El libertador, por San Tikon de Zadonsk

 

Christ-Pantocrator-Sinai

 

Viaje al Cielo, parte II

Capítulo 6. El Libertador

Sobre la Encarnación del Hijo de Dios

La Encarnación del Hijo de Dios y Su venida al mundo, alienta firmemente a los pecadores al arrepentimiento. ¿Por quién vino Cristo al mundo?. Por los pecadores. ¿Con qué fin?. Para su salvación. ¡Oh, cuán querida era nuestra salvación para Dios!. Él mismo vino al mundo, oh pecadores, para nuestra salvación.

¡Escuchad, oh pecadores, y entended! Dios vino al mundo por nuestra salvación, y vino con nuestra imagen. ¡Oh, verdaderamente es grande el misterio de la piedad!. Dios se apareció en la carne: “Señor, ¿qué es el hombre para que de él te ocupes, el hijo del hombre para que pienses en él?” (Salmos 143:3).

Es verdaderamente maravillosa la gracia de Dios para con el hombre, y también es maravillosa esta obra Suya. Previendo esto, el profeta Le clamó con temor y terror: “He oído tu anuncio, oh Señor, y quedé lleno de temor. Ejecuta, Señor, tu obra” (Habacuc 3:2). Pecadores, tengamos en mente esta gran obra de Dios, que Él obró por nosotros, y arrepintámonos. Recordemos cómo nació de una Virgen por nosotros, y se hizo niño y fue alimentado con la leche de su madre. El Invisible se manifestó, y el que era sin principio, tuvo un principio; el que era intangible se volvió tangible y fue envuelto en pañales como un niño: “Y el Verbo se hizo carne” (Juan 1:14).

Recordemos cómo, siendo aún un niño, huyó de los asesinos del rey Herodes. Recordemos cómo vivió en la tierra y fue un desconocido, cómo fue de un sitio a otro y obró por el bien de nuestra salvación. Recordemos como Él, que es inaccesible para los querubines y los serafines, tuvo compañía con los pecadores; cómo Él, que tiene el cielo como Su trono y la tierra como el escabel de Sus pies, y que habita en la luz inaccesible, no tuvo lugar donde recostar Su cabeza; cómo Él, que era rico, se hizo pobre, para que por Su pobreza, nosotros fuéramos ricos.

Recordemos cómo Él, que se reviste a Sí mismo con la luz como con una vestidura, se revistió con la vestidura de la corrupción. Cómo Él, que da alimento a toda carne, comió el pan terrenal. Cómo el Todopoderoso se hizo débil, y Él, que da fortaleza a todos, trabajó.

Recordemos como Él, que está por encima de todo honor y gloria, fue blasfemado, maldecido y burlado por los labios de los transgresores.

Recordemos cómo Él se afligió, sufrió, penó, lloró y se llenó de horror. Recordemos cómo fue vendido y traicionado por un discípulo ingrato y fue abandonado por el resto de los discípulos; cómo fue atado y llevado a juicio; cómo fue juzgado por los transgresores. Fue vilipendiado. Fue azotado. Fue vestido con la vestidura de la burla, fue aclamado con burla como Rey: “Salve, rey de los judíos” (Juan 19:3). Fue coronado con una corona de espinas, golpeado en la cabeza con una caña, y escuchó de Su pueblo desenfrenado: “¡Muera!, ¡Muera!, ¡Crucifícalo!” (Juan 19:15). Fue llevado a la crucifixión entre dos malhechores y murió sobre la Cruz.

Todo esto hizo el Hijo de Dios para nuestra salvación. Oh pecadores, en Adán perdimos nuestra salvación y toda nuestra bienaventuranza, pero Cristo, el Hijo de Dios, por la buena voluntad de Su Padre celestial, nos lo ha devuelto todo. Consideremos entonces, oh pecadores, si la Sangre de Cristo, vertida por nuestra salvación, y todo Su sufrimiento, no nos clama. Arrepintámonos, y no seamos privados de la salvación eterna, pues sin arrepentimiento, no hay salvación para nadie. Pero sin embargo, el miserable pecador aún no entiende.

Dios ama tanto al hombre que reveló Su maravillosa providencia para él, para que se arrepintiera, y así, fuera salvado, pero el pecador aún no entiende.

Cristo, el Hijo de Dios, le muestra Su venida al mundo en el Evangelio. Le presenta Su negación voluntaria, Su pobreza voluntaria, Su humildad voluntaria y profunda, Sus obras, penas, tribulaciones, tristezas, sufrimientos y muerte, e incluso una muerte en la Cruz. Y le dice: “Hombre, cargué todo esto sobre Mí, y lo soporté por ti y por tu salvación. Pero descuidas tu salvación, y no te preocupas ni piensas que debes arrepentirte y abandonar tus pecados, para poder hacer uso de Mi Sangre y vivir”.

Pero el pecador, aun cuando escucha esta lastimera y dulce voz de Cristo en el Evangelio, aún no entiende. Cristo promete no recordar sus pecados y transgresiones cuando vuelva a Él, pero el pecador aún no entiende. Cristo lo llama hacia Él y le promete descanso, pero el pecador no entiende. Permanece sin corregir, como estaba, y transgrede como transgredía antes. Hace malas obras, como las hacía antes; ama la oscuridad como la amaba antes; odia la luz, como la odiaba antes; y por esta razón no viene hacia la Luz, sino que permanece con el maligno, el príncipe de la oscuridad.

Oh pobres pecadores, despertad y volved en sí. Si no lo hacéis, la Sangre de Cristo derramada por vosotros clamará contra vosotros para retribución. Escuchad lo que el profeta de Dios os canta en la persona de Dios: “Yo te pediré cuentas y te lo echaré en cara” (Salmos 49:21), esto es, todas vuestras malas obras, palabras, pensamientos, intenciones y empresas os seguirán en el otro mundo y aparecerán en el Juicio universal de Cristo, y recibiréis la justa recompensa por ellas. No deseáis arrepentiros ahora para vuestro beneficio y ser así salvados por la gracia de Cristo; entonces, os arrepentiréis, pero demasiado tarde y en vano. “Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará” (Efesios 5:14). Bendito sea Dios por los siglos.

¿En Quién buscamos la salvación?

Estableced vuestra salvación solamente en Cristo Jesús, el Salvador del mundo. Si verdaderamente creéis que sufrió y murió por vosotros, y que es vuestro Salvador, entonces amadlo con todo vuestro corazón, obedecedlo y complacedlo, como vuestro Salvador, y poned y confirmad toda vuestra esperanza de salvación solamente en Él. Indefectiblemente debemos hacer buenas obras como cristianos, pero debemos pedir y esperar la salvación, sólo de Cristo.

 

 

Traducido por psaltir Nektario B.

© Enero 2016

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Categorías:Jesucristo, San Tikon de Zandonsk

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