Sobre la preparación para la confesión por San Teófano el Recluso

Feofan

 

Todo lo que ha sido dicho es un marco en el cual se inserta esta preparación, o la regla exterior y la disciplina, a las que se dirigen habitualmente los penitentes sinceros. Esforzaos por dirigiros, también vosotros, si queréis prepararos correctamente. Tan sólo, no tengáis un aire sombrío, no ensombrezcáis vuestro rostro. Hacedlo todo de buen grado, con buen humor. Pasad este tiempo como lo pasarían los que están invitados a un banquete en casa del rey. No hablan ni piensan más que en esto: cómo será el banquete, en el cual se encontrarán con el rey; qué le dirán, que acogida les hará, cómo se vestirán y si saldrán adelante sin demasiada vergüenza. Pero a nosotros, lo que nos espera es infinitamente mejor, infinitamente mayor; un banquete, no en casa de un rey terrenal, sino en casa del Rey del cielo. Si hacéis el esfuerzo por engalanaros, por prepararos para complacer al Rey, seréis acogidos por Él con ternura, y recibiréis algo que no tiene precio y un gozo indecible.

¡Habéis dicho que ibais a prepararos como es debido! ¡Que Dios os bendiga! Imaginaos, pues, cómo prepararos. Las viejas vestiduras, dejadas de lado, las hemos de hacer nuevas. Si una de las vestiduras viejas parece conveniente, hay que lavarla, arreglarla, para que parezca nueva. Quiero decir con esto que os es necesario mirar de otra forma: rechazar lo que no sirve y guardar, arreglar y mejorar lo que sirve.

Entremos, pues, en nosotros mismos y empecemos a escoger lo que encontremos.

Que si alguna tercera persona se mezcla en todo esto, es inoportuno e incluso imposible. Entrad en vosotros mismos y desenredad los asuntos de vuestra conciencia, pues nadie puede hacerlo, sino vosotros. Hacedlo vosotros mismos. Solamente quiero daros algunas indicaciones para esto. Y en los libros que os he recomendado leer, hay muchos consejos que podrán guiaros. Pero añadiré aún algunas palabras.

Para examinarse bien, es necesario prestar atención a tres aspectos de nuestra vida activa: nuestros actos, acciones aisladas cumplidas en un momento dado, en un lugar dado y en tales o cuales circunstancias; las disposiciones de nuestro corazón y nuestras inclinaciones, ocultas bajo nuestros actos, y finalmente el espíritu general de nuestra vida.

Toda nuestra vida está llena de una serie de acciones ininterrumpidas: pensamientos, palabras, actos, que se suceden y se turnan. Analizar todos estos actos, cada uno en particular, y estimar el valor moral es algo imposible. Pero si pretendéis desenredar y juzgar los actos cometidos en el transcurso de una sola jornada, no podréis hacerlo. El hombre es un ser perpetuamente en movimiento. ¡Cuántas veces, entre la mañana y la tarde, habrá cambiado de ideas y rehecho las cosas! ¡Cuántas faltas cometerá entre dos confesiones! No hay necesidad de analizarlo todo, de juzgarlo todo. Tenemos en nosotros un guardián fiel, la conciencia. Lo que has hecho mal, no te lo dejará pasar, y trataréis de explicarle que eso no es grave, que lo haréis mejor, pero no dejará de repetiros: lo que está mal, está mal. Y esto es lo primero: prestad oído a vuestra conciencia y a estos actos que condena, reconocedlos, sin ninguna excusa, dentro del orden del pecado y preparaos para confesarlos.

Se podrá llamar a esto el primero y el último paso: reconocer que somos totalmente responsables de aquello que nos acusa nuestra conciencia, y prometer que en el futuro evitaremos obrar así, y será suficiente, si podemos estar seguros de que la conciencia misma tiene plena razón. Ahora bien, sucede que no señala tal o cual cosa: entonces se turbará, o habrá olvidado un hecho muy lejano, o quizá no habrá juzgado tal acción como un pecado, a causa de su ignorancia o conocimiento insuficiente de lo que nos es obligatorio. Entonces, para suplir a la conciencia, será necesario recurrir a los mandamientos de Dios que figuran en la Palabra de Dios y preguntarnos si no hemos quebrantado en algo alguno de estos preceptos. Muchos de los hechos olvidados volverán entonces a nuestra memoria y otros nos aparecerán como si fueran un nuevo día.

La Palabra de Dios es semejante a un espejo. Al igual que, viéndonos en un espejo, vemos una mancha, una mota de polvo en nuestra cara o en nuestro vestido, así mismo, nuestra alma, leyendo la Palabra de Dios y considerando los mandamientos que están escritos en ella, no puede evitar ver si los ha obedecido o no; la conciencia, iluminada por la Palabra de Dios, se lo dirá sin contemplación.

Y he aquí, pues, el segundo paso. Considerad uno tras otro todos los mandamientos y ved si los observáis o no. Por ejemplo: el mandamiento prescrito de dar limosna cada vez que alguien os la pida. Ved si lo habéis hecho siempre o nunca, si tal vez habéis rechazado el dar limosna, sin razón válida, sino simplemente por negligencia con respecto al mendigo. Si es un hecho comprobado, daos cuenta, pues es un pecado. Así mismo, el mandamiento dice: perdonadlo todo, incluso las ofensas y los disgustos. Y ved: ¿habéis cedido siempre, no habéis tenido disputas, cambios mordaces, e incluso querellas? Si os acordáis: sí, he cedido y he tenido; entonces notad aún, pues esto es un pecado, aunque la conciencia no tenga por costumbre acordarse demasiado de estos asuntos. E incluso más: es necesario ponerlo toda la esperanza en Dios. ¿Lo habéis hecho siempre? En el transcurso normal de nuestras ocupaciones, no prestamos atención, pero cuando tenemos necesidad, esto surge inmediatamente: vemos de inmediato en qué se apoya el alma, en Dios o en otra cosa, excluyendo a Dios. Indudablemente debemos emplear igualmente todos los medios de los que disponemos para salir de situaciones difíciles, pues también nos las envía Dios, pero no debemos descontar el éxito final que procede de Dios, y volvernos, pues, hacia Él pidiéndole su ayuda, y cuando la situación esté solucionada, darle gracias como único Liberador, olvidando los esfuerzos propios. Y bien, ¿pensáis si habéis obrado así? Si no es el caso, también esto es un pecado. Haced así con cada mandamiento y ved con qué acciones los habéis transgredido. De esta forma desenredaréis mejor todas vuestras obras.

Pero, ¿cómo hacerlo de la mejor forma posible? ¿Habéis estudiado el catecismo? Allí se explica cada mandamiento y se muestran qué buenas acciones nos son pedidas para cada mandamiento y qué pecados son prohibidos. Revisadlos, y con su ayuda, revisad vuestras obras. Recuerdo que en vuestra casa hay un librito de Monseñor Platón de Kostroma, que explica cómo confesar y cómo confesarse. Allí se encuentran enumeradas al detalle las preguntas que se pueden hacer a un penitente. Quizá, gracias a este libro, podréis interrogaros mejor a vosotros mismos.

Supongo que es la primera vez que queréis ocuparos de vosotros mismos y determinar quiénes sois y qué hay en vosotros. Esforzaos, pues, por estudiaros según estas instrucciones. En consecuencia, las demás veces, no será ya para vosotros tan complicado. Así pues, haced estos esfuerzos.

Prosigo. El segundo aspecto de la vida: las disposiciones, los humores y las inclinaciones del corazón. Las obras no nos permiten conocernos a fondo. Es necesario penetrar más profundamente en nosotros mismos y pensar cómo es nuestro corazón e interesarnos más que nada en nuestras obras. Puede suceder, por ejemplo, que tal persona se muestre poco servicial (pues no ha ayudado a alguien), aunque tenga un corazón caritativo. Pero tal otra persona no haya dado nada, y no fortuitamente, sino porque es avariciosa. En apariencia, estos dos gestos son idénticos, pero por la disposición interior de los obradores, hay entre ellos una gran diferencia. Los actos son obras de un solo momento y de un solo lugar, mientras que las disposiciones testifican inclinaciones permanentes del corazón, que determinan el carácter y el humor de la persona, que son la fuente de sus deseos, de sus orientaciones. A las buenas disposiciones se las llama virtudes; a las malas, los defectos, los vicios, las pasiones.

Las disposiciones del corazón que debe tener el cristiano son expuestas por Cristo en su sermón de las Bienaventuranzas. Son: la humildad, la contrición, la dulzura, el hambre y la sed de justicia, la misericordia, la pureza de corazón, el amor por la paz y la paciencia. San Pablo compara las buenas disposiciones del cristiano con los frutos del Espíritu Santo: amor, júbilo, paz, paciencia, bondad, misericordia, fe, dulzura, templanza (Gálatas 5:22-23). Y además en otro pasaje: “Vestios, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, benignidad, humildad, mansedumbre, longanimidad, sufriéndoos unos a otros, y perdonándoos mutuamente, si alguno tuviere queja contra otro. Como el Señor os ha perdonado, así perdonad también vosotros. Pero sobre todas estas cosas, vestios del amor, que es el vínculo de la perfección. Y la paz de Cristo, a la cual habéis sido llamados en un solo cuerpo, prime en vuestros corazones. Y sed agradecidos” (Colosenses 3:12-15, Straubinger). Las disposiciones inversas son los vicios y las pasiones, fuente de todas las malas obras que arrastran nuestra pérdida. Las principales son: orgullo, vanidad, concupiscencia, intemperancia, cólera, odio, envidia, pereza amor por los placeres sensuales, tristeza, desesperación. Sobre esto, el apóstol dice que los cristianos no deben, no sólo sostenerlos, sino incluso hacer mención entre ellos: “Ni siquiera se nombre entre vosotros” (Efesios 5:3, Straubinger).

¡Ved qué severidad! Mirad bien si no hay en vosotros alguna inclinación o pasión mala. Cada uno tiene un poco, pero no son ni profundas ni constantes. Pero hay en cada uno una pasión maestra sobre la que revolotean todas las demás. Es aquella la que debemos esforzarnos por descubrir. Aunque aún no sea del todo patente, a causa de vuestra juventud, sus rastros deben ser perceptibles, si los miráis de cerca. Habiéndolo detectado, clasificad las demás con relación a esta: cuál está más cerca y cuál más lejos. Y comprended cómo está hecho vuestro corazón: ¡es una adquisición preciosa! Pues, aunque a causa de esto emprendáis el lavaros de las pasiones y de las malas inclinaciones, veréis mejor en qué dirección dirigir vuestros esfuerzos: hacia vuestra pasión principal. Cuando la hayáis vencido, todas las demás se dispersarán por sí mismas. Como en la guerra: cuando el conjunto de fuerzas del enemigo es vencido, ya no queda más que perseguir al resto de las tropas y abatirlo. Pero domar el corazón y corregirlo, no es asunto de un instante, pues es necesario un gran combate. Y en este combate, cuando no se sabe dónde dar los golpes, nos podemos agotar, podemos desvivirnos por nada, y no llegar a nada. Así pues, agudizad vuestros esfuerzos.

El tercer aspecto de la vida es el espíritu general de nuestra vida. Es el aspecto principal, pero también el más sutil. El espíritu maligno es tan astuto y sabe tan bien tomar la máscara de la bondad y de la oportunidad que es necesario tener la vista espiritual más agudizada para desenmascararlo. En cambio, el espíritu del bien es evidente, pues es sólo uno; consiste en vivir para Dios, sin preocuparse de nada. El espíritu inverso, es vivir para sí mismo (el egoísmo), y a menudo toma, incluso siempre, una orientación anexa: vivir para el mundo.

Así pues, si nos planteamos que, cuando vivimos para alguien, esto refleja el espíritu de nuestra vida, entonces no os será difícil determinar cuál es el espíritu de vuestra vida: precisaréis para quién vivís, o bien, ya que no comenzáis más que a vivir, para quién deseáis vivir más, hacia qué tiende vuestro corazón, a quién deseáis consagrar más vuestra vida. Hacia qué tendéis más, es lo que determinará el espíritu de vuestra vida aunque esté aún en estado latente, o sea como un débil pajarillo. El espíritu del que vive para Dios está lleno del temor de Dios, y se esfuerza por complacerle, como Dios Único. El espíritu del que no vive más que para sí mismo es un espíritu egoísta, interesado, complaciente de sí mismo y carnal. El espíritu del que vive para el mundo es un espíritu mundano y lleno de vanidad. Ved, pues, por estos ejemplos, cuál es el espíritu que vive en vosotros.

A juzgar por vuestro deseo inflamado de acercaros a Dios, se puede concluir que vuestro espíritu es bueno, verdadero, tal y como debe ser. A juzgar igualmente por la forma en la que habéis sido afectados por las reglas de la vida del mundo, en las que vive el espíritu del mundo, se puede suponer que este espíritu no tiene en vosotros ni lugar ni fuerza, aunque pueda dominaros, si no tenéis cuidado. Queda la cuestión: ¿está en vosotros el espíritu egoísta? Me parece que sí, aunque no sepa a qué grado. Bueno, incluso si este espíritu está en vosotros, puesto que tenéis el deseo de acercaros a Dios y puesto que vuestra alma es extraña al espíritu del mundo, se evaporará muy rápido, sobre todo si dais a vuestro corazón el espacio necesario para inflamarse cada vez más con el deseo de Dios. Prestad, pues, atención.

Ahora, ved lo que tenéis que hacer, y hacedlo. A simple vista, esto parece abrumador, pero de hecho, es simple y fácil. Después de haber orado a Dios, revestios con esta labor, y podréis determinaros en una tarde. No se trata de ir allende los mares, sino de analizar lo que hay dentro de vosotros. Sin embargo, no dejéis esto sólo para la tarde que preceda a vuestra confesión. No, disponéis prontamente, en los primeros días de vuestra preparación. Poco a poco, lo haréis todo más preciso, más profundo. La dificultad no sea más que para esta vez. Pues a continuación, si continuáis viviendo según vuestro buen espíritu, la vida misma os conducirá a un conocimiento más pleno de vosotros mismos. Pues, ¿de dónde surge que la mayor parte del tiempo no nos conocemos a nosotros mismos? Esto surge del hecho de que vivimos en la negligencia.

Supongamos que os habéis examinado cuidadosamente y que habéis descubierto en vosotros un gran número de defectos. ¿Qué sucederá ahora? ¿Qué uso haremos de este descubrimiento?

Pues, ¿qué uso haremos de los que hemos aprendido sobre nosotros mismos? Ante todo, debéis juzgar todos vuestros defectos, sin ninguna reticencia ni excusa. Cuando, en la Liturgia de los Dones Presantificados, después de “Que mi oración se eleve”, se canta, “No inclines mi corazón a palabras malignas para buscar pretextos a mis pecados”, se invita a los fieles a orar a Dios para que no les permita inventar excusas hábiles para sus pecados. No esperéis ningún arrepentimiento de el que inventa este género de excusas, y el que no se arrepiente no intentará corregirse. Se trata, pues, de juzgarse buenamente sin piedad, de llegar a decir en el corazón: soy enteramente culpable.

Cuando la palabra “culpable” se escuche en el corazón, será necesario añadir el temor a la condenación de Dios. Si vuestra conciencia os condena, Dios ya nos os exculpa. Dios también os ve culpables, y si os ve así, os condena. Si condena, determina igualmente el castigo adecuado. Esto os caerá encima, hoy o mañana y ya está suspendido por encima de vosotros.

¿Qué hacer? Lo que no sepamos hacer, lo hará la misericordia divina. El Dios de misericordia nos da la esperanza de ser perdonamos, si nos arrepentimos amargamente y tomamos la firme decisión de evitar pecar como antes e irritar a Dios por nuestras faltas. Esa es la esencia del arrepentimiento.

Así pues, no os contentéis con conocer fríamente vuestras faltas, sino probad la compunción con relación a este tema y apesadumbraos sinceramente de haberlas cometido. La contrición engendra la resolución para evitar las faltas. El solo conocimiento, incluso si está acompañado de intención de evitarlo, conducirá al orgullo, ¡del cual Dios nos preserve!

Habiendo resuelto evitar las faltas, ahora es necesario reflexionar y decidir cómo conseguirlo, y comenzar incluso ahora mismo a corregirse verdaderamente. Si, por ejemplo, algo os ha contrariado, decidid no contristaros y ved cómo obrar para no irritaros. Sucede lo mismo con lo demás: con antelación, es necesario determinar cómo se va a obrar en tal o cual circunstancias, para no recaer en el error. Para mayor comodidad, tomad cuenta de vuestras faltas desde que hayáis tomado conciencia y tomad cuenta también de la forma en que pensáis corregirlas. Esta será vuestra primera confesión general, y de tal modo, correcta. Por amor al Señor, haced este esfuerzo. Veréis entonces qué poder tendréis sobre vosotros mismos y con qué fuerza os enseñaréis, reconociendo la justicia de este paso a excepción de todos los demás.

Entristeciéndose de los pecados y teniendo la intención de no volver a cometerlos, hay que añadirle a esto una ferviente oración al Señor, pidiéndole que nos ayude a luchar contra el pecado y a creer que el Señor no os dejará sin su ayuda. En lo más profundo del corazón de los cristianos debe morar esta convicción de que, así como los pecados que lamentan y que confiesan les son perdonados por el Señor misericordioso y por su muerte sobre la cruz, así mismo, simultáneamente, les es concedida la gracia de Dios, por el poder de esta misma muerte en la cruz. Esta gracia desciende sobre los que tienen la firme determinación de no volver a pecar más, y una fe inquebrantable y luminosa en Cristo Salvador.

Cuando hayáis cumplido esto, estaréis listos para la confesión. Y, cuando al término de la confesión, recibáis la absolución de los pecados, estaréis listos para la Comunión. Por vuestro arrepentimiento sincero y vuestra firme decisión de corregiros, el Señor vendrá en sus Santos Misterios y permanecerá en vosotros y vosotros en Él. ¡Oh, cuán inmensa e indecible es la bondad de Dios!.

Traducido por P.A.B

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Categorías:San Teófano el Recluso, semana santa

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