Mi éxodo del catolicismo romano por Msr. Pablo Ballester (2/3)

Msr. Pablo Ballester

Capítulo 4

 

“Tú eres Pedro”

Fui aconsejado por las personas más objetivas de mi fe para que estudiara la base bíblica del papado. Ellos pensaban que debía revisar los versículos de la Escritura invocados por el papismo como prueba y justificación de la, así llamada, “primacía de Pedro” (150). Encontré este consejo bueno y muy a mi gusto ya que proveería la oportunidad de investigar el tema a la luz y sobre la base de la Sagrada Escritura. Naturalmente, seleccioné como objeto de mi búsqueda el versículo más prominente, uno que aparece en el decimosexto capítulo del Evangelio de Mateo y sirvió como fundamento para la enseñanza tocante al papismo: “Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (151).

Para el catolicismo romano, estas frases del Señor dirigidas a Simón Pedro constituyen la divina institución de su autoridad papal (152). El jesuita Bernardino Llorca escribe:

“Como recompensa por su sobresaliente confesión sobre la divinidad de Jesucristo, Él anunció a Pedro que sería la piedra angular; en esencia, la cabeza y la autoridad más alta del edificio de Su Iglesia (153) … Para los apóstoles, esta metáfora (Pedro=Roca), que muestra que él es el fundamento de la Iglesia, prueba claramente que fue establecido como su gobernante supremo. El sentido de esta metáfora es que él debía ser para la Iglesia lo que una piedra angular es para un edificio. Y así como en todos los edificios la piedra angular estabiliza y unifica la estructura completa, así mismo en la Iglesia, él (Pedro) es la única estabilidad otorgada y unidad verdadera (154)”.

 

Según la mencionada interpretación de este versículo de la Escritura, la Iglesia católica romana enseña que San Pedro, el primer papa, “es el fundamento y la piedra angular de la Iglesia, el gobernante supremo y su cabeza, y el infalible maestro del mundo” (155). Ciertamente, esta es la enseñanza oficial y exigida (de la Iglesia católica romana), esto es, que “según la voluntad y el mandato de Dios, la Iglesia permanece bajo el bendito apóstol Pedro, como un edificio permanece bajo su fundamento” (156). Consecuentemente, según el concilio vaticano, esta enseñanza manifiestamente errónea es presentada para estar en acuerdo total “con el aparente y absoluto significado de las Sagradas Escrituras, como ha sido siempre entendido por la Iglesia católica” (157).

A pesar de estas aserciones, en mi opinión, este reclamo papal, que fue supuesto para ser “siempre entendido por la iglesia católica”, estaba diametralmente opuesto al “aparente y absoluto significado de las Sagradas Escrituras”. Realmente, pocas cosas en la Sagrada Escritura son tan aparentes y tan claras como esta verdad: “Porque nadie puede poner otro fundamento, fuera del ya puesto, que es Jesucristo” (158).

“Jesucristo es el único y verdadero fundamento de la Iglesia”, según San Atanasio (159). El apóstol Pablo se jacta de que el Señor es y ha establecido el único fundamento. El apóstol Pablo junto con el apóstol Pedro “construyeron la Iglesia de Roma (160), porque “el Señor Jesucristo es el fundamento de todos los sectores de Su Iglesia” (161). “Cada vez que la Sagrada Escritura se refiere a fundamento”, dice San Gregorio el Dialoguista, “no es para otro más que para el Señor” (162).

Parece absurdo que alguien que haya leído alguna vez los libros canónicos del Antiguo (163) y Nuevo Testamento (164) pueda negar que Jesucristo sea la Roca y el fundamento de la Iglesia.

Las palabras del Señor, “Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, grabadas en el Evangelio de Mateo, no son repetidas por ninguno de los otros evangelistas. Aunque Juan fue testigo ocular de la confesión de Pedro, no da ningún testimonio de esto al respecto en su Evangelio, y ni Lucas ni  tampoco Marcos, que fue discípulo, compañero e intérprete de Pedro mismo y recopiló su Evangelio según el espíritu y enseñanza del apóstol Pedro.

Aparentemente los evangelistas no fueron ni partidarios ni proponentes de la primacía papal, a tal grado que no hay relación en sus sagrados escritos sobre esta enseñanza que, según el catolicismo romano, constituye “el elemento más importante del cristianismo” (165), “su epítome y su esencia” (166). Quizá sería más correcto hacer responsable al Espíritu Santo por esta inexcusable omisión, dado que ellos actuaron bajo su guía y “hablaron según fueron movidos por Él” (167).

De forma similar, los discípulos inmediatos a los apóstoles, durante la segunda generación del cristianismo, no dan indicación del pasaje en cuestión. De hecho, en los escritos de los Padres Apostólicos, fuera de los 412 versículos citados de la Escritura, ninguno se refiere a la confesión de Pedro, lo cual sucede estar, única y exclusivamente, recogido en el Evangelio de Mateo. Lo mismo sostiene la verdad para los otros versículos de la Escritura empleados por los católicos romanos para sostener la primacía papal.

La notoria versión católica romana de “Tú eres Pedro …”, está también ausente en la Didach (Enseñanzas de los Doce Apóstoles), en Clemente, en Ignacio, en Policarpo, en Barnabás, en el discurso a Diogneto, en los fragmentos de Papías, e incluso en el Pastor de Hermas, cuyo principal objetivo es la organización y constitución de la Iglesia.

Consecuentemente, parece más aparente que la Iglesia de los dos primeros siglos estaba abstraída a este elemento, que supuestamente sirve de “base absoluta al cristianismo” (168).

Esta significativa omisión se hace más claramente visible en El Pastor de Hermas, ya que Hermas era el hermano de Pío, obispo de Roma, y, como nos informa el Canon Muratori, escribió este obra durante el episcopado de su hermano. En esta obra, Hermas describe la posición de los apóstoles, los obispos, los maestros y los diáconos (169), los oficiales (170), y los presbíteros (171) que presidían en la Iglesia. De hecho, El Pastor de Hermas, que es una muy detallada relación de la organización de la Iglesia, llena de imágenes y símbolos sobre su jerarquía, no contiene ni un solo testimonio que sugiera la única posición de un obispo como líder general de la completa comunidad cristiana. Es significativo, por consiguiente, que incluso el hermano del obispo de Roma, estuviera completamente ignorado en el tema de la primacía papal.

La primera referencia al versículo de la Escritura sobre la confesión de Pedro aparece en la segunda mitad del siglo II, alrededor del año 160, cuando Justino Mártir escribió su Diálogo con el judío Trifón. La manera indiferente en la que Justino describe la confesión del apóstol es bastante reveladora:

“Uno de sus discípulos, el que le confesó como Hijo de Dios por revelación del Padre, era llamado primeramente Simón, y entonces Él (Jesús) le llamó Pedro” (172).

Hacia el final del mismo siglo y por primera vez en la filología eclesial, apareció una nota referencial sobre este versículo, aunque no muy confiable. Esta es encontrada en el Diatessaron del sacerdote siríaco Taciano. Esta obra era de gran importancia, pues sustituyó casi por completo los cuatro Evangelios canónicos en la Iglesia siríaca, al menos hasta la primera mitad del siglo IV. Esta nota al margen dice: “Bendito seas, Simón. Y las puertas del Hades no prevalecerán contra ti” (173). Basado en el sentido dado en el este a la palabra “puertas”, solo podemos concluir que se refiere a la victoria de Pedro sobre la muerte (174).

De Justino Mártir, pasamos sobre la Edad de Oro de la Iglesia buscando otras referencias a este versículo. Inicialmente, la primera observación de los Padres fue que el Señor llamó a su apóstol Petros, un sustantivo griego de género masculino, mientras constataba que construiría la Iglesia sobre “petra”, un sustantivo de género femenino.

El texto griego hace distinción entre los dos sustantivos claramente e impide la posibilidad de identificar Petros con petra. La explicación ofrecida por los Padres y otros escritores eclesiásticos es que petra (roca) sobre la que la Iglesia era construida no era la persona del apóstol Pedro, porque en ese caso, el Señor habría usado la expresión “y sobre este Petros” (175). Consecuentemente, muchos de los Santos Padres se inclinan a la interpretación de la palabra “roca” como confesión de fe en el Hijo de Dios, una interpretación forjada tiempo atrás por San Judas aconsejándonos a estar “edificados vosotros mismos sobre el fundamento de vuestra santísima fe …” (176).

Otra interpretación sugiere que la “roca” es Cristo mismo, quien los profetas describieron como la esperada Roca de Israel (177), algo que Él también dice de sí mismo (178).

Finalmente, otros pocos escritores como Tertuliano _aunque también ellos, identifican la roca, algunas veces, con el apóstol_  infieren solo un significado espiritual a esta interpretación metafórica. No consideran que esto sea un privilegio especial del apóstol en comparación con los otros, y ciertamente no un único sucesor (179). El bienaventurado Agustín escribió en sus Confesiones que, en primer lugar, él pensó que este versículo bíblico identificaba la roca con el apóstol. Más tarde, sin embargo, después de exhaustivo examen, entendió que la correcta interpretación es que la Roca sobre la que se fundamenta la Iglesia es Aquel a quien el apóstol Pedro confesó como el Hijo de Dios (180). El bienaventurado Agustín siempre sostuvo esta enseñanza, algo que parece evidente en incontables puntos de sus obras. Él postula su razonamiento con esta interpretación.

“Ya que la Roca es el sustantivo apropiado, Pedro recibe su nombre de la Roca y no la Roca de Pedro, al igual que los cristianos recibimos este apelativo de Cristo, y no Cristo de los cristianos. ‘Tú’, dice Cristo, ‘eres Pedro, y sobre esta Roca sobre la que has confesado diciendo “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”, construiré mi Iglesia’; [La construiré] sobre Mí mismo, que soy el Hijo del Dios vivo” (181)

El bienaventurado Agustín repite esto, casi literalmente, en su primera homilía en la fiesta de los Jefes de los Apóstoles, Pedro y Pablo (182). Es incluso más claro en su quinta homilía de Pentecostés:

“Estableceré mi Iglesia sobre esta Petra (Roca); no sobre Pedro (Petrum), no sobre su persona, sino sobre la Roca (Petram) que él confesó” (183).

Más allá añade, en su centésimo vigésimo cuarto Tratado sobre Juan el Evangelista:

“Sobre esta Roca que tú confesaste Yo edificaré mi Iglesia, porque Cristo mismo es la Roca” (184).

Este mismo Santo Padre dio una respuesta sarcástica a algunos, que, precisamente igual que los papistas de hoy, identificaban al apóstol Pedro con la Roca. Mientras interpretaba los versículos de la apostasía de Pedro, el bienaventurado Agustín les preguntó burlonamente con su característica conducta fiera:

“Y, ¿dónde está vuestra Roca ahora? ¿Dónde está la solidez? Cristo mismo era la Roca, mientras que Simón no era más que … el duro Pedro. La verdadera Roca ascendió para fortalecer a Pedro, que se acobardó y abandonó a la Roca” (185).

Sobre esta divina Roca _ quien es Su verdadero Hijo_ Dios situó la “fundación relativa”, esto es, el primer elemento humano de la Iglesia. Esta fundación consta del colectivo completo de los apóstoles, sin que Simón Pedro posea ninguna posición especial de autoridad. El apóstol Pablo enseña esto (186), y Juan el Evangelista coincide en que le fue revelado en una de sus asombrosas visiones apocalípticas que el edificio de la Iglesia estaba construido sobre la Roca, que “tenía doce fundamentos, y sobre ellos doce nombres de doce apóstoles del Cordero” (187).

Así, San Ignacio de Antioquía escribe a los Tralianos que “sin estos (los apóstoles), incluso el nombre de Iglesia es inexistente” (188). San Cipriano expresa lo mismo con diferentes palabras, enseñando que la Iglesia permanece en el “super episcopos”, que significa los apóstoles y sus sucesores (189), que estaban atrincherados en la roca inamovible de nuestro Señor Jesucristo (190).

Aceptar que la Iglesia estaba establecida solamente sobre Pedro con la exclusión de los otros apóstoles, como reclama el sistema papista (191), es equivalente a comparar al Salvador con el “hombre insensato” de la parábola, “que ha edificado su casa sobre la arena … y cayó, y su ruina fue grande” (192). San Jerónimo escribe Joviniano el hereje:

“Tú afirmas que la Iglesia estaba fundada sobre el apóstol Pedro, pero la verdad es que estaba establecida sobre los apóstoles, y el poder de la Iglesia se hizo manifiesto en todos ellos” (193).

El estudio de las enseñanzas de los Padres con relación a este tema fue especialmente provechoso para mí. En verdad, según San Vicente de Lerins:

“Es necesario, para evitar el problema y el laberinto de desilusión, que el método de interpretación bíblica esté en conformidad con, y dentro de los auspicios del espíritu eclesial tradicional” (194).

Después de esta investigación patrística, no tuve ninguna duda de que la enseñanza católica romana referente a la primacía papal de Pedro estaba diametralmente opuesta al “evidente y clarísimo sentido” de las Santas Escrituras, las enseñanzas de los apóstoles, la interpretación de los Santos Padres y, en general, a la sana y Tradicional enseñanza de la Iglesia de Cristo (195).

Capítulo 5

 

“El principio de la disputa”

 

 

Una vez que mis conclusiones se hicieron públicas, el rumor de que yo era un monje peligroso, sospechoso de herejía, empezaron a circular. Un obispo, ahora cardenal, me escribió estas duras palabras:

“Si viviéramos unos cuantos siglos atrás, las teorías expuestas por su reverencia habrían sido más que una causa amplia para entregarlo al fuego de la Santa Inquisición”.

 

Adicionalmente, se presupuso que mi mal dispuesta supervisión eclesiástica pronto intervino para frustrar mi pronta ordenación al diaconado (196). Como último recurso, trataron de invocar el voto monástico de obediencia y disciplina, para forzarme a abandonar mis convicciones aunque me di cuenta a tiempo de sus intenciones. Mantenían que estaba obligado a obedecer ciegamente y refrenar mi intención de investigar, ya que el derecho de examinar materias de fe pertenecía a la suprema jerarquía de la Iglesia. También sostuvieron que, si yo creía en la Iglesia apostólica, estaba obligado a seguir indiscriminadamente a los sucesores canónicos de los apóstoles. No obstante, la gracia del Señor me permitió permanecer inquebrantable en mis convicciones, llevando hasta el extremo la máxima de San Ireneo con respecto a la heterodoxia:

“No pueden pedirnos que seamos sus seguidores simplemente porque ellos tienen la sucesión apostólica. Debemos seguir el bien y librarnos de los malos sucesores de los apóstoles” (197).

Verdaderamente, la Iglesia católica romana puede tener la típica sucesión apostólica debido a la sucesiva imposición de manos de los obispos, pero no tener la verdadera sucesión de fe y enseñanza de los apóstoles. San Papías ensalzó esta sucesión de fe de los cristianos de Roma durante el siglo II, con estas palabras: “En cualquier sucesión y en cualquier lugar, todo lo que es demandado por la ley y los profetas, es salvaguardado por el Señor” (198).

Una vez que me reconcilié con mi mente, nada podría convencerme de otra cosa. Incluso cuando un sacerdote, que nunca había cesado de hablar sobre mi con malicia, me llamó públicamente un “ingrato hijo de la Iglesia católica”, no dude en expresar mi escepticismo sobre la compatibilidad del título “católico” con el papismo. Para mí, papismo no es más que una “impía innovación” (199)  ya que “la verdadera fe católica pertenece a la antigua y ecuménica cristiandad” (200).

Retrospectivamente, me consideré a mi mismo más “católico” que mi propia iglesia:

“Verdaderamente, católico es el que ama la verdad de Dios, la Iglesia, el cuerpo de Cristo […], el que no favorece nada más que la divina fe y no superpone sobre ella la autoridad de un hombre, reverenciando sobre todo la antigua y única fe. Además, muestra desprecio por esta autoridad y mantiene una unión fija e inquebrantable con la verdadera fe, determina completamente en no creer nada más que lo que es decretado por la Iglesia desde el principio de su andadura” (201).

El mundo se preguntaba cómo yo, el último de los monjes de la orden de San Francisco, desafió juzgar a mi Iglesia entera y condenarla como ilusa conjuntamente con sus papas, sínodos y teólogos. Mi respuesta fue repetir simplemente las palabras de Tertuliano:

“Ninguna enseñanza que expone la verdad enseñada por la Iglesia, los apóstoles, Cristo, y Dios el Padre, debe ser juzgada como errónea” (202).

Capítulo 6

 

“Salid de ella, oh pueblo mío …”

 

Sin tener en cuenta esta desviación dogmática tan grotesca, no tenía intención de abandonar mi Iglesia. Sin embargo, primero quise estar seguro de que podía encontrar refugio en el solaz de la vida espiritual que me proporcionaba mi orden religiosa y mi monasterio. Ciertamente, podría salir de la jerarquía papista para tomar la responsabilidad y la obligación de reconocer y corregir esta herejía.

No obstante, mis pregustas persistían. ¿Estaría comprometiendo los intereses de mi alma si permaneciera en una religión en la que cada papa es considerado infalible, introduciendo como tal nuevas doctrinas, decretos y falsas enseñanzas relativas a la fe, los sacramentos y la adoración? ¿No afectaría esto a la integridad de mi vida espiritual? Como advirtió San Vicente de Lerins incluso desde el siglo V:

“Es una gran tentación si el que consideráis profeta, intérprete de los apóstoles, maestro y pilar de la verdad, a quien seguís con el mayor respeto y con el mayor amor, de repente empieza a introducir de forma sutil e imperceptible peligrosos engaños que no se pueden discernir fácilmente, deslumbrados por la preconcepción de sus previas enseñanzas y su ciega obediencia” (203).

Además, era fácil para mi discernir que la vida espiritual del catolicismo romano tiene marcas evidentes que indican la influencia de sus desviaciones teológicas. Desviaciones doctrinales como el purgatorio, prácticas como participar de un único elemento en la Santa Comunión, y excesos como adorar a María, eran claran indicaciones y síntomas de degeneración teológica, solo aparente para los que desean ver objetivamente las cosas. Así, habiendo ya adulterado la pureza original de la fe evangélica y apostólica con la innovación del papismo y la herejía de la infalibilidad _abandonando, por tanto, partes de la verdadera enseñanza sobre el hombre_ se han desviado en muchas otras áreas.

Congruentes a todos los casos de heterodoxia que aparecen en la historia de la Iglesia, “extendieron subsiguientemente la distorsión a otras enseñanzas, inicialmente como hábito y más tarde cómo si se hubiera dado licencia para la distorsión. Eventualmente, distorsionando incrementadamente todos los aspectos de la doctrina, lo distorsionan todo” (204).

No es sorprendente que varias personas altamente estimadas por su espiritualidad en la Iglesia romana, empezaran a tocar las trompetas, aunque algo tarde, con declaraciones públicas como la siguiente:

“Cómo podemos saber si el ‘menor sentido de salvación’ que nos bombardea no nos conduce a olvidar a nuestro único Salvador, Jesucristo …” (205).

“Nuestra piedad, hoy en día, aparece como un árbol con ramas enmarañadas y espeso follaje, por lo que nuestra alma está en peligro de perder la vista del tronco, que lo sujeta todo, y de las raíces, que se agarran a la tierra” (206).

Otra apelación, aún más urgente:

“Hemos engalanado y sobreadornado el lienzo de tal forma, en lo que se refiere a la imagen del Único que es nuestra única necesidad, para dejar de existir finalmente bajo los ornamentos embellecidos” (207)

La solución no solo era simple sino también posible, como el más sincero y atrevido fiel de esta Iglesia había llegado a reconocer. Desafortunadamente, esta permanecía distante en su aplicación:

“No saboreemos un cristianismo que no sea el de la era apostólica”, clama el sabio y muy respetado obispo católico romano, Monseñor Camus. “No permitamos a los que improvisan y nos sugieren ideas diferentes agitar nuestra vida espiritual, moldear nuestra buena disposición y disminuir nuestros esfuerzos” (208).

Estas palabras hacen simplemente eco a la admonición de San Policarpo a los filipenses:

“Por lo tanto abandonemos las vanidades de los hombres y las falsas enseñanzas y volvamos a la enseñanza que nos ha sido otorgada desde el principio” (209).

Y las observaciones de San Cipriano a Cecilio:

“Cuando la verdad se pierde por la práctica y la tradición, esto es una señal indicativa de la longevidad del engaño. Hay un método muy seguro para que las almas espirituales disciernan entre la verdad y el engaño: basta con regresar al origen de la divina enseñanza, donde el engaño humano termina. Volvamos al origen evangélico, a la enseñanza original dada por nuestro Señor y a la tradición apostólica, donde emana la palabra de nuestros pensamientos y acciones” (210).

También son pertinentes las palabras del gran profeta Jeremías:

“Paraos en los caminos y mirad; y preguntad por las sendas antiguas, cual es el buen camino, y seguidlo, y hallaréis reposo para vuestras almas” (211).

Por lo tanto, me convencí de que la vida espiritual dentro de la Iglesia romana no estaba exenta de peligro, ya que:

“Es una gran tentación para el creyente de la Iglesia de Dios cuando sus líderes caen en la desilusión. Además, la tentación es mucho mayor y más seria cuando los engañadores ocupan altas posiciones”(212).

Aquel que confíe su alma a una iglesia que está gobernada y dirigida por heterodoxos corre el riesgo de afrontar el mismo destino que los fieles que se encontraron bajo la autoridad pastoral de Orígenes. Los Santos Padres escribieron lo siguiente sobre sus acciones:

“En realidad, la mala influencia de este maestro sobre los fieles confiados a él por la Iglesia presentó, no solo una simple, sino una gran tentación […] ya que ellos no sospecharon ni vieron ningún peligro en él y fueron conducidos progresiva e inconscientemente, de la antigua fe a las impías innovaciones” (213).

Así, tomé una nueva decisión. No quería permanecer bajo el patronato de un falso cristianismo que explota el Evangelio para servir a la agenda imperialista del cesar-papismo. No quería ser contado con los que, como dice San Cipriano: “no pueden tener al verdadero Dios como Padre ya que han rechazado a la verdadera Iglesia como su Madre” (214), añadiendo además que aquellos que se desvían de la verdadera enseñanza y la unidad eclesiástica original “no tienen la ley de Dios, no tienen la fe del Padre y del Hijo y tampoco tienen vida o salvación” (215).

Estaba absolutamente seguro de que no tenía ningún otro recurso más que proceder con mi decisión final. Efectué mi salida, poniendo fin a mi terrible destino _destino que ya era bastante defectuoso en todos los sentidos_ en el seno del papismo. La gracia del Señor me sostuvo indudablemente durante los días en que mi decisión cambiaba la esencia de mi vida. Con gran esfuerzo y desolación resistí las súplicas y las lágrimas de mis amados hermanos del monasterio. Desafortunadamente, estas fueron entretejidas con numerosos reproches y amenazas a la salida. Me llamaron ingrato y etiquetaron como apóstata de la Iglesia de mis ancestros y de la tradición religiosa de mi país. Para los pocos que aún deseaban escucharme, estaba contento con responder con las palabras de San Jerónimo, las cuales me llenaron de fuerza y consuelo:

“No estamos obligados a seguir las desilusiones de nuestros predecesores y nuestros parientes sino la autoridad de las Escrituras y los mandamientos de Dios” (216).

Por lo que respecta a la supuesta “traición” a la tradición de mi país, me consolé con estas palabras.

“Nada que se oponga a la verdad, incluso si consiste en una tradición o una vieja costumbre, es herejía” (217).

Meses más tarde, cuando escribí el primer capítulo de mi obra La historia de la Ortodoxia española, un relato epistemológico que describe a las primeras Iglesias Ibéricas creadas por San Pablo (218), descubrí que era el único que no había traicionado a la antigua tradición española. Y esto, porque la Iglesia de mi país, durante los primeros cuatro siglos de su fundación, era verdaderamente ortodoxa y no papista o sirviente del vaticano, como lo es hoy en día (219).

Finalmente, abandone el monasterio y poco tiempo después hice pública mi decisión de abandonar la Iglesia romana. Algunos monjes y sacerdotes se sintieron inclinados a seguirme, pero solo hasta ese punto. En el último momento, ninguno de ellos quiso sacrificar su posición en la Iglesia, su prestigio y su buena reputación en la comunidad (220). Sin embargo, antes de que abandonara el monasterio, tuve el ánimo de pedir a mis superiores que certificaran que mi partida era el resultado de mi propia elección, y que mi completa conducta durante mi vida monástica había sido ejemplar. Consecuentemente, esta carta se convirtió en el “deplorable detalle” que previno a los papistas uniatas (greco-católicos) para elaborar calumniosos ataques viendo las causas de mi “apostasía”.

Esta es la historia de cómo y porqué abandoné la Iglesia de Roma, cuyo líder olvidó que el reino del Hijo de Dios “no es de este mundo” (221). El líder de la Iglesia de Roma, olvidando que “el que es llamado al oficio del episcopado no es llamado a ser investido con autoridad humana sino para servir a la Iglesia entera” (222), emuló al que (Satanás) “en su orgullo, queriendo ser igual a Dios, perdió la verdadera felicidad para ganar la falsa gloria” (223), al que “se sentó en el templo de Dios, ostentándose como si fuera Dios” (224), al que dice en su corazón: “Al cielo subiré, sobre las estrellas de Dios levantaré mi trono; me sentaré en el Monte de la Asamblea, en lo más recóndito del septentrión; subiré a las alturas de las nubes; seré como el Altísimo” (225).

Bernardo de Clairvaux, uno de los más grandes místicos del este, fue justificado cuando escribió al papa Eugenio:

“Para ti, no hay mayor veneno, o espada más peligrosa que la pasión por la supremacía” (226).

Conducidos por esta pasión desenfrenada, los papas forzaron a su iglesia a “fornicar con los poderes del mundo (227), haciendo de ella la desolación de los comerciantes” (228). Haciendo esto, violaron los mandamientos de Dios, exponiendo los sofismos y enseñanzas de los hombres (229), y “derribaron la verdad para construir sobre ella sus engaños” (230). Fueron descubiertos como mentirosos (231) y seguidores del padre de la mentira (232). Esto era inevitable porque, al igual que pasó con las herejías de todas las épocas, “introdujeron supersticiones humanas en el dogma divino y violaron los mandamientos de los antiguos mostrando desprecio por las enseñanzas de los Padres, invalidando la sabiduría de los predecesores, siendo cautivados por la pasión desenfrenada de una lujuria impía y vana por la innovación, restringiendo los límites de la sagrada e incorrupta antigüedad” (233).

Viendo la amargura del papa, que no tiene nada que envidar al lastimoso Orígenes:

“mostró desprecio por la simplicidad de la fe cristiana, y reclamó ser superior en conocimiento a cualquiera, haciendo caso omiso a las tradiciones de la Iglesia y a las enseñanzas de los antiguos” (234).

Bajo estas circunstancias, no puede haber actuado de otra manera diferente a la que lo hice. Elegí ser obediente a la voz de mi conciencia, la voz que emanaba el mandamiento de Dios mismo a su pueblo elegido:

“Salid de ella, pueblo mío, para no ser solidario de sus pecados y no participar en sus plagas” (235).

Capítulo 7

 

“Hacia la Luz”

 

La noticia de mi renuncia al papismo se propagó rápidamente en los círculos eclesiásticos más amplios. No obstante, mi posición se volvió más difícil cuando fue entusiastamente acogida por los protestantes españoles y franceses. Lidié con numerosos insultos y amenazadoras cartas anónimas en mi correspondencia diaria. Mis acusadores exponían que estaba conspirando para crear una opinión antipapista en los fieles. Afirmaban que me esforzaba por conducir a la “apostasía” a un gran número de sacerdotes católicos romanos, que eran considerados “dogmáticamente débiles” porque mostraban  compasión e interés ante mi difícil prueba. Todo esto me condujo a abandonar Barcelona y trasladarme a Madrid, donde recibí hospitalidad de los anglicanos. A través de ellos comencé a tener relaciones con el concilio ecuménico de iglesias.

A pesar de mis preventivos traslados, mi presencia no paso inadvertida. Después de cada uno de mis sermones en diferentes iglesias anglicanas, un gran número de oyentes expresaba el deseo de conocerme personalmente y discutir en privado sobre varios asuntos de conciencia. La mayoría de los que trataron de conversar conmigo cuestionaban la escandalosa coexistencia de muchas y diferentes iglesias cristianas que anatematizaban a otras, cada una reclamando que solo ella era la auténtica representante y cabeza de la Iglesia antigua. Así, casi inintencionadamente, empecé a atraer a un círculo de seguidores, muchos de ellos no papistas, que aumentaba día tras día. Esto me hizo ser más visible a las autoridades locales, especialmente porque algunos de los que me visitaban en privado eran sacerdotes católicos romanos, notorios por ser “rebeldes contra la Iglesia y los seguidores de la idea libertaria respecto a la primacía y la infalibilidad del pontífice de Roma”.

El odio fanático de algunos católicos romanos, que actuaban más como papistas que como cristianas, saldría completamente el día que hice pública respuesta a un extenso y notable tratado que me envió Acción Católica. El tratado era un “intento final” para hacerme volver al “sentido común” y denunciar mi “obstinación herética”. Era de carácter apologético y llevaba el expresivo título de “El papa, representante de nuestro Señor en la tierra”. podría resumirse como sigue:

“Con relación a la infalibilidad de su Santidad, los católicos romanos de hoy en día son los únicos cristianos que pueden estar seguros de lo que creen”.

 

Sin perder la calma, les contesté mediante unas columnas en un periódico portugués de tirada diaria:

“En realidad, con relación a esta ‘infalibilidad’, sois los únicos cristianos, hoy en día, que no pueden estar seguros de lo que su Santidad les hará creer pasado mañana”

 

Concluí mi respuesta con estas palabras:

“Con mayor esfuerzo, por vuestra parte, podréis saber que nuestro Señor se convirtió en el representante del papa en el cielo”.

 

Algún tiempo después, puse punto y final a esta contienda con un triple estudio publicado en Buenos Aires, que abordaba el tema de la primacía papal en la forma más objetiva (236). Este volumen era una colección de todos los escritos de los Padres de la Iglesia de los cuatro primeros siglos, que se referían directa o indirectamente a los, así llamados, “versículos de la primacía” (237). De esta forma, probé que la enseñanza del papismo en estos versículos de la Escrituras estaban diametralmente opuestos a la exégesis de los Padres de la Iglesia, cuya interpretación de la Escritura constituye la ÚNICA     y AUTÉNTICA regla para la correcta interpretación de la palabra de Dios.

Capítulo 8

 

“Mi encuentro con la Verdad”

 

Entretanto, mantuve contacto, por primera vez, con la Ortodoxia, con independencia de las circunstancias anteriormente citadas. debo decir que mi acercamiento a esta Iglesia empezó a suceder ya en el principio de mi odisea espiritual.

Prontamente, cuando aún estaba en mi monasterio, mantuve cuidadas discusiones sobre temas eclesiásticos con un grupo de estudiantes universitarios que eran ortodoxos polacos que pasaron por mi país. Después, la información que recibí del concilio ecuménico con respecto a la existencia y actividades de los ortodoxos del este, hizo aumentar mi interés. Además recibí alentadoras publicaciones de las Iglesias ortodoxas de Rusia y Grecia situadas en Berlín y Londres. Los poderosos artículos contenidos allí del archimandrita Nicolás Katsanevakis de Nápoles comenzaron a conquistar mi corazón.

En conjunto, estas tres circunstancias me condujeron a expulsar mi engañada concepción previa y mi odio contra la Ortodoxia, arraigada en mi por la educación católica romana. Los estudiantes católicos aprenden en la enseñanza media que “el cisma del este, la llamada Ortodoxia, no es nada más que una asamblea sin vida, momificada y desecada; pequeñas iglesias locales sin ninguna de las genuinas y distintivas características de la verdadera Iglesia de Cristo” (238). En otras palabras, “un deplorable cisma creado por el diablo y amamantado por el orgullo del Patriarca Focio” (239).

Durante el tiempo de crisis personal, combinado con mi general (y reciente) conocimiento, inicié correspondencia con altos miembros respetados de la jerarquía ortodoxa del este. Finalmente estaba preparado para comprender todo lo que este obispo quería comunicarme sobre la enseñanza ortodoxa. En otras palabras, estaba en disposición para examinar objetivamente los hechos relevantes sobre la constitución y el status teológico de las iglesias apostólicas.

En el transcurso de esta comunicación, se hizo obvio que mi posición contra el papismo se correspondía con la enseñanza eclesiológica de la Ortodoxia. Así, mientras luchaba contra lo que “no debe” formar parte del dogma cristiano, la Ortodoxia proveía lo que “debe” estar incluido. Cuando discutía mis observaciones con este reverendo jerarca, él estaba de acuerdo conmigo, aunque cautelosamente, dada mi conexión con los protestantes en otro tiempo.

Como nota de interés, debo decir que los representantes de la Ortodoxia del este, en el oeste, no están para nada interesados en el proselitismo. Esto es debido a su percepción del status quo eclesiástico en Europa. El proselitismo va en contra de sus convicciones ya que los padres espirituales deben adherirse a la exigente demanda pastoral debida primeramente a las comunidades griega y rusa, a cuyo cuidado espiritual han sido encomendados.

Mi correspondencia con este jerarca alcanzó pronto un avanzado estado, hasta el punto de estar en contacto con el Patriarcado Ecuménico. Solo entonces se me aconsejó estudiar el célebre trabajo de Sergio Bulgakov, Ortodoxia (240), y el igualmente cuestionado trabajo del metropolita de Berlín, Serafín, que lleva el mismo título (241). Tan pronto como empecé a leer estas dos obras, encontré en mi mismo un total acuerdo con el espíritu de los autores. No encontré ningún párrafo que no pudiera aceptar y adoptar incondicionalmente y con buena conciencia. En las páginas de estas obras, y en muchas otras que empecé a recibir de Grecia, junto con cartas de ánimo, encontré expuesta con sorprendente claridad la enseñanza de la Ortodoxia. Se hizo gradualmente evidente para mi que los fieles ortodoxos son los únicos cristianos en el mundo de hoy que comparte la misma fe de los cristianos de las catacumbas. Única y verdaderamente fieles, solo ellos son justificados por completo para jactarse en el Señor mientras repiten la frase patrística:

“Creemos en todo lo que hemos recibido de los apóstoles, en todo lo que los apóstoles recibieron de Cristo, y en todo lo que Cristo recibió de Dios el Padre”

 

Para ellos también se aplican las palabras de Tertuliano:

“Sólo nosotros estamos en comunión con las iglesias apostólicas porque nuestra enseñanza es la única equivalente a su enseñanza. Este es el testimonio de nuestra verdad”(242).

Durante este período, completé mis libros El significado de la Iglesia según los Padres del oeste y Nuestro Dios, Vuestro Dios, y Dios(243). Más tarde, me vi obligado a paralizar la circulación del segundo libro en Sudamérica, previniendo así su uso por la propaganda protestante.

En este punto, mis colegas ortodoxos me aconsejaron librarme de mis polémicos esfuerzos contra el papismo, que se convirtieron en una obsesión para mí. Fui alentado, en cambio, a iniciar un auto examen para definir claramente mi credo personal. Esto proveería las bases para evaluar mi precisa posición teológica y revelar los daños causados por mi asociación con el anglicanismo.

Este esfuerzo no fue sin dolor ni de corta duración, pues me obligó a emprender una extensa investigación en una fe en la que me faltaba pericia teológica. No bastaría simplemente con expulsar los dogmas de la primacía papista y sus privilegios mientras defendiera el resto de las enseñanzas romanas. Así que procedí con un profundo y exhaustivo análisis de las verdades básicas del cristianismo. Estas verdades básicas me ayudaron a distinguir los límites de la dogmática papista sobre los que el vaticano había fundado sus intereses político-eclesiásticos. A través de los siglos, estos límites habían sido determinados por decretos papales de todas las formas y clases y sirvieron para promulgar una agenda imperialista dentro de la Iglesia.

Mi investigación fue imperativa porque no quería repetir los errores de los “viejos” católicos, que, escandalizados por el decreto de infalibilidad del concilio vaticano, abandonaron al papa pero continuaban adheridos a la teología romana. Esta teología había sido entretejida con muchas otras falsas doctrinas, prejuicios y supersticiones que la ortodoxia no admite.

Reconociendo la extrema dificultad de esta tarea, elegí expresar mi posición en general menos los términos positivos y publicar la siguiente declaración de fe:

“Creo en todo el contenido de los libros canónicos del Antiguo y Nuevo Testamento y todas las enseñanzas que emanan directamente de su contenido, de acuerdo con la interpretación de la enseñanza eclesiástica tradicional, a saber, los Concilios Ecuménicos y el consenso completo de los Santos Padres”.

 

Casi inmediatamente, tuve la sospecha de que la amistosa alianza con los protestantes había llegado bruscamente a su fin. Con la excepción de un pequeño grupo de anglicanos, cuyo comprensivo y moral soporte me acompañó durante este embarazoso período, solo la Ortodoxia, aunque todavía con extrema precaución, estuvo interesada en mi lucha. Solo cuando el último empuje dejo su prejuicio y desconfianza en mi, empezaron a considerarme como “un posible e interesante catecúmeno”.

En aquel momento, la fortuita amistad con científico ortodoxo polaco intensificó mi convicción de que la Ortodoxia se agüere a las verdades esenciales del cristianismo antiguo. Este cristiano polaco resistió los desesperados esfuerzos de los uniatas (244) por atraerle al papismo a causa de la influencia de este y su riqueza. Su respuesta fue simple pero muy edificante:

“Vosotros afirmáis que debo negar mi fe ortodoxa para llegar a ser un cristiano perfecto. ¡Estupendo! Mi fe ortodoxa consiste en los siguientes elementos: Jesucristo, el Evangelio, los Concilios y los Santos Padres. ¿Cuál de estos elementos debo negar para ser, como sugerís, un ‘perfecto cristiano’?”

Impasibles, los uniatas desviaron su estrategia y sugirieron que no era necesario negar ninguno de estos elementos básicos. Él, solo tenía que reconocer al papa como el líder infalible de la Iglesia. Mi amigo contendió con esta profunda respuesta: “¿Debo reconocer al papa? ¡Esto sería equivalente a negar todo lo demás!

Me di cuenta, en este punto que, para purificar su fe, cualquier pensador cristiano de cualquier otra denominación afrontaría la necesidad de rechazar algunos elementos de la enseñanza de su grupo de fe que estuvieran en conflicto con las enseñanzas básicas del cristianismo. La única excepción a estos es el cristianismo ortodoxo _solo “sus” creencias constituyen la esencia pura del cristianismo, la completa, eterna e inmutable verdad, como fue revelada por Dios mismo en los Evangelios.

Por ejemplo, un católico romano puede rechazar al papa como tal, repudiar la enseñanza del fuego del purgatorio o discutir los términos del concilio de Trento sin perder su identidad cristiana. Igualmente, un protestante puede rechazar las enseñanzas de los reformadores con respecto a la divina gracia y la predestinación y ser aún un cristiano.

Únicamente la Ortodoxia no incorporó elementos externos, para que cada artículo de su fe sea una verdad esencial e inalterada, imposible de rechazar o escindir. La Iglesia Ortodoxa es la única Iglesia que nunca ha intentado sugerir a los fieles nada más que lo que siempre, en todo lugar, y por todos, ha sido considerado como la Verdad revelada por Dios (245). Así, cuando alguien adopta la Ortodoxia, simplemente abraza el Evangelio en su primitiva pureza. Contrariamente, si alguien niega y apostata de ella, esto es semejante a negar y apostatar del cristianismo mismo.

La Ortodoxia es la única Iglesia que ha conservado fielmente la verdad del Evangelio. “Nunca alteró nada; ni añadió ni substrajo” (246); “no eliminó la esencia, ni encarnó las esenciales, ni perdió algo que le perteneciera, ni añadió nada extraño, siempre sabia y fiel a todo lo que heredó” (247). Sabe que no está permitido hacer el menor cambio de la fe que le fue confiada una vez y para siempre (248), ni incluso si fuera sugerido por “un ángel del cielo” (249), y verdaderamente ni por ningún hombre terrenal lleno de imperfecciones y debilidades.

La Ortodoxia es la verdadera esposa de Cristo “que no tiene mancha o arruga, cualquier otra cosa; sino […] santa y sin mancha” (250). Es la Santa Iglesia de Dios, Su única Iglesia (251), “la verdadera Iglesia Católica que lucha contra todas las herejías. Ella puede luchar sin ser nunca derrotada. Aunque todas las herejías y los cismas brotaran como ramas salvajes y fueran cortadas de la viña, ella permanecería fija a su raíz, en unión con Dios” (252). Cualquiera que la siga, sigue a Dios; cualquiera que escuche su voz, escuchará la voz de Dios; (253); y cualquiera que la desobedezca, se convierte en gentil (254).

Convencido completamente por todo lo que había leído y aprendido, ya no me sentí abandonado. Ya no estaba solo ni abatido por el poder católico romano o la creciente indiferencia de los protestantes. De hecho, estaba unido en fe y enseñanza con millones de hermanos cristianos del este y de todo el mundo. Era reconfortante estar finalmente unido con todos los que constituyen la verdadera Iglesia Ortodoxa.

La calumnia papista de la fosilización teológica de la Ortodoxia perdió totalmente su validez comprendiendo finalmente la consistente perseverancia de la Ortodoxia en su heredada verdad. La Ortodoxia no es una posición inmóvil, rígida y fosilizada sino un incesante flujo de confesión de la fe antigua. Puede ser comparada a la corriente de una cascada, que puede parecer siempre la misma, pero sus aguas se mueven incesantemente y cambian constantemente, siempre creando nuevos sonidos y armonías.

Cuando alcancé este punto de revelación en mi fe, la Ortodoxia empezó finalmente a verme como a uno de los suyos, y así es como escribió un archimandrita, en una carta, lo siguiente:

“Hablar sobre la verdad de la Ortodoxia con este español no implica ningún proselitismo sino una discusión sobre una doctrina y un espíritu religioso que es tan nuestro como suyo; la única diferencia es que nosotros la heredamos de nuestros predecesores mientras que él triunfó buscándola debajo de quince siglos de historia eclesiástica del este”

 

Entonces era más obvio que el viaje de mi “desahogo espiritual”, como mi padre confesor lo había llamado, me había conducido naturalmente y sin mi sabiduría al seno de la Madre Iglesia, la Ortodoxia. En realidad, durante el período final de mi viaje, a veces incierto para mí, yo ya era ortodoxo. Me encontraba cercano a la verdad divina, como los discípulos en el camino de Emaús, sin reconocerla hasta la recta final de mi peregrinaje espiritual.

Cuando estuve inequívocamente convencido sobre todo, sentí la necesidad de llevar a cabo el paso final. Escribí un largo relato sobre mi dura prueba y su desarrollo y la envié al Patriarcado Ecuménico y a su Beatitud, el arzobispo de Atenas, guardián del ministerio apostólico de la Iglesia de Grecia. También envié una inmediata noticia de mi intento de convertirme en ortodoxo a los jerarcas y varios miembros de las Iglesias con las que había desarrollado una relación especial. Iluminado por el sentimiento de que estaba en posesión de aquella preciosa perla digna de todo sacrificio (255), abandoné mi país y fui a Francia donde conecté completamente con mis hermanos ortodoxos que había encontrado allí recientemente. No obstante, el paso crítico de convertirme en miembro canónico de la Iglesia Ortodoxa requeriría un poco más de tiempo.

Alcanzando una decisión completamente madura, solicité oficialmente la entrada en la verdadera Iglesia de Cristo. De mutuo acuerdo, se resolvió que este evento tendría lugar en Grecia, un país ortodoxo por excelencia, al que pronto necesitaría trasladarme para proseguir mis estudios de teología. A mi llegada a Atenas, visité a su Beatitud el arzobispo, quien me recibió con el abrazo más paternal. Su incesante y sincero amor, protección e interés acompañaron todos los pasos de mi nueva vida eclesiástica. Esto mismo tiene validez para su reverendo ministro, quien por la gracia de Dios es ahora el obispo de Rogon. Es ciertamente un verdadero padre, cuyo sincero interés por mi ha excedido con creces todas mis expectativas.

Ni que decir tiene, que en medio de esta tierna atmósfera amorosa, el Santo Sínodo no tardó mucho en aceptarme en el seno de la Iglesia Ortodoxa. Durante el profundo y emocionante servicio de la Santa Crismación, por el cual finalmente me convertía en miembro de la verdadera viña, fui honrado con el nombre del apóstol de las naciones y seguidamente fui admitido en el santo monasterio de la Virgen María en Penteli, como monje. Unos meses más tarde, fui ordenado como diácono por la imposición de manos del obispo de Rogon.

Ahora, al fin, me siento lleno de júbilo, a pesar del agravio interminable causado por miembros de la oscura orden de los uniatas de Grecia, que no cesaron nunca de inventar calumnias contra mi persona. Soy bendecido, porque estoy envuelto por el amor, la calma, y la completa aceptación la Santísima Iglesia Ortodoxa de Grecia, incluyendo a los miembros de su sagrada jerarquía, sus varias hermandades religiosas, y en general por todos los que me acogieron con su apoyo espiritual.

Pido a todos los padres y hermanos en la fe y a todos los que cariñosamente tuvieron contacto conmigo, tan compasivos como fueron por mi causa y mi gran odisea, que se acuerden de mi en sus oraciones para que pueda recibir la gracia de lo alto y demostrar valerosamente el asombroso beneficio del Bondadoso Dios.

Nota 1 de CristoesOrtodoxo: En la siguiente entrada a continuación de esta se encontrarán las notas de este mismo tratado y que son una auténtica joya pues Msr. Pablo Ballester hace referencia y justifica todo lo que escribe.

Nota 2 de CristoesOrtodoxo: El título original del libro es “My exodus from Roman Catholicism”, se ha sido todo lo fiel posible en la traducción por lo que se ha mantenido el título original. Para muchos puede resultar incómodo pero debemos respetar la memoria de Msr. Pablo Ballester, al menos siendo fieles a sus escritos; por favor a la hora de re-publicar esta entrada sed fieles también y mantened no sólo el título sino también la estructura y contenido.

Nota 3 de CristoesOrtodoxo: Para todos aquellos que nos citáis al republicar alguna de nuestras entradas, muchas gracias, para aquellos que no lo hagáis, por favor hacedlo, pues es lo mínimo que se puede hacer para agradecer lo que con tanto esfuerzo y de forma gratuita se ha traducido y publicado en nuestro blog.

Traducido por P.A.B

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Categorías:Ecumenismo, Papismo

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