Homilía acerca del día natal de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesus Cristo

Mosaico de San Juan Crisóstomo en Santa Sofía (Constantinopla)

Mosaico de San Juan Crisóstomo en Santa Sofía (Constantinopla)

Natividad de Cristo

Natividad de Cristo

Homilía acerca del día natal de nuestro Salvador Jesucristo  por San Juan Crisóstomo

(Esta Homilía fue predicada el 25 de diciembre de 386, cinco días después de la fiesta de san Filogonio. En efecto: en la Homilía afirma el Crisóstomo haber ocupado el mes de septiembre en largos sermones contra los judíos; y estos sermones u Homilías ciertamente fueron predicadas, como a su tiempo advertiremos, en el mes de septiembre del 386. Es cierto que el santo predicó por ese mismo tiempo, al año siguiente, largos sermones; pero en ellos hace ya referencia a la destrucción de las estatuas reales, lo que sucedió en febrero de 387. -Según dice el santo, no hacía aún 10 años de que esta festividad del nacimiento se celebraba en Antioquía; por lo cual muchos se negaban a celebrarla, alegando ser una novedad, mientras que otros en gran número sí la admitían. El santo aprovecha esta oportunidad para combatir aquella disensión y probar que el día de la Natividad caía ciertamente el 25 de diciembre).

Lo QUE YA LOS antiguos Patriarcas dieron a luz, y los Profetas predijeron, y los justos desearon ver, eso, al fin, en este día se ha cumplido. ¡Y Dios fue visto en carne y conversó con los hombres! 2 ¡Alegrémonos, pues, carísimos, y regocijémonos! Porque si Juan, estando aún en el vientre de su madre, se alegró al verse María con Isabel, mucho más conviene que nosotros nos alegremos y exultemos de gozo, al contemplar hoy, no a María, sino a nuestro Salvador nacido; y conviene admirarnos y salir de nosotros mismos por la admiración a causa de la excelsitud de la Encarnación, misterio superior a todo humano conocimiento. Porque considera dentro de ti cuán grande cosa sería ver al Sol descender desde el cielo y caminar sobre la tierra e iluminar a todos desde aquí con sus rayos. Pues, si al suceder esto o alguna cosa semejante en aquel luminar sensible, con razón todos quedarían estupefactos, considera y pesa cuánto mayor cosa es ver al Sol de justicia emitiendo sus rayos desde nuestra carne e ilustrando nuestras almas.

Anhelaba yo hace tiempo que llegara este día; y esto no así simplemente, sino con una reunión y multitud como la que ahora vosotros presentáis. Y una y otra vez deseaba ver esta reunión tan completa como ahora puede contemplarse. De manera que esto ya se cumplió y se realizó. No van aún diez años desde que este día de fiesta se nos descubrió y quedó en claro. Pero no de otra manera que si ya desde muchos años antes lo tuviéramos de tradición, así ha brillado hoy su celebración, gracias a vosotros. Por lo cual no se equivocaría quien lo llamara a la vez antiguo y reciente. Reciente, porque al fin ha llegado hasta nosotros su noticia; antiguo y vetusto porque velozmente se ha colocado a la par de los más antiguos en años, con lo que ha llegado a tener la misma edad que los otros.

Porque así como las plantas generosas y de buena calidad, apenas puestas en tierra velozmente crecen hasta alcanzar una grande altura, y se cargan de frutos, no de otra manera este día, como al principio sólo fuera conocido por los que habitan allá al occidente, nos fue trasmitido no ha muchos años; pero pronto creció de tal modo y dio tales frutos, como ahora pueden verse, pues están repletos los alrededores de gente y el templo ha sido angosto para contener a la multitud de los que han concurrido. ¡Tened pues buena esperanza de que Cristo, quien ahora ha nacido, dará un digno premio a vuestra prontitud y fervor! El os remunerará abundantemente este fervor, porque el empeño que en este día habéis puesto es argumento grande de vuestro amor al que ha nacido.

Y si acaso conviene que también nosotros, consiervos vuestros, aportemos alguna cosa que ayude a sacar ese fruto, la aportaremos con todas las fuerzas que podamos. O más bien: aportaremos lo que la divina gracia nos concediere para provecho vuestro. ¿Qué es, pues, lo que el día de hoy deseáis oír? ¿Qué otra cosa sino lo referente a este día? Porque yo sé bien que hasta el día de hoy, muchos disputan acerca de esta festividad; y que unos reprenden y otros defienden. Mucho se habla de este día por todas partes: unos acusándolo de ser una innovación que de poco tiempo acá se ha introducido; otros defendiéndolo como antiguo y vetusto, puesto que ya antiguamente los profetas habían predicho esta Natividad y fue conocida desde los orígenes del cristianismo por todos los habitantes del orbe desde Tracia hasta Cádiz, y ha sido celebérrimo y celebrado por ellos. ¡Ea, pues! ¡comencemos por aquí nuestro discurso!

Porque si este día, aunque puesto aún en tan grande discusión, de todos modos tan intensamente lo disfrutáis en vuestras almas, por cierto, si fuere más conocido y por lo mismo mejor comprendido, sin duda que obtendrá un fruto mayor esta vuestra prontitud de ánimo, a causa de la claridad que nacerá de nuestra enseñanza, y con esto se acrecentará más aún en vosotros esa prontitud y fervor.

Tres son los argumentos que tengo para probaros; y por ellos entendemos haber sido este el día mismo en que nuestro Señor Jesucristo, el Logos de Dios, fue dado a luz. El primero es el hecho de que esta festividad con tan grande celeridad se haya conocido y extendido en todas direcciones, y haya crecido a tan grandes alturas, y en tanto grado haya resplandecido. Lo que Gamaliel aseguró de la predicación, eso mismo diría yo confiadamente de esta festividad: que si es de origen humano, se deshará, pero si es de Dios no podréis detenerla, no sea que parezcáis pelear contra Dios. Por ser el Logos de Dios no solamente no se deshizo la predicación, sino que, al revés, año por año toma mayor incremento y se vuelve más preclara. Porque dicha predicación, en el espacio de pocos años, llenó todo el orbe de la tierra, a pesar de ser los hombres que a todas partes la llevaban, simples fabricadores de tiendas de campaña, pescadores, y sin letras ni sabiduría. Y la bajeza de los predicadores en nada dañó, porque el poder de Aquel que era predicado, todo lo preparaba y quitaba los impedimentos y desplegaba su virtud.

Pero si alguno, un tanto obstinadamente, no asiente a lo que he dicho, otro argumento hay que vamos a exponer. ¿Cuál es él? El que se basa en la descripción o censo que cuentan los Evangelios. Porque sucedió, dice el evangelista, que en aquellos días salió un edicto de César Augusto para que se empadronara toda la tierra. Este empadronamiento se llevó a cabo primero que el del Presidente de Siria, Cirino. E iban todos a empadronarse cada uno en su ciudad. José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Estando ahí se cumplieron los días del parto, y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, por no haber sitio para ellos en el mesón.

Consta, pues, por este pasaje que nació Jesús al tiempo del empadronamiento. Quien guste releer los códices de las antiguas historias que se guardan en Roma en los archivos públicos, facilísimamente podrá conocer con exactitud también la fecha de este empadronamiento. Dirá alguno: pero ¿qué fuerza tiene eso para nosotros que ni estamos ni hemos estado allá jamás? ¡Escucha! ¡no desconfíes! Porque esta fecha la hemos recibido nosotros de aquellos que tienen exacto conocimiento de la cosa, y que habitan en aquella ciudad. Los que allá habitan la celebran y de muy antiguo por una vetusta tradición, y ellos son los que nos transmitieron acá esa noticia.

El Evangelista no nos dijo simplemente la ocasión, sino de tal manera que nos quedara conocida y clara la fecha misma y así nos manifestara la Encarnación del Señor. Porque ni Augusto por su impulso propio y propia voluntad promulgó aquel edicto, sino excitándole su ánimo Dios, a fin de que, aún contra su voluntad, sirviera a la venida del Unigénito. Pero dirás: ¿Qué importancia tiene esto para demostrar la Encarnación? Pues ¡no pequeña ni vulgar, oh carísimo! ¡sino muy grande! Y esta es una de las cosas necesarias y que con empeño se investigan. ¿Cuál es esa? Galilea es una región de Palestina, y en ella está la ciudad de Nazaret. También Judea es una región, a la cual ese nombre le dan los de ahí; y en esa región está la ciudad de Belén, que así es ciudad de Judea. Y todos los profetas habían predicho que el Cristo vendría de Belén y no de Nazaret, y que acá nacería.

Porque así está escrito; Pero tú, Belén, de Efratá, pequeña para ser contada entre las familias de Judá, de ti saldrá quien señoreará en Israel mi pueblo. Y los judíos de aquel tiempo, preguntados por Herodes en dónde nacería el Cristo, le refirieron este testimonio. Por este motivo, hablando Natanael con Felipe, cuando éste le decía: ¡Encontramos a Jesús de Nazaret! aquél le respondió: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? Y Cristo de él dijo: ¡He aquí un verdadero israelita en el cual no hay dolo! 7 Pues ¿por qué motivo así lo elogia? Porque no se dejó llevar al punto de aquella noticia que le daba Felipe. Pues clara y manifiestamente sabía que el Cristo no había de nacer ni en Nazaret ni en Galilea, sino en Judea y en Belén, como en efecto así había sucedido.

Así pues: porque a Felipe se le ocultaba esto, y en cambio Natanael a causa de la pericia que en la Ley tenía y el conocimiento de lo que los profetas habían dicho, le daba una respuesta consentanea con el vaticinio arriba mencionado, o sea que el Cristo no vendría de Nazaret, por esto Jesús dijo de él: ¡He aquí un verdadero israelita en el que no hay dolo! Y por la misma razón un cierto judío le decía a Nicodemo: ¡Investiga y verás que de Galilea no ha salido profeta alguno! Y también: ¿Acaso no es de la aldea de Belén, de donde era David, de donde viene el Cristo? ¡Tan común era entre todos la sentencia de que sin duda alguna de ahí y no de Galilea había de venir!

Así pues: como José y María, ambos oriundos betlemitas, tras de abandonar su patria, se habían ido a establecer y vivir en Nazaret y ahí pasaban su días; como a muchos hombres les suele acontecer, que habiendo salido de las ciudades en donde nacieron, van y se establecen en otra en donde no tuvieron su nacimiento; y como conviniera que el Cristo naciera en Belén, salió aquel edicto por el cual, determinándolo así Dios, fueron obligados, aun sin quererlo, a ir a aquella ciudad de Belén. Como la Ley ordenaba que cada uno se empadronara en su patria, ella los obligó a caminar desde Nazaret hasta Belén para dar allá su nombre al padrón. Esto deja entender el Evangelista cuando dice: Subió, pues, José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y de la familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Estando ahí se cumplieron los días de su parto, y dio a luz a su hijo primogénito.

¿Has visto, carísimo, la providencia de Dios, y cómo por medio de los infieles y de los fieles lleva a cabo sus propios designios? ¡Precisamente para que los que son aún extraños a su culto verdadero conozcan su fuerza y su poder! Una estrella llevó a los Magos desde oriente; en cambio fue la Ley la que llevó a María a su patria, conforme a la predicción de los profetas. Y por aquí nos consta con evidencia que también la Virgen misma fue de la descendencia de David. Porque, si nació en Belén, es manifiesto que traía su origen de la casa y familia de David. Cosa que un poco antes declaró el Evangelista diciendo: Subió, pues, José, desde Galilea con María, porque era de la casa y familia de David.

Pero, como hubiera hecho recensión de la estirpe de José y a ninguno de los progenitores de éste lo hubiera contado como progenitor de María, con el objeto de que de esto no te viniera ninguna duda y dijeras: ¿de dónde puede aparecer claro que Ella también era nacida de David?, oye lo que dice: En el mes sexto fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David. Las cuales palabras de la casa de David, deben tenerse como dichas de la Virgen, como aquí manifiestamente se indica.

Por este motivo, pues, fue publicada aquella Ley que había de llevarlos a Belén, porque en cuanto ellos llegaran a esa ciudad al punto nacería Jesús. Y por esto es reclinado en un pesebre: porque habían concurrido ahí muchos, y habían ocupado de antemano los sitios, y con esto hacían muy estrechos los lugares de aposentamiento. Y en este sitio también lo adoraron los Magos.

Mas, para poner delante una demostración aún más clara de que este día es la festividad del Nacimiento, levantaos conmigo, mediante vuestro espíritu. Porque he determinado suscitar en vosotros el recuerdo de las cosas más por extenso y recitaros las leyes antiguas, a fin de haceros más patente mi discurso por todos lados.

Tenían los judíos una Ley antiquísima … Pero ¡ea! ¡llevemos el discurso todavía un poco más arriba! En el tiempo en que Dios libró al pueblo de los hebreos de las turbas de los egipcios y de la barbarie y tiranía del Faraón, como viera que los israelitas aún tenían algunas reliquias de la impiedad pagana, y que estaban apegados a todas las cosas que por los sentidos se perciben, y esto hasta la insensatez, y que los arrastraba hacia la grandeza y hermosura de los templos, les ordenó que también ellos edificaran un templo, el cual oscureciera a todos los otros templos que en el orbe existían, no solamente por la magnificencia de sus materiales de construcción y la variedad de su artificio, sino también por la estructura misma y la forma y todo lo demás.

Y a la manera que un padre amante de sus hijos, a un hijo al que el trato con hombres malvados, perniciosos y libertinos ha apartado por mucho tiempo, y que ha gozado de toda clase de placeres, cuando lo recibe lo rodea de la mayor abundancia de bienes, con toda seguridad y dignidad, no sea que, si se encuentra con algunas apreturas, ya sea por el recuerdo de las cosas antiguas, ya también por la codicia le sea de nuevo arrebatado, así Dios, viendo a los judíos propensos hasta la insensatez a los bienes sensibles, hizo en ese mismo género de cosas, una excelentísima, a fin de que nunca jamás le fueran arrebatados en adelante por la codicia de volver a los egipcios o a las cosas que habían experimentado entre ellos.

Por esto les edificó un templo conforme a la imagen del mundo todo: el sensible y el inteligible. Porque así como existen la tierra y el cielo, y en medio de ellos se encuentra, a la manera de un tabique de separación, el firmamento que vemos, así ordenó que se dispusiera aquel templo. Habiendo, pues, cortado por en medio el templo y habiendo colocado como tabique de separación un velo, dio a todos potestad para entrar en la parte aquella que quedaba por fuera del velo; mientras que en la otra interior a nadie permitió ni la entrada ni las miradas, sino solamente al sumo sacerdote.

Y que esto no sea una simple conjetura nuestra, sino que el templo aquél en realidad fuera construido a la imagen de todo el universo, oye cómo lo dice Pablo, hablando de Cristo que asciende a los cielos: Porque no entró Cristo en un santuario hecho por mano de hombres, figura del verdadero. Manifestó así el apóstol que los santuarios que hay entre nosotros son imagen del verdadero santuario. Y que el velo separaba al Sancta Sanctorum de los santos que fuera estaban, a la manera que este cielo que vemos separa todo lo que está sobre él de lo que está acá con nosotros, mira cómo también lo significó al llamar velo al cielo.

Porque, refiriéndose a la esperanza y a que la tenemos como única áncora firme, añadió en seguida: Y que penetra hasta el interior del velo a donde entró por nosotros, como precursor, Jesús y a lo más alto y arriba del cielo. ¿Ves, pues, cómo al cielo lo llama velo? Y fuera del velo se encontraban el candelabro y la mesa y el altar de bronce que recibía los sacrificios y los holocaustos. Y dentro del velo estaba el arca toda recubierta de oro por todos lados, y contenía ella las tablas del Antiguo Testamento y la urna de oro y la vara de Arón que había reverdecido y el altar de oro, no para los sacrificios y los holocaustos, sino solamente para el timiama.

Y a todos les era lícito entrar por todo aquello que estaba fuera del velo. En cambio a lo de dentro sólo le era lícito al sumo sacerdote. Y también de esto os traeré el testimonio de Pablo, el cual dice así: Y el primer pacto tenía su ceremonial y su santuario secular. Llama santuario secular al tabernáculo exterior; porque entrar en él estaba permitido a todo el mundo. En él estaban el candelabro y la mesa y los panes de proposición. Y después del velo estaba el segundo tabernáculo que se llamaba el Santo de los santos, en donde estaba el altar de oro de los perfumes y el arca de la alianza, toda ella recubierta de oro, y en ella un vaso de oro que contenía el maná, y la vara de Arón que había reverdecido, y las tablas de la Alianza. Encima de ella estaban los Querubines de la gloria que cubrían el propiciatorio. Dispuestas así las cosas, al primer tabernáculo siempre entraban los sacerdotes cada día para con-sumar los sacrificios; pero en el segundo sólo entraba el pontífice una vez al año y solo, y esto después de haber ofrecido la sangre en expiación de sus ignorancias y las del pueblo. ¿Ves cómo ahí solamente entraba el sumo sacerdote y esto sólo una vez en el año?

Pero preguntarás: ¿qué tiene que ver todo esto con la festividad presente? ¡Esperad un poco y no os alborotéis! Porque vamos cavando la fuente desde su origen, y queremos llegar a la cumbre misma, con el objeto de que todo quede claro y sin dificultad. Más aún: para que nuestro discurso no vaya a quedar ensombrecido con el ropaje de las palabras demasiado tiempo, ni se torne complicado en demasía; y para que no os fatiguéis con la demasiada extensión de las cosas que voy diciendo, os expondré desde luego el motivo de haber traído a colación estas cosas desde sus orígenes mismos. ¿Cuál, pues, ha sido la razón?

Cuando Isabel llevaba en su seno a Juan desde hacía ya seis meses, entonces concibió María. De manera que si logramos saber cuál fue ese mes sexto, sabremos con certeza cuándo concibió María. Y una vez que sepamos cuándo fue esa concepción, conoceremos también cuándo dio a luz, contando nueve meses desde la concepción. ¿De dónde, pues, nos constará cuál fue ese mes sexto de la preñez de Isabel? ¡De aquí! Es a saber si llegamos a conocer en qué mes quedó encinta. Y ¿de dónde conoceremos cuál fue este mes? Si llegamos a saber cuándo recibió Zacarías, su marido, la feliz noticia. Más: esto mismo ¿de dónde nos quedará manifiesto? De las Escrituras divinas. Porque enseña el santo Evangelio que estando dentro del Sancta Sanctorum Zacarías, el ángel le dio la buena nueva y le dijo lo relativo al parto de Juan.

Si pues claramente demostramos por las Escrituras que el sumo sacerdote entraba en el Sancta Sanctorum una sola vez al año y sin compañero alguno, además en qué mes del año era cuando entraba esa sola vez, vendremos en conocimiento claro del tiempo en que recibió aquella feliz noticia; y encontrado éste, al punto quedará manifiesto a todos cuándo fue la concepción. Pues bien: que solamente una vez al año entrara el sacerdote en el santuario, también lo declaró Pablo. Pero más abiertamente aún lo dijo Moisés: Y habló el Señor a Moisés: ¡di a tu hermano Arón que no entre nunca en el santuario, a la parte interior del velo, delante del propiciatorio que está sobre el arca del testimonio, no sea que muera. Y luego: ¡Que no haya nadie en el tabernáculo del testimonio desde que él entre para hacer la expiación hasta el momento en que salga, una vez hecha la expiación por sí y por su casa y por toda la asamblea de Israel, Y hará la expiación sobre el altar que está delante del Señor.

De todo esto queda claro que no entraba el sacerdote en el Sancta sanctorum en cualquier tiempo; y que mientras él estaba dentro no era lícito a nadie tocar nada, sino que debían todos quedar fuera del velo. Ahora pues, retened cuidadosamente en la memoria estas cosas. Y no resta sino que os aclare cuál era ese tiempo en el que entraba solo el sacerdote al Sancta sanctorum y sola una vez al año. Pero ¿de qué manera quedará esto claro? Pues por el mismo Libro, en donde se dice: En el mes séptimo, en el día diez del mes, mortificaréis vuestras personas y no haréis trabajo alguno, ni el indígena ni el extranjero que habita entre vosotros. Porque en ese día se hará la expiación por vosotros para que os purifiquéis y seáis purificados ante el Señor de todos vuestros pecados. Será para vosotros día de descanso, sábado; y mortificaréis vuestras personas. Y será ley perpetua. La expiación la hará el sacerdote que haya sido ungido y haya sido iniciado para ejercer las funciones sacerdotales en lugar de su padre. Se revestirá de las vestiduras de lino, las vestiduras sagradas; y hará expiación del santuario de la santidad o Sancta sanctorum, del tabernáculo del testimonio, y del altar, de los sacerdotes y de todo el pueblo reunido, por sus pecados. Será para vosotros ley perpetua; y se hará la expiación de los hijos de Israel por todos sus pecados. Y se hará una vez al año, como ordenó Dios a Moisés. Se trata en este pasaje de la fiesta de los Tabernáculos. Porque en esa ocasión era cuando el sumo sacerdote cada año entraba por una sola vez, como lo declaró Moisés mismo diciendo: Una vez en el año se hará esto.

Si pues al tiempo de la fiesta de los Tabernáculos entraba el sumo sacerdote en el Santo de los santos, declárenlos ahora cómo fue entonces cuando el ángel se apareció a Zacarías, o sea cuando estaba dentro del Sancta sanctorum. Porque lo vio él solo al momento en que ofrecía el incienso; y el sacerdote únicamente entonces entraba solo. Nada impide que escuchemos las palabras mismas del Evangelio: Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, cierto sacerdote de nombre Zacarías, del turno de Abía, cuya mujer, de la descendencia de Arón, se llamaba Isabel. Sucedió pues que ejerciendo él sus funciones sacerdotales delante de Dios, según el orden de su turno, conforme al uso del servicio divino, le tocó entrar en el santuario del Señor para ofrecerle incienso. Y toda la multitud del pueblo estaba fuera orando durante la hora de la oblación del incienso.

En este punto recuerda, carísimo, el testimonio aquel que dice; Que no haya nadie, en el tabernáculo del testimonio desde que él entra para hacer la expiación, al Santo de los santos, hasta que salga. Y se le apareció el ángel del Señor de pie a la derecha del altar del incienso.” Y no dijo del altar de los sacrificios, sino del altar del incienso; porque el altar de los sacrificios y holocaustos estaba por fuera del velo, mientras que por dentro estaba el del incienso. De manera que aun por esto sucedió que se le apareciera a solo él, y porque se añade que el pueblo estaba fuera esperando, queda manifiesto que él había entrado al Santo de los santos.

Y se turbó Zacarías al verlo y el temor se apoderó de él. Y le dijo el ángel: ¡No temas, Zacarías, porque tu plegaria ha sido escuchada, e Isabel, tu mujer, dará a luz un hijo, al que pondrás por nombre Juan! Y el pueblo estaba esperando a ‘Zacarías, y se maravillaba de que tardase en el templo. Y cuando salió no podía hablarles ¿Ves cómo estuvo allá dentro del velo? ¡Pues fue entonces cuando recibió la alegre noticia! Era entonces el tiempo de la fiesta de los Tabernáculos y del ayuno, porque eso significan aquellas palabras: humillaréis vuestras ánimas. Ahora bien: esa fiesta, como vosotros sabéis, y lo testificáis, los judíos la celebraban al fin del mes de septiembre; porque entonces nosotros tuvimos larga y abundante predicación contra ellos, acusándoles de ser importuno en esos días el ayuno.

De manera que por este tiempo Isabel, la mujer de Zacarías, concibió. Y se ocultaba durante cinco meses y decía: / He aquí lo que ha hecho conmigo el Señor, acordando quitar mi oprobio de entre los hombres. Falta ahora declarar, como cosa oportuna, cómo además, cuando ella llevaba hacía ya seis meses a Juan en su vientre, entonces María recibió la alegre nueva de su concepción. Porque, cuando se llegó a ella Gabriel, le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; y concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Y como ella se turbara con esas palabras y procurara investigar el cómo habían de tener cumplimiento esas cosas, el ángel le respondió: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios. E Isabel, tu parienta, también ha concebido un hijo en su vejez; y éste es ya el sexto mes de la que era estéril porque nada hay imposible para Dios.

Así, pues: si Isabel concibió después del mes Gorpieos, como ya quedó demostrado, es necesario contar seis meses intermedios desde ese en adelante. Y éstos son Hyperbereteos, Dios, Apeleos, Audoneos, Feritios y Dystros. De manera que María concibió después de este sexto mes. Y si contamos nueve meses a partir de este último, llegaremos ciertamente a este en que nos hallamos. De manera que el primer mes de la concepción del Señor es Xanticos, luego Artemisios, Desios, Panemos, Loios, Gorpieos, Hyperbereteos, Dios, Apeleos. Y éste es el mes en que estamos, y en el que celebramos la festividad.

Y para que esto que os digo, os resulte más claro y evidente, lo repetiré de nuevo brevemente a vuestra caridad. Solamente una vez al año entraba el sumo sacerdote al Santo de los santos; y eso en el mes Gorpieos. Entonces entró Zacarías al Santo de los santos, y entonces tuvo noticia de la natividad de Juan. Partió de ahí. Luego, concibió su esposa. Y después del mes Gorpieos, cuando ella llevaba ya el niño en su seno durante seis meses, o sea en Dystros, concibió María. Y comenzando desde Xanticos, si contamos nueve meses, vendremos a dar al mes presente, en el cual nació nuestro Señor Jesucristo.

Ya hemos declarado todo lo tocante a esta festividad. Ahora, una vez que os diga alguna cosa más, terminaré mi discurso; y las cosas que son más elevadas las dejaré a nuestro común Doctor.

Puesto que muchos de los gentiles se burlan de nosotros cuando oyen que Dios se hizo carne, y nos acometen y a muchos de los más sencillos los perturban con sus burlas, es necesario, tanto en bien de ellos como de aquellos que se perturban, decir algunas palabras a fin de que no se conturben de ningún modo ni den su aquiescencia a los hombres insanos en alguna cosa o se conmuevan por esas burlas de los infieles. Porque los niños pequeños suelen muchas veces reírse de nosotros cuando tratamos cosas serias y necesarias; y con todo, esa risa no es argumento de que las cosas de que se ríen sean de poca monta, sino al revés es argumento de la necedad de los que se ríen. Pues esto lo podemos decir nosotros de esos paganos que, siendo casi locos más que los mismos niños, se burlan de las cosas que llevan consigo grande temblor y son de grande admiración; mientras que, en cambio, aquellas cosas que de verdad son de risa, a esas ellos las enaltecen y las visten de brillo.

Mas, con todo, esas cosas nuestras de que ellos se ríen, a pesar de eso perduran en su propia majestad, sin recibir daño en su principalía por las burlas de ellos; y en cambio, las cosas de ellos, aun revestidas de brillo, dejan ver su propia torpeza. Porque ¿acaso no es el extremo de una cierta necedad el que ellos errando conviertan sus dioses en piedras, leños y viles estatuas, y los encierren como en ciertas cárceles, y que con todo no estimen hacer en eso nada vergonzoso, ni decirlo; y en cambio nos acusen porque afirmamos que Dios se ha construido un templo viviente por medio del Espíritu Santo, por el cual ha beneficiado a todo el universo? Pero ¿qué clase de acusación es esta? Porque si es cosa de vergüenza que Dios habite en un cuerpo humano, mucho más lo es que habite en un leño o en una piedra; y por cierto, tanto más vergonzoso cuanto es más inferior al hombre una piedra o un leño; ¡a no ser que al pagano le parezca más vil nuestro linaje que la materia que carece de sentidos!

Pero más aún; aun en gatos y perros, y muchos herejes aun en cosas harto más viles, se atreven a colocar la habitación de la Esencia divina. Cosa que nosotros ni decimos ni vayamos a tolerar siquiera el oír a quienes tales cosas afirman. Lo único que nosotros sostenemos es que Cristo al salir del vientre virginal tomó una carne inmaculada, santa, irreprensible y exenta de todo pecado, y que de este modo reparó su obra. En tanto que los herejes aquellos y los maniqueos, que pecan por la misma impiedad de aquéllos, introducen la Esencia divina en los canes y en los monos y en las fieras de todas clases; puesto que afirman que el alma de todos ellos es aquella Esencia: ¡y no se horrorizan ni se avergüenzan!

¡Y dicen que nosotros afirmamos cosas indignas, porque nada de eso admitimos, ni siquiera con el pensamiento; y solamente afirmamos lo que es conveniente y decente para Dios, es a saber: que Él vino a nosotros y con este modo de generación propio suyo, restauró su propia obra! ¿Qué es lo que dices, dime, tú que afirmas que las almas de los homicidas y los hechiceros son parte de la Esencia divina? ¿te atreves a acusarnos a nosotros que no solamente nada de eso sostenemos, pero ni siquiera toleramos el oírlo, sino que a quienes lo dicen los tenemos por impíos?

Pero ¿qué es lo que nosotros sostenemos? ¡Únicamente esto! Que Dios, habiéndose construido este templo, desde el cielo trajo por él a nuestra vida un cierto estado celeste. Mas ¿por qué no habréis de ser condenados a muerte millares de veces vosotros así por la acusación falsa que nos hacéis como también por la impiedad que no cesáis de cometer contra Dios? ¡Si es cosa indecente para Dios el habitar en un cuerpo inmaculado y limpio, mucho más lo es habitar en el de un hechicero y en un profanador de sepulcros y en el de un ladrón o el de un can o de un mono! ¡Pero no, no lo es el habitar en aquel cuerpo santo e incontaminado, y que ahora está sentado a la diestra del Padre!

Porque ¿qué daño se le sigue a Dios o qué mancha de esta providencia? ¿No veis acaso a este sol, cuerpo sujeto a los sentidos, y a corrupción y deficiencias, así revienten mil veces al oír esto los maniqueos y los gentiles? ¡Ni solamente el sol, sino también la tierra, el mar y toda en absoluto la fábrica del universo, caen bajo los sentidos y están sujetos a la vanidad! Oye a Pablo, quien claramente lo enseña: Pues las criaturas están sujetas a la vanidad, no de grado, sino por razón de quien las sujeta con la esperanza. Y él mismo quiso declarar qué sea eso de estar sujeto a la vanidad, y añadió: Porque la criatura misma será libre de la corrupción, para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios.

Quiere decir que la criatura es ahora corruptible, puesto que servir a la corrupción no es otra cosa que ser corruptible. Pues, si el sol siendo criatura corruptible, manda por todas partes sus rayos al cieno y a las horruras, y se comunica a infinitas otras criaturas de ese género, y con todo por esa fealdad de semejantes horruras corporales, en nada recibe daño aquella su limpieza, sino que sus rayos los regresa impolutos a sí mismo, y comunica su virtud y su fuerza a muchos cuerpos que lo reciben y él en cambio no recibe de ellos en sí daño ninguno ni fealdad ¿cuánto más aquel Sol de justicia, aquel Señor de las Potestades incorpóreas, al entrar en la carne no solamente no se manchó, sino que por el contrario a ella la tornó más pura y más santa?

Considerando, pues, todas estas cosas, y recordando la voz divina que dice: Habitaré en ellos y entre, ellos andaré, y aquella otra: Vosotros sois templo de Dios y el Espíritu Santo habita en vosotros, por nuestra parte sostengámonos en contra y cerremos las bocas impías de esos herejes y gocemos de nuestros bienes y glorifiquemos a Dios encarnado por esta su humillación hasta nosotros, tan llena de benignidad; y venerémoslo y démosle gracias con todo el poder de nuestras facultades. Aunque a Dios no le podemos tributar otras acciones de gracias que sean dignas, sino solamente aquella que consiste en nuestra salvación y de nuestras almas y en el anhelo por la virtud.

Así pues: ¡no nos hagamos los desagradecidos para con nuestro bienhechor; sino que todos, según nuestras fuerzas, ofrezcámosle todo: la fe, la esperanza, la caridad, la templanza, la misericordia, la hospitalidad! Y no cesaré en adelante de exhortaros a lo mismo a que os he exhortado anteriormente y ahora también. ¿Qué cosa es esa? ¡Que cuando hayáis de acercaros a la tremenda y divina mesa y a los sagrados misterios, lo hagáis con temor y temblor, con conciencia pura, en ayuno y oración, y no en tumulto ni pisándoos unos a otros ni empujando a los más cercanos! Porque esto es el extremo de la soberbia, y una falta de aprecio no vulgar. Por lo cual amenaza Dios a quien tal cosa hace con un no leve castigo.

¡Considera dentro de ti, oh hombre, qué ofrenda es la que vas a tocar, a qué mesa te vas a acercar! ¡Piensa en que, siendo tú polvo y tierra, vas a recibir el cuerpo y la sangre de Cristo! ¡Si un rey os llamara a un banquete, con temor os pondríais a la mesa y con reverencia y silencio tomaríais los alimentos que se os pusieran delante! Y cuando Dios te llama a su mesa y te pone en ella como manjar a su Hijo; cuando las Potestades angélicas asisten con temor y temblor; cuando los Querubines velan su faz, y los Serafines con respeto claman santo, santo, santo es el Señor ¿te atreves tú a acercarte al banquete espiritual vociferando y con tumulto?

¿Acaso se te oculta que ese tiempo debe estar lleno de la tranquilidad de la mente? ¡De mucha paz y quietud se necesita, y no de alboroto, ira y estrépito, porque estas cosas manchan al alma que así se acerca! Pero ¿qué perdón merecemos si tras de tantos pecados, a lo menos en este tiempo en que a la mesa sagrada nos acercamos, no nos limpiamos de esas alteraciones no razonables? Pues ¿qué cosa hay más necesaria que las que en esta mesa se nos ponen delante? ¿qué nos urge así para que nos apresuremos a ella haciendo a un lado las cosas espirituales? ¡No, os lo ruego y os lo suplico! ¡no concitemos contra nosotros la ira divina!

Lo que se nos pone delante es una medicina salvadora para nuestras enfermedades y llagas, y riquezas eternas con que ganemos el reino de los cielos. Acerquémonos, pues, con reverencia; demos gracias; inclinémonos y confesemos nuestros pecados; lloremos con lágrimas nuestras culpas; hagamos delante de Dios largas y atentas oraciones. Y una vez limpios así nosotros, en silencio y con la debida modestia, acerquémonos como quien se acerca al Rey del cielo. Y una vez que hayamos recibido los Santos e inmaculados dones, besémoslos y abracémoslos y enfervoricémonos en nuestra mente y en nuestro corazón, a fin de que no nos acerquemos a una condenación y juicio, sino a una templanza del alma, a la caridad, a la virtud, a la reconciliación con Dios en firme paz. a la ocasión de infinitos bienes; y con esto, nos santifiquemos a nosotros mismos y a los prójimos los edifiquemos.

Frecuentemente trato de esto con vosotros y no cesaré de hacerlo. Porque ¿qué utilidad trae el concurrir acá a la ligera, si no habéis de aprender nada que os sea útil? ¿Qué beneficio os trae, pregunto, el predicaros siempre para agradaros? ¡Breve es, oh carísimo, el tiempo presente! ¡Seamos por lo mismo temperados, vigilemos, reformémonos a nosotros mismos! ¡mostremos a todos sinceramente el afecto de un ánimo benévolo! ¡procedamos en todo con reverencia, ya sea que hayamos de oír la palabra divina o de orar o de acercarnos a la mesa de Dios o de hacer otra cualquiera cosa! ¡hagámoslo todo con temor y temblor, para que no nos atraigamos, por nuestra negligencia, la maldición! Porque dice el profeta: ¡Maldito todo aquel que hace la obra de Dios con negligencia! ‘

Con el tumulto y la ira se hace ofensa a los Santos dones que se ponen delante. En verdad que es supremo desprecio el presentarse ante Dios manchado. Oye lo que de los tales dice el apóstol: ¡Si alguno profana el templo de Dios, Dios lo destruirá!” Así pues: ¡no irritemos a Dios con aquello mismo con que lo hemos de reconciliar con nosotros! Acerquémonos con toda diligencia y limpieza, y llevando una plena tranquilidad de alma, con oraciones y un corazón contrito. A fin de que, habiéndonos hecho así propicio al Señor nuestro Jesucristo, podamos obtener los bienes que nos están prometidos, por gracia y benignidad del mismo Señor nuestro Jesucristo, al cual, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, sea el poder, la gloria y el honor, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

Revisado y corregido por H.M.P

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Categorías:San Juan Crisóstomo

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