Santo celo

Archbishop Averky Taushev

Por el arzobispo Averky de Jordanville

 “Fuego vine a echar sobre la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté encendido!” (Lucas 12:29)

Lo principal en el cristianismo, según una clara enseñanza de la Palabra de Dios, es el fuego del divino celo, celo por Dios y Su gloria, el santo celo que solo es capaz de inspirar al hombre en los trabajos y luchas que complacen a Dios, y sin los cuales no hay una auténtica vida espiritual y no hay ni puede haber un verdadero cristianismo. Sin este santo celo, los cristianos son sólo “cristianos” de nombre: sólo “se te tiene por viviente, pero estás muerto” (Apocalipsis 3:1). El verdadero celo espiritual se expresa, primeramente, en el celo por la gloria de Dios, que nos es enseñada en las palabras de la oración del Señor que se disponen al principio: “Santificado sea tu nombre; venga tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mateo 6:9-10).

Los que son celosos por la gloria de Dios con todo su corazón, tanto en pensamiento como en sentimiento, tanto en palabras y hechos y con toda su vida, y naturalmente desean que toda la demás gente glorifique también a Dios de la misma forma, en consecuencia no pueden, por supuesto, soportar con indiferencia ante su presencia, de alguna forma o de otra, el que el nombre de Dios sea blasfemado o que se burlen de las cosas sagradas. Siendo celosos por Dios, sinceramente se esfuerzan por agradar a Dios y servirle sólo a Él con todo el poder de su ser, y están preparados para abandonar al camino del sacrificio toda su vida para conducir a todos los hombres a la complacencia y el servicio de Dios. No pueden escuchar calmadamente la blasfemia, y por tanto no pueden soportar la comunión y tener amistad con los blasfemos y los que se burlan del Nombre de Dios y los que aborrecen las cosas sagradas.

Un ejemplo extremadamente notable y claro de tal ardiente celo por la gloria de Dios nos llega desde el fondo de la antigüedad del Antiguo Testamento por un gran profeta de Dios, el ardiente Elías, que se apenaba en el alma cuando veía la apostasía del pueblo de Dios, dirigido por el impío rey Acab, que introdujo en Israel la adoración pagana a Baal en lugar de la adoración al verdadero Dios.

Así clamaba a menudo, expresando su dolor: “Con gran celo he defendido la causa del Señor, el Dios de los Ejércitos; pues los hijos de Israel han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y pasado a cuchillo a tus profetas; y he quedado yo solo; y me buscan para quitarme la vida” (3º Reyes 19:10).

Y he aquí que este santo celo lo excitaba, por el poder de la gracia de Dios que estaba en él, como un castigo para Israel que había apostatado de Dios, a “cerrar el cielo” (3º Reyes 17:1; 18:42-45; Santiago 5:17-18), por lo que no hubo lluvia ni rocío durante “tres años y seis meses”.

Este mismo celo excitó más tarde a Elías a matar a los falsos profetas y sacerdotes de Baal, después del milagroso descenso del fuego del cielo sobre el monte Carmelo, para que estos impostores no pudieran alejar a los hijos de Israel de la verdadera adoración a Dios (3º Reyes 18:40).

Por el poder del mismo celo divino, San Elías hizo descender fuego del cielo, que quemó al capitán y sus cincuenta soldados que habían sido enviados por el rey para apresarlo (4º Reyes 1:9-14).

Que en realidad todo este santo celo complaciera a Dios es testificado por el hecho de que el Santo profeta Elías no muriera con la muerte usual de todos los hombres, sino que fue milagrosamente elevado al cielo en un carro de fuego, como si se demostrara su celo auténticamente ardiente por Dios (4º Reyes 2:10-12).

Pero aun así, en el estricto Antiguo Testamento, el Señor mismo mostraba a sus verdaderos siervos que cualquiera puede tener recurso en tales medidas severas solo en casos extremos, pues el Señor “no estaba en el viento. Después del viento hubo un terremoto; mas Dios no estaba en el terremoto. Y después del terremoto, un fuego, pero Dios no estaba en el fuego; y tras el fuego, un soplo tranquilo y suave” (3º Reyes 19:11-12).

Por eso, cuando Santiago y Juan, que eran especialmente fervientes en su celo por la gloria de su Divino Maestro, desearon hacer descender fuego del cielo, imitando al Santo profeta Elías, para castigar a los samaritanos que no deseaban recibirlo cuando iba de camino desde Samaria a Jerusalén, el Señor les prohibió hacer esto, diciendo: “Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del Hombre no ha venido a perder las almas de los hombres, sino para salvarlas” (Lucas 9:55-56).

Y sin embargo (que presten oído los inmoderados amantes de la paz) el Señor Jesucristo mismo, que dijo: “dejaos instruir por Mi, porque manso soy y humilde en el corazón” (Mateo 11:29), encontró a veces necesario manifestar un gran rigor y recurrir a medidas severas, enseñándonos también por el hecho, que la mansedumbre y la humildad no indican falta de carácter y que no se debe ceder cuando el mal se manifiesta, y que un verdadero cristiano debe estar alejado del empalagoso sentimentalismo y no debe alejarse de enfrentarse contra el mal que presuntuosamente se alza en su cabeza, sino que siempre debe ser intransigente con el mal, luchando contra él con todos los medios y formas a su alcance, a fin de cortar, de forma decisiva, la propagación y el fortalecimiento del mal entre los hombres.

Recordemos con qué duras palabras acusadores se dirigió el Señor a los líderes espirituales del pueblo hebreo, los escribas y fariseos, condenándolos por su hipocresía e iniquidad: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!” (Mateo 23:29), amenazándolos con el juicio de Dios.

Y cuando las palabras resultaron ser insuficientes, aplicó medidas contra los que no tenían ley en forma de obra. Así, viendo que en el Templo ellos vendían bueyes, ovejas y palomas, y se disponían allí los cambistas de dinero, “haciendo un azote de cuerdas, arrojó del Templo a todos, con las ovejas y los bueyes; desparramó las monedas de los cambistas y volcó sus mesas” (Juan 2:15).

Y conocemos por muchos otros ejemplos de la historia sagrada y de la historia de la Iglesia, que cuando las meras palabras persuasorias resultaban insuficientes, con el fin de eliminar el mal, se hacía necesario recurrir a medidas más severas y a actos más decisivos.

Pero es esencial que en tales casos estuviera realmente en una persona el puro y santo celo por la gloria de Dios, sin ninguna mezcla de amor propio o cualquier otra contienda de las pasiones humanas que solo se ocultan tras un supuesto celo santo por Dios.

En la historia de la Iglesia, el gran jerarca de Cristo, Nicolás, arzobispo de Mira en Licia, cuya memoria se celebra el 19 de diciembre según el calendario eclesiástico, se hizo glorioso por su auténtico santo celo con una decisión irreconciliable con el mal. ¿Quién no conoce a este maravilloso jerarca de Cristo?

El rasgo más característico de San Nicolás, el que le ha dado tanta gloria, es su extraordinaria misericordia cristiana: el sencillo pueblo ruso normalmente lo llama “Nicolás el misericordioso”, un título basado en los hechos de su vida y en los innumerables casos de ayuda a los hombres.

Así una vez, este gran jerarca, tan glorioso por su misericordia con el prójimo, realizó un acto que molestó a muchos y que continúa molestándoles incluso hoy, aun cuando su autenticidad es testificada por la tradición de la Iglesia contenida en nuestra iconografía y servicios divinos.

Según la tradición, San Nicolás tomó parte en el Primer Concilio Ecuménico de Nicea, que expuso una condena feroz contra el hereje Arrio, el cual negaba la divinidad de la Segunda Persona de la Santa Trinidad, el Hijo de Dios. Durante las disputas que surgieron por esto, San Nicolás no pudo escuchar con indiferencia las blasfemas conversaciones del arrogante hereje Arrió, poseído por el orgullo, que rebajaba la dignidad divina del Hijo de Dios, y ante todo el Concilio le golpeó en la cara con la mano. Esto produjo tal consternación general que los padres del concilio decretaron que el atrevido jerarca debía ser privado de su rango jerárquico. Pero aquella misma noche comprendieron el hecho por una maravillosa visión: vieron cómo el Señor Jesucristo daba a San Nicolás Su Santo Evangelio, y la Purísima Theotokos colocaba sobre sus hombros el omoforio episcopal. Entonces comprendieron que San Nicolás estuvo guiado en este hecho, no por ningún mal, ni por apasionados motivos pecadores, sino solamente por un puro y santo celo por la gloria de Dios. Y así, perdonaron al jerarca, abrogando su sentencia contra él.

Citando tan pintoresco ejemplo, no tenemos el menor deseo de decir que todos nosotros podamos o debamos seguir este ejemplo literalmente: pues cualquiera no puede ser como el gran y santo jerarca San Nicolás. Pero esto debería convencernos completamente para que no permanezcamos indiferentes o estemos despreocupados por el mal del mundo, especialmente cuando el asunto que se trata es sobre la gloria de Dios, nuestra santa fe y la Iglesia. Aquí debemos demostrar ser completamente inflexibles, y no atrevernos a entrar en ninguna clase de compromiso astuto o cualquier reconciliación, incluso puramente exterior, o sobre cualquier cosa que esté de acuerdo con el mal. A nuestros enemigos personales, según el mandamiento de Cristo, debemos perdonarles todo, pero con los enemigos de Dios, no podemos ser pacíficos. La amistad con los enemigos de Dios nos hace a nosotros mismos también enemigos de Dios: eso es una traición hacia Dios, bajo cualquier pretexto bienintencionado que se pueda dar, y aquí, ninguna clase de astucia o auto justificación puede ayudarnos.

Es interesante señalar cuán desagradable es este acto de San Nicolás para todos los contemporáneos consentidores del mal, esos propagadores del falso “amor cristiano” que se dispone para reconciliarse no solo con herejes, perseguidores de la fe y de la Iglesia, sino incluso con el mal mismo, en nombre del “amor universal” y “la unión de todos”, slogan que se ha convertido en algo tan de moda en nuestros días. En aras a esto, estos consentidores se esfuerzan incluso en refutar el hecho mismo de la participación de San Nicolás en el Primer Concilio Ecuménico, aun cuando este hecho es aceptado por nuestra Santa Iglesia y por lo tanto debe ser respetado por todos nosotros como confiable.

Todo esto sucede, por supuesto, porque entre la gente contemporánea, incluso quienes se llaman a sí mismos “cristianos” no hay un auténtico santo celo por Dios y su gloria, no hay celo por Cristo nuestro Salvador, celo por la Santa Iglesia y por cualquier cosa sagrada de Dios. En lugar de eso, prevalece una tibia indiferencia, una actitud indiferente a todo excepto al propio bienestar terrenal, con una carencia de memoria sobre el justo juicio de Dios que infaliblemente nos espera a todos, y con una eternidad que será revelada tras la muerte.

Y sin este santo celo, como enfatizamos en el principio, no hay un verdadero cristianismo, no hay una autentica vida espiritual, una vida en Cristo. Así pues, esto ha sido reemplazado ahora por toda clase de sustitutos baratos, a veces demasiado baratos, que sin embargo, a menudo responden a los gustos y actitudes del hombre contemporáneo. Y de este modo, esos pseudo-cristianos, que hábilmente cubren su vacío espiritual por la hipocresía, a menudo tienen gran éxito en la sociedad contemporánea, cuya auténtica espiritualidad se ha manifestado clara, mientras que los celosos por la gloria de Dios son despreciados y perseguidos como “gente problemática”, “fanáticos intolerantes”, “gente que está pasada de moda”.

Y por eso, incluso ahora, ante nuestros ojos se está produciendo la “criba”: algunos permanecerán con Cristo hasta el fin, y algunos se unirán fácilmente y naturalmente al batallón del oponente, el anticristo, especialmente cuando la hora del temible juicio vendrá sobre nuestra fe, cuando precisamente sea necesario mostrar en plenitud el completo poder de nuestro santo celo, que es odiado por muchos como si fuera un “fanatismo”.

Pero al mismo tiempo no debemos olvidar que, además del verdadero y santo celo, hay también un celo sin entendimiento, un celo que pierde su valor a causa de la ausencia de una importante virtud cristiana: el discernimiento, y por lo tanto, en lugar de provecho, puede aportar daño.

Y hay igualmente un falso y mentiroso celo, tras la máscara del cual se oculta el rostro de las pasiones humanas ordinarias, muy frecuentemente el orgullo, el amor al poder y el honor, y los intereses de partidos políticos como los que desempeñan el papel principal en la lucha de la vida política, y para los cuales no puede haber lugar para la vida espiritual, la vida pública de la Iglesia, y que, desgraciadamente, a menudo se produce en nuestro tiempo y es un instigador principal de todas las disputas y perturbaciones imaginables en la Iglesia, y a menudo los productores y los instigadores de esta trama se esconden tras algún tipo de supuesto idealismo, pero en realidad persiguen sus propios objetivos personales, tratando de complacer a Dios por su propio interés, y no siendo celosos para la gloria de Dios, sino para su propia gloria y la gloria de sus colaboradores y partidarios.

Todo esto, no hace falta decirlo, es profundamente ajeno al verdadero santo celo, es hostil a él, es pecador y criminal, pues solo pone en peligro a nuestra Santa Fe e Iglesia.

Y así, esta es la elección que tenemos ante nosotros: ¿estamos con Cristo o con el anticristo?

“El tiempo está cerca” (Apocalipsis 22:10); así incluso nos advertían los santos apóstoles. Y si entonces estaba “cerca”, en tiempos apostólicos”, ¿cuán “cercano” se ha hecho ahora, en nuestros ominosos días en los que se hace manifiesta la apostasía a Cristo y la persecución contra nuestra Santa Fe y nuestra Santa Iglesia?

Y si estamos firmemente decididos, en estos días aciagos, en permanecer con Cristo, no solo en palabras sino con hechos, entonces, es absolutamente indispensable en este momento, sin aplazarlo más, el romper incluso los lazos de amistad y toda forma de comunión con los siervos del anticristo que se acerca, el cual ha reclutado a muchos de ellos en el mundo contemporáneo bajo mentirosos pretextos de paz universal y “prosperidad” y sobre todo debemos liberarnos de toda sumisión incondicional a ellos y nuestra dependencia a ellos, incluso si esto pudiera estar vinculado a un perjuicio para nuestro bienestar terrenal o incluso a un peligro para la vida terrenal en sí misma.

La eternidad es más importante que nuestra breve existencia en la tierra, y es precisamente por eso por lo que debemos prepararnos.

Por lo tanto, solo el santo celo por Dios, por Cristo, sin mezcla de ninguna argucia o política astuta y ambigua, debe guiarnos en todas nuestras obras y acciones.

De lo contrario, nos amenaza una severa sentencia: “Así, porque eres tibio, y ni hirviente ni frío, voy a vomitarte de mi boca” (Apocalipsis 3:16).

“Ten, pues, ardor y conviértete” (Apocalipsis 3:19).

Traducido por P.A.B

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