San Pablo, el más grande

                        Icono de San Pablo guiando a san Juan Crisóstomo

              La oreja con que San Juan Crisóstomo escuchaba a San Pablo  se mantiene  incorrupta.

HOMILIA 1ª EN HONOR AL SANTO APOSTOL PABLO

por San Juan Crisóstomo

En nada se equivocaría quien llamara al alma de Pablo un prado de virtudes y un paraíso espiritual: ¡en tal manera floreció con la gracia y tan grande fue la perfección de vida que con la gracia demostró! Porque fue hecho vaso de elección y además él mismo procuró purificarse, por eso los dones del Espíritu Santo se derramaron en él con abundancia. De ahí sacó en provecho nuestro los admirables ríos; ni solamente fueron cuatro como los de la fuente del paraíso, sino muchísimos más que fluyen cada día; y no para regar la tierra sino para despertar las almas de los hombres y que produzcan y germinen la virtud. ¿Qué discurso, por tanto, sería suficiente para declarar sus méritos? ¿qué lengua puede igualar a lo que piden sus alabanzas? ¿cómo alcanzaremos la grandeza de los encomios, cuando él tiene en su alma todos los dones que se hallan en los demás hombres y todos con exceso? ¡Ni solamente los de los hombres, sino también los de los ángeles! Pero no por esto callaremos; antes bien, por esto hablaremos. Porque no hay más excelente género de alabanza que aquel en que la virtud excede al poder del discurso, lo mismo que la grandeza del que es alabado. De manera que el ser vencidos nosotros les es más glorioso que si hubiéramos alcanzado innumerables victorias.

¿De dónde, pues, podremos con oportunidad mayor tomar comienzo para sus alabanzas? ¿Por dónde comenzaremos a alabarlo primero, sino ante todo por esto: que demostremos cómo él posee los bienes de todos? Porque si los profetas ostentaron algún poder y nobleza, o bien los patriarcas o los justos o los apóstoles o los mártires, Pablo tiene todo eso juntamente y con tanta excelencia con cuanta no poseyó ninguno de aquéllos en el particular bien en que sobresalía. ¡Examina, pues, esto con mayor diligencia!

Ofreció Abel un sacrificio y por ello es alabado. Pero, si lo comparamos con el sacrificio de Pablo, aparecerá éste tan superior a aquél como el cielo está sobre la tierra. ¿Cuál sacrificio suyo queréis que traiga a la memoria? Porque no ofreció uno solo, sino que cada día se ofreció a sí mismo y se inmoló. Y ese sacrificio cotidiano lo ofrecía doblemente: de un modo, muriendo cada día, y de otro llevando sin interrupción en su cuerpo la mortificación. Constantemente se preparaba para los peligros y con su voluntad consumaba el martirio. Y mortificando en sí mismo la natural tendencia de la carne, no cumplía menos, antes mucho más, con el oficio de hostia inmolada a Dios. No ofrecía ovejas ni bueyes, sino que se inmolaba a sí mismo doblemente cada día, como ya dijimos.

Y por esto, confiadamente decía: ¡Yo ya me inmolo! (2 Tim 4,6), llamando inmolación a su sangre. Ni se contentó con solos estos sacrificios; sino que, como se había consagrado completamente a Dios, procuró además ofrecerle todo el universo, puesto que recorrió la tierra y el mar, Grecia y la tierra de los bárbaros, y todas las regiones que existen debajo del cielo, como si estuviera dotado de alas. Y esto no con un trabajo sencillo, como quien recorriera vanamente los caminos, sino arrancando al mismo tiempo las espinas del pecado, sembrando en todas partes la palabra de la piedad, extirpando los errores, trayendo a los hombres a la verdad y haciéndolos de hombres ángeles: ¡más aún, como arrebatando esos mismos hombres a los demonios y llevándolos a los ángeles!

Por esto, ya próximo a salir de este mundo, tras de tantos sudores y de innumerables victorias, decía, para consuelo de sus discípulos: Pero si me inmolo en libación añadida al sacrificio y en servicio de vuestra fe, me alegro y me congratulo con todos vosotros; de lo cual vosotros también alegraos y congratulaos conmigo (Filip 2, 17-18). Pues ¿qué cosa se encontrará que iguale el sacrificio en que Pablo, habiendo desnudado la espada del Espíritu Santo, se inmoló y se ofreció sobre el altar que está colocado en los cielos? Cuanto a Abel, murió herido dolosamente por su hermano, y por esto quedó más esclarecido. Pero yo te mostraré innumerables muertes, tantas cuantas fueron los días que este bienaventurado vivió predicando.

Mas, si quieres conocer aquella muerte también, que finalmente se cumplió en realidad, observa que Abel fue muerto por su hermano a quien él no había ofendido, pero tampoco había colmado de beneficios; mientras que Pablo fue muerto por aquellos a quienes deseaba sacar de infinitos males y por los que sufrió todo lo que había padecido. Cuanto a Noé, fue varón justo y perfecto en su generación, y el único que era tal entre todos: pero también Pablo fue encontrado tal el único entre todos. Y se lee que aquél se libró solamente a sí mismo y a sus hijos: éste, en cambio, cuando inundaba al mundo un diluvio mucho más cruel, no fabricando una arca con tablas ensambladas, sino en vez de tablas fabricando epístolas, libró de entre las olas no a dos o tres de sus hermanos, sino en absoluto a todo el orbe amenazado de sumergirse.

Ni era esta arca de tal naturaleza que solamente pudiera ser llevada en torno de un lugar, puesto que abarcaba en sí todos los términos de la tierra. Porque hasta el día de hoy, Pablo los introduce a todos en esta arca que preparó con capacidades para salvar a toda la multitud; arca que habiendo recibido en su seno a gentes casi más necias que los animales irracionales, las hizo imitadoras de los ángeles. Y aun en esto vence esta arca a la otra. Porque aquélla, habiendo recibido en su interior un cuervo, cuervo lo devolvió a los aires; y habiendo recibido un lobo, no pudo cambiarle su fiereza. Pero no así ésta: porque habiendo recibido lobos los cambió en ovejas; habiendo recibido gavilanes y grajos, los volvió palomas; y habiendo excluido toda fiereza e irracionalidad, introdujo en el mundo la mansedumbre del Espíritu Santo; y hasta el día de hoy permanece flotando y no se desbarata. Porque no puede destrabar sus tablas tempestad ninguna de malicia. Más aún: al navegar, frenó los ímpetus de las tempestades; que fue cosa connatural a ella. Porque sus tablas no están calafateadas con pez y betún, sino ungidas con el Espíritu Santo.

Pero dirás que a Abraham todos lo admiran. Porque, en oyendo: ¡Abraham! ¡sal de tu tierra y de tu parentela! (Gn 12,1) al punto abandonó su tierra y su casa y sus amigos y parientes, cuya pérdida sólo se compensaba con el amor al precepto divino. También nosotros por eso lo admiramos. Pero ¿cómo puede equipararse a Pablo? Porque Pablo, no solamente abandonó su patria y casa y parientes, sino el mundo mismo. Más aún: abandonó el cielo y los cielos de los cielos: todo lo despreció mirando a Cristo y buscando una sola cosa en vez de todas esas otras, que era el amor de Cristo. Porque dice: Ni las cosas presentes ni las futuras, ni lo alto, ni lo profundo, ni otra criatura alguna, podrá separarnos del amor que es en Cristo Jesús Señor Nuestro. (Rom 8, 38-39)

Pero Abraham, entregándose a sí mismo al peligro, arrancó de manos de los bárbaros al hijo de su hermano. Así es. Mas Pablo arrancó no al hijo de su hermano, ni a tres ni a cinco ciudades, sino al universo entero de las manos no de los bárbaros sino del demonio, afrontando cada día innumerables peligros, y procurando, además, la salvación de todos, mediante mil muertes suyas. Todavía, lo principal de las buenas obras de aquél y el colmo de su prudencia y sabiduría fue el haber querido inmolar a su propio hijo. Pero, aun en esto encontramos que Pablo se le aventaja; puesto que no inmoló a su hijo, sino a sí mismo infinitas veces, como ya dijimos.

Y en Isaac ¿qué admiraría alguno? Ciertamente muchas otras cosas, pero sobre todo su paciencia. Porque, cavando pozos y siendo orillado hasta los últimos extremos, no se resistía, sino que llevaba en paciencia el que los pozos por él excavados fueran luego ensolvados y tuviera que pasarse a otro lugar. (Gn 26, 15) Y no se lanzaba contra sus adversarios y no reunía un ejército de los suyos; sino que en todas partes cedía sus posesiones hasta saciar la injustísima iniquidad de aquéllos. Pero Pablo, no mirando pozos cubiertos de piedras, sino su propio cuerpo lapidado, no solamente no se daba por vencido como aquél, sino que procuraba llevar al cielo a los mismos que lo lapidaban. Porque esta fuente, cuanto más la ensolvaban tanto brotaba con mayor ímpetu y corría difundiendo más abundosos caudales.

Se admira la Escritura de la longanimidad y paciencia del hijo de éste, Jacob. Pero ¿qué alma hay tan de diamante que pueda imitar la paciencia de Pablo? Porque Pablo soportó les trabajos de la servidumbre por la esposa de Cristo no durante catorce años, sino durante toda su vida; y no solamente quemado al calor del sol en el día y del hielo en la noche, sino además sobrellevando mil géneros de tentaciones. Y ahora destrozado y despedazado con azotes o con piedras, ahora luchando ya con las bestias feroces ya con las olas del mar, ahora en fin peleando días y noches con el hambre continua, y haciendo frente a todos los peligros en todas partes, sacaba de las fauces del lobo a las ovejas que ya había arrebatado.

Cierto que también José fue adornado con la virtud del pudor. Pero yo temo no vaya a ser incluso ridículo alabar a Pablo por este capítulo: ¡a Pablo, que crucificándose al mundo, de tal manera miraba no solamente la belleza de los cuerpos sino también todo cuanto de belleza y de ornato aparece en las demás cosas, como nosotros vemos las cenizas y pavezas, y permanecía insensible y como un muerto delante de otro cadáver! Y como reprimiera con tan grande empeño los naturales incentivos y sus vicios, nunca sufrió nada humano en demasía por lo que toca al afecto para con las demás personas.

Todos los hombres admiran a Job y por cierto con muchísima razón. Porque es un admirable atleta y tal que puede ver de frente al mismo Pablo, por la paciencia y la pureza de su vida y el testimonio de Dios y su esforzadísima lucha contra el demonio y la victoria que en semejante combate consiguió. Pero Pablo, habiendo durado en la batalla no unos meses sino muchos años, brilló tan resplandeciente, no precisamente rayendo la pus de su carne con la gleba de la tierra, sino cayendo con frecuencia en las mismas fauces del león dotado de inteligencia, y luchando contra infinitas tentaciones, que permaneció más inmóvil que una roca; y soportó no a tres ni cuatro amigos, sino a todos los infieles y falsos hermanos que lo cargaron de oprobios, como un escupido y maldito de todos.

Pero dirás que aquel Job ejercía grande hospitalidad y tenía sumo cuidado de los pobres: ¡no lo negamos! Mas creemos que esa hospitalidad era inferior a la de Pablo; y tanto más inferior era cuanto es más inferior el cuerpo respecto del alma. Porque el amor que aquél tenía con los enfermos según la carne, éste la mostraba con los enfermos del alma, unas veces dirigiendo por el verdadero camino a quienes cojeaban y estaban privados del recto raciocinio; otras vistiendo con la estola de la celestial sabiduría a quienes andaban deformes por la desnudez espiritual. Y aun en los beneficios corporales, tanto más superaba Pablo a Job, cuanto es más el prestar auxilio a los necesitados cuando se vive en la indigencia y el hambre, que proveerlos de todo cuando se tiene abundancia de riquezas. Porque la casa de Job se abría a todo el que llegaba, pero el alma de Pablo abierta estaba a todo el universo y a todo el pueblo de los fieles, a los cuales recibía en benigno hospedaje dentro de su corazón, y les decía: ¡No estáis estrechos en nosotros, estáis estrechos en vuestras entrañas! (2 Cor 6,12)

Y por cierto, Job se mostraba liberal con los pobres porque tenía innumerables ovejas y bueyes; Pablo, en cambio, no poseyendo otra cosa que su cuerpo, de su escasez suministraba suficientemente a los necesitados. Y él mismo dice en alguna parte recordándolo: ¡Estas manos suministraron para mis necesidades y las de los que estaban conmigo! (Hech 20, 34) Porque del trabajo de su cuerpo hacía una renta para los pobres y los hambrientos. Pero a Job, dirás, los gusanos y las llagas le causaban terribles e intolerables dolores. ¡Lo confieso! Mas si consideras los azotes de Pablo durante tantos años, y su desnudez unida al hambre continua, y sus cadenas y las cárceles y asechanzas y los peligros que afrontaba ya de los domésticos, ya de los extraños, ahora de los tiranos y ahora, en una palabra, del orbe todo; y a eso añades otras cosas aún más amargas, como los sufrimientos que padecía por causa de los que se escandalizaban y por la solicitud de todas las iglesias y cómo se quemaba con cada uno de los que eran escandalizados, verás que el alma que tales cosas sufría era más dura que cualquier roca, y superaba al hierro y al diamante en la firmeza. Lo que Job en su carne, eso lo sufrió Pablo en su espíritu; puesto que por cada uno de los que caían lo consumía una tristeza mucho más molesta que cualesquiera gusanos.

Y por esto derramaba fuentes de lágrimas continuas no solamente de día, sino también durante la noche; y por cada uno se afligía mucho más que la mujer en sus partos; y por esto exclamaba: ¡Hijitos míos a quienes yo de nuevo doy a luz! (Ga 4,19) Y después de Job ¿a quién otro se juzgará digno de admiración? ¡Sin duda que a Moisés! Pero también lo sobrepasa Pablo con su excelente virtud. Muchas y preclaras cosas tiene Moisés. Mas sin duda la principal y como cumbre de aquella alma santa, fue que eligió el ser borrado del libro de la vida por la salvación de los judíos. Pero Moisés prefería morir juntamente con los otros, mientras que Pablo lo prefería en favor de los otros. Porque no quiso perecer con los que perecían, sino que eligió perder la eternidad de la gloria para que los otros se salvaran.

Moisés lucha con Faraón, pero Pablo luchaba cada día con el demonio. Aquél luchó por un pueblo, éste por el orbe de la tierra y esto no brotándole sudor sino sangre en vez de sudor por todas partes, mientras llevaba al culto de la piedad no solamente las regiones habitadas del mundo sino también las desiertas; y no solamente a los griegos sino además a los bárbaros.

Podría yo traer a comparación a Jesús de Nave y a Samuel y a otros profetas; para no alargar mi discurso, acudiré a los principales. Porque una vez que aparezca superior a ésos, ya no quedará duda alguna acerca de los otros. ¿Cuáles, pues, os parece que fueron los más eminentes? ¿Quién, tras de los dichos, sino David, Elías y Juan; de los cuales uno fue el Precursor de la primera venida y el otro el de la segunda? Razón por la cual tienen el apelativo común de precursores. ¿Qué es, pues, lo más excelente que se encuentra en David? ¡Sin duda la humildad y el ferviente amor de Dios! Pero, ¿quién más o siquiera igualmente al alma de Pablo tuvo con perfección ambas cosas?

Por mi parte, no creo que en Elías se haya de admirar el que cerrara los cielos, atrajera el hambre sobre la tierra, hiciera con su palabra llover fuego del cielo; sino que ardía en celo de la gloria de Dios, y en este afecto de su mente ardía más que el fuego mismo. Pero, si consideras con diligencia el celo de Pablo lo encontrarás tanto más excelso cuanto aquél sobresalía entre los demás profetas. Porque ¿qué se encontrará igual a las palabras con que, por el celo de la gloria del Señor, exclamaba: Porque deseaba yo ser anatema por mis hermanos que son de mi linaje según la carne? (Rom 9, 3) Y, como tuviera delante los cielos y las coronas y los premios, se retardaba y emperezaba y decía: ¡Mas, permanecer en la carne, lo creo necesario por vosotros! (Filip 1, 24) Por esto, para mostrar el celo y amor con que ardía en Cristo, creyó que no le bastaba con las criaturas visibles ni con las invisibles, sino que buscaba otras que no existiesen para expresar lo que con tanto ardor deseaba.

¡Pero Juan comía langostas y miel silvestre! ¡Sí! Pero Pablo se condujo entre el estrépito del mundo lo mismo que aquél en el desierto; no ciertamente comiendo langostas y miel silvestre, sino servido de una mesa mucho más pobre; y aun ni siquiera tomando el necesario alimento, por el fervor y empeño que en la predicación tenía. ¡Pero en aquél brilló una grande constancia en contra de Herodes! Mas éste no a uno, ni a dos, ni a tres, sino a innumerables hombres, constituidos en potestad semejante a la de aquél, los corrigió, y eran aún mucho más crueles que aquel tirano.

Sólo queda que comparemos a Pablo con los ángeles. Por esto, abandonemos la tierra y subamos hasta las cumbres de los cielos. Y nadie acuse de audacia nuestras palabras. Porque si la Escritura a Juan y a los sacerdotes de Dios los llamó ángeles ¿cómo se puede admirar de que a Pablo, más excelente que todos aquéllos, lo comparemos con las celestiales Virtudes? ¿Qué es, pues, lo que juzgamos grande en los ángeles? Sin duda que con grande cuidado sirven a Dios. David, admirado precisamente de eso, decía: ¡Poderosos en su fortaleza, que hacen sus mandatos! (Salm 102, 20) Ya que no hay bien alguno en absoluto igual a éste, aun cuando ellos sean mil veces incorpóreos. Porque esto es lo que sobre todo los hace felices, que obedecen los preceptos de Dios y no los desobedecen en ninguna cosa.

Pues esto mismo podemos observar cómo Pablo manifiestamente lo cumplió con toda diligencia y cuidado. Ni solamente cumplió la palabra de Dios, sino además sus preceptos y aún más que sus preceptos. Y declarando esto dijo: ¿Cuál es pues mi mérito? ¡Que al evangelizar lo hago gratuitamente, sin hacer valer mis derechos por la evangelización! (1 Cor 9, 18) Pues ¿qué otra cosa es la que admira en los ángeles el profeta? Porque dice: El que hace ángeles a sus espíritus y a sus ministros fuego quemante. (Salm 103, 4) Mas esto, también en Pablo lo podemos encontrar. Porque él, a la manera de fuego y de espíritu, recorrió todo el orbe de la tierra, y recorriéndolo lo purificó.

¡Pero Pablo aún no ha participado del cielo! Pues ¡esto es lo más admirable! ¡que de tal manera procedía acá en la tierra y vestido aún con la carne, que competía con la virtud de las Potestades incorpóreas! ¡De cuan grande condenación, por consiguiente, somos dignos nosotros, si no procuramos imitar siquiera en alguna mínima parte al hombre que en sí reunió todos los bienes! ¡Considerando estas cosas, mostrémonos ajenos a la culpa, y procuremos acercarnos al celo que aquél tuvo, para que merezcamos llegar a los mismos bienes a que él llegó, por gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo, a quien compete la gloria y el poder ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

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Categorías:San Juan Crisóstomo, San Pablo Apóstol

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