Homilía sobre la Gran Semana por San Juan Crisóstomo

SanJUANCrisostomo

 

De dónde viene este nombre de gran semana. Sobre este versículo: “Alaba al Señor, alma mía” (Salmos 145:1). Sobre “el guardia de la prisión”, en los hechos de los apóstoles.

 

Advertencia

 

No sabríamos establecer ni la fecha de esta homilía, ni el lugar en el que fue pronunciada. Lo que surge de la homilía misma, es que fue expuesta en el momento en el que cesa el ayuno, en los grandes días de la gran semana, que hoy en día llamamos semana santa. Además de los desarrollos indicados para la homilía misma, notaremos, sobre este pensamiento, cómo nuestro cuerpo es una lira armoniosa que bendice y glorifica al Señor. Sobre la eficacia del ayuno y de la oración, sobre la necesidad, el deber de bendecir a Dios, en todo tiempo y por todo, con los acentos convincentes y magníficos de San Juan Crisóstomo.

1. Hemos terminado la navegación del ayuno, y por la gracia de Dios, hemos llegado al puerto. Pero no nos descuidemos, porque hayamos llegado al puerto; al contrario, redoblemos en celo, porque hemos alcanzado el término del viaje. Así obran los pilotos; en el momento de hacer entrar en el puerto un barco cargado de trigo y de una gran cantidad de mercaderías, se inquietan, toman mil cuidados, para impedir que el navío, después de haber atravesado tan bastos mares, no escore contra las rocas, y no se sumerja con todas las mercaderías. He aquí las inquietudes, los temores que debemos sentir también nosotros; al término de la travesía, guardémonos de perder el premio de nuestras fatigas. He aquí porqué debemos redoblar nuestro celo. Así obran también los corredores; cuando llegan al momento de obtener su premio, es cuando redoblan la velocidad. Así obran también los atletas; tras luchas y victorias sin número, cuando están al alcance de las coronas, es cuando se aprestan más vivamente, cuando hacen esfuerzos más generosos. Obremos, pues, también nosotros igualmente ahora. En efecto, lo que es el puerto para los pilotos, el premio para los corredores, la corona para los atletas, así, la semana en la que estamos lo es todo para nosotros. Es la fuente de nuestros bienes, y ahora es cuando debemos disputar por la corona; y he aquí porqué la semana presente se llama la Gran Semana. No es porque los días sean más largos que los otros; otras semanas, en efecto, tienen días más largos. No es porque los días sean más numerosos, pues, en todas las semanas, el número de días es el mismo; mas es porque, en esta semana, Dios ha hecho cosas particularmente gloriosas, es en esta Gran Semana cuando la larga tiranía del demonio ha sido destruida, la muerte ha sido extinguida, el que era fuerte, ha sido encadenado; sus poderes han sido eliminados, el pecado ha sido borrado, así como la maldición; el paraíso se ha abierto; el cielo se ha hecho accesible, los hombres se han mezclado con los ángeles; el muro que lo separaba todo ha desaparecido; el velo ha sido quitado; el Dios de paz ha extendido la paz en el cielo y en la tierra. Así se la llama la Gran Semana, y así como es la primera entre las demás semanas, igualmente el gran día del sábado es el primero de estos días; y lo que la cabeza es para el cuerpo, el sábado lo es para esta semana. También, en esta semana, cuando un gran número de personas muestran un celo más ardiente, unos ponen más austeridad a su ayuno, otros prolongan sus vigilias sagradas, otros dan limosna más abundante, y el celo que muestran por las buenas obras, y su aplicación a la piedad, testifican la grandeza del beneficio que Dios nos ha concedido. Así como el día que el Señor resucitó a Lázaro, todos los habitantes de Jerusalén acudieron ante Él, y su gran número testificaba que había resucitado a un muerto (pues la premura de todos los que acudían era una prueba del milagro), así, hoy, el celo que hace resplandecer esta Gran Semana, es un testimonio, una demostración de las grandes cosas que se han obrado. Y en efecto, no sólo nosotros salimos de una sola ciudad, los que hoy acudimos ante Cristo. No es sólo de Jerusalén, es la tierra entera la que envía ante Cristo sus iglesias, ricas de gente que no acuden con ramos de palma en sus manos, sino que traen limosna, humanidad, virtud, ayuno, lágrimas, oraciones, vigilias, todas las flores de la piedad, para ofrecérselas a nuestro Señor, a Cristo.

Y no somos los únicos en venerar esta semana; los emperadores que gobiernan en nuestra tierra, la honran también de una forma especial, y decretan la suspensión de todas las labores públicas en las ciudades, a fin de que, libres de preocupaciones, todos los cristianos honren estos días con un culto especia. He aquí porqué han cerrado las puertas de los tribunales. Hagamos tregua, dicen, a todo proceso, querella, contención, suplicio; que las manos de los verdugos descansen. Las maravillas del Señor son para todos, hagámonos también nosotros, esclavos del Señor, algún bien que sea bueno para todos. Y no solamente este celo; este homenaje testifica también su veneración y su respeto; dan también otra prueba, no menos considerable; se envían cartas imperiales para soltar, en las prisiones, las cadenas de los detenidos. Así como nuestro Señor, cuando descendió a los infiernos, liberó a todos los que estaban bajo el poder de la muerte, así, los siervos de Dios, haciendo lo que está en su poder, imitan la bondad del Señor y liberan de las cadenas sensibles, si no pueden hacen caer las cadenas espirituales.

2. Y nosotros también, veneremos esta Semana; y yo, salido con vosotros, llevando en la mano el ramo de la palabra que nos instruye, he puesto mis dos pequeñas monedas, a ejemplo de la viuda del Evangelio (Lucas 21:2). “Y las muchedumbres que marchaban delante de Él, y las que le seguían, aclamaban diciendo: ‘¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en lo más alto!’” (Mateo 21:9). Salgamos, pues, también nosotros, y en lugar de ramas de árboles, mostremos las disposiciones de un alma en flor, y clamemos lo que hemos cantado hoy: “Alaba al Señor, alma mía. Toda mi vida alabará al Señor, cantaré salmos a mi Dios mientras yo viva” (Salmos 145:1-2). Es David quien pronuncia la primera palabra y la que sigue es igualmente de él; me engaño: ni la una ni la otra son de David, sino que pertenecen a la gracia divina. Es el profeta quien ha hablado, pero lo que ha hecho hablar a la lengua del profeta, es el Espíritu Santo. También dice el salmista: “Mi lengua es pluma de ágil escriba” (Salmos 44:2). Así como la pluma no escribe por su propio movimiento, sino que es la virtud de la mano la que la mueve, así la lengua de los profetas no hablaba por sí misma, sino por la gracia de Dios. Ahora, ¿por qué el salmista no ha dicho solamente: ‘mi lengua es pluma de escriba’, sino: “Mi lengua es pluma ágil de escriba”? Es para enseñaros que la sabiduría es una cosa espiritual; de ahí su facilidad, su rapidez. En efecto, cuando los hombres hablan por sí mismos, componen, deliberan, dudan, emplean mucho tiempo; el profeta, por el contrario, sentía las palabras surgir de él como de una fuente; no tenía ningún obstáculo, los pensamientos surgían a flote y sobrepasaban la rapidez de su lengua; de ahí lo que dice: “Mi lengua es pluma de ágil escriba”. Son como olas con lo que mi lengua está inundada; de ahí, la velocidad, la rapidez. Nosotros no tenemos necesidad, ni de reflexiones, ni de meditación, ni de trabajo.

Pero veamos lo que significa: “Alaba al Señor, alma mía”. Cantemos, también nosotros, con David estas palabras en el día de hoy; si el cuerpo de David no está presente en medio de nosotros, su espíritu está presente. ¿Queréis la prueba de que los justos están presentes en medio de nosotros, y que cantan con nosotros? Escuchemos la respuesta de Abraham al rico. En efecto, este decía: “Entonces te ruego, padre, que lo envíes (a Lázaro) a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, a fin de que no vengan, también ellos, a este lugar de tormentos. Abraham respondió: ‘Tienen a Moisés y a los profetas’” (Lucas 16:28-29). Así, hacía mucho tiempo que Moisés y los profetas habían muerto, en cuanto a sus cuerpos, pero por sus escritos, se encontraban en medio de los judíos. Si la imagen inanimada de un hijo o de un amigo os hace creer en la presencia del que ya no está, si esta imagen inanimada os lo muestra, con mayor razón, juzguemos, por las Santas Escrituras, el comercio de los santos; no tenemos sus rostros, pero tenemos las imágenes de sus almas; las palabras dichas por ellos, son las imágenes de sus almas. ¿Queréis la prueba de que los justos están vivos y presentes? Nunca tomamos a los muertos como testigos. ¡Y bien! Cristo los ha tomado como testigos de su divinidad, y particularmente a David, a fin de enseñaros que David está vivo. Los judíos dudaban de la divinidad de Cristo; les decía: “¿Qué decís de Cristo? ¿De quién es Hijo? Le respondían: De David”. Y les dice: ¿Y cómo pues, David le llama, en espíritu, su Señor, por estas palabras: “Oráculo del Señor a mi Señor: ‘Siéntate a mi diestra, hasta que Yo haga de tus enemigos el escabel de tus pies”? (Salmos 109:1; Mateo22:42). ¿Comprendéis que David está vivo? Si no estuviera vivo, ¿cómo, pues, lo habría llamado David en espíritu: “mi Señor”? Pero lo llama su señor, para mostrar que aún está presente, y que habla por sus escritos. En otro tiempo cantaba sus salmos; cantemos ahora con David. David tenía una cítara, hecha de cuerdas inanimadas; la Iglesia tiene una cítara, hecha de cuerdas vivas; nuestras lenguas son las cuerdas de la cítara, y hacen escuchar con la diversidad de sus sonidos la armonía de la piedad; las mujeres, los hombres, los ancianos, los jóvenes se distinguen por la edad, pero no por el canto de los himnos; el Espíritu Santo, modificando cada una de las voces, no compone de todas las voces más que una sola melodía, lo cual expresó el mismo David, llamando a todas las edades y a los dos sexos a este concierto. “Alaba al Señor, alma mía” ¿Por qué ha olvidado la carne? ¿Por qué no se dirige a todo el cuerpo? ¿Ha hecho dos partes del ser vivo? De ninguna manera, sino que excita en primer lugar al artista. Lo que prueba que no hay dos partes, cuerpo y alma, es lo que dice. Escuchad: “Oh Dios, Tú eres el Dios mío, a Ti te busco ansioso; mi alma tiene sed de Ti, y mi carne sin Ti languidece, como esta tierra árida y yerma, falta de agua” (Salmos 62:2). Pero muéstrame, me decís, que el salmista invita a la carne también a hacer escuchar himnos: “Bendice al Señor, alma mía, y todo cuanto hay en mí bendiga su santo Nombre” (Salmos 102:1). ¿Véis que la carne también toma parte en el concierto? ¿Qué significan las palabras: “y todo cuanto hay en mí bendiga su santo Nombre”? El salmista entiende por esto los nervios, los huesos, las venas, las arterias y todas las partes interiores.

3. Pero, ¿cómo estas partes, que están en nuestro cuerpo, pueden bendecir a Dios? No tienen voz, no tienen boca, no tienen lengua. El alma tiene este poder, pero las partes interiores de nuestro cuerpo, ¿cómo lo tendrían? ¿cómo podrían, sin voz, sin lengua, sin boca, bendecir al Señor? De la misma forma que “Los cielos atestiguan la gloria de Dios” (Salmos 18:1). Así como el cielo tampoco tiene lengua, ni boca, ni labios, sino que por la belleza del espectáculo que presenta, asombra a los espectadores con las maravillas que contiene, y los lleva a bendecir al que lo ha creado, así, las partes interiores de nuestro cuerpo se asombran por el pensamiento que considera tantas funciones diversas, operaciones, fuerza, armonía y todas las formas hermosas, y su posición, y también las leyes matemáticas que gobiernan el todo con tanta reunión; todo esto clama como el profeta: “Cuán variadas son tus obras, oh Dios. Todo lo hiciste con sabiduría” (Salmos 103:24). ¿Veis como nuestras entrañas, sin voz, sin boca, sin lengua, bendicen al Señor? ¿Por qué, pues, el salmista se dirige al alma? Es para impedir, mientras que la lengua hace escuchar su voz, que el alma se extravíe, se distraiga, lo cual nos sucede a menudo mientras oramos, mientras cantamos himnos. El salmista quiere el concierto del cuerpo y del alma. Cuando oráis sin escuchar las palabras divinas, ¿cómo queréis que Dios escuche vuestra súplica? Pues, si el salmista dice: “Alaba al Señor, alma mía”, es para hacer entender esto: las súplicas deben partir desde el interior de nuestro ser, desde la profundidad de nuestro corazón. Así es como dice San Pablo: “Oraré con el espíritu, mas oraré también con la mente” (1ª Corintios 14:15). El alma es un músico excelente, es un artista; su instrumento, es el cuerpo que tiene en lugar de cítara, de flauta o de lira. Los otros músicos no tienen siempre todos sus instrumentos; ya los toman, ya los abandonan; no hacen escuchar perpetuamente su melodía, y en consecuencia, no tienen siempre sus instrumentos en las manos. Pero Dios, que quiere enseñarte que siempre debes glorificarlo y bendecirlo, ha procurado darte un instrumento, uniéndolo a tu persona para que no te abandone. Lo que prueba que es necesario alabarlo siempre, son las palabras del apóstol: “Orad sin cesar. En todo dad gracias, pues que tal es la voluntad de Dios en Cristo Jesús en orden a vosotros” (1ª Tesalonicenses 5:17-18). Pues, así como hay que orarle sin cesar, así se encuentra el instrumento unido al artista. “Alaba al Señor, alma mía”; no había en principio más que una voz que hacía escuchar estas palabras, la de David; pero ahora que está muerto, son innumerables las lenguas que repiten estas palabras, y no solamente en nosotros, sino en toda la tierra. ¿Comprendéis bien ahora que no está muerto, que está vivo? ¿Cómo estaría muerto, el que tiene tantas lenguas y que habla por tantas bocas? En verdad, es una cosa admirable el himno de alabanza; es el alma la que se purifica, es el fervor el que se apodera de nosotros.

¿Queréis comprender la eficacia de los himnos que se alzan a Dios? Cantando himnos, los tres santos jóvenes extinguieron el horno de Babilonia; digamos mejor, no lo extinguieron, sino algo que es más maravilloso, lo pisotearon bajo sus pies, como si la llama ardiente fuera barro; los himnos, haciendo entrada en la prisión de Pablo, hicieron caer sus ataduras, abrieron las puertas de su prisión, quebrantaron los fundamentos del edificio, llenaron al carcelero de temor. Dice la Escritura: “Mas, a eso de la media noche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios, y los presos escuchaban” (Hechos 16:25). Y a continuación, ¿qué sucedió? ¿Lo preguntáis? Lo que sobrepasa todo alcance, toda creencia; los lazos cayeron, y los que estaban encadenados, encadenaron a los que no tenían cadenas. Sin embargo, ¿de qué sirven las ataduras? Para tener fuertemente encadenado al que acosan, para sujetarlo a sus guardianes. Así, ved al carcelero, que no estaba encadenado, el cual vino a ponerse a los pies de Pablo, cargado de cadenas. Las cadenas sensibles contienen al que está encadenado; las cadenas de Cristo, por el contrario, tienen la virtud de someter a los que no están encadenados a los que están cargados de cadenas. El carcelero había echado a los cautivos en el interior de la prisión, y estos prisioneros del interior, abrieron las puertas desde dentro; el carcelero, con una espada, puso trabas a sus pies, y estos pies, cargados de trabas, se hicieron libres por la mano de los cautivos. Dice la Escritura: “Entonces el carcelero pidió luz, se precipitó dentro, y temblando de temor cayó a los pies de Pablo y Silas” (Hechos 16:29). ¿Qué pasó, pues? ¿No los habías encadenado? ¿No los habías puesto en un lugar seguro? ¿Y porqué asombrarte, oh hombre, de que se haya abierto la puerta de la prisión, por medio de aquel que recibió el poder de abrir el cielo? “Todo lo que atareis sobre la tierra, será atado en el cielo, y todo lo que desatareis sobre la tierra, será desatado en el cielo” (Mateo 18:18). Hizo caer los lazos del pecado, ¿por qué asombrarte de que haya hecho caer las cadenas de hierro? Hizo caer los lazos de los demonios, liberó las almas encadenadas por ellos, ¿por qué asombrarte de que haya liberado a los prisioneros? Y vez, pues el milagro es doble: desligó y encadenó, desligó los lazos y encadenó los corazones. Los prisioneros no sabían que estaban desligados; abrió y cerró; abrió las puertas de la prisión, y cerró los ojos de los prisioneros, de tal forma de que no se apercibieron de que las puertas estaban abiertas, y no aprovecharon para tomar la huída. ¿Habéis comprendido bien este milagro que desliga y ata, que abre y cierra?

4. Lo que sucedió durante la noche, para que el asunto no fuera muy sonado, no causó ninguna especie de tumulto, pues los apóstoles no hacían nada para exponerse al público, ni para adquirir gloria. Así, el carcelero se echó a los pies. Y bien, ¿qué hace Pablo? ¿Habéis comprendido el milagro? ¿Habéis comprendido lo que hay de asombroso, de extraño? Considerad ahora la solicitud, considerad la bondad de Pablo. “Mas Pablo clamó a gran voz diciendo: “No te hagas ningún daño, porque estamos todos aquí” (Hechos 16:28). El carcelero lo había encadenado cruelmente; el apóstol no lo dejó suicidarse de una forma cruel; olvidó su injuria: “Estamos todos aquí”, dice él. Ved la modestia. No dice: “Soy yo quien ha hecho estas cosas maravillosas”; mas, ¿qué dice? “Estamos todos aquí”. Se cuenta entre el número de los prisioneros. El carcelero, por esta visión, se llenó de admiración; el milagro lo llenó de estupor; bendijo a Dios, era un alma verdaderamente digna de la solicitud y de la bondad del apóstol; no consideró lo que había pasado como un presagio. ¿Y por qué no creyó en un presagio? Pues porque los escuchó cantar himnos al Señor, y un obrador de presagios no canta nunca himnos al Señor. Había recibido muchos obradores de presagios y santurrones en calidad de carcelero, pero nunca ninguno de ellos había hecho cosa semejante, no había hecho caer los lazos, ni mostrar la misma solicitud. Era porque Pablo quería ser encadenado, y no tomó la huída, no queriendo causar la muerte del carcelero.

Este hombre se dispuso, teniendo en sus manos una espada, a quitarse la vida; el demonio quería hacerle cometer un suicidio, para prevenir su conversión. Pero la voz atronadora de Pablo conquistó rápidamente la salud de su alma; pues no solamente clamó, sino que dijo con una voz atronadora: “Estamos todos aquí”. El carcelero admiró esta solicitud, y el que no estaba encadenado, cayó a los pies del que estaba cargado de cadenas. ¿Y qué le dice? “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” (Hechos 16:30). ¡Cómo! Tú eres quien lo encadenó, ¿y tú eres el que te encuentras en la turbación? Eres tú quien ha puesto una traba en sus pies, ¿y he aquí que buscas la manera de convertirte y salvarte? ¿Veis el fervor? ¿Veis la premura del celo? Para este hombre no había retraso; libre del temor, no se cree libre con respecto a su benefactor, pero de repente, se lanza, se vuelva sobre la salud de su alma. Era la media noche; no dice: “liberémonos, dejemos venir el día”, sino que de repente, acude a su salud. Este hombre es grande, se dice a sí mismo; sobrepasa la naturaleza humana. He visto la maravilla que ha hecho, admiro su solicitud por mí; ha sufrido, de mí, males sin número; expuesto a las últimas desgracias, y estando en sus manos, yo que lo he encadenado, y ahora puede matarme, y no sólo no me hace nada, sino que, en el momento en el que me apresto a matarme, es él quien me detiene. Este carcelero tuvo razón en decir: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?”. Pues no eran solamente los milagros los que atraían a los apóstoles a nuevos creyentes, sino que, antes de los milagros, sus vidas obraban sobre los hombres. He aquí porqué dice la Escritura: “Así, brille vuestra luz ante los hombres, de modo tal que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre del cielo” (Mateo 5:16).

¿Habéis visto bien el fervor del carcelero? Ved ahora el fervor de Pablo. No difiere. Su celo no se ralentiza. Está encadenado, cubierto de herida, y rápidamente lo instruye en los misterios, lo instruye a él junto a toda su familia, y después de la ablución espiritual, después de la mesa espiritual, le sirve también los alimentos de la carne. Pero, ¿por qué hizo temblar la prisión? Para despertar el alma del carcelero por el espectáculo de lo que sucedía. Hizo caer los lazos sensible de los que estaban encadenados con él, para hacer caer los lazos espirituales del carcelero. Cristo hizo todo lo contrario: un hombre se aproximó a él, sufriendo una doble parálisis: la parálisis del pecado y del cuerpo. Cristo sanó en principio la parálisis del pecado, con estas palabras: “Hijo mío, tus pecados te son perdonados” (Marcos 2:5). Y como se discutían sus palabras, se las blasfemaba, se decía: “Nadie puede perdonar los pecados, sino sólo Dios” (Marcos 2:7), Cristo, queriendo mostrar que es verdaderamente Dios, queriendo también proveer los medios de hacer acallar a sus contradictores por sus propias bocas, a fin de poder decir: “Os juzgo por vuestra propia boca” (Lucas 19:22), dice que eres tú quien acaba de decir que nadie puede perdonar los pecados sino sólo Dios. Y bien. He aquí, dice Él, yo perdono los pecados, confieso, pues, mi divinidad; por tu manera de juzgar, yo mismo traigo la sentencia. Vemos aquí en principio la acción espiritual, y a continuación, la acción sensible. Pablo nos muestra aquí lo contrario, pues hace caer en principio los lazos sensibles, y a continuación los lazos espirituales.

¿Habéis comprendido la fuerza de los himnos, el poder de la bendición, el poder de la oración? Ciertamente, la eficacia de la oración es siempre grande, pero cuando el ayuno se une a la oración, entonces el alma es doblemente poderosa; entonces tenemos la templanza en el pensamiento, entonces el alma se despierta y contempla las cosas de lo alto. También la Escritura une siempre el ayuno y la oración. ¿Cómo? ¿En qué pasaje? Dice el apóstol: “No os privéis recíprocamente, a no ser de común acuerdo por algún tiempo, para entregaros a la oración” (1ª Corintios7:5). Y en otro lado: “En cuanto a esta ralea, no se va sino con oración y ayuno” (Mateo 17:21). Y nuevamente: “Entonces, después de ayunar y orar, les impusieron las manos y los despidieron” (Hechos 13:3).

5. ¿Veis al ayuno unido en todo a la oración? Así, en efecto, se escapa de la lira una melodía más agradable, más digna del Señor. Las cuerdas no están húmedas, relajadas por la embriaguez; la razón está contenida, la inteligencia, más despierta; el alma, más vigilante; así es como conviene acercarse a Dios, conversar con Él, los dos juntos. Si tenemos un grave asunto que comunicar a nuestros amigos, los tomamos con preparación; con mayor razón, así debemos conducirnos incluso con Dios, y entrar, con una calma perfecta, en la cámara en la que se dispone. Es un gran beneficio la oración cuando surge de un alma agradecida y sabia. Y ahora, ¿cómo mostrará la oración nuestro reconocimiento? Debemos hacernos una ley, por la que no sólo cuando recibimos, sino además, cuando no somos escuchados, incluso ahí debemos bendecir más al Señor. En efecto, ya nos conceda el Señor, ya no nos conceda, pero en uno y otro caso, obra útilmente para nosotros, de modo que, ya sea que recibamos, o que no recibamos, recibimos lo que no hemos recibido; y si lo obtenemos, o si no lo obtenemos, lo obtenemos no teniendo lo deseado. Hay circunstancias es las que es más útil para nosotros no recibir que recibir; si no fuera provechoso para nosotros el no recibir, Dios nos concedería siempre, pero como también es provechoso el que no obtengamos, lo infructuoso es un éxito. He aquí porqué Dios difiere a menudo el concedernos nuestras peticiones; no es para apartarnos y castigarnos. Cuando nos fuerza a esperar el don, nos ejerce, y hace bien en nosotros, haciendo asidua la oración. A menudo recibimos, y después de haber recibido, descuidamos la oración; así Dios, que quiere tenernos constantemente despiertos, difiere el concedernos lo que le suplicamos. Es la conducta de los buenos padres, cuyos hijos perezosos no muestran ardor más que por los placeres pueriles; los padres los retienen cerca de ellos, prometiéndoles grandes presentes, y para retenerlos, ya difieren, ya rechazan absolutamente el dárselos. Sucede también que queremos cosas perjudiciales, y Dios, que comprende mejor que nosotros nuestros intereses, no escucha nuestras oraciones, prefiriendo mejor procurarnos lo que nos es útil, ya sea de nuestro agrado o no. ¿Y qué hay de asombroso en que seamos escuchados, cuando sucedió lo mismo con Pablo? También él, a menudo, no obtuvo lo que pedía, y no solamente no se afligía, sino que incluso daba gracias a Dios. Así, dice: “Tres veces rogué sobre esto al Señor para que se apartase de mí” (2ª Corintios 12:8). Esta expresión: “tres veces”, significa a menudo. Si Pablo, después de frecuentes oraciones, no obtuvo lo pedido, con mayor razón nos conviene a nosotros perseverar. Pero veamos lo que soportaba, después de haber pedido a menudo sin obtener; no solo no se afligía, sino que incluso se gloriaba de que no había obtenido. “Mas Él me dijo: ‘Mi gracia te basta, pues en la flaqueza se perfecciona la fuerza’” (2ª Corintios 12:9). Y continúa: “Por tanto, con sumo gusto me gloriaré de preferencia en mis flaquezas, para que la fuerza de Cristo habite en mí” (2ª Corintios 12:9).

6. ¿Comprendéis el reconocimiento del deudor? Pidió ser liberado de sus debilidades. Dios no le concede su petición, y no solo no se aflige, sino que se gloría en sus debilidades. Hagamos nosotros igual, dispongamos nuestras almas de esta manera, y sea que Dios nos conceda o no nos conceda nuestras peticiones, sepamos en los dos casos bendecirlo, pues en los dos casos, obra según nuestro interés. Si tiene el poder de dar, es porque tiene el poder, de dar, de dar lo que quiere, y de no darlo. No conocemos nuestros intereses tan claramente como Dios. A menudo, pedimos cosas perjudiciales y funestas, pero Dios, más celoso que nosotros por nuestra salud, no escucha nuestra oración, ante nuestra oración, ve en todo lo que nos es útil. Si los padres según la carne, no conceden a sus hijos todo lo que piden, no prueba que desdeñen a sus hijos, sino que por el contrario, tiene por ellos una gran solicitud. Así, Dios, que nos ama más aún, que conoce mejor que nadie lo que nos es útil, sigue siempre la misma conducta. Así pues, no cesemos de entregarnos a la oración, no sólo durante el día, sino incluso durante la noche. Escuchad lo que dice el profeta: “A media noche me levanto para alabarte por tus justos decretos” (Salmos 118:62). Un rey, que tenía entre las manos el gobierno de tantos pueblos, ciudades y naciones, que tenía cuidado de la paz, y de terminar las guerras, que veía siempre ante él un sinfín de asuntos, que no tenía tiempo de respirar, no solamente consagró los días, sino hasta incluso las noches las consagró a la oración. Si un rey, dispuesto para llevar una vida de delicias, tuvo tanta preocupación, envuelto en tantos asuntos, y no encontraba reposo incluso durante la noche, sino que se entregaba sin cesar a la oración, con un cuidado más escrupuloso que los monjes de las montañas, ¿cuál será, respondedme, nuestra excusa, si tenemos una libertad completa, si tenemos una vida independiente, vacía de problemas, que no sólo pasamos nuestras noches durmiendo, sino que incluso durante el día no encontramos momentos en los que nuestra alma se despierte para la oración que le debemos al Señor? La oración es un gran arma, es un gran adorno, una gran seguridad, un puerto, un tesoro de bienes, y una riqueza que no puede perderse. Cuando tenemos necesidad de los hombres, hacemos gastos, empleamos adulaciones serviles, vamos y venimos, y tenemos muchas penas y preocupaciones, e incluso así muchas veces no podemos dirigirnos directamente a aquellos de quienes depende lo que pedimos. En principio, es necesario ir a ver a los ministros, los dispensadores de gracias, y los que se encargan de responder por los hombres poderosos, y con dinero, con palabras, y por todos los medios posibles, intentamos tenerlos de nuestro lado, a fin de obtener, por su medio, lo que pedimos. Con Dios, por el contrario, no sucede igual. Orándole por otros, obtenemos menos rápidamente sus favores que pidiéndolos para nosotros mismos. Y con Dios, el que recibe y el que no recibe, se aprovechan; por el contrario, con los hombres, en los dos casos, nos complacemos. ¡Y bien! Ya que es más provechoso y más sencillo acercarse a Dios, no despreciemos la oración. ¿Queréis encontrar a Dios más propicio? ¿Queréis obtener más fácilmente lo que deseáis? Invocadle vosotros mismos, con puras intenciones, con un alma sabia; no le roguéis, por conciencia, como hacen muchas personas con palabras pronunciadas como simples oraciones, y cuyo pensamiento, permanece a menudo en sus casas, o incluso paseándose por las plazas, por las calles, lo cual es un artificio del demonio; pues, como sabe que en el momento de la oración podemos obtener el perdón de nuestros pecados, celoso de cerrarnos este puerto, se alza entonces contra nosotros; expulsa nuestro pensamiento lejos de las palabras que pronunciamos, a fin de salir de la iglesia, sacando de nosotros más pérdida que provecho.

Penetrados por estas verdades, cuando nos acerquemos a Dios, pensemos ante quien nos presentamos. Basta, para tener el espíritu despierto, con creer en el que nos da lo que pedimos. Alcemos los ojos al cielo y pensemos a quién dirigimos nuestras palabras. Cuando hablamos a los hombres, aunque sean poco honorables, hasta los más descuidados se predisponen en todo y despiertan el espíritu. Con mayor razón, hagamos igual si pensamos que nos dirigimos al Señor de los ángeles: he aquí lo que bastará para alcanzar su atención. ¿Queréis otro medio para sacaros de vuestro letargo? He aquí uno: a menudo hacemos nuestra oración, y no hemos escuchado ni una sola de las palabras que hemos pronunciado, y nos vamos; pensemos en esto, de repente, y retomemos nuevamente la oración. Y si la distracción nos viene dos, tres, cuatro veces, retomemos igualmente la oración, y no nos vayamos hasta haberla dicho con un espíritu atento. Cuando el demonio comprenda que no queremos irnos sin haberla dicho con atención, con un espíritu despierto, cesará de asediarnos, pues verá que estos ataques no sirven más que para forzarnos a comenzar nuevamente en nuestra oración. Mis bien amados, todos los días recibimos numerosas heridas, de gente de nuestra casa, de extraños, en la plaza, en nuestra vida, de hombres públicos, de particulares, de vecinos, de amigos; a todas estas heridas, apliquémosles el remedio que le es propio, la oración. Pues si le oramos con un espíritu vigilante, con un alma dispuesta, con un corazón ardiente, Dios puede concedernos el perdón, la remisión de los pecados. Que podamos obtenerlo, por la gracia y la bondad de nuestro Señor Jesucristo, a quien pertenece, junto con el Padre y el Espíritu Santo, la gloria el honor y el poder, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.

Traducido por P.A.B

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