El lugar del bienaventurado Agustín en la Iglesia Ortodoxa, parte 4/4

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4ª parte

Opiniones de los tiempos modernos sobre el bienaventurado Agustín.

Los Padres ortodoxos de tiempos modernos han continuado viendo al bienaventurado Agustín de la misma manera que hizo San Marcos de Éfeso, y no hubo controversia particular unida a su nombre. En Rusia, al menos desde el tiempo de San Dimitri de Rostov (principios del siglo XVIII), la costumbre de referirse a él como “el bienaventurado Agustín” comenzó a estar bien establecida. Aquí, decimos justo una palabra sobre este apelativo.

En los primeros siglos del Cristianismo, la palabra “bienaventurado” en referencia a un hombre de vida santa era utilizada de una manera más o menos intercambiable con las palabras “santo” o “sagrado”. Esto no era el resultado de una cualquiera o formal “canonización”, que no existía en estos siglos, sino que estaba más bien basada, ante todo, en la veneración popular. Así, San Martín de Tours (siglo IV), un santo y taumaturgo probado, en escritos como los de San Gregorio de Tours (siglo VI), es calificado a veces como “bienaventurado” (beatus) y a veces como “santo” (sanctus). Y pues, cuando Agustín fue calificado en el siglo V, por san Fausto de Lerins, como “el mas bienaventurado” (beatissimus), en el siglo VI, por San Gregorio el Grande, como “bienaventurado” (beatus), en el siglo XIX, por san Focio, como “santo” (agios), estos títulos diferentes quieren decir la misma cosa: que Agustín era reconocido como formando parte de los que son remarcables por su santidad y su enseñanza. En Occidente, durante todos estos siglos, el día de su fiesta fue conservado; en Oriente (donde no se celebraban fiestas particulares para santos occidentales) fue simplemente visto como Padre de la Iglesia Universal.

En tiempos de San Marcos de Éfeso, la palabra “bienaventurado” fue utilizada para denotar menor autoridad que los grandes Padres; así, se refiere al “bienaventurado Agustín”, pero al “divino Ambrosio”, al “bienaventurado Gregorio de Nisa”, pero a “Gregorio el Teólogo, grande entre los santos”; pero esto no quiere decir que exista una constante en este propósito.

Incluso en los tiempos modernos, la palabra “bienaventurado” queda, de algún modo, vaga en su aplicación. Según el uso ruso, “bienaventurado” puede referirse a los grandes Doctores alrededor de los cuales hubo ciertas controversias (Agustín y Jerónimo, en Occidente, Teodoreto de Ciro en Oriente), pero también a los locos en Cristo (glorificados o no) así como en general a las personas santas pero no glorificadas en los siglos recientes. Incluso en nuestros días no hay definición precisa de lo que quiere decir “bienaventurado” en la Iglesia Ortodoxa (en oposición al catolicismo romano, donde la “beatificación” es parte entera de un proceso legal en sí mismo), y no importa que personas “bienaventuradas”, que tienen un lugar reconocido en el calendario ortodoxo de los Santos (como lo tienen Agustín, Jerónimo, Teodoreto, y muchos locos en Cristo) pueden igualmente ser llamados “santas”. En el uso ortodoxo ruso se habla raramente de “San Agustín”, pero más bien siempre del “bienaventurado Agustín”. En nuestros tiempos modernos hubo numerosas traducciones en griego y en ruso de los escritos del bienaventurado Agustín, y comenzó a ser bastante conocido en el Oriente ortodoxo. Algunos de sus escritos, a decir verdad, como los de sus tratados anti-pelagianos y “Sobre la Trinidad”, son leídos con prudencia, la misma prudencia con la que los creyentes ortodoxos leen “Sobre el alma y la resurrección”, de San Gregorio de Nisa y algunos otros de sus escritos.

El gran Doctor ruso del siglo XVIII, san Tikon de Zadonsk, cita algunos de los escritos del bienaventurado Agustín (principalmente tomados de los Soliloquios) como procedentes de un Padre ortodoxo, aunque su principal fuente patrística esté sobre los Padres de Oriente, y por debajo de San Juan Crisóstomo. “Las Confesiones” de Agustín ocupan un lugar respetable entre los libros espirituales ortodoxos en Rusia y han tenido incluso un efecto decisivo sobre el gran recluso del siglo XIX, Georges de Zadonsk, en cuanto a su renuncia al mundo. Cuando este último estaba en el servicio militar, en su juventud, y llevaba una vida cada vez más retirara para prepararse para entrar en un monasterio, fue atraído por la hija de un cierto coronel y tomó la decisión de pedirla en matrimonio. Recordando después el deseo profundo que había desarrollado de abandonar el mundo, se encontró en un estado crítico de indecisión y perplejidad, y resolvió finalmente haciendo uso del libro patrístico que estaba a punto de leer. Él mismo describió este momento: “Fui inspirado a abrir el libro que estaba sobre la mesa, diciéndome a mí mismo: seguiré al pie de la letra lo que me indique, sea lo que sea. Abrí las Confesiones de Agustín y leí: “El que se casa está preocupado por su mujer y cómo complacerla, pero el que no se casa está preocupado por el Señor y cómo complacer al Señor.

¡Ve la justicia de esto! ¡Qué diferencia! Razona profundamente, elige la mejor vía, no te retrases, decide, sigue; nada te pone trabas”. Decidí. Mi corazón se llenó de una bondad indecible. Mi alma estaba en júbilo. Y me parecía que mi espíritu estaba enteramente cubierto de un éxtasis paradisíaco”. Esta experiencia nos recuerda la propia experiencia del bienaventurado Agustín, cuando fue inspirado a abrir las cartas de San Pablo y siguió el consejo dado por el primer pasaje sobre el que cayeron sus ojos (Confesiones, VIII, 12). Debe ser notado que el mundo espiritual del bienaventurado Georges de Zadonsk era enteramente el de los Padres ortodoxos, como lo sabemos por los libros que leía: La vida de los Santos, San Basilio el Grande, San Gregorio el Teólogo, San Tikon de Zadonsk, y los comentarios patrísticos de las Escrituras.

En los tiempos modernos, la situación fue la misma para la Iglesia griega. El teólogo griego del siglo XVIII Eustratius Argenti, en sus tratados anti latinos como el tratado “Sobre el pan sin levadura”, utiliza a Agustín como autoridad patrística, pero anota igualmente que Agustín es uno de los Padres que cayó en ciertos errores, sin dejar por ello de ser un Padre de la Iglesia.

A finales del siglo XVIII, san Nicodemo el Hagiorita introdujo la vida del bienaventurado Agustín en su Sinaxario (Colección de vidas de santos), aunque no estaba, hasta entonces, incluida en los calendarios orientales y las colecciones de vidas de santos. Cosa que no tiene nada de remarcable en sí; Agustín fue uno entre algunos nombres que añadió San Nicodemo al calendario ortodoxo de Santos, muy incompleto, en su celo por dar una mayor y más grande gloria a los santos de Dios. En el siglo XIX, con un celo similar, la Iglesia Rusa tomó el nombre de Agustín a partir del Sinaxario de San Nicodemo y lo añadió a su propio calendario. Esto no era una clase de “canonización” del bienaventurado Agustín, pues no había sido visto nunca en Oriente como nada más que un Padre y un Santo; pero se trataba más bien de ensanchar el calendario de la Iglesia para hacerlo más completo: un proceso que todavía hoy está en vigor.

En el siglo XX, el nombre del bienaventurado Agustín puede ser encontrado en los calendarios ortodoxos estándar, habitualmente bajo la fecha del 15 de junio (junto con el bienaventurado Jerónimo), pero a veces bajo la fecha de su dormición, el 28 de Agosto. La Iglesia griega, en su conjunto, lo ha podido considerar con menos reservas que la Iglesia rusa, como se ve, por ejemplo, en el calendario oficial de una de las Iglesias griegas “viejo calendaristas”, donde es llamado, no el “bienaventurado Agustín” como en el calendario ruso, sino “San Agustín el Grande” (agios Augustinos o megas).

La iglesia rusa, sin embargo, le tiene un gran amor, incluso si no le concede el título de “grande”. El arzobispo San Juan Maximovitch, cuando fue nombrado obispo diocesano de Europa Occidental, se interesó en mostrarle una reverencia especial (como con numerosos santos occidentales); así, pidió la escritura de un oficio litúrgico particular en su honor (que hasta este día no había existido en el Menaion en eslavón), y este oficio fue oficialmente aprobado por el Sínodo de obispos de la Iglesia Rusa fuera de las fronteras, bajo la presidencia del metropolita Anastasio. El arzobispo Juan celebraba este servicio cada año, donde se encontrara, el día de la fiesta del bienaventurado Agustín.

Quizá la evaluación crítica más equilibrada del bienaventurado Agustín, en nuestra época, se encuentra en la Patrología del arzobispo Filaret de Chernigov, que ha sido citada numerosas veces más arriba. “Tuvo una larga influencia en su época y en los tiempos que le siguieron. Pero fue mal comprendido por un lado, y por otro no expresó sus pensamientos con precisión y dio lugar a controversias” (Vol. III, p. 7). “Poseyendo un espíritu lógico y una sensibilidad muy viva, el Doctor de Hipona no tenía, sin embargo, la misma riqueza de espíritu metafísico; en sus obras se encuentra mucha ingeniosidad pero poca originalidad de pensamiento, un cierto rigor muy lógico pero pocas ideas verdaderamente sublimes. Por más que sea, no se le puede atribuir una profunda educación teológica. Agustín escribió, sobre poco más o menos, de todo, exactamente como Aristóteles, y sus obras excelentes no podían ser más que sus estudios sistemáticos de temas y reflexiones morales. Su mayor cualidad reside en esta piedad tan sincera y profunda que impregna todas sus obras (Ibíd, p. 35)”. Entre sus escritos morales, que el arzobispo Filaret considera como los más elevados, se encuentran los Soliloquios, los Tratados, las cartas y los sermones sobre la lucha monástica y las virtudes, sobre el descanso de los muertos, sobre la oración a los santos, sobre la veneración de las reliquias; y sobre todo sus Confesiones justamente renombradas, “que sin ninguna duda pueden alcanzar a cualquiera hasta las profundidades del alma, por la sinceridad de su contrición y recalentar por el calor de la piedad que está esencialmente en el camino de la salvación” (Ibíd, p. 23).

Los temas de controversia, en los escritos dogmáticos del bienaventurado Agustín, de algún modo han retenido, a veces, la atención que el otro aspecto, el lado moral de sus obras, ha descuidado grandemente. Sin ninguna duda, su principal interés para nosotros hoy en día tiende al hecho de que provengan de un Padre de la piedad ortodoxa. Los eruditos modernos, en efecto, se afligen a menudo porque “tal gigante intelectual” haya podido ser “un niño típico de su edad, incluso en los dominios en los que deberíamos esperarlo como tal”, exclamándose “que es verdaderamente extraño que Agustín se acomodase en un paisaje lleno de sueños, de demonios y de espíritus”, y que esta aceptación de los milagros y las visiones “revele una credulidad que nos parece increíble hoy en día”. Allí hizo compañía a los “sofísticos” estudiantes de teología de hoy, pero no es más que uno con el simple fiel ortodoxo, como con todos los otros Padres de Oriente y Occidente que, a pesar de sus sentimientos variados y sus diferencias sobre puntos teóricos de doctrina, tuviesen en común un alma y un corazón profundamente cristianos. Es lo que lo hace indiscutiblemente un Padre ortodoxo y cruza un abismo infranqueable entre él y sus discípulos “heterodoxos” de los primeros siglos, pero lo asemeja a todos los que se acercan en nuestros días al cristianismo verdadero, a la Santa Ortodoxia.

Pero igualmente, sobre muchos puntos doctrinales, el bienaventurado Agustín se revela como un Doctor de la Ortodoxia. En principio, deberíamos mencionar su enseñanza sobre el milenarismo. Después de haber sido atraído por una forma demasiado espiritualista del quiliasmo (milenarismo) durante sus primeros años de cristiano, fue durante sus años de madurez uno de los principales combatientes de esta herejía, que en tiempos antiguos o modernos, ha seducido a tantos herejes en una lectura demasiado literal del Apocalipsis de San Juan, contraria a la tradición de la Iglesia. Según la verdadera interpretación ortodoxa, que profesó el bienaventurado Agustín, los mil años del Apocalipsis (cap. 20:1-6) corresponden al tiempo total que transcurre desde la primera venida de Cristo hasta su Segunda Venida, cuando el diablo esté, de hecho, “limitado” (restringido sobremanera en su poder de tentar a los fieles), y los santos reinen con Cristo en la vida de la gracia dada a la Iglesia (La Ciudad de Dios, libro XX, cap. 7-9).

En iconografía, la fisonomía del bienaventurado Agustín está bien tipificada. Sin duda, el icono más viejo de él, un fresco del siglo VI en la librería de Letrán, en Roma, está indudablemente basado en un retrato hecho de él en vida; el mismo rostro demacrado, ascético y barba rala, se encuentra en un icono del siglo VII, mostrándolo junto con el bienaventurado Jerónimo y San Gregorio el Grande.

El icono de un manuscrito de Tours del siglo XI, es más estilizado, pero basado incluso de forma indiscutible en el original. Más tarde los iconógrafos occidentales perdieron contacto con el original (como sucedió con la mayor parte de los santos en Occidente), esbozándolo más o menos como prelado latino medieval o moderno.

Nota sobre los detractores contemporáneos del bienaventurado Agustín.

La teología ortodoxa del siglo XX ha retomado una “renovación patrística”. Sin duda, hay muchos elementos positivos en esta “renovación”. Algunos manuales ortodoxos de siglos recientes han enseñado doctrinas que contienen parcialmente una orientación y un vocabulario occidental (en particular, romanos católicos), y no han sabido apreciar correctamente a

algunos de los Padres ortodoxos más profundos, especialmente a los de los tiempos más cercanos, como San Simeón el Nuevo Teólogo, San Gregorio Palamás o San Gregorio el Sinaita. La “renovación patrística” del siglo XX ha corregido al menos, parcialmente, estos defectos, y liberado las academias y seminarios ortodoxos de algunas de estas “influencias occidentales” de las que había que dispensarse. De hecho, esto prolongó el movimiento moderno de toma de conciencia ortodoxa que había comenzado en el siglo XVIII y principios del XIX con San Nicodemo el Hagiorita, San Macario de Corinto, el bienaventurado Paísios Velichkovsky, el metropolita Filaret de Moscú, y otros igualmente en Grecia como en Rusia. Pero hubo también un aspecto negativo en esta “renovación patrística”. En ciertos aspectos, en el siglo XX, ha habido y permanecido largamente un fenómeno “académico” abstracto, fuera de la vida real, llevando la marca de algunas de estas pasiones mezquinas del mundo académico moderno: la falta de caridad, la suficiencia, el orgullo superior en la crítica a otros, la formación de partidos o pandillas de los que están “al corriente” y saben si tal o cual idea está “de moda” o no. Algunos estudiantes poseen tal celo excesivo para la “renovación patrística”, que encuentran “influencia occidental” en todo lo que observan; llegan a ser supercríticos hacia la Ortodoxia “occidentalizada” de los siglos pasados, y tienen una actitud extremadamente desdeñada hacia ciertos instructores ortodoxos muy respetados durante siglos (como los de los tiempos presentes, o incluso de la antigüedad) a causa de sus miradas “occidentales”. De tales “celotes” sospechan poco los que se ocupan mismamente del terreno ortodoxo y reducen la tradición ortodoxa ininterrumpida a una pequeña “línea de partido” que un pequeño grupo entre ellos comparte, dicho sea de paso, con los Grandes Doctores del pasado. En este ejemplo, la “renovación patrística” se acerca peligrosamente a una clase de protestantismo.

El bienaventurado Agustín se ha convertido, en estos últimos años, en una víctima de este aspecto negativo de la “renovación patrística”. El crecimiento de un conocimiento teórico de la teología ortodoxa, en la época actual (en oposición a la teología de los Santos Padres, que estaba inseparablemente ligada a una vida cristiana) ha engendrado muchas críticas al bienaventurado Agustín por sus errores teológicos. Algunos estudiantes de teología se especializan incluso en el ejercicio de “poner en su lugar” a Agustín y su teología, no dejando a casi nadie el placer de creer que pueda aún ser un Padre de la Iglesia. A veces, tales estudiantes entran en conflicto con otros estudiantes de teología ortodoxa de la “vieja escuela”, que han estudiado en el seminario y tomado algunos defectos de la teología del bienaventurado Agustín, pero lo aceptan como un Padre entre otros, no dándole una especial atención. Estos últimos están más próximos a la opinión ortodoxa sobre el bienaventurado Agustín a través de los siglos, mientras que los primeros son culpables de exagerar las faltas de Agustín más bien que de excusarlas (como los Padres hicieron en el pasado), y en su “exactitud” académica, faltan, a menudo, a una cierta humildad interior y a la sutileza que son la marca de una auténtica transmisión de la tradición ortodoxa de padres a hijos (y no simplemente de profesor a alumno). Tomemos ejemplo de esta mala actitud hacia el bienaventurado Agustín entre algunos estudiantes actuales de teología.

Un sacerdote y profesor ortodoxo de una escuela de teología que experimentó esta “renovación patrística”, da una clase sobre las diferencias entre la mentalidad de Oriente y la de Occidente. Hablando de las “desastrosas distorsiones de la moral cristiana” en los países occidentales modernos, y en particular de un falso “puritanismo” y de un sentido de la “perfección”, afirma: “Yo no puedo remontar el origen de esta noción. Solamente sé que Agustín ya lo introdujo cuando, salvo error mío, dijo en sus Confesiones que después de su

bautismo ya no pudo tener deseos sexuales. Detesto poner en duda lo honestidad de Agustín, pero me es absolutamente imposible admitir esta afirmación. Supongo que afirmó eso porque tenía ya la idea de que, desde que se había hecho cristiano, ya no estaría dispuesto a tener pensamientos carnales. La concepción del cristianismo oriental en la misma época era totalmente diferente” (La Crónica Helénica, Nov. 11, 1976, p. 6)

Aquí, Agustín se ha convertido, simplemente en un chivo expiatorio sobre el que se puede cargar cualquier opinión juzgada como “no ortodoxa” u “occidental”; toda corrupción del Oeste debe provenir, como última fuente, de él. Y aunque sea incluso considerado como posible, contra todas las leyes de la equidad, el escrutar su cerebro y atribuirle un tipo de pensamiento tan primitivo que no pudiera ser aquel de nuestros más desgastados conversos a la ortodoxia.

En realidad, bien entendido, el bienaventurado Agustín, no hizo nunca tales afirmaciones. En sus Confesiones, habla con toda franqueza del “fuego de la sensualidad” que estaba aún el él, y de “cómo estoy aún turbado por esta clase de demonio” (Confesiones X, 360); y su enseñanza sobre la moral sexual y la batalla contra las pasiones es, en general, idéntica a la de los Padres orientales de su tiempo; las dos a la vez son muy diferentes de la actitud moderna occidental que el conferenciante ve como erróneo y no cristiano. (En verdad, sin embargo, la gracia de ser liberado de las tentaciones carnales fue concedida a algunos Padres, tanto en Oriente como Occidente; ver La Historia Lausíaca, cap. 29, donde el asceta Elías de Egipto, como resultado de su Visitación angélica, recibió tal liberación del deseo, que pudo decir: “Las pasiones ya no penetran en mi espíritu”.

No tenemos necesidad de decir, sin embargo, demasiadas durezas en nuestro juicio sobre tales distorsiones de la “renovación patrística”. Tantas ideas inexactas y contradictorias, de las que la mayor parte son en realidad extrañas a la Iglesia, son presentadas en nuestros días con el nombre de cristianismo e incluso Ortodoxia que se puede fácilmente excusar en aquellos cuyas evaluaciones y vistas ortodoxas carecen a veces de equilibrio, si es que verdaderamente es la pureza del cristianismo lo que buscan sinceramente. Este estudio incluso, sobre el bienaventurado Agustín, nos muestra en verdad cuál es, precisamente la actitud de los Padres Ortodoxos hacia los que han errado de buena fe. Tenemos mucho que aprender de la actitud generosa, tolerante e indulgente de estos Padres.

Donde se encuentre errores, por seguro, debemos procurar corregirlos; las “influencias occidentales” de los tiempos modernos deben ser combatidas, los errores de los Padres antiguos no deber ser seguidos. En lo que se refiere al bienaventurado Agustín, en particular, no se puede poner en duda el hecho de que a pesar de todos los esfuerzos, su enseñanza erró: sobre la Santa Trinidad, la gracia y la naturaleza, y otras doctrinas; su enseñanza no es “herética” sino exagerada, y fueron los Padres orientales los que enseñaron sobre estos puntos las verdaderas y profundas doctrinas cristianas.

Para algunos, el entendimiento de los fallos en la enseñanza de Agustín es debido a la mentalidad occidental, que en suma no ha entendido la doctrina cristiana tan profundamente como lo hizo el Oriente. San Marcos de Éfeso hizo a los teólogos latinos, en Ferrara (Florencia), hincapié particularmente en lo que puede ser considerado como el resumen de las diferencias entre Oriente y Occidente: “¿Veis con qué superficialidad vuestros instructores tocan la significación, y cómo no penetran en el sentido mismo, como lo hacen por ejemplo

San Juan Crisóstomo, San Gregorio el Teólogo y otras luminarias universales de la Iglesia? (Primera homilía sobre el fuego del purgatorio, cap. 8; Pogodin, p. 66)

Algunos Padres occidentales, seguro, como San Ambrosio de Milán, San Hilario de Poitiers o San Casiano, penetran más profundamente y están más en el espíritu oriental; pero como regla general son verdaderamente los Padres orientales los que enseñan de la manera más perspicaz y profunda la doctrina cristiana.

Pero eso no nos da el pretexto para un cualquier “triunfalismo oriental”. Si nos glorificamos en nuestros grandes Doctores, guardémonos de ser como los judíos que se gloriaban de los verdaderos profetas que habían lapidado (Mateo 23:29-31). Nosotros, los últimos cristianos, no somos dignos de la herencia que estos Santos Padres nos han legado, estamos en la indignidad de percibir incluso de lejos la teología sublime que a la vez han enseñado y vivido; citamos a los grandes Doctores pero no tenemos su espíritu. Por regla general, podemos incluso decir que son los que gritan más fuertemente contra la “influencia occidental” y que son los últimos en perdonar a aquellos cuya teología no es “pura”, que son los más infectados por las influencias occidentales, a menudo de una manera no sospechosa. El espíritu de denigración de todo lo que no concuerda con la forma “correcta”, sea en teología, iconografía, servicios litúrgicos, vida espiritual, o cualquier otro tema, es mucho más corriente en nuestros días, especialmente entre los nuevos conversos a la Fe Ortodoxa, en los que es particularmente inconveniente y da a menudo resultados desastrosos. Pero, incluso en los “pueblos ortodoxos”, esta mentalidad está demasiado expandida (evidentemente a causa de la “influencia occidental”), como se puede ver en Grecia en recientes y desgraciadas tentativas de negar la santidad a San Nectario de Egina (Pentápolis), un gran taumaturgo de nuestro siglo, porque enseñó de una manera, según dicen, errónea en algunos puntos doctrinales.

Hoy en día, todos los cristianos ortodoxos, que estén en Oriente u Occidente, si solamente son demasiado honestos y sinceros para admitirlo, están en una “cautividad occidental” peor que las que conocieron nuestros Padres en el pasado. En los primeros siglos, las influencias occidentales pudieron producir algunas formulaciones teóricas de doctrina que carecían de precisión, pero hoy en día, la “cautividad occidental” engloba y a menudo gobierna la atmósfera y el tono mismo de nuestra Ortodoxia, que es a menudo “correcta” teóricamente pero que carece de un verdadero espíritu cristiano, del sabor indefinible del verdadero cristianismo.

Seamos, pues, más humildes, más amantes y misericordiosos en nuestra aproximación a los Santos Padres. Que el sello de nuestra continuidad con la tradición cristiana ininterrumpida sea no solo nuestro esfuerzo por la exactitud en cuanto a la doctrina, sino también nuestro amor para con los hombres que nos la han transmitido hasta estos días, y de cuya fuente ciertamente participó el bienaventurado Agustín, como también San Gregorio de Nisa, a pesar de sus errores. Estemos en concordancia con nuestro gran Doctor San Focio el Grande siguiendo sus palabras: “No tomamos como doctrina los dominios en los cuales se han extraviado, sino que abrazamos a los hombres”.

Y el bienaventurado Agustín verdaderamente tiene algo que enseñar a nuestra generación de cristianos ortodoxos, “preciso” o “correcto, y no frío e indiferente. La enseñanza sublime de la Filocalía está ahora de moda, pero ¿cuántos de los que leen este libro han aprendido en principio el ABC del profundo arrepentimiento, del calor del corazón, y de la verdadera piedad

ortodoxa que brilla en cada página de las Confesiones de Agustín, renombradas en justicia? Este libro, la historia de la propia conversión del bienaventurado Agustín, no ha perdido hoy su significado; los conversos fervientes encontrarán mucho de su propio camino, a través del pecado y del error, hacia la Iglesia Ortodoxa, y un antídoto contra algunas “tentaciones de conversos” de nuestro tiempo. Sin el fuego de un celo y de una piedad auténticas que están contenidas en Las Confesiones, nuestra espiritualidad ortodoxa es una vergüenza y una broma, y participa del espíritu que precede a la venida del anticristo al igual que la apostasía doctrinal que nos rodea por todas partes.

“El pensamiento en Ti agita tan profundamente al hombre que no puede contentarse hasta que no Te clama, para que Te apresures a mirarnos cara a cara, pues nuestros corazones no encuentran el reposo hasta que no están Contigo” (Confesiones I, 1)

 

Hieromonje Serafín Rose

 

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Traducción del francés por Psaltir Nektario

 © Febrero 2012

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Categorías:Padre Seraphim Rose, San Agustín

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