Monaquismo cristiano ortodoxo

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Monaquismo cristiano ortodoxo

 

 

El sentido espiritual más interno del monaquismo ortodoxo se revela en un gozoso luto. Esta paradójica frase denota un estado espiritual en el que el monje, por su oración, se aflige por los pecados del mundo al mismo tiempo que experimenta el gozo espiritual regenerador del perdón y la resurrección de Cristo. Un monje muere para la vida, se olvida de sí mismo para encontrar su verdadero yo en Dios, se vuelve ignorante de conocimiento mundano para alcanzar la verdadera sabiduría espiritual que sólo se concede a los humildes (Ed.).

Con el desarrollo del monaquismo dentro de la Iglesia, apareció una forma de vida peculiar, que sin embargo no proclamaba una nueva moralidad. La Iglesia no tiene un conjunto de normas morales para los laicos y otras para monjes, ni divide a los fieles en clases según sus obligaciones con respecto a Dios. La vida cristiana es la misma para todos. Los cristianos tienen en común que “su ser y su nombre es de Cristo” (1). Esto significa que el verdadero cristiano debe fundar su vida y su conducta en Cristo, algo que es difícil de conseguir en el mundo.

Lo que es difícil en el mundo es abordado con dedicación en la vida monástica. En su vida espiritual, el monje simplemente intenta hacer lo que todo cristiano debería intentar hacer: vivir según los mandamientos de Dios. Los principios fundamentales del monaquismo no son diferentes de los que tienen los fieles en sus vidas. Esto se aprecia especialmente en la historia de la Iglesia antigua, antes de que apareciera el monaquismo.

En la tradición de la Iglesia hay una clara preferencia por el celibato como oposición al estado del matrimonio. Esta postura no es, por supuesto, hostil al matrimonio, que es reconocido como un profundo misterio (2), sino que simplemente indica los obstáculos que pone el matrimonio en el camino para la búsqueda de la vida espiritual. Por esta razón, desde la antigüedad cristiana muchos de sus fieles eligieron el celibato. Así, Atenagoras el Confesor, en el siglo II, escribió: “Podéis encontrar a muchos hombres y mujeres que permanecen célibes durante toda su vida con la esperanza de acercarse más a Dios” (3).

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Desde el principio, la vida cristiana se ha asociado con la auto negación y el sacrificio: “Si alguno quiere venir en pos de Mí, renúnciese a sí mismo, tome su cruz, y sígame” (4). Cristo nos llama a entregarnos totalmente a él: “Quien ama a su padre o a su madre más que a Mi, no es digno de Mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a Mí, no es digno de Mí” (5).

Finalmente, la oración ferviente e incesante, la obediencia a los padres de la Iglesia, el amor al prójimo y la humildad, así como las virtudes esenciales de la vida monástica, fueron cultivadas por los miembros de la Iglesia desde los días más antiguos.

No se puede negar que el monje y el hombre casado tengan diferentes formas de vida, pero esto no altera su responsabilidad común hacia Dios y sus mandamientos. Cada uno de nosotros tiene su propio don especial en el único e indivisible cuerpo de la Iglesia de Cristo (6). Cada forma de vida, ya sea casado o soltero, está igualmente sujeta absolutamente a la voluntad de Dios. Por lo tanto ninguna forma de vida puede ser tomada como una excusa para ignorar o responder selectivamente a la llamada de Cristo y a sus mandamientos. Ambos caminos exigen esfuerzo y determinación.

San Juan Crisóstomo enfatiza particularmente sobre este punto: “Os engañáis en gran manera y erráis, si pensáis que se exige algo del laico y otra cosa diferente del monje, pues la diferencia entre ellos está en que uno está casado y el otro no, mientras que en todo lo demás tienen las mismas responsabilidades… Pues ambos deben alzarse a la misma altura, y lo que ha volteado el mundo cabeza abajo es que pensemos que sólo los monjes deben vivir rigurosamente, mientras que al resto se le permita vivir una vida de indolencia” (7).

Con relación a la observancia de los mandamientos particulares del Evangelio, dice: “El que se enoja contra su hermano sin causa, sin importar si es laico o monje, se opone a Dios de la misma forma. Y el que mira a una mujer lujuriosamente, sin importar su estatus, comete el mismo pecado”. En general, se observa que cuando Cristo da sus mandamientos no hace distinción entre personas: “Un hombre no se define por el hecho de que sea laico o monje, sino por la forma en la que piensa” (8).

Los mandamientos de Cristo exigen una vida rigurosa que a menudo esperamos sólo de los monjes. Las exigencias de un comportamiento decente y sobrio, la condena de la riqueza y la adopción de la frugalidad (9), el evitar las conversaciones ociosas y la llamada a mostrar amor desinteresado, no se exige sólo a los monjes, sino a todos los fieles.

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Por tanto, el rechazo a los pensamientos mundanos es deber no sólo de los monjes, sino de todos los cristianos. Los fieles no deben tener una mente mundana, sino que deben residir temporalmente como extranjeros y viajeros con sus mentes puestas en Dios. Su hogar no está sobre la tierra, sino en el Reino del Cielo: “Porque aquí no tenemos ciudad permanente, sino que buscamos la futura” (10). La Iglesia puede ser vista como una comunidad en éxodo. El mundo es el hogar temporal, pero la Iglesia está unida al Reino de Dios. Así como los israelitas, liberados de la esclavitud de Egipto, viajaron hacia Jerusalén con muchas pruebas y tribulaciones, así los cristianos, liberados de la esclavitud del pecado, viajan por muchas pruebas y tribulaciones hacia el Reino del Cielo.

En los tiempos antiguos, este éxodo del mundo no suponía un cambio de lugar sino un cambio de la forma de vida. Un hombre no rechaza a Dios y se vuelve al mundo físicamente, sino espiritualmente, porque Dios estaba y está en todo lugar y lo llena todo, y de la misma forma, el rechazo al mundo y el volverse a Dios no era entendido con un sentido físico sino como un cambio en la forma de vida. Esto se hace evidente en las vidas de los primeros cristianos. Aunque vivían en el mundo, eran conscientes de que no venían de él y que tampoco pertenecían a él: “En el mundo, pero no del mundo”. Y los que vivían en castidad y pobreza, convirtiéndose más tarde en elementos fundamentales de la vida monástica, no abandonaron el mundo, sino que se alejaron de él a las montañas.

El desprecio físico al mundo ayuda al alma a rechazar la forma de vida mundana. La experiencia muestra que la salvación humana es más difícil de adquirir en el mundo. Como señala San Basilio el Grande, es perjudicial vivir entre los hombres que no se preocupan por la estricta observancia de los mandamientos de Dios. Es extremadamente difícil, si no imposible, responder a la llamada de Cristo para tomar la cruz y seguirlo en los lazos de la vida mundana. Viendo la multitud de pecadores, no sólo se fracasa en ver los propios pecados, sino que se cae en la tentación de creer que se ha conseguido algo, porque tendemos a compararnos con aquellos que son peores que nosotros. Por otra parte, el ajetreo y el bullicio de la vida diaria nos distrae del recuerdo de Dios. Esto no sólo nos aleja de sentir el gozo de la comunión intensa con Dios, sino que nos conduce al olvido y al desprecio de la voluntad divina.

Esto no significa que el desapego del mundo garantice la salvación, pero verdaderamente nos ayudará mucho en nuestra vida espiritual. Cuando alguien se dedica por entero a Dios y a su voluntad, nada puede detenerlo de ser salvado. San Juan Crisóstomo dice: “No hay obstáculo para un obrero que lucha por la virtud, pero los hombres poderosos y todos aquellos que tienen mujer e hijos que cuidar, siervos que vigilar y los que están en posición de autoridad, también pueden llegar a ser virtuosos” (12).

San Simeón el Nuevo Teólogo señala: “Vivir en una ciudad no nos impide cumplir los mandamientos de Dios si somos celosos, y el silencio y la soledad no son beneficiosos si somos perezosos y negligentes” (13). En otro lugar dice que es posible para todos, no sólo para los monjes sino también para los laicos, “arrepentirse eterna y continuamente y llorar y rezar a Dios, y por estas acciones adquirir todas las demás virtudes” (14).

El monaquismo ortodoxo siempre ha estado asociado con la quietud o el silencio, que es visto primeramente como un estado interno en vez de externo. El silencio externo se busca para alcanzar la quietud interior de la mente más fácilmente. Esta quietud no es una especie de inercia o inacción, sino un despertar y una activación de la vida espiritual. Es una intensa vigilancia y una total devoción a Dios. Viviendo en un lugar tranquilo, el monje logra conocerse a sí mismo mejor, luchando contra sus pasiones más profundamente y purificando su corazón más completamente, para ser hecho digno de contemplar a Dios.

El padre de San Gregorio Palamás, Constantino, vivió una vida tranquila como senador y miembro de la corte imperial de Constantinopla. La esencia de esta clase de vida es el desapego de la pasiones mundanas y una completa devoción a Dios. Por eso, San Gregorio Palamás dice que la salvación en Cristo es posible para todos: “El agricultor y el curtidor, el albañil, el sastre y el tejedor, y en general todos los que se ganan la vida con sus manos y con el sudor de su frente, que han echado de sus almas el deseo por la riqueza, la fama y la comodidad, son de hecho bendecidos” (15). En el mismo espíritu, San Nicolás Cabasilas observa que no es necesario huir al desierto, comer comida diferente, cambiar su vestidura, arruinar su salud o intentar cualquier otra cosa semejante para permanecer fiel a Dios” (16).

La vida monástica, con su retiro físico del mundo al desierto, empezó a mediados del siglo III. Esta huída de los cristianos al desierto fue causada en parte por las duras persecuciones romanas de aquel tiempo. Sin embargo, el crecimiento del monaquismo, que comenzó durante el reinado de Constantino el Grande, se debió principalmente a la negativa de muchos cristianos de adaptar el mayor carácter mundano a la Iglesia establecida[1] en ese momento, y a su deseo de llevar una estricta vida cristiana. Así, el monaquismo se desarrolló simultáneamente en varios lugares del sureste del Mediterráneo, Egipto, Palestina, Sinaí, Siria y Chipre, y poco después llegó a Asia Menor y finalmente a Europa. Sin embargo, durante el segundo milenio, el Monte Athos aparece como el centro del monaquismo ortodoxo.

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La forma más común y más segura de vida monástica es la comunión cenobítica. En el monasterio cenobítico, todo se comparte: lugares de habitación, alimento, trabajo, oración, esfuerzos comunes, cuidados, luchas y logros. El líder y padre espiritual del cenobio es el higumeno. La exhortación al higumeno en la Carta de San Atanasio el Athonita es típica: “Cuida de que los hermanos lo tengan todo en común. Nadie debe poseer más que una aguja de coser. Vuestro cuerpo y vuestra alma deben ser vuestra única propiedad y nada más. Todo debe ser compartido igualmente con amor entre todos tus hijos espirituales, hermanos y padres”.

El cenobio es el ideal de comunidad cristiana, donde no se hace ninguna distinción entre mío y tuyo, sino que todo es designado para cultivar una actitud común y un espíritu de fraternidad. En el cenobio, la obediencia de cada monje a su higumeno y a sus hermanos, la bondad, la solidaridad y la hospitalidad son de gran importancia. Como San Teodoro el Estudita observa, la comunidad de los fieles debería, en su análisis final, ser una Iglesia cenobítica (17). Así, el monasterio cenobítico es el intento más coherente por lograrlo y una imagen de la Iglesia en pequeño.

En esta huida del mundo, el monaquismo subraya la posición de la Iglesia como una “anti comunidad” en el mundo, y por su intenso ascetismo espiritual que cultiva su espíritu escatológico. La vida monástica se describe como “el estado angélico”, o en otras palabras, un estado de vida que sigue el ejemplo de la vida en el cielo. La virginidad y el celibato se engloban en este marco, anticipando la condición de las almas en la vida futura, donde “ni se casan los hombres, ni se dan las mujeres en matrimonio, sino que son como ángeles de Dios en el cielo” (18).

Muchos ven el celibato como una característica que define la vida monástica. Sin embargo, esto no significa que el celibato se el aspecto más importante de la vida monástica: simplemente da el distintivo a esta forma de vida. Todas las demás obligaciones, incluso los dos votos monásticos de obediencia y pobreza, conciernen esencialmente a todos los fieles. No hace falta decir que todo esto toma una forma especial en la vida monástica, pero no tiene nada que ver con la esencia del tema.

Todos los cristianos están obligados a cumplir los mandamientos del Señor, pero esto requiere esfuerzos. La naturaleza humana caída, esclavizada por sus pasiones es reacia a cumplir esta obligación. Busca el placer y evita el sufrimiento envuelto en la lucha contra las pasiones y el egoísmo. La vida monástica está preparada para facilitar este trabajo. Por otro lado, la vida mundana, particularmente en nuestra sociedad secular, hace duro ser un asceta. El problema para el cristiano en el mundo es que está llamado a alcanzar la misma meta bajo condiciones adversas.

La tonsura, con el corte del cabello, es llamado un “segundo bautismo” (19). Sin embargo, el bautismo es uno y el mismo para todos los miembros de la Iglesia. Es la participación en la muerte y la resurrección de Cristo. La tonsura no repite, sino que renueva y activa la gracia del bautismo. Los votos monásticos no son esencialmente diferente de los que se hacen en el bautismo, a excepción del voto del celibato. Además, el cabello también se corta en el bautismo.

La vida monástica señala el camino a la perfección. Sin embargo, toda la Iglesia está llamada a la perfección. Todos los fieles, tanto laicos como monjes, están llamados a ser perfectos siguiendo el divino ejemplo: “Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (20). Pero mientras el monje afirma la naturaleza radical de la vida cristiana, el laico se contenta con considerarla convencionalmente. La moralidad convencional de los laicos, por un lado, y la moral radical del monje, por otro, crea una diferenciación dialéctica que toma la forma de una antítesis dialéctica.

San Máximo el Confesor, contrastando al monje con la vida mundana, observa que los éxitos de un laico son los fracasos de un monje, y viceversa: “Los logros de los mundanos son fracasos para los monjes, y los logros de los monjes son fracasos para los mundanos. Cuando el monje se expone a lo que el mundo ve como éxito (riqueza, fama, poder, placer, buena salud y muchos hijos), es destruido. Y cuando un hombre mundano se encuentra a sí mismo ante el estado deseado por los monjes (pobreza, humildad, mansedumbre, dominio de sí mismo, mortificación y cosas así), lo considera un desastre. De hecho, en tal desesperación muchos pueden considerarse ahorcados en sí mismos, y algunos realmente lo han hecho” (21).

Por supuesto, aquí la comparación está entre el perfecto monje y el cristiano más mundano. Sin embargo, en muchas y usuales circunstancias dentro de la Iglesia, las mismas cosas funcionarán de forma natural en distinta manera, pero esta diferencia nunca podría alcanzar una oposición diametral. Así, por ejemplo, la riqueza y la fama no pueden ser vistas igualmente destructivas para monjes y laicos. Estas cosas son siempre malas para los monjes, porque entran en conflicto con la forma de vida que los monjes han elegido. Sin embargo, para los laicos, la riqueza y la fama pueden ser beneficiosas, incluso aunque conlleven grandes riesgos. La existencia de la familia y de la sociedad secular más amplia con sus distintas necesidades y demandas, no sólo justifica sino que algunas veces hace necesario acumular riqueza o asumir cargos. Aquellas cosas que pueden unir en el mundo, dividen en la vida monástica. El unificador final es el mismo Cristo.

La vida cristiana no depende sólo del esfuerzo humano, sino principalmente de la gracia de Dios. Los ejercicios ascéticas en todas sus formas y grados tienen como objetivo el preparar al hombre para armonizar su voluntad con la de Dios y recibir la gracia del Espíritu Santo. Esta armonización alcanza su mayor expresión y perfección en la oración. “Con la verdadera oración, entramos y moramos en el Divino Ser por el poder del Espíritu Santo” (22). Esto conduce al hombre a su arquetipo y lo hace una verdadera persona en la semejanza de su Creador.

La gracia de la vida cristiana no se encuentra en las formas externas. No se encuentra en las labores ascéticas, ayunos, vigilias y mortificaciones de la carne. De hecho, cuando estas labores se practican sin discernimiento se vuelven detestables. Esta repulsión ya no se limita a su forma externa, sino que llega a caracterizar su contenido interior. Se vuelven detestables no sólo porque externamente aparezcan como una negación de la vida, un desprecio por las cosas materiales o un auto abandono, sino también porque mortifican el espíritu, alientan el orgullo y cultivan la auto justificación.

La vida cristiana no es una negación sino una afirmación. No es muerte, sino vida. Y no es sólo afirmación y vida, sino la única verdadera afirmación y la única verdadera vida. Es la verdadera afirmación pues va más allá de toda posibilidad de negación, y la única vida verdadera porque conquista la muerte. La apariencia negativa de la vida cristiana en sus formas exteriores se debe precisamente a su intento de permanecer más allá de toda negación humana. Puesto que no hay afirmación humana que no termine en negación, y puesto que no hay vida mundana que no termine en la muerte, la Iglesia toma su posición y revela su vida tras aceptar toda negación humana y afirmar toda forma de muerte terrenal.

El poder de la vida cristiana yace en la esperanza de la resurrección, y la meta de la lucha ascética es tomar parte en la resurrección. La vida monástica, como vida angélica y celestial vivida en el tiempo, es el comienzo previo y anticipo de la vida eterna. Su objetivo no es desechar el elemento humano, sino revestirlo con la incorruptibilidad y la inmortalidad: “Pues mientras estamos en esta vestidura, gemimos con angustia, y no es que queramos estar desnudos, sino que querríamos estar más revestidos, para que lo que es mortal pueda ser absorbido por la vida” (23).

Hay suspiros y lágrimas producidos por la presencia del pecado, así como sufrimientos por ser liberados de las pasiones y recuperar un corazón puro. Esto exige una lucha ascética, e indudablemente también exige una forma de auto-negación, pues aspira a la humildad. Es agotador y doloroso porque se relaciona con estados y hábitos que se terminan convirtiendo en una segunda naturaleza. Sin embargo, es precisamente por esta degradación y purificación del yo, que el hombre se abre camino para que la gracia de Dios aparezca y obre en su corazón. Dios no se manifiesta en un corazón impuro.

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Los monjes son “guardianes”. Eligen restringir sus necesidades corporales con el fin de alcanzar la libertad espiritual ofrecida por Cristo. Se unen a sí mismos al ámbito de la muerte con el fin de experimentar más intensamente la esperanza de la vida futura. Se reconcilian con el espacio, donde el hombre se desgasta y se aniquila, sintiendo cómo su cuerpo es transformado en la Iglesia y se orienta hacia el reino de Dios.

El viaje del monje hacia la perfección es gradual y se conecta con renuncias sucesivas, que pueden resumirse en tres. La primera renuncia implica el abandono completo del mundo. No se limita a las cosas, sino que incluye a las personas y a los padres. La segunda, es la renuncia a la voluntad individual, y la tercera es la liberación del orgullo, que se identifica como una liberación del dominio del mundo (24).

Estas renuncias sucesivas tienen un sentido positivo y no negativo. Permiten al hombre abrirse plenamente y ser perfeccionado “a imagen y semejanza” de Dios. Cuando un hombre se libera del mundo y de sí mismo, se expande sin límites. Se convierte en una verdadera persona, que “encierra” en sí mismo a toda la humanidad como Cristo mismo lo hace. Por eso, en el plano moral, el cristiano está llamado a amar a todos los seres humanos, incluso a sus enemigos. Entonces, Dios mismo viene y mora en él, y el hombre llega a la plenitud de su ser zeantrópico (25). Aquí, podemos ver la grandeza de la persona humana, y podemos entender las luchas sobrehumanas necesarias para esta perfección.

La vida monástica es una vida de perpetuo ascenso espiritual. Mientras el mundo sigue su camino terrenal, y los fieles con sus obligaciones y distracciones del mundo, tratan de mantener los límites institucionales de la tradición de la Iglesia, el monaquismo va hacia otra dirección y se aleja. Rechaza cualquier clase de compromiso y busca lo absoluto. Se aleja de este mundo y se dirige al Reino de Dios. Esta es la esencia de la meta de la misma Iglesia.

En la tradición de la Iglesia, este camino es representado como una escalera que conduce al cielo. No todo el mundo se las arregla para llegar a la cima de esta escalera espiritual. Muchos se encuentran en los primeros escalones. Otros ascienden más alto. También están los que caen desde una gran o pequeño escalón. Lo importante no es la altura alcanzada, sino la lucha incesante por ascender más alto. Lo más importante de todo este ascenso es alcanzarlo con una humildad incrementada, y se lleva a cabo mediante un descenso creciente. “Mantén tu mente en el infierno, y no desesperes”, era la palabra de Dios a San Silouan del Monte Athos. Cuando un hombre desciende al infierno de su lucha interior teniendo a Dios con él, entonces se levanta y encuentra la plenitud de su ser (26).

En la cima de esta escalera espiritual están “los locos por Cristo”, como el mismo apóstol Pablo los llama y los otros apóstoles (27), “locos por Cristo”, que “interpretan el papel de locos por amor a Cristo y se burlan de la vanidad del mundo” (28). Buscar la gloria entre los hombres, dice Cristo, obstruye la creencia en Dios (29). Sólo cuando un hombre rechaza el orgullo, puede vencer al mundo y dedicarse a Dios (30).

En las vidas de los monjes, los cristianos ven ejemplos de hombres que tomaron su fe cristiana seriamente y se comprometieron con el camino al que cada uno está llamado a seguir por Cristo. No todos alcanzaron la perfección, pero todos lo intentaron, y ascendieron a cierta altura. No todos poseyeron el mismo talento, pero todos lucharon como buenos y fieles siervos. No se les ha puesto como ejemplos a imitar, especialmente por los laicos. Sin embargo, todos son valiosos indicadores en el camino hacia la perfección, que es común a todos y tiene su punto culminante en la perfección de Dios.

Notas

  1. San Máximo el Confesor, Mistagogia 1, PG91, 665C.
  2. Efesios 5:32.
  3. Presbeia 33; ver también Justin, Confesión 1, 15, 6.
  4. Marcos 8:34.
  5. Mateo 10:37.
  6. “Cada uno tiene sus dones especiales de Dios; unos de una clase y otros de otra”, 1ª Corintios 7:7.
  7. Pros piston patera (A los padres fieles) 3, 14, PG47, 372-374.
  8. Ibíd., 373.
  9. “Si tenemos alimento y vestido, con eso nos contentamos” (1ª Timoteo 6:8).
  10. Hebreos 13:14.
  11. Ver Oroikata platos (Reglas monásticas al completo) 6 PG31, 925A.
  12. Catecismo 7:28, ed. A. Wenger, “Sources chretiennes”, vol. 50, París, 1970, p. 243.
  13. Catecismo 12, 132-135, ed. B. Krivocheine, “Sources chretiennes”, vol. 104, París 1964, p. 243.
  14. Catecismo 5, 122-125, ed. B. Krivocheine, “Sources chretiennes”, vol. 96, París, 1963, p. 386.
  15. Homilía 15, PG 151, 180 BC.
  16. Ver “On the life in Christ”, PG 150, 660A.
  17. Ver Carta 53, PG99, 1264 CD.
  18. Mateo 22:30.
  19. 19, Ver “Oficio para el pequeño Hábito”. El Gran Libro de Oración, p. 192.
  20. Mateo 5:48.
  21. San Máximo el Confesor, On Love, 3, 85, PG90, 1044A.
  22. Archimandrita Sofronio, Ascetic practice and theory, Essex, Inglaterra, 1996, p. 26.
  23. 2ª Corintios 5:4.
  24. Ver Stage 2, PG88, 657A. Para una comparación sobre la tradición patrística sobre los tres estados de renuncia, ver el libro del Archimandrita Sofronio, Asceticism and Contemptation, p. 26.
  25. Ver Archimandrita Sofronio, We shall See Him as He is, Essex, Inglaterra, 1996, p. 389.
  26. 26.Ver Archimandrita Sofronio, Saint Silouan of Mount Athos, Essex, Inglaterra, 1995, p. 572. También Asceticism and Contemptation, p. 42.
  27. 1ª Corintios 4:10.
  28. Padre Paisios, Letters, Souroti, Tesalónica 1994, p. 235. Juan 5:44
  29. Juan 5:44.
  30. Ver Archimandrita Sofronio, Asceticism and Contemptation, pp. 33-34.

Georgios I. Mantzarides Profesor de la Escuela Teológica de la Universidad Aristotélica de Tesalónica (texto abreviado del libro “Imágenes de Athos, por el monje Chariton”). Esta página se recuperó de http://www.archive.org después de que la web decani.yunet.com desapareciera tras el conflicto de Kosovo. Esta artículo se creó originalmente por los monjes del monasterio de Decani en Kosovo.

[1] Es decir, libre de persecuciones e integrada en el Estado.

Traducido por:      psaltir Nektario B.

hipodiácono Miguel P.

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