Tratado sobre los ángeles, San Ignacio Briantchaninov. Parte 1

angel_sobor

Tratado sobre los Ángeles

Por San Ignacio Briantchaninov, Obispo del Caucaso y el Mar Negro.

 

Este tratado sobre los ángeles no ha sido redactado para satisfacer nuestra curiosidad, y todavía menos nuestro amor por la ciencia. Ha sido creado para nuestra salvación. Hace falta recordar que los ángeles de luz viven constantemente y sin cansarse, preocupándose por nuestro destino. Emplean toda su energía a prepararnos y hacernos merecer las bienaventuranzas eternas, durante el lapso de tiempo de nuestro peregrinaje terrestre. Los ángeles de las tinieblas, en cuanto a ellos, se consagran a llevarnos a su destino en el abismo del infierno. Es por eso que la tierra es un lugar de una guerra permanente y cruel que opone los santos ángeles y los cristianos piadosos y ortodoxos a los ángeles de las tinieblas y a los hombres que les son sumisos. Lo que está en juego de este combate no es otra cosa que el destino eterno de los hombres. La bienaventuranza celeste del siglo venidero no es accesible más que a través del verdadero cristianismo. No hay, por lo tanto, nada más esencial y más necesario que trabajar en la salvación de uno mismo. Esta salvación exige de cada cristiano que tome conocimiento de la presencia de los ángeles en tiempos oportunos, con exactitud y de manera decisiva, a fin atraer para sí la ayuda y el santo amor de los ángeles de la luz, y evitar lo más posible la  influencia perniciosa de los ángeles de las tinieblas.

La palabra ángel viene del griego y significa mensajero. Los ángeles han recibido este nombre de nuestro Dios Todopoderoso a causa de su servicio por la salvación del género humano, servicio que cumplen con mucho amor y santo fervor. A este propósito, el Apóstol Pablo dice: ¿No son todos ellos espíritus servidores, enviados para servicio a favor de los que han de heredar la salvación? (Heb. 1:14). Es así, por ejemplo, que el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret (Luc. 1:26) a la Toda-Santa Virgen María, para anunciarle que Dios la había elegido para ser la Madre del Logos-Dios, que iba a asumir nuestra humanidad para salvar al género humano. En otra ocasión, el ángel del Señor abrió las puertas de la prisión en las que los judíos envidiosos habían encerrado a los dos Apóstoles y, tras haberlos liberado, les dijo: id y puestos en pie en el Templo, predicad al pueblo todas las palabras de esta vida (Hech. 5:20), es decir la enseñanza de que Cristo es la Vida. Otra vez, el ángel hizo salir al Apóstol Pedro de la prisión donde Herodes le había echado después de haber matado a San Santiago, hijo de Zebedeo; el rey impío pretendía divertir al pueblo deicida por medio de una segunda ejecución que le fuera agradable. Confiado en que su milagrosa liberación no era fruto de su imaginación sino que era verídico, el Apóstol declaró: “Ahora sé verdaderamente que el Señor ha enviado su ángel y me ha librado de la mano de Herodes y de toda la expectación del pueblo de los judíos” (Hch. 12:11). No obstante el ministerio angélico no consiste exclusivamente en asegurar la salvación del género humano, pero es de ahí que recibe su nombre de boca de los hombres, y del Espíritu Santo en las Santas Escrituras.

La Santa Escritura no menciona con precisión el momento de la creación de los ángeles. La Santa Iglesia, con San Juan Damasceno, San Juan Casiano, San Basilio el Grande, San Gregorio el Teólogo, San Ambrosio de Milán, San Dimitri de Rostov, y otros padres, confiesan que tuvo lugar antes de la creación del mundo material y de los hombres.

Los ángeles fueron creados de la nada. ¡Qué gratitud, qué piedad, qué amor por su Creador han debido sentir estos seres, viéndose dotados desde su creación de tal agudeza, de tal bienaventuranza, de tal alegría espiritual!.  Su ocupación en todo momento no tarda en llegar a ser la contemplación y la glorificación del Creador. El Señor mismo dice de ellos: desde que las estrellas fueron creadas, todos Mis ángeles Me glorifican y Me aclaman (Job 38:7). Estas palabras confirman que la creación de los ángeles es anterior a la del mundo visible. Al haber asistido a esta última, los ángeles glorifican de nuevo  la sabiduría y el poder del Creador.

Fue el Logos de Dios que creó los ángeles, como seguidamente hizo con el mundo visible. En Él han sido creadas todas las cosas, en los cielos y sobre la tierra, las visibles y las invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades: todo ha sido creado para Él y por Él (Col. 1:16). Por los nombres de Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades, el Apóstol designa diversas órdenes angélicas. La Santa Iglesia reconoce tres, cada coro (o jerarquía) estando a su vez dividida en tres sub-órdenes. La primera jerarquía está constituida por Serafines, Querubines y Tronos; la segunda por Dominaciones, Virtudes y Potestades; la tercera por Principados, Arcángeles y Ángeles. La enseñanza sobre estas divisiones del mundo angélico proviene de San Dionisio el Areopagita, discípulo de San Pablo. Este último, como acabamos de ver, nombra ciertas órdenes en sus escritos. Según la visión del Santo Profeta Isaías, son los Serafines de seis alas los que se encuentran más próximos del trono de Dios: Vi al Señor sentado en un trono alto y excelso y las faldas de su vestido llenaban el Templo. Encima de Él había serafines, cada uno de los cuales tenía seis alas: con dos se cubrían el rostro, con dos los pies, y con dos volaban. Y clamaban unos a otros, diciendo: “Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos, llena está toda la tierra de su gloria.”(Is. 6:1-3). Detrás de los Serafines, se encuentran alrededor del trono de Dios los sabios Querubines de innombrables ojos, después vienen los Tronos, y, en el orden citado aquí, los otros coros angélicos. Los ángeles permanecen cerca del trono de Dios en un gran temor mezclado con respeto, temor suscitado por la indecible grandeza de Dios. No se trata, de ninguna manera, de un temor (de pecador arrepentido) que ensombrece el amor, sino más bien de un temor que perdura desde el origen de los siglos, un don del Espíritu Santo, ya que Dios es terrible (su magnitud) para aquellos que están alrededor de Él. La contemplación ininterrumpida de la inconmensurable grandeza de Dios, sumerge a los ángeles en un éxtasis de bienaventuranza, y en una embriaguez que se exprime por una incesante glorificación. Arden de amor por Dios, y encuentran en el olvido de ellos mismos un júbilo inagotable e infinito.

Traducido por Hipodiácono Miguel P.

Agosto de 2015

cristoesortodoxo.com

Anuncios


Categorías:San Ignacio Briantchaninov

Etiquetas:, , , , , , , , , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: