La genealogía de Jesús Cristo

Fresco de la Theotokos “La Raíz de Jesé”, representación iconográfica de los antepasados de Cristo, en el monasterio de Vatopedi (Monte Athos)

Icono milagroso de la Panaguía Mirovlítisa (emanadora de mirro) “La Raíz de Jesé” en el monasterio de San Nicolás, en la isla de Andros (Grecia)

Icono de San Juan Crisóstomo entronizado

HOMIL ÍA II SOBRE EL EVANGELIO DE SAN MATEO

por San Juan Crisóstomo

 

Libro de la genealogía de Jesús Cristo, hijo de David, hijo de Abraham (Mt 1, 1)

 

¿Recordáis por ventura la exhortación que hace poco os hacía para que con silencio profundo y místico recogimiento escucharais todo lo que se os iba a decir? Pues bien: hoy tenemos que acercarnos a las sagradas puertas de aquella ciudad; y por este motivo os he traído a la memoria aquella exhortación. A los judíos que habían de acercarse al monte ardiente, al fuego y a la nube tenebrosa, o mejor dicho que ni siquiera debían acercarse, sino ver y oír de lejos, se les ordenó abstenerse del uso del matrimonio desde tres días antes y que lavaran sus vestidos; y ellos permanecían juntamente con Moisés en temor y temblor; mucho más nosotros que vamos a escuchar tan solemnes palabras, no permaneciendo lejos del monte envuelto en humo, sino penetrando en el cielo mismo, estamos obligados a mostrar mayor sabiduría y prudencia, no limpiando nuestros vestidos, sino la vestidura del alma, liberados ya de toda mezcla de las cosas mundanas.

Porque no vais a ver la tiniebla ni el humo ni la nube tempestuosa, sino al Rey en persona, sentado en el trono de su gloria inefable y a los ángeles y arcángeles que lo rodean, y junto con su corte incontable, a las multitudes del pueblo cristiano. Porque tal es la ciudad de Dios que en sí contiene la reunión de los antepasados, las almas de los justos, la multitud de los ángeles, la aspersión de la sangre que junta en uno todas las cosas: el cielo recibe en sí los cuerpos terrenos y la tierra los dones celestiales, y se da a los ángeles y a los santos la paz tan de antiguo deseada.

En esta ciudad está erigido aquel brillante y preclaro trofeo de la cruz, están los despojos ganados por Cristo, las primicias de nuestra naturaleza, el botín de nuestro Rey. Ahora bien, si cuidadosamente atendemos, todo lo encontraremos en los evangelios con plena justeza descrito. Si tú con el conveniente recogimiento vas siguiendo lo que se diga, podremos guiarte por todos los sitios y mostrarte en dónde yace traspasada la muerte con herida mortal, en dónde colgado el pecado ya muerto también, dónde se guardan los muchos y maravillosos despojos ganados en esta guerra, traídos de esta batalla. Verás ahí vencido al tirano y a la multitud de prisioneros que le siguen atados; verás la fortaleza desde la que el demonio impuro en los tiempos pasados asaltaba a todo el universo; contemplarás los escondrijos y cuevas de ese ladrón ahora ya destruidos y desmantelados, pues hasta allí llegó nuestro Rey.

Ni te vayas a cansar, carísimo. Si os contaran una guerra terrena, jamás os hartaríais de oír hablar de trofeos y victorias, y por tales victorias os olvidaríais de comer y beber. Pues si agradable te resulta semejante narración, mucho más lo es esta otra. Advierte qué cosa tan grande es escuchar cómo Dios allá en el cielo, se levantó de su trono y se lanzó hasta la tierra y aun a los mismos infiernos y se presentó a combatir; y cómo el diablo a su vez se encaró contra Dios; pero no contra Dios simplemente, sino contra Dios oculto en la humana naturaleza. Y lo admirable es que verás la muerte destruida por la muerte y la maldición invalidada mediante la maldición; y la tiranía del diablo destruida por medio de las mismas cosas que antes constituían su fortaleza.

¡Ea, pues! ¡despertemos, echemos de nosotros la somnolencia! Ya contemplo delante de nosotros cómo se nos abren las puertas. Entremos con orden y reverencia y pasemos inmediatamente entre los pórticos divinos. ¿Qué pórticos son estos? Libro de la genealogía de Jesús Cristo, hijo de David, hijo de Abraham ¿Qué dices? Anunciaste que ibas a tratar del Hijo Unigénito de Dios y nos sales con David, varón nacido tras de infinitas generaciones y éste nos dices que es su padre y progenitor?. . . ¡Espera! No quieras saberlo todo al mismo tiempo, sino despacio y con lentitud. Estás todavía en los pórticos, en el vestíbulo mismo. ¿Por qué te precipitas a introducirte en lo interior del santuario? Todavía no has contemplado bien todo lo de fuera. Tampoco te explico aún su generación eterna, ni siquiera la que a ésta se siguió, pues es también inexplicable e inefable. Esto mismo te le dijo, antes que yo, el profeta Isaías. Pues preanunciando su pasión y su providencia por todo el orbe de la tierra, y maravillado de quién era y quién se hizo y hasta dónde bajó, lanzó un grande y claro grito, diciendo: Su generación, ¿quién la explicará? (Is 53, 8)

Pero no voy a hablaros ahora de aquella generación eterna, sino de esta otra inferior y terrena, de la cual hay testigos infinitos. Y aún de ésta sólo os hablaré en la medida de lo posible con la gracia del Espíritu Santo. Aunque a la verdad, tampoco ésta podremos con toda claridad explicarla, pues también ella es de lo más terrible. No pienses, pues, que oyes cosas sin importancia cuando oyes hablar de la generación temporal.

Levanta tu mente y estremécete de un santo escalofrío con sólo oír que Dios ha venido a la tierra. Porque esto es tan admirable, tan inesperado, que los ángeles en coro reunidos cantaron por todo el orbe las alabanzas y la gloria de semejante acontecimiento. Y ya de antiguo los profetas quedaron estupefactos de contemplar que sobre la tierra fue visto y conversó con los hombres (Bar 3, 38). En realidad, maravillosa cosa es oír que Dios inefable, inenarrable, incomprensible, igual al Padre, viniera mediante un vientre virgen y se dignara nacer de mujer y tener por ancestros a David y Abraham. Pero ¿qué digo a David y Abraham? Lo que es más que escalofriante: a las meretrices que ya antes nombré.

Tú, al oír semejantes cosas, levanta tu ánimo y no tengas pesamientos humildes. Más bien admírate de que el Hijo de Dios, verdadero Hijo de Dios, que existe sin haber tenido principio, haya aceptado que se le llamara hijo de David, para hacerte a ti hijo de Dios.

Toleró el tener por padre a un esclavo para hacer que tú, esclavo, tuvieras a Dios por padre. ¿Adviertes lo que es el Evangelio, ya desde sus principios? Y si dudas de esa tu filiación, que te muevan a dar fe a ella las cosas que en él se refieren. Porque es mucho más difícil para el humano entendimiento que Dios se haga hombre que lo otro de que el hombre llegue a ser hijo de Dios. De modo que cuando oyes que el Hijo de Dios es hijo de David y de Abraham, ya no dudes de que tú también, hijo que eres de Adán, llegarás a ser hijo de Dios.

Pues a la verdad, nunca en tal forma se habría vanamente humillado y para nada, si no hubiera querido exaltarnos a nosotros. Nació él según la carne para que tú nacieras según el Espíritu; nació de mujer para que tú dejaras de ser hijo de la mujer. De modo que hubo una doble generación: una, que es como la nuestra; y otra, que es superior a la nuestra. Nacer de mujer es lo propio nuestro. Pero nacer no de sangre ni de voluntad de varón y ni de la carne, sino del Espíritu Santo, era anticipado anuncio del nacimiento que supera nuestra naturaleza y que Él nos había de dar por gracia del Espíritu Santo. Semejantes a estas fueron todas las demás cosas. Porque así fue también el Bautismo, que tuvo algo de antiguo y algo de nuevo. Porque ser bautizado por el profeta, pertenece a lo antiguo, pero que en el bautismo bajara el Espíritu Santo fué una novedad. Es como si uno se pusiera entre dos distantes entre sí y extendiendo sus manos los uniera a ambos; eso hizo Cristo, que enlazó el Antiguo y el Nuevo Testamento, la naturaleza divina con la humana, lo suyo con lo nuestro.

¿Has contemplado el resplandor de la ciudad de Dios y cómo su brillantez te ha deslumbrado desde el primer momento? Ahí tienes al Rey desde el comienzo en nuestra propia forma como si estuviera en pleno campamento militar ¡Ahí está, como si estuviera rodeado de su ejército! Porque ahí no siempre despliega el Rey su majestad; sino que, dejando a un lado la púrpura y la diadema, con frecuencia se reviste de simple soldado. En el caso del emperador terreno, esto se hace para no ser conocido y para que no atraiga a los adversarios sobre sí; en el caso del Señor, en cambio, lo hace en tal forma para que no por darse a conocer, rehuya el enemigo el combate y se espanten a la vez todos los suyos: porque todo su empeño no fue espantar sino salvar. Y este fue el motivo de que al punto y desde el comienzo fue llamado Jesús. Este nombre no es griego. Se le llamó así en lengua hebrea, que en griego significa Salvador. Y se le llamó Salvador porque es él quien salva a su pueblo.

¿Adviertes cómo el evangelista levantó el ánimo del oyente, hablándole al modo que nosotros acostumbramos; y cómo con lo que dice nos declara a todos cosas que superan en mucho nuestras esperanzas? Porque entre los judíos eran conocidísimos ambos nombres: Cristo y Jesús. Porque como las cosas por venir habían de ser tan maravillosas, hubieron de preceder las figuras de los nombres; de este modo, ya de antemano se quitaba toda ocasión de alboroto por las novedades que luego habían de venir. Josué o Ioshua (Ioshua es el nombre Jesús en hebreo) se llamó aquel que después de Moisés introdujo al pueblo en la tierra de promisión. Viste allá la figura: contempla ahora la realidad. Aquél introdujo en la tierra de promisión; éste, en el cielo y en los bienes del cielo. Josué, una vez muerto Moisés; Jesús, una vez muerta y cesada la Ley. Josué como caudillo del pueblo; Jesús, como su Rey. Y para que al oír el nombre de Jesús no te fueras a engañar a causa del parecido de los nombres, añadió: Jesús Cristo hijo de David. Aquel otro Jesús no era hijo de David, sino nacido de otra tribu.

Y ¿por qué titula el evangelista a su libro: Libro de la genealogía de Jesús Cristo, siendo así que no trata del nacimiento de Cristo, sino que abarca toda la economía de la encarnación? Porque el nacimiento de Cristo es como la síntesis de toda la economía y el principio y raíz de todos los bienes. Así como Moisés a su libro lo llamó Libro del cielo y de la tierra, aunque no trate únicamente del cielo y de la tierra, sino de todo lo que está entre medio, así aquí también Mateo titula su libro con la principal de las obras de Dios. Al fin y al cabo, lo estupendo y que supera toda expectación es que Dios se haga hombre: dado ese hecho, de ahí, por legítima consecuencia y lógicamente se deriva todo lo demás.

Pero ¿por qué no dijo primero: hijo de Abraham y después hijo de David? No fue porque quisiera, como algunos opinan, proceder de lo inferior a lo superior, pues entonces habría procedido como lo hizo Lucas. Pero Mateo va por el camino contrario. ¿Por qué pues nombró primero a David? Porque David andaba en boca de todos, así por el brillo de sus hazañas, como por razón del tiempo, pues murió muchos siglos después que Abraham.

Y aunque el Señor había hecho las promesas a ambos, la de Abraham, por ser más antigua, se callaba; la de David, en cambio, como más reciente y nueva, andaba en boca de todo el mundo. Así decían los mismos judíos: ¿Acaso el Cristo o Mesías no ha de venir de la descendencia de David y del pueblo de Belén de donde era David? (Jn 7, 42)

Y nadie lo llamaba hijo de Abraham, sino hijo de David, porque, como ya dije, David, a causa de ser de época más reciente y por la gloria de su reinado, era más recordado. El caso es que los judíos y Dios mismo, por David llamaban a los reyes que después de él vinieron y a quienes estimaban. Así Ezequiel y otros profetas dicen al pueblo que vendrá y se levantará David. Y no hablan del que había muerto, sino de quienes imitaban sus virtudes. Y así dice Dios a Ezequías: Protegeré a esta ciudad por honor mío y de mi siervo David (4 Reg 19, 34). Y a Salomón le dijo que por atención a David no dividiría el reino viviendo aún Salomón (3 Reg 11, 12). Porque grande era la gloria de aquel varón ante Dios y ante los hombres. Toma pues el evangelista en primer lugar al que era más conocido y luego pasa al progenitor más antiguo; y por tratarse de los judíos, cree ser inútil llevar más arriba su discurso. Al fin y al cabo, esos dos eran los más admirables: David como rey y profeta; Abraham como profeta y patriarca.

Preguntarás ¿cómo se demuestra que Cristo desciende de David? Habiendo nacido Jesús no de varón, sino de una Virgen; y no dándosenos la genealogía de la Virgen ¿cómo sabremos que él descendía de David? Porque hay aquí dos cuestiones. Una es por qué no se pone la genealogía de María, su madre; la otra, por qué trae a la memoria a José, quien para nada intervino en el nacimiento de Jesús. Lo uno parece superfluo, lo otro, descuido. ¿Por dónde debemos comenzar? Por investigar cómo la Virgen descendía de David.

¿Cómo sabremos, pues, que la virgen desciende de David? Pues oye a Dios que ordena a Gabriel que vaya a una virgen desposada a un varón llamado José, de la casa y familia de David (Lc 1, 27). ¿Qué mayor claridad exiges, pues oyes que la Virgen fue de la casa y familia de David? Pero de aquí se concluye que también José traía el mismo origen. Porque existía una ley que prohibía tomar por esposa a quien no fuera de la misma tribu. Y el patriarca Jacob había predicho que el Cristo nacería de la tribu de Judá: No faltará príncipe de Judá ni caudillo salido de sus entrañas, hasta que venga Aquel a quien el cetro está reservado; y él será la expectación de las naciones (Gen 49, 10). Semejante profecía asegura que Cristo nacerá de la tribu de Judá, pero no dice todavía que también hubiera de ser de la familia de David. ¿Acaso en la tribu de Judá no había otra familia que la de David? Muchas otras había; y podía suceder que fuera de la tribu de Judá sin ser de la familia de David. Pues para que no afirmaras esto, el evangelista suprime toda sospecha, añadiendo que es de la casa y familia de David.

Y si quieres conocer esto por otro camino, no faltan pruebas. Porque según la Ley no sólo no era lícito casarse con una mujer de otra tribu, sino ni siquiera de otra familia, o sea, de otro parentesco. Así pues, si aplicamos a la Virgen las palabras: de la casa y familia de David, queda todo probado. Y si las referimos a José igualmente se comprueba. Pues si José era de la casa y familia de David, ciertamente no tomó esposa de otra casa y familia, sino de su propia parentela. Quizás objetarás diciendo: Bueno, pero ¿y si José quebrantó la Ley?

Precisamente para que no alegaras esto, se adelantó el evangelista y dio testimonio de que José era varón justo, y así, conociendo su virtud y santidad, supieras que no había quebrantado la Ley. Pues quien tan virtuoso era y tan ajeno estaba a los torcidos afectos, que ni aun urgiéndolo la sospecha, quiso intentar nada en castigo contra la Virgen, ¿cómo iba a traspasar la Ley llevado por el placer? Quien daba pruebas de una filosofía que estaba por encima de la Ley (puesto que abandonar a su esposa y abandonarla a ocultas era filosofía superior a la Ley) ¿cómo iba a cometer una falta contra la Ley sin que necesidad alguna le forzara a ello? Queda, pues, manifiesto por lo que precede, que la Virgen era descendiente de David.

Pero ahora es necesario explicar por qué el evangelista no puso la genealogía de la Virgen, sino la de José. ¿Cuál fué el motivo? El motivo fue sencillamente que no entraba en las costumbres judías poner las genealogías de las mujeres. Por esto el evangelista, para ajustarse a semejante costumbre, y no parecer que ya desde el comienzo la quebrantaba, y al mismo tiempo para declararnos el origen de la Virgen, calló sus progenitores, y en cambio puso los de José. Si la hubiera puesto, hubiera parecido que hacía una novedad; y si hubiera callado la genealogía de José tampoco conoceríamos a los ancestros de la Virgen. Así pues, para que conociérmos quién era María y de quiénes descendía, y al mismo tiempo para no quebrantar las leyes, refirió la genealogía de José, el esposo de la Virgen y así demostró ser ésta descendiente de David. Pues una vez demostrado lo primero, juntamente quedaba demostrado que la Virgen traía su origen de la misma casa y familia; ya que, como dije, jamás hubiera querido aquel varón justo tomar esposa de otra familia. Hay además otra razón más profunda y misteriosa de que se hayan pasado en silencio los progenitores de la Virgen; pero no es oportuno el declararla aquí, porque ya bastante hemos dicho.

Por lo mismo dando por terminada, por hoy, la investigación, retengamos en la memoria cuidadosamente lo explicado. Es a saber: por qué ante todo y en primer lugar se hizo mención de David; por qué el libro se tituló Libro de la genealogía; por qué se añadió de Jesús Cristo; por qué su generación es común con la nuestra y sin embargo es diferente; cómo se demuestra que María desciende de David; por qué, pasando en silencio a sus antepasados, se pone en cambio la genealogía de José. Si esto recordáis, haréis que nosotros con mayor prontitud entremos a tratar de lo que sigue; pero si lo queréis olvidar y arrojar de vuestra memoria, nuestro fervor para adelante será forzosamente menor. Si la tierra corrompe las primeras semillas que se le echan, no hay labrador que de buena gana quiera continuar cuidándola. Os ruego, pues, que meditéis en lo dicho. Porque además, de la meditación de tales materias nacen para el alma grandes y saludables bienes. Agradaremos a Dios si en esto ponemos cuidado; y además nuestra boca se purificará de insultos, obscenidades y discusiones, pues se ejercitará en conversaciones espirituales. Podremos así tornarnos más temibles a los demonios, nos atraeremos mayor gracia de Dios y se hará más claro el ojo de nuestra alma. Dios puso en nosotros ojos, boca y oídos para que todos esos miembros los pongamos a Su servicio; de manera que de sus cosas hablemos, en sus obras nos ocupemos y continuamente con himnos lo celebremos, y en acciones de gracias pasemos el día, y de este modo purifiquemos nuestras conciencias. Pues así como el cuerpo que goza de aires puros se torna más vigoroso, así el alma nutrida con semejante ejercicio, a más alta filosofía se levanta.

¿No has notado cómo los ojos corporales derraman lágrimas cuando están en medio del humo? Y en cambio se tornan más perspicaces y sanos cuando están en un aire transparente y en un prado, junto a las fuentes y jardines? Lo mismo sucede con los ojos del alma.

Si ésta se pasea y se alimenta en el prado de las Sagradas Escrituras, su ojo será limpio, claro, perspicaz; mientras que si se sumerge en las humaredas de los negocios seculares, su ojo se cubrirá de llanto y lágrimas, así al presente como en lo futuro. Porque los humanos negocios son como el humo. Por lo cual alguien dijo: Mis días se han disipado como el humo (Sal 101, 4). El salmista trata ahí únicamente de la brevedad de la vida y velocidad con que huye nuestro tiempo fugaz. Pero yo creo que ha de aplicarse no a sólo eso, sino también a la fragilidad, como de tela de araña, de los negocios presentes. Pues no hay cosa que tanto afecte y perturbe al ojo del alma como el tumulto de las cosas del siglo y la multitud de las concupiscencias. Son éstas la leña de que brota aquel humo. Y así como cuando el fuego se aplica a unos maderos húmedos, se produce una gran humareda, del mismo modo la concupiscencia, ardiente como una llama, cuando topa con una alma húmeda y disoluta, produce mucho humo. Se necesita que el rocío del Espíritu Santo y su viento suave tales llamas extingan, disipen el humo y den alas a nuestros pensamientos.

Quien en semejantes males se encuentre enredado, no podrá, ¡imposible!, volar hacia el cielo. Debemos, pues, anhelar el poder tomar el camino sin impedimentos. Más aún: ni eso solo nos será posible, si no tomamos las alas del Espíritu Santo. Siéndonos necesaria una mente libre y además la gracia espiritual para poder subir a tan gran altura, cuando nada de eso tenemos y en vez de eso nos cargamos con todo lo contrario, con una carga satánica, ¿cómo podremos volar oprimidos con carga tan insoportable? Si alguno quisiera ponderar nuestros pensamientos como poniéndolos en una justa balanza, al lado de diez mil talentos de cuidados seculares, apenas podría poner cien denarios de palabras espirituales y aun quizá no llegaría ni a diez óbolos. ¿No es acaso reprobable y además ridículo que cuando tenemos un criado lo ocupemos de ordinario en las cosas que nos son necesarias y en cambio no utilicemos como siervo nuestra boca, miembro nuestro, sino al revés, la traigamos ocupada entre negocios inútiles? ¡Y ojalá fuera solamente en cosas inútiles!

Pues, por el contrario, la usamos para asuntos que nos dañan y de los que ninguna utilidad nos proviene. Si lo que hablamos nos acarreara utilidad sin duda que con ello agradaríamos a Dios. Ahora, en cambio, preferimos todo lo que el demonio nos sugiere, unas veces entre risas, otras diciendo bromas, ya lanzando maldiciones e insultos, ya jurando, mintiendo, perjurando, mostrando ira o narrando futilezas más vanas que las fábulas de las viejecitas y que para nada nos aprovechan. ¿Quién de vosotros, pregunto, si se le pide que recite un salmo es capaz de hacerlo, u otra parte cualquiera de la Sagrada Escritura? Nadie en absoluto. Ni es esto lo peor; sino que sois para las cosas espirituales perezosos, pero para las cosas del diablo sois más ardientes que el fuego. Si alguno quisiera preguntaros sobre las canciones diabólicas, sobre esas melodías de prostíbulo y disolutas, encontraría muchos que todo eso lo saben perfectamente y aun lo declaman con grandísimo placer. Y ¿cuál es la defensa que contra semejante acusación oponen? Responden: Yo no soy monje, sino que tengo mujer e hijos y necesito cuidar de mis asuntos domésticos. Pues precisamente lo que lo ha echado todo a perder es que os persuadís de que sólo a los monjes toca la lectura de las Escrituras Sagradas, siendo así que a vosotros os es más necesaria que a ellos. Los que andan en medio del mundo y diariamente reciben heridas son los que más necesitan de medicinas. De modo que es mucho mayor mal juzgar como inútil su lectura, que simplemente no leerlas. Semejante excusa no es sino invención del demonio.

¿No escucháis a Pablo que dice: Todo fué escrito para nuestra instrucción (1 Cor 10, 11)? ¿ Y tú, que no te atreverías a tocar el Evangelio sin lavarte las manos, no crees que es muy necesario lo que en él se contiene? Y en cambio, piensas que lo que en ellos se contiene no es cosa eminentemente necesaria. Por eso andan las cosas como andan. Si quieres saber cuan alta ganancia se obtiene de leer las Escrituras, examínate a ti mismo y observa en qué estado de ánimo te encuentras cuando oyes el canto de los salmos y en cuál cuando escuchas las canciones satánicas. En qué disposición de ánimo te encuentras cuando estás sentado en la iglesia, y en cuál cuando estás sentado en el teatro.¡Qué diferencia entre una alma y otra, no obstante ser una sola! Por esto dice Pablo: Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres (1 Cor 15, 33).

Por tal motivo necesitamos continuamente de los cantos del Espíritu Santo. En esto superamos a los irracionales, aún cuando en otras muchas cosas les seamos inferiores. Esos cantares son el alimento del alma, su adorno y seguridad; y no escucharlos es el hambre y corrupción. Dice un profeta: Yo les daré hambre y no de pan; sed y no de agua; sino hambre de oír la palabra de Dios (Am 8, 11). Pues ¿qué desdicha puede haber mayor que lo que Dios amenaza como castigo, lo atraigas tú sobre tu cabeza voluntariamente, pues echas en tu alma grandísima hambre, con lo que la conviertes en la cosa más débil del mundo? Suele el alma mediante las palabras salvarse o corromperse; porque una palabra la enciende en ira y una palabra la devuelve otra vez a la calma; una palabra deshonesta la incita a la concupiscencia y una palabra casta la conduce a la templanza. Pues si tan grande poder tiene la simple palabra ¿por qué, dime, desprecias las Sagradas Escrituras? Si tanto puede una simple exhortación, ¿qué no podrán las que van acompañadas del Espíritu Santo? Una palabra tomada de las Escrituras Santas ablanda mejor que el fuego a una alma endurecida y la deja preparada para toda obra buena. Este fue el modo como Pablo, habiendo visto a los corintios hinchados y soberbios, los volvió más modestos y los redujo a la humildad. Ellos se gloriaban precisamente de lo que era motivo de vergüenza y de rubor. Pero en cuanto recibieron la carta de Pablo, oye cómo cambiaron, según lo testifica el mismo doctor de las gentes con estas palabras: Pues ved, esto mismo de haberos contristado según Dios, ¡qué solicitud ha producido en vosotros y qué empeño por justificaros; qué indignación, qué temor, qué anhelos, qué celo y qué vindicación! En toda forma os mostrasteis intachables en aquel asunto (2 Cor 7, 11).

Pues del mismo modo enseñemos a nuestros criados, hijos, esposas y amigos; hagamos, así, amigos a nuestros enemigos. Por esos caminos, aquellos excelentes varones, amigos de Dios, se tornaron mejores. Así David, después de su pecado, fue inducido, como fruto de las palabras de una exhortación, a una excelente penitencia. También del mismo modo los apóstoles llegaron a ser tales como los conocemos y conquistaron luego toda la tierra. Pero me dirás. ¿Cuál será el fruto si uno oye las sentencias, pero luego no las practica? Pues a pesar de todo, de sólo oírlas se sigue una no pequeña ganancia. Porque quien las oye se condenará a sí mismo y llorará, y finalmente llegará un día en que será llevado a poner en práctica lo que ha oído. En cambio, el que ni siquiera sabe que pecó ¿cuándo dejará de pecar? ¿cuándo se condenará a sí mismo?

En conclusión, no despreciemos la escucha de las Sagradas Escrituras. Pensamiento satánico es despreciarlas, y tal que nos impide ver el gran tesoro que tenemos para hacernos ricos. Por eso nos dice el diablo que nada vale la escucha de las leyes divinas. Es que no quiere que de oírlas pasemos a ponerlas en práctica. Sabiendo pues que tal perversidad y artimaña es del demonio, defendámonos por todas partes para que con tales armas prevenidos, permanezcamos invencibles y le aplastemos la cabeza. Así, ceñidos de brillantes coronas de victoria, conseguiremos los bienes futuros, por la gracia y amor de nuestro Señor Jesús Cristo, a quien sea la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

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Categorías:San Juan Crisóstomo, Santísima Trinidad

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