Consejos de los monjes de Optina. Parte 4

Consejos del Santo monje Ambrosio

Por lo mucho que nos preocupamos por nuestros cuerpos y cuánto nos preocupamos por nuestras almas.

La Biblia nos dice: “¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?” (Marcos 8:36) Aquí se demuestra lo preciada que es el alma humana. Es más preciada que la tierra entera con todos sus tesoros y bendiciones. Sin embargo, es aterrador pensar lo poco que entendemos la pena de nuestra alma. Desde la mañana hasta la noche, dirigimos todos nuestros pensamientos hacia el cuerpo, la caja de gusanos, este ataúd caído, y en la creación más preciada y amada de Dios, en Su imagen de gloria y majestad, apenas dedicamos un pensamiento a la semana. Pasamos los años más florecientes de nuestra vida al servicio de nuestros cuerpos, y sólo los últimos minutos de nuestra decrépita vejez, hacia la eterna salvación. Diariamente, el cuerpo se complace con tazas y platos suntuosos, como si se tratase de la fiesta de un hombre rico, mientras que el alma apenas recoge las migajas de las palabras de Dios en la puerta de su casa. El insignificante cuerpo, se lava, se viste, se limpia, se adornada con todo tipo de tesoros de la naturaleza y las ciencias, mientras que el alma que no tiene precio, la esposa de Jesucristo, heredera del cielo, se pasea con pasos exhaustos, se pune la ropa de un caminante pobre exento de toda caridad.

El cuerpo no tolera una mancha en la cara, cualquier tipo de suciedad en sus manos, ningún tipo parche en su ropa, mientras que el alma, de pies a cabeza cubierta de suciedad, que va desde un lodazal de pecado a otro, y su confesión anual que suele ser a menudo hipócrita, sólo aumenta sus parches en lugar de rejuvenecer la misma. El cuerpo exige diversas formas de diversiones y placeres, aunque conlleve con frecuencia estragos en familias enteras. Por ello la gente está dispuestos a ejercer todo tipo de esfuerzos, mientras que el alma, tiene apenas una hora los domingos para participar en la Divina Liturgia, escasos minutos en las oraciones de la mañana y tarde, a regañadientes recoge un puñado de monedas de cobre por caridad, y al pensar en la muerte, expresa su satisfacción con un suspiro frío. Por el bien de la salud y el bienestar del cuerpo, la atmósfera y el hábitat se sustituyen, los médicos más importantes y distantes se convocan, se abstiene de comida y bebida, los medicamentos más amargos se consumen, al cuerpo se le permite ser quemado y diseccionado, sin embargo, para la salud del alma, para evitar la tentación, para distanciarse de la infección de pecado, no se da ni un paso sino que además permanecen en el mismo ambiente, en la misma sociedad inicua, en la misma casa corrupta, no se busca ningún médico del alma, o bien se escoge uno que es desconocido y sin experiencia, ocultando de él lo que ya es sabido en el cielo y en el infierno, y sobre lo que se jactan en sus círculos. Cuando el cuerpo se está muriendo, se oyen lamentos y desesperación, pero a menudo no se da ni un pensamiento cuando el alma se está muriendo de pecado mortal.

Como Adán y Eva, no sabemos el valor de nuestra alma y nos deshacemos de ella con tal de tener una apariencia de ricos.

Pero al menos ¿por qué no lloramos como Adán y Eva? Por desgracia, en general, nuestras preocupaciones son para la adquisición de bienes terrenales y no celestiales. Nos olvidamos de que las ganancias terrenales pronto pasan y no pueden ser retenidas, mientras que los beneficios celestiales son eternos, interminables y no pueden ser quitados. Misericordioso Señor! Ayúdanos a despreciar todo lo transitorio y a interesarnos sólo en las necesidades para salvar nuestras almas.

Traducido por H.M.P

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Categorías:paternidad espiritual, Santos padres de Óptina

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