La Copa de Cristo: los sufrimientos. Parte 1/2

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La Copa de Cristo por San Ignacio Briantchaninov

Dos discípulos muy amados por el Señor le piden tronos de gloria – Él les da Su copa (Mat. 20:23). La Copa de Cristo, es el sufrimiento.

La Copa de Cristo permite a aquellos que comulgan, de participar sobre la tierra en el Reino bendito de Cristo, y les prepara en el Cielo, tronos de gloria eterna.

Todos debemos aceptar la Copa de Cristo; nadie puede escapar o rechazarla, porque Aquel que nos manda probarla, la ha bebido primero.

¡Oh árbol del conocimiento del bien y del mal! En el Paraíso tú has matado a nuestros primeros padres; tú les has engañado por el encanto de los goces sensuales y por las ilusiones de la sabiduría. El Redentor de los hombres caídos, Cristo, aporta sobre la tierra su Copa de salud a aquellos que cayeron y que fueron exiliados del Paraíso. El amargor de esta Copa purifica el corazón del culpable y funesto goce del pecado; la humildad que mana de ella, de esta Copa, destruye la orgullosa sabiduría de la carne. Aquel que la beba con fe y paciencia, recibirá de nuevo la vida eterna que nos fue quitada – y que todavía lo está – porque comimos del fruto custodiado.

Tomaré de la Copa de Cristo, la copa de la salud (Salmo 115:4). Un cristiano toma de esta Copa cuando soporta las aflicciones terrestres con humildad fortalecida en el Evangelio.

San Pedro se precipita con una espada desenvainada al auxilio del Dios-Hombre rodeado de malhechores, pero el dulcísimo Señor dice a Pedro: Vuelve la espada a la vaina; ¿no he de beber el cáliz que me ha dado el Padre? (Jn 18:11). Tú también, cuando las aflicciones te asalten, dite a ti mismo para consolarte y fortalecer tu alma: “La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?”

¡Es dolorosa esta Copa! A primera vista, todos los razonamientos humanos se hunden. Remplaza los razonamientos por la fe, y bebe valientemente esta Copa de amargura: es el Padre que, en Su bondad y sabiduría, Te la da. No son ni los fariseos, ni Caifás, ni Judas quienes la han preparado, y tampoco es Pilato y sus soldados que te la dan. “La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?”

Los Fariseos traman oscuras intenciones; Judas traiciona; Pilatos ordena el inicuo asesinato, y son los soldados del gobernador quienes la ejecutan. Todos se han preparado una perdida asegurada por sus malos hechos; en cuanto a ti, no te prepares también una pérdida asegurada por tu rencor, por tu deseo y tus sueños de venganza, por tu indignación contra tus enemigos.

El Padre celestial es Todo-Poderoso y Omnisciente. Él ve tu aflicción, y si encuentra que es necesario y útil el desviártela, lo hará con total seguridad. Las Escrituras y la historia de la Iglesia testifican que el Señor, en numerosos casos, permite que las aflicciones golpeen a aquellos a los que ama; y en numerosos casos Él las ha apartado de ellos de acuerdo a sus insondables juicios.

Cuando la Copa se te muestre, no mires a los hombres que te la presenten; eleva tus ojos al cielo y di: “La Copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?”

“Tomaré la Copa de la Salud.” No puedo rechazar esta Copa, garantía de los bienes celestes y eternos. El apóstol de Cristo me enseña a tener paciencia cuando dice: Os ha sido dado, escribe el gran apóstol Pablo a los Filipenses, no sólo el creer en Cristo, sino también el sufrir por Él (Filipenses 1:29).

Recibes la Copa aparentemente de manos de los hombres. ¿Qué te importa que esos hombres procedan con justicia o por el contrario injustamente? Tu cometido es el proceder con justicia, conforme al deber de un discípulo de Jesús: coger la Copa con reconocimiento en Dios, con una fe viva, y beberla valientemente, hasta el final.

Cuando recibas la Copa de manos de los hombres, acuérdate de que ésta es la Copa no sólo del Inocente, sino también del Santo. Acordándote de esto, repítelo con respecto a ti y con respecto a otros pecadores que sufren como tú las palabras que el bienaventurado y sabio ladrón pronunció cuando fue crucificado a la derecha del Dios-Hombre en la Cruz: Y nosotros con justicia; porque recibimos lo merecido por lo que hemos hecho; pero Éste no hizo nada malo”. Y dijo: “Jesús, acuérdate de mí, cuando vengas en tu reino.” (Luc. 23:41-42)

A continuación, vuélvete hacia los hombres y diles: “Bienaventurados sois, ya que sois instrumentos de la justicia y la misericordia divinas, si, bienaventurados desde ahora y por siempre.” No obstante, si ellos no están en un estado de comprender y aceptar tus palabras, no tires las perlas preciosas de la humildad bajo los pies de aquellos que no pueden apreciarlas, y di estas palabras únicamente en pensamiento y en tu corazón. Así sólo tu cumplirás el mandamiento del Evangelio que dice: amad a vuestros enemigos, y rogad por los que os persiguen (Mt. 5:44).

Reza al Señor por todos los que te han ofendido y ultrajado; pídeLe que aquello que te han hecho, les sea devuelto en recompensas temporales y eternas, y que en el juicio de Cristo, eso les sea contado como un beneficio. Incluso si tu corazón no quisiera actuar así, contradícele: sólo, en efecto, aquellos que se oponen a sus corazones para cumplir los mandamientos del Evangelio pueden heredar el Cielo (Mt 11:12).

Si no tienes suficiente voluntad para actuar de esta manera, quiere decir que no quieres ser realmente un discípulo del Señor Jesús Cristo. Presta atención en ti mismo y examínate: ¿no habrás encontrado otro maestro? ¿No estarás sometiéndote a él? Pues el maestro del odio, es el diablo. Es una transgresión terrible el ofender o perseguir a su prójimo; el crimen más horrible, es el de matar. Pero aquel que odia a su perseguidor, su calumniador, su delator, su asesino, y que alimenta el rencor contra su prójimo y se venga de él, comete un pecado cercano al de él. Es en vano que se presente ante él mismo y ante los demás como un justo. Todo el que odia a su hermano es un homicida (1 Juan 3:15), proclama el discípulo amado de Cristo.

Una fe viva en Cristo enseña a recibir la Copa de Cristo; ahora bien, la Copa de Cristo inspira la esperanza en el corazón de aquellos que comulgan, y la esperanza en Cristo otorga al corazón fuerza y consolación.

¡Qué tormento, que infernal tormento, es el quejarse, el murmurar contra la Copa predestinada de lo Alto! El murmuro, la impaciencia, la pusilanimidad, y sobre todo la desesperanza, son pecados ante Dios, son horribles rechazos de la incredulidad pecaminosa. Es un pecado el murmurar contra su prójimo cuando (el prójimo) es el instrumento de nuestros sufrimientos, pero es un pecado más grande todavía, cuando la Copa desciende hacia nosotros directamente del Cielo, desde la diestra de Dios.

(continuación)

San Ignacion Briantchaninov

Dentro del libro “Experiencias Ascéticas”

Jordanville, NY, 1957

Traducido por hipodiácono Miguel P. ©

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Categorías:San Ignacio Briantchaninov, vida ortodoxa en el mundo

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