Los pecados y su definición por San Ignacio Briantchaninov

San Ignacio Brianchaninov

San Ignacio Briantchaninov

 

Esta lista de pecados permite al fiel que se prepara para la confesión, recordar sus pecados, incluso le permite tomar conciencia de que tal o cual acto constituye un atentado contra la ley divina.

1. Gula

Exceso de alimento, embriaguez, inobservancia o ruptura del ayuno, comida a escondidas, y en general, falta de templanza. Amor desordenado y excesivo de la carne, del vientre, del reposo, de donde se constituye el egoísmo, del cual surge la falta de fidelidad a Dios, a la Iglesia, a la virtud y a la gente.

2. Lujuria

Calentamiento de la carne, sentimientos y disposición del alma y del corazón. Aceptar los pensamientos impuros, conversar con ellos, complacerse en ellos, consentirlos, entretenerse en ellos. Sueño y cautiverio impuros. Ausencia de retentiva de los sentidos y en particular del roce, en el que reside una impudencia aniquiladora de todas las virtudes. Propósitos indecentes y lectura de libros licenciosos. Pecados de impureza: fornicación y adultero. Pecados de impureza contra natura.

3. Avaricia

Apego al dinero, de una forma general, apego a la posesión de bienes, mobiliarios o inmobiliarios. Deseo de enriquecimiento. Reflexión sobre los medios para enriquecerse. Sueño de fortuna. Miedo a la vejez, a la pobreza repentina, a la enfermedad, al exilio. Avaricia. Afán de lucro. Falta de confianza en Dios, falta de esperanza en su providencia. Pasión o amor enfermizo y excesivo por los objetos perecederos, privando al alma de su libertad. Entusiasmo por las vanas preocupaciones. Amor a los regalos. Acaparamiento de los bienes de otro. Arrebato. Dureza de corazón con respecto a los pobres de la comunidad y a todos los indigentes. Robo. Bandolerismo.

4. Cólera

Irascibilidad, consentimiento a los sentimientos de cólera; sueños de cólera y de venganza; revuelta del corazón por el furor, oscurecimiento del espíritu por: clamores indecentes, disputas, injurias, palabras crueles y mordaces, riñas, empujones, muertes. Rencor, odio, hostilidad, venganza, calumnia, juicios, perturbación y ofensa al prójimo.

5. Tristeza

Amargura, melancolía, ruptura de la esperanza en Dios, duda sobre las promesas divinas, ingratitud hacia Dios por todo lo que ha hecho, pusilanimidad, impaciencia, falta de dominio de sí mismo, rencor hacia el prójimo, murmuraciones, rechazo de la cruz, tentación de renunciar a ella.

6. Pereza

Pereza para toda obra buena, particularmente por la oración. Dejadez de la regla de oración en la iglesia y en el hogar. Abandono de la oración incesante y de la lectura espiritual. Desatención y despreocupación en la oración. Negligencia. Falta de respeto hacia lo que es santo. Ociosidad. Abuso del descanso en el sueño o reposo, y de toda clase de apatía. Paso de un lado a otro. Salidas frecuentes de la habitación, paseos y visitas a los amigos. Palabras vanas. Bromas. Propósitos blasfemos. Abandono de las prosternaciones y otros ejercicios de ascesis corporal. Olvido de los pecados. Olvido de los preceptos de Cristo. Descontento. Servidumbre. Pérdida del temor de Dios. Endurecimiento. Insensibilidad. Desesperación.

7. Vanagloria

Búsqueda de la gloria humana. Jactancia. Deseo y búsqueda de honores terrenales y vanos. Apego a las bellas vestiduras, a los sirvientes y a los objetos del interior. Atención puesta en la belleza del rostro, en la dulzura de la voz y en otras cualidades del cuerpo. Adquisición de conocimientos científicos y otros para obtener una gloria pasajera, terrenal. Vergüenza a confesar los pecados. Disimulación de estos pecados ante la gente y ante el padre espiritual. Malicia. Auto justificación. Contradicción. Alarde de la inteligencia. Hipocresía. Mentira. Adulación. Complacencia. Envidia. Humillación del prójimo. Versatilidad en la conducta. Apabullamiento. Falta de conciencia. Costumbres y vida diabólicas.

8. Orgullo

Desprecio del prójimo. Preferencia por sí mismo sobre los otros. Insolencia. Oscurecimiento, enmudecimiento del corazón y del espíritu, esclavitud de estos a lo terrestre. Denigración. Desconfianza. Falsos razonamientos. Insumisión a la ley de Dios y a la Iglesia. Obstinación de la voluntad carnal. Lectura de libros heréticos, licenciosos y vanos. Bromas mordaces. Abandono de la humildad y del silencio practicados en imitación a Cristo. Pérdida de la simplicidad. Pérdida del amor de Dios y del prójimo. Filosofía engañosa. Herejía. Ateísmo. Ignorancia. Muerte del alma.

Tales son las enfermedades, tales son las heridas que se transforman en una gran herida, la decrepitud del viejo Adán, que se derivan de su pecado. De esta gran herida, dice el santo profeta: “Desde la planta del pie hasta la cabeza, no queda en él nada sano; hay solo heridas, contusiones y llagas inflamadas, que no han sido cerradas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite” (Isaías 1:6, Straubinger). Esto significa, según el comentario de los padres, que la herida (el pecado) no es parcial, que no afecta solamente a un miembro cualquiera, sino a todo el ser: ha cubierto todo el cuerpo, el alma, ha invadido todas las facultades, todas las fuerzas del hombre. Esta gran herida ha sido llamada muerte por Dios, cuando, prohibiendo a Adán y a Eva comer del árbol el conocimiento del bien y del mal, les dijo: “Porque el día en que comieres de él, morirás sin remedio” (Génesis 2:17). Inmediatamente, después de haber comido del fruto prohibido, nuestros primeros padres sintieron la muerte eterna; en sus miradas apareció la sensación carnal y en su alma, la vergüenza; vieron que estaban desnudos. En la conciencia de la desnudez de su cuerpo se reflejaba la desnudez del alma, privada de la belleza de la inocencia, en la que reposaba el Espíritu Santo. El sentimiento carnal actúa en los ojos y en el alma, la vergüenza en la que se acumulan todas las sensaciones culpables y vergonzosas: del orgullo, de la impureza, de la tristeza y de la desesperación. La gran herida es la muerte del alma; vejez irreparable sobrevenida tras la pérdida de la semejanza divina. El apóstol llama a esta gran herida “ley de pecado, cuerpo de muerte” (Romanos 7:23-24), porque el espíritu y el corazón tocados por la muerte se han vuelto enteramente hacia la tierra, obedecen servilmente a los deseos perecederos de la carne, se han oscurecido, se han vuelto más pesados, se han vuelto en sí mismos carne. Esta carne es en adelante impropia de la unión con Dios (Génesis 6:3). Esta carne es impropia para heredar la belleza eterna, celestial (1ª Corintios 6:50). La gran herida se ha extendido a todo el género humano, se ha convertido en el triste premio de todo en cada uno.

Considerando mi gran herida, contemplando el efecto de la muerte en mi, he sido colmado por una amarga tristeza. No consigo saber qué hacer. ¿Quiero seguir el ejemplo de Adán que, constatando su desnudez, se apresura a ocultarse de Dios? ¿Empezaré, como él, a justificarme, rechazando la falta sobre la falta del pecado? Es tiempo perdido ocultarse del que lo ve todo. Es tiempo perdido justificarse ante el que lo sabe todo.

No me cubriré de hojas de higuera, sino de lágrimas de arrepentimiento; en lugar de una justificación, traeré un voto sincero. Revestido de arrepentimiento y de lágrimas, ¿me presentaré ante mi Dios? ¿En el cielo? He sido expulsado de allí y el querubín apostado en la entrada no me dejará pasar. ¡Por el simple peso de mi carne he sido confinado a la tierra, mi prisión!.

Descendencia pecadora de Adán, ten valor. La luz ha brillado en tu prisión. Dios ha descendido al profunda país de tu exilio, para conducirte a la patria celestial que habías perdido. Querías conocer el bien y el mal: te deja este conocimiento. Querías ser como Dios y por eso te hiciste en tu alma semejante al maligno y por tu cuerpo, semejante al ganado y a las fieras: Dios, uniéndote a Él, hace de ti un Dios por la gracia. Te perdona tus pecados. ¡E incluso es demasiado poco! Arranca de tu alma la raíz del mal, el contagio del pecado, el infierno insuflado en el alma por el maligno y te da un remedio para todo el camino de tu vida, en razón de tu debilidad. Este remedio es la confesión de los pecados. ¿Quieres revestirte del viejo Adán, tú que por el santo bautismo te revestiste del Nuevo Adán, pero que por tu desobediencia a la ley, obtuviste el revivir en ti la vetustez y la muerte, ahogando la vida, haciéndola medio muerta? ¿Quieres, tú que te sometiste al pecado, atraído a él por costumbre, quieres traerte la libertad y la justicia? ¡Sumérgete en la humildad! Domina la vergüenza vanidosa que te enseña a juzgar a los justos con una astucia hipócrita y a mantener y reforzar en ti la muerte espiritual. Rechaza el pecado. Entra en lucha con el pecado por una sincera confesión de tu pecado. Esta cura debe preceder a todas las demás; sin ella, el tratamiento por la oración, por las lágrimas, por el ayuno y por todos los demás medios será insuficiente, insatisfactorio, frágil. Tú, la fiera, ve a encontrarte con tu padre espiritual; busca en sus pies la misericordia del Padre celestial. Sólo, sólo la confesión sincera y frecuente puede librarte de tus malos hábitos, haciendo fecundo tu arrepentimiento, sólida y auténtica tu rectificación.

En uno de esos breves minutos de compunción en el que los ojos del espíritu se abren al conocimiento de sí mismo, que vienen tan raramente, he escrito esto para quitar la máscara, para amonestarme, para recordarme, para ponerme sobre el buen camino. Y tú, que leerás estas líneas con fe y amor de Cristo y quizá encuentres algo útil, suspira desde el fondo del corazón, alza una oración por tu alma que ha sufrido mucho por los asaltos del pecado, que ha visto a menudo ante ella el naufragio y la pérdida, y que no ha encontrado el reposo más que llegando al puerto: a la confesión de tus caídas pecadoras.

Traducido por P.A.B

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Categorías:Confesión y Santa Comunión, San Ignacio Briantchaninov

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