El martirio, el más alto carisma del Espíritu Santo

 

Icono del martirio del primer mártir cristiano, San Esteban

San Juan Crisóstomo, la voz de la Iglesia

Homilía encomiástica en honor de todos los santos que en todo el orbe de la tierra han padecido el martirio

por San Juan Crisóstomo

Aún no se han cumplido siete días desde que celebramos la sagrada solemnidad de Pentecostés, y ya nos ha alcanzado el coro de los mártires, o mejor dicho el ejército o conjunto de ellos, en nada inferior al ejército de ángeles que vio Jacob el patriarca; sino más bien, émulo y aun igual. Porque los ángeles y los mártires sólo en el nombre se diferencian, pero en las obras se identifican: los ángeles habitan en el cielo y lo mismo los mártires; ajenos están aquéllos a la ancianidad y son inmortales, cosa que también lograrán los mártires. Pero aquéllos, dirás, han obtenido una naturaleza incorpórea. Mas esto ¿qué importa? Porque aunque los mártires estén sujetos al cuerpo, su cuerpo es inmortal. Más aún: ya antes de la inmortalidad, la muerte de Cristo los embellece más que la misma inmortalidad. No es tan bello el cielo adornado con los coros de las constelaciones, como lo son los cuerpos de los mártires adornados de sus heridas. De manera que precisamente por haber muerto, por eso sobresalen; y antes que la inmortalidad gozan ya del premio que les adquirió la muerte al coronarlos. ¡Lo hiciste un poco menor que los ángeles y lo coronaste de gloria y de honor!, dice David hablando de la común naturaleza del hombre; pero ese poco se lo devolvió Cristo cuando vino y con su muerte dio muerte a la muerte. (Sal 8,6) Pero yo no voy a tomar de aquí mi demostración, sino de que el defecto de la mortalidad se convirtió en lucro y en ventaja. Porque los mártires, si no hubieran sido mortales, no habrían sido mártires. De manera que de no existir la muerte, tampoco hubieran existido las coronas; si no hubiera habido muerte, no habría habido martirio; si no hubiera existido la muerte, Pablo no hubiera podido decir: ¡Cada día muero por vuestra gloria, que yo tengo en Cristo Jesús! (1 Cor 15, 31) Si no hubiera existido la muerte, no habría podido decir él: ¡Me gozo en mis padecimientos por vosotros y cumplo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo! (Col 1, 24)

Así pues, no nos quejemos de que se nos ha hecho mortales; sino demos gracias, porque la muerte nos abrió la palestra del martirio, y por la muerte hemos recibido materia de premios; puesto que de ella hemos obtenido la ocasión de los certámenes. ¿Ves la sabiduría de Dios y cómo al mal supremo y cabeza de todos los males y calamidades nuestras que el diablo introdujo en el mundo (hablo de la muerte), a ése lo convirtió en gloria y honor nuestro, y por su medio llevó a sus atletas al premio del martirio? Pero ¿qué? Entonces ¿habremos de dar gracias por esto al demonio, causante de la muerte? ¡De ningún modo! ¡Porque el beneficio no nació de su bondad, sino que es don de la divina sabiduría!

El demonio introdujo la muerte para perdernos y quitarnos, una vez echados por tierra, toda esperanza de salvación. Pero Cristo, habiendo tomado ese mal, lo convirtió en bien, y por medio de él nos introdujo de nuevo en el cielo. De manera que ninguno de vosotros nos vaya a condenar por haber llamado al conjunto de mártires coro y ejército, y haberle dado a una misma cosa dos nombres tan opuestos. Porque coro y ejército son cosas contrarias; pero en este caso se han juntado y unido ambas. Los mártires, como si anduvieran celebrando danzas, así de alegres marcharon a los tormentos; y a la manera de luchadores desplegaron toda su fortaleza y toda su paciencia y vencieron a los enemigos.

Si atiendes a la naturaleza de las cosas que se llevan a cabo, en realidad son lucha y guerra y batallas; pero si atiendes al pensamiento e intención de los que las efectúan, danzas son y convites y fiestas y delicia grande y suprema las cosas que se llevan a cabo. ¿Quieres que te demuestre cómo todas esas cosas, las hazañas digo de los mártires, son más terribles que cualquiera batalla? ¡Por ambas partes están firmes los escuadrones, y bien defendidos y resplandecientes por todos lados a causa de las armas, y llenan la tierra con su brillo! ¡Por todas partes se lanzan nubes de dardos, con los que el aire se ensombrece! ¡Torrentes de sangre corren por tierra! ¡Por todas partes se advierte la caída de los soldados, que a la manera de las espigas en el tiempo de la cosecha, así mutuamente se derriban al suelo! Pues bien: pasemos de esa batalla a esta otra.

También aquí hay dos escuadrones: uno de mártires, el otro de tiranos. Y por cierto, los tiranos están armados, pero los mártires luchan desnudos. Y con todo, no son los armados sino los inermes quienes llevan la victoria. ¿Quién no quedará estupefacto al ver que quien es azotado con varas vence al que lo azota? ¿Y él atado, al que está suelto? ¡Y él que está abrasado, al que lo quema? ¿y él que muere, al que le mata? ¿Ves, pues, cómo estas batallas son más terribles que las otras? Porque aquéllas, aunque son temibles, pero al fin y al cabo se realizan conforme a las leyes de la naturaleza; pero éstas, en cambio, superan a toda la naturaleza y a todo el modo de ser de las cosas; para que entiendas que deben tenerse como dones de la divina gracia las cosas que acá se realizan. Y con todo, yo pregunto: ¿qué hay más inicuo que esta clase de luchas? ¿qué hay más injusto que este género de certámenes?

Porque en las guerras ambos combatientes se arman. Pero acá no sucede así. Puesto que el uno está inerme, el otro cubierto de sus armas. Además, en los certámenes le es lícito a cada cual levantar contra el otro sus manos; aquí, en cambio, el uno está atado y el otro hiere a mansalva y con plena libertad; y, atribuyéndose a sí mismos, como por un poder legal, la facultad de infligir castigos los que presiden, y dejando a los santos mártires solamente el poder de sufrir los tormentos, así proceden al combate contra los bienaventurados. Y a pesar de todo, ni aun así vencen, sino que salen de esta lucha vencidos.

Les sucede exactamente lo mismo que a un varón que provocara a otro que fuera grande luchador a combate; pero, tras de cortarle la punta de la lanza, despojarlo de la loriga y dejarlo sin armas, así lo obligara a combatir; y sin embargo, aquel otro, aunque golpeado y herido y atravesado con infinitas heridas, a pesar de todo se llevara el trofeo del vencimiento. Porque los tiranos eran vencidos por los mártires, estando éstos con las manos atadas a la espalda, y presentándolos aquéllos en medio inermes y habiéndolos cubierto de heridas. Pero los mártires, tras de haber soportado infinitas heridas, llevaban la victoria sobre el demonio. Y así como el diamante, aun golpeado en nada cede ni se ablanda: más aún, destroza al hierro que lo golpea, del mismo modo aquellas almas santas, aunque se usaba en su contra tan grande cantidad de tormentos, nada grave padecían; mientras que por el contrario, ellas, tras de haber aniquilado las fuerzas y energías de los que las herían, los apartaban de los certámenes vergonzosa e ignominiosamente vencidos.

Tras de atar los tiranos a los mártires en los ecúleos, les abrían los costados en surcos profundos, como quien surca la tierra con el arado y no como quien está destrozando los cuerpos. Podían verse ahí los vientres rasgados, los costados descarnados, los pechos destrozados; y a pesar de todo, ni con esos tormentos se saciaban aquellas bestias feroces, alimentadas en sus furores con sangre; sino que, una vez quitados los mártires de los ecúleos, los extendían sobre las parrillas de hierro y les ponían debajo carbones encendidos. Entonces podían contemplarse espectáculos mucho más acerbos que los anteriores, en tanto que los mártires destilaban un doble género de gotas: unas de sangre que corrían hasta la tierra, y otras de las carnes hechas agua. ¡Y aquellos santos, como si estuvieran entre rosas así yacían en las brasas: tal era el gozo con que miraban lo que sucedía!

Pero tú, cuando oyes eso de las parrillas de hierro, acuérdate de la escala aquella que vio el patriarca Jacob, tendida desde la tierra al cielo. Por ésta bajaban los ángeles, por aquélla suben los mártires: en ambas está apoyado el Señor. No habrían podido estos santos soportar los dolores si no se hubieran apoyado en esta escala. Y a cualquiera le es manifiesto que por ésta subían y bajaban los ángeles y que por aquélla suben los mártires. Y esto ¿por qué? Porque los ángeles han sido enviados para ministerio y servicio de los que alcanzan la herencia de la salvación; mientras que los mártires, a la manera de atletas, una vez terminado el certamen, vencedores caminan hacia el que lo preside.

Y no escuchemos a la ligera cuando se dice que fueron colocados carbones encendidos debajo de los cuerpos ya desgarrados; sino consideremos la situación en que nosotros nos encontramos cuando nos asalta la fiebre. Juzgamos entonces la vida desagradable y acerba, gemimos, nos llenamos de impaciencia, nos ponemos coléricos a la manera de niños pequeños, y tenemos aquel ardor por no menor que el de la gehenna. A éstos, en cambio, no por una fiebre que los acometiera, sino rodeados por todas partes de llamas, mientras sobre sus llagas llovían las chispas y las heridas les punzaban más cruelmente que lo hubiera hecho una bestia feroz cualquiera, como si estuvieran hechos de diamante y estuvieran contemplando cómo eso se hacía en cuerpos ajenos, así de generosamente y con la fortaleza que convenía, perseveraban constantísimos en la confesión de la fe; y perseverando de este modo en todos esos males, al mismo tiempo demostraban su invicta fortaleza y declaraban por modo egregio la gracia de Dios.

¿Habéis con frecuencia contemplado, hacia la aurora, al sol naciente cómo lanza rayos que parecen de azafrán? ¡Así era el cuerpo de los mártires cuando corría desde ellos, a la manera de rayos azafranados, la sangre a torrentes por todas partes; rayos que hacían resplandecientes aquellos cuerpos, mucho más que al cielo los del sol! Los ángeles se extasiaban al contemplar aquella sangre, se horrorizaban los demonios y el diablo temblaba. Porque la que miraban no era una sangre cualquiera, sino una sangre salvadora, una sangre santa, una sangre que merecía el cielo, una sangre que riega constantemente las bellas arboledas del empíreo. Vio esta sangre el diablo y se horrorizó, porque se acordó de otra sangre: la del Señor. Porque esta sangre brota de aquella sangre: ¡desde que fue abierto el costado del Señor, puedes tú contemplar infinitos otros costados abiertos!

¿Quién, puesto que ha de comunicar las pasiones de Cristo y se ha de hacer conforme a Cristo en la muerte, no se dispondrá con gozo a semejantes certámenes? ¡Porque esto solo es ya suficiente premio y merced mucho mayor que los trabajos, y galardón que excede por sí mismo a las batallas, aun antes de entrar en la Realeza de los Cielos. En consecuencia, no nos llenemos de horror si oímos decir que éste o aquél han padecido el martirio; horroricémonos cuando oigamos decir que éste o el otro se ha acobardado y ha perdido el premio de tantos y tan grandes combates. Y si acaso queréis oír qué es lo que se sigue después de esta vida, cierto es que no se puede declarar con discurso ninguno: Porque ni el ojo vio, dice Pablo, ni el oído oyó ni el corazón del hombre ha comprendido jamás lo que Dios ha preparado para los que lo aman. (1 Cor 2, 9) ¡Y nadie ha amado más a Dios que los mártires!

Mas, por ese motivo de que los bienes que nos aguardan exceden a todo pensamiento y discurso en su magnitud, no vamos a callar; sino que nos esforzaremos, en cuanto a nosotros es posible decirlo y a vosotros escucharlo, aunque sea entre oscuridades, en declararos cuan grande sea la felicidad que allá recibe a los mártires: ¡porque ésta solamente la conocen con evidencia los que ya la gozan! Y por cierto, los mártires padecen durante un brevísimo espacio de tiempo todas las cosas intolerables y pesadas; pero, una vez que han salido de este mundo, suben al cielo precedidos de los ángeles y rodeados, como de Guardias, de los arcángeles. Porque éstos no se avergüenzan de servir a sus consiervos; sino que están preparados para hacer cualquier cosa por ellos, puesto que ellos no dudaron en sufrir toda clase de tormentos por Cristo nuestro Señor.

Y una vez que ya han subido a los cielos, todas aquellas santas Virtudes les salen al encuentro. Porque, si cuando se presentan los atletas extranjeros el pueblo todo confluye de todas partes, y los rodea y contempla la apta disposición de sus miembros, con mayor razón, cuando los atletas de la piedad suben al cielo, se reúnen todos los ángeles y de todos lados se agrupan las Virtudes superiores y observan sus heridas; y como a vencedores que de las batallas y luchas regresan, tras de alcanzar infinitas victorias y trofeos, los reciben con gozo, los abrazan; y luego, rodeados de gran número de Guardias, los presentan ante el Rey de los cielos y ante aquel trono redundante de inmensa gloria, a donde están presentes los Querubines y los Serafines.

Llegados pues ante el trono, una vez que han adorado al que en él se asienta, su Señor los recibe con benevolencia mucho mayor que a los otros consiervos. Porque no los recibe como a siervos (¡y eso que este es ya un honor máximo y que no tiene ni puede encontrarse otro que lo iguale), sino como amigos: ¡Porque vosotros, dice, sois mis amigos! (Jn 15, 14) Y esto a la verdad con mucha razón, puesto que El mismo añade: ¡Nadie tiene mayor caridad que la de poner su alma por sus amigos! (Jn 15, 13) Siendo, pues, así que ellos le demostraron la máxima caridad, Él les recibe honoríficamente; y gozan de semejante gloria, y se hacen participantes de los coros angélicos y de los cantares místicos. Si cuando vivían en el cuerpo, por la comunión de los misterios divinos estaban ya admitidos entre los coros angélicos, para cantar con los Querubines el himno tres veces santo, como lo sabéis muy bien vosotros los que ya estáis iniciados en los sagrados misterios, mucho mejor ahora, unidos a aquellos con quienes en otro tiempo hacían fiesta, con una confianza grandísima participan en esas alabanzas.

¿No es verdad que anteriormente os horrorizaba el martirio? ¿no es verdad que ahora, en cambio, estáis deseosos de él? ¿no es verdad que os da pena que ya no sea el tiempo de los martirios? ¡Pues ejercitémosnos para cuando llegue ese tiempo de los martirios! ¡Ellos despreciaron la vida, desprecia tú los deleites! ¡Echaron ellos sus cuerpos a las llamas, arroja tú ahora tus dineros en manos de los pobres! ¡Pisotearon ellos las brasas, apaga tú la llama de la concupiscencia! ¡Cosas son éstas laboriosas y difíciles, pero con todo, muy útiles! ¡No claves tu mirada en las cosas presentes, que son amargas, sino en las futuras, que son agradables! ¡No en los males que tienes a la mano, sino en los bienes que te esperan! ¡no en los dolores, sino en los premios! ¡no en los trabajos, sino en las coronas! ¡no en los sudores, sino en la paga! ¡no en el fuego abrasador, sino en la realeza prometida! ¡no en los verdugos que están presentes, sino en Cristo, que es quien corona!

¡Este es el método más expedito y la vía más fácil para la virtud! ¡no mirar solamente a los trabajos sino juntamente a los premios, y no separar a unos de otros! Así pues: cuando vayas a dar una limosna, no atiendas al dinero que en eso gastas, sino a la justicia que vas adquiriendo. ¡Derrochó, dio a los pobres: su justicia permanece por los siglos! (Sal 111, 9) No mires a las riquezas que se disminuyen, sino al tesoro que se te aumenta. Si acaso ayunas, no atiendas al sufrimiento de la carne por el ayuno, sino al descanso que mediante esa maceración consigues. Si pasas la noche en oración, atiende y pesa no la molestia que de la vigilia se sigue, sino la confianza ante Dios que con la oración adquieres. Así lo hacen los soldados: no miran a las heridas sino a los premios; no a las muertes sino a la victoria; no a los cadáveres que caen sino a los vencedores que son coronados. Los timoneles mismos, antes que a las tempestades atienden al puerto; antes que a los naufragios, a las mercancías y ganancias; antes que a las incomodidades de la navegación, al lucro que obtienen con aquellos viajes marinos. ¡Haz tú lo mismo! ¡Considera cuan grande cosa sea que mientras los mortales todos, las fieras, las bestias domésticas duermen en profundo sueño durante toda la noche, tú solo, despierto, entres en pláticas libremente con el común Señor de todos!

¿Es dulce el sueño? ¡Pues no hay cosa más dulce que la oración! Si puedes tú hablar largamente a solas con el Señor a solas también, sin que nadie te interrumpa con el ruido, nadie te llame, nadie te saque de la oración, tienes entonces el tiempo como un auxiliar para obtener de Dios lo que deseas. Más aún: si acostado en un suave lecho, estás dando vueltas a un lado y a otro, ¿por qué dudas en levantarte? ¡Trae a tu pensamiento a los mártires que en el día de hoy están tendidos en las parrillas de hierro y no precisamente en un aliñado lecho puesto debajo, sino puestas debajo las brasas!

Quiero terminar aquí mi discurso, a fin de que vosotros salgáis de este sitio con la memoria fresca aún y reciente de las parrillas, y os acordéis de ellas durante el día y durante la noche. Porque, aunque nos retuvieran infinitos lazos en la cama, fácilmente podríamos deshacerlos y levantarnos para la oración, con tal de que tuviéramos constantemente presentes esas parrillas. Pero no solamente las parrillas, sino también todos los demás tormentos de los mártires, escribámoslos ampliamente en nuestro corazón. Así como los que tratan de hacer sus mansiones más elegantes, las adornan por todos lados con floridas pinturas, así nosotros, en las paredes de nuestra mente pintemos los tormentos de los mártires. Porque aquellas pinturas de las mansiones son inútiles para el cielo; pero estas otras están llenas de utilidad. Y no necesitas para ellas de dineros ni de gastos algunos ni del arte de la pintura, porque en vez de eso te basta con aplicar una voluntad pronta y una mente despierta; y con éstas, como con manos diligentísimas, puedes dibujar los tormentos de los mártires.

Pintemos, pues, en nuestra alma a los que yacen en las sartenes, a los que están tendidos sobre brasas, a los otros arrojados en los calderos hirvientes, a los de más allá sumergidos en el mar; a unos destrozados, a otros desarticulados en las ruedas, a otros empujados a los precipicios; y luego a éstos luchando con las bestias feroces, a aquéllos despeñados en los abismos, y finalmente a los otros en el género de muerte que a cada uno le tocó. Y todo para que, una vez que hayamos puesto nuestra morada más elegante con la variedad de estas pinturas, preparemos así un digno hospedaje al Rey de los cielos. Porque si El viere en nuestra mente tales pinturas, vendrá con el Padre y hará en nosotros su mansión, juntamente con el Espíritu Santo. Y será entonces nuestra mente una regia mansión; y no podrá deslizarse en ella ningún pensamiento torpe, puesto que la memoria de los mártires, como una florida pintura, permanecerá constantemente en nosotros y brillará grandemente. Y así el Rey de todos habitará en nosotros sin intermisión.

Si así recibimos a Cristo en esta vida, podremos, después, cuando de ella salgamos, ser recibidos en los eternos tabernáculos. Cosa que a todos se digne concedernos la gracia y benignidad de nuestro Señor Jesús Cristo, por el cual y con el cual sea la gloria al Padre, juntamente con el santo y vivificante Espíritu, por los siglos de los siglos. Amén.

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