La recepción frecuente de los Santos Misterios es beneficiosa y salvífica

Icono de la Eucaristía

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Parte II, capítulo 2 de: “Concerniente a la comunión frecuente”

 

Por San Nicodemo el Agiorita

San Nicodimmo Aghiorita

San Nicodimmo Aghiorita

 

 

Tanto el alma como el cuerpo reciben un gran beneficio de los divinos Misterios, antes de comulgar, cuando comulga, y después de comulgar. Antes de que alguien comulgue, debe llevar a cabo una preparación necesaria, es decir, confesar al padre espiritual, hacer acto de contrición, tener compunción, aprender a vigilarse a sí mismo con precaución, y eliminar de sí mismo las pasiones (tanto como sea posible) y los pensamientos malignos. Cuanto más practica el cristiano el autocontrol, la oración, la vigilancia, más piadoso se convierte y mejor realiza sus buenas obras, contemplando que va a recibir a un Rey terrible en su interior. Esto es incluso más cierto cuando considera que va a recibir la gracia de la Santa comunión en proporción a su preparación. Cuanto más a menudo se prepare uno, más beneficios recibe. (93).

Cuando un cristiano comulga la Santa Comunión, ¿quién puede comprender los dones y los carismas que recibe? O, ¿cómo puede nuestra lengua inepta enumerarlos? Por esta razón, expondremos ahora, uno tras otro, a  los sagrados maestros de la Iglesia para que nos comenten estos dones, con sus elocuentes bocas inspiradas por Dios.

San Gregorio el teólogo dice:

Cuando el sagrado cuerpo de Cristo es recibido y comido de una manera apropiada, se convierte en un arma contra los que luchan contra nosotros, hace volver a Dios a los que lo habían abandonado, fortalece a los débiles, otorga la salud los tristes, sana a los enfermos, y preserva la sanidad del cuerpo. Mediante ella nos hacemos mansos y más dispuestos a aceptar la corrección, más pacientes en las penas, más fervientes en nuestro amor, más detallados en nuestro conocimiento, más dispuestos a obedecer, y más receptivos en los trabajos de los carismas del Espíritu Santo. Pero todo lo opuesto sucede a los que no reciben la comunión de una forma adecuada (94).

Los que no reciben la comunión frecuentemente sufren cosas totalmente opuestas, porque no son sellados con la preciosa sangre de nuestro Señor, como el mismo San Gregorio el teólogo dice: “Entonces el Cordero es inmolado, y con la preciosa sangre son selladas la acción y la razón, esto es, el hábito y la actividad mental, los postes de nuestras puertas. Me refiero, por supuesto, con “puertas”, a los movimientos y nociones del intelecto, que son abiertas y cerradas correctamente por la visión espiritual” (95).

San Efrén el sirio escribe:

Hermanos, practiquemos el silencio, el ayuno, la oración y las lágrimas; reunámonos juntos en la Iglesia; trabajemos con nuestras manos; hablemos sobre los Santos Padres; seamos obedientes a la verdad, y escuchemos las divinas Escrituras, para que nuestras mentes no se hagan estériles (y broten así las espinas de los malos pensamientos). Y hagámonos ciertamente dignos de participar de los divinos e inmaculados Misterios, para que nuestra alma pueda ser purificada de los pensamientos de incredulidad e impureza, y para que el Señor habite en nosotros y nos libre del maligno.

El divino Cirilo de Alejandría dice que, a causa de la divina Comunión, esos ladrones mentales que son los demonios no encuentran oportunidad para entrar en nuestras almas por los sentidos:

Debes considerar tus sentidos como la puerta a una casa. Por los sentidos, las imágenes de las cosas entran en el corazón, y por los sentidos, una multitud innumerable de deseos se vierten en él. El profeta Joel llama a estos sentidos ventanas, diciendo: “Entran por las ventanas como el ladrón” (Joel 2:9), porque estas ventanas no están marcadas con la preciosa sangre de Cristo. Por otra parte, la ley mandaba que, después del sacrificio del cordero, los israelitas fueron a pintar las dinteles y las jambas de sus casas con esta sangre, mostrando así que la preciosa sangre de Cristo protege nuestra morada terrenal, es decir, nuestro cuerpo, y que la muerte provocada por la transgresión es repelida por nuestro gozo en la participación de la vida (esto es, la Comunión dadora de vida). Además, por nuestro sellamiento (con la sangre de Cristo) distanciamos de nosotros mismos al destructor (96).

El mismo divino Cirilo dice en otro lugar que, por la Comunión, somos limpiados de toda impureza del espíritu y recibimos entusiasmo y fervor para hacer el bien: “La preciosa sangre de Cristo no solo nos libera de toda corrupción, sino que también nos limpia de toda impureza unida y oculta en nosotros, y no nos permite crecer inertes a causa de la pereza, sino que nos hace fervientes en el Espíritu” (97).

San Teodoro el estudita describe maravillosamente el beneficio que se recibe de la comunión frecuente:

Las lágrimas y la contrición tienen un gran poder. Pero la comunión de los Dones santificados, sobre todo, tienen especialmente gran poder y beneficio, y viendo que sois tan indiferentes hacia ella y no la recibís frecuentemente, me hallo en un gran y profundo asombro. Pues veo que solo recibís la Comunión los Domingos, pero, si hay liturgia en cualquier otro día, no comulgáis, aun cuando yo estaba en el monasterio y cada uno de vosotros tenía permiso para comulgar todos los días, si lo deseaba. Pero ahora, la liturgia se celebra con menor frecuencia, y todavía no comulgáis. Digo estas cosas, no porque desee que comulguéis simplemente, sin orden ni concierto, sin preparación (pues está escrito: “Pero pruébese cada uno a sí mismo, y así como del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe, no haciendo distinción del Cuerpo del Señor, como y bebe su propia condenación” [1ª Corintios 11:28-29]). No, no digo eso. ¡Dios no lo quiera! Digo que debemos, mediante nuestro deseo de comulgar, purificarnos a nosotros mismos tanto como sea posible y hacernos dignos de los Dones. Pues el Pan bajado del cielo es participación en la vida: “Si uno come de este pan vivirá para siempre, y por lo tanto el pan que Yo le daré es la carne mía para la vida del mundo” (Juan 6:51). Y de nuevo dice: “El que come este pan vivirá eternamente” (Juan 6:58).

¿Veis el inefable don? No solamente murió por nosotros, sino que también se nos entrega a sí mismo como alimento. ¿Quién podría mostrar más amor que este? ¿Qué es más salvífico para el alma? Por otro lado, nadie deja de participar cada día de la comida y de la bebida de la mesa común. Y, si sucede que alguien no come, se desmaya grandemente. Y no estamos hablando aquí de un pan ordinario, sino del Pan de vida; ni tampoco sobre una copa ordinaria, sino sobre el Cáliz de la inmortalidad. ¿Y consideramos la Comunión como un tema indiferente, completamente innecesario? ¿No es irracional y loco este pensamiento? Si esto es lo que ha sucedido hasta ahora, hijos míos, os pido que a partir de ahora os preocupéis por vosotros mismos y, conociendo el poder de este Don, os purifiquéis a vosotros mismos tanto como sea posible y participéis de las Cosas Santas. Y si sucede que estamos ocupados con los quehaceres y trabajos, tan pronto como oigamos el simandrón llamándonos a la Iglesia, dejemos nuestro trabajo y vayamos a participar de los Dones con gran deseo. Y esto (es decir, la comunión frecuente) ciertamente nos beneficiará, pues nos mantendremos puros por medio de nuestra preparación para la Comunión. Si no comulgamos frecuentemente, nos es imposible el no estar sujetos a las pasiones. La Comunión frecuente se convertirá para nosotros en un compañero para la vida eterna (98).

Así, hermanos míos, si practicamos lo que los santos padres nos han exhortado y comulgamos frecuentemente, no solo tendremos el apoyo y la ayuda de la gracia divina en esta vida tan corta, sino que también tendremos a los ángeles de Dios como auxilio, y así mismo, al verdadero Maestro de los ángeles. Por otra parte, los demonios hostiles estarán muy alejados de nosotros, como dice el divino Crisóstomo:

“Volvámonos, entonces, a esta Mesa como leones respirando fuego, habiendo aterrorizado al maligno, pensando en nuestra Cabeza (Cristo) y en el amor que ha mostrado por nosotros… Esta sangre hace que la imagen de nuestro Rey esté siempre presente en nosotros, produce una belleza indescriptible y, refrescando y alimentando nuestra alma frecuentemente, no permite que su nobleza se consuma… Esta sangre, recibida dignamente, ahuyenta a los demonios y los mantiene lejos de nosotros, mientras que nos hace presentes a los ángeles y al Señor de los ángeles. Pues donde quiera que ven la sangre del Maestro, los demonios huyen y los ángeles acuden a reunirse con nosotros… Esta sangre es la salvación de nuestras almas. Por ella, el alma es lavada, es hecha hermosa y es inflamada; y produce que nuestra inteligencia sea más brillante que el fuego y hace que el alma sea más resplandeciente que el oro… Los que participan de esta sangre se sitúan con los ángeles y los poderes que están arriba, vestidos con la misma vestidura real, dispuestos con armas espirituales. Pero no he dicho nada grandioso en esto, pues están revestidos incluso con el Rey mismo (99).

¿Veis, mis amados hermanos, cuán maravilloso carisma recibís si comulgáis frecuentemente? ¿Veis que con la Comunión frecuente la inteligencia es iluminada, la mente es hecha resplandeciente, y los poderes del alma son purificados? Si también deseáis eliminar las pasiones de la carne, id a comulgar frecuentemente y tendréis éxito. Cirilo de Alejandría nos confirma esto: “Recibid la Santa Comunión creyendo que nos libera no solo de la muerte, sino también de cualquier enfermedad. Y esto se debe a que, cuando Cristo habita en nosotros por la comunión frecuente, pacifica y calma la feroz guerra de la carne, enciende la piedad y sofoca las pasiones” (100).

Por lo tanto, sin la frecuente Comunión no podemos ser liberados de las pasiones y ascender a las alturas de la templanza, así como los israelitas, si no hubieran comido la pascua en Egipto, no habrían sido capaces de ser liberados. Pues Egipto significa una vida apasionada, y si no recibimos frecuentemente el precioso Cuerpo y Sangre de nuestro Señor (todos los días, si fuera posible), no seremos capaces de ser liberados de los noéticos Faraones (esto es, las pasiones y los demonios). Según Cirilo de Alejandría: “Mientras los israelitas eran esclavos de los egipcios, sacrificaron el cordero y comieron la pascua. Esto muestra que el alma del hombre no puede ser liberada de la tiranía del maligno por cualquier otro medio, excepto participando de Cristo. Pues Él mismo dice: “Si, pues, el Hijo os hace libres, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36) (101).

De nuevo, San Cirilo dice: “Ellos tuvieron que sacrificar el cordero, siendo como era una imagen de Cristo, pues no podrían haber sido liberados por cualquier otro medio” (102).

Así pues, si también deseamos huir de Egipto, a saber, del oscuro y opresivo pecado, y escapar del Faraón, esto es, de la tiranía noética (según San Gregorio el Teólogo) [103], y heredar la tierra del corazón y de la promesa, debemos tener como nuestro general (así como los israelitas tenían a Josué, el hijo de Nun como su general) a nuestro Señor Jesucristo por la frecuente recepción de la Comunión. De esta forma seremos capaces de conquistar a los cananitas y a los extraños, que son las perturbadoras pasiones de la carne, y a los gabaonitas, que son los despectivos pensamientos, para que seamos capaces de permanecer en Jerusalén, que es interpretado como “paz sagrada” (como opuesta a la paz del mundo), como dice nuestro Señor: “Os dejo la paz, os doy la paz mía; no os doy Yo como da el mundo” (Juan 14:27). Es decir, “Mi paz os doy, oh discípulos míos, la sagrada y santa paz, no la paz del mundo, que a menudo mira también a la maldad”.

Permaneciendo en la paz sagrada, seremos considerados dignos de recibir en nuestro corazón la promesa del Espíritu, así como los apóstoles permanecieron y esperaron en Jerusalén, según el mandato del Señor, y recibieron la perfección y la gracia del Espíritu el día de Pentecostés. Pues la paz es un carisma que atrae a todos los otros carismas divinos, y el Señor habita en paz, como dice el profeta Elías, pues Dios no estaba ni el poderoso y feroz viento, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en la brisa suave y tranquila (104).

Sin embargo, sin las otras virtudes, no se puede adquirir la paz. Y la virtud no se puede alcanzar sin obedecer los mandamientos. Y ningún mandamiento es perfeccionado sin amor, y el amor no es renovado sin la divina Comunión. Por tanto, sin la divina Comunión, trabajamos en vano.

Muchos obtienen una gran variedad de virtudes por sí mismos, pensando que pueden ser salvados por esto sin la comunión frecuente, cosa que es, sin embargo, fundamentalmente imposible. Pues no quieren obedecer a la voluntad de Dios y comulgar frecuentemente, según los cánones de la Iglesia, cuando vienen a cada fiesta litúrgica.

Para tal gente, Dios dice por medio del profeta Jeremías: “Me han abandonado a Mí, fuente de aguas vivas, para excavarme cisternas, cisternas rosas, que no pueden retener el agua” (Jeremías 2:13). Es decir, “Me han abandonado a Mí, Dios, quien soy la fuente del agua vivificadora, esto es, la virtud y carisma del Espíritu Santo, y excavaron para sí mismos pozos llenos de agujeros, que no retienen el agua”. De nuevo dice por medio del profeta Isaías: “Me buscan día tras día y se deleitan en conocer mis caminos, como si practicasen la justicia, y no hubiesen abandonado la ley de su Dios. Me piden juicios justos, y pretenden acercarse a Dios. Dicen: ‘¿Por qué ayunamos, si Tú no lo ves? ¿Por qué hemos humillado nuestra alma, si Tú te haces el desentendido? Es porque en vuestro día de ayuno andáis tras vuestros negocios y apremiáis a todos vuestros trabajadores. He aquí que ayunáis para hacer riñas y pleitos, y para herir a otros, impíamente, a puñetazos. No ayunéis como ahora, si queréis que en lo alto se oiga vuestra voz. ¿Es este el ayuno que Yo amo? ¿Es este el día que el hombre debe afligir su alma? Encorvar la cabeza como el junco y tenderse sobre saco y ceniza, ¿a esto llamáis ayuno, día acepto a Dios?’” (Isaías 58:2-5).

Es decir, “ellos me buscaban a diario y deseaban aprender la sabiduría de mi providencia, como si fueran justos que guardaran los mandamientos de Dios. Y dicen: “Señor, ¿por qué no nos ves cuando ayunamos? ¿Por qué no quieres saber que sufrimos tales tribulaciones?”. Y Dios responde: “No os escucho. Pues cuando ayunáis, continuáis obrando con mala voluntad. No quiero tal ayuno, ni tales tribulaciones. E incluso si estuvierais en lecho de ceniza en el suelo y revestidos de cilicio, aun así no acepto tal ayuno”.

Sin embargo, cuando los trabajos y las virtudes son llevados a cabo según la voluntad de Dios, entonces son aceptables para Él y beneficiosos. La voluntad de Dios es que hagamos lo que nuestro Señor nos manda, cuando nos dice: “El que de Mí come la carne y de Mí bebe la sangre, tiene vida eterna” (Juan 6:54). Esto no es solo un mandamiento, sino el principal de todos los mandamientos, pues constituye y perfecciona al resto de los mandamientos.

Por tanto, amados míos, si deseáis encender en vuestro corazón el divino amor y adquirir el amor por Cristo, y con este amor adquirir el resto de las virtudes, acudid regularmente a la Santa Comunión. Pues es imposible que alguien no ame a Cristo, y sea amado por Cristo cuando participa frecuentemente de su Santo Cuerpo y Sangre. Esto es algo natural, como vamos a ver.

Muchos se preguntan: ¿por qué los padres aman a sus hijos? ¿Y por qué los hijos aman a sus padres a la vez? Y respondemos que nadie se ha odiado nunca o a su propio cuerpo. Así, es natural para los hijos amar a sus padres, porque sus cuerpos vienen de los cuerpos de sus padres, y comen y se alimentan por la sangre de sus madres, mientras están en el vientre y después de haber nacido (pues la leche no es otra cosa que la sangre que se ha convertido en blanca). Por estas razones, yo digo que es una ley natural para los hijos amar a sus padres y, del mismo modo, para los padres el amar a sus hijos a la vez, porque han sido concebidos de sus propios cuerpos. De la misma forma, cuanto más frecuentemente recibimos el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor, más se reaviva el deseo y el amor por Él. Por un lado, esto se debe a que cuanto más frecuentemente participan los cristianos de este Cuerpo y Sangre que vivifica la vida y la hace fluir, más los enardece al amor, incluso si son los más ingratos y duros de corazón de todos. Por otro lado, es debido a que el conocimiento de nuestro amor por Dios no es algo ajeno a nosotros, sino que es sembrado de forma natural en nuestro corazón desde el momento en el que nacemos según la carne, y cuando hemos renacido según el Espíritu en el Santo Bautismo. Por cualquier causa, esta chispa natural inmediatamente arde, como dice el sabio Basilio:

“Junto con la creación del animal (quiero decir el hombre), la semilla de la palabra fue implantada en nosotros, teniendo en sí misma la tendencia de incitarnos al amor. Los alumnos en la escuela de los mandamientos de Dios, habiendo recibido su palabra, son capaces por la gracia de Dios de ejercitarla con esmero. Debéis saber que esta virtud, aunque única, ya cumple y satisface por su eficacia cualquier mandamiento” (105).

En otras palabras, cuando el hombre fue creado, fue sembrado en él, al instante, un cierto poder que naturalmente genera el amor por Dios. El cumplimiento de los mandamientos de Dios diligentemente cultiva este poder, alimenta su conocimiento, y lo perfecciona por la gracia de Dios. Esta virtud del amor por Dios, aunque solo sea una virtud, contiene y activa el resto de los mandamientos.

Este poder natural para amar a Dios es fortalecido, aumentado y perfeccionado por la comunión frecuente del Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor. Por esta razón San Cipriano escribe que, cuando los mártires se preparaban para acudir a su martirio, primero participaban de los inmaculados Misterios, y siendo así fortalecidos por la Santa Comunión eran inflamados con el amor por Dios y acudían al circo como corderos al esquilador. Y en agradecimiento por el Cuerpo y la Sangre de Cristo que habían recibido, derramaban su propia sangre y entregaban sus cuerpos a varias torturas.

¿Hay algo bueno, oh cristiano, que puedas desear tener, que la frecuente Comunión no te pueda dar? ¿Deseas regocijarte todos los días? ¿Deseas celebrar la brillante Pascua cuando mejor te parezca y exultar con inexpresable gozo durante esta triste vida? Acude frecuentemente a los Misterios como dice el apóstol, y como igualmente dice el divino Crisóstomo:

Durante la Gran Cuaresma sucede, pero una vez al año. Mas celebramos la Pascua (esto es, recibimos la Comunión) tres veces por semana o incluso cuatro. Así, diciéndolo mejor, tan a menudo como queremos. Pues la Pascua no consiste en ayunar, sino en el Ofrecimiento y Sacrificio que tiene lugar durante la celebración diaria. Y como testimonio de que esto es verdad, escuchemos a Pablo, que dice: “Porque ya nuestra Pascua, Cristo, ha sido inmolada” (1ª Corintios 5:7). Por lo tanto, tanto como participéis de la Comunión con una conciencia pura, celebráis la Pascua; no cuando ayunáis, sino cuando participáis de este Sacrificio… El catecúmeno nunca celebra la Pascua, aunque pueda ayunar cada año durante la Cuaresma, porque no comulga del Ofrecimiento. Así pues, aun cuando la persona que no ayunó, se acerca con una conciencia pura, celebra la Pascua, y lo hace hoy, mañana o en cualquier momento en el que participa de la Comunión. Pues una buena y propia preparación para la Comunión no es juzgada por la longitud del tiempo, sino por una conciencia pura” (107).

Así pues, por mucho que ayunéis para la Pascua, si no comulgáis, no celebráis la Pascua, como el divino padre nos acaba de decir. Y mientras no estemos preparados para recibir el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor no podremos celebrar verdaderamente el domingo o las otras fiestas del año, porque no se posee la causa y ocasión para la fiesta, que es el dulcísimo Jesucristo, y no se posee el gozo espiritual que provee la divina Comunión.

Todos los que piensan que la Pascua y las fiestas consisten en abundantes artoclasias (108), encender velas, el incienso fragante, y los plateados y dorados recipientes que adornan la Iglesia, están engañados (109). Pues Dios no busca tales cosas en nosotros, como dice por el profeta Moisés: “Ahora, oh Israel, ¿qué es lo que el Señor, tu Dios, te pide, sino que temas al Señor, tu Dios, que andes en todos sus aminos, y que le ames, y que sirvas al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, guardando los mandamientos de Dios y preceptos que hoy te mandó para bien tuyo?” (Deuteronomio 10:12-13).

Nuestra preocupación ahora no es discutir sobre piadosos ofrecimientos hechos en la Iglesia y si son buenos o no. Estos, ciertamente, son buenos, pero junto con ellos debemos también ofrecer la obediencia a los santos mandamientos de nuestro Señor, y preferir esto a todo lo demás. Según dice el profeta David: “Mi sacrificio, oh Dios, es el espíritu compungido; Tú no despreciarás, Señor, un corazón contrito y humillado” (Salmos 50:19).

El apóstol Pablo, en su carta a los hebreos, dice: “Sacrificio y oblación no los quisiste, pero un cuerpo me has preparado” (Hebreos 10:5). Lo que significa: “Oh Señor, no deseas que te presente todos los otros sacrificios y ofrendas, sino que me acerque a los Santos Misterios y reciba el santísimo Cuerpo de Tu Hijo, que has dispuesto para mí sobre la Santa Mesa, pues también esto es tu voluntad”. Por esta razón, queriendo mostrar que está listo para obedecer, el salmista dice: “Entonces he dicho: ‘He aquí que vengo’. En el rollo del libro me está prescrito hacer tu voluntad; tal es mi deleite, Dios mío, y tu Ley está en el fondo de mi corazón” (Salmos 39:8-9). Esto es: “He aquí Señor que he venido a hacer tu voluntad con toda solicitud, para cumplir tu ley con todo mi corazón”.

Por esta razón, si queremos nuestra salvación, debemos hacer la voluntad de Dios y obedecer sus mandamientos como hijos y con gozo, y no como esclavos y con temor. Pues el temor mantiene los antiguos mandamientos, mientras que el amor expone los mandamientos evangélicos. Esto es, los que estuvieron bajo la ley guardaron los mandamientos y estatutos de la ley por temor, no siendo así castigados y disciplinados. Pero los cristianos, desde que no estamos bajo la ley, debemos cumplir los mandamientos del Evangelio, no por temor, sino por amor, y debemos cumplir la voluntad de Dios como hijos.

La maravillosa y antigua voluntad de Dios Padre era proveer a su Hijo Unigénito y nuestro Señor Jesucristo con un cuerpo, como dice el apóstol (110). Esto es, por su Hijo, el encarnarse y verter Su sangre para la salvación del mundo, y para los cristianos el participar frecuentemente de Su Cuerpo y de Su Sangre. Así, estaremos a salvo de los engaños y maquinaciones del mal durante esta vida presente, y cuando nuestras almas partan de nosotros, volarán como una paloma en libertad y gozarán en el cielo, sin ser impedido el paso por los espíritus que acechan en el aire.

Y esto es verificado por el divino Crisóstomo, que dice:

Además, otra persona me dijo (dice ‘otra persona’ porque de antemano habló de otra persona que le había descrito una visión diferente) no habiéndolo escuchado de nadie mas, sino habiéndolo considerado él digno de ser escuchado y visto, con relación a los que están a punto de abandonar esta vida, que si participan de los Misterios, con una conciencia pura, cuando están a punto de espirar, los ángeles los protegen a causa de lo que han recibido, y los llevan con ellos (al cielo) (111).

Así, hermanos míos, puesto que no sabéis cuando vendrá la muerte, si hoy, o mañana, o en esta misma hora, debéis siempre haber comulgado de los inmaculados Misterios para estar preparados. Y si es la voluntad de Dios que continuéis en esta vida presente, viviréis una vida, por la gracia de la Santa Comunión, llena de gozo, llena de paz, y llena de amor, acompañada por todas las demás virtudes. Pero, si es la voluntad de Dios que muráis, a causa de la Santa Comunión pasaréis libremente a través de los puestos de peaje de los demonios que se encuentran en el aire, y moraréis con gozo inexplicable en las mansiones eternas (112). Pues mientras estéis siempre unidos a nuestro dulcísimo Señor Jesucristo, el poderoso Rey, viviréis aquí una vida bendita, y cuando muráis, los demonios huirán de vosotros como un rayo y los ángeles abrirán la entrada celestial para vosotros y entraréis en procesión hasta el trono de la Santísima Trinidad (113).

¡Oh qué majestuosos beneficios disfrutan los cristianos por la frecuente Comunión, tanto en esta vida presente como en la vida futura!

¿Te gustaría, oh cristiano, por los más pequeños errores que hayas cometido como hombre, tanto con tus ojos como con tus oídos, ser perdonado? Acércate a los Misterios con temor y con un corazón contrito (114), y te serán remitidos y perdonados. San Atanasio de Antioquía confirma esto:

Si caemos en pequeños y perdonables pecados a causa de nuestro ser humano, ya sea por nuestra lengua, oídos, ojos, y si somos víctimas del engaño de la vanagloria, o la tristeza, o el enojo, o cualquier otro pecado parecido, condenémonos a nosotros mismos y confesemos a Dios. Así pues, participemos de los Santos Misterios, creyendo que la recepción de los divinos Misterios es para la purificación de estos pequeños pecados (115).

Muchos otros santos también testifican esto. El divino Clemente de Roma dice: “Habiendo participado del precioso Cuerpo y Sangre de Cristo, demos gracias a Aquel que nos ha considerado dignos de participar de Sus Santos Misterios, y pidamos que esto no sea para nuestra condenación, sino para nuestra salvación… para el perdón de los pecados” (116)

San Basilio el Grande dice: “Y hagámonos dignos de participar sin condenación en los inmaculados y vivificadores Misterios, para el perdón de los pecados” (117).

El divino Crisóstomo dice: “Que los que quieren participar de ellos deben estar en vigilancia de espíritu, para el perdón de los pecados” (118).

Si bien la confesión y el cumplimiento de una regla ascética es posible para el perdón de los pecados, la divina Comunión es también necesaria. El primero elimina los gusanos de una fétida herida, luego corta la piel podrida, y finalmente aplica el ungüento sobre ella para que sea sanada, pues si se deja sin tratar, vuelve a su estado anterior, y lo mismo es verdadero en el caso del pecado. La confesión elimina los gusanos, el cumplimiento de una regla ascética corta la piel muerte, y la divina Comunión la sana como un ungüento. Pues si la divina Comunión no es así aplicada, el pobre pecador se vuelve a su anterior condición, “y el estado último de ese hombre viene a ser peor que el primero” (Mateo 12:45).

¿Escucháis, mis queridos cristianos, cuántos carismas recibís de la frecuente Comunión? ¿Qué vuestros pequeños y perdonables pecados son perdonados y vuestras heridas son tratadas y restablecidas completamente? ¿Qué es más bendito para vosotros que el prepararos siempre para recibir la Comunión, y con la preparación  y la ayuda de la divina Comunión encontraros libres de pecado? Pues, ¿vosotros que terrenalmente sois puros, seréis puros como los ángeles? ¿Puede haber mayor felicidad que esta?

Y os diré algo aún más grande, mis hermanos. Si frecuentemente os acercáis a los Misterios y participáis dignamente de este inmortal y glorioso Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo, y os hacéis un solo cuerpo y una sola sangre con el santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, la energía y el poder vivificador, entonces, en la resurrección de los justos, vuestro cuerpo será llevado a la vida y resucitado incorruptible y glorificado igual que el de Cristo, como el divino apóstol escribe a los filipenses: “el cual vendrá a transformar el cuerpo de la humillación nuestra conforme al cuerpo de la gloria Suya, en virtud del poder de Aquel que es capaz para someterle a Él mismo todas las cosas” (Filipenses 3:21).

Todas estas grandes dignidades sobrenaturales y gracias de las que hemos hablado hasta ahora son recibidas por todos los cristianos que participar de los divinos Misterios de nuestro dulcísimo Señor Jesucristo con una conciencia pura; y ciertamente todavía más cuando estos son recibidos, cosa que no hemos mencionado en aras a la brevedad.

Después de que alguien recibe la Comunión, piensa en el temor y en los Misterios de los que ha participado, por lo que tiene cuidado de sí mismo para no deshonrar esta gracia. Teme sus pensamientos (logismoi), escapa de ellos, y se protege a la vez de ellos. Empieza una correcta y virtuosa vida, y, tanto como es posible, se abstiene de todo mal. Cuando empieza a pensar en el hecho de que recibirá la comunión de nuevo en pocos días, redobla sus esfuerzos para vigilarse a sí mismo. Pone más celo a su celo, autocontrol al autocontrol, vigilancia a la vigilancia, a la labor añade más labor, y lucha tanto como es posible. Esto es porque está apremiado por dos frentes: por un lado, porque ha recibido hace muy poco la Comunión, y por otro lado, porque la recibirá de nuevo en poco tiempo.

Notas:

94. Nota del traductor original: Esta cita está tomada de Genadios Scholarios (De Sacramentali Corpore Christi 1, PG 160, 357 A), quien mismamente dice que está citada del “divino Gregorio”.

95. Oratio 45.15, PG 36, 644B; NPNF (V2-07), 428.

96. Glaphyra in Exodum 2.2, PG 69; 428B.

97. De Adoratione et Cultu in Spiritu et Veritate 17, PG 68, 1077D

98. Small Catechesis 107 (Mikra Katechesis [Tesalónica: Orthodoxos Kypsele, 1894], 271-272).

99. Sobre Juan, 46.3-4, PG 59, 260-262; NPNF (V1-14), 164-165.

100. In Joannis Evangelium 4.2, PG 73, 585 A.

101. Glaphyra in Exodum 2.2, PG 69, 421A-421B.

102. De Adoratione Et Cultu in Spiritu et Veritate 1, PG 68, 205D.

103. Cf. Oratio 45.15, PG 36, 644A ; NPNF (V2-07), 428

104. Cf. 3 Reyes. (1 Reyes) 19 :11-12.

105. Regulae Fusius 2.1, Pg 31, 908C; San Basilio: Trabajos ascéticos, 233.

106. Cf. 1 Cor. 5:7.

107. Adversus Judaeos 3.4-5, PG 48, 867-868.

108. Nota del traductor original: La artoclasia es un servicio festivo llevado a cabo durante las Grandes Vísperas, consistente en una procesión, himnos, letanías, y la bendición de cinco panes junto con trigo, vino y aceite.

109. Nota del traductor original: Concerniente a este tema, ver San Simeón el nuevo Teólogo, Etnical Discourses 14, SC 129, 422-442; On the Mistical Life, vol. 1 (Crestwood: St. Vladimir’s Seminary Press, 1995), 172-181.

110. Cf. Heb. 10:5-10.

111. De Sacerdotio 6.4, SC 272, 318; NPNF (V1-09), 76.

112. Cf. Jn 14:2.

113. Nota del traductor original: Ver San Simeón de Tesalónica, De Ordine Sepulturae, ch. 360, concerniente a la necesaria frecuencia de la Comunión, especialmente sus beneficios en el momento de la muerte (PG 155, 672B-673ª).

114. Cf. Salmos 50:19.

115. Cf. Quaestiones 7, PG 89, 385C-389D. Nota del Webmaster: sobre pp. 162-195 se encuentra una explicación más detallada sobre lo que se entiende por “pecados pequeños y perdonables”. En la Objeción 8, San Nicodemo plantea la siguiente pregunta: “Siendo seres humanos, ¿no están los cristianos perturbados por la gula, la vanagloria, la risa, las habladurías, y otras pasiones semejantes? ¿Cómo, entonces, pueden comulgar frecuentemente?”. Así, continúa:

San Atanasio de Antioquía responde a esta gente diciendo:

Hay mucha gente que a pesar de su infrecuente Comunión cae en el pecado. Hay otros que comulgan más frecuentemente, y así se protegen grandemente de muchos males, temiendo el juicio de la Santa Comunión. Por lo tanto, si caemos en algún pequeño y perdonable pecado a causa de nuestro ser humano, ya sea con la lengua, los oídos, los ojos, y caemos como víctimas del engaño en la vanagloria, en la tristeza, en la angustia, o en cualquier pecado parecido, condenémonos a nosotros mismos y confesemos a Dios. Así, participemos de los Santos Misterios, creyendo que la recepción de los divinos misterios es para la remisión de los pecados y la purificación. Pero si también cometemos pecados graves que son malignos, impuros y carnales, y tenemos rencor contra nuestros hermanos, hasta que no nos arrepintamos dignamente de estos pecados, no nos acerquemos corporalmente a los divinos Misterios.

Pero puesto que somos seres humanos, revistiendo la carne y la debilidad, y nos contaminamos con muchos pecados, Dios nos ha dado varios sacrificios para la remisión de nuestros pecados. Si le ofrecemos estos sacrificios, nos purifican para que podamos acercarnos a los Misterios. La limosna misericordiosa es un sacrificio que limpia al hombre del pecado. Hay también otro sacrificio que es para la salvación y la remisión de los pecados, concerniente a lo que el profeta David dice: “Mi sacrificio, oh Dios, es el espíritu compungido; Tú no despreciarás, Señor, un corazón contrito y humillado” (Salmos 50:19).

El traductor incluye una nota para el precedente pasaje de San Atanasio: “Comentando las palabras de la Divina Liturgia: “Lo Santo a los Santos”, San Nicolás Cabasilas también dice:

“Pero si debemos despertarnos, si debemos separarnos de la unidad de este Santísimo Cuerpo, participamos de los Santos Misterios en vano, pues la vida no puede fluir en los miembros muertos y amputados. Y, ¿qué puede cortar los miembros de este santo cuerpo? “Vuestras iniquidades os han separado de vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho que Él oculte de vosotros su rostro para no oíros” (Isaías 59:2), dice el Señor. ¿Todos los pecados dan la muerte al hombre? No, de hecho, sino solamente los pecados mortales; por eso son llamados mortales. Pues según San Juan hay pecados que no son mortales (1ª Juan 5:16-17). Por eso los cristianos, si no han cometido tales pecados, siendo separados de Cristo y otorgándoles la muerte, de ninguna forma son impedidos, al participar de los Santos Misterios, de recibir la santificación, no solo de nombre, sino de hecho, cuando continúan siendo miembros vivos unidos a la Cabeza”. (Sacrae Liturgiae Interpretatio 36, PG 150, 448D-449B; trans. A Commentary on the Divine Liturgy, 88-89) [pp. 164-165].

Para saber más sobre los pecados mortales contra los pecados perdonables, ver Parte I, Capítulo 3 del Exomologetarion.

116. Apostolic Constitutions, Book 8, ch. 14, SC 336, 210; ANF (07), 491.

117. Divina Liturgia de San Basilio el Grande, Oración después del la Oración del Señor.

118. Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo, oración tras la santificación de los Dones.

De “Concerniente a la frecuente Comunión de los inmaculados Misterios de Cristo”, por nuestro digno portador de Dios, padre Nicodemo el Agiorita, traducc., por el P. George Dokos (Tesalónica, Grecia, 2006, Uncut Mountain Press), pp. 104-122. El subtítulo completo del libro enuncia: “Inclusión de una explicación detallada de la oración del Señor, una apología a la comunión frecuente, respuestas a objeciones y aclaraciones a conceptos erróneos, y dos apéndices sobre la Divina Liturgia”. Ver también “Cuando y Cómo recibir la Comunión”, por el Archimandrita Daniel G. Aerakis. Este pequeño libro contiene material adicional no cubierto por San Nicodemo. Publicado el 1/02/2007 con el permiso de los publicadores.

Traducido por P.A.B

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Categorías:Confesión y Santa Comunión, San Nicodimo Aghiorita

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