Consejos espirituales de un staretz de Optina

 

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Esta vida se nos ha dado exclusivamente para alabar a Dios, para hacer el bien al prójimo y para esforzarnos en alcanzar el Reino del cielo, andando por el camino “estrecho” que nos enseña el Evangelio (Mateo 7:14)

 

El esfuerzo de esta vida es un poco insoportable para los que no creen en Dios. Pero para los que encomiendan sus vidas a nuestro Señor Jesucristo y esperan en su protección, esta vida se convierte en un “yugo ligero” y “carga fácil” (Mateo 11:30).

 

Hermanos míos, si queréis ser agradables a Dios, os ruego que no despreciéis ninguna virtud, porque podemos ser agradables a Dios de muchas formas.

 

El comportamiento amoroso con el prójimo, nuestra palabra que alivie al triste, el defender al que se le ha hecho una injusticia, el rechazo a los malos pensamientos, la perseverancia en la oración, la paciencia, la misericordia, la justicia y cualquier otra virtud, todo esto descansa en Dios y atrae a nuestras almas su gracia que nos ayudará a afrontar los problemas de la vida.

 

Tened como meta vuestra salvación, siendo agradables a Dios, especialmente con la virtud del amor. Que esta sea vuestra única preocupación: cómo enriqueceros con el amor. El que tiene amor, tiene dentro de sí mismo al mismo Dios.

 

¡Llevad una vida en el amor de Dios! Que esto sea vuestro consejero y vuestra razón de ser. “Dios es amor y el que permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios permanece en él” (1ª Juan 4:16). Con el amor de Dios, la amargura de la vida se transforma en dulzura y hermosura.

 

Si vivís junto a otros, servidles con entusiasmo, como si sirvierais a Dios mismo. No pidáis amor a cambio de vuestro amor, ni reconocimiento por el sacrificio que hacéis, ni alabanzas por vuestra humildad.

 

No seáis malhumorados y distantes y comportaos como los niños, sin maldad, y si es necesario, servid con amor a vuestro prójimo. Cuidaos de no herir con la mirada, y amar con toda el alma, porque su valor es inestimable. Esto es parte de Cristo, por lo cuál derramó su sangre.

 

Dice el apóstol: “El amor cubre multitud de pecados” (1ª Pedro 4:8). ¿Cuándo se cumple esto? Cuando os convertís en alivio de los afligidos, descanso para los apenados, protección para los pobres, padre de los huérfanos, pronta ayuda para cualquier cristiano. Por este amor nuestro a los hermanos más pequeños de Cristo, a los miembros de su Cuerpo, el Señor borrará vuestros pecados y os hará dignos de verlo “cara a cara” (1ª Corintios 13:12), en su Reino eterno.

 

Cuidaos de las palabras y hechos que puedan desorientar y herir a vuestros hermanos. Mas las ofensas que otros os hagan, recibidlas como regalo de Dios. Es el arma que Dios mismo os ofrece para eliminar las pasiones que anidan en vuestras almas.

 

No os venguéis de las ofensas y los sufrimientos que os provocan los demás. Soportadlo y no deseéis nunca ofender a nadie. Haciendo esto, estad seguros de que vuestros nombres serán contados con los nombres de los santos “que están escritos en el Libro de la Vida” (Apocalipsis 21:27)

 

No os acordéis con tristeza del mal que os ha causado vuestro hermano, para que el Señor no se acuerde de vuestros pecados que os ha perdonado.

 

Venced el mal con el bien. El mal no se corrige nunca con el mal.

 

Antes de decir algo, pensad si por casualidad con vuestras palabras no ofenderéis a Dios o a vuestro prójimo.

 

Antes de visitar a vuestro hermano, estimulad el alma para tener la misma disposición y amor que tenéis antes y después de la visita, sin que os importe el modo en que os reciba.

 

Para cada desacuerdo con el prójimo, analizaos a vosotros mismos. Cultivando la propia culpabilidad veremos que la causa del desacuerdo somos nosotros mismos.

 

No busquéis justificaciones. Evitad las rencillas. Comportaos con tolerancia con vuestro prójimo, conforme a su carácter y edad. Intentad en cualquier modo compadeceros de todos.

 

Soportad sin susurrar el mal comportamiento de vuestro hermano, su indignación, su rabia, sus hechos inapropiados.

 

Cuando notéis que algún sentimiento de rechazo hacia el prójimo os asedia el alma, esforzaos por apartarlo. Obligaos a ayudar y servir a este hermano de cualquier forma y decid la siguiente oración: “Señor, salva a tu siervo (nombre) y con sus santas oraciones tranquiliza también mi alma”. Viendo el Señor vuestra buena voluntad, no solo desarraigará la antipatía, sino que sembrará en vosotros Su santo amor.

 

Las contiendas entumecen el alma y alejan la paz. Enfrentaos a cualquier pensamiento que os conduzca a la contienda, con la dulce oración de Jesús: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mi (sálvame)”.

 

No mancilléis el honor de vuestro prójimo con vuestras palabras. Usad la lengua sólo para alabar a Dios y para decir palabras útiles para el alma y para vuestros hermanos. Si queréis hablar mal de alguien, recordad primero vuestros pecados, todos los que habéis hecho, desde vuestra juventud hasta hoy, condenaos por todos ellos y así evitaréis la habladuría. No olvidéis nunca que preocuparse por las faltas de otros constituye un grave pecado.

 

Luchad de cualquier forma contra la pasión y la ira, y con la ayuda de Dios cederá. Si alguna vez os entristecéis u os enfadáis, os recomiendo no decir nada. Alejaos, o si no os es posible, apretad con fuerza los labios para no expulsar fuera la llama de la rabia que arda en vuestras almas, para no entristecer a los de alrededor. El callarse y rezar es la mejor solución en esos momentos. Cuando la llama de la rabia se extinga y vuestro corazón se tranquilice, sólo entonces podréis decir palabras útiles.

 

Si habéis sido causa de tristeza para vuestro hermano, usad cualquier medio para liberarlo de la tristeza que le habéis causado.

 

Miraos a vosotros mismos y veréis que sólo entonces estaréis en paz con todos, cuando en vosotros haya paciencia, humildad, obediencia y amor.

 

Nuestra salvación no se consigue con mucha palabrería, sino con silencio y autodominio continuo.

 

No juzguéis nunca a vuestro prójimo, ya sea que viva en la virtud, ya sea que viva en el pecado. “¿Quién eres tú, para juzgar al siervo ajeno? Para su propio señor está en pie o cae. Será sostenido en pie, porque poderoso es el Señor para sostenerlo” (Romanos 14:4).

 

En cualquier situación encomendaos a la voluntad de Dios, pues esto es vuestra salvación.

 

Cuidaos de no entristeceros cuando tengáis algún problema. Los sufrimientos no son ocasionales en nuestra vida y son permitidos por la voluntad de Dios con el fin e santificarnos y salvarnos. Por eso, Dios ha permitido que también el apóstol Pablo pasara por mil peligros: “con peligros de ríos, peligros de salteadores, peligros de parte de mis compatriotas, peligros de parte de los gentiles, peligros en poblado, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos” (2ª Corintios 11:26).

 

Conociendo esta verdad, no os preocupéis en descubrir quién os ha hecho injusticia. Sólo pensad que sin la voluntad de Dios nadie se atreverá a tocaros. Así pues, dad gracias y glorificad a Dios, porque las pruebas que Él permite certifican que sois hijos suyos. Él mismo se preocupa por vosotros y os dirige siempre hacia el Reino del cielo. “Soportad, pues, la corrección. Dios os trata como a hijos. ¿Hay hijo a quien su padre no corrija?” (Hebreos 12:7).

 

En los momentos de desesperación, no penséis que Dios os ha abandonado, pues quizá vosotros le habéis abandonado a Él. Os aconsejo hacer esto en momentos de soledad: invocad sin cesar el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Obligaos a vosotros mismos a esta labor aunque vuestro interior se oponga.

 

La duda no encaja en los cristianos, pues no la habéis recibido. Ante todo, Dios pido nuestro discernimiento, atención y moderación. “Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas” (Mateo 10:16).

 

Andad siempre por el camino medio. Los extremos no sirven para ninguna situación.

 

“No os corresponde conocer tiempos y ocasiones que el Padre ha fijado con su propia autoridad” (Hechos 1:7). Esto dijo Cristo a los apóstoles. Esto desea de cada verdadero siervo suyo. Así, no os preocupéis demasiado por el futuro (el fin del mundo, etc…).

 

Durante toda vuestra vida no os olvidéis de preguntaros, antes de llevar a cabo cualquier obra: “¿No será que lo que deseo hacer va en contra de la voluntad de Dios? ¿No será perjudicial para mi alma? ¿No será injusto para mi hermano?”. Si después de un profundo análisis de vosotros mismos, vuestra conciencia no se opone, podréis obrar tranquilamente según vuestro deseo. Si vuestra conciencia os amonestad, deteneos y evitad llevar a cabo aquella obra.

 

Trabajad con atención y sin prisa. Así, todas vuestras obras serán coronadas con éxito.

 

Consideraos a vosotros mismos como los más pecadores y “detrás de todos” (1ª Corintios 15:8).

 

La joya y la hermosura de todas las virtudes es la humildad. Esto es para el alma humana lo que la lluvia es para la tierra seca. La verdadera humildad tiene el origen en la humildad de Jesucristo. “Dejaos instruir por Mí”, nos dice el Señor, “porque manso soy y humilde en el corazón; y encontraréis reposo para vuestras vidas” (Mateo 11:29).

 

En esta virtud descansa y obra Dios. Así, nos dice: “He aquí en quién Yo pongo mis ojos: en el que es humilde y contrito de espíritu y que teme mi palabras” (Isaías 66:2)

 

¿Pero qué es la humildad?

 

La humildad es considerarte a ti mismo como el mayor pecador, sin ofender, sin despreciar, no juzgando a nadie y viendo sólo tus pecados. La humildad significa no buscar alabanzas, riqueza, gloria u honores, y que te consideres totalmente indigno de todo esto.

 

El hombre humilde soporta con valentía las ofensas, las descalificaciones y las habladurías, creyendo con firmeza que las merece. Está preparado para servir con amor a cualquiera. No presta ninguna importancia a sus buenas obras, e incluso, no habla nunca de ellas si no es estrictamente necesario.

 

Ruego a Dios que os conceda esta humildad, pues esto os librará de las ataduras del pecado y os conducirá al amor de Aquel que: “se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz” (Filipenses 2:8).

 

Los campos llanos son siempre fértiles y abundantes, mientras que las montañas permanecen siempre infértiles. Las espigas que se mantienen firmes quedan vacías mientras que las que se doblan hacia los lados están llenas de cosecha (…). Esforzaos por obtener un alma humilde y os enriqueceréis con frutos espirituales que os ayudarán a obtener la salvación.

 

Los campos fértiles son alimentados con la lluvia que cae del cielo y con el agua que baja de las montañas. Así mismo, el humilde recibe del cielo con abundancia el don del Espíritu Santo y se alza espiritualmente como las altas montañas.

 

Por tanto, si os encomendáis con humildad a la voluntad de Dios y os alejáis del pecado, el Espíritu Santo os visitará, y el Consolador se albergará para siempre en vuestras almas.

 

Cambiad vuestro noble origen con la honorable servidumbre de nuestro Dios y Señor Jesucristo. Alejaos del bienestar y de las cosas inútiles y no os enorgullezcáis ante vuestros hermanos, porque ante el Señor somos todos iguales. De hecho, el Señor nos llama a todos con las mismas palabras a su mesa espiritual: “Tomad, comed, este es mi cuerpo… Bebed todos de él, esta es mi sangre… para el perdón de los pecados” (Mateo 26:26-28).

 

Abandonad el camino amplio, porque el misericordioso Dios os recomienda entrar en el Reino del cielo por la puerta estrecha.

 

El camino amplio os conducirá a la perdición eterna. De hecho, este no es el tiempo para las fiestas o los jubileos. El Evangelio nos dice que “bienaventurados los que lloráis ahora” (Lucas 6:21), y que no festejan.

 

Si pedís algo, hacedlo con la paciencia de la cananea (Mateo 15:21-28).

 

Guardad vuestras bocas de palabras innecesarias e inútiles. Obligaos a la oración de Jesús, dedicaos a ella y el Señor os regalará su amor inestimable.

 

“Dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 12:17). Mientras esté en movimiento para realizar cualquier acción, el corazón debe estar totalmente entregado a Dios. Sólo así, estando en esta Babilonia contemporánea, no olvidaremos nuestro destino, la Jerusalén celestial.

 

Amad a Dios y alabadlo con la certeza de que Él es vuestro Padre.

 

Humillaos ante vuestros hermanos y ante Dios. Vuestro Padre se alegrará de vuestra humildad y os abrazará con su amor.

 

Si no sentís ningún alivio en la oración, estad convencidos de que Dios os preparará alivios celestiales en el futuro. Insistid en la oración y en poco tiempo disfrutaréis de su dulzura. “Esperé en el Señor, con esperanza sin reserva, y Él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor. Me sacó de una fosa mortal, del fango cenagoso; asentó mis pies sobre roca y dio firmeza a mis pasos. Puso en mi boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios” (Salmos 39:1-4).

 

Cuando os envuelva la desesperación, la melancolía, la pereza y la acedia, obligad al corazón y a los labios a obrar la oración: “Señor, sálvanos que perecemos” (Mateo 8:25). Pensad que esos momentos de pereza pueden ser los últimos de vuestra vida… Lo siguiente que podría sobrevenir es la muerte… Y más tarde el juicio de Dios… Dejad, pues, a un lado la pereza y el abatimiento.

 

Si el hombre no abandona su voluntad no podrá dar un buen comienzo a la obra de su salvación, y menos, salvarse. Por eso, hijos míos, pedid a Dios que os ayude a eliminar vuestra voluntad.

 

Para beneficio de vuestras almas, someteos totalmente a los mandatos de nuestro Padre celestial, amad el silencio y disponeos con la insistente oración de Jesús. Cuanto más esté el Señor en vuestros corazones, más crecerá en vosotros la paciencia, el amor y la humildad.

 

Lo único que os deseo en esta vida es la purificación de vuestras pasiones. Y ruego a Dios que de cualquier medio limpie nuestras transgresiones, aunque esto sea por el desprecio del mundo, con ofensas y humillaciones, es decir, cosas que con dificultad acepta la razón humana. En nuestra vida espiritual debemos caminar aconsejados por los mandatos de Cristo y no por la lógica humana.

 

Aunque nuestras buenas obras las hacemos en nombre de Dios, no son las que nos salvan, sino la piedad y la misericordia de Dios. Que esta piedad os cubra, oh hermanos, todos los días de vuestra vida. Justos y pecadores, acudid a nuestro Dios Jesucristo, el misericordioso, y poned en Él vuestra esperanza, porque esta “esperanza no avergüenza” (Romanos 5:5).

 

No despreciéis mis palabras y no las consideréis difíciles de cumplir. Para el Señor, y con el Señor, las cosas difíciles se vuelven fáciles y las desagradables, placenteras. “Porque mi yugo es excelente, y mi carga es liviana” (Mateo 11:30).

 

¡Gloria a Dios por todas las cosas!

Traducido por D.C

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Categorías:paternidad espiritual, Santos padres de Óptina

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