Mi éxodo del catolicismo romano por Msr. Pablo Ballester (parte 1/3)

Msr. Pablo Ballester

Capítulo 1

 

Las primeras dudas

El largo y arduo viaje de mi conversión a la Ortodoxia comenzó un día mientras estaba en el proceso de reorganización de los catálogos de la biblioteca del monasterio católico al que pertenecía. Este monasterio, uno de los más bellos en el noreste de España, pertenecía a la orden monástica de San Francisco de Asís. Fue construido en la costa Mediterránea, a pocos kilómetros de mi ciudad natal, Barcelona.

En aquel tiempo, los abades del monasterio me habían asignado la tarea de actualizar los catálogos de los libros, las transcripciones y los autores de nuestra voluminosa biblioteca. Esta tarea sería decisiva para evaluar las incalculables pérdidas que la biblioteca había sufrido durante la última guerra civil española, cuando el monasterio fue incendiado y parcialmente destruido por los comunistas.

En una de aquellas tardes, sumergido en el interminable trabajo, escondido detrás de montañas de libros antiguos y manuscritos quemados, hice un descubrimiento que me dejó perplejo sobremanera. En un sobre que contenía documentos referentes a la Santa Inquisición, de alrededor de 1647, encontré una copia de un decreto escrito en latín, proclamado por el Papa Inocencio X. Por este decreto, cualquier cristiano que se atreviera a creer, seguir, o profesar la doctrina tocante a la auténtica autoridad apostólica de San Pablo(1), sería anatematizado (condenado eternamente) como hereje. Además, este paradójico documento obligaba a todos los fieles, bajo la amenaza de castigo post mortem, a aceptar que el Apóstol Pablo no había ejercido su labor apostólica libremente o de forma independiente. En otras palabras, desde el momento en que se convirtió al cristianismo hasta el momento de su muerte, Pablo estaba bajo la constante autoridad monárquica del Apóstol Pedro, el primero entre los papas y líderes de la Iglesia. Además, el decreto afirmaba que la autoridad absoluta de Pedro era exclusiva y únicamente heredada por los subsiguientes papas y obispos de Roma a través de la sucesión directa.

Confieso que si hubiera yo encontrado en la biblioteca del monasterio un libro prohibido por el Index (2), habría sido menos sorprendente. Naturalmente, no era ignorante a las exageradas prácticas y maquinaciones concernientes a los asuntos dogmáticos, a los que los tribunales de la Santa Inquisición había recurrido durante la Edad Media e incluso durante los años posteriores. Este fue un periodo en el que la jerarquía católica romana iría hasta el extremo para poder argumentar una justificación teológica a las ambiciones imperialistas del papismo. Para tener éxito en este empeño, Roma había dado órdenes explícitas a sus teólogos y predicadores para demostrar, con todos los medios posibles, que los papas habían recibido de Dios la autoridad para gobernar como césares en toda la iglesia ecuménica, dada su posición de herederos de la primacía del Apóstol Pedro.

Así, fue organizada una verdadera cruzada en el oeste para desprestigiar la enseñanza ortodoxa tocante a la honorable primacía del Apóstol Pedro. El propósito de esta era doble. Por un lado, desarrollaría una base teológica para el cesarismo pontificio, y por el otro lado, disminuiría la importancia de la posición patriarcal del este en términos de reivindicación monárquica con respecto a sus colegas romanos. Una de las tácticas principales para cumplir este planteamiento era la circulación de un gran número de publicaciones adulteradas o malas interpretaciones de los Santos Padres.

Estas engañosas publicaciones, apoyadas por la mala interpretación de varios versículos de las Escrituras (3), intentaron obtener el notorio Primatus Petri brillando en adelante como un privilegio especial que legó únicamente el Apóstol Pedro y posteriormente sus supuestos sucesores, los pontífices romanos. Según este privilegio, los papas de Roma tenían el derecho de ejercer la autoridad monárquica y prácticamente la autoridad absoluta sobre la iglesia ecuménica, una idea contra la cual la Iglesia Ortodoxa se rebeló. Así que un exceso de antologías y catenae (4) de versos patrísticos relativos a la primacía papal, en su mayoría absolutamente falsas y fuertemente distorsionadas, con una base mínima de contenido auténtico, fueron impresas en las imprentas de las principales órdenes monásticas de occidente y fueron distribuidas en grandes cantidades a lo largo de la Europa mediterránea (5).

Sin embargo, si los fieles comprendieran que ni el Apóstol Pablo ni los demás apóstoles estaban bajo la absoluta autoridad del llamado primer papa, Simón Pedro, el edificio entero de la enseñanza, en gran medida distorsionada, del papismo, se derrumbaría sobre sí misma. Para evitar esto, los obispos de Roma no cesaron nunca de aterrorizar, condenar y anatematizar con castigos post mortem a todos aquellos que se atrevieran a expresar la más mínima duda sobre este tema. Su causa fue asistida por los tribunales de la Santa Inquisición, que, bajo el lema “el fin justifica los medios”, (6)fue autorizada a usar la fuerza bruta, como la tortura por fuego, la inmersión en aceite hirviendo, y el despellejar vivos a los torturados con el fin de someter a los mas persistentes e impenitentes cristianos, en nombre de la Santa Trinidad y para el bien general de la iglesia.

Sin embargo, yo nunca hubiera esperado que mi iglesia pudiese llegar a tal nivel de fanatismo, como para atreverse a prohibir y condenar la enseñanza de las Sagradas Escrituras que habían sido recopiladas con absoluta claridad y enseñadas por los mismos apóstoles, con un documento como aquel que tenía en mis manos. Aquel documento había excedido todos los límites, sobre todo desde la condena de los fieles que seguían la enseñanza del Apóstol Pablo, ascendiendo a la absurda condena de la enseñanza ortodoxa de este apóstol, que declara, en términos muy claros, que no es en absoluto inferior al más eminente de los apóstoles (7). En este contexto, el decreto del papa Inocencio X parecía tan inverosímil que decidí examinar la posibilidad de un error tipográfico o alguna distorsión accidental del texto auténtico, algo no tan inusual en la época de su publicación (8).

En cualquier caso, ya fuera auténtico, falsificado o simplemente distorsionado, yo pensé que este texto era una posesión bibliográfica bastante curiosa en nuestra biblioteca, necesitada de una seria atención y una mayor investigación. Poco después, sin embargo, mi interés inicial se transformó en una gran confusión. Después de hacer algunas investigaciones en la biblioteca central de Barcelona, descubrí que no sólo era este documento inequívocamente auténtico, sino que sus opiniones eran bastante comunes en aquel tiempo. De hecho, en dos de las decisiones de la Santa Inquisición, las de 1327 (9)y 1351(10), y primeramente a la de 1647, el papa Juan XXII y el papa Clemente VI anatematizaron y condenaron a los hombres y a las enseñanzas que se atrevían a refutar el argumento de que el apóstol Pablo obedeció los mandatos del apóstol Pedro, el primero de los papas. Estos mandatos, que nadie se atrevía a cuestionar, se presume que estaban bajo la autoridad absoluta del apóstol Pedro. Otro caso era el anatema que el papa Martín V lanzó a Juan Huss en el sínodo de Constanza. Más tarde, los papas Pío IX, en el Concilio Vaticano I (12), Pío X en 1907, y Benedicto XIV en 1920 repitieron la misma condena en los más oficiales e inequívocos términos (13).

Ya que la posibilidad de falsificación demostrada era poco probable, me encontré atormentado por una profunda crisis de conciencia. Me fue imposible aceptar que el apóstol Pablo estuviera subordinado a la autoridad humana. Para mí, el ministerio independiente y sin oposición de Pablo, entre las naciones, similar al ministerio del apóstol Pedro entre los hebreos, es un hecho irrefutable de la mayor importancia (14).

Al apóstol Pablo, “no de parte de hombres, ni por mediación de hombre alguno, sino por Jesucristo, y por Dios el Padre” (15), pensó Simón Pedro como segundo después de Santiago, entre los que eran considerados pilares en la Iglesia de Cristo (16). Posteriormente, añade que las posiciones que asumen en estos asuntos lo hacen a él indiferente desde que son simplemente sus preferencias personales las que Dios no toma en serio (17). En cualquier caso, el apóstol Pablo declaró claramente que, con relación a quienes fueran estos apóstoles, él no era en absoluto inferior a cualquiera de ellos (18).

Para mí fue alto y claro, sobre todo habida cuenta de las obras exegéticas de  los Santos Padres que no dejan lugar para la más mínima duda sobre este tema. San Juan Crisóstomo dice lo siguiente sobre el apóstol Pablo:

“Pablo declara su igualdad con el resto de  los apóstoles y desea ser comparado no solo con los otros sino con el primero de ellos, para demostrar que todos ellos tenían la misma autoridad” (19).

Además, el Consensum Patrum (el consenso de los Padres) es que: “todos los apóstoles eran exactamente iguales que Pedro, es decir, dotados del mismo honor y autoridad” (20).

Hubiera sido imposible para el apóstol Pablo estar bajo la tutela de una autoridad superior de otro apóstol, ya que el poder del apóstol es “el poder supremo y el vértice de todas las autoridades” (21).

San Cipriano comparte esta posición así:

“Todos ellos eran pastores por igual, a pesar de que el rebaño era uno. Y este [el rebaño] era guiado por los apóstoles, ya que se ajustaban a la misma idea” (22).

San Ambrosio de Milán añade además:

“Si el apóstol Pedro tenía alguna preferencia en relación a los otros apóstoles, se trataba de una preferencia de confesión y de fe, y no de honor y de grado” (23).

Justificablemente entonces, este mismo santo escribió más tarde con relación a los papas: “No pueden tener la herencia de Pedro, aquellos que no tienen la misma fe con él” (24). Aunque este asunto era más transparente que el cristal, el dogma católico romano, siendo diametralmente opuesto a él, planteaba un terrible dilema para mí: ¿Debo conscientemente elegir y cumplir con el Evangelio y la tradición de los Padres, o bien con la enseñanza arbitraria de la Iglesia católica romana?

Para empeorar las cosas, según la soteriología (25) (doctrina de salvación) católica romana, un cristiano debe creer que la Iglesia es una monarquía (26) y su rey es el Papa (27). En consecuencia, el sínodo Vaticano, combinando todas las convicciones sobre este asunto, declara oficialmente:

“Si alguien dice … que Pedro, el primer obispo y papa de Roma, no fue coronado como príncipe de los apóstoles por Cristo y establecido como la cabeza visible de la iglesia militante … que sea anatema”. (28)

A la vista de estas dos posiciones doctrinales diametralmente opuestas, ¿cómo podría comprometer mi conciencia?

Capítulo 2

 

Consejo espiritual

A la deriva, y en medio de esta incesante tempestad espiritual, me acerqué a mi confesor e ingenuamente le expuse mi dilema y mis preocupaciones. Mi confesor, uno de los mejor educados y más experimentados hieromonjes del monasterio, se dio cuenta inmediatamente de que se trataba del más complejo y grave asunto. Se entregó al silencio durante algunos momentos, mientras buscaba en vano una solución satisfactoria a mi problema. Finalmente habló, pero dio un giro a la cuestión, que verdaderamente me sorprendió.

“La Sagrada Escritura y los Santos Padres te han inquietado”, dijo de la manera más despreocupada. Aparta los dos a un lado y sométete con estricto apego a la enseñanza infalible de nuestra iglesia, sin entrar en muchas preguntas y exámenes. No permitas que algunas criaturas de Dios, cualesquiera que sean, escandalicen tu fe en Su iglesia.

 

Esta respuesta totalmente inesperada, logró aumentar mi confusión espiritual. Yo siempre había creído que la Palabra de Dios era, precisamente, una de las cosas que uno no podía “apartar a un lado”. Según mi percepción, la Sagrada Escritura fue el factor determinante de nuestra ortodoxia (como católicos romanos) (29) y no al revés. En términos más precisos, la Sagrada Escritura dice: “Probaos a vosotros mismos para saber si tenéis la fe” (2ª Corintios 13:5) (30).

No necesito escuchar “sus opiniones” o “mi opinión”, dice San Agustín, sino “lo que dice el Señor”. Sin lugar a dudas, están las Escrituras del Señor, a cuya autoridad se debe tanto obedecer como someterse. Así pues, tratemos de encontrar la verdadera iglesia en las Escrituras y basemos nuestra conversación solamente en estas. (31)

 

Sin darme la más mínima oportunidad de responder, mi confesor añadió:

En su lugar, te voy a dar una lista de nuestros propios autores, en cuyas obras recuperarás la tranquilidad espiritual. A través de estos libros, te darás cuenta de la claridad de la enseñanza de nuestra iglesia, sin ninguna dificultad.

Entonces, preguntándome si tenía algo “más importante” que discutir, terminó la conversación.

Algunos días después, mi confesor partió del monasterio para ir a predicar a las demás iglesias y comunidades monásticas de nuestra orden. Cuando me proporcionó la lista de libros que me había mencionado, me pidió que le prometiera que me correspondería con él de forma regular para mantenerlo informado durante el viaje sobre mi “malestar espiritual”.

A pesar de que sus argumentos y explicaciones no me convencieron en absoluto, fui hacia delante y recopilé todos los libros que me había recomendado con la decisión de estudiarlos con la mayor objetividad y seriedad posible. La mayoría de estos libros eran textos teológicos y manuales sobre las decisiones papales y los concilios ecuménicos papistas. Me lancé a estudiar con genuino interés y sin necesidad de utilizar medidas de precaución, con la excepción de la Sagrada Escritura, que mantuve abierta delante de mí como “Antorcha para mis pies, y luz para mi senda” (Salmos 118:105) (32).

No estaba, en absoluto, dispuesto a permitir ni a mi iglesia ni a mi confesor que me convirtieran en alguien como los Judíos, a quien el Señor les había reprochado que engañaban a causa de su ignorancia de las Escrituras (33). Por el contrario, estaba decidido a permanecer fiel, siguiendo el ejemplo de los creyentes (de Berea) que, después que “recibieron la palabra con toda prontitud” (Hechos 17:11) (34), fueron alabados por el apóstol Pablo porque “escudriñaban cada día las Escrituras para ver si esto era así” (Hechos 17:11) (35). Al hacer esto fueron salvaguardados de la decepción causada por la “filosofía y vana sutileza, fundadas en la tradición de los hombres sobre los elementos del mundo, y no sobre Cristo” (Colosenses 2:8) (36).

Puesto que continué leyendo y progresando en el estudio de los textos recomendados, empecé a sospechar, sólo para estar gradualmente convencido, de que era casi completamente ignorante con respecto a la verdadera naturaleza y la constitución orgánica de mi iglesia.

Habiendo sido introducido en el cristianismo y bautizado, después de terminar  mi educación secundaria hice varios cursos de filosofía. A la vez, no obstante, estaba en el estado inicial de comprensión sobre la teología católica romana, un campo de estudio casi nuevo y extraño para mí. Desde entonces, el cristianismo y la iglesia romana representaron para mí dos ideas que expresaban una y misma realidad. Arropado en la quietud y la calma de mi vida monástica, estuve solamente preocupado por el aspecto místico del cristianismo. Inmerso en mis estudios filosóficos, no tuve la oportunidad de investigar en profundidad las razones tras la estructura orgánica de mi iglesia.

Leyendo los textos oficiales que mi padre confesor había seleccionado sutilmente para mi provecho, entendí gradualmente la verdadera naturaleza de la paradójica monarquía religioso-política que constituye la contemporánea iglesia romana. En este punto, creo que sería oportuno e informativo echar un vistazo a estas características.

Capítulo 3

 

La monarquía del Papa

 

Según la enseñanza católica romana, la iglesia “no es más que una monarquía absoluta” (37) cuyo absoluto déspota es el papa, quien funciona como tal en todas sus expresiones (38).

En esta monarquía del obispo de Roma “todo el poder y estabilidad de la iglesia está anclado”, (39) “y cuya existencia, por otro lado, no sería posible” (40). El cristianismo mismo “está anclado y totalmente basado en la doctrina del papismo” (41), y, además, “la doctrina del papismo es el elemento más significativo del cristianismo” (42); “su epítome y su esencia” (43).

La autoridad monárquica del papa, como líder supremo y cabeza de la iglesia, piedra angular de la Iglesia, maestro infalible de la fe, representante de Dios en la tierra, pastor de pastores y supremo jerarca, está absolutamente ligada, puede ser ejecutada en cualquier momento y tiene fuerza ecuménica. Esta autoridad se extiende por derecho divino (44) sobre todos los cristianos bautizados del mundo entero (45), simultáneamente e individualmente. Esta autoridad dictatorial puede ser aplicada directamente y en cualquier momento sobre cualquier cristiano, ya sea laico o clérigo, obispo, arzobispo, cardenal o patriarca, e incluso sobre cualquier iglesia, sin considerar denominación o lengua (46), porque el papa es el obispo supremo de cualquier obispado del mundo (47).

Aquellos que rechazan reconocer esta autoridad o no someterse a ella ciegamente (48) son “cismáticos, herejes, impíos y sacrílegos; en consecuencia sus almas ya están predestinadas a ser lanzadas a la oscuridad de afuera porque es una condición indispensable para la salvación de sus almas creer en la doctrina otorgada por Dios del papismo y someterse a sus representantes” (49). En este sentido, el papa parece encarnar aquel imaginario líder pre-cristiano cuya inminente venida fue creída por Cicerón y a quien todo el mundo necesita aceptar para ser salvado (50).

Sobre la base de esta doctrina católico romana, el papa Gregorio VII afirmó: “dado que el papa tiene el derecho de intervenir y juzgar toda materia espiritual de los cristianos y a cada uno de ellos independientemente, está más que facultado para intervenir en sus asuntos mundanos y terrenales” (51). Por esta razón, aunque puede limitar su autoridad a la imposición de penas espirituales y a la negación de la salvación para aquellos que rehúsan someterse a él, “tiene el derecho de obligar a los fieles a creer en él” (52). Es por esta razón por lo que “la iglesia sujeta dos espadas: una simbólica espiritual y otra con la autoridad mundana. La primera espada está en manos de los sacerdotes y la otra está en manos de los reyes y soldados. Sin embargo, incluso la segunda estada esta bajo el discernimiento y la voluntad de los sacerdotes” (53).

El papa, afirmando que es el representante y vicario en la tierra de Aquel cuyo “reino no es de este mundo” (54), de Aquel que prohibió a sus apóstoles ejercer incluso la menor predominancia y hegemonía sobre los fieles (55), se entroniza a sí mismo como rey terrenal, continuando de este modo, en su persona, la tradición cesar-imperialista de Roma, la ciudad eterna y reina del mundo (56). A través del curso de la historia, el papa llegó a ser el maestro de grandes naciones y declaró las más sangrientas guerras contra otros reyes cristianos en su búsqueda de conquistar nuevas tierras o simplemente para satisfacer su insaciable sed por el dominio y el poder.

También poseyó miles de esclavos y a menudo jugó un papel central y decisivo en las políticas internacionales. Es obligación de los soberanos y los gobernantes cristianos someterse al rey ordenado por Dios, quien manumite su reino y su trono eclesiástico-político y “quien estaba establecido como el esplendor y ancla de los reinos del mundo” (57). Hoy, el reino terrenal del papa está confinado en la ciudad del Vaticano, que es un estado autónomo con representación política en todas las naciones de la tierra y con su propia milicia, policía, armas, prisiones, dinero y comercio.

Como consumación de esta autoridad completa, el papa tiene otro ultrajante privilegio, totalmente único en el mundo entero: presume de ser “infalible” por derecho divino según la definición doctrinal del concilio Vaticano del año 1870 (58). Semejante monstruoso e inimaginable privilegio no ha ocurrido incluso en los sueños más salvajes y la imaginación de los más grandes bárbaros y en las religiones de los desviados idólatras. Sin embargo, como resultado de esta doctrina, “toda la humanidad debe dirigirse a él con la mismas palabras que fueron dirigidas una vez al Salvador: “Tú tienes palabras de vida eterna” (59).

Así, la presencia del Espíritu Santo para conducir hacia la “verdad absoluta” (60) es innecesaria, al igual que las Sagradas Escrituras y la santa Tradición, porque ahora hay un “dios” en la tierra con facultades para invalidar, o incluso declarar como engañosas (61), las enseñanzas del Dios del cielo. Basado en esta aclamación de infalibilidad, el papa se convierte en la absoluta regla de fe (62). Puede promulgar, incluso sin el consentimiento de la Iglesia, tantos dogmas como desee, a los cuales deben adherirse estrictamente los fieles y obedecerlos ciegamente si quieren evitar las penas del infierno después de la muerte (63).

“Depende solamente de la voluntad y el placer de su Santidad”, escribió el cardenal Baronius, “y lo que él desea debe ser creído como ‘santo y sagrado por la Iglesia entera’ (64), y sus epístolas pastorales deben ser consideradas, creídas y obedecidas como ‘escrituras canónicas’” (65).

Una consecuencia natural de la doctrina de la infalibilidad es que las enseñanzas papales deben ser observadas con obediencia ciega. Esto es precisamente lo que el cardenal Bellarmine, un santo de la iglesia romana, presentó muy claramente en su notoria Teología:

 

“Si un día el papa cae en el error de imponer pecados mientras prohíbe virtudes, la Iglesia estaría obligada a creer que los pecados tienen buenas consecuencias y las virtudes, malos resultados. Alternativamente, esta estaría cometiendo un pecado contra su conciencia” (66).

El cardenal Zabarella es más descabellado aún en esta materia:

“Si Dios y el papa se reunieran en un sínodo, el papa podría hacer (allí) casi todo lo que Dios pudiera hacer, […] y el papa haría cualquier cosa que deseara, incluso violaciones; por lo tanto, él es algo más, y mas grande que Dios” (67).

Cuando completé el estudio de estos libros, me vi a mi mismo como un a extraño dentro del seno de la iglesia. Se hizo patente para mí que su síntesis orgánica no tenía relación en absoluto con la Iglesia establecida por Cristo, la cuál había sido organizada por los apóstoles y sus sucesores, y la que los Santos Padres habían descrito y clarificado. Esta organización papal apenas podría ser identificada con la Iglesia de Cristo desde que no está constituida, obviamente, en la Roca que es Cristo mismo, sino en las arenas movedizas de algunos supuestos privilegios del papa, privilegios que supuestamente fueron otorgados a él como herencia por Simón Pedro, quien con toda seguridad nunca los tuvo o incluso los imaginó.

Nosotros, dice San Agustín, uno de los mayores Padres de la Iglesia, que somos cristianos por nuestras palabras y acciones, no creemos en Pedro sino en quien Pedro mismo creyó […] Él, Cristo, el Maestro de Pedro, quien le catequizó en el camino que conduce a la vida eterna, Él es nuestro sólo y único Maestro (68).

Realmente, ¿cómo sería posible aceptar la infalibilidad de los papas, quienes usurpan un título promoviéndose como herederos exclusivos del apóstol Pedro, quien, más que el resto de los apóstoles, fue señalado por el Señor en varias ocasiones como que no sabía lo que decía? (69) ¿Dónde estaba la infalibilidad de Pedro cuando fue reprendido por el apóstol Pablo por estar claramente en el error (70), ya que “no andaba rectamente, conforme a la verdad del Evangelio” (71)? ¿Son estos los que se llaman a sí mismos “sucesores oficiales” del trono papal y del obispado de Roma, y a la vez infalibles? De hecho, sabían muy bien que albergaban bastantes nombres escandalosos en su linaje, como el del papa Marcelo, notorio apóstata e idólatra, quien, como todo el mundo sabe, ofreció un sacrificio en el templo de Afrodita, ante su altar (72). ¿Fue el papa Julio infalible, aquel que fue excomulgado como hereje por el sínodo de Sárdica (73)? ¿Fue el papa Liberio infalible, aquel que fue seguidor de las falsas ilusiones de Arrio y que fue condenado por San Atanasio, gran campeón de la Ortodoxia (74)? ¿Fue el papa Félix II infalible, quien, según San Atanasio, fue elegido papa por tres eunucos y ordenado por tres espías del emperador? Tal hombre tuvo una candidatura digna de su cuerpo de electores, dadas sus creencias cismáticas conocidas, y su conducta global, que se asemejaba más a la de un anticristo (75). ¿Fue el papa Honorio infalible, habiéndose adherido a la herejía del monotelismo (76)? ¿Y con Gelasios, que sostuvo posiciones cismáticas acerca de la doctrina de la divina eucaristía?

¿Fue Sixto V infalible, habiendo hecho circular una edición de las Santas Escrituras que él mismo “corrigió”, basada en la autoridad y la plenitud de su poder apostólico? Esta edición estaba tan distorsionada por toda clase de falsas ilusiones, que pronto fue desechada porque era muy escandalosa (77). ¿Fue el papa Urbano infalible, quien condenó las teorías de Galileo de que la tierra giraba alrededor del sol (78)? ¿Fue el papa Zacarías infalible, quien prohibió a todos creer que la tierra giraba amenazándolos con el anatema (79)? ¿Y qué se puede decir del papa Pío II, quien tuvo la asombrosa sinceridad de enviarle un amistoso recordatorio al rey Carlos VII de Francia aconsejándole que no creyera las palabras de los papas porque la mayor parte del tiempo hablaban claro sobre las pasiones o su propio interés (80)? ¿Fue el papa Pío IV infalible, quien desafió con revocar el séptimo canon del concilio ecuménico de Éfeso (81) y quien violó el juramento que hizo en el rito de entronización (82)?

San Cipriano dice que es la Iglesia, y no el obispo de Roma, quien constituye el “agua pura y vivificadora que no puede ser corrompida o adulterada, porque la primavera de la que fluye es, en sí misma, clara, pura y cristalina” (83).

Nuestro Señor Jesucristo prometió su ayuda permanente hasta el final de los tiempos a la Iglesia entera, y no exclusivamente a los papas (84). Para el beneficio de la Iglesia entera y no para Pedro y sus sucesores, Él prometió pedirle al Padre el “Espíritu de la verdad” (85), el verdadero Espíritu que enseña “toda la verdad” (86) y todo lo que el Señor enseñó (87). Por esta razón, el apóstol Pablo llama a la Iglesia, y no a Pedro, “la columna y el cimiento de la verdad” (88). Así mismo, San Ireneo enseña que debemos buscar la verdad de Cristo en la Iglesia y en ninguna otra parte porque “en su seno la encontramos pura, completa y no adulterada, con extrema certeza” (89). El Señor se dirigió, no solamente a Simón Pedro, sino también a sus apóstoles y discípulos diciendo: “El que os escucha, a Mi me escucha” (90). Además, a través de la historia de la Iglesia antigua, desde su origen hasta el gran cisma, no hay ningún otro precedente de gran desacuerdo o materia trascendental de fe que haya sido resuelto por el obispo de Roma. En mi opinión, esto es bastante inexplicable si se supusiera que los papas eran verdaderamente reconocidos como verdaderos, absolutos, y sobre todo, líderes infalibles de la Iglesia ecuménica.

Se sabe bien que ninguna de las grandes herejías fueron derrotadas por un papa, sino más bien por un sínodo, o por medio de los Padres de la Iglesia o algún santo teólogo. Por ejemplo, el arrianismo fue condenado por el concilio de Nicea y no por el papa, que estaba infectado por esta herejía. El concilio de Éfeso condenó el nestorianismo; San Epifanio confundió a los gnósticos; el bienaventurado Agustín refutó la cacodoxia del pelagianismo, etc.

Además, los obispos de Roma nunca sirvieron de árbitros en ninguno de estos grandes asuntos eclesiásticos; al contrario, fueron a menudo acusados y perseguidos en materia de fe por otros obispos, patriarcas y sínodos. De esta forma, el concilio de Arelat resolvió la disputa entre el obispo de Roma y los obispos de África con relación al tema del re-bautismo (91). De modo semejante, fue la Iglesia de África la que escribió una gran advertencia a los obispos de Roma y Alejandría para que pusieran fin a su enemistad y buscaran la paz (92). El patriarca de Alejandría, en unión con los obispos del este, excomulgó al papa Julio en el concilio de Sárdica (93). El papa Honorio fue condenado y anatematizado por el sexto concilio ecuménico (94), etc.

Habiendo adquirido una convicción acerca de la exactitud de toda esta evidencia, convicción que nunca me ha abandonado desde entonces, escribí la siguiente carta a mi padre confesor en el primer instante en el que me pude poner en contacto con él desde nuestra separación.

“He estudiado los libros tan bondadosamente sugeridos por vuestra reverencia. No obstante, mi conciencia no me permite violar los mandamientos de Dios y poner mi confianza en las enseñanzas humanas (95) que carecen del fundamento bíblico más nimio. Algo semejante sucede con absurdo desvarío papista que ha surgido de la doctrina irracional de la infalibilidad. Reconocemos a la verdadera Iglesia cuando está basada en criterios bíblicos, como los indicados por el bienaventurado Agustín de Hipona, y no en el verbalismo apotegmático, ni en los sínodos episcopales, ni en las cartas de discordia, cualesquiera que sean, ni en los signos engañosos ni las maravillas. Basamos nuestro conocimiento solo en las cosas que se encuentran escritas en los profetas, en los salmos, en las palabras del mismo Pastor, en los trabajos y la enseñanza de los evangelistas y, en conclusión, en la autoridad canónica de las Santas Escrituras (96). Además, el mismo santo padre (el bienaventurado Agustín) escribe contra los donatistas:

“Ya no tengo deseo de escuchar su opinión o mi opinión, sino que acojámonos todos a lo que ‘dice el Señor’. Indudablemente, hay Escrituras del Señor sobre cuya autoridad estamos todos de acuerdo, obedecemos y nos sometemos. Tratemos entonces de encontrar la Iglesia en esto y discutamos nuestras diferencias basadas solamente en estas Escrituras” (97)

Y así, concluí mi carta a mi padre confesor con estas palabras:

“Nunca me distanciaré del principio que provee la verdadera regla cristiana para la prueba de fe y toda doctrina, que es la autoridad de la palabra de Dios y la Tradición de Su Iglesia (98). Sus doctrinas son irreconciliables con esta regla”.

 

Él no tardó en responder:

“No te adheriste al consejo y a la orientación que te ofrecí, mi aquejado padre confesante, y permitiste que la Biblia continuara su peligrosa influencia en tu alma. Los sagrados libros son como el fuego, que, cuando no iluminan, queman y oscurecen … y por esta razón los papas indicaron correctamente que “es un escandaloso engaño creer que los cristianos puedan leer las Santas Escrituras”(99), cuando nuestros teólogos confirman que “esta es una oscura nube, un parapeto que a menudo se convierte en un refugio incluso para los ateos” (100). Según nuestros líderes infalibles, “la creencia en la claridad de las Escrituras es un dogma heterodoxo” (101). Hasta donde llega la tradición, no debería ser necesario recordarte que “en materia de fe, estamos ante todo obligados a seguir al papa, más incluso que a mil Agustines, Jerónimos, Gregorios, Crisóstomos, etc.” (102). Y cuando poseemos la interpretación dada por Roma sobre cualquier texto de la Biblia, tenemos que creer que poseemos la verdad de la palabra de Dios, independientemente de que esta interpretación pueda parecernos absurda o contradictoria sobre el verdadero sentido del texto” (103).

Sin embargo, su posición afianzó aún más mi convicción personal. A pesar de todas sus teorías, a pesar de todos los dogmas de la Iglesia católica romana, a pesar, incluso, del mismo papa, nunca dejaría de lado la palabra de Dios, que es absolutamente e indisputablemente perfecta y lúcida para los que han encontrado el verdadero conocimiento (104). Esta es la palabra de Luz (105), que puede parecer nublada sólo para los que están en el camino de la perdición y cuyo espíritu está ciego por el dios de este siglo (106). La Sagrada Escritura es la palabra de vida (107), de gracia (108), de verdad (109), y de salvación (110), y no quise desecharla y encontrarme culpable en la hora del juicio (111).

Era consciente de que la fe en la Sagrada Escritura era la más precisa (112) y más absoluta fe católica (113), desde que, según san Atanasio (114), esto era suficiente para la profesión de la verdad. Por esta razón San Juan Crisóstomo enfatiza el hecho de que “cuando tenemos la Sagrada Escritura, es un sinsentido buscar otros maestros fuera de ella” (115). “En ella”, escribe San Isidoro de Pelusio, “está todo lo que necesitamos conocer” (116) y “todo lo que estamos interesados en conocer” (117). San Basilio el Grande añade más allá que “es una evidente imperfección de nuestra fe y prueba de orgullo rechazar algo encontrado en la Sagrada Escritura o, alternativamente, aceptar algo no escrito allí” (118).

Basado en esto, los Santos Padres llegan a la obvia conclusión de que “debemos creer solo lo que está escrito en los libros sagrados, y no debemos buscar (119), ni incluso usar (120), lo que no está escrito en ellos”. contradiciéndose y oponiéndose a las Escrituras, mi iglesia perdió toda validez a mis ojos, desde que se convirtió y llegó a ser igual que los herejes que, según San Ireneo, “una vez que fueron reprobados por la palabra de Dios, se volvieron en contra de ella para reprocharla” (121).

Más allá, San Juan Crisóstomo escribe:

“El que se adhiere al marco de las Sagradas Escrituras es un verdadero cristiano. El que las combate, se encuentra fuera de las reglas de la fe. Y si este viene a decirle que las Escrituras enseñan lo que él cree, entonces, dime, ¿tiene el primero algún pensamiento en sí mismo o habilidad para razonar? (122)

Este fue el último contacto que tuve con mi padre espiritual. Consideré una causa perdida el continuar nuestra correspondencia, así que no le volví a escribir. No quiso tener noticias sobre mí después de esto, prefiriendo distanciarse y no involucrarse en mi desagradable prueba. Él estaba preocupado de que esto pudiera afectar a sus estupendas oportunidades de promoción al episcopado “por la gracia de la sede apostólica” (Apostolicae Sedis Gratia), a la cuál había servido tan fielmente.

A pesar de esto, no me detuve ahí. Empecé a apartarme de la divergencia de mi iglesia, siguiendo el rumbo de un nuevo camino, sintiéndome incapaz de detenerme hasta alcanzar una posición positiva que fuera, al menos, teóricamente más sana. El drama que experimente en el curso de estos días fue ese, incluso me sentí cada vez más distanciado del papismo y ya no sentía ninguna inclinación hacia un acercamiento a cualquier otra realidad eclesial.

Ortodoxia, protestantismo, anglicanismo eran, en mi opinión, ideas muy vagas y no era ni el momento ni tenía la oportunidad de pensar que tuvieran la más mínima conexión con mis circunstancias personales. A pesar de todo, amé a mi Iglesia, la Iglesia que me había hecho cristiano y cuya sotana llevé puesta. Así, se hizo para mí necesario estudiar este tema en una escala mucho más profunda y más amplia, antes de que pudiera alcanzar gradualmente la penosa conclusión de que mi Iglesia no existía actualmente y que yo no tenía lugar en la comunidad papista. Y verdaderamente, dada la autoridad dictatorial del papa, la autoridad de la Iglesia y del cuerpo episcopal es, a efectos prácticos, inexistente. Según la teología católica romana:

“La autoridad de la Iglesia es auténtica y efectiva solo cuando coincide con la voluntad del papa. De otra forma, no tiene ningún valor” (123).

Consecuentemente, el valor neto del papa es el mismo con o sin la Iglesia. En otras palabras, el papa lo es todo y la Iglesia no es nada. Con buena razón y mucha tristeza, el obispo Maret escribió:

“Cambiando la constitución de la Iglesia, también cambiamos su dogma. De ahora en adelante, será más propio (para los católicos romanos) confesar en la liturgia, ‘creo en el papa’, en vez de decir ‘creo en una Iglesia, santa, católica y apostólica” (124).

El significado y el rol de los obispos está limitado a la posición de simples asociados, representantes subordinados a la autoridad del papa, esparcidos por los cuatro puntos del planeta. Se someten a esta autoridad al igual que lo hacen los simples fieles. Los papistas intentan justificar esta condición basada en una absurda interpretación del versículo del capítulo veintiuno del Evangelio de San Juan (125), según el cual (ellos dicen):

“El Señor dejó en herencia al apóstol Pedro y primer papa la comisión pastoral sobre sus corderos y ovejas, a saber, la comisión de supremo y absoluto pastor de todos los fieles, que son simbolizados en los corderos, y sobre todo el resto, apóstoles y obispos, que son simbolizados en las ovejas” (126).

Además, los obispos del catolicismo romano no son considerados, de ninguna manera, sucesores de los apóstoles (127), a causa de la siguiente creencia:

“La autoridad de los apóstoles se perdió con ellos y consecuentemente no pasó a los subsiguientes obispos. Sólo la autoridad de Pedro, bajo cuya toda otra autoridad cae, fue transferida a sus sucesores en el papismo (128). Consecuentemente, “hay una tremenda diferencia entre la sucesión de Pedro y la sucesión de cualquier otro apóstol. El pontífice romano sucede a Pedro como el pastor oficial de la Iglesia entera, y en consecuencia, tiene toda la autoridad que emana de Aquel que la dejó en herencia a Pedro, considerando que el resto de los obispos no son actualmente sucesores de los apóstoles, porque fueron meros pastores subyugados (por Pedro), y como tal no pueden tener sucesores” (129).

Según el papismo, por consiguiente, los que sustentan la oficialidad del obispo no heredan ninguna autoridad apostólica y no poseen ninguna autoridad, excepto la única que reciben, no directamente de Dios, sino del supremo pontífice de Roma: “La autoridad de los obispos emana directamente y rectamente del papa” (130). Consideré esto como una ofensa injustificable contra el oficio episcopal, que era sacrificado y dotado de valor a causa del ensalzamiento y enardecimiento de la autoridad papal.

Uno no necesita tener un extenso conocimiento de la historia de la Iglesia antigua para entender que incluso desde la era apostólica el orden de los obispos fundó su autoridad sobre la premisa de que “sucedían a los apóstoles y gobernaban la Iglesia con el mismo poder (131), y el mismo oficio que ellos tenían” (132). Según San Atanasio, fue el mismo Señor el que instituyó el oficio del episcopado a través de los apóstoles (133). Y además, San Gregorio el Dialoguista enseña claramente:

“Hoy, en la Iglesia, los obispos tienen la posición de los apóstoles” (134)

San Ignacio de Antioquia expone que la autoridad apostólica recibida por los obispos procede de Dios el Padre (135) y más allá añade que el obispo no debe someterse a nadie más que a nuestro Señor Jesucristo mismo (136). Por lo tanto, “la cadena dorada que une a los fieles con Dios conecta lazo a lazo y pasa desde los obispos hasta los apóstoles, de los apóstoles a Jesucristo y de Él a Dios el Padre” (137).

Esta enseñanza fue bien incrustada en la Tradición de la Iglesia y fue expresada abiertamente por los santos padres, de los que, para mí, no hay absoluta duda de su validez. Uno solo necesita leer los antiguos escritos episcopales legados por San Ireneo, Tertuliano, Eusebio, San Jerónimo, San Optato de Milev, y otros muchos padres e historiadores eclesiásticos, que recopilaron e intentaron describir con el mayor cuidado la sucesión de los obispos que presidieron las diversas Iglesias instituidas por los apóstoles. Después de los nombres de los apóstoles fundadores, los nombres de los obispos de cada sede fueron recopilados sucesivamente a través del tiempo por los autores de estos escritos. Así pues, ¿cuál es el propósito de tanto cuidado, tanto interés y tanto esfuerzo para proveer la sucesión apostólica, si, como contiende el catolicismo romano, “la autoridad de los apóstoles se perdió con los mismos apóstoles y no fue transferida a sus sucesores, los portadores del oficio del episcopado? (138)

Muy consistente con las enseñanzas papistas sobre la autoridad y poder de los obispos, es la posición de la Iglesia romana sobre los concilios ecuménicos mismos. Se cree que el concilio ecuménico no tiene otro valor que el que el papa le confiere, y por eso los papistas afirman:

“Los concilios ecuménicos, ni son, ni pueden ser otra cosa más que reuniones cristianas convocadas por el poder del soberano y conducidas por Él como presidente” (139)

Desde que este soberano no es el Señor, sino el papa, principalmente no puede existir un concilio ecuménico a menos que sea convocado personalmente por el papa como Presidente (140) o sus inmediatos representantes(141). En un momento dado, durante el proceso de un concilio ecuménico, el papa, y solo él, puede posponerlo, trasladarlo, o disolverlo (142). Es suficiente para el papa salir del recinto y decir “no estoy aquí” para que el concilio ecuménico se vea reducido a una mera reunión y, en el caso de que sus miembros persistan, declararlos cismáticos (143). Incluso los decretos de un concilio son virtualmente invalidados, si no son aprobados por el papa y publicados con el sello de su autoridad (144).

Leyendo todos estos textos, llegué a este punto con la completa e inconcebible conclusión de que, en esencia, todos los obispos católicos romanos que se reunieron de todas las partes del mundo en el concilio vaticano I en 1869 consintieron en relegarse y ser sirvientes sin voz del obispo de Roma, aceptando el dogma de la infalibilidad papal. El papa sirvió esencialmente como dictador de aquel concilio desde el día que comenzó hasta que concluyó, por lo que, cualquier cosa que deseó fue cumplida, mientras que no fue llevado a cabo nada a lo cuál él se opuso. Ciertamente, esto está bien documentado por las declaraciones de uno de los miembros del concilio, el arzobispo alemán Strossmayer, cuya sobria conciencia fue escandalizada presenciando la orden del episcopado privado de cualquier poder y libertad de voluntad haciendo frente al todopoderoso papa:

“En el concilio vaticano no tuvimos ninguna libertad esencial. Por esta razón, no puede ser considerado un verdadero concilio con derecho a promulgar decretos con poder vinculante sobre la conciencia del mundo católico entero […] Cualquier cosa que pudiera asegurar la libertad de palabra y expresión fue muy cuidadosamente censurada y suprimida […] y, como si todo esto no fuera suficiente, el concilio constituyó el mayor escándalo de violación pública del antiguo axioma eclesiástico ‘quod semper, quod ubique, quod ab omnibus’ (145)

En otras palabras, fue necesario, para alegar infalibilidad papal, que fuera aplicada e impuesta en la forma más obvia y abrumadora antes de que la misma infalibilidad fuese declarada dogma. Además, hubo alegaciones adicionales sobre la legalidad global del concilio, como el hecho de que los obispos de procedencia italiana, mayormente altos oficiales, fueran la gran mayoría en él, teniendo prácticamente el poder y el monopolio en la votación; o que el vicario estuviera sujeto a la mas escandalosa propaganda, mientras que el completo mecanismo de autoridad papal, impuesto a la vez por el papa en Roma, tuvo éxito intimidando a todos y suprimiendo la libertad de expresión. Por eso, uno puede deducir fácilmente qué clase de libertad de discusión (un principio inviolable en cada concilio) nos fue permitida en el concilio vaticano”. (146)

Durante mi severa crisis espiritual, abandoné casi por completo todos mis estudios. Aproveché el tiempo libre otorgado por mi orden monástica meditando en la soledad de mi celda. Durante muchos meses, investigué las fuentes bíblicas, apostólicas y patrísticas relacionadas con la estructura y organización de la Iglesia antigua, incrementando mi conocimiento en este amplio tema.

Naturalmente, este esmerado trabajo no podía ser llevado a cabo en total secreto. Se hizo evidente que mi conducta global estaba fuertemente influenciada por el dilema que había absorbido mi completo sentido. No dudé en buscar guía fuera del monasterio de personas y trabajos que pudieran aportar respuestas a mis preguntas.

Transcurriendo el tiempo, empecé, con mucha discreción y cautela, a revelar aspectos de mi prueba a varios intelectuales de iglesia con quienes había entablado amistad a lo largo de los años. Revelando discretamente y aludiendo a algunos aspectos de mis preocupaciones, recibí de ellos un valioso aporte, consejo y opiniones sobre este intrincado y significativo tema que tan grandemente había preocupado mi existencia.

Sin embargo, pronto descubrí que la mayor parte de la gente en la que había confiado era mucho más fanática de lo que había supuesto. Aunque reconocieron lo absurdo de la completa enseñanza papista, permanecieron incomprensiblemente comprometidos con la idea de “la sumisión debida al papa demanda el ciego consentimiento de la mente” (147) y según Ignacio de Loyola, el fundador de los jesuitas:

“Para obtener la verdad en todo y no ser desviado del buen amino, debemos siempre acatar el constante principio de que si percibimos algo con nuestros ojos como blanco, podría ser normalmente negro, si eso es lo que la jerarquía eclesiástica declara” (48)

Influenciado por esta mentalidad fanática, que esteriliza cualquier argumento racional, un sacerdote de esta orden y amigo durante largo tiempo, confió en mí lo siguiente:

“Todo lo que dices es inequívocamente lógico y bastante obvio desde cualquier punto de vista, y no tengo razones para no aceptarlo. Sin embargo, nosotros, los jesuitas, fuera de las tres promesas usuales, debemos especialmente acatar una cuarta, más crucial que aquellas de obediencia, pobreza y castidad: también prometemos sumisión incondicional al papa (149). Por eso estoy obligado a elegir ser lanzado a la eterna condenación con el papa, en vez de ser salvado con todas tus verdades inalterables”

Traducción por P.A.B

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Categorías:Ecumenismo, Papismo

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