Prólogos de Ohrid: 28 de agosto / 15 de agosto

ohrid 28-08

La dormición de la Santísima Theotokos

El Señor, que en el Monte Sinaí mandó en su quinto mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre” (Éxodo 20:12), mostró por su propio ejemplo cómo deberíamos respetar a los padres. Colgado en la cruz mientras agonizaba, recordó a su madre y señalando al apóstol Juan, le dijo: “Mujer, he ahí a tu hijo” (Juan 19:26). Después de esto, le dijo a Juan: “He ahí a tu madre” (Juan 19:27). Y proveyendo así a su madre, exhaló su último aliento. Juan tenía una casa sobre el Monte Sión, en Jerusalén, en la que la Theotokos se estableció, permaneció y vivió hasta el fin de sus días sobre la tierra. Por sus oraciones, consejos gentiles, mansedumbre y paciencia, asistió grandemente a los apóstoles y a su Hijo. En primer lugar, ella pasó todo su tiempo en Jerusalén, visitando a menudo aquellos lugares que le recordaban los grandes hechos y las grandes obras de su Hijo. Especialmente visitaba el Gólgota, Belén y el Monte de los Olivos. De sus largos viajes, se menciona su visita a San Ignacio el Teóforo en Antioquía, así como su visita a Lázaro (a quien el Señor resucitó al cuarto día de morir), al obispo de Chipre, su visita a la Santa Montaña del Athos, la cual bendijo y permaneció en Éfeso con San Juan el Evangelista (el Teólogo), durante el tiempo de la gran persecución de los cristianos en Jerusalén. En su vejez, a menudo rezaba al Señor y Dios en el Monte de los Olivos, el lugar de Su Ascensión, para que se la llevara de este mundo tan pronto como fuera posible. En una ocasión, se le apareció el arcángel Gabriel y le reveló que en tres días moriría. El ángel le dio una rama de palma para que la llevara en el momento de su funeral. Regresó a su casa con gran júbilo, deseando una vez más en su corazón ver en esta vida a todos los apóstoles de Cristo. El Señor cumplió su deseo y todos los apóstoles, trasladados por los ángeles en las nubes, se reunieron al mismo tiempo en la casa de Juan, en Sión. Con gran regocijo, vio a los santos apóstoles, y la alentaron, la aconsejaron y la confortaron. Tras esto, entregó pacíficamente su alma a Dios sin ningún sufrimiento ni dolor físico. Los apóstoles tomaron el féretro con su cuerpo, del cual surgía una fragancia aromática, y en compañía de muchos cristianos, la llevaron hasta el huerto de Getsemaní al sepulcro de sus padres, los santos Joaquín y Ana. Por la Providencia de Dios, fueron ocultados de la vista de los judíos por una nube. Antonio, un sacerdote judío, agarró el ataúd con la intención de volcarlo, y en aquel momento, un ángel de Dios le cortó sus manos. Entonces clamó pidiendo ayuda a los apóstoles y fue sanado cuando confesó su fe en el Señor Jesucristo. El apóstol Tomás estaba ausente, nuevamente según la Providencia de Dios, para que, una vez más, se revelara un glorioso misterio de la Santa Theotokos. Al tercer día, Tomás llegó y quiso venerar (besar) el cuerpo de la Santísima Virgen. Pero cuando los apóstoles abrieron el sepulcro, sólo encontraron la mortaja, pero el cuerpo no estaba en la tumba. Aquella tarde, la Theotokos se apareció a los apóstoles rodeada por miles de ángeles y les dijo: “Alegraos, pues estaré siempre con vosotros”. No se sabe exactamente qué edad tenía la Theotokos en el momento de su Dormición, pero la opinión general es que tenía alrededor de sesenta años.

Himno de Alabanza

 

La Santísima Deípara de Dios

Así habló el Altísimo:

De Tu corazón, oh Virgen pura,

Fluye agua Viva,

Para que, los sedientos, beban de Cristo,

La fuente vivificadora.

¡Todos nos jactamos en ti!

Así, los sedientos, beban en Cristo:

Por Él, la amargura será endulzada,

Por Él, el ciego será lavado

Y por Él, a los tristes sanará su dolor

La fuente vivificante.

¡Todos nos jactamos en ti!

La bebida, llegó desde la eternidad,

El tiempo árido, llenó el arroyo,

Y de nuevo, se alzó a los cielos;

El mundo agotado, se refrescó.

¡Todos nos jactamos en ti!

¡Oh Purísima, gloria a ti!

¡Oh Theotokos, gloria a ti!

Diste a luz para nosotros a Cristo Vivo

El agua viva

Y fuente vivificante de la gracia.

¡Todos nos jactamos en ti!

Reflexión

 

Cada uno de los fieles puede aprender mucho, y de hecho muchísimo, de la vida de la Virgen Theotokos. Sin embargo, me gustaría mencionar aquí sólo dos cosas. Primero, ella tenía la costumbre de frecuentar el Gólgota, el Monte de los Olivos, el Jardín de Getsemaní, ir a Belén o a otros lugares famosos a causa de su Hijo. En todos estos lugares, especialmente en el Gólgota, rezaba de rodillas. Por eso, ella dio el primer ejemplo e incentivó a los fieles a visitar los santos lugares por amor a Aquel que, por su presencia y por su pasión y gloria, hizo estos lugares santos y significativos. Segundo, aprendemos cómo ella, en oración, pedía por una pronta partida de esta vida, para que su alma, en el momento de la separación del cuerpo, no viera al príncipe de la oscuridad y sus horrores, y se ocultara de las regiones oscuras para no encontrarse con el poder del maligno. ¡Ved cuán terrible es para el alma pasar por los puestos de peaje! Cuando ella, que dio a luz al Destructor del hades y que tenía poder aterrador sobre los demonios, oraba así, entonces, ¿qué nos queda a nosotros? Por su gran humildad, ella se encomendó a Dios y no confió en sus propias obras. Por eso, debemos confiar mucho menos en nuestras obras y debemos confiarnos mucho más a Dios, clamando por su misericordia, especialmente por su misericordia en el momento de la separación del alma y del cuerpo.

Contemplación

Contemplemos la maravillosa prueba por la que Samuel confirmó sus palabras ante el pueblo (1º Samuel // 1º Reyes 12):

  1. Cómo Samuel le dijo al pueblo que era una maldad ante el Señor buscar un rey para sí mismos ante el propio Señor, su Rey;

  1. Cómo por la confirmación de sus palabras, clamó ante Dios para que hiciera surgir rayos y truenos;

  1. Cómo los rayos y los truenos descendieron y cómo el pueblo se atemorizó de Dios y de Samuel.

Homilía

 

Sobre el gloriosísimo Niño

“Porque un Niño nos ha nacido, un Hijo nos ha sido dado, que lleva el imperio sobre sus hombros. Se llamará Maravilloso, Consejero, Dios poderoso, Padre de la eternidad, Príncipe de la paz” (Isaías 9:6).

¿Sobre cuál de los mortales podrían aplicarse, en toda la historia de la humanidad, todos estos títulos, toda esta autoridad, toda esta gloria? Sobre ninguno. Por eso, San Juan Crisóstomo dice: “Es imposible entender esto con respecto a cualquier otro hombre que no sea Cristo”. Aquí, el profeta expresa claramente dos naturalezas en el Salvador del mundo: la humana y la divina. “Porque un Niño nos ha nacido”. Esto significa una naturaleza puramente humana. “Un Hijo nos ha sido dado”. Esto une las dos naturalezas en una persona: el Hijo de Dios y el Hijo de la Virgen en la persona del Señor encarnado. Sin embargo, los restantes títulos significan la naturaleza divina del Señor Jesús. Su gobierno está “sobre sus hombros”, es decir, el gobierno es suyo. Es su propio gobierno y no ninguno tomado prestado. “Maravilloso, Consejero”, ¿no es la Santísima Trinidad? El ángel o mensajero y heraldo de este Consejo Trino es el Hijo de Dios, el Verbo Pre-Eterno. “Maravilloso, Consejero”, pues toda esta maravilla, todo este asombro, toda esta novedad que vino a la humanidad es de Él y por medio de Él.

“Dios poderoso”. ¿Qué dirían de esto Arrio y sus modernos seguidores, que niegan la divinidad del Señor Jesucristo? “Príncipe de paz”, pues de Él es la paz duradera; fuera de Él sólo hay guerra, fuera y dentro. “Padre de la eternidad” (Padre del siglo venidero), pues así como es el Señor del pasado, también es Señor del futuro. Además, también es el Padre de la Iglesia, el Creador del nuevo mundo, el Fundador del Reino de Dios.

Isaías mismo, el hijo de Amós, vio esta maravillosa y verdadera visión alrededor de setecientos años antes de que fuera revelado a todo el universo.

Oh Señor Jesucristo, tú eres para los profetas y los fieles la más gloriosa profecía, la revelación más sublime. Abre nuestra mente para que la maravillosa gloria de tu Majestad pueda entrar en ella y abre nuestro corazón para que pueda llenarse con tu vivificante amor.

 

 Traducido por psaltir Nektario B.

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Categorías:prólogos de Ohrid

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