Homilía en ocasión de la fiesta de la circuncisión del Señor por San Beda el Venerable

Icono de San Beda el Venerable

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Doble icono de la Fiesta de la Circuncisión del Señor y San Basilio el Grande

Doble icono de la Fiesta de la Circuncisión del Señor y San Basilio el Grande

Lo escribe San Lucas en el capítulo 2 v. 21. y dice así: “En aquel tiempo: después que fueron pasados los ocho días para circuncidar al Niño, le pusieron el nombre de Jesús, como lo había llamado el Ángel, antes que fuese concebido en el seno materno.”

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San Beda, el Venerable

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“En breves palabras nos ha escrito el Sagrado Evangelista la memoria sacratísima y digna de gran veneración de la presente fiesta; pero la dejó llena de misterios soberanos. Habiéndonos dado ya noticia del nacimiento de nuestro Salvador, cuyos gozos los Ángeles al punto ensalzaron con divinas alabanzas, los pastores con su devota visitación los celebraron, y cuantos de esto supieron, quedaron maravillados, y nosotros a nuestro modo, según la gracia del Señor nos ayudó, le festejamos con los devotos sacrificios de las Misas, y con solemnidades de himnos santos: ahora añade a lo ya referido, y dice: Después que fueron cumplidos los ocho días para que fuese Circuncidado, fue llamado su nombre Jesús, el cual fue llamado por el Ángel, antes que en el vientre fuese concebido. Ibíd.

Estos son, hermanos míos, los gozos dignos de gran veneración de la fiesta de hoy: esta es la sagrada solemnidad de este día: estas son las mercedes sacratísimas de la soberana piedad, las cuales el Apóstol sagrado encomendaba a los Católicos, diciendo: cuando vino el cumplimiento del tiempo, envió Dios a su Hijo hecho de mujer, hecho bajo la ley, para que redimiese a los que estaban debajo de la ley, y todos fuésemos adoptados por hijos de su Majestad.

Providencia de grande piedad fue de la que el Padre Soberano usó para con nosotros; pues para nuestra redención no quiso enviar Ángel ni Arcángel, sino su propio Hijo Unigénito; y porque no nos era posible verle en la especie de su divinidad, proveyó la misma gracia de amor que viniese hecho de mujer, que quiere decir: que tomando carne humana en el vientre sacratísimo de su Madre, concebido por el Espíritu Santo, y asimismo nacido, saliese hombre verdadero, de modo, que le pudiésemos ver y conversar; y quedándose en la misma divinidad, como sin principio era, se vistió la verdadera flaqueza de nuestra mortalidad, que primero no tenía; y por darnos el Padre Eterno ejemplo de la humildad y obediencia a todos necesaria, envió al mundo su Hijo Unigénito hecho debajo de la ley: no porque él fuese en nada obligado a la ley: porque él solo es el maestro: él solo es dador de la ley, y Juez de todos; mas se quiso poner bajo la ley, para ayudar con su Pasión sacratísima a los que estaban debajo de la ley, y ya no podían llevar la carga de ella; y sacándolos de la servidumbre, que bajo la ley tenían, tomarlos por hijos adoptivos con su larga misericordia y gracia.

Tomó, pues, el Señor en su carne sacratísima la Circuncisión, como por la ley estaba ordenada, habiendo él venido en carne purísima y ajena de toda mancha. Y el que vino en semejanza de carne de pecado, pero no en carne de pecado, no rehusó tomar el remedio con que la carne solía limpiarse de pecado. Como también a su tiempo no rehusó tomar el agua del Santo Bautismo, después ordenado por él en la ley de gracia para el mismo remedio: no porque lo hubiese menester, sino por dar ejemplo de humildad a los suyos.

Y para entender esto mejor, hermanos, es bien que sepáis, que la Circuncisión ordenada en la ley vieja era remedio contra el daño del pecado original: así como ahora en la ley de gracia lo es el Santo Bautismo: salvo que con la Circuncisión no podían subir al cielo, hasta que viniese a dar su bendición el mismo Señor que había dado la ley, para que pueda ser visto el Dios de los Dioses en Sion. Los Circuncisos solo gozaban el bien de que muriendo eran depositados en el seno de Abraham, y allí vivían consolados con la esperanza bienaventurada de que cuando fuese tiempo, pasarían a la gloria soberana del cielo; porque el Señor que ahora en la ley Evangélica: con voces terribles y saludables nos dice: el que no volviere a nacer de agua y Espíritu Santo, no podrá entrar en el reino de Dios, Él mismo en el tiempo de la ley decía a voces: el varón cuya carne no fuere circuncidada, perecerá su alma de su pueblo, porque no guardó mi pacto y ordenación, que quiere decir: porque quebrantó el pacto de vida que fue mandado a los hombres en el paraíso, cuando Adam pecó; en el cual todos pecaron.

Perecerá, pues, la tal anima de la compañía de los santos, si no fuere socorrida con el remedio de la salud: de esta manera fueron dados remedios contra la culpa original, es a saber, la Circuncisión en la ley, y en el Evangelio el Santo Bautismo; y porque en ningún tiempo los hombres se hallasen sin remedio para mal tan grande, fueron proveídos por Dios en la edad primera, hasta venir la Circuncisión, y aun venida la Circuncisión, para las gentes que no estaban obligadas a ella: todos estos se curaban, o con ofertas de sacrificios, o verdaderamente en virtud de la fe cierta que tenían en el medianero que había de venir, y encomendando sus almas y las de los suyos con esta fe las libraban de la culpa ya dicha: porque sin fe es imposible agradar a Dios, y lo mismo dice en otro lugar la Santa Escritura: el justo vive de la fe.

Pero viniendo el Hijo de Dios en nuestra carne, habiendo tomado sola la naturaleza de la carne de Adam limpia de toda mancha y culpa, porque fue concebido en el vientre virginal de su Madre Sacratísima por obra del Espíritu Santo, y por la misma nacido; ninguna necesidad tenía de lo que hemos dicho; pero tuvo por bien tomar uno y otro remedio, es a saber, el de la Circuncisión ahora al octavo día de su nacimiento, y el del Bautismo a los treinta años de su edad , cuando por manos del glorioso Bautista fue bautizado: y aun mas, siendo Él el Señor del Templo, y a quien los sacrificios se ofrecían, tuvo por bien que se ofreciese el tercer remedio en su nombre, es a saber, el sacrificio en el templo. Y este misterio vera y celebrara vuestra caridad con ayuda del Señor dentro de treinta y tres días.

De tal manera, que el Señor, sin tener necesidad de ninguno, tuvo por bien tomar todos los remedios contra la culpa original, así el de la ley como también el del Santo Evangelio, por mostrarnos cómo los remedios de la ley, que presto se había de acabar, eran en su tiempo saludables, y los del Sagrado Evangelio, que presto se habían de publicar, eran necesarios para la salud.

Tomar nombre de Jesús el mismo día en que fue circuncidado, fue conformarse con la costumbre antigua: porque al gran Patriarca Abraham, que fue el primero que recibió el Sacramento de la Circuncisión en testimonio de su grande fe, y de la promesa que el Señor le había hecho, en el mismo día en que él con toda su familia fueron circuncidados, también le fue dada la bendición del Señor a él y a su mujer, y fue su nombre renovado con su aumento; pues habiéndose llamado hasta aquel día Abram, que quiere decir padre alto, de aquel día en adelante fue llamado Abraham, que quiere decir padre de muchas gentes. Porque así está escrito: yo te he constituido padre de muchas gentes. Esta promesa fidelísima que el Señor le hizo, está ya tan cumplida por todo el mundo, que nosotros, llamados de la gentilidad a la devoción de su fe, nos alegramos de tenerle espiritualmente por padre, y lo confirma el Apóstol sagrado, cuando escribiendo a los Gálatas dice: Si vosotros sois de Jesucristo, sois de la estirpe de Abraham, y según la promesa, herederos: dice más : y a Sarai tu mujer no la llamaras Sarai sino Sara, como si dijese: no la llamareis Princesa mía sino Princesa: dando a entender, que una tal mujer, que mereció ser compañera y participante de fe tan grande, no debía ser llamada Princesa de sola su casa, mas absolutamente Princesa y madre de todas las mujeres que viniesen a la fe católica.

El glorioso Apóstol San Pedro, excitando a la virtud de la humildad y de la templanza a las mujeres que vio convertidas de la gentilidad a Jesucristo, hizo mención de nuestra madre Sara, y hablando de ella con el respeto que era razón, dijo: así como Sara obedecía a Abraham llamándole Señor, cuyas hijas sois vosotras viviendo bien y sin temor de alguna turbación.

He querido, muy amados hermanos míos, daros este aviso, para que cada uno de vosotros se acuerde, que habiendo recibido la fe de Jesucristo, habéis merecido tener compañía con los Santos Patriarcas, gozando de nombre tan alto, y así con grande razón os alegréis de que habéis recibido en Jesucristo la purificación del santísimo bautismo para vuestra salud, y habéis tomado el renombre de cristianos del nombre glorioso de Cristo.

Y es mucha razón que con las obras procuréis guardar limpio y sin mancha un renombre tan glorioso, gozándoos de que en vosotros se haya cumplido lo que Isaías dijo : Y llamara a sus siervos por otro nombre, que es por el nombre cristiano, del cual hoy todos los siervos de Jesucristo se precian y tienen por muy honrados, y no hay debajo del cielo otro nombre dado a los hombres en que nos podamos salvar: y con respecto a esto el Profeta añadió , y dijo: y el que ha de tener bendición sobre la tierra, la tendrá en este nombre, y será bendito del Señor.

Y en otra parte, hablando a este propósito, y de cómo la Iglesia había de ser multiplicada por la gentilidad, dijo: verán los gentiles tu justo, y todos los Reyes tu noble, y tendrás un nombre nuevo dicho por la boca del Señor. El saber por qué el niño que nos es nacido, y el hijo que nos es dado, ha tomado por nombre Jesús, que quiere decir Salvador, no nos importa tanto, como el procurar que nos alcance la bendición y propiedad de este nombre, de tal manera que nos salvemos.

Ya hemos leído la declaración que el Ángel dio sobre este nombre, diciendo: se llamara Jesús, porque él salvara su pueblo, y le lavara de sus pecados. Y tenemos creído con firme fe y cierta esperanza, que el Señor que salva sus siervos de los pecados, no se olvidara de librarlos de todos los males que vienen por los pecados, y aun de la misma muerte. Así lo confirma el gran Profeta, diciendo: él será piadoso perdonando todas tus maldades, y sanara todas tus enfermedades. El día que se mostrare la gloria de nuestra resurrección, y será destruido nuestro último enemigo que es la muerte, serán perdonados todos nuestros pecados, y sanas todas nuestras enfermedades, y esta será nuestra verdadera y cumplida circuncisión. Cuando venga el día del juicio, y nosotros seamos despojados de todos los defectos y miserias así en el alma como en el cuerpo, y concluido el examen del juicio, entraremos en la sala real de la gloria, en donde sin fin viviremos bienaventurados. Esto es lo que se figuraba cuando llevaban en Jerusalén los niños circuncidados al templo, para ofrecerlos con alabanzas de sacrificios como un don que era acepto al Señor.

Bien puede decir que purificado con la verdadera circuncisión entra en el templo del Señor con dones, el que acendrado con la gloria de la resurrección, y limpio de toda mancha de mortalidad, entra en los gozos eternos de la soberana ciudad a recibir el fruto de las buenas obras que hizo en esta vida. Este tal podrá cantar lo que el Profeta dijo: rompiste Señor mis prisiones, a ti sacrificaré la ofrenda de alabanza: daré mis votos al Señor en las entradas de su casa en presencia de todo el pueblo, y en medio de ti Jerusalén.

El día octavo, cuando la Circuncisión se celebra, nos notifica aquel tiempo tan deseado y día tan glorioso cuando entraremos en la bienaventuranza. Seis son las edades de este siglo, muy conocidas y distinguidas por sus diferencias, y en estas seis nos conviene trabajar en servir a Dios, y es menester que hagamos obras por las que para siempre descansemos.

La séptima edad es de los que en la gloria descansan hasta el día del juicio. La octava edad es el mismo día de la resurrección, en el que se tendrá la bienaventuranza sin fin. En este día se mostrara la gloria de toda circuncisión: de ahí adelante el cuerpo corruptible no dará pesadumbre al alma: esta casa de tierra no apremiara a nuestro entendimiento, que es amigo de pensar y entender muchas cosas; antes el cuerpo hecho incorruptible alegrara al alma, y esta casa hecha celestial levantara a todo el hombre a la vista de su soberano criador.

En el Salmo que arriba alegamos, hizo mención el Profeta Real de la bienaventuranza de este día eterno, y despertando su alma y todos los afectos interiores de ella para bendecir a Dios, la representa las mercedes que la están preparadas, dice: mira alma que este Señor es el que libra tu vida de la muerte, y llena con sus bienes tu deseo, y te corona con su misericordia, y te renovara tu mocedad como la del águila.

Por tanto, muy amados hermanos míos, si deseamos alcanzar esta tan hermosa renovación que se da en premio de la excelente circuncisión, es necesario que en esta vida tomemos con obras santas y virtuosas la circuncisión y renovación espiritual por donde se sube a la otra.

Arrojemos de nosotros el hombre viejo con todos sus ejercicios malos corrompidos con el amor al pecado. Procuremos renovarnos en el espíritu, lavando toda nuestra alma , y haciéndola nueva volviendo al hombre nuevo, que fue criado en justicia, santidad y verdad: y no creamos que, por saber que la circuncisión se solía hacer en sola una parte del cuerpo, baste el ser espiritualmente en sola una cosa castigados; antes es necesario conforme a lo que el glorioso Apóstol manda, que nos limpiemos de toda mancha y de toda fealdad, así en el alma como en el cuerpo, de tal manera que seamos perfectamente santificados en el temor de Dios.

Leamos muchas veces los Hechos de los Apóstoles: veamos aquel bienaventurado Protomártir Esteban cómo procedió con los judíos que perseguían a Jesucristo, y como se atrevía a decirles: ¡o duros de cerviz, no circuncidados en el corazón ni en los oídos, siempre resististeis al Espíritu Santo! Si los que resisten al Espíritu Santo y a sus consejos no tienen circuncidados los corazones ni los oídos, bien se sigue que hay circuncisión de corazones y de oídos; y si hay circuncisión de estas dos cosas, también se sigue que la habrá de todas las otras partes interiores del alma y exteriores del cuerpo.

Escrito esta: el que viere la mujer para codiciarla, y el que tuviere los ojos demasiado levantados, la vista de estos tales no está circuncidada. Contra estos habla el Santo Evangelio, cuando dice: el que es de Dios oye las palabras de Dios, y por esto vosotros no las oís, porque no sois de Dios.

No tienen circuncidados los oídos, ni la lengua, ni las manos, los que son reprehendidos por la Santa Escritura, que dice: la boca de estos siempre habla vanidad, y su mano derecha es mano derecha de maldad, hablan paz con su próximo, y en el corazón tienen secreta la maldad, tienen la mano derecha llena de dones.

No tienen el gusto circuncidado, los que son reprehendidos por el Profeta, que dice: malditos sois los que sois poderosos para beber vino y hombres fuertes para mezclar la embriaguez.

No tienen circuncidado el oler ni el tocar, los que van perdidos tras ungüentos y olores torpes y deshonestos, ocupados en conversaciones de mujeres perdidas, que esparcen sobre sus camas mirra, aloe y cinamomo.

No están circuncidados en sus pisadas, ni caminos, los que el Profeta Real condena, diciendo: no se halla en sus caminos sino agravios contra los próximos, y desgracias para todos, y nunca hallan el camino de la paz.

Los que de tal manera se gobiernan que ponen guarda cumplida en su corazón,  los que apartan sus ojos adonde nunca vean vanidades, los que cercan sus orejas de espinas para que nunca oigan, sino que despidan las lenguas de los maldicientes, los que con su gusto gustan cuan suave es el Señor, cuan bienaventurado es el hombre que espera en él, los que guardan sus caminos de manera que no pequen con su lengua, los que mientras les dura el aliento de la vida, y en sus narices hay respiración, nunca se halla en sus labios maldad, ni su lengua piensa mentira, los que alzan siempre sus manos para guardar los mandamientos de Dios con amor, los que apartan sus pies de todo mal camino por guardar la palabra de Dios, todos los que esto hacen, muestran que tienen sus sentidos circuncidados con la piedra del ejercicio espiritual.

Leemos que en la ley se hacía la circuncisión con cuchillos de piedra. Sabed que Jesucristo es la piedra, con cuya fe, esperanza y caridad son purificados los corazones devotos de los fieles, no solo en el Santo Bautismo, mas también en todas las otras obras meritorias que el cristiano hace: y nuestra cotidiana circuncisión, que propiamente es ahora la continua limpieza de nuestra alma, nunca cesa de celebrar este alto misterio al octavo día, que es el Domingo, en memoria y veneración de la Resurrección del Señor; y así la Santa Iglesia le celebra y guarda, enseñándonos, que así como Cristo Redentor nuestro resucitó éste día santísimo de los muertos para gloria del Padre, nosotros también caminemos por el camino nuevo de las buenas obras con la gracia de aquel Señor, que vive y reina para siempre jamás Amén. –

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FUENTE:

Colección de homilías, o sermones de los más excelentes santos padres y doctores de la iglesia. Recopiladas por el doctor Alcuino, maestro del emperador Carlo Magno. Tomo Primero. 1795. Pags.: 158-166

 

Revisado y corregido por H.M.P

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