El matrimonio cristiano ortodoxo

Marriage

El cristianismo ortodoxo es una forma de vida, y no simplemente algo que hacemos los domingos por la mañana y que rápidamente olvidamos cuando salimos de la iglesia. Una forma de vida es todo un acercamiento entre hábitos y actitudes, ideas y acciones: un estilo de vida es una forma de vivir. Para los ortodoxos, el cristianismo es nuestro pan cotidiano. Debemos nadar en nuestra fe, como un pez en el agua. Como seguidores de Cristo, tomamos toda nuestra dirección de Cristo y su Iglesia, y no de los estándares del mundo de hoy. Esto parece mucho más claro cuando visitamos un monasterio, donde el entorno, la atmósfera, el centro de la vida, todo es clara y deliberadamente ortodoxo.

La mayor parte de los cristianos ortodoxos no vivimos en monasterios; estamos casados, tenemos hijos, trabajos. Entre muchos ortodoxos casados existe la idea errónea de que seguir a Cristo no requiere la misma dedicación requerida de un monje ortodoxo. Pero por supuesto, todos los cristianos, ya sean monjes o no, son igualmente llamados por Cristo al arrepentimiento y a la salvación eterna. No hay “clases” entre los cristianos ortodoxos; todos son iguales y se espera de todos que sean seguidores de Cristo, independientemente de su posición en la Iglesia.

Sin embargo, es muy difícil para los que no somos monjes cristianos, vivir un estilo de vida ortodoxa día tras día y año tras año, porque estamos constantemente expuestos y vivimos en una sociedad que no sólo no es cristiana, sino que incluso a veces, es cada vez más hostil a las creencias cristianas ortodoxas. Pero esto no debería desalentarnos, pues el mismo Cristo entendió esta situación cuando dijo: “Mirad que Yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas” (Mateo 10:16).

Un gran bastión de fortaleza para los laicos ortodoxos en nuestras circunstancias es el matrimonio y la vida familiar, un estado que ha sido bendecido por Dios para la salvación de cada miembro individual de la familia. Para entender completamente esto, debemos mirar los fundamentos doctrinales del matrimonio encontrados en la Escritura y la sagrada Tradición, que son la conciencia permanente de la Iglesia.

Los puntos de vista del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento sobre el matrimonio

Cuando miramos la práctica del matrimonio, la vida familiar, y la multiplicación de la raza humana descrita en el Antiguo Testamento, inmediatamente nos damos cuenta del gran énfasis que se puso en la continuación de la raza hebrea. Se nos han mostrado interminables árboles familiares en el Antiguo Testamento. Pero el matrimonio no era la única vía por la que la raza humana continuó en aquel tiempo. Los niños también se engendraban por la costumbre del concubinato y la práctica de que un hombre se casara con la viuda de su hermano, a pesar de que pudiera ya tener una esposa. Hemos leído que Salomón, por ejemplo, “tuvo setecientas mujeres reinas y trescientas concubinas”, y el Antiguo Testamento registra que el rey David “tomó más concubinas y mujeres de Jerusalén, después de venir de Hebrón, y engendró hijos e hijas que nacieron de él”. Muchos de los grandes personajes del Antiguo Testamento tenían varias esposas y concubinas. Este énfasis en la perpetuación de la raza nos parece extremo, y los métodos para llevarlo a cabo, casi extraños. Sin embargo, la razón primaria para todo este apareamiento, no era la gratificación de la lujuria, sino el deseo de descendientes. La promiscuidad sexual no era tolerada de ninguna manera por Dios en los tiempos del Antiguo Testamento así como no la tolera en nuestro propio tiempo. Pero durante el tiempo del Antiguo Testamento, Dios comenzó a revelar al hombre cuáles eran sus expectativas. Gradualmente, vemos que Dios condenó los matrimonios polígamos, las concubinas y la práctica de casar a un hombre con la viuda de su hermano. Empezó a cambiar el enfoque del matrimonio de la procreación a un nivel espiritual más elevado. Finalmente, Dios mostró claramente sus intenciones por la forma en que trataba con la gente que estaba envuelta en el sexo ilícito. A nosotros, que nos consideramos tan “cultos”, “educados” y “sofisticados”, las acciones de Dios pueden parecernos muy duras. Pero estaba tratando de hacer entender que Él es la fuente última de la vida, y no la unión física de un hombre y una mujer. Y donde está Dios, sólo puede haber santidad y misterio. Lo que procrea y perpetúa la vida no puede ser más que un misterio. Y la santidad y el misterio deben ser protegidos, guardado y preservado contra la blasfemia, la impureza y la irreverencia. La forma en la que Dios trató con las transgresiones sexuales y perversiones en el Antiguo Testamento pone de manifiesto que el matrimonio es extremadamente maravilloso y un santo misterio, tan santo y misterioso, que cualquier clase de transgresión sexual es una abominación a los ojos de Dios, y debe ser evitada a toda costa. Pero los aspectos sexuales del matrimonio serán considerados más adelante.

Con la venida de Cristo, el matrimonio ya no tuvo su fin primario en la reproducción del ser humano y la perpetuación de la rama familiar, aunque la procreación era aún vista como una parte importante del matrimonio. Pero Cristo vino al mundo y trajo con Él la prueba y garantía de la resurrección de entre los muertos, y por tanto dio al matrimonio cristiano un nuevo fin primario, el logro de la vida eterna por el marido, la mujer y todos los hijos.

El oficio del matrimonio en la Iglesia Ortodoxa empieza con las palabras: “Bendito sea el reino del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén”. Esta exclamación enfatiza la seriedad del matrimonio y también el fin del matrimonio. Según los cánones de la Iglesia, aquellos cristianos ortodoxos que se casan fuera de la Iglesia son privados de los sacramentos de la Iglesia. Algunos encuentran esto impactante, pues piensan que la Iglesia está siendo demasiado dura. Pero la cuestión es: ¿qué da validez al matrimonio? Desde un punto de vista espiritual, ¿qué da sentido al matrimonio? A diferencia de las ceremonias de boda en muchas iglesias no ortodoxas, el matrimonio en la Iglesia Ortodoxa no es un contrato (un acuerdo legal con el intercambio de votos y promesas) entre dos personas. Más bien, el matrimonio es la creación, por medio de dos personas, de una iglesia pequeña, una iglesia familiar, en la que la gente puede adorar al verdadero Dios y luchar por salvar su alma. Es también una iglesia familiar que está en obediencia a la Iglesia de Cristo. Como dice San Basilio el Grande, es natural casarse, pero debe ser más que natural: debe ser un yugo, cargado por dos personas dentro de la Iglesia.

Así, vemos que en los tiempos del Nuevo Testamento, el objetivo principal del matrimonio, de tener hijos, se cambió a un fin primordial: el de proveer un medio por el que los seres humanos salvaran sus almas. La misma ceremonia del matrimonio está llena de rico simbolismo que hace este aspecto completo del matrimonio muy claro.

Las responsabilidades del marido

“El varón es cabeza de la mujer…” (Efesios 5:23)

Sabemos que cualquier organización o institución, (ya sea la Iglesia, una parroquia, un monasterio, o, en el mundo, un banco, una corporación, una escuela), debe tener una cabeza, un líder. Lo mismo es necesario para un matrimonio con éxito, pues la familia también es una organización unida, espiritual y física. Según la Santa Escritura y la sagrada Tradición, el líder en un matrimonio es el marido. Nuevamente, las palabras de San Pablo: “El varón es cabeza de la mujer…” (Efesios 5:23). Es el líder. Representa el principio de autoridad en la familia. Así como el sacerdote es el líder espiritual de la parroquia, y responsable ante Dios por sus parroquianos, y así es la autoridad espiritual en la parroquia, así también el marido es el sacerdote en su familia, responsable de establecer la autoridad de la vida familiar.

Esto no significa que sea superior a su mujer. A los ojos de Cristo, todos son iguales; no hay ni varón ni mujer. De hecho, el matrimonio es una sociedad de iguales. Que nadie se equivoque: no hay lugar para el chovinismo de ninguna clase en la Ortodoxia. Ni tampoco se da al marido ninguna clase de autoridad dictatorial, tiránica, arbitraria o absoluta sobre su mujer y sus hijos. Pero, como en todas las posiciones de importancia, sobre él se disponen ciertas responsabilidades, y son muy pesadas, muy difíciles, pero también muy laboriosas y potencialmente creativas. La Escritura nos dice que el marido debe amar a su mujer así como Cristo también amó a la Iglesia y se entregó por ella (Efesios 5:25). Muchos maridos cristianos tienen poca idea de lo que esta clase de amor significa. En el mundo, el “amor” normalmente se refiere al amor físico o sentimental, al amor romántico. Esto no tiene nada que ver con el concepto cristiano de amor. Recordando las palabras de Cristo a sus discípulos: “Nadie puede tener amor más grande que dar la vida por sus amigos” (Juan 15:13). Así, el amor desde el punto de vista cristiano, significa sacrificio, y auto negación. Un marido debe tener tanto cuidado, preocupación, consideración, atención y precaución por su mujer como Cristo la tiene por la Iglesia. La atención del marido podría incluso tener que extenderse hasta la misma muerte. Pues así como Cristo se entregó a la muerte por su amor a la Iglesia, así también el marido cristiano ortodoxo debe ceder todas las cosas (incluso su vida, si fuera necesario) por su mujer. De nuevo, San Pablo dice: “El varón es cabeza de la mujer, como Cristo cabeza de la Iglesia” (Efesios 5:23)… Sabemos qué clase de cabeza era Cristo, pues lavó los pies de sus discípulos. Según nuestro Salvador, ser la cabeza, el primero, significa servir, ser el primero en dar amor, entendimiento, paciencia, proveyendo a su familia con protección. Esta es la clase de líder, o cabeza, a la que el marido esta llamado a ser. Y cuando es esta clase de líder, realmente es un hombre, un verdadero hombre, fiel a su naturaleza divinamente ordenada.

Una esposa sabia alentará a su marido a ser esta clase de hombre, y ella no tratará de asumir la posición de autoridad. Los psicólogos nos cuentan que la ira que siente una mujer hacia un hombre que le ha permitido hacerse cargo de la dirección de la familia es la más profunda ira de todas. Y ahora estamos descubriendo que muchos casos de delincuencia e incluso de enfermedad mental, proceden de hogares en los que el padre ha dejado de ser el líder, la fuente de compasión, amor y protección.

El deber de un esposo de dar amor a su mujer y a su familia no le permite intimidar a su mujer. No debe tratar a su mujer como una sirvienta contratada, como hacen muchos hombres. Aquí tenemos lo que dice San Juan Crisóstomo sobre esto:

“De hecho, por temor, se puede atar a un siervo, pero incluso así, no tardará en abandonaros. Pero la compañera de la vida, la madre de nuestros hijos, el fundamento de cada uno de nuestros gozos, a esta nadie debería encadenarse por temor y amenaza, sino con amor y buen temperamento. Pues, ¿qué clase de unión es aquella en la que la mujer tiembla ante su marido? ¿Y qué clase de placer tendrá el marido si mora con su mujer como con una esclava? Sí, aunque incluso lo sufráis todo por ella, no la reprendas, pues tampoco Cristo hace esto con la Iglesia”.

Hombres y maridos: el verdadero amor empieza cuando nos entregamos a otros. Empezamos realmente a amar (en el sentido cristiano) cuando primeramente nos entregamos. Una vez, un marido se quejaba a San Juan Crisóstomo de que su mujer no le amaba. El santo replicó: “Vuelve a casa, y ámala”. “Pero no me entiendes”, dijo el marido. “¿Cómo puedo amarla cuando ella no me ama?”. “Vuelve a casa y ámala”, repitió el santo. Y tenía razón. Donde no haya amor, debemos poner amor, y lo encontraremos.

A menudo, los maridos se quejan al sacerdote de que sus mujeres no les aman. Entonces el sacerdote descubre que el marido no se entrega en su forma de dar amor; simplemente está sentado esperando ser amado, como una especie de ídolo, esperando ser servido y adorado. Tal marido necesita descubrir que la única forma de recibir amor duradero en un matrimonio es darlo, pues en la vida normalmente recibimos lo que damos: si damos odio, recibimos odio, pero si damos amor, lo recibimos de vuelta.

Los padres de la Iglesia nos dicen que los maridos cristianos deben amar a sus mujeres más que a su trabajo secular, pues no hay mayor éxito que un hogar feliz, y los hombres no obtendremos otro éxito que tenga sentido en la vida si fracasamos en el hogar. Nuestras familias merecen lo mejor. Hay muchos hombres hoy en día que están en su mejor momento en el mundo y en el peor en el hogar. Por esta razón, los padres de la Iglesia nos dicen que debemos establecer los valores más elevados posibles en compañía de nuestras mujeres, y desear estar más con ellas en el hogar que en el trabajo. Maridos, y futuros maridos: guardemos en el corazón estas palabras del escritor francés del siglo XX, André Maurois: “Me obligo a vivir, pues yo lo he elegido; a partir de ahora mi objetivo será no buscar a nadie que me complazca, sino complacer a quien haya elegido…”.

Las responsabilidades de la mujer

San Pablo dice: “Las mujeres sujétense a sus maridos como al Señor… Así como la Iglesia está sujeta a Cristo, así también las mujeres lo han de estar a sus maridos en todo” (Efesios 5:22, 24).

La sociedad de hoy, especialmente en América, y particularmente en los medios de comunicación públicos (películas, televisión, revistas, libros) desprecian el espíritu de obediencia. En cambio, a cada paso se nos exhorta a “hacer nuestra propia voluntad”, buscar “el número uno”, satisfacer todos nuestros caprichos y deseos. Pero un matrimonio cristiano ortodoxo, como hemos dicho, no es parte de la sociedad secular o mundana. Sus metas y los objetivos de la sociedad están completamente en desacuerdo, y están diametralmente opuestos. El objetivo del matrimonio cristiano es la vida eterna en el cielo con Cristo, mientras que el objetivo de la sociedad mundana es el placer, el disfrute del aquí y ahora, y sobre todo, la auto indulgencia y la voluntad propia.

Pero se ha revelado por medio de la Escritura y la Tradición, que la obediencia es realmente un catalizador para la perfección, esto es, la obediencia y la sumisión realmente ayudan a acelerar el proceso de la lucha para adquirir la virtud en nuestras vidas. Por otro lado, la voluntad propia incrementa en gran medida la pasión del orgullo, y eventualmente aleja a un individuo de una forma cristiana de pensar y vivir. El metropolita Anthony Khrapovitsky escribe:

“Si deseas ser una persona buena e inteligente, y no una oveja insensata, un miembro más de la manada, entonces no concuerdes con tus contemporáneos que peligran espiritual y físicamente, no vayas por el camino de la voluntad propia, sino por el camino de la obediencia. Sólo entonces serás una persona. Entonces, quizá… tú solo… preserves tu fe y tu corazón puros, con un alma honrosa, y no seas maltratado por los asedios de las tormentas, como lo están la mayoría de nuestros contemporáneos”.

Cristo mismo es el ejemplo más perfecto de obediencia, pues fue por su obediencia a la voluntad de Su Padre por lo que sufrió y murió por nuestro bien, y nos condujo del pecado a la libertad y la salvación.

En un momento u otro, todos hemos visto ejemplos de familias en las que la mujer “lleva los pantalones”. ¿Y qué es lo que normalmente entendemos por esta cruda expresión? Entendemos que la mujer ha tomado la posición de liderazgo en la familia y ha intentado convertirse en la cabeza del marido. Esto puede suceder porque el marido es muy débil, o quizá demasiado egoísta y despreocupado para asumir sus propias responsabilidades, o puede ser porque la mujer, quizá, tenga un problema espiritual o emocional que le cause desear la autoridad y poder. En tales casos, a menudo la mujer tiene una personalidad agresiva y prepotente que manifiesta, también, en sus relaciones fuera de la familia. Tal esposa carece de las cualidades más básicas de la femineidad: la gentileza, la modestia mental y la bondad. En tal situación sólo hay sentimientos de desesperación, frustración, descontento, e incluso ira entre los miembros de la familia. Una de las primeras cosas que un sacerdote tiene que hacer cuando aconseja a una pareja de esposos que se encuentran en una situación de este tipo, es tratar de persuadir al marido para que comience a asumir un papel de verdadero liderazgo en su familia, y también debe convencer de alguna forma a la esposa para que renuncie a la autoridad que no es suya por derecho.

También debemos señalar que estos roles no son excluyentes. Hay momentos en los que es apropiado que la mujer muestre poder, o el que un marido sea obediente a su mujer. En los matrimonios más maduros, muy desarrollados y espirituales, la relación de un hombre y una mujer evoluciona hacia una obediencia mutua.

Características de un matrimonio con éxito

La experiencia nos dice que dos personas se casan e inmediatamente comienzan a descubrir cuán diferentes son. El hecho es que incluso no empezamos a conocernos hasta que estamos casados. También vivimos cerrados en nosotros mismos. Uno de los beneficios adicionales de un buen matrimonio es aquel que adquiere una psiquiatría bien establecida: un buen esposo que procura escuchar suficiente sin tener que ser pagado por eso. Sabemos que muchas enfermedades emocionales son el resultado de una persona que lleva una pesada carga interior, y que nunca ha sido capaz de compartirla realmente con nadie. En un buen matrimonio, el marido y la mujer comparten sus cargas el uno con el otro, y este reparto es sin reserva, sin preocupación sobre cómo reaccionará la otra persona, sin tener que agachar la frente.

¡Un matrimonio no es una empresa misionera! Tiene suficientes problemas y dificultades por sí mismo sin necesidad de que uno u otro intenten cambiarse mutuamente. Una de las más comunes y más serias ilusiones que tienen los matrimonios jóvenes es la de casarse con alguien, con la esperanza y la expectación de cambiar a la otra persona.

El verdadero amor no fuerza a nadie, y no fuerza el cambio; sólo evoca el crecimiento. ¿Cómo? Primero, aceptando al otro cónyuge tal y como es. Cuando nos casamos, no firmamos el cambiar a la otra persona, sólo aceptamos amarla tal y como es. Lo mejor que un marido puede hacer para cambiar a su mujer, o viceversa, es cambiarse a sí mismo, corregir sus propios errores, siguiendo la instrucciones de Cristo a sus discípulos.

Pensamos en la deslealtad en el matrimonio cuando uno de sus miembros comete adulterio. El hecho es que podemos ser desleales e infieles completamente, anteponiendo los negocios, o los padres, o los hobbies, o cualquier otra cosa a nuestro cónyuge. Esto también es deslealtad. Y cualquiera que no esté dispuesto a anteponer en primer lugar a su cónyuge por delante de su carrera, de sus padres, amigos, hobbies, etc., no está listo para el matrimonio, y ese matrimonio fracasará. El matrimonio es para adultos, no para niños.

Si abrochas el primer botón al primer agujero de tu camisa, todos los demás botones serán dispuestos en su lugar correcto. Pero si el primer botón se coloca en el segundo agujero, ninguno estará en su lugar. Sólo es cuestión de poner las cosas en su lugar correcto, y vigilar las prioridades. Así debe ser también en el matrimonio. Maridos: si anteponéis primero a vuestras mujeres, y mujeres: si anteponéis primero a vuestros maridos, todo estará dispuesto en su lugar apropiado dentro de la relación matrimonial.

Hay muchas características en un matrimonio con éxito, pero según mi opinión, las tres más importantes son las siguientes:

  1. Elogio. Ningún matrimonio puede prosperar si no hay elogio. En la vida, todos necesitan sentirse apreciados por alguien en algún momento. Y nada puede matar el amor más rápidamente que la crítica continua. Cuando los maridos y mujeres se elogian mutuamente (tanto en las pequeñas cosas como en las grandes), también le estamos diciendo al otro: “Te amo”, “te valoro”. El elogio alimenta un buen matrimonio. Y es la característica que más falta en los matrimonios modernos.

  1. Perdón. El perdón es esencial para un matrimonio feliz. Cuando las parejas me preguntan: ¿Piensa que nuestro matrimonio puede sobrevivir?, mi respuesta siempre es: “Si, siempre que estéis dispuestos a perdonaros el uno al otro”. Y este perdón no debe proceder sólo después de una gran crisis dentro de la familia. Debería producirse cada día. En un matrimonio con éxito, un marido y una mujer están pidiendo perdón constantemente al otro. Cuando no se hace esto, las heridas no se sanan. Crecemos alejados unos de otros. Crecemos con frialdad con respecto al otro, y no obtenemos la bendición que Dios hace descender sobre los maridos y mujeres que se perdonan mutuamente.

  1. Tiempo. Un matrimonio con éxito requiere tiempo. Esto no sucede en una noche. Debe crecer. Es un proceso largo y difícil, y como todas las cosas buenas en la vida, viene tras un considerable esfuerzo y lucha. Los que aún no estáis casados, o a punto de casaros, deberíais recordar esto: vivimos en una sociedad de gratificación instantánea, queremos lo que queremos, cuando lo queremos y el cuando es ahora. Y esta impaciencia por nuestra parte, tiene unos efectos muy destructivos en el matrimonio, incluso en la Iglesia Ortodoxa. Si no tenemos paciencia con el otro, y no estamos dispuestos a conceder muchos años para elaborar un matrimonio con éxito, entonces nuestro matrimonio está condenado.

Ningún matrimonio es tan bueno para que no pueda ser mejor, y ningún matrimonio es tan malo para que no pueda mejorarse, siempre que las personas involucradas estén dispuestas a crecer juntas por la gracia de Dios hacia la madurez de Cristo, que vino “no a ser servido, sino a servir”.

Un requisito absolutamente esencial para un buen matrimonio es la capacidad de crecer. La madurez emocional es una de las grandes causas del fracaso en el matrimonio. Por supuesto, todos llegamos al matrimonio con nuestra diversidad privada de inmadurez y complejos. Pero tenemos que aprender a superarlos. San Pablo observaba: “Cuando yo era niño, razonaba como niño, pensaba como niño; mas cuando llegué a ser hombre, me deshice de las cosas de niño” (1ª Corintios 13:11). Cuán esencial es para un matrimonio feliz deshacerse de las cosas de niños: la irresponsabilidad, la insistencia en seguir su propio camino, el egoísmo, la falta de empatía, el temperamento, las rabietas, los celos. Cuán importante es orar cada día: “Oh Dios, ayúdame a crecer… a ver más allá de mi mismo… a darme cuenta de las necesidades y sentimientos de mi mujer / marido, y a aceptar la responsabilidad que Dios ha dispuesto sobre mí”.

El hogar cristiano ortodoxo

¿Qué es un hogar cristiano ortodoxo? Para responder a esta pregunta debemos volver a empezar de cero y hablar sobre los tres principales ingredientes del verdadero amor. Nuestra fe nos enseña que el amor está compuesto de tres partes, y no todas ellas de igual importancia:

  1. La física.
  2. La mental.
  3. La espiritual.

La física es obvia: un chico está naturalmente atraído, físicamente, hacia una chica. Esta es la parte del amor que normalmente es muy dominante tempranamente en una relación. Pero debe haber también una atracción mental entre un hombre y una mujer si quieren tener un matrimonio con éxito: con esto quiero decir que deben tener muchas cosas interesantes sobre las que hablar, y esencialmente disfrutar de la compañía mutua, estando totalmente interesados en la personalidad del otro. Este es un aspecto del amor que debe persistir para la duración del matrimonio, hasta la muerte. Desgraciadamente, a menudo es la primera parte del amor que muere, y muere simplemente porque no ha sido alimentado por ambos cónyuges. En tercer lugar, el amor consiste en una atracción espiritual, cuando dos jóvenes pueden hablar de Dios y estar de acuerdo. Deben ser capaces de hablar sobre las metas de la vida y estar de acuerdo. No debe existir ningún muro entre ellos cuando hablan sobre el propósito de sus vidas. En otras palabras, deben tener metas comunes. Si no las tienen, si creen de forma diferente sobre Dios, ¿cómo podrán viajar seriamente juntos por el camino de la vida? Por eso, el ingrediente más importante del amor verdadero es esta unidad espiritual.

Sin embargo, lo que sucede más a menudo es esto: la atracción espiritual del amor es omitida o ignorada por las dos personas que contemplan el matrimonio. Experimentan una atracción física y mental y se casan. Nunca se han unido realmente en el aspecto espiritual, y no existe en su matrimonio, y pronto, a causa de la falta de trabajo duro y alimento, la atracción mental que había existido originalmente, empieza a desaparecer y finalmente muere. Así, sólo se han quedado con la atracción física. Y si no hay nada más importante en lo que basar el matrimonio, más que en una atracción física, entonces, la primera vez que una tercera persona se presente a aquel de los componentes que es más fuertemente atraído, el matrimonio se disuelve, y tenemos la tragedia del adulterio cometida por uno de los cónyuges, y finalmente, el divorcio.

Nuestra sociedad ignora completamente el lado espiritual del amor, y es incluso hostil a la importancia de una compatibilidad mental entre un hombre y una mujer, pero la física, la sexual, esto es otro tema: este es un aspecto del amor que nuestra sociedad exalta por encima de todos los demás. Sólo tenemos que darnos un paseo por una librería y contar el número de manuales sexuales para apreciarlo.

Por otro lado, la Ortodoxia trata de mantener los tres ingredientes en un estado de armonía, pero haciendo gobernar al estado espiritual por encima de los otros dos. Si recordamos que la propuesta primaria de un matrimonio es la misma que la de la Iglesia, el logro de la salvación eterna, entonces podremos ver porqué la parte espiritual de un matrimonio no sólo debe gobernar la parte física y mental, sino que también deberá ser alimentada y alentada para crecer.

Sexo, hijos, control de natalidad, divorcio

Ahora vamos a un tema delicado: el sexo. Hay que señalar en primer lugar que los mandamientos y prohibiciones concernientes al sexo ilícito en el Antiguo Testamento no significa que haya algo pecaminoso en el sexo en sí mismo. Estos mandamientos son como un muro que Dios ha construido alrededor del sexo para protegerlo, porque es algo sagrado, algo reservado por Dios para una relación especial, la relación matrimonial, dentro de la cual da el don de la vida a nuestra raza. Y hay algo más: sabemos por la revelación que nuestros primeros padres, en el jardín del Edén, no tuvieron sexo. La relación sexual entre un hombre y una mujer vino a la existencia cuando Adán y Eva cayeron, pues cuando cayeron, sus cuerpos tomaron la maldición del sufrimiento, la enfermedad y, finalmente, la muerte, y se hizo necesario reproducir su especie para que la raza humana continuara hasta el tiempo en que Dios enviara al Mesías. Entonces, el sexo es una función de nuestra naturaleza humana caída, así como el hambre es una función de la naturaleza humana caída. Ni el apetito por el sexo ni el apetito por la comida son en sí pecaminosos, pero ambos pueden ser objeto de abuso y perversión, y por eso Dios nos dio leyes para gobernar estos apetitos (y otros), y así no eludieran el orden y causaran daño. Así, la función sexual de nuestra naturaleza es algo que muere cuando mueren nuestros cuerpos, y por eso el Nuevo Testamento dice que no habrá matrimonio o se darán en matrimonio en el Reino del cielo. Nuestra naturaleza sexual no es eterna, y cesa cuando morimos. En el mismo sentido, en el Edén, Adán y Eva no tenían hambre de alimento, ni estaban sexualmente atraídos el uno por el otro.

Es importante recordar esto, porque hemos crecido en una sociedad que exalta el sexo y el lado sexual de nuestra naturaleza a gran altura, haciendo del cumplimiento sexual el signo de la “buena vida” y despreciando el celibato sexual, o el control del apetito sexual, considerándolo como algo victoriano, puritano, o considerándolo incluso mental y emocionalmente desequilibrado y poco saludable. Por otra parte, sabemos que cuando la mujer fue creada, Dios dijo: “No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda semejante a él” (Génesis 2:18). Esta “ayuda semejante”, la mujer, es, por supuesto, mucho más que una ayuda; es también hueso de sus huesos y carne de su carne, y cuando un marido y una mujer se unen en el acto sexual, hay una unión conjunta, el cumplimiento y consumación de dos mitades de una persona humana, dos que se hacen uno solo; como dice la Escritura: “y vendrán a ser una sola carne” (Génesis 2:24). Este es el lado místico de nuestra naturaleza sexual. Y por eso el adulterio es un pecado tan serio.

Así como no podemos dar rienda suelta a nuestro apetito por el alimento sin dañarnos severamente, minando nuestra salud, y matándonos eventualmente a nosotros mismos, así también el apetito sexual debe estar sujeto a control. Por eso, incluso en el Antiguo Testamento aprendemos que las parejas casadas tenían momentos de abstinencia el uno del otro, normalmente durante el tiempo de ayuno, o antes de acudir al templo de Jerusalén. Y esta práctica se afirmó en el Nuevo Testamento. San Pablo habla de esto en su primera carta a los corintios (7:5), donde recomienda que el hombre y la mujer se abstengan el uno del otro en tiempo de oración y preparación. Consecuentemente, ahora, en la Iglesia Ortodoxa, los días de ayuno y los periodos de ayuno (tales como el Gran Ayuno) son tiempos no sólo de abstinencia de ciertos alimentos, sino de abstinencia del uno y del otro como hombre y mujer. Desafortunadamente, esta antigua práctica de nuestra fe es rechazada en nuestros días por mucha gente, que parece pensar que las reglas que tienen que ver con la actividad sexual son simplemente costumbres pintorescas del mundo antiguo que no tienen nada que ver con las leyes espirituales. Además, es enseñanza constante en la Iglesia desde el tiempo de los apóstoles, el que un hombre y una mujer se abstengan el uno del otro la noche antes de recibir la Santa Comunión, y la noche después. ¿Por qué? Para que cada individuo pueda entregarse a la oración y preparación la noche anterior, y a la oración y la acción de gracias la noche después de la Comunión. Esta es una regla que debemos esforzarnos en cumplir; aquellos que aún no estén casados deben ahora ser conscientes de esto, y entender porqué la Iglesia tiene estas reglas, no para ser recargada y puritana, sino para mostrarnos cómo controlar y usar apropiadamente nuestros apetitos y mantener la armonía entre el cuerpo y el alma en la relación matrimonial.

Por tanto, vemos que así como la Iglesia prescribe reglas de ayuno para controlar nuestro apetito por la comida, impone de forma similar restricciones sobre nuestros apetitos sexuales, para que no arruinemos la delicada balanza entre el cuerpo y el alma.

Esto me lleva a la pregunta más difícil y polémica de todas, lo que todos quieren saber y nadie quiere preguntar: el control de natalidad.

Francamente, es difícil saber dónde empezar porque el tema tiene muchas ramificaciones. Quizá deba empezar mencionando cómo contemplar esta cuestión otras iglesias. Por ejemplo en la Iglesia Católica Romana, el control de natalidad artificial está prohibido bajo cualquier circunstancia. La razón es porque la Iglesia Católica Romana enseña oficialmente que la propuesta primordial y función del matrimonio es tener hijos; así, la procreación es la razón principal para las relaciones sexuales. Esta enseñanza está enraizada en la tradición agustiniana, que trata la sexualidad, incluso en el matrimonio, básicamente como un pecado, y por tanto la procreación es considerada una justificación necesaria para el acto matrimonial, y sirve para cumplir el mandamiento de Dios de ser fructíferos o multiplicarse. En los tiempos del Antiguo Testamento había una preocupación legítima por perpetuar la raza humana. Sin embargo, hoy, este argumento no es convincente, y muchos católicos romanos se sienten justificados al descartarlo.

Por otro lado, los protestantes nunca han desarrollado una enseñanza clara sobre el matrimonio y el sexo. En ninguna parte de la Biblia se menciona explícitamente el control de natalidad, y así, cuando la píldora se hizo disponible en los años 60, le dieron la bienvenida, así como a otras tecnologías reproductivas como hitos en la marcha del progreso humano. Pronto, esto produjo una proliferación de manuales sexuales, desarrollados sobre la noción de que Dios había dado al hombre la sexualidad por placer. La propuesta primaria del acto matrimonial ya no era la procreación, sino la recreación, una actitud que fortificaba simplemente la enseñanza protestante de que Dios quiere que el hombre se realice como persona y feliz, y por tanto sexualmente gratificado.

Incluso se aceptó el aborto. Fue sólo a mediados de los años 70, cuando el debate Roe contra Wade estalló, y se hizo más evidente que el aborto era un asesinato y los protestantes evangélicos comenzaron a reconsiderar su posición. A finales de los 70 llegó la causa pro-vida, en la que permanecen a la vanguardia en la actualidad. El tema del aborto les hizo darse cuenta de que la vida humana debe ser protegida desde el momento de la concepción, y que la contracepción por medio de abortivos era inadmisible. Mientras tanto, las principales iglesias protestantes liberales siguen comprometidas con la posición pro-aborto, y no tiene restricciones sobre el control de natalidad.

Es importante para nosotros ser conscientes de las enseñanzas de estas otras iglesias sobre el tema de la sexualidad, pues pueden afectar inconscientemente nuestros propios puntos de vista. Debemos ser conscientes, además, de la penetrante influencia en nuestra sociedad de la revolución sexual desatada por la disponibilidad de la píldora. La actitud promiscua que fomentó, aún prevalece. A causa de la obsesión de nuestra cultura por el sexo y la satisfacción sexual, es esencial que tengamos un claro entendimiento de la enseñanza de nuestra Iglesia con relación a la sexualidad. Esta enseñanza está basada en la Escritura, en los cánones de varios concilios ecuménicos y locales, en los escritos de varios santos padres de la Iglesia, que lejos de evitar o pasar de puntillas sobre este tema, escriben sobre él de forma franca y con detalle; y finalmente, esta enseñanza se refleja en las vidas de muchos santos (los padres de San Sergio de Radonezh me vienen a la mente).

El tema específico del control de natalidad es menos fácilmente accesible; no podemos mirar simplemente concordando o alejándonos. Sin embargo, puede ser extrapolado desde las enseñanzas de la Iglesia sobre el aborto, el matrimonio y el ascetismo. Antes de sumergirnos en una discusión sobre este tema, debemos señalar que la Iglesia Ortodoxa no es tan dogmática aquí como la Iglesia Católica Romana, y es más un tema pastoral que puede tener múltiples consideraciones. Sin embargo, la libertad no debe ser usada por licencia, y haríamos bien en mantener la norma milenaria que nos ha dado la Iglesia.

Habiendo dicho esto, ¿cuál es, exactamente, la enseñanza de la Iglesia con relación al control de natalidad?

La práctica del control de natalidad artificial, por la cual entendemos la píldora, los preservativos o cualquier otro tipo de dispositivo, está realmente condenada por la Iglesia Ortodoxa. Por ejemplo, en 1937, la Iglesia de Grecia emitió una encíclica especial sólo para este propósito, condenando el control de natalidad.

Del mismo modo, las iglesias rumana y rusa, por nombrar sólo dos entre muchas, en el pasado se pronunciaron más de una vez contra esta práctica. Sólo en los tiempos recientes, en la generación desde la Segunda Guerra Mundial, cuando algunas Iglesias locales (la archidiócesis griega de Estados Unidos, por ejemplo) empezaron a enseñar que “podría” estar bien la práctica del control de natalidad en ciertas circunstancias, siempre y cuando sea discutido de antemano con el sacerdote y tenga su aprobación.

Sin embargo, esta enseñanza de nuestra Iglesia, no debe ser interpretada como el mismo tipo de enseñanza encontrada en la Iglesia Católica Romana. La consistente enseñanza de la Iglesia de Roma ha sido y es que el tener hijos es la función primaria del matrimonio. Esta no es la enseñanza de la Iglesia Ortodoxa. La Ortodoxia, por el contrario, da el primer lugar al fin espiritual del matrimonio, que es la mutua salvación del marido y la mujer. Cada uno está para ayudar y alentar al otro a que salve su alma. Cada uno existe para el otro, como compañero, ayuda, amigo.

Pero secundariamente, los hijos son el resultado natural de un matrimonio y, hasta tiempos relativamente recientes, eran el resultado esperado y deseado del matrimonio. Los hijos eran vistos como un fruto de la unión matrimonial, una prueba de que un hombre y una mujer se habían hecho una sola carne, y esto siempre era visto como una verdadera y gran bendición de un matrimonio. Era considerado una tragedia, una gran tristeza, si el matrimonio no tenía hijos; y tanto es así, que aunque la Iglesia siempre ha permitido a una pareja sin hijos continuar viviendo juntos como hombre y mujer, si una mujer era estéril o un marido impotente, la Iglesia aceptaba esto como motivo de divorcio, para que pudieran ser libres de entrar en una relación matrimonial con otros, con la esperanza de tener hijos.

Por supuesto, en nuestros días, nuestra sociedad considera a los hijos más una molestia que una bendición, y muchas parejas esperan uno, dos, tres, o incluso muchos años antes de tener un hijo. De hecho, algunos deciden no tener nunca hijos. Y así, aunque en la Iglesia Ortodoxa el fin principal del matrimonio no es simplemente tener hijos, el deseo de muchos jóvenes casados de esperar antes de tener hijos, es considerado pecaminoso. Como sacerdote, debo decir a cualquier pareja que se acerca para casarse que, si no están preparados y dispuestos a concebir y tener un hijo, sin interferir con la voluntad de Dios por medio de un control de natalidad artificial, no están preparados para estar casados. Si no están preparados para aceptar el fruto bendito y natural de su unión (esto es, los hijos) entonces está claro que su fin principal en el matrimonio es legalizar su fornicación. Este es un serio problema en nuestros días, y posiblemente el más serio y más difícil al que un sacerdote tiene que enfrentarse cuando aconseja a una joven pareja.

He usado el término control de natalidad “artificial”, porque quiero señalar que la Iglesia permite el uso de ciertos métodos naturales para evitar la concepción, pero estos métodos no pueden ser usados sin el conocimiento y la bendición del sacerdote, y sólo si lo pide la salud física y moral de la familia. Estos métodos son aceptados por la Iglesia bajo justas circunstancias y puede ser usado por una pareja sin sobrecargar su conciencia, porque son métodos “ascéticos”, esto es, tienen que ver con la auto negación, el auto control. Estos métodos son tres:

  1. La abstinencia total. En las familias muy piadosas esto no es, en absoluto, poco común, tanto en el pasado como ahora, como se podría pensar. A menudo sucede que un marido y una mujer ortodoxos que han tenido un gran número de hijos, acuerdan abstenerse el uno del otro, por las razones espirituales y mundanas, viviendo el resto de sus vidas en paz y armonía, como hermano y hermana. Esto ha sucedido en las vidas de los santos, siendo la más notable, la vida de San Juan de Kronstadt. Como Iglesia que valora y protege la vida monástica, los ortodoxos no tememos el celibato, ni tampoco ideas absurdas sobre cómo no se realizará como persona o será feliz si se deja de tener actividad sexual con nuestro cónyuge.

  1. Limitación en las relaciones sexuales. Por supuesto, esto ya sucede con las parejas ortodoxas que sinceramente intentan observar por completo todos los días de ayuno y periodos de ayuno del año.

  1. Finalmente, la Iglesia permite el uso del llamado “ritmo” o método de planificación familiar natural más recientemente desarrollado, del que tan amplia información tenemos hoy.

En los primeros tiempos, cuando los pobres padres no sabían nada de anticonceptivos, se basaban exclusivamente en la voluntad de Dios, y de hecho, esto debería ser un ejemplo para nosotros hoy en día. Los hijos nacían y ellos aceptaban el último así como al primero, diciendo: “Dios nos concedió el hijo: también nos dará lo que necesitemos para él”. Tal era su fe, y a menudo sucedía que el último de los hijos resultaba ser la mayor bendición de todas.

Ahora, ¿qué sucede con el tamaño de una familia? Bueno. Una cosa que tiene un tremendo efecto en nuestra forma de ver esto, es el hecho de que en los últimos cien años hemos pasado de una sociedad mayoritariamente agraria o agrícola, a una sociedad mayoritariamente urbana e industrial. Esto significa que, mientras que en épocas anteriores las familias numerosas eran realmente necesarias para poder hacer frente a la granja o al campo, y siempre había suficiente comida y trabajo para todos, hoy tenemos el problema opuesto, y es a veces muy difícil soportar una familia numerosa, aunque hay personas que consiguen hacerlo. Desde un punto de vista estrictamente espiritual, debemos tratar de tener una familia grande, para que esta pueda ser fuerte, duradera y llena de amor, llevando todos sus miembros la carga de la vida común. Una gran familia acostumbra a los niños a preocuparse por los demás, los hace más sensibles… Y si bien una pequeña familia podría ser capaz de proporcionar más cantidad de bienes mundanos para cada niño, una familia pequeña no significa en absoluto una garantía de buena educación. Los hijos únicos a veces son más problemáticos que los demás, porque a menudo crecen mimados y egoístas. No hay una regla general, aunque se puede dar el caso, pero debemos estar preparados y esperar tener los hijos que Dios envíe, y la salud moral y física de la madre y de la familia como beneficio, siempre manteniendo un contacto estrecho con un sacerdote sobre estas cuestiones.

Sin embargo, debemos tener cuidado en no poner demasiado énfasis en el asunto de tener hijos, o tener un cierto número de hijos, etc. San Juan Crisóstomo dice: “Tener hijos es una cuestión de la naturaleza. Es más importante la tarea de educar los corazones de sus hijos en la virtud y la piedad”. De hecho, esto pone en su lugar este énfasis, y no se enfoca en cosas negativas como el control de la natalidad o el tamaño de la familia. Lo que la Iglesia quiere que entendamos y recordemos es que los hijos que vienen al mundo no nos pertenecen, sino que pertenecen a Dios. No les damos la vida, sino que Dios, usándonos como instrumentos, los ha llamado a la vida. En cierto modo, los padres son, en realidad, los niñeros de los hijos de Dios. Y así, nuestra mayor responsabilidad como padres, es criar a nuestros hijos “en el Señor”, para que conozcan, amen y sirvan a su Padre Celestial.

La salvación eterna es la meta de nuestra vida terrenal. Es un objetivo que requiere un esfuerzo constante, ya que no es fácil ser cristiano. La influencia de nuestra sociedad hace que sea extremadamente difícil. La parroquia y el hogar son los únicos bastiones donde Dios puede ser adorado en espíritu y en verdad. Nuestras vidas, nuestros matrimonios y nuestras casas serán, sin embargo, inferiores, como vino pobre, como el vino que se sirvió primero en la fiesta de bodas de Canaan, si no buscamos activamente ser hombres y mujeres maduros, maridos y mujeres maduros, y cristianos ortodoxos maduros, dispuestos a aceptar las responsabilidades de la posición de vida a la que hemos sido llamados. Y sólo cuando trabajemos duro, preparándonos a nosotros mismos como individuos, nuestra familia y hogar, para recibir a Cristo, nuestras vidas, matrimonios y hogares serán como el buen vino que Cristo convirtió milagrosamente del agua en aquella feliz boda. Amén.

Por el padre Alexei (ahora hieromonje Ambrosio) Young

*Este texto es la segunda parte de un artículo publicado en Orthodox America, temas 154-155 (1998-1999).

 

Traducido por psaltir Nektario B. (c)

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Categorías:familia ortodoxa, Hogar cristiano, vida ortodoxa en el mundo

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