Liturgia de los Dones Presantificados: Historia y comentario

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No hay celebración de la Eucaristía durante los días de ayuno porque la celebración es un movimiento continuo de júbilo, pero hay una continua presencia de los frutos de la Eucaristía en la Iglesia mediante la Liturgia de los Dones Presantificados. Por un lado, como fiesta de la Iglesia, la Eucaristía es incompatible con el ayuno y no se celebra durante el ayuno; por otro lado, como gracia y poder del Reino que obran en el mundo, como nuestro proveedor del “alimento esencial” y herramienta de nuestra lucha espiritual, es el centro del ayuno, es de hecho el maná celestial que nos guarda vivos en nuestro viaje a través del desierto de la Cuaresma. Pero el Reino de Dios no es alimento y bebida, sino gozo y paz en el Espíritu Santo. Así como en este mundo el alimento cumple su función sólo cuando se consume y se transforma así en vida, la nueva vida del mundo venidero se nos da compartiendo el alimento de la inmortalidad.

En la Iglesia antigua, se pensaba que la solemnidad con la que la Iglesia celebraba los santos cuarenta días de ayuno no encajaba tan bien con el increíble gozo y la naturaleza triunfante de la Anáfora Eucarística, de las Divinas Liturgias de San Basilio el Grande y San Juan Crisóstomo. En la práctica actual, muchas de las melodías utilizadas para cantar los textos de los Presantificados se componen en tono menor, y esto hace al servicio notablemente diferente de las celebraciones festivas de la Divina Liturgia de los sábados y domingos. Por esta razón, el Concilio de Laodicea (363 d. C.) prohibió la celebración de las Divinas Liturgias durante la Gran Cuaresma, excepto los sábados, domingos, la fiesta de la Anunciación y el Jueves Santo.

Los cristianos de aquel tiempo tenían la costumbre de recibir la Santa Comunión diariamente y ahora estaban privados de las fuerzas derivadas de la Santa Comunión durante al menos un mes. Esto los entristeció grandemente. La Iglesia, deseando que sus fieles continuaran su piadoso hábito de recibir la Santa Comunión, desarrolló la Liturgia de los Dones Presantificados que permitía a los fieles comulgar de la Divina Eucaristía durante los días naturales de la semana durante la Cuaresma.

Desde un punto de vista formal, la Liturgia de los Dones Presantificados es un oficio de Santa Comunión al que preceden las Vísperas. Habitualmente, los fieles ayunaban de todo alimento durante las horas del día y entonces, llegado el fin del día, se reunían para rezar las Vísperas. Siguiendo en las Vísperas, se distribuía la Eucaristía, que había sido consagrada el domingo previo. En algunos lugares, la Eucaristía presantificada se distribuía diariamente, pero con el tiempo creció la costumbre de celebrar la Liturgia de los Dones Presantificados sólo los miércoles y viernes de la Cuaresma (además de otros pocos días especiales).

Recibió su forma actual de San Gregorio el Dialoguista, papa de Roma, en el siglo VI. Se convirtió en un canon del Concilio Quinto-Sexto, del año 692. El canon dice:

Durante todos los días del santo ayuno de la Gran Cuaresma, a excepción del sábado, y el día del Señor (domingo) y el santo día de la Anunciación, se celebrará la Liturgia de los Dones Presantificados (Canon 52, Concilio Quinto-Sexto, 692 d. C.).

Sin embargo, con el paso de los años, desafortunadamente los cristianos perdieron su celo original e ignoraron los beneficios de la Santa Comunión, y así ya no la recibían cada día o incluso cada domingo. La recibían en intervalos muy largos. Por lo tanto, la Liturgia de los Dones Presantificados perdió su sentido original y principal para los que la celebraban. Hoy, sólo se usa durante el Gran Ayuno, los miércoles y viernes, el jueves de la quinta semana del Gran Ayuno, y el lunes, martes y miércoles de la Santa Semana de Pasión.

Breve comentario del servicio

La Liturgia de los Dones Presantificados consiste en unas Vísperas con oraciones especiales, junto con una porción de la Divina Liturgia, omitiendo su parte más importante, la consagración de los Santos Dones; y se utilizan de forma muy particular al principio las horas Tercia, Sexta y Novena (con los salmos de Típica). La recepción vespertina de la Comunión se lleva a cabo tras un día de oración y ayuno, con la abstinencia total de alimentos y bebidas al menos desde las primeras horas tempranas del día. Este acercamiento se entiende como un estado de preparación y expectación, el estado de concentración espiritual sobre lo que ha de venir. El hambre física corresponde a la expectación espiritual del cumplimiento, la apertura de todo el ser humano a la cercanía del gozo. Así, el ayuno no es sólo un ayuno de los miembros de la Iglesia, es la Iglesia misma como ayuno, como expectación de Cristo que viene a la Iglesia en la Eucaristía, que vendrá en gloria en la consumación de los siglos.

Los Sagrados Elementos, consagrados en la Divina Liturgia de los sábados y domingos, son preservados en el tabernáculo del santo altar. El sacerdote sitúa los Dones en el diskos con oración e incensación después de la Gran Letanía, durante el canto de los salmos (catisma). Los lleva en procesión solemne alrededor del altar, y hasta la mesa de la oblación (proscomidia).

El salmo de la tarde, “Señor, a ti te clamo”, se canta entonces con los himnos especiales del día. A esto sigue la entrada de la tarde, el himno “Dichosa Luz de la santa gloria”, y dos lecturas bíblicas, del Génesis y de los Proverbios. Del Génesis cada año aprendemos de nuevo toda la creación del mundo, la caída del hombre, Caín y Abel, Noé y el Diluvio, el pacto de Dios con Abraham, Sodoma y Gomorra, Abraham siendo puesto a prueba, y luego sobre José y sus hermanos. De los proverbios se nos enseña la sabiduría práctica para vivir la vida moral. Aunque siempre provechosas para el creyente, estas lecciones datan del tiempo en que los que preparaban para ser iluminados en el Bautismo, los catecúmenos, asistían a la parte de vísperas de esta Liturgia. Durante la segunda mitad de la Cuaresma, hay peticiones especiales para los que se disponen para ser iluminados.

Las lecturas de la Biblia son interrumpidas por el sacerdote bendiciendo a los fieles con el incensario y una vela encendida proclamando: “La luz de Cristo ilumina a todos”. Esta bendición simboliza la luz de la Resurrección de Cristo, que ilumina las Escrituras del Antiguo Testamento y toda la vida de la humanidad. Es la Luz con la que los cristianos son iluminados en la vida de la Iglesia por medio del Santo Bautismo.

La oración de San Efrén el Sirio, Oh Señor y Soberano de mi vida, caracterizada por postraciones frecuentes, se lee después de cantar el salmo de la tarde “que mi oración suba hasta Ti como el incienso”.

Habiendo sido despedidos los catecúmenos, se introducen dos oraciones en la Liturgia de los fieles. En la primera, pedimos la purificación de nuestra alma, cuerpo y sentidos:

Primera oración de los fieles, recitada por el sacerdote, tras desplegar el antimension

Oh Dios, que eres grande y alabado, que nos has conducido de la corrupción a la incorrupción por la muerte vivificadora de tu Cristo, libra todos nuestros sentidos de las pasiones mortales, estableciendo en ellos, como buena guía, los pensamientos que proceden del interior. Que nuestros ojos se abstengan de todo mal, que nuestro oído no permita la entrada a palabras vanas, que la lengua se purifique de toda expresión impropia. Purifica nuestros labios, oh Señor, para que puedan alabarte. Haz que nuestras manos se alejen de las malas acciones, para obrar sólo las cosas que te complacen, haciendo seguros nuestros miembros y nuestra mente por tu gracia.

Se canta la letanía ferviente, y los Dones Presantificados son transferidos solemnemente en una procesión hasta la mesa del altar. Entonces se canta el himno especial de la entrada.

En vez del Himno de los Querubines, se canta el siguiente himno:

“Ahora los poderes celestiales celebran invisiblemente con nosotros, para ver entrar al rey de la Gloria. Ved el sacrificio místico ya santificado. Aleluya (x 3)”.

Se lee de nuevo la oración de San Efrén, acompañada de una letanía y una oración especial antes de la Santa Comunión. Se recita el “Padre Nuestro”, y los fieles reciben la Santa Comunión con el siguiente himno:

“Gustad y ved qué bueno es el Señor. Aleluya”.

Cristo mismo nos habla sobre el “camino estrecho” y los pocos que son capaces de seguirlo. Por lo tanto, en esta lucha, nuestra principal ayuda es precisamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo, este “alimento esencial” que nos preserva vivos espiritualmente y, a pesar de todas las tentaciones y peligros, nos hace seguidores de Cristo. Así, habiendo participado de la Santa Comunión, los fieles salen en paz con acción de gracias a Dios por Su Venida. La oración especial de despedida pide a Dios el cumplimiento exitoso de la Cuaresma y el celebrar dignamente la Gran Fiesta de la Pascua, la Resurrección de Jesús Cristo nuestro Señor.

Finalmente, habiendo completado el servicio, somos invitados a salir en paz. La última oración resume el sentido de este servicio, de esta comunión vespertina, de esta relación de nuestro esfuerzo cuaresmal:

Oración del sacerdote tras el ambón

Oh Soberano Todopoderoso, que creaste la creación con sabiduría y por medio de tu inefable providencia y gran bondad nos has conducido a estos santos días para la purificación de las almas y los cuerpos, para la abstinencia de las pasiones, para la esperanza de la resurrección, que tras cuarenta días confiaste a tu siervo Moisés las Tablas de la Ley grabadas con letras divinas, concédenos también a nosotros, oh Soberano bondadoso, terminar el camino del ayuno, preservando la fe intacta, aplastando las cabezas de las serpientes invisibles y así, alcanzar sin condenación y adorar tu santa Resurrección.

La liturgia de los Dones Presantificados es una de las grandes obras maestras de la adoración y la creatividad litúrgica de la Cuaresma. Revela la doctrina central cristiana y la experiencia en su forma y contenido, a saber, que nuestra vida debe ser pasada en oración y ayuno para poder estar en comunión con Cristo que vendrá como un ladrón en la noche. Nos dice que toda nuestra vida, y no sólo en los periodos de ayuno, se completa con la Presencia de Cristo victorioso que ha Resucitado de entre los muertos. Testifica el hecho de que Cristo vendrá al final de los tiempos para juzgar a los vivos y a los muertos y establecerá el Reino de Dios que no tendrá fin. Nos dice que debemos estar listos para Su llegada, y que debemos ser hallados vigilando y sirviendo para ser dignos de entrar en el gozo del Señor.

En este mundo, sólo podemos anticipar la gloria y el gozo del Reino, y sin embargo, como Iglesia, dejamos este mundo en espíritu y nos encontramos en la mesa del Señor donde en lo secreto de nuestro corazón contemplamos Su luz increada y Su resplandor. Y en todo tiempo, con anticipación, habiendo probado la paz y gozo del Reino, regresamos a este mundo y nos encontramos de nuevo en el largo, estrecho y dificultoso camino. De la fiesta, regresamos a la vida de ayuno, a la preparación y espera. Pero la Liturgia de los Dones Presantificados, nos ofrece un único disfrute de belleza y solemnidad que lleva a cabo el clímax espiritual de la adoración cuaresmal, una luz que ilumina nuestro camino por este mundo.

 

Escrito por un estudiante de la Escuela Teológica Ortodoxa Griega de San Andrés, Sydney, Australia.

 

 

Fuente:

Traducido por psaltir Nektario B.

 

© Febrero 2015

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Categorías:Cuaresma

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