antiguo historiador Eusebio, contemporáneo de San Espiridón, menciona al menos dos obispos específicamente como casados durante su episcopado: Chaeremon, de la segunda mitad del siglo III, “el anciano obispo de Nilopolis, que huyó con su esposa a la región montañosa de Arabia”, durante la persecución de Decio; y Demetrio , obispo de Antioquía desde 251 a 253. Debemos recordar que la Iglesia empezó a sentir los efectos del monasticismo en el siglo IV. Fue esta influencia, junto con otras consideraciones prácticas, lo que condujo a la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, a desarrollar el requisito de que los obispos fueran elegidos de entre los monjes, o al menos, de entre el rango de los célibes.

¿Por qué, entonces, parece que distintas fuentes discrepan entre sí con respecto al estado civil de San Espiridón? Podría entenderse teniendo en cuenta para qué público iban dirigidos los escritos de estos relatos. Durante los últimos siglos, los fieles, tanto los cultos como los ignorantes, saben que los obispos deben ser célibes. Los escritores de la Iglesia eran conscientes de que sus lectores (u oyentes, ya que muchos de estos relatos eran escritos para ser leídos en voz alta en la Iglesia), eran gente sencilla, piadosa, pero incultos en cuanto al desarrollo de las normas y los cánones a los que la Iglesia se adhiere hoy. ¡Tales personas se habrían escandalizado de escuchar que un obispo, santo, o cualquier otro, estuviera casado! Para evitar tal actitud, muchos hagiógrafos eligieron, o bien pasar por algo ciertos hechos, o bien cambiar su posición para adaptarse a los fieles.

¿Fue San Espiridón un obispo casado, o fue su mujer llevada por el Señor durante su juventud? Hay argumentos para ambos casos. Lo que es importante es que tenemos reglas y cánones hoy en día con relación a la elección presente y futura de la jerarquía. Estas deben ser respetadas, habiendo sido desarrolladas por la experiencia y el sufrimiento de la Iglesia, y bajo la guía del Espíritu Santo. En el caso que nos ocupa, lo que nos concierne no es cuánto vivió la mujer de San Espiridón, sino la vida de santidad que llevó el santo, junto con sus obras y enseñanzas.

Viviendo la tranquila vida de un pastor, el santo desarrolló la práctica de ofrecer su ayuda a cualquiera que lo necesitara. Utilizó sus limitados recursos económicos para dar descanso a los viajeros y alimento a los hambrientos, obedeciendo el mandato evangélico y el verdadero espíritu del cristianismo. Durante este tiempo, mientras vivía una oscura en una región remota, sirviendo a Dios a su prójimo, se empezaron a escuchar milagros obrados por él.

Nuestro Señor dijo que nadie enciende una lámpara y la coloca debajo del almud; no, la luz debe brillar para que todos puedan verla. La humildad, la piedad y el amor por Dios de San Espiridón, y su compasión por otros, sería un ejemplo que millares podrían seguir a través de los siglos, pero en primer lugar, este santo varón debía ser conocido más allá de los límites de la isla de Chipre. Se prestó atención a su complaciente vida en Dios por medio de los milagros que se le atribuían.

Un milagro es una obra de Dios. En nuestro razonamiento humano, terrenal y limitado, la curación de las fatales enfermedades, el cambio de una sustancia en algo totalmente diferente, la sumisión de las bestias salvajes, o el dominio de los elementos es denominado como “milagro”. Pero estas obras son naturales a Dios, nuestro Creador, que da la vida a todos, que “habló y fue creado”, que caminó sobre las aguas. Dios obra a menudo estas obras por medio de los humildes santos que le son complacientes y en los cuales mora. Ellos, por su piedad, no se atribuyen estas acciones a sí mismos, sino que más bien consideran estos milagros como lo que son realmente: obras de Dios. San Espiridón se convirtió en un vaso elegido de este tipo para las obras de Dios, puesto que vivió de acuerdo con las palabras de San Pablo: “Y ya no vivo yo, sino que en mí vive Cristo” (Gálatas 2:20).

Los primeros milagros realizados por medio de este santo, incluyen la curación de muchos que eran enfermos incurables, y por su sola palabra, expulsaba a los demonios que los poseían. Dios no es el Dios de la enfermedad o del sufrimiento, y ningún espíritu impuro puede soportar su presencia. Fue suficiente con que la sombra del apóstol San Pedro se dispusiera sobre el enfermo para que este fuera sanado. Sin duda, la presencia de Dios en San Espiridón, que se había entregado totalmente al Creador y Salvador, podría obrar tales obras de curación y expulsión de los demonios.

A medida que estos hechos y su vida de santidad se conocían, Espiridón era llamado a servir en la Iglesia en las filas del episcopado. Fue consagrado como obispo de Trimitun, cerca de Salamina, a principios del siglo IV. Las cualidades que lo habían capacitado como un amoroso y compasivo pastor de ovejas, fueron las mismas que dispuso como digno pastor del rebaño de Cristo: observaba vigilantemente al clero y a los fieles, les daba el alimento de su predicación, los lideraba y los guiaba a los verdes pastos de la fe, los conducía fuera de la herejía de Arrio que amenazaba devorar al rebaño como un lobo, y buscaba constantemente a los desviados. Las obras milagrosas obradas por este santo varón continuaron y se multiplicaron tras su ascenso al trono episcopal, y aunque ahora estaba sobrecargado con funciones administrativas, su amor a Dios y su devoción a la oración seguían ardiendo en su interior.

San Espiridón reza durante el tiempo de la sequía

Durante los primeros años de su episcopado, una terrible sequía asoló la isla de Chipre. Los cultivos estaban amenazados con la ruina total, las plantas se secaban, y el hambre y la muerte estaban al acecho. La gente sabía que sólo alguien cuyas oraciones fueran tan poderosas como las del profeta Elías podría conmover a Dios para que abriera los cielos y dejara caer la lluvia. San Espiridón era tal persona. Vio el desastre que amenazaba a la gente y se llenó de misericordia, viendo el hambre que padecían. Rezó al Señor compasivo, y los cielos se cubrieron con nubes hasta los confines de la tierra. No se podía decir que se trataba de un fenómeno natural, pues las nubes raramente exponían su forma durante tanto tiempo sin soltar una sola gota de agua. El santo oró de nuevo fervientemente. Entonces, y sólo entonces, se derramó la lluvia sobre la tierra. La lluvia continuó durante muchos días, hasta que el santo rezó de nuevo y el cielo se despejó.

La tierra fue regada en abundancia, las plantas surgieron de la tierra y dieron su fruto. Tras la sequía, hubo alimento abundante para alimentar a toda la gente, gracias a las oraciones de San Espiridón.

El codicioso vendedor de trigo

 

Unos años más tarde, el hambre volvió a asolar la región. Los vendedores de trigo, que habían almacenado el grano durante años, vieron el desastre inminente como una oportunidad para enriquecerse. Abrieron sus graneros y vendían su trigo a precios muy elevados.

En la ciudad de Trimitun había un proveedor que era extremadamente codicioso. Compró trigo de otras regiones a un precio muy bajo, lo envió a Trimitun y más tarde se negó a venderlo a un precio razonable. Sin embargo, almacenó grano en sus graneros hasta que el hambre se agravó y los graneros de los demás proveedores se vaciaron. Más tarde, ofreció su trigo para venderlo a precios exorbitantes, viendo así una oportunidad para enriquecerse. El hambre se hacía cada día más severa y los bolsillos del vendedor continuaban llenándose con el dinero de los pobres y hambrientos.

Un hombre indigente vino a mendigar al vendedor, solicitándole una pequeña cantidad de trigo para que él y su familia no murieran de hambre. El ambicioso vendedor estaba cegado por su creciente codicia y se negó a tener misericordia con nadie. En lugar de mostrar amor y misericordia cristiana, le dijo al indigente: “Ve, tráeme el dinero necesario y obtendrás la cantidad de grano por el precio”.

El pobre hombre, débil por el hambre, sin tener dinero para comprar ni siquiera un grano de trigo, acudió llorando a San Espiridón y, mostrando su pobreza, le habló al obispo a cerca del vendedor inmisericorde. El santo le dijo: “No llores. Vete a tu casa, pues el Espíritu Santo dice: ‘por la mañana, tu casa se llenará de trigo, y veréis al hombre rico mendigando ante vosotros, mientras que tú recibirás gratuitamente el grano que necesites’”.

El pobre hombre se fue desanimado porque pensaba que el santo le decía esto para consolarlo.

Esa noche, por voluntad de Dios, el cielo se abrió de nuevo y cayó una lluvia torrencial. Los graneros del vendedor codicioso se abrieron de golpe, y el diluvio barrió todo el grano, dejando que se dispersara ampliamente y así pudiera ser obtenido fácilmente por los necesitados. El avaricioso vendedor corrió por toda la ciudad, pidiendo frenéticamente a todo el mundo que lo ayudara a reunir todo el grano pues si no perdería toda su fuente de riqueza. Los pobres, que habían estado a punto de morir de hambre a causa de su codicia, vieron el grano a lo largo del camino y del campo. Fieles como eran, vieron la mano de Dios claramente en este giro de los acontecimientos, pues cubre las necesidades de los que le aman. Todos se volvieron y recogieron el trigo, cada uno llevando a su casa todo lo que necesitaba.

Entre los que recogían el grano del camino estaba el pobre hombre que había pedido ayuda el día anterior. Cuando el rico vendedor lo vio, empezó a suplicarle que le diera alguno de los alimentos que Dios había tomado de él. Las mismas palabras que el Espíritu Santo le había transmitido por medio de San Espiridón se cumplieron, como castigo de Dios al vendedor por su falta de misericordia, consolando así al pobre hombre por su humildad.

 

El oro del jardín

Cierto granjero también acudió al mismo vendedor de trigo durante la hambruna, mientras los graneros de este estaban llenos. Le pidió que le prestara suficiente trigo para que no muriera de hambre, y se comprometió a devolver esa cantidad de grano y más incluso en el momento de la cosecha. El hombre rico se negó a cambiar el precio del grano, y tampoco se ablandó su endurecido corazón. Cerró la puerta sin piedad al pobre granjero y se negó a escuchar las súplicas de este. En cambio, dijo: “No recibirás ni un solo grano de mí sin que antes lo hayas pagado”

El pobre campesino, al escuchar esto, acudió al obispo Espiridón. Lloró amargamente ante el obispo, hablándole sobre su pobre estado. No estaba buscando ayuda financiera del santo, sino solo consuelo, pues era bien sabido que el mismo piadoso obispo había vivido la misma vida modesta de sus fieles, y ciertamente, no poseía riquezas. Lo que tenía, siempre lo daba a los necesitados, guardando para sí sólo lo necesario para su subsistencia. Espiridón alentó al granjero y luego lo envió de nuevo a su casa. Sin embargo, al día siguiente, el obispo fue a ver al pobre hombre y para sorpresa de los agricultores le dio un montón de oro.

¿De dónde surgió este oro? Lo veremos en breve. Cuando puso el oro en las manos del pobre, dijo San Espiridón: “Ve, hermano, al vendedor de grano y dale el oro como garantía para que te entregue el grano que necesitas. Cuando llegue la cosecha, tendrás suficiente, y volverás con el grano, le darás la cantidad que recibiste y te devolverá el oro. Entonces me lo devolverás a mí”.

El pobre granjero se llevó el oro de las manos del obispo y se apresuró a casa del vendedor avaricioso. Este se regocijó al ver ese oro, ya que amaba el dinero más que nada, e inmediatamente le prestó el grano. Cuando terminó el hambre y llegó la cosecha, el granjero devolvió la cantidad prestada al hombre rico, recibiendo de nuevo el oro. Luego se lo devolvió con gratitud a San Espiridón.

El santo, cogiendo el oro, llamó al agricultor y lo condujo con él a su huerto, diciendo: “Ven conmigo, hermano, y daremos justos esto a quien nos lo prestó.”

Se fueron a un rincón del jardín y el santo puso el oro cerca de la valla. Levantó la mirada y dijo: “Señor Jesucristo, que obras todas las cosas por tu sola voluntad, que en la antigüedad transformaste la vara de Moisés en una serpiente ante los ojos del faraón; así también, al igual que transformaste una serpiente en un estandarte, manda que este oro pueda ahora volver a su estado original; así, tu siervo sabrá qué gran cuidado tienes de nosotros y sabremos lo que está escrito en la Santa Escritura: “Dios hace según su voluntad”.

Habiendo orado el santo así, el oro se transformó en una serpiente y comenzó a deslizarse alejándose. La serpiente, que transformada del oro por las oraciones del santo, salvando al hombre humilde de la muerte, volvía entonces a su estado original, tal y como fue creado por Dios. Cuando el granjero vio este milagro, convulso por el miedo cayó al suelo diciendo: “No soy digno de un milagro tan maravilloso”.

Los milagros de Dios se obran solamente por medio de los humildes, pero también para aquellos que son humildes de corazón, los cuales sirven para su salvación. San Espiridón no tenía ningún deseo de guardar el oro para sí mismo pues era conocido que no tenía deseo de adquirir riquezas terrenales. En verdad, por este milagro, el pobre granjero vio lo poderosa que es la oración y el cuidado que tiene Dios por los que le aman.

San Espiridón libera a un condenado a muerte

Un amigo de San Espiridón fue falsamente acusado por ciertos hombres ante el juez de la ciudad. Fue enviado a la cárcel y condenado a muerte, a pesar de que era inocente de cualquier crimen. Al enterarse San Espiridón de esto, no pudo soportar tal injusticia, y se dispuso a defender a su amigo de aquella injusta pena de muerte. El juez y la prisión estaban a cierta distancia, lo cual requería que el santo viajara por el campo a fin de apelar ante el juez y lograr la libertad de su amigo. Esto sucedió durante la época de lluvias y en el transcurso de su viaje, un río que había en el camino creció hasta desbordarse, haciéndose intransitable, pero San Espiridón recordó a Josué, hijo de Nun, que llevó el arca de la ley y cruzó el río Jordán hasta tierra firme, aunque sus aguas estaban crecidas, poniendo su confianza en el poder del omnipotente Dios. Sabiendo que Dios no permitiría que ningún obstáculo obstaculizara su misión, habló al río, como si se tratara de un siervo, diciéndole: “¡Quédate quieto! El Maestro de todo manda que cruce y salve al hombre condenado al que estoy intentando alcanzar”.

Cuando el santo dijo estas palabras, al instante el río detuvo su flujo y se creó un camino seco para el santo y los que estaban con él. Entre sus compañeros, uno se adelantó al santo ante el juez para anunciar la llegada del santo jerarca y el milagro que había acontecido en el camino. Cuando el juez escuchó esto, lo reconoció como la voluntad de Dios, cuyos juicios son justos, y admitió que, verdaderamente, había condenado a un hombre inocente, pues este milagro no habría ocurrido si el hombre hubiera sido condenado como culpable. Así, inmediatamente liberó al hombre encarcelado y lo entregó al santo, y con buena salud.

La mujer pecadora se arrepiente

Así como hemos visto el milagro obrado por San Espiridón con el pobre hombre que necesitaba trigo, el santo obispo tenía el don de la visión, sabiendo de antemano las cosas que sucederían. Los pecados que la gente escondía y se negaba a confesar también eran dados a conocer por Dios a San Espiridón.

Una vez, durante un viaje, mientras descansaba en la casa de un hospedero, entró una mujer en la casa. Había estado viviendo secretamente una vida de pecado, esclavizada por las pasiones, y había cometido adulterio en multitud de ocasiones. Esta mujer, al ver al obispo, se acercó sin pudor con una palangana para lavarle los pies. A pesar de que nunca había visto y oído hablar de ella, el obispo era consciente de sus pecados y le dijo: “Mujer, no me toques”.

Ella le rogó que no sintiera rechazo por ella misma, pero, en su obstinación, no confesaba sus pecados. Sin duda, tuvo numerosas oportunidades para confesar y enmendar su camino, pero se había negado a hacerlo; sin embargo, ¡cuán grande es la misericordia de Dios, que no desea la muerte del pecador! Ella, que no había buscado la misericordia de la Iglesia, por la voluntad de Dios se encontraba ahora ante la presencia de un gentil, y sin embargo firme e inflexible, padre espiritual. Puesto que solo por medio del reconocimiento y la confesión de los pecados es como Dios concede la remisión, el santo obispo, cuidando de su alma, quería hacerla admitir sus acciones y pensamientos lujuriosos.

Le dijo: “Soy un discípulo del Señor que comió y bebió con publicanos y pecadores”.

Ante estas palabras, intentó acercarse más y tocar sus pies para lavarlos. Espiridón suspiró profundamente por su alma, que estaba al borde de la perdición, y en su gentileza y amor por el hombre, le reprochó abiertamente. Del mismo modo que el Señor habló a la mujer samaritana, el obispo habló claramente sobre todos sus pecados y le instó a que se arrepintiera. Ella estaba a la vez, sorprendida y asustada, pues pudo comprobar que sus acciones y pensamientos ocultos eran visibles a los ojos de la visión que este santo varón de Dios poseía. Abrumada por la vergüenza, humilló finalmente su corazón, y cayó a los pies del obispo para lavarlos, no con agua, sino con lágrimas, mientras confesaba sus obras en voz alta.

El paralelismo de este hecho con el del relato del Evangelio de San Juan es muy significativo. Mediante la imposición de manos para la sucesión apostólica, el poder que el Señor había otorgado a los apóstoles para poder perdonar los pecados también había sido concedido a este santo obispo.

Luego, se dirigió a la mujer con las mismas palabras misericordiosas que el Señor mostró en el Evangelio: “Ánimo, hija. Tus pecados te son perdonados”. Y añadió: “Ahora estás sanada, no peques más”.

A partir de aquel momento, la mujer corrigió su vida y se convirtió en un ejemplo para los demás.

La Estíquera cantada durante el oficio del santo el día 12 de diciembre, resume brevemente y con precisión este hecho: “Reveló abiertamente los pensamientos apasionados de la mujer pecadora que se atrevió a acercarse a él, y él la condujo a confesar su pecado”.

El Concilio de Nicea

La mayor parte de los más de trescientos años desde el nacimiento de la Iglesia el día de Pentecostés, esta sufrió frecuentes persecuciones infligidas por el Imperio Romano. Con la llegada de San Constantino y el Edicto de Milán, en el año 313, las persecuciones civiles llegaron a su fin, al menos durante un tiempo. Sin embargo, durante aquellas persecuciones, cuando la Iglesia había sido abundantemente bautizada por la sangre de los mártires y confesores, en vez de disminuir y desaparecer en la historia, la pequeña semilla del cristianismo creció y se extendió por todo el imperio romano. No todos los que fueron llamados ante las autoridades civiles fueron condenados a muerte por su firmeza en la fe; muchos fueron mutilados, torturados y encarcelados, y más tarde puestos en libertad. Estos individuos son conocidos en la Iglesia como “confesores”.

San Espiridón, al igual que muchos otros obispos, también fue sometido a tales torturas y mutilación. Un relato declara que uno de sus ojos fue cortado y la pantorrilla de su pierna izquierda, cercenada. Una vez más, Eusebio, en su Historia de la Iglesia, afirma que tal era, en efecto, la práctica durante el reinado de Diocleciano cuando, cansado de matar, saciado…. por el derramamiento de sangre, ellos (es decir, los emperadores), se volvían a lo que les parecía era bondad y humanidad… No era de buen gusto, decían, contaminar la ciudad con la sangre de la gente de su propia raza… Las órdenes entonces imponían que los ojos fueran arrancados y las piernas fueran mutiladas. No contento con perseguir simplemente a la joven Iglesia desde el exterior, también el maligno luchaba en aquel momento, como en todo tiempo, contra la fe desde su interior. Surgieron las herejías en la Iglesia desde sus primeros días. Muchas falsas enseñanzas desaparecían rápidamente, pero otras surgían al mismo tiempo. Pero, con la llegada de San Constantino, y surgiendo la paz sobre la Iglesia desde el exterior, una herejía cancerosa la amenazó desde sus propias filas, el arrianismo, que proclamó que “hubo un tiempo en el que el Hijo no estaba”, con lo que Cristo, el Hijo de Dios, no era igual al Padre. Esta fue la mayor y más grave de las herejías que habían surgido hasta entonces en la Iglesia. Sus partidarios eran numerosos y amenazaban con dividir completamente a la Iglesia. Fue la discordia suscitada por el arrianismo lo que condujo a la reunión del Primer Concilio Ecuménico.

De todos los concilios locales y “ecuménicos” que definieron la fe, el concilio celebrado en Nicea en el año 325, convocado por San Constantino el Grande, es probablemente el más conocido. Fue el primero en ser convocado bajo condiciones de libertad religiosa para la Iglesia. También ha sido el más impresionante, pues esta reunión de obispos y líderes de la Iglesia fue un testimonio visible de los sufrimientos que la Iglesia había padecido bajo la persecución del imperio. ¡Cuántos de los padres, como San Espiridón, llegaron a Nicea mutilados, llevando heridas y cicatrices frescas por las torturas sufridas en nombre de Cristo!

El concilio fue convocado por San Constantino, llamando a todos los obispos de la cristiandad a la ciudad de Nicea, principalmente para resolver el asunto sobre la controversia arriana. Se cuenta que, de camino hacia el Concilio de Nicea, le ocurrió lo siguiente a San Espiridón:

“La fama del obispo se había extendido más allá de la pequeña isla de Chipre, y los que se pusieron del lado de Arrio fueron buscando de alguna forma que asistiera al Concilio. A pesar de que el obispo era relativamente inculto en el sentido formal de la palabra, los milagros obrados por medio de él eran bien conocidos y los arrianos temían que sus obras influenciaran las decisiones de los padres más doctos.

Cuando Espiridón detuvo su viaje para descansar durante una noche en una posada, los arrianos llegaron al amparo de la oscuridad, y decapitaron a los caballos que tiraban de su carro. Cuando amaneció y los compañeros de San Espiridón vieron lo que los herejes habían hecho, un siervo corrió a contarlo al obispo. San Espiridón puso su esperanza en el Señor y dijo al siervo que volviera y pusiera las cabezas de los caballos de nuevo en sus cuerpos. El siervo acudió velozmente e hizo lo que se le había dicho, pero en su premura, colocó la cabeza del caballo blanco en el cuerpo del caballo negro, y la cabeza del caballo negro en el cuerpo del caballo blanco. A su vez, los caballos volvieron a la vida y se pusieron en pie. El santo dio gracias a Dios, subió de nuevo a su carruaje y siguió su camino hacia el concilio. Toda la gente que vio esto quedó asombrada, pues el caballo negro tenía una cabeza blanca y el caballo blanco tenía una cabeza negra. Lo mejor de todo fue que el malvado plan de los herejes falló y el santo llegó al concilio, donde mostró ser un gran defensor y maestro de la fe.

Cuando el concilio se reunió, los padres ortodoxos instaron a Arrio a confesar que el Hijo de Dios es de la misma esencia de Dios Padre. Los que apoyaban a Arrio, incluidos varios importantes obispos, entre los que se encontraba Eusebio de Nicomedia (que no debe confundirse con el Eusebio mencionado anteriormente, que fue obispo de Cesarea), Mario de Calcedonia y Teogonio de Nicea. Estos hombres aceptaron la locura de Arrio, diciendo la blasfemia de que el Hijo de Dios es un ser creado.

Entre los que lucharon por la verdadera fe se incluía a Alexander, que fue nombrado entre los santos de la Iglesia, pero que, en el año 325, todavía era un sacerdote aunque sin embargo fue enviado a Nicea como representante de San Mitrofán, patriarca de Constantinopla, que no pudo asistir debido a una enfermedad, así como San Atanasio, que por entonces servía como diácono en la Iglesia de Alejandría. La teología de Atanasio y la defensa de la fe fueron profundas, así como las declaraciones de Alejandro, mas por el hecho de que estos hombres no eran obispos, su sabiduría en la fe fue una fuente de particular vergüenza para los arrianos.

La gracia que se obró en San Espiridón demostró ser más poderosa esclareciendo cuestiones que todo el conocimiento que poseían los demás. Con la invitación del emperador Constantino, hubo un número de filósofos helénicos que fueron llamados “perinatitiki”, presentes en el concilio de Nicea. Entre estos filósofos, había uno que era muy sabio y hábil, y partidario de Arrio. Su sofisticada retórica era como una espada de doble filo que cortaba profundamente. Intentó destruir con audacia la enseñanza ortodoxa.

El bendito Espiridón pidió una oportunidad para abordar en particular a este filosofo. Debido a que este obispo era un hombre sencillo que sólo conocía a Cristo crucificado, los santos padres eran reacios a dejarlo hablar. Sabían que no tenía conocimiento sobre la educación helenística y tenían miedo de permitirle que coincidiera con las habilidades verbales de estos filósofos. Pero Espiridón, conociendo la fuerza y el poder que viene de lo alto, y lo débil que es el conocimiento humano en comparación con su poder, se acercó al filósofo, y le dijo: “En el nombre de Jesucristo, escúchame y escuchad lo que tengo que deciros”.

El filósofo, mirando al obispo, sintió en cierta manera algo de diversión. Bastante seguro de que sus propios talentos retóricos haría parecer ignorante al pobre clérigo, respondió orgullosamente: “Adelante, te escucho”.

El santo dijo: “Dios, que creó el cielo y la tierra, es uno. Formó al hombre del polvo y creó todo lo que existe, visible e invisible, por medio de su Palabra y de su Espíritu. Afirmamos que esa Palabra es el Hijo de Dios, el Dios verdadero, que tuvo misericordia de nosotros, porque estábamos perdidos. Nació de la virgen, vivió entre los hombres, sufrió la pasión, murió por nuestra salvación y se levantó de entre los muertos, y resucitó a toda la raza humana con él. Esperamos su venida para que nos juzgue con justicia, y para recompensar a cada uno según su fe. Creemos que Él es consubstancial con el Padre, que habita juntamente con él y es igualmente adorado. Creemos todas estas cosas sin tener que examinar cómo sucedieron, ni somos tan ignorantes como para cuestionarlas, pues estas cuestiones exceden la comprensión del hombre, y son muy superiores a todo conocimiento”.

En silencio durante un momento, el obispo continuó diciendo: “¿No te das cuenta de cuán cierto es todo esto, oh filósofo? Considera este humilde y simple ejemplo: somos seres mortales creados y no somos dignos de ser semejantes a Aquel que en su ser es divino e inefable. Puesto que tendemos a creer más fácilmente por lo que perciben nuestros ojos que por lo que simplemente escuchamos con nuestros oídos, quiero demostrar algo usando este ladrillo. Está compuesto de tres elementos que se combinan para que sea un solo ser y naturaleza”.

Diciendo esto, San Espiridón hizo la señal de la santa cruz con la mano derecha mientras que, sosteniendo el ladrillo en la izquierda decía: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, mientras sostenía el ladrillo. De inmediato, las llamas se elevaron en el aire, el agua cayó a tierra, y sólo la arcilla permaneció en su mano.

Los testigos oculares de este milagro se llenaron de terror, especialmente el filósofo. Se quedó sin habla, como el que era mudo de nacimiento, y no encontró palabras para responder al santo sobre el divino poder que se había manifestado, según lo que está escrito: “Pues no en palabras consiste el reino de Dios, sino en fuerza” (1ª Corintios 4:20, Straubinger).

Finalmente, humillado y convencido, dijo el filósofo: “Creo lo que nos has dicho”.

San Espiridón le dijo: “Entonces ven y recibe el signo de la santa fe”.

El filósofo se volvió hacia sus compañeros y sus estudiantes que estaban presentes y dijo: “Escuchad. Cuando alguien me preguntaba, yo era capaz de refutar sus afirmaciones con habilidades retóricas. Pero mis palabras se desvanecen ante este anciano, que en lugar de utilizar la mera palabra, ha hablado mediante el poder y los milagros. Mi discurso es inútil contra tal fuerza, y el hombre no puede oponerse a Dios. Si alguno de vosotros se siente como yo, ceda a la evidencia, que crea en Jesucristo y siga conmigo a este anciano. Dios mismo ha hablado por medio de él”.

Así, el filósofo aceptó la fe cristiana, feliz de que el santo hubiera superado su propia lógica. Todos los fieles se regocijaron, y los herejes arrianos se encontraron perdidos.

Fue vital la participación de San Espiridón en el Concilio de Nicea, y de este modo los himnógrafos de la Iglesia fueron inspirados por Dios para componer palabras como estas para su oficio:

“Tus palabras adornaron la Iglesia de Cristo, y con tus obras ofreciste la gloria a la Imagen de Dios, oh bendito Espiridón”.

San Espiridón, al igual que todos los santos, no buscaba su propia gloria, sino que estaba dispuesto a sacrificarlo todo, incluso su propia vida, por Dios.

San Espiridón manda hablar a su hija muerta

Cuando el Concilio terminó en Nicea condenando el arrianismo, cada uno de los padres regresó a su hogar llevando los resultados de los procedimientos del Concilio a su rebaño y resumiendo su papel en el pastoreo del rebaño de Cristo. Durante el tiempo que estuvo en Nicea, la hija de San Espiridón, Irene, murió. Nunca se casó y aún estaba en la belleza de la juventud cuando Dios la llamó a su celestial cámara nupcial.

Cuando el obispo regresó, cierta mujer se acercó a él, llorando. Le dijo que le había confiado a Irene la única cosa de valor que poseía, una copa de oro, pidiéndole a la joven que la pusiera en un lugar seguro. Irene aceptó el ofrecimiento y lo ocultó, pero murió repentinamente antes de poder decirle a la mujer donde podía encontrar su objeto. Así, la mujer acudió a San Espiridón para buscar por su casa la copa de oro. Miró en todas partes, pero en vano. Sintió lástima de la mujer, pues era pobre y necesitaba la única cosa valiosa que poseía. Junto con los de la casa, se fue a la tumba de su hija y llamó a la fallecida como si aún estuviera viva:

“Hija mía, Irene, ¿dónde está la copa de oro que esta mujer te dio para que custodiaras?”.

Se escuchó la voz de Irene, respondiendo como si se hubiera despertado de un sueño, y dijo: “Padre, he escondido la copa en tal lugar de la casa”.

Una vez más, el santo se dirigió a ella y le dijo: “Duerme ahora, hija mía, hasta que el Señor de todo te despierte para la vida eterna”.

Todos los presentes escucharon claramente la voz de la joven muerta, y se llenaron de asombro por este milagro. El santo regresó a su casa, encontró la copa de oro en el mismo lugar donde su hija le dijo que lo había puesto, y se lo dio a la mujer.

Como cualquier padre, San Espiridón estaba entristecido por la muerte de su hija, pero como quien ama a Dios, aceptó su partida terrenal como la voluntad del Señor. Era su amor y compasión por la pobre mujer lo que le hizo llamar a su hija para preguntarle desde el otro lado de la tumba.

También es interesante señalar que no se hace mención de su mujer en este relato. Así, si aún estaba viva en el momento de su llamamiento al episcopado, muy probablemente, ya habría sido llamada por el Señor en el tiempo del Concilio de Nicea, pues, si hubiera estado aún viva, la mujer mencionada en este relato seguramente habría confiado su valiosa posesión a la mujer del obispo, y no a su joven hija.

San Espiridón sana al emperador

Tras la muerte de San Constantino el Grande en el año 337, el imperio fue dividido entre sus hijos. La parte oriental del imperio recayó en su hijo mediano, Constancio.

En un momento dado, mientras estaba en Antioquía, Siria, el emperador Constancio enfermó gravemente. Se convocó a los médicos, pero ninguno pudo curarlo. El emperador sufría tanto que se volvió a Dios y le oró fervientemente para que lo curara de la enfermedad que padecía.

Una noche tuvo un sueño. Un ángel conducía a un grupo de obispos a él. El ángel señaló a dos de los obispos que parecían ser los asesores de los demás, y le dijo a Constancio que estos dos podrían curar su enfermedad. Al despertar, el rey pensó en lo que había soñado, pero no sabía la identidad de ninguno de los obispos a los que había visto en su sueño. ¿Cómo, después de todo, podía identificar a alguien al que nunca había visto, sobre todo cuando ni siquiera sabía sus nombres o sus países de origen? De hecho, uno de los que había visto en el sueño todavía no era obispo, a pesar de que se le consagraría muy pronto.

Constancio estuvo confuso por este sueño durante algún tiempo, y más tarde, por consejo, llamó a los obispos para que se reunieran de todo el área de Antioquía y buscaran entre ellos a los dos a los que había visto en su sueño, pero fue en vano. De nuevo, Constancio convocó a los obispos, esta vez de las regiones más distantes, pero no encontró a los dos que el ángel le había revelado. Por último, envió una orden para que todos los obispos de su imperio se reunieran en Antioquía.

Este edicto real llegó a la isla de Chipre y fue llevado también a Trimitun, de donde San Espiridón era obispo. No fue una sorpresa para este santo varón el ser llamado para acudir a Antioquía, pues Dios le había revelado todo lo que había tenido lugar con respecto a la enfermedad del emperador y el sueño que había tenido. Así, Espiridón fue a Antioquía, llevando consigo a Trifilio, que aún no había sido consagrado como obispo.

Llegaron a la ciudad y fueron directamente a la casa del emperador. Había sido un viaje largo y los dos estaban exhaustos. San Espiridón vestía con ropa sencilla, llevando una rama de higuera como báculo y también llevaba en su pecho un pequeño colgante de arcilla, como era la costumbre de los habitantes de Jerusalén, como símbolo del madero de la santa cruz. Ciertamente, su aspecto no era el de un obispo. Él y Trifilio llegaron al palacio sin previo aviso, y sin ninguna pompa ni séquito. Cuando llegaron a la entrada, uno de los criados, viendo su sencilla vestimenta y su apariencia humilde, tomó a San Espiridón por un mendigo y, riéndose y burlándose de él, le negó la entrada, golpeando, incluso, al obispo en la mejilla. Entonces, Espiridón, que se sometió a todo este humillante trato, obedeció el mandato del Señor y volvió la otra mejilla al siervo. Este hombre, un cristiano, se dio cuenta a su vez que no era un mendigo, sino un cristiano y, de hecho, un obispo, cuyo aspecto normal estaba más descuidado debido al agotamiento después de un largo y arduo viaje. Estaba avergonzado de su arrogante comportamiento y se humilló ante San Espiridón pidiéndole perdón, que el santo le concedió.

Así pues, el obispo Espiridón fue llevado ante el emperador. Cuando Constancio lo vio a él y a Trifilio, se dio cuenta de que se trataba de los hombres que el ángel le había indicado en su sueño. No esperó a que llegara Espiridón, sino que se levantó de su silla y se acercó al santo obispo, cayendo ante este siervo de Dios y rogándole con lágrimas que orara a Dios para que fuera sanado de la enfermedad que amenazaba su vida. La fe de Constancio, su humildad ante el humilde obispo, que era un verdadero siervo del Rey eterno, y su confianza en la misericordia de Dios, fueron recompensadas. San Espiridón tocó la cabeza del emperador y la gracia de Dios, que obra y actúa mediante los que le sirven, sanó a Constancio.

La cura fue inmediata y completa. Sin embargo, podemos imaginar el alivió que debió haber sentido el emperador, así como su respeto y reverencia por este sencillo obispo. Toda la riqueza y el poder el imperio, y su acceso a los mejores médicos habían sido inútiles intentando obtener la salud. Tras haber sufrido durante tanto tiempo y haber perdido toda la confianza en el conocimiento médico de los hombres más expertos de la época y el lugar, se humilló y puso su confianza en Dios. Constancio reconoció la santidad de San Espiridón e insistió en que se quedara con él el resto del día. Por la restauración de su salud, se ofreció un banquete y Constancio hizo saber que Dios lo había sanado de su enfermedad, por medio de las oraciones de San Espiridón.

Trifilio, por su parte, estaba asombrado ante toda la gloria real: la belleza del palacio, la pompa que rodeaba al emperador, los objetos de oro, y la elegante vestidura que llevaban incluso los sirvientes. Ciertamente, no estaba acostumbrado a esto con el pueblo y los campesinos de Trimitun.

Pero Espiridón, como amoroso padre espiritual, le dijo: “No estés tan impresionado, hermano. ¿Crees que la elegancia real y la gloria del emperador lo hace más justo que los demás? Morirá como cualquier hombre pobre, y será puesto en un sepulcro, y estará también ante el justo Juez. No debes considerar a este mortal como si fuera un inmortal e impresionarte por algo que es temporal; en lugar de eso, busca lo que es inmaterial y eterno y ama solamente la gloria celestial que no tiene fin”.

Entonces, el obispo Espiridón se volvió hacia el emperador; su cuerpo había sido sanado, pero también tenía necesidad de sanar su alma. El santo instruyó a Constancio a fin de dirigir sus pensamientos más hacia Dios, que siempre muestra su buena voluntad para la humanidad. Alentó al emperador a luchar por estas mismas virtudes: ser amoroso con quienes están bajo su autoridad, misericordioso con los que yerran, ser un mediador presto para los que buscan su ayuda, generoso con todos los que acuden a él en busca de ayuda, un buen padre para todos, amable y condescendiente.

El emperador escuchó las palabras de Espiridón y escuchó que si alguien no gobierna de acuerdo con la forma que describía el santo, finalmente sería conocido como un tirano y no un monarca. Finalmente, San Espiridón le enseñó a ser firme y recto en los asuntos de fe y a rechazar cualquier cosa que fuera nociva o contraria a la Iglesia de Dios. En estas instrucciones vemos también un ejemplo del don de la visión futura de Espiridón.

El nombre de Constancio, hijo de San Constantino el grande, es asociado muy a menudo como simpatizante de los arrianos. Es cierto que, algunos años más tarde, después de que Constantino II y Constancio fueran destruidos, el firme Constancio fue el único gobernante de todo el imperio, y se permitió dejarse levar aliándose con los partidarios de Arrio. Se olvidaría de las palabras que le dirigió el humilde obispo a quien Dios había enviado para otorgar su salud. A diferencia de su padre, resultó ser débil e ignorante en cuestiones de fe, fácilmente influenciable en la política, siendo un oportunista,  y exagerando extremadamente su posición en la Iglesia. Sin embargo, en el momento del hecho anterior, compartió el dominio del imperio con sus dos hermanos y sin embargo no se había situado al lado de los arrianos, que continuaron, a pesar de las decisiones de Nicea, difundiendo su herejía.

Constancio agradeció realmente a San Espiridón todo lo que había hecho por él y quiso mostrar su agradecimiento en la forma que sigue siendo habitual entre los que aún piensas en las cosas terrenales: ofreciéndole al obispo una gran suma de dinero.

San Espiridón no estaba dispuesto a aceptar el pago del milagro que Dios había obrado por medio de él. Se negó a tomarlo diciéndole al emperador: “No es justo pagar un acto tan grande de amor. Lo que se obró por mi medio para ti, fue un acto de amor. Salí de mi casa, recorrí una gran distancia por mar, soporté frío y fuertes vientos. ¿No es esto amor? ¿Puede esto ser compensado con oro, que es la fuente de todo mal y conduce a la pérdida de toda justicia?”.

Aún así, el emperador quiso hacer una ofrenda como gratitud y siguió insistiendo. Finalmente, el santo aceptó el dinero, pero a condición de que se distribuyera a las personas necesitadas. Constancio estuvo de acuerdo, y fue entonces cuando se permitió a los sacerdotes, diáconos y los servidores de la Iglesia que estaban presentes, abandonar el palacio. Habían aprendido muchas lecciones valiosas del sencillo y santo obispo campesino de Trimitun, entre las que se encontraba el hecho de que no es correcto para los siervos del Rey inmortal pagar tributos a un emperador mortal. Por desgracia, más tarde ocultaron a lo recóndito de su memoria las otras enseñanzas que Espiridón había expuesto.

El hijo de la mujer pagana vuelve a la vida

San Espiridón abandonó el palacio del emperador. Ya no tenía necesidad de permanecer en Antioquía. Tenía un rebaño de fieles en su hogar que necesitaban su atención, así que comenzó su largo viaje por tierra y mar de vuelta a Chipre. Durante su viaje fue recibido en el hogar de un cristiano que tenía un profundo amor por Jesucristo. Mientras estaba allí, llegó una mujer pagana. Esta mujer no conocía la lengua griega, pero se acercó al santo llevando el cuerpo sin vida de su hijo, que acababa de morir. Puso al niño a los pies de San Espiridón llorando desconsoladamente. Ninguno de los presentes entendía la lengua que hablaba esta mujer, pero no tenían necesidad de palabras; sus lágrimas hablaban claramente e imploraba al santo que devolviera la vida a su hijo.

La fama de santidad de San Espiridón y los milagros obrados por él eran bien conocidos en aquel tiempo. Cuando se detuvo en su travesía y fue hospedado en esta casa, muchos de los fieles se reunieron para ver al obispo y recibir su bendición. Había un gran número de personas presentes en la casa cuando la mujer entró en ella. A causa de esto, San Espiridón no quería ceder a la petición de la mujer, porque veía esto como una situación que podría conducir a la vanagloria. Pero el dolor de la mujer lo llenó de compasión, y finalmente le preguntó al diácono que lo acompañaba: “Artemio, ¿qué debemos hacer?”.

El diácono respondió: “¿Por qué me lo preguntas, padre? ¿Qué otra cosa se puede hacer sino pedir a Cristo, el Dador de vida, que tantas veces ha respondido a tus oraciones? Tú sanaste al emperador. ¿Cómo puedes ignorar a los pobres?”.

El obispo se conmovió por la compasión del diácono por la mujer. Lloró y oró fervientemente al Señor. El mismo Dios, que por medio de Eliseo y Elías devolvió la vida, tanto al hijo de la mujer de Sarepta como al hijo de la mujer sulamita, ahora escuchaba la oración de San Espiridón. El espíritu de la vida volvió de nuevo al cuerpo sin vida del niño. Se despertó como si estuviera durmiendo y se puso a llorar.

Ante esto, la madre del niño se abrumó tanto por la emoción, que el sobresalto fue demasiado grande para ella; murió, no porque el dolor y la tristeza pueda matar a una persona, sino porque hay momentos en los que una alegría inconmensurable pueden obrar lo mismo. Esto fue lo que le sucedió exactamente a esta madre angustiada al ver a su hijo muerto vuelto a la vida.

Una vez más, el santo le preguntó al diácono: “¿Qué debemos hacer?”. Y de nuevo le respondió al obispo lo mismo que antes. Una vez más, San Espiridón volvió a orar, levantando los ojos al cielo y alzando su mente a Dios, que da la vida a los muertos y cuya sola voluntad creó todas las cosas.

Luego se volvió hacia la mujer que yacía muerta en el suelo y dijo: “Levántate y ponte de pie”.

La mujer abrió los ojos, se puso en pie y cogió a su hijo llorando. Entonces el santo habló a la mujer y a todos los que estaban presentes, diciéndoles con firmeza que no contaran a nadie lo que había ocurrido. Los que fueron testigos de estas cosas verdaderamente guardaron silencio, respetando los deseos del obispo, y no fue hasta después del reposo de San Espiridón cuando el diácono Artemio habló del milagro del que había sido testigo, pues era incapaz de guardar silencio acerca de la gloria y el poder que Dios había obrado por medio de su amado siervo Espiridón.

La gente es muchas veces escéptica cuando escuchas los milagros que se obran por medio de los santos. Probablemente no haya otro milagro que despierte más el escepticismo que la resurrección de los muertos por medio de las oraciones de un santo. Algunos se apresuran a decir que el individuo probablemente no estaba realmente muerto. Incluso si este fuera el caso, ¿cómo se puede explicar, entonces, que los signos de vida solo se devuelvan tras las oraciones de un santo, su roce y/o sus peticiones?

La sabiduría de la Iglesia, hablando por medio de la himnografía de los oficios divinos, reconoce la indecisión y la debilidad de los mortales con respecto a la creencia de algunos milagros. Los Troparios y las estíqueras de los santos son oraciones que honran, glorifican y ruegan por los que son agradables a Dios, pero a menudo tienen el propósito de servirnos como catequesis. En el oficio de San Espiridón del 12 de diciembre, nos encontramos con las siguientes palabras de una de las estíqueras de las Grandes Vísperas que describen acertadamente las obras de San Espiridón, así como nuestra respuestas a estas obras: “… sus milagros superan nuestra comprensión…”.

En efecto, Dios nos ha dado una inteligencia y una mente racional, pero hay momentos en los que nos pide que creamos por fe, y no por medio de pruebas tangibles o la pura razón, pues nuestra comprensión es limitada, mientras que las obras de Dios son ilimitadas. Su gobierno está sobre toda la creación, pues todos somos obras de sus manos.

La cabra que no quería ser robada

Aun cuando San Espiridón fue elevado al oficio de obispo, nunca abandonó sus humildes comienzos como pastor, ni su amor por los animales. Siguiendo el ejemplo del apóstol San Pablo, se esforzaba por atender sus propias necesidades por medio de sus obras. Siendo un pastor en su juventud, también continuó manteniendo un rebaño de ovejas y cabras, incluso después de ser elevado al trono episcopal.

Una vez vino un granjero para comprarle un centenar de cabras de su rebaño. El santo le dijo que dispusiera el precio acordado y luego irían a tomar las cabras que este granjero había pagado. En silencio, el granjero contó el dinero suficiente, pero solo para noventa y nueve cabras, ocultando el hecho de que no estaba pagando la centésima. San Espiridón confió en la honestidad del granjero y no tuvo la necesidad de contar el dinero. Era conocido por todos que nunca contaba el dinero del pago dado por ninguna transacción, así que el granjero asumió que el hecho no sería notado. Cuando el granjero dejó el pago en la mesa, él y el obispo salieron juntos para completar la venta.

El santo le dijo al granjero que cogiera las cabras que había pagado. El granjero separó cien cabras del rebaño y las llevó fuera de la zona de pastos, pero una de las cabras, así como un buen siervo se da cuenta de que un mal se ha hecho a su amo y que su precio no había sido pagado, se dio la vuelta rápidamente y volvió al redil. El granjero la atrapó y la llevó de nuevo junto a las otras, pero la cabra luchó y se soltó del granjero volviendo de nuevo al redil. Finalmente el granjero se levantó, la puso sobre sus hombros y comenzó a alejarse, pero esta vez la cabra luchó furiosamente, golpeando la cabeza del hombre con sus cuernos, y lanzándose finalmente al suelo, tirando fuertemente de la cuerda con la que había sido atada. En aquel momento, algunas personas se habían reunido para ver la transacción. Todo el mundo se sorprendió por la dureza que exponía la cabra.

San Espiridón se dio cuenta de lo que pasaba, pero no quiso reprender al granjero frente a todos, así que le dijo en voz baja: “Mira, hijo mío, el animal no hace esto sin ningún motivo, y se niega a ser sacado del rebaño. ¿No te detendrá el precio de una cabra? Por eso sigue huyendo lejos de ti y corre de vuelta al redil”.

El granjero se avergonzó verdaderamente de que su connivencia saliera a la luz, admitiendo lo que había hecho y pidiendo perdón. Así, pagó el precio y de nuevo tomó la cabra, y esta vez, el animal se fue tranquilamente por su propia voluntad, y de hecho, se apresuró a su nuevo hogar junto con su nuevo amo.

El hecho anterior es divertido, sobre todo a nuestra manera moderna de pensar y de vivir. Verdaderamente, las cabras son conocidas por su obstinación pero, ¿estaba este comportamiento del animal de acuerdo con su propia naturaleza terca, o estaba realmente en contra de una actuación dolosa contra su amo? Sabemos que, antes de la caída del hombre, cuando Adán todavía estaba en el paraíso, todos los animales le obedecían y se sometían a su voluntad. La simplicidad de San Espiridón, así como su humildad y sumisión a la voluntad de Dios, lo llevaron de vuelta a la antigua bendición, por lo que incluso los animales irracionales se sometían a él.

El diácono orgulloso

Había un pueblo llamado Erithras en la isla de Chipre. Este puedo no estaba lejos de la metropolía de Constandio. San Espiridón fue allí una vez para tratar algunos asuntos, y mientras estaba allí, entró en la iglesia. Era época de la cosecha, el tiempo era extremadamente caluroso y el obispo estaba muy cansado del viaje. Durante el oficio que estaba teniendo lugar, le dijo a uno de los diáconos que sirven que abreviara una de las oraciones. El diácono no sólo ignoró lo que le habían dicho que hiciera, sino que se prolongó en la oración, cantando y cantando orgullosamente, lleno de vanagloria, porque sabía que tenía una buena voz.

San Espiridón es conocido por ser amable y gentil cuando se trata de entablar relación con las personas, pero la desobediencia y el orgullo de uno mismo no era algo que pudiera ser tolerado. El obispo se enojó mucho con el diácono y lo reprendió por su desobediencia, y le dijo severamente: “Cállate”.

De inmediato, el diácono se quedó sin voz, y no solo no podía seguir cantando melodiosamente como antes, sino que se quedó mudo como si no tuviera lengua. Todo el mundo en la iglesia se quedó asombrado por este hecho, y el relato de lo que había sucedido se extendió inmediatamente por todo el pueblo. Todo el mundo entró en la iglesia para ver lo que había sucedido.

El diácono se postró a los pies del santo en silencio, rogándole que le soltara la lengua. Los amigos y familiares del diácono también intercedieron ante San Espiridón en su nombre. Finalmente, San Espiridón, lleno de misericordia, perdonó al diácono orgulloso. El Señor, que dio a los apóstoles el poder de “atar, también les concedió el poder de “desatar”. El santo absolvió al diácono, permitiéndole que el poder de la palabra volviera a él, pero dejó una señal de reproche en él a causa de su desobediencia y de su orgullo: a pesar de que el diácono podía hablar, ya no tenía una voz potente, sino que tartamudeaba, cayendo sobre su conversación, y la fuente de su orgullo, es decir, su voz para el canto, ya no existía.

El coro celestial y el don del aceite

Otra vez, el obispo fue a la iglesia de su ciudad para las vísperas. Aconteció que no había gente en la iglesia, solo el clero que estaba oficiando. San Espiridón les dijo que encendieran las lámparas mientras estaba en pie, rezando delante del altar. Cuando le llegó su turno, como obispo, de decir: “Paz a todos”, no había nadie en la iglesia para dar la respuesta apropiada, pero desde la altura de la iglesia vacía llegó el sonido de un gran número de voces, diciendo: “Y con tu espíritu”.

El sonido de las voces era dulce, superando cualquier sonido melodioso del hombre. El diácono que estaba recitando la letanía se quedó inmóvil, atemorizado, porque había oído las mismas voces divinas que respondieron: “Señor, ten piedad”, a cada una de las peticiones.

Estas voces se escucharon, no solo dentro de la iglesia, sino también fuera. Todo el que lo oyó corrió a la iglesia para escuchar la hermosa música. Muchos se acercaron a la puerta de la iglesia y escucharon el canto, pues nunca habían escuchado nada igual. Cuando abrieron la puerta y entraron dentro, no vieron a nadie a excepción del obispo y algunos clérigos. Cuando la gente entraba en el interior, ya no se escuchaban las voces celestiales, pues hasta entonces, habían desarrollado el papel de los fieles cantando las respuestas en honor y súplica a Dios.

En otra ocasión, el santo estaba en pie en la iglesia durante las vísperas y no había suficiente aceite para las lámparas. El obispo pudo ver que la llama estaba a punto de extinguirse. Se molestó por esto, porque era la única luz de la iglesia, sin la cual todo estaría oscuro y los himnos de vísperas tendrían que dejar de oficiarse por estar a oscuras completamente.

Pero Dios, que obra las peticiones de los que le temen, vertió aceite en las lámparas, así como llenó el cántaro de la viuda durante los días de Eliseo.

Los clérigos que oficiaban sacaron jarros y los colocaron bajo las lámparas para que se llenaran con el aceite que se desbordaba de las mismas. Llenaron los jarros con el aceite bendito que fluía, como un verdadero regalo de Dios.

La esposa del marinero

Un marinero que vivía en la ciudad de Trimitun fue al mar durante doce meses, transportando un cargamento. Durante el tiempo que estuvo fuera, su mujer cometió adulterio con otro hombre y concibió un hijo. Cuando el marinero regresó a su casa, encontró a su esposa embarazada y supo que había pecado con otra persona. Lleno de rabia la golpeó, y luego, no deseando vivir con ella por más tiempo, la sacó fuera de su casa. Después de esto, acudió al obispo Espiridón diciéndole lo que había sucedido y buscando su consejo.

El santo quedó abrumado, tanto por el pecado que la mujer había cometido, como por la repulsión del marido. Envió a alguien a llamar a la mujer para que hablara con ella. Cuando la vio, no tuvo que preguntar si era cierto que había cometido adulterio, pues cualquiera podía ver que estaba en cinta.

El obispo Espiridón le dijo: “¿Por qué yaciste con otro hombre en lugar de tu marido y trajiste tanta vergüenza a tu casa?”. Además, la mujer añadió otro pecado al que ya había cometido: mintió, diciendo que ella no había estado con otro hombre, sino que el niño que llevaba en su seno fue engendrado por su propio marido.

Cuando el obispo escuchó esto, se enojó verdaderamente. El perdón y la compasión están siempre a mano para los que reconocen y se arrepienten de cualquier pecado que cometen, pero no pueden ser absueltos del pecado sin antes reconocerlo. En lugar de ver a la mujer arrepentida y buscar la reconciliación que la Iglesia puede ofrecer, el obispo vio que esta mujer era obstinada y obviamente seguía mintiendo. Cuando el santo obispo escuchó su obstinada negación, se molestó más por su negativa a confesar incluso el pecado mismo de adulterio que había cometido.

“Tu marido ha estado fuera durante doce meses”, dijo el obispo, “¿cómo puedes decir que él es el padre del niño que has concebido? ¿Quién ha oído hablar de un niño que permanezca en el vientre de su madre durante doce meses o más?”.

Aun así, la mujer siguió obstinada, diciendo que el niño que llevaba en su vientre esperara a que su padre regresara del mar para nacer. Añadió más mentiras a esto, tratando de convencer a todos de su tonta explicación. Al ver que nadie la creía, comenzó a gritar y comportarse de forma irracional, como si hubiera sido acusada injustamente.

El gentil obispo trató aún de conducirla al arrepentimiento, diciendo: “Mujer, has caído en el pecado, y es necesario que te arrepientas ahora sinceramente para que puedas tener la esperanza de la salvación, ya que no hay pecado que supere la gran misericordia de Dios. ¿No es que por el pecado de la pasión física has dado a luz la desesperación y la desesperación te ha conducido a la desvergüenza? Ahora sufres por estos pecados, pero aún tienes tiempo de arrepentirte. El niño que llevas en tu vientre no nacerá hasta que confieses la verdad sin incurrir en más mentiras, mentiras que hasta un ciego puede ver”.

La mujer salió de la presencia del obispo, manteniendo aún su historia de que el padre de su hijo no nacido era su marido y no otro.

Sin embargo, las palabras pronunciadas por el santo obispo demostraron ser proféticas: cuando el tiempo del nacimiento se acercaba, la mujer tuvo un dolor indescriptible, y sin embargo, el niño no salía de la matriz. Incluso entonces, su corazón se endurecía y se negaba obstinadamente a confesar su pecado. En este terrible estado de negación y dolor, murió, al no ser capaz de dar a luz.

La noticia de la muerte de la mujer fue anunciada al obispo. Lloró y se arrepintió por la forma en la que se había enojado y la había juzgado, diciendo: “Me niego a juzgar nunca más a nadie, si las palabras que pronuncio hoy se hacen realidad tan rápidamente”.

La conversión del pagano

Habiendo relatado los hechos de aquel que se negó a escuchar las palabras del obispo Espiridón, ahora contaremos lo que sucedió con alguien que tomó en serio sus palabras y le obedeció.

Había una mujer fiel y amante de Dios llamada Sofronia en la diócesis del obispo. En todas las formas, vivía una vida verdaderamente cristiana, pero había una circunstancia en su vida que perturbaba la paz de su alma: su marido no era creyente; peor aún: continuaba practicando sus rituales y creencias paganas. La mujer, con fe plena, acudió al obispo Espiridón. Le explicó la situación y le pidió su ternura para ayudarla a traer a su esposo a la fe verdadera.

Su marido tenía un amigo que vivía muy cerca de la residencia del obispo, el cual reverenciaba y respetaba mucho a San Espiridón. A menudo se visitaban mutuamente, una cosa absolutamente normal que hacen los amigos. En una ocasión, cuando estaban reunidos varios de los vecinos, y disfrutando juntos de un banquete, también estaba San Espiridón y el pagano.

San Espiridón se volvió y habló con uno de los criados que servía la comida, diciendo: “Hay alguien fuera cerca de la casa. Ha venido con un mensaje para mí de los pastores que están cuidando mi rebaño. Él te dirá que, mientras los pastores dormían, los animales se dispersaron y se perdieron en la montaña. Ve y dile que el pastor que le ha enviado aquí ha encontrado todas las ovejas en una cueva y que ningún animal del rebaño se ha perdido”.

El siervo que atendía la mesa fue y encontró exactamente al mensajero donde el obispo le había dicho que estaría. Le dijo lo que le había dicho el santo obispo. Pasó una hora más mientras todos los invitados se encontraban aún en la mesa, y el mensajero no había tenido tiempo de llegar de vuelta con el redil de las ovejas cuando un segundo hombre, enviado por el mismo pastor, llegó a la casa. Dijo que había encontrado todo el rebaño.

Cuando el pagano escuchó todo esto, se maravilló por el hecho de que San Espiridón previera todas estas cosas, sabiendo lo que había en el futuro como si fuera el presente. No podía entender que, a menudo, los puros de corazón ven las cosas en el Espíritu, tal como Dios se lo revela. Empezó a considerar a San Espiridón como un dios y quiso honrarlo como tal, de la misma forma que el habitante de Liconio quiso una vez adorar a Pablo y Bernabé, ofreciéndoles coronas y sacrificios de animales.

El obispo le dijo de forma apacible: “Yo no soy un dios, sino el siervo del único y verdadero Dios, y un pecador como tú. El hecho de que sepa lo que sucederá en el futuro es algo que me ha sido otorgado por el Señor. Si comienzas a creer en Él, también conocerás la grandeza de su obra y su magnífico poder”.

Entonces Sofronia, viendo que su marido estaba dispuesto a escuchar, aprovechó la oportunidad para hablar con él largo y tendido. Después de haber visto la mansedumbre, la humildad, el amor y la presencia real de Cristo en el obispo, el hombre abandonó el paganismo y creyó en el único Dios verdadero. Aceptó el bautismo, y desde aquel momento vivió una verdadera vida cristiana.

Ladrones en la noche

A pesar de las obligaciones que conlleva un cargo en la jerarquía eclesiástica, San Espiridón todavía tenía un rebaño de animales, principalmente ovejas y cabras. Su diócesis era pobre, y la renta de su rebaño servía como medio de subsistencia al humilde obispo. A menudo, cuando los problemas de la administración y el peso de la atención espiritual de su rebaño dotado de razón, es decir, sus fieles, eran pesados sobre los hombros del obispo, encontraba consuelo en la simple ocupación de alimentar y cuidar a los silenciosos animales, como lo había hecho desde su juventud. Estos tiempos le recordaban los días sin preocupaciones, los días tranquilos y agradables de su infancia, cuando era pastor. A pesar de que muchas veces confiaba sus animales a otros pastores cuando sus obligaciones eclesiásticas le solicitaban, cuando volvía a su hogar, continuaba cuidando el rebaño por sí mismo.

Una noche, entraron unos ladrones en su redil para robar varios de sus animales. Se escabulleron sin ser vistos, separando un gran número de ovejas de otras y estaban a punto de salir corriendo bajo el amparo de la noche, orgullosos del hecho de que nadie los hubiera visto. Nadie, excepto Dios, que vela por todos, incluso por los que duermen.

El amor de dios por la humanidad sobrepasa nuestra imaginación. La Iglesia a menudo se refiere a muchos santos como “amigos de Dios”, y al igual que cualquier amigo cuida y viene en ayuda de otro, así mismo Dios también viene pronto en ayuda de los que le aman. Cuando vio a los ladrones a punto de huir con algunos de los animales del redil del pobre obispo, los detuvo. Las manos y los pies de los ladrones quedaron atados por lazos invisibles con tal fuerza que no fueron capaces de moverse o abandonar la cerca donde estaban hasta que llegó la mañana.

Cuando amaneció, el santo fue a cuidar de las ovejas. Allí encontró a los ladrones atados por el poder de Dios, con sus manos a la espalda y los pies firmemente inmóviles. El obispo vio con claridad lo que había sucedido. Se mantuvo en calma, tal vez, incluso, un poco riéndose por la difícil situación de los aspirantes a ladrones, y sin embargo, por encima d todo, estaba agradecido a Dios, y con esto también vio una oportunidad para instruir a los criminales.

Como un padre tierno y amoroso, San Espiridón habló con ellos sobre el pecado que habían intentado cometer: “¿No dice el mandamiento que no se debe codiciar lo que pertenezca a otro? Cada uno de nosotros tiene que comer del honesto trabajo de sus manos”.

Esta vez, a diferencia de la esposa del marinero, los ladrones admitieron su pecado y le pidieron al obispo que los perdonara. San Espiridón no solo los perdonó, sino que incluso les dio un carnero, diciendo: “Tomad esto para que vuestros esfuerzos y vigilia de toda la noche no hayan sido en vano”.

Entonces, después de haber orado a Dios Todopoderoso, se soltaron de sus lazos. Abandonaron el redil, y a partir de entonces, no volvieron a coger lo que no les pertenecía.

El mercader deshonesto

Había un comerciante de Trimitun que tenía la costumbre de pedir dinero prestado a San Espiridón para la compra de mercancías en sus viajes. Tras regresar a casa, devolvía lo que le había prestado. Puesto que el obispo prestaba poca atención al dinero, siempre le decía al comerciante que pusiera el dinero en la caja de la que lo había tomado. Nunca se molestó en ver o controlar al comerciante para ver la cantidad de dinero que sacaba de la caja o lo mucho que devolvía a la misma.

Esta práctica continuó durante mucho tiempo; el comerciante, con la bendición del santo, cogía el dinero, y al regresar de sus viajes, devolvía lo que había cogido, sin ninguna supervisión. Mientras actuó con honestidad, su negocio prosperó.

A causa del dinero, la mayoría de veces surge el pecado de la codicia y la avaricia. El comerciante se cegó finalmente, como Judas, por el amor al dinero, y así, una vez, no devolvió lo que había recibido en préstamo. Guardó el secreto y mintió al santo, diciendo que había puesto de nuevo el dinero que, como siempre, le había prestado. Pero poco después, su negocio fracasó: no solo el dinero que le prestó el obispo no obtenía beneficio, sino que todas sus mercancías se perdieron en un incendio que consumió todo lo que tenía.

El comerciante, empobrecido, volvió de nuevo a San Espiridón para pedirle que le prestara dinero de modo que pudiera volver a invertir en algunos productos. El obispo le dijo que fuera a la sala donde se guardaba la caja del dinero y que cogiera lo que necesitara, diciendo: “Ve a coger lo que necesites de lo que pusiste allí la última vez”.

El comerciante fue, pero no encontró ningún dinero. Se puso frente al obispo con las manos vacías.

San Espiridón le dijo: “Hermano, créeme cuando te digo que nadie más ha puesto la mano en esa caja desde la última vez que estuviste tú. Si hubieras devuelto el dinero, ahora podrías tomarlo prestado de allí”.

El comerciante se avergonzó de lo que había hecho y se humilló delante del santo, pidiéndole perdón. San Espiridón lo perdonó a su vez y le dio instrucciones para que no codiciara de nuevo lo que no le pertenece ni oscureciera su propia conciencia con la maldad y la mentira, porque estos son los resultados que del que se gana la vida de forma deshonesta, pues obtiene castigos en vez de recompensas.

Los ídolos paganos destruidos

Hubo una vez una reunión de obispos en Alejandría, convocada allí por el patriarca de aquella ciudad, para unirse en oración por una intención especial: en aquel momento seguía floreciendo el paganismo en Egipto y los pueblos circundantes. Por todo lugar eran adorados ídolos y tallas hechas con manos humanas. El patriarca pensó que la oración común de todos los obispos haría caer a todos los ídolos paganos, rompiéndolos en pedazos, y así, la gente vería la insensatez de la idolatría y se volvería al único Dios verdadero.

Los obispos ofrecieron sus súplicas más fervientes a Dios, y de hecho, los ídolos de la ciudad cayeron y fueron destruidos, así como los de la zona de alrededor de Alejandría, todos, a excepción de uno solo, de gran renombre, que permanecía en pie.

La asamblea de los obispos continuó suplicando para que ese ídolo cayera pronto, para que la gente se diera cuenta de la vanidad de los objetos que ellos adoraban y se volvieran a Jesucristo, el Hijo de Dios, que pisoteó la muerte, y cuyo poder destruye a los dioses paganos que son obra del maligno. Aun así, este ídolo, obra del diablo, no cayó y la gente sintió que era más fuerte que el Dios trino al que los obispos oraban.

El patriarca fue decisivo, y decidió permanecer en una vigilia de oración durante toda la noche. Durante ese tiempo, tuvo una visión en la que se le dijo que no debía estar desalentado aunque el ídolo no fuera destruido, sino que debía enviar con prontitud a alguien a Chipre para llamar al obispo Espiridón de Trimitun, pues este ídolo permanecía en pie para él, pues sólo con sus oraciones podría ser destruido.

De inmediato, el patriarca escribió al bienaventurado Espiridón y le pidió que acudiera a Alejandría, contándole lo sucedido con el ídolo y la necesidad de que viniera a fin de que la población se diera cuenta de que sólo dios es el Dios de todo. Cuando San Espiridón recibió la petición del patriarca, se dirigió al día siguiente en un barco que iba a Alejandría. Cuando su barco llegó al famoso puerto de Alejandría, llamado Neapolis, y desembarcó el santo, inmediatamente el ídolo que quedaba en Alejandría cayó y se hizo pedazos, junto con los numerosos sacrificios que se le habían ofrecido. Había mucha gente que oraba ante el ídolo cuando sucedió esto, y acudieron con prontitud a contarle al patriarca lo que había sucedido. El líder de la Iglesia de Alejandría se dio cuenta de inmediato de cuál era la causa, y le dijo a los demás obispos: “Hermanos míos, ha llegado a Alejandría Espiridón de Trimitun”.

El patriarca tomó su báculo en la mano y, junto con los obispos, fue al encuentro de San Espiridón en el puerto. Le dieron la bienvenida con todos los honores, y todo el mundo celebró ese día tanto por la presencia del santo obispo que obró tales maravillas como por el hecho de que el último de los ídolos paganos de Alejandría y las poblaciones aledañas ya no existiera.

San Espiridón y la Sagrada Escritura

Los grandes historiadores de la Iglesia, como Nicéforo y Sozomeno, dicen que el santo padre Espiridón fue firme en su adhesión a todas las reglas de la Iglesia y, en particular, el hecho de que no permitiría que se escribiera ni se quitara ni tan siquiera un acento de la Sagrada Escritura. Debemos recordar que la Biblia se podía leer entonces en el original griego y no había duda de ninguna palabra o matiz inadecuado para ninguna traducción.

Una vez tuvo lugar el siguiente incidente: había una reunión de obispos en Chipre para tratar algunas cuestiones que habían surgido en la Iglesia. Entre los reunidos estaban San Espiridón y el joven obispo Trifilio, el antiguo discípulo de san Espiridón. Trifilio era especialmente adepto a la comprensión de los libros sagrados porque los había estudiado en su juventud y fue enseñado en cuanto a las Escrituras. Su sabiduría y conocimiento eran respetados por sus compañeros obispos, que le consultaban para predicar a la congregación de la Iglesia.

Hablando Trifilio, mencionó las palabras que Cristo había dicho al paralítico, registradas en el Evangelio de San Marcos: “Levántate y toma tu camilla”. Pero Trifilio no hizo uso de la palabra “cama”, sino que uso la palabra “esterilla”.

Cuando San Espiridón escuchó esto, fue incapaz de guardar silencio, pues no podía soportar escuchar a nadie cambiando las palabras que había pronunciado el Salvador. Se levantó de su lugar en la iglesia y se dirigió a Trifilio delante de todos, diciendo: “¿Crees que eres mejor que el que dijo “camilla”? ¿Te avergüenzas de usar la misma palabra que usó el Señor?”.

San Espiridón estaba tan perturbado por el hecho de que una sola palabra dicha por Cristo hubiera sido cambiada que ya no pudo permanecer ni siquiera en la Iglesia. Habiendo dicho estas palabras a Trifilio, abandonó el edificio.

Este incidente no debe ser visto como un delito. Trifilio no solo había sido discípulo de San Espiridón, sino que también estaba enorgullecido por sus dotes retóricas. Las palabras sirvieron para enseñarle un poco de humildad, sin la cual toda su sabiduría y conocimiento serían inútiles en la Iglesia. San Espiridón también fue tomado en alta estima por todo el clero y los fieles, pues era de mucha edad, más débil de cuerpo y era conocido por el hecho de que las obras de Dios se habían manifestado muy a menudo a través de él.

La vida del santo se encamina a su fin

Mientras Constancio aún gobernaba, en el año 347, las labores de San Espiridón en esta tierra llegaban a su fin. Había visto los tiempos de la persecución cristiana y los tiempos de paz en la joven Iglesia en la que sirvió.

Aunque de edad avanzada, continuó ayudando en el trabajo del campo, especialmente durante la temporada de la cosecha. Aconteció que mientras trabajaba un día en el campo, mientras que el sol era fuerte y el aire seco, la cabeza del santo comenzó a cubrirse de rocío. Había estado trabajando como si fuera su última hora; el rocío caía suavemente sobre su cabeza de la misma forma que había caído sobre el vello de Gedeón tiempo atrás. Mucha gente estaba presente y fueron testigos de lo sucedido. Ninguno podía decir que lo que parecía meramente una simple transpiración, era claramente el rocío que había caído desde lo alto.

Repentinamente, su pelo cambio; algunos cabellos se volvieron blancos, otros negros y algunos rubios. Sólo Dios sabe porqué sucedió esto o qué significaba. El santo puso la mano en la cabeza y luego dijo a los que estaban allí que el tiempo de su partida estaba cerca. Habló a sus compañeros trabajadores y a sus hijos espirituales con una instrucción final, exhortándolos sobre todo a amar a Dios y al prójimo.

Después de unos cuantos días, mientras oraba, se entregó en las manos amorosas de Dios, a quien había servido con justicia y santidad durante todos los días de su vida.

La noticia de su dormición se propagó rápidamente. Fue enterrado en la iglesia de los Santos Apóstoles de Trimitun. El gentil y amoroso pastor de la Iglesia no abandonó a su rebaño fiel, incluso después de haber sido llevado por el Señor, pues continuó obrando milagros después de su muerte. Mucha gente venía a rezar ante su tumba, pidiendo su intercesión ante el Señor. No pasó mucho tiempo antes de que la Iglesia, guiada por la voluntad del Espíritu Santo, incluyera oficialmente a San Espiridón, obispo de Trimitun, en el calendario oficial de los santos.

San Espiridón, como intercesor ante Dios

“Recordadme en vuestras oraciones”.

¡Con qué frecuencia decimos estas palabras a los demás! De hecho, uno de los rasgos más destacados de cualquier oficio de la Iglesia es la frecuencia con la que oramos por los demás: los enfermos, los que sufren, los encarcelados, los viajeros, el clero, los laicos, las autoridades civiles…. y la lista continúa.

Confiamos sinceramente en las oraciones de los otros, especialmente en las de aquellos que llevan una vida verdaderamente cristiana. También sabemos que la muerte no es el fin, sino un paso de esta vida temporal a la vida eterna.

En el Credo de Nicea confesamos nuestra fe en la Iglesia “una, santa, católica (universal), y apostólica”. La Iglesia es una. Es el Cuerpo de Cristo. Así como nuestro Señor no se divide entre los seres terrenales y los celestiales, del mismo modo la Iglesia, su Cuerpo, no se divide entre los que fueron antes que nosotros caminando hacia la vida eterna y los que siguen luchando por el camino de la salvación en la tierra. Pedimos unos a otros el orar ante el Señor, del mismo modo que es normal pedir a los que están ante Dios en el cielo que también intercedan por nosotros.

El salmista dice: “Maravilloso es Dios en sus santos”. Dios, en efecto, está rodeado por los que han llevado una vida santa en la tierra. Así como escuchó y aceptó sus oraciones durante sus vidas terrenales, también escucha y acepta ahora sus intercesiones, y las responde.

San Espiridón amaba y rezaba por sus fieles durante su vida ministerial entre ellos. Su partida terrenal no puso fin a su amor por los que acuden a él en busca de ayuda. Hemos relatado aquí algunos de los milagros obrados por él durante su vida, pero este bendito santo sigue orando y nos ayuda, incluso ahora.

El cuerpo de San Espiridón ha permanecido completamente intacto. Las reliquias del santo se encuentran en la Iglesia de Kerkyra, en la isla de Corfú, Grecia. Miles de personas acuden ante sus reliquias cada año para rezar por su intercesión y ayuda. Los milagros que se le atribuyen son innumerables.

Un signo de la atención continua del santo con los fieles es esta: a menudo, cuando los sacerdotes que ofician en la iglesia abren su relicario, el cuerpo no está. Más tarde, cuando se abre de nuevo, se ve que sus restos han vuelto. Esto no es un incidente extraño, pero sucede, incluso en nuestros días, y en muchas ocasiones. Otra indicación de este milagro es que cada año, el día de su conmemoración, el 12 de diciembre, el calzado de su cuerpo está completamente gastado. Los sacerdotes que oficial allí, cambian literalmente los zapatos del santo cada año, sólo para descubrir que el año siguiente están gastados. Con frecuencia, no es raro que los sacerdotes, cuando tocan los pies del santo al cambiar sus zapatos, encuentren el cuerpo flexible y cálido, y no duro y frío como el de un cadáver.

El humilde obispo que sirvió al Señor sin reservas durante toda su vida, en verdad no quiere que se le atribuyan ninguno de estos “milagros”, pues sería él el primero en reconocerlos como la obra de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que reciben de nosotros la gloria, la acción de gracias, el honor y la adoración, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.

Traducido por P.A.B

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