Divina maternidad, parte 7

 

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La creación deificada en la Encarnación

La Montaña Santa

El hecho de Cristo con su Cuerpo sentado a la diestra del Padre ha deificado, pues, virtualmente a toda la creación. Así, este misterio debe ser considerado como el fin y el objetivo de la Encarnación. Es normal, pues, encontrar este aspecto de la deificación del mundo en el icono de la Natividad. Por eso, esta deificación no se ha revelado en el cuerpo del niño recién nacido, como en el icono de la Transfiguración, donde la iluminación surge del cuerpo de Cristo, sino en la montaña que rodea las tinieblas de la gruta. (El buey y el asno, representados en la gruta según una tradición apócrifa, pueden también revelar la inclusión del reino animal en este proceso de deificación del mundo. Los animales se han revelado capaces de sentir la santidad de un hombre y abandonar frente a un santo su aspecto salvaje y peligroso para mantener relaciones de amistad, como lo testifican el león de San Gerásimo en el Jordán, o el oso de San Serafín de Sarov. Ellos también están involucrados para el futuro espiritual de la creación).

La forma de representar las montañas en la iconografía es muy particular. Sin ser realista por las proporciones o la forma, sugiere plenamente el aspecto a la vez brusco y dinámico de la roca tal y como la encontramos en el desierto o en la alta montaña. Ahí es donde la creación se revela en su aspecto más salvaje: terrorífico, aplastante y estremecedor de belleza. (Esta forma de representar las montañas y el desierto en iconografía está, con toda evidencia, ligada a la experiencia del desierto, mucho más que a la de la alta montaña). Lo que asombra ante todo, tanto en el icono de la Natividad como en el de la Transfiguración, es la impresión de acceso a lo alto, sugerido por esta figuración de la montaña. (La idea de acceso hacia lo alto es, de hecho, realista con relación al plano geológico). La montaña está ligada a la elevación espiritual, no en el sentido en el que el cielo espiritual se encontrara a cierta altitud con relación al suelo, sino en una relación misteriosa con la revelación de Dios, en esta especie de geografía sagrada establecida por el Señor.

El peñasco del Sinaí y del Monte Tabor participaron en la revelación de la gloria de Dios, y la figuración que hace la iconografía de ellos, sugiere plenamente su abrazo con el contacto de la luz divina. Esta forma de aclarar las partes destacadas del peñasco, sin sombra encima, sugiere la idea de una exposición a un resplandor muy poderoso, pero difuso, resplandor que impregna de esta forma la materia que parecería continuar de forma persistente. Moisés debió cubrirse así el rostro volviendo a bajar del Sinaí, y puesto que estaba tan impregnado el monte con la luz de Dios, así mismo la montaña resplandece con esta misma luz en el icono. Otro peñasco, el de la Tumba de Cristo, fue el lugar de un estado límite de la creación que ya no se reproducirá antes del Último Día: la Resurrección del cuerpo de Cristo. Este abrazó la materia para marcar el santo sudario según un modo que no puede ser ni conocido ni, con mayor razón, representado, y es esta misma luz de la Resurrección que resplandece de la montaña que rodea la gruta. La tensión hacia lo alto de la montaña, en iconografía, representa el misterio de toda la creación. Cuando San Pablo habla en su carta a los romanos de la aspiración de toda la creación a la revelación del hijo de Dios, de sus gemidos en el esfuerzo del alumbramiento, no hace poesía. Describe una realidad profunda vivida por numerosos santos, de los cuales, uno de ellos, San Nectario de Egina, dice: el canto de la creación, su forma de alabar a Dios, es también la sed de plenitud que prueba en la espera de Dios. El amor divino está en el corazón de la creación como un fuego que lo impulsa hacia Dios. Esta espera, y también la respuesta a esta espera en la deificación del mundo, es lo que expresa nuestro icono.

Fuente: 

La Madre del Cosmos, la realidad de la Iglesia

La Madre del Cosmos

Lo que es destacable en el icono de la Natividad, es el lazo estrecho entre la Theotokos y la montaña, la armonía profunda entre estas dos figuras, sea cual sea el tipo de representación. De hecho, hay una correspondencia espiritual entre la espera y el futuro de la creación, expresado por la montaña y la plenitud de la Theotokos como signos de las realidades futuras. Por el hecho de la concepción virginal del cuerpo de Cristo, el seno de la Virgen ha prefigurado el regreso de la creación a las condiciones anteriores a la caída, pero también la plenitud del Reino futuro, la unión entre el cielo y la tierra en la Jerusalén celestial.

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El cuerpo del hombre recapitula toda la creación a la que es llamado a ser el gran sacerdote, vocación replanteada por la caída de Adán, pero asumida en plenitud por Cristo. La madre en quien se forma este cuerpo tiene, pues, un lugar particular en el seno de la creación. En cierta manera, la madre es anterior al mundo, ella es aquella en la que se forma el misterio de la vida, en la que se ordena la materia como en un crisol, para crear esta perfección que es el ser humano. De este hecho, ella está más próxima a la creación que el hombre. Sólo a ella le es dado vivir en su cuerpo los ciclos lunares, sólo a ella se le permite entrar en la intimidad del misterio de la creación de la vida. La Theotokos, cumpliendo esto en su total plenitud, es pues, en cierta manera, anterior al cosmos. Ella, que se encuentra situada por encima de los coros angélicos, engloba en su propio cuerpo el misterio de la creación deificada. Ella es el signo vivo, la personificación de la tierra madre liberada de toda corrupción, como lo estaban las aguas primigenias en el primer día de la creación, por encima de las cuales planeaba el aliento de Dios, el Espíritu Santo. Pero ella personifica ante todo el misterio de la realidad eclesial, donde la materia se convierte en el signo sacramental de la acción del Espíritu Santo en la renovación del hombre y del mundo. Esta proximidad con la creación le otorga vivir en su corazón, con toda su santidad personal, la aspiración del mundo creado en la plenitud de la gloria del Último Día. Los gemidos que ella ha conocido no fueron los del esfuerzo del alumbramiento del cuerpo de su Hijo, sino los del alumbramiento de toda la creación a la nueva realidad de la Iglesia en la espera de la Jerusalén celestial.

La realidad de la Iglesia

Nos olvidamos demasiado hasta qué punto el misterio de la Iglesia engloba a toda la materia. La Iglesia no es una realidad abstracta, “ideal”, sino infinitamente concreta, empírica. En ella, el cielo y la tierra se encuentran de forma misteriosa, como en la montaña del icono de la Natividad. En ella, lo visible y lo invisible se unen para hacer una sola realidad. Así, esta unión pertenece, en primer lugar y ante todo, a los sacramentos: la Iglesia es, en sí misma, el sacramento de la presencia divina y de su amor deificante ofrecido al hombre para que viva en ella libremente. En un sacramento, la gracia se une al símbolo material de forma misteriosa para actuar sobre el hombre, en tanto que persona libre y en la medida de su transparencia a la gracia, haciéndole acceder a la realidad nueva del Reino. Así, esta acción pasa en primer lugar por el cuerpo; no es un espíritu puro el que se sumerge en el agua, ni es ungido con aceite y alimentado con pan y vino, sino un ser de carne, totalmente encarnado. La materia forma parte plenamente de nuestra vida espiritual como un componente esencial del misterio de la Iglesia, porque ha sido totalmente asumida por Cristo en la Encarnación.

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En el icono de la Natividad, este sentido eclesial de la materia se expresa por la montaña resplandeciente de belleza y luz, pero encuentra su plenitud en la figura extraordinariamente bella y radiante de la Theotokos. Ella recapitula en sí, el misterio de la Iglesia. Nadie mejor que ella puede expresar este sentido de Iglesia como lugar en el que renacemos a la vida verdadera, donde morimos a este mundo para resucitar en el Espíritu Santo. Pues le ha sido dado vivir en ella todas las realidades ofrecidas al hombre en el seno de la Iglesia. En efecto, todo cristiano está unido a Cristo por el bautismo con una intimidad total y absoluta, recibe la unción del Espíritu Santo con el santo miro, así como ella fue cubierta por la sombra del “poder del Altísimo”. Todo cristiano llega también a llevar a Cristo en su seno por la Eucaristía. Así, todos son llamados a resucitar en el último día en la gloria del amor divino. Todo esto lo vivió la Theotokos antes que nosotros en la Anunciación, en el alumbramiento, en la participación de la Pascua de su Hijo y en su resurrección corporal. En el icono de la Natividad, esta plenitud se expresa en el hieratismo y la nobleza extraordinarias de la Virgen sobre su lecho de Madre, puesto al pie de la montaña como en un cofre, rodeando con su plenitud a las tinieblas de la gruta donde está su Hijo. La majestad real de su maternidad traspasa el simple hecho histórico de un acto milagroso aislado en el tiempo; anuncia toda la renovación de la creación en esta unión misteriosa entre Dios y la obra de sus manos.

 

Escrito por el Archimandrita Gabriel, Higumeno del monasterio de San Nicolás de Dalmerie.

 

Fuente: 

Traducido por psaltir Nektario B.

© Marzo 2015

 

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Categorías:Navidad, theotokos

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