Bienaventurado el hombre, por San Ignacio Briantchaninov

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Bienaventurado el hombre

Exégesis espiritual del primer salmo de David

Por San Ignacio Briantchaninov

Canta, el cantor divinamente inspirado. Hace vibrar las cuerdas sonoras. Mientras los sonidos del mundo me ensordecían, no podía escucharlo. Pero recluido ahora en el silencio y la soledad, estoy más atento a él, y empiezo a comprender mejor su canto. He aquí que nace en mí una nueva facultad, la de escuchar y comprender. En los sonidos que produce, discierno un sentimiento totalmente nuevo, y en sus palabras, un sentido nuevo, asombroso, como la Sabiduría de Dios.

¡Saúl!. ¡Apacigua tu cólera!. Que se aleje de ti el espíritu maligno…., canta el santo rey David, haciendo sonar su salterio.

Saúl es mi espíritu atormentado, agitado por los pensamientos que sopla el príncipe de este mundo. Mi espíritu fue establecido por Dios como rey y señor del alma y del cuerpo, durante la institución del reino de Israel, durante la creación, y después de la redención del hombre. Desobedeciendo a Dios, transgrediendo Sus mandamientos, confrontando la unión establecida con Él, se privó de la gracia y de la dignidad. Las fuerzas del alma y del cuerpo ya no están sometidas a él. Está bajo la influencia del espíritu del maligno.

El santo rey David canta, anuncia las palabras del cielo. Las notas de su salterio son notas celestiales. Canta la bienaventuranza del hombre.

Hermanos, escuchemos la enseñanza de Dios, que nos revela el canto divino. Escuchemos las palabras y los sonidos con los que nos habla el cielo y nos golpea con sus truenos.

¡Oh, vosotros, los que buscáis la alegría, que codiciáis el placer, alterados del gozo, venid, escuchad pues el canto sagrado, escuchad la enseñanza saludable!. ¿Hasta cuando vagaréis, caminando por los valles y las montañas, por los desiertos y los bosques impenetrables?. ¿Hasta cuando os hará sufrir vuestra incesante e inútil labor, sin dar nunca fruto, ni conducir a ninguna adquisición perdurable?. ¡Prestad un oído dócil, escuchad, pues, cómo habla el Espíritu Santo, por boca de David, sobre la bienaventuranza humana que desean todos los hombres!.

¡Que todo silencie a mi alrededor!. ¡Que todos mis pensamientos se apacigüen!. ¡Que mi corazón calle!. ¡Que sólo actúe en mí una piadosa atención!. ¡Que mi alma pueda ser penetrada así con los santos pensamientos!.

David fue rey, pero no dice que el trono de los reyes sea la sede de la bienaventuranza humana.

David fue un jefe militar y un héroe. Durante su vida, llevó a cabo combates sanguinarios contra toda clase de adversarios. ¡Cuán numerosos fueron las batallas que libró y las victorias que obtuvo!. Expandió los límites de su reino, desde el Jordán hasta las orillas del Éufrates. Aun así, no dice que la bienaventuranza resida en la gloria del vencedor ni en la del conquistador.

Por la fuerza de la espada, David adquirió innumerables riquezas. El oro se amontonaba en sus bodegas como si fuera cobre, y se echaba también plata como si se tratara de fundirlo. Aun así, David no dice que la bienaventuranza del hombre se encuentre en la riqueza.

David gozaba de todos los consuelos terrenales y aun así no veía en ninguno de ellos la bienaventuranza del hombre.

Siendo un muchacho, David llevaba a pastar el rebaño de su padre Jesé. Un día, por mandato de Dios, el profeta Samuel fue hacia él y le ungió con aceite santo; de pobre pastor, se convirtió en el rey del pueblo de Israel. Aun así, al momento de su unción real, David no lo llama el momento de bienaventuranza.

David pasó su infancia en un desierto salvaje. Su cuerpo se endureció y se fortificó, de modo que con la fuerza de sus manos, era capaz de estrangular un oso y un león. Y su alma se llenó poco a poco de inspiración celeste. Las manos que sabían abatir al león y al oso, fabricaron un salterio (instrumento musical de cuerda). Cuando rozaban las cuerdas tensadas y dispuestas melódicamente por la acción del Espíritu, surgían sonidos armoniosos, suaves y espirituales. Sus sonidos se extendieron por todas partes, se expandieron a través de los siglos, retomados por innumerables voces, glorificando el nombre de David en todos los lugares de la tierra, durante el tiempo que dure la vida cristiana en este mundo. Esta vida en el desierto, tan llena de admirables hazañas, de inspiraciones asombrosas, tampoco las llama David la bienaventuranza del hombre.

“Bienaventurado el hombre”, canta, allí donde se encuentre, sea cual sea su condición, sea cual sea su rango, puesto que: “no sigue el consejo de los malvados, ni pone el pie en el camino de los pecadores, ni entre los burladores toma asiento” (Salmos 1:1).

Bienaventurado el hombre que se guarda del pecado, que lo aparta lejos de él, bajo cualquier forma en que se le presente, ya sea por un acto impío, por un pensamiento que le sugiera iniquidad, por sentimientos que conduzcan a placeres, a la inicua embriaguez.

El que una mujer débil aparte con valor el pecado, ella es también el hombre bienaventurado del que canta David.

Los que participan en esta bienaventuranza han llegado a la edad “viril” según Cristo, son los que resisten al pecado, ya sean sólo adolescentes o niños. El juicio de Dios es imparcial.

Bienaventurado el hombre que “tiene su deleite en la Ley del Señor” (Salmos 1:2), bienaventurado el corazón que ha madurado en el conocimiento de Su voluntad, que ha visto cuán bueno es el Señor (Salmos 33:9), que ha adquirido este conocimiento disfrutando de los mandamientos del Señor, que ha unido su voluntad a la del Señor. Bienaventurado el corazón presa del fervor divino. Bienaventurado el corazón que arde del deseo inextinguible por cumplir la voluntad de Dios. Tal corazón, es el lugar, la morada, la cámara nupcial, el trono de la bienaventuranza.

Desde el alba, el águila acecha en la cima de un gran desfiladero, y sus ojos vigilantes están en vigilancia. Luego, se apresta al cielo azul, vuela por encima de las montañas, desplegando totalmente sus alas, observando su presa. Cuando la ve, se dirige hacia ella con la velocidad del rayo, la atrapa con sus garras y desaparece. Alimenta a sus crías, y se sitúa de nuevo, sobre la roca, o volando por el cielo. Así se comporta un corazón herido por el amor a los mandamientos de Dios. En este amor reside la bienaventuranza. Los mandamientos no son sólo fuentes de esfuerzo, sino que también revelan la inteligencia espiritual. “Por tus mandamientos, he obtenido la inteligencia”, dice el profeta. “Te he buscado con todo el corazón… Me he dispuesto en el camino de Tus mandamientos cuando dispusiste mi corazón…. Medité tus mandamientos grandemente estimados por mí… Más vale para mí la ley de Tu boca, que el oro y la plata… Estimo tus mandamientos más que el oro y el topacio… En mi corazón, he guardado Tus palabras, para no pecar contra Ti… Me regocijaré a causa de Tus palabras, como el que encuentra ricos tesoros… Inclino mi corazón a Tus testimonios y no hacia la concupiscencia… Condúceme por el camino de Tus mandamientos, pues quiero seguirlos…” (Salmos 118:104, 127, 162).

El sol se alza, y cada uno se dirige hacia sus ocupaciones, siguiendo su fin, sus intenciones. Así como el alma reside en el cuerpo, así hay una intención y un fin en cada ocupación humana. Uno trabaja, ocupado por encontrar tesoros perecederos; otro busca procurarse abundantes gozos; uno ambiciona la vanagloria terrenal; otra cree que sus actos deben servir para el bien del estado y la sociedad. Pero el favorecido del Señor no tiene otro fin que complacer a Dios, sean cuales sean sus ocupaciones, sean cuales sean sus obras. El mundo es para él, el libro de los mandamientos del Señor. Lee este libro con hechos, por su conducta, con su vida. Cuanto más lee su corazón este libro, más inteligencia espiritual penetra en él, y más fervor muestra por seguir los caminos de la piedad y de la virtud. Adquiere las alas radiantes de la fe, comienza a detener todo temor del enemigo, se permite atravesar todos los abismos, encuentra la audacia necesaria para acometer buenas empresas. ¡Bienaventurado tal corazón!. En verdad, este es el hombre bienaventurado del que canta el salmo.

La noche cae con sus sombras, dispensando su luz difusa de los astros nocturnos. Reúne a los hombres que viven en la superficie de la tierra, sobre sus tiendas, en sus refugios. Allí se encuentra el asombro y el vacío del alma: intenta entonces ahogar su sufrimiento por muchas distracciones, por la ociosidad, por la ruidosa depravación de las costumbres. Entonces, el intelecto, el cuerpo y el corazón, estas vasijas del templo de Dios, son utilizados por Baltasar con fines criminales. El esclavo de las preocupaciones terrenales, de las preocupaciones pasajeras de esta vida, liberado a penas de sus preocupaciones cotidianas, se prepara en la tranquilidad de la noche con nuevas preocupaciones para el día siguiente. Todos sus días, todas sus noches, toda su vida, es un sacrificio para la agitación y la putrefacción…. Una sencilla lámpara se enciende ante sus iconos, difundiendo una dulce luz allí donde se acuesta el justo. Vive con una única preocupación que le consume. Trae a su lecho el recuerdo de las actividades realizadas durante el día, las compara con las Tablas donde se grabó la voluntad de Dios revelada a los hombres, con las Escrituras; ve todas sus imperfecciones, en sus actos, en sus pensamientos, en los movimientos de su corazón. Las trata por medio del arrepentimiento, las lava por sus lágrimas, pidiendo al cielo fuerzas nuevas, una nueva luz para renovar y aumentar sus fuerzas. Una luz llena de gracias, una fuerza sobrenatural desciende de Dios hacia el alma, conduciendo al hombre a la oración, a un sentimiento doloroso de su debilidad, de su miseria, de la facilidad con la que cae sin cesar. Así, “cada día transmite al siguiente este mensaje, y una noche lo hace conocer a la otra” (Salmos 18:3). La vida se constituye entonces con logros incesantes, con adquisiciones continuas, eternas. El que vive así es el hombre bienaventurado.

Este hombre será “como un árbol plantado junto a ríos de agua” (Salmos 1:3), que no teme ni los rayos del sol, ni la sequía; sus raíces están siempre irrigadas y no esperan la lluvia, no tienen nunca necesidad de alimento, a causa de lo cual los árboles que son empujados a entornos montañosos y áridos, a menudo están enfermos, se secan y mueren.

El hombre dispuesto a la piedad, pero que lleva una vida disipada, y que estudia con parsimonia y superficialidad la Ley del Señor, es semejante a este árbol que crece, perdido en las alturas, allí donde los vientos y el sol tienen un recorrido libre, que bebe de vez en cuando de la lluvia del cielo, o a quien el rocío celestial refresca por casualidad. Alguna vez, es el rocío de la ternura el que le da algún frescor, e incluso otras veces, la lluvia vivificante de las lágrimas del arrepentimiento inundan su alma seca. En otros momentos, su espíritu y su corazón se animan por un impulso hacia Dios, pero este estado no es, ni puede ser, constante. No es ni siquiera continuo. Los pensamientos y las percepciones religiosas, que no se enraízan en un conocimiento total y claro de la voluntad de Dios, no tienen ninguna precisión, ningún fundamento, y por esta razón, carecen de fuerza y vida.

El que, día y noche, estudia los mandatos del Señor, ese es semejante a un árbol plantado cerca de las aguas de los ríos. Un agua fresca abreva sus raíces. El espíritu y el corazón del hombre (sus raíces), se vuelven sin cesar hacia las leyes del Señor, para él corren indefinidamente los torrentes de la vida eterna, tan puros y poderosos. Esta agua, esta fuerza, esta vida, es el Espíritu Santo, que permanece en los mandamientos del Evangelio. El que se entrega sin falta a las Escrituras, y las estudia con humildad, pidiendo a Dios en oración, que le conceda la justa comprensión, el que dirige todos sus actos, los movimientos secretos de su alma según los mandamientos del Evangelio, ese se unirá indefectiblemente al Espíritu Santo que descansa en ellos. El Espíritu Santo mismo dice: “Estoy asociado a todos los que te temen y guardan tus preceptos” (Salmos 118:63).

El estudio de las leyes del Señor requiere paciencia. Es la salvación de tu alma; así, ordena el Señor: “En vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas” (Lucas 21:19). ¡Tal es la ciencia de las ciencias!. ¡Tal es la ciencia celestial, la ciencia transmitida al hombre por Dios!. Sus caminos son, de hecho, diferentes de los caminos que marcan ordinariamente las ciencias terrestres y humanas, concebidas por nuestra inteligencia caída, por nuestro estado consecutivo a la caída. Las ciencias humanas se enorgullecen, vanaglorian el intelecto, amplifican el ego humano. La ciencia de Dios  revela al alma que está dispuesta, preparada, por la renuncia a sí misma y que, a causa de su humildad, abandona toda independencia. Vista en un espejo, no tiene ninguna imagen limpia, y por esta razón, puede reflejar los rastros divinos. La ciencia divina, es la Sabiduría de Dios, es el Logos    de Dios. “La sabiduría infunde vida a sus hijos, acoge a los que la buscan, y va delante de ellos en el camino de la justicia. Quien la ama, ama la vida; y los que solícitos la buscaren, gozarán de su suavidad. Los que la poseyeren, heredarán la vida; y donde ella entrare, allí echará Dios su bendición. Los que la sirven, rinden obsequio al Santo, y Dios ama a los que la aman. Quien la escucha, juzgará las naciones, y quien tiene fijos en ella los ojos, reposará seguro” (Eclesiástico 4:12-16). ¡He aquí la ciencia divina!. ¡He aquí la sabiduría de Dios!. Es la revelación de Dios, y Él habita en ella. A ella se accede por la humildad, por la renuncia a su inteligencia, pues es inaccesible a la inteligencia humana, que la rechazó y fue esta reconocida como insensata. Y él, su temerario y orgulloso enemigo, por medio de blasfemias, la tiene por locura, y se escandaliza porque apareció a los hombres en la cruz y desde allí, los ilumina. Se accede a ella por medio de la abnegación, por su propia crucifixión, por la fe. El mismo autor dice: “Si en ella pose su confianza, la tendrá por herencia” (Eclesiástico 4:17).

La verdadera fe, la que es agradable a Dios, aquella en la que no hay ni astucia ni engaño, consiste en el cumplimiento de los mandatos del Evangelio, en su implantación permanente y sin descanso en el alma, en un combate contra la propia razón, contra las sensaciones impías, los movimientos del corazón y del cuerpo. La razón del hombre caído, su cuerpo y su corazón, son hostiles a la Ley del Señor. La razón del hombre caído no acepta la razón de Dios, y su corazón caído resiste a la voluntad de Dios. El cuerpo mismo, hecho corruptible, se ha forjado, en la caída, una voluntad propia, y esta voluntad le ha transmitido abundantemente el conocimiento fatal del bien y del mal. El camino que conduce a la sabiduría de Dios es muy estrecho y lleno de aflicciones. Es la santa fe la que nos insta a avanzar, pisando y eliminando la resistencia de la razón, la del corazón y la del cuerpo caídos. Es necesario ser paciente, firme y constante. “En vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas” (Lucas 21:19). Quien quiere recoger frutos espirituales, que lleve con paciencia, hasta su término, una larga guerra contra el pecado, jalonada de revueltas y desgracias. Para ver el fruto del Espíritu crecer en el árbol de su alma, es necesario mimarlo con gran paciencia y mucho valor.

Escuchemos, pues, de nuevo lo que dice el sabio: “Para probarle le conduce entre temores y sustos, y le aflige con la tribulación de su doctrina, hasta explorar todos sus pensamientos, y fiarse ya del corazón de él”. (Eclesiástico 4:18-19).

Pasan los días, los meses y los años y he aquí que llega el tiempo conocido por Dios, quien lo “ha fijado con su propia autoridad” (Hechos 1:7). El árbol plantado cerca de las aguas lleva fruto. Este fruto, es la comunión vivificante con el Espíritu Santo, que el Hijo de Dios prometió a todos los que creen en Él en verdad. El Espíritu Santo es un buen fruto, un fruto divino. Transforma al hombre por completo. Las Santas Escrituras pasan del libro hasta el alma; la Palabra de Dios, Su Voluntad, el Logos y el Espíritu se inscriben por un dedo invisible en las tablas del intelecto y del corazón. La promesa del Hijo del Hombre se cumple en Él: “De su seno manarán torrentes de agua viva” (Juan 7:38). El Señor habla así del Espíritu que deben recibir los que creen en Él. Así es como la Sabiduría y la Teología que dispensa se expresan por la boca del discípulo bien amado. “Sus hojas no se marchitarán” (Salmos 1:3). Según la enseñanza de los padres, los hechos extraordinarios corporales constituyen este follaje, y reciben su recompensa, la incorruptibilidad y la vida, tras la renovación, el renacimiento del alma llevada a cabo por el Espíritu Santo. La voluntad de tal hombre se une en todo con la voluntad de Dios. Por eso, Dios lo ayuda en todas sus empresas y así “todo cuanto hiciere prosperará” (Salmos 1:3).

Pero la imagen que ofrecen los impíos es totalmente otra. El rey David no los compara a los árboles o a cualquier otra cosa marcada por el signo de la vida. Los compara de otra forma: “No así los malvados, no así. Ellos son como paja que el viento desparrama” (Salmos 1:4). ¡Impíos!. Sois el polvo privado de vida que dispersa el torbellino de la agitación del mundo, dando vueltas por el aire y formando una nube espesa que oculta el sol y toda la naturaleza.

¡No miréis esta nube!. No concedas ninguna fe a las ilusiones que crean tus ojos, pues, algunas veces, el polvo más insignificante se transforma por ellos en una nube. Ciérralos un momento  la nube de polvo se irá, soplada por un torbellino potente, sin que tu vista quede herida. En un instante, abrirás los ojos y buscarás el rastro de esta nube, pero ya no habrá ningún signo de su existencia.

David continúa clamando en su canto terrible la terrorífica y fatal decisión reservada a los impíos: “Por eso en el juicio no estarán en pie los malvados, ni los pecadores en la reunión de los justos” (Salmos 1:5). Los impíos no participarán en la primera resurrección que San Juan describe en su Apocalipsis (Apocalipsis 20), resurrección espiritual que llena el alma y la renueva para la vida eterna, desde aquí, bajo la acción del Espíritu Santo que lo realiza todo. El alma resucita, se reanima para la vida en Dios. El espíritu y el corazón se iluminan, comulgan de la inteligencia espiritual. Según la definición de los santos padres, la inteligencia espiritual es el sentimiento de la vida eterna (San Isaac el Sirio, Discurso 38). Es también el signo de la resurrección. Por el contrario, el razonamiento carnal es la muerte invisible del alma (Romanos 8:6). La inteligencia espiritual, es la acción del Espíritu Santo. Ve el pecado, ve su alma y la de los otros, las pasiones en ella y en los otros, las trampas que tiende el príncipe de este mundo, y abandona todo pensamiento que se alza contra la razón de Cristo, rechaza lejos de sí todos los pecados. La inteligencia espiritual es el reino, la luz del Espíritu Santo en el intelecto y en el corazón. Los impíos no se alzarán para este discernimiento espiritual, que sólo viene como herencia a la asamblea de los justos. Es inaccesible e incomprensible a los pecadores y a los impíos. Es la visión de Dios; así, sólo los puros de corazón verán a Dios (Mateo 5:8).

El camino de los impíos es execrable a Dios, y es extraño y abominable, y Dios no está en él, como dicen las Escrituras. Por el contrario, el camino de la verdad es agradable a Dios, y la Escritura dice de él: “Porque el camino de los justos lo cuida el Señor” (Salmos 1:6). Sólo Él conoce, en efecto, este camino. Bienaventurado es este camino que conduce a Dios, y que está oculto en el Dios eterno. Tu comienzo es Dios, y tu fin, también es Dios. Es eterno, así como Dios es eterno.

El camino de los impíos tiene un triste final, pues conduce al borde de un sombrío y profundo abismo, y es el guardián de una muerte eterna. Por siempre, el camino de los impíos conduce a la perdición, a ese abismo terrible donde perecen todos los que han pisado sobre él.

“Porque el camino de los justos lo cuida el Señor, y el camino de los malvados tiene mal fin” (Salmos 1:6). Bienaventurado el hombre que no sigue el consejo de los impíos ni se deja seducir por su forma de pensar, por sus reglas morales y su conducta, “si no que se complace en la Ley del Señor”. He aquí lo que cantaba el admirable y celeste cantor. Y el eremita escuchaba este santo canto divinamente inspirado.

 

 

Traducido por psaltir Nektario B.

© Abril 2016

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Categorías:Salmos

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