San Barsanufio de Óptina, conversaciones con sus hijos espirituales 2

 basanufio de óptina

13 de abril de 1911

La fiesta de Pascua

“Nuestra vida está en el cielo”, este es el tema habitual de mis conversaciones. Por este pensamiento me apartaba a mí mismo y a mis oyentes de los apegos terrenales, las cosas creadas. “Nuestra vida está en el cielo”. El descontento con las cosas terrenales puede sentirse en nuestros grandes escritores mundanos, por ejemplo en Turgenev y Pushkin; y en los extranjeros Shakespeare y Heine.

Hace cincuenta años, cuando aún caminaba por las amplias calles de este mundo, leí a Heine, pero siempre produjo una penosa impresión en mi. Tenía un gran talento, pero no estaba iluminado por el espíritu de la fe en Cristo. Nació como judío, y aunque aceptó el cristianismo, tan solo fue por el bien del privilegio. En su alma era ateo, y no creía ni en el cristianismo ni el judaísmo. Los antiguos filósofos paganos, Aristóteles, Platón y Sócrates, no estaban satisfechos en la tierra. Pero sucedía un fenómeno triste: cuanto más alto se esforzaban por elevarse sobre la tierra, más profundamente caían.

Esto no sucede con un cristiano. Al contrario: elevándose sobre la tierra, alejándose de los apegos de la vida, ascendiendo por la montaña hacia Dios, se cambia, renace y se hace capaz de sentir grandes alegrías.

La melancolía por la bienaventuranza perdida se muestra a través de las obras de los grandes escritores y artistas. Pero en ninguna parte se expresa esta tristeza (que sin embargo, se disuelve por el consuelo) tan poderosamente como en los himnos y oraciones de nuestra Iglesia. En ellos, en primer lugar se escucha un lamento por la pérdida del paraíso, luego un profundo clamor por los pecados y finalmente un gozo y un himno portador de victoria sobre nuestro Redentor.

¡Mirad nuestro Canon Pascual! Cuán majestuoso y deslumbrante es; cuánto conmueve y consuela a un alma que aún no ha perdido el gusto por las cosas espirituales: “Ahora todo se ha cubierto de luz, el cielo y la tierra, y las regiones inferiores… Que el mundo, visible e invisible, celebre con júbilo”. Sí, estos son grandes días. También en el mundo se regocijan por estos días, pero no en un sentido espiritual. Uno se regocija  porque ha ganado dinero, otro, de que ha obtenido un rango y medallas, y otros, por otras razones. Algunos se regocijan porque el Ayuno ha terminado y ha llegado el tiempo en que se puede comer de todo. Quizá este sea un gozo  legítimo, si tan sólo se cree que el principal motivo de alegría esta en la comida.

Pero en los santos monasterios hay júbilo por la Resurrección del Señor. No dejéis de visitar los santos monasterios, especialmente en estos días festivos, incluso cuando yo no esté. Aquí, parpadea la vida espiritual, que enardece el alma de un hombre. En verdad, también hay un gozo terrenal que ennoblece el alma. No es un pecado deleitarse en las cosas bellas de este mundo. En la tierra hay sitios extraordinariamente bonitos: los maravillosos Alpes, iluminados por el sol, y muchos y magníficos lugares en Italia; por ejemplo, hay un proverbio compuesto sobre Nápoles: “Si ves Nápoles, ya puedes morir tranquilo”. Ni sobre París ni sobre Roma se dice esto, sino sólo de Nápoles, pues realmente es maravillosamente bonito con su mar azul y sus montañas.

Nuestra naturaleza del norte también es bonita. Tergenev lo describió clara y vívidamente en sus obras. Él, por su parte, visitó Optina, y se quedó encantado con la belleza de nuestro monasterio. Pero el mundo presente sólo es un débil reflejo del primer mundo antes de la caída. Hay un mundo sobre lo alto, de cuya belleza no tenemos ninguna comprensión. Sólo los santos entienden y se deleitan en él. Este mundo se ha mantenido en buen estado, pero el mundo terrenal ha cambiado drásticamente tras la caída en el pecado. Es lo mismo que si alguien dividiera la mejor obra musical en notas separadas. Así, la mayoría no podría hacerse una impresión general. O, por ejemplo, alguien podría romper una pintura de Rafael en pedazos y examinar los trozos por separado. ¿Qué veríamos? Bueno, algún dedo, o en otro trozo, un pedazo de ropa, y así sucesivamente. Pero, por supuesto, la gran impresión que procede de las obras de Rafael, no podríamos percibirla. Así sucede con el mundo actual. Algunos ascetas han evitado incluso el mirarlos. Se sabe de un asceta que tapó la única ventana de su celda con un icono, aunque se podía percibir a través de ella una espléndida visión. Se le preguntó: “Cómo es que tú, padre, no quieres incluso mirar, mientras que nosotros no dejamos de mirar al cielo, las montañas y al Mar Egeo con sus islas”. “Por qué he cerrado mi ventana”, replicó el asceta, “no os corresponde entenderlo, pero no quiero contemplar la belleza de este mundo”. Esto era porque el asceta estaba contemplando la belleza del mundo celestial, y no quería distraer su atención de él.

En verdad, el que ha conocido el mayor gozo no es sensible a los consuelos terrenales. Pero por este conocimiento, uno debe tener un alma noble.

Acabo de recordar el siguiente ejemplo. En la casa de una familia adinerada hubo una fiesta nocturna. En ella, una chica con talento interpretó las mejores obras de Mozart sorprendentemente bien. Todos estaban cautivados. Pero tras el dintel de la puerta, el mayordomo que servía a los invitados comenzó a bostezar. “¿Cómo pueden estos escuchar tan aburrida música?…Ahora bien, si tocaran la balalaica…”. Fue correcto en su juicio, ya que la música clásica le era incomprensible. Para comprender incluso las obras de arte terrenales, uno debe tener gusto artístico. Tomemos como ejemplo el canto. Ahora, las interpretaciones teatrales y las melodías, han penetrado incluso en la Iglesia, desplazando el antiguo canto. Sin embargo, este último es muy elevado a nivel artístico, pero no lo entienden.

Una vez, fui a un monasterio para la Liturgia, y allí escuché por primera vez el llamado “canto Stolbovoy”. El Himno de los querubines y “Misericordioso don de paz…”, hicieron una gran impresión en mí. Allí había poca gente, y permanecí en pie sólo en un rincón y lloraba como un niño. Después de la liturgia pasé a ver al higumeno y le pregunté sobre mis impresiones.

-“¿Y tú, con toda seguridad, nunca has escuchado el canto Stolbovoy?”, me preguntó el higumeno.

-‘No’, repliqué, ‘Nunca he escuchado el nombre’.

-‘¿Y qué es un noble Stolbovoy?’.

-“Bueno, este es alguien que pertenece a un antiguo linaje”.

-“Y esto es lo que es el canto Stolbovoy, es un antiguo canto. Nosotros lo adoptamos de nuestros padres, y de los griegos”.

Ahora, el canto Stolbovoy rara vez puede escucharse en algún sitio; está siendo prohibido. Están apareciendo muchas nuevas melodías, las de Alyabyev, Lvov, y otros. Ciertamente, incluso de entre los nuevos, inusualmente hay algunos con talento, como Turchaninov. Sus melodías son conocidas, no sólo en Rusia, sino fuera de las fronteras, incluso en América. Los ingleses también lo aprecian. No hace mucho tiempo, el director del coro me pidió:

-“Bendígame para cantar ‘Es el día de la Resurrección…’ para el canto de post Comunión”.

-“Que Dios te bendiga”, le dije, “es justo lo que necesitamos”.

-“Pero sólo con una nueva melodía”.

-“¿De qué clase? Canta un poco, al menos a una sola voz”. Él la cantó. “Bueno”, dije, “esta clase de melodía puede sólo provocar lágrimas de desesperación, en vez de un estado de gozo. No, cántala a la manera antigua”. Y así es como la cantaron.

El canon pascual fue compuesto por San Juan Damasceno, y de forma maravillosa y majestuosa. Eleva el alma y la llena de gozo espiritual, a la medida de la receptividad de cada uno. Pero se alza una cuestión: “¿Dónde está la llave para abrir los gozos espirituales? Para esta, hay una respuesta: “En la Oración de Jesús”. Hay un gran poder en esta oración. Tiene diversos grados. El primero es la simple pronunciación de las palabras: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”. En los grados más elevados se alcanza tal poder que puede mover las montañas. Por supuesto, no todos pueden alcanzarlo, pero pronunciar esta oración no es difícil para nadie, y el beneficio es enorme. Esta es el arma más poderosa para la lucha contra las pasiones. Por ejemplo: una mujer es orgullosa. Otra es vencida por pensamientos lujuriosos; podría ser que ni siquiera viera a un hombre, pero un pensamiento le insiste en que fornique. Una tercera es envidiosa y no tiene fuerza para luchar contra esto; ¿de dónde saca esta fuerza? Solamente de la Oración de Jesús. El enemigo nos distrae por todos los medios: “Bueno, ¿qué es este sin sentido de repetir lo mismo cuando ni la mente ni el corazón toman parte en la oración? Mejor es reemplazarlo con otra cosa…”. No lo escuchéis, pues está mintiendo; obrad continuamente en la oración, y no quedaréis sin fruto.

Todos los santos utilizaron esta oración, y se hizo tan querida y necesaria para ellos que no habrían estado de acuerdo en cambiarla por nada. Cuando sus mentes se distraían por algo, sufrían y se esforzaban por comenzar de nuevo la oración. Sus esfuerzos eran similares al deseo de un hombre sediento por beber. Algunas veces, un hombre no puede satisfacer su deseo a causa de la falta de agua; entonces, buscando una fuente, bebe de ella insaciablemente. Así hicieron los santos sedientos para empezar la oración, y la empezaron con ardiente amor.

En Zadonsk trabajaba el asceta Jorge, que es muy conocido en este tiempo. Pronto se dio cuenta de la vanidad de la vida mundana y fue a un monasterio, pero no estaba satisfecho incluso con esto y eligió para sí mismo la soledad absoluta, la reclusión. Allí, pasó el tiempo ayunando, orando y en la contemplación de Dios, pero las tentaciones no le abandonaban. Cuando aún estaba en el mundo, estaba enamorado de una chica, con un amor puro, y su imagen a menudo se le presentaba, distrayendo su estado de paz espiritual. Una vez, sintiendo su impotencia en la lucha, clamó: “Oh Señor, si esta es mi cruz, dame la fuerza para llevarla, pero si no lo es, entonces borra estos recuerdos de mi memoria”. El Señor le escuchó. Y aquella misma noche vio en un sueño a una joven doncella de una belleza poco común, vestida con ropas de oro. Mirándola, radiaba con un resplandor tan sobrenatural y pureza angélica que Jorge fue incapaz de apartar sus ojos de ella, y con reverencia le preguntó: ¿Quién eres? ¿Cuál es tu nombre? “Mi nombre es castidad”, replicó ella, y la visión llegó a su fin. Despertándose, el asceta dio gracias a Dios por haberlo traído a la razón. La imagen que había visto en su sueño estuvo tan arraigada en su mente que borró completamente todas las demás imágenes.

Y yo, sinceramente os ruego: borrad todas las imágenes de vuestra cabeza y de vuestro corazón, para que podáis tener sólo una imagen allí, la de Cristo. Pero, ¿cómo podéis conseguirlo? Nuevamente, por la Oración de Jesús. El otro día, uno de nuestros esquema-monjes de la skete vino a verme.

“He caído en el desaliento, padre, pues no he visto en mí mismo, en alguien que lleva el exaltado hábito angélico, un cambio para mejor. El Señor nos llama estrictamente para responder si se es un monje o un esquema-monje sólo por las vestiduras. Pero, ¿cómo puedo cambiar? ¿Cómo puedo morir al pecado? Me siento totalmente débil”.

“Sí”, le respondí, “estamos en la absoluta bancarrota, y si el Señor nos juzga según nuestras obras, no encontrará nada bueno en nosotros”.

-“Pero entonces, ¿hay esperanza de salvación?”

-“Por supuesto que la hay. Di siempre la Oración de Jesús, y déjalo todo a la voluntad de Dios”.

-“Pero, ¿qué clase de beneficio puede haber en esta oración si ni la mente ni el corazón participan de ella?”

-“Un beneficio enorme. Por supuesto, esta oración tiene muchas subdivisiones, desde el simple balbuceo a la oración creativa. Pero para nosotros, aunque estuviéramos en el escalón más bajo, sería salvífico. Los poderes del enemigo huyen del que susurra esta oración, y más pronto o más tarde, se salvará de todos modos”.

-“¡He resucitado!”, exclamó el monje esquema. “Ya no me abatiré nunca más”.

Y así os lo repito: decid la oración, incluso sólo con vuestros labios, y el Señor nunca os abandonará. El susurro de esta oración no requiere el estudio de ninguna clase de ciencia. El conde León Tolstoi era un hombre de buena educación, pero no tenía a Cristo en su alma, y pereció. Ningún conocimiento terrenal pudo ayudarlo. Rechazó la Santa Iglesia, y fue rechazado.

Ahora es un tiempo gozoso, la Pascua. Cristo ha resucitado de entre los muertos, por su muerte ha vencido a la muerte, y a los que estaban en el sepulcro les ha dado la vida. ¿Quiénes son “los que estaban en el sepulcro? Es la gente pecadora que antes estaba muerta para Dios, pero que ha sido resucitada a una nueva vida por la muerte de Cristo el Salvador.

11 de Abril de 1911

(El padre comenzó su conversación con la lectura de un extracto del libro “En las montañas del Cáucaso”, sobre la Oración de Jesús. Dijo de antemano que para aquellos de nosotros que estábamos con él desde el principio, lo que leía no nos diría nada nuevo. Todo nos resultaría familiar, pero se puede repetir este tema muchas veces. El extracto comenzaba con estas palabras: “¿Qué lengua angélica puede expresar dignamente todo el sentido de la Oración de Jesús?”)

Y por lo que piensa el autor, no hay ninguna lengua humana que pueda expresarlo. Pero, ¿qué es realmente una lengua angélica? ¿Y hay tal lengua angélica? Por supuesto que la hay, sólo que somos incapaces de imaginar sus características; no está compuesta de sonidos; después de todo, no hay nada físico en ella. Sabemos que a menudo la gente puede entender a otros sin palabras. Hay un lenguaje de la mirada; las personas se miran unas a otras y se entienden. Hay una lengua de gestos, por el que uno puede hacerse entender con los sordomudos. Pero a qué se parece la lengua angélica, no lo sabemos. Y sólo por esto es posible expresar el milagroso significado de la Oración de Jesús. Puede ser entendida solo por los que se han familiarizado con ella mediante la experiencia. Para aplicarse a sí mismo en esta oración, el autor se retiró a las montañas del Cáucaso y allí llevó una vida solitaria, viniendo raramente al monasterio para confesar y comulgar de los Santos Misterios. Todo lo que hay escrito en su libro es digno de plena confianza, como algo conseguido mediante la experiencia. La acción de esta oración está oculta siempre por los grandes misterios. No consiste simplemente en decir las palabras: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”, sino que llegan al corazón y se instalan allí. Mediante esta oración entramos en relación con el Señor Jesucristo. Nos acostumbramos a Él, nos fusionamos con él en un todo. Esta oración llena el alma con la calma y gozo en medio de las pruebas más difíciles, y en medio de toda opresión y vanidad humana.

Recibí una carta: “Padre, estoy sofocado. Las aflicciones me presionan por todas partes, no hay forma de respirar, nada en lo que apoyarse; no veo alegría en mi vida, he perdido todo el sentido de ella”. ¿Qué podéis decir a tal alma afligida? ¿Qué tiene que padecer? Pues las aflicciones, como una piedra de molino, oprimen el alma de un hombre, y se sofoca bajo su peso.

Tomad nota de que no estoy hablando a incrédulos ni ateos, ni a los que están deprimidos porque hayan perdido a Dios. No, sucede que para los creyentes que se han establecido en el camino de la salvación, las almas que están bajo la influencia de la divina gracia, se pierde el sentido de la vida. No saben que esto es una condición temporal que pasa, y que deben esperar a que pase. Escriben: “He caído en la desesperación, algo oscuro me ha rodeado”. No estoy diciendo que tal aflicción sea legítima, sino digo que es la suerte de todos los hombres. Esto no es un castigo, es una cruz, y todos deben llevar esta cruz. Pero, ¿cómo podemos llevarla? ¿Dónde está el soporte? Algunos buscan este soporte y consuelo en la gente, pues piensan encontrar la paz en medio del mundo, y no la encuentran. ¿Por qué? Porque no deben buscarla allí. Debemos buscar la paz, la luz y la fuerza en Dios por medio de la Oración de Jesús. Cuando sea muy duro para vosotros y os rodee el pesimismo, poneos ante el icono, encended la lámpara si no está encendida, arrodillaos si os es posible, o simplemente decid: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”. Decidla una vez, otra vez, y una tercera vez; decidla para que no sólo vuestros labios la pronuncien, sino que de alguna forma llegue a vuestro corazón. Y entonces, el dulcísimo Nombre del Señor llegará sin fallo a vuestro corazón, y poco a poco, la melancolía y la tristeza se desplomarán y vuestra alma se tornará luminosa. Un tranquilo gozo reinará en él.

Sólo los que la han conocido por experiencia pueden comprender esta maravillosa acción de la Oración de Jesús. Un hombre que nunca haya probado la miel pregunta: “¿Qué es?”. ¿Cómo se lo explicaréis? Le decís: “Es dulce, la elaboran las abejas, la obtienes de un panal, cortas el panal en pedazos…”. Pero aún no entenderá lo que es. ¿No es más simple decir: “Quieres saber qué es la miel? Bien, pruébala”… ¿La has probado? ¿Es dulce? “Es dulce”. Ahora, ¿sabes lo que es la miel? “Ahora lo sé”. ¿Era necesario recurrir a alguna clase de explicación científica? No. El hombre la probó y entendió por sí mismo. Esto mismo sucede con la Oración de Jesús. Muchos, llegando a conocer su dulzura y sentido, la abandonan completamente, han entregado toda su vida a ella, se han acercado a ella, para fusionarse con el dulcísimo Nombre del Señor Jesucristo.

Y para vosotros, en vuestras ocupaciones o instrucciones diarias, os es imposible llenar toda vuestra vida con la Oración de Jesús, pero cada uno puede realizar, unas veinte, treinta, cincuenta, o incluso cien oraciones diarias. Cada uno, según su fuerza, puede adquirir este hábito. Quizá alguno consiga una pulgada, otro un estadio, otro una braza, y otro, tal vez, recorrerá una milla. Es importante ir, aunque sólo sea por un centímetro, pero ir; y ¡Alabado sea Dios!. En todo, sea Dios glorificado.

La gente va a los monasterios para recibir esta oración. Ciertamente los monasterios, especialmente los conventos, están situados de tal forma que se debe salir fuera de los límites del monasterio para cumplir con sus obediencias diarias, tareas y trabajos. Es duro para las monjas, pero a la vez se impregnan gradualmente de la oración y se acostumbran a ella.

Recuerdo que, cuando entré en el monasterio, imaginaba que lo único que ellos conocían era esto (el padre alzó sus manos en oración). Bueno, pero cuando entré, resultó ser muy diferente. Había poca oración, poca labor de oración. No vivías en la oración únicamente; la labor de obediencia también era necesaria. Si  se conseguí turnar la labor de la oración con el cumplimiento de las obediencias entonces nos podíamos dar por satisfechos. Por este camino se podía alcanzar fácilmente la salvación.

Recuerdo hace cuarenta, o quizá cincuenta años, yo estaba en casa de alguien. Había muchos invitados allí. Algunos, como es costumbre en el mundo, estaban jugando a las cartas; otros hablaban, y luego empezaron los bailes… Pero entonces, todo sucedió inesperadamente. En aquella fiesta nocturna había una joven de belleza excepcional. Varios posibles pretendientes se acercaron para invitarla a bailar, pero ella se negó. Entonces se levantó, se acercó al piano y comenzó a tocar. Se podía sentir que ella había escapado completamente a su entorno y había sido absorbida por el piano, en su propio mundo interior y, quizá, en estos sonidos. Había una preciosa luna llena. La joven tocó durante mucho tiempo, y cuando terminó de tocar, se puso de pie, se dirigió hacia la ventana y se perdió en sus pensamientos. Empezó a interesarme, e intenté conocerla. Me acerqué a una mujer y le pregunté: “¿Conoces a “esa chicha”?

-“La conozco”.

-“Preséntamela”.

-“Muy bien, puedo presentártela, pero ¿valdrá la pena? Te aseguro que es bastante aburrida, y no encontrarás nada en ella.”

-Bueno, juzgaré por mí mismo”.

Y fui presentado a esta joven. Ella tenía, no lo recuerdo exactamente, pero no menos de veinte años. Resultó ser muy profunda por naturaleza, y vivía su propia vida interior. Había estado enamorada, y amó como la gente es capaz de amar.

“Fue mi primer y, os lo aseguro, mi último amor”, me dijo ella, y no estaba mintiendo. “Entiéndame, él era todo por lo que yo vivía, la luz de mi vida; todo a mi alrededor, todo en mí estaba lleno de él. Sin él todo era penumbra, oscuridad, y la vida perdía su sentido. Le entregué todo mi ser, mi alma y mi corazón”.

-“¿Pero dónde está?

-“Es terrible decirlo”.

-“Qué, ¿se ha marchado lejos?”.

-“No, murió”.

-“¿Y amas a un muerto?

“Sí, lo amo, y nunca amaré a otro. Le di mi alma, mi amor, todo es de él, se lo ha llevado a la tumba y no tengo nada”.

Mi relación con esta joven no duró mucho, pues pronto se fue a Samara, pero durante el tiempo que la conocí, se lamentaba por su primer amor: “Nunca amaré a otro”. Si tuviera que encontrarme con esta joven ahora, no sabría qué decirle. Le diría: “¿Te enamoraste? ¿De tal amor sólo queda tristeza, vacío? ¿Y dices que nunca amarás a otro? Pues te aconsejo que ames a otro; ¿sabes a quién? ¡Al Señor Jesucristo! Le entregaste tu corazón a un hombre, y ahora pereces de melancolía. Entrégaselo a Cristo, y Él te llenará con luz y gozo en lugar de la penumbra y tristeza con la que te quedaste después de amar a un hombre”.

Esto es lo que te digo: quizá alguien haya experimentado tal sentimiento y, casi extinguido, aún arda como una chispa apenas visible en el corazón. ¡Apagad esa chispa!. Otros, tal vez, estén pasando por el mismo sentimiento; ¡alejadlo!, no lo introduzcáis en vuestro corazón. El Señor pide vuestro corazón para Él mismo: “Dame, hijo mío, tu corazón” (Proverbios 23:26). No permitáis a vuestro corazón apegarse a las buenas cosas corruptibles de este mundo; alejad cualquier pasión de ellas. El Señor puede hacer un habitáculo para Él mismo sólo en un corazón libre de pasiones.

El fundamento de toda la ley de Dios es el amor a Dios y al prójimo. Intentad amar al Señor. Pero, ¿cómo podemos conseguirlo? Él mismo nos habló sobre esto: “El que tiene mis mandamientos y los conserva, ese es el que me ama” (Juan 14:21). Y así, según la palabra del mismo Señor, el camino hacia Él, a su divino amor, es sólo uno: el cumplimiento de sus mandamientos, con relación a lo cual dice: “Sus mandamientos no son pesados” (1ª Juan 5:3). Sus mandamientos son conocidos por todos, son leídos o cantados cada día en la Divina Liturgia: “Bienaventurados los mansos…, bienaventurados los misericordiosos…”(Mateo 5:5, 7). Alguno dirá: “Soy incapaz de observar estos mandamientos, pues no tengo medios para dar limosna”. No, cualquiera puede cumplir el mandamiento concerniente a la misericordia, sino de forma material, al menos espiritualmente. Preguntáis: “¿Cómo es esto?”. Así es cómo: alguien te ha agraviado de una forma u otra; perdónalo. Y esto será una limosna espiritual. “No, no puedo hacer eso. ¿Es realmente posible perdonar tan terrible insulto? Tan pronto como pienso en él, me preparo para hacer pedazos a esa persona, y tú me dices: ‘Perdónalo’?.

-“Así que, ¿no puedes perdonar?

-“No puedo”

-“Pero tienes que perdonar”

-“Es superior a mis fuerzas”

“¿No tienes suficiente fuerza? Pídesela a Dios. Dirígete a él y di: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador, y ayúdame a perdonar”. Dilo una vez, otra vez, una tercera vez y tú mismo aprenderás por tu propia experiencia; perdonarás a tu ofensor”.

Ahora, alguien más dice: “Esta persona ha extendido mi nombre ‘como malo ante los hombres’, y me ha calumniado por algo que nunca ha sucedido, y con sus comentarios cáusticos y burlas no me concede paz”.

-“Pues guarda silencio, no respondas nada y sopórtalo”

-“¿Pero es realmente posible soportar todo esto?”

“¿No puedes? Nuevamente, vuélvete al Señor: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mi, pecador, y ayúdame a soportar”. Intenta decir esto, y verás por tu experiencia lo que sucederá. Cumple sus mandamientos y pídele ayuda. Hay un grave problema si alguien confía en sus propias fuerzas, y lo guarda en su cabeza para cumplirlo por sí mismo, sin acudir a la ayuda divina, si alguien tiene la idea de hacerlo sin humildad. Son necesarias dos virtudes en la obra de la salvación: una es el amor, y la otra es la humildad. Sin estas dos, no sólo la oración mental, sino la salvación misma es imposible.

Después de todo, mirad a Tolstoi, cuán horriblemente terminó. Pero sabéis que antes era un hombre religioso, hacía peticiones de oraciones, rezaba con lágrimas. Todo parecía estar en su lugar. Pero allí faltaba algo, la humildad. Le gustaba juzgar a otros y no sabía cómo perdonar los defectos de otros. Alguien empezó a hablar con él sobre uno de sus vecinos. “¿Qué quieres decir?”, dijo, “¿es realmente un ser humano?”.

-“¿Qué, sino? ¡Por supuesto que es un ser humano!”.

-“Ahora mira; ¿qué clase de ser humano puede ser? Sólo es una criatura”.

-“Pero después de todo, todo es una criatura, incluso los ángeles son criaturas: ‘En ti se regocija, oh Tú que eres llena de gracia, toda la creación: la asamblea de los ángeles y la raza de los hombres…”.

-“No. Es imposible considerarlo un hombre”.

-“Pero, ¿por qué?”

-“Es un ateo, no va a la iglesia, no cree en Dios, ¿es este, entonces, un hombre?”.

Pero su antigua niñera decía de él… (En este punto golpearon a la puerta. Br. Gregory, dijo que H. Filip había venido a pedir una bendición para ir a caballo y preguntaba si le dejarían un caballo. “Ellos pueden darle un caballo, déjalo ir y que lo use”, dijo el padre. Br. Gregory se fue).

Mirad, así es como sucede en el monasterio con nosotros; la Oración a Jesús, y de repente Filip viene, y viene un caballo… Bueno, el caballo ha venido y se ha ido, y nos hemos quedado como estábamos.

Y así, la antigua niñera decía de Tolstoi: “Levushka, no los juzgues; déjales hacer como quieran, pero no los juzgues. ¿A ti qué te importa? Cuida de ti mismo”. Pero no pudo cambiarse a sí mismo y llegó a un mal fin.

Y ahora otra mujer piensa: “Voy a la iglesia, pero ella allí no va; ¿quién se cree que es?… Y mira lo que hace; bueno, ya sabes lo que esto parece”. Y así continúa renunciando a sí misma y considerándose mejor que los demás. Mirad, y llegó aun punto en el que cayó más bajo que los que ella condenaba. Tenéis que consideraros a vosotros mismos como los más indignos de todos.

Y así, aquí está el primer y único camino a la salvación, el cumplimiento de los mandamientos del Señor. El Señor dijo, con relación a ellos, que no son pesados, pero no podemos cumplirlos por nuestras propias fuerzas. Debemos pedir ayuda al Señor, y Él nos la dará. Parece simple. Simple, pero complicado a la vez. Roguémosle para que nos fortalezca en su amor. Amén.

Fuente: Staretz Barsanufio de Optina (Platina, CA: St. Herman Press), pp. 450-463).

Traducido por psaltir Nektario B. (P.A.B)

 

 

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